Capítulo XV

Quiso reír. Tal vez era más la ironía lo que mandaba en su excelso humor. Porque minutos atrás estaba a nada de quebrarse ante esa mirada de melancólica de Yoh. Pero con esto, lejos de parecerle un salvavidas, sonaba como una piedra atada al zapato.

—¿Es una broma, cierto? —pronunció procesando la noticia.

—Por supuesto que no—dijo Hao, tan seguro como siempre—Yo mismo compré los boletos. Primera clase, además, no puedes quejarte—añadió tendiéndole los pasajes—Sabíamos que llegaríamos algo tarde, pero Mattilda empacó todo lo necesario.

—¡Así es! Hasta su cepillo de dientes y tu ropa interior—dijo la mujer, colocando la manija de la maleta—Tampoco olvidamos el pasaporte.

—Y suponiendo que sólo son siete días, pensamos que no necesitabas documentar una maleta más grande—coincidió el Asakura, tendiéndole sus documentos en la mano.

¡Siete días! Eso debía ser una jodida broma.

—Bien, buena suerte, hermanitos. Se cuidan…. ¡Ah sí, Hao, gracias por el viaje!—aludió el castaño a la falta de respuesta de toda la familia en general—¡Eres el mejor hermano del mundo! ¿Qué acaso todos están mudos o qué?

Fue el momento en que reaccionó a toda la sarta de estupideces que salían de la boca de su hermano mayor.

—Te volviste loco o qué? Yo no puedo ir de viaje—dijo la rubia, casi aventándole la maleta—¡Tengo que trabajar!

Bastó para que tronara los dedos para que Mattilda le pasara su teléfono. Apenas pudo con la sorpresa de ver a su jefa del otro lado de la pantalla, atendiendo otra llamada. Él habló para girar su atención y ella se notaba más que complacida por entablar ese diálogo.

—¡Anna! Eres la chica más predecible del mundo, tu hermano me decía que tendría que hablar contigo, porque no te lo creías de él—dijo en ese tono tan altivo—¿Por qué no me dijiste antes que el bombón de tu hermanito necesitaba de tu ayuda con su mudanza? Niña, trabajas hasta el cansancio, Ayumi me dijo que ya tienes adelantos de la siguiente semana.

—¿Y qué hay de…?

—Anna, por favor, ¿tengo que rogarte para que te tomes unos días? —dijo rolando los ojos—Como dije: predecible. Tómate unos días, no te quiero metida en la computadora toda la semana. ¡Síndrome de Burnout! Quiero tu mente despejada y con ideas frescas. De nada me sirves deprimida y con estrés.

Miró de reojo a Hao que sonreía con orgullo, cuando estaba a nada de arrebatarle el teléfono para echarlo en la fuente a su izquierda. Era eso o clavarle un puñetazo.

—Tómate estos días—añadió la mujer—Disfrútalo, vete a Venecia. Si necesito algo te llamo. ¡Oh! Y dile a Yoh que iré a verlo en algún lugar de Italia, quizá en un concierto más privado.

Después cortó la comunicación, pese a que tenía total libertad para marcharse estaba furiosa.

—¿Qué? ¿Aún no estás convencida? —dijo en un tono burlón.

—¡No pienso ir! ¡No eres nadie para estar tomando decisiones por mí! —le gritó, arrojándole los boletos—¡Si tanto quieres ir, vete tú!

—¡Pero qué te pasa! ¿Estás loca? —dijo tomando su brazo con brusquedad—¡Te estoy dando vacaciones!

—Nadie te las pidió—dijo soltándose de un solo tajo.

Hasta ahora, o había querido reparar en la presencia de su otro hermano. Pero con el poco tacto que tenía Hao, era más que obvio que lo traería a colación, cuando casi lo aventó delante de ella.

—¿Qué no ya se habían reconciliado, malditos hipócritas? —preguntó presionándolo contra suyo—Ayúdalo con la mudanza y su casa. ¿No que son los favoritos uno del otro?

Pudo meter sus manos para evitar la colisión directa.

Esto era por demás incómodo, cuando Yoh se giró para evitar más forcejeos.

—Ya basta, Hao—dijo el castaño—Si Anna no quiere ir, sus razones tendrá.

Para empezar, que contradecía la idea central del viaje: alejarse uno del otro. ¿Pero eso lo comprendía alguien en ese aeropuerto? ¡No! El resto de su familia, que había estado bastante callada ante el intempestivo pleito de los casi tres, comenzó a tomar partida.

—Pues yo no veo por qué no querría ir al viaje—comentó Mikihisa—Recuerdo bien que cuando nos platicaste de esta idea, ella fue la primera en decir que te visitaría en verano.

—¡Papá! —exclamó molesta— Deberías dejar de apoyar las estupideces de tu hijo.

—¡Oh, Anna! Deja de ser tan orgullosa. No olvides lo triste y enojada que estuviste todas las semanas que Yoh fue tan poco a casa—agregó Kino, guiñándole el ojo—¿Recuerdas cuando eran niños Yohmei?

—Cierto—rememoró con una sonrisa el anciano—Nos llegaban las cuentas caras del teléfono cada vez que se iba a pasar una temporada con nosotros, lejos de él.

¡Oh por dios! Eso no podría ser más vergonzoso. Y sus mejillas no podrían irradiar un rojo más intenso, no sólo en ella, sino en él también.

—¡Abuela, Abuelo! ¿De parte de quién están? —dijo bastante exasperada—¡Qué acaso no dicen que debo ser firme en mis convicciones! ¡Yo no quiero ir a Italia!

—Anna…—continuó su madre—Deja de mentirnos, sabemos que extrañas a Yoh. Lo has extrañado incluso desde antes de que se fuera. Toda la semana estuviste deprimida porque se iba. ¡Aprovecha tu oportunidad!

—¡Mamá! —dijo incrédula— ¡Cómo puedes ponerte de su parte!

Ella no lo podía creer. Tampoco la manera en que todos los miraban. Ahora mismo lo único que deseaba era enterrarse bajo tierra. Evitó la mirada de él. La evitó a toda costa, porque todo cuanto hacían esas personas era avergonzarla.

—Niña, sólo acepta el viaje—siguió la anciana— Todos sabemos que te mueres por irte a Italia con él. De no haber llegado Hao a interrumpir, seguro te hubieses puesto a llorar en sus brazos.

¡Eso fue demasiado! ¡Demasiado! Su cara ardía por el calor acumulado. Pero ellos no sabían si era de vergüenza o de coraje. Lo cierto es que era una mezcla de ambos y la furia añadida.

—¡Al diablo con todos ustedes!

Recogió los boletos del piso y sin siquiera dirigirle la mirada a nadie, tomó la maleta para caminar lejos de ellos.

Hao sonrió triunfante al verla formarse en la línea de entrada. Decir que estaba furiosa era poco.

—Adiós, Akachan. ¡Ten un buen viaje!

Alcanzó a ver su mano con aquella señal molesta. Sin embargo, no podría estar más complacido con sus acciones. En definitiva tenía un encanto innato, eso ni siquiera la jefa de su hermana podría negarlo. Estaba orgulloso, de todos en general, incluso de la sublime participación de Mattilda. Excepto de la de Yoh, que no lo miraba tan feliz. SI acaba de hacerle un bendito favor.

—Oh, vamos, lo hice para que te ayudara con todo lo que tienes que hacer—comentó más ligero—Quiero que regreses para mi boda.

Él suspiró cansado, tomándose el cabello.

—La obligaste.

—Pues… como dicen ellos, no creo que esté tan obligada si te extraña tanto—dijo tomando su hombro—Pero si lo está, pues haz las pases con ella. Además, quién mejor que Anna para acomodar todo lo que debes hacer. Siete días igual y son demasiados, considerando lo eficiente que es ella.

Cómo si eso fuera tan sencillo.

—Y haz que se olvide del bastardo del que se enamoró—añadió en un tono más bajo—Porque con todo su rollito del enamorado, y luego el otro que le manda regalos, ya no sé qué pasa.

Parecía bastante enredado de explicar. Así que tuvo que admitir que no había razones para denegarle a Anna el que lo acompañara, al menos no motivos tan obvios, mucho menos enfrente de toda la familia.

Sus manos temblaban del nerviosismo. Aunado al calor de sus mejillas, que todavía brillaban por esa escena tan bochornosa. Pero podía ver a todos complacidos, pese al poco tacto de Anna para tomar el viaje a Italia. Con suerte y ella fingía entrar, rogaba porque ese fuera su plan.

—Bien, Yoh, deja de perder el tiempo—dijo el anciano—Vas a perder el avión.

—Sí…

—Cuida mucho a tu hermana—palmeó su padre—Con suerte, ella puede ayudarte a regresar antes.

A diferencia de los abrazos anteriores, ahora sentía que estos eran más bien llenos de pena. Pero no la pena diferida de la vergüenza, sino de la pena por la penitencia que no sabían que le habían impuesto entre todos. Como el beso de Judas, así sintió el de Mattilda.

—Buen viaje, cuñado—le animó—Haz que Anna consiga un novio guapo.

—O que solo se la pase bien—añadió su madre—Ha estado muy desanimada estos días. No la hagas enojar mucho, Yoh.

—Trataré…

Hao susurró algo más a su oído. Cómo si mandar a Anna con él lo animara a regresar para organizar una segunda despedida de soltero. No quiso contestar. Se despidió y caminó resignado hacia el interior de la sala de abordaje. Él estaría en la clase turista, por lo que no compartirían la misma fila de asientos. Por lo menos, para su bendita suerte.

Se retrasó tanto como pudo para abordar casi al último, comprando incluso un par de revistas—que seguro no leería en el trayecto— y algunos dulces —que tampoco comería, porque su estómago estaba demasiado revuelto como para pasar bocado. ¿Qué pasaba con él? Sólo era Anna. No es como si fuera un monstruo.

No, tal vez tenía razón, era peor que eso.

Y para colmo de males, estaba furiosa por tener que viajar con él.

No la juzgaba, él también estaba que se daba un tiro por todo el complot de su familia. ¡Es que cómo se les ocurría hacerles algo así! Intentaba alejarse por el bien de todos, porqué la tenían que mandar con él. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué esas cosas sólo le sucedían a él? Pasó a su lado al abordar, ella también tenía una revista en mano, por lo que fue fácil eludirse. ¿Podrían hacer eso en Italia? ¿Podrían sólo fingir que no se conocían?

—Señor, ¿quiere algo de tomar? —preguntó la azafata, con el carro de bebidas.

—Sí, un vaso de arsénico.

—Perdón—dijo sorprendida.

—Un vaso de jugo de naranja—aclaró desanimado—Aunque si de verdad tiene arsénico, póngale un poco.

Ella sonrió nerviosa, dejando el jugo sobre la mesa con una servilleta.

Resopló por quinta u octava vez. El asiento a su lado estaba vacío, por lo que no tuvo que soportar las estupideces de alguien más. Suficiente tenía con las de Hao y Mattilda. Ese par… cómo le hicieron aquella canallada. ¡Cómo su madre, su padre y hasta sus abuelos apoyaron esa idea! Encima decir todas esas sandeces frente a Yoh.

Se supone que no le importaba.

¿Cómo podría fingir indiferencia, cuando todos prácticamente le gritaron que se moría sin él?

Lo cuál era mentira. Porque sí podría vivir sin él. Y estaba preparada para probarlo ante todos, incluso frente a él. Sólo debía ignorarlo, ser fría, tratarlo mal. Cosa sencilla.

—¿Champagne? — cuestionó la azafata.

—¿Tiene la botella entera?

—¿Acaso quiere ponerse ebria? —dijo extrañada.

Si era lo único que podría sosegar la incomodidad en su estómago y olvidarse un poco de la tensión, adelante. Después recordó que el alcohol no era preciso para esas cuestiones, menos con Yoh cerca.

—Una naranjada está bien—rectificó—Pero si puede traerme un cóctel, mucho mejor.

El problema es que el vuelo hizo una escala y fueron bastantes horas de viaje, y aun así sentía que no estaba preparado para desembarcar al infierno. No pudo dormir, pese a que solicitó un calmante en el avión. Quiso reírse de su desgracia. ¿Podía alguien figurar que el siempre pacífico Yoh pidiera una pastilla para sosegar su ansiedad? Incluso terminó por resolver los crucigramas detrás de las revistar. Jugó sudoku y observó al menos tres películas. Nada funcionó lo suficiente.

Intentó sonreír a la tripulación que lo despidió con un agradable saludo.

Pero ahora mismo sentía unas inmensas ganas de llorar. No de dolor, ni de pena, sino de la zozobra que lo consumía al verla esperando por él al final del pasillo, con la maleta a un lado.

¿Por qué le parecía tan irresistible verla con el cabello algo revuelto y esa actitud de chica despiadada?

—Sólo quiero decirte una cosa: esto no me agrada más que a ti.

—Concuerdo con eso—dijo con esfuerzo.

—Buscaré un hotel, no tienes por qué preocuparte por mí—dijo cruzándose de brazos—Así que si quieres irte, adelante.

Suspiró, apoyándose en la pared.

—Anna… hay un festival importante en la ciudad estos días—pronunció cansado—Casi estoy seguro que no hay alojamientos disponibles y si los hay están muy caros.

—¿Y qué sugieres? Es obvio que ninguno quiere estar con el otro.

Corrección: quería estar con ella. Pero al mismo tiempo no quería porque eso sólo lo estaba tentando hacia otra dirección.

—Vamos a mi casa, hay más de una habitación ahí—continuó, mirando su reloj—La vecina me dijo que estaría esperándome despierta hasta las ocho para entregarme la llave, es buena hora… son casi las siete de la noche.

—Pensé que firmarías escrituras antes…

—El dueño no está, regresa de viaje en unas semanas, pero como ya casi la liquidé me dijo que la podía ocupar de inmediato—le informó apenado—Después firmaremos las escrituras, cuando él llegue de Estocolmo.

Sabía que la información no le había caído nada bien. En especial por la premura del viaje y todo lo que eso implicaba.

—Querías salir corriendo cuanto antes—dedujo Anna—Por eso no te importó que te hicieran una entrega oficial con papeles en mano. Debiste decírmelo, bastaba con hablarlo y te juro, que hacía todo lo posible porque no nos viéramos aun viviendo bajo la misma casa.

Eso sonaba peor, más por cómo lo veía: herida. Contradecirla y afirma todas las ideas que no se había siquiera atrevido a formular en su mente quedaban fuera de contexto.

El hecho era que quería huir de ella. Ahora, estaba ahí con él. No había mucho que pudiera hacer, salvo ser cordial como con cualquier otra mujer.

—¿Nos vamos? —sugirió él.

Tardó unos segundos, mirándole con reproche. Luego asintió, casi esquivándolo molesta, mientras buscaba un vehículo que los llevara. A diferencia de ella, él cargaba dos maletas grandes y una pequeña por la cantidad de ropa y artículos para la mudanza.

Anna no artículo otra palabra en el trayecto, lo que lo hizo sentir miserable, más con la marcada distancia que interpuso entre ambos con una maleta en medio. A veces su faceta de dureza se reblandecía y cuando eso sucedía, no podía con su lucha interna de quererla abrazar. Pero no podía, ni debía siquiera tocarla.

El taxista intentó hacerles la charla. Entendía algo— gracias al curso previo que tomó antes del viaje— por lo que estableció un primer diálogo fluido, aunque demasiado torpe para pasarlo por alto.

—Déjame felicitarte, tu novia es bastante linda—comentó antes de dejarlos en la callejón de quedaba hacia su nueva casa—Eres un chico con suerte.

Sonrió, tomando la última valija y pagando la cuenta. Ni siquiera quiso formular una respuesta a esa afirmación, menos cuando la veía recorrer el callejón con curiosidad. Era viejo, las construcciones tenían bastantes años, por lo que debía ser algo llamativo para ella, que no lo había estudiado tanto como él la zona.

Caminaron unos metros, hasta señalarle el sitio justo. Era una fachada de piedra con una gran puerta de madera. El número treinta y cuatro estaba puesto en mosaico de obsidiana.

—¿Me esperas un momento? Iré por las llaves.

Antes de que pudiese contestar, corrió de su vista, dejándola con todo el equipaje para custodiar.

Suspiró cansada, recargándose en la pared. El sol estaba oculto, pero podía vislumbrar bastante bien el cielo estrellado. No había mucho tumulto. Parecía una ciudad tranquila, justo como lo que a él le gustaba. Bohemia, había visto la plaza central a sólo un par de calles. Pintoresca, los balcones tenían flores en cada uno. Y lejos de ella, de los problemas.

Volvió a suspirar.

Tenía envidia de él. Este sitio parecía idóneo para olvidarse de lo que fuera a causarle molestias. Ella, por ejemplo. Ella y su incongruente matrimonio. Si acaso tendrá que acordarse de su existencia cuando tuviese que firmar el finiquito de ese vínculo marital y sería todo. Se pasearía con la griega que tanto decía su abuelo y luego, seguro llenaría esa casa con sus hijos. Porque no se veía tan pequeña. Mientras ella, tenía que volver a casa, con sus padres con una copia casi calca de él, pero que a la vez le recordaba que no era él.

No quería demeritar a Hao. Amaba a su hermano. Pero en esas semanas fue un calvario tenerlo cerca, era inevitable no asociarlo con Yoh cuando lo tenía que ver casi a diario.

Y ahora tendría que soportarlo en su perfecta vida, que de momento estaba perturbando con su impuesta presencia. No era justo, para ninguno, tener que tolerarse cuando ninguno quería verse. Tal vez lo mejor sería irse, ya encontraría un hostal o una habitación.

Tomó la maleta y comenzó a caminar hacia la calle central donde les había dejado el taxista. Las ruedas brincaban por el empedrado, aun así no dificultaron su andanza.

Levantó la mano, cuando sintió que alguien detrás la bajaba. Giró su rostro para verlo agitado y bastante serio, cuestionándole sin necesidad de palabras el porqué de su decisión tan repentina. Él debería saberlo, porque para nadie era novedad lo incómodos que estaban uno con el otro.

—Quédate, te juro que no voy a molestarte.

El problema es que cada vez que lo escuchaba decirle eso, sentía cómo poco a poco se derrumbaba algo en su interior.

—Por favor….

—¿Por qué me quieres aquí?—dijo tan dura como pudo—Déjame ir, tú me querías lejos.

—¿Y tú no? —cuestionó tomando su antebrazo para voltearla con suavidad—Todo lo que hago lo hago para que tú estés bien.

Y por qué suponía que verlo frío con ella la hacía sentir bien. Incluso en las Vegas, recordaba ese último día, cómo rehuía, casi haciéndole sentir basura. Ni siquiera quiso dormir en el mismo sitio, prefería dormir en el pasillo. Después, lo fácil que eludía sus encuentros en casa. Mensajes que nunca envió para decirle que estaba siguiendo el trámite como el abogado les solicitó.

En lo único que tenía razón era en que estar juntos era no sólo incómodo sino asfixiante. Pero al mismo tiempo, resultaba tan necesario.

—Sé que lo arruiné—dijo suavizando su mirar— Pero ya que no te veré en muchos años, ¿podrías… acompañarme unos días más? En compensación por el abrazo que no me diste en el aeropuerto.

Notó cómo temblaba su labio con aquellas últimas palabras y cómo golpeaba su pecho con un puño.

—Por qué siempre haces las cosas tan difíciles—añadió al verla luchando con sus propios pensamientos.

—¿Por qué siempre tienes tan poco tacto para hablar de estos temas?

En comparación con ella, creía que manejaba de forma más sutil sus problemas.

—Sólo dime qué quieres que haga para que te quedes, Anna.

—Tendrás que compensar la cena de cumpleaños.

Él sonrió bastante sonrojado.

—Ése era regalo de Manta, el mío era…

Smooth Criminal, lo sé. Pero me hiciste creer que eras tú—puntualizó con un dedo en su pecho—Así que será lo mínimo que harás para compensar tus errores.

Bien, no sonaba tan complicado.

—Tú tendrás que limpiar, ni creas que voy a mover un dedo para tener tu casa impecable. Es tú casa, tú la limpias.

Asintió, no lo imaginó otro modo.

—Bueno… si vamos a las cuestiones técnicas y por el modo en que nos casamos, esta casa también es tuya.

Fue el turno de ella para sonrojarse. Pero ninguno quiso hacer un comentario sobre el matrimonio. Quizá era un error mencionarlo de modo tan casual, como si no tuviese nada de malo. Esperaba el golpe de nuevo, todo cuanto observó fue cómo levantaba su mano, exigiendo algo.

—Tienes razón, si es mi casa, no debo ser yo quién se vaya a dormir a un hotel.

¿En qué momento le había cambiado los papeles? Cierto, él tenía la culpa por tratar de aligera el ambiente con eso. Resignado, le dio el otro par de llaves de la casa. Caminó detrás de ella, llevando la maleta en una mano para no arruinar las llantas.

El par de jóvenes—nietos de su vecina—salían por la puerta, indicándole que habían puesto el colchón nuevo en una recámara. Agradeció su hospitalidad, también que le ayudaran a meter el equipaje. Adentro, la anciana esperaba, encendiendo las luces y dejando un par de platos con comida.

—Bienvenida, querida—mencionó la mujer a Anna, en cuanto cruzó el umbral de la entrada—Espero que Verona sea de tu agrado.

—Gracias—dijo Anna.

—Como no sabía que vendría acompañado, joven. Preparé poca comida, espero que les sea suficiente a usted y a su esposa.

Ambos se miraron de reojo, dudosos por esclarecer la clase de parentesco que los unía.

—Pero es mejor así, me supongo que no habrá problema con todo lo demás.

¿A qué se refería con todo lo demás?

—¿Desperfectos de la casa? —interrogó, cuando Anna tomó la iniciativa de subir al segundo nivel.

—Algunas goteras, nada de cuidado—dijo, guiándolo por las mismas escaleras de madera—La tina está algo vieja, pero es funcional. Y…. bueno las puertas….

—¿Qué tiene de malo las puertas? —preguntó llegando a la habitación más grande, donde Anna exploraba el terreno.

Podía ver que por la estructura, seguía en pie, pero estaba algo más que olvidada. Había bastante más polvo del que imaginó al verla por fuera. Además, que sólo estaba el colchón nuevo en el piso. Como toda habitual mudanza, no había nada. Y en realidad no había nada que se interpusiera entre una habitación y otra.

—Guido mandó a restaurar las puertas, estaban casi destruidas—informó la anciana—Así que las quitó todas.

—¡Qué! —exclamó muerto de miedo.

—Lo sé, es terrible—admitió ella—Pero con su premura, y su viaje, pues no están listas. Y creo que no lo estarán en al menos unas semanas. Es una pena que tengan que vivir así un tiempo, pero a un matrimonio joven eso no debería preocuparle, las puertas estorban—completó con una mirada picaresca—Y ustedes, se ve que necesitan liberar esa… tensión.

Continuará….


N/A: ¡Hola de nuevo a todos! Me encuentro actualizando por segunda vez en el mes, pensaba hacerlo antes, pero luego no quiero apresurarlos, hay que dar un poco de tiempo a las lecturas. ¿Qué puedo decir? La cosa aquí está complicada y me gustaría que me dijeran qué tan perturbador les parece esto a estas alturas, ya con el contexto que lo manejan. Me sigue pareciendo un poco extraño, pero lo digo por lo que sucederá a futuro. Como siempre, es un placer leerlos y saber que disfrutan esta historia. Sigamos trabajando bien en el año.

Agradecimientos especiales: Hikari H., Guest, Alexamili, Tuinevitableanto, Zria, Guest, Laquenoselosabia, Guest, Nana010.

Gracias a todos.

Nos leemos pronto.