Capítulo XVI
Si alguien le hubiese predicho aquel desastroso final, ni siquiera se aparecía en su casa. Si acaso sólo para despedirse e irse corriendo al aeropuerto a documentar. Porque si bien, le insistió en quedarse con él, ahora imploraba porque hallaran un sitio para que se hospedara.
Intentaron en los hoteles: respuesta negativa. Investigaron directo con ellos, sin intermediaros, tampoco. Probaron Airbnb. Booking, Trivago: ¡Nada! ¿Qué no decían que ahí encontrabas las mejores ofertas? ¿Hasta las más recónditas? ¡Bah! Puras promesas falsas. De verdad no se creía que no hubiese una sola cama para Anna. Ni siquiera en un motel.
—¿No? —preguntó sentándose frente a él, al otro lado de la barra.
Los únicos dos muebles que tenían era tres bancos metálicos, la estufa y un colchón arriba. Claro, si consideraban las instalaciones, tenían los estantes vacíos en la cocina y la tina de baño.
—¿Tuviste suerte? —regresó el cuestionamiento.
—¿Crees que soy Google?
Intentó no reír, de verdad que a Anna le gustaba hacer bromas ácidas cuando las cosas no marchaban nada bien.
—¿Qué más te dijo nuestra vecina? —siguió ella, haciendo un perfecto énfasis en la palabra en común.
Suspiró, dejándose caer su cabeza en la madera.
—No quieres que te repita lo que dijo—le aseguró cansado—¿Por qué todos creen que somos pareja? Nunca nos pasó antes. ¿Por qué ahora todo mundo cree que estamos casados?
Tomó un trozo de pan sobrante de la cena. Seguro—de no estar tan angustiado habría devorado hasta la última migaja— sabía bien. Al menos eso delataba la manera tan meticulosa que tenía para masticarlo entre esos suaves labios rosados.
—Por eso.
—¿Qué cosa? —preguntó confundido.
—Porque me miras como un pervertido—aseveró recogiendo con su lengua las moronas en su boca—Me miras como si quisieras comerme a besos.
—¡Anna! —gritó impresionado.
Roló los ojos, evitando ver su rostro ardiendo en un intenso color carmín. ¿Creía que era sencillo para ella? No lo era. Bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, no creyó prudente decir que no era el único en ver al otro de esa manera. Bastaba con echar una mirada veloz a su camisa desabrochada y lo alborotado de su cabello por la frustración.
—Debiste aclararle la situación, ¿por qué no lo hiciste? —reprochó mirándole de reojo—Si lo hubieses hecho de esa manera, tal vez sería más fácil pedirle hospedaje a ella. Su casa no se ve tan pequeña.
Salvo porque había más de seis hombres en esa casa. Su vecina era la matriarca de una gran y numerosa familia, con seis nietos varones y— por lo que pudo apreciar— al menos tres hijos de pila. Quizá había más. No vio más que dos mujeres en la cocina cuando entró a su hogar. Tampoco es como si pudiese dormir tranquilo, sabiendo que estaría a unos cuantos metros con un par desconocidos. Y con dudosas intenciones. ¿Qué tal si se aprovechaban de ella?
¡Oh, no! ¿Ahora también tenía delirios posesivos? ¿Acaso se estaba transformando en Hao? ¿O sólo su instinto protector? ¿Su sexto sentido de hermano?
—No sé qué te estás imaginando, Asakura—dijo extrañada—Pero sea lo que sea que estés pensando, ni creas que me quedaré contigo en esta casa con estas condiciones.
—Anna, no… De verdad que no hay nada—le dijo exaltado, mostrándole la pantalla—Es más, sabes que te pagaría la suite más lujosa, pero no hay nada.
—¿Y quién tiene la culpa? ¿Por qué no previste esto?—preguntó molesta—¿O acaso pensabas quedarte aquí con estas condiciones tan mediocres?
Para él solo, no había mayor dificultad, acompañado —en especial por ella— era otro boleto. No necesitó hablar, el prologado silencio bastó para cubrir todas las respuestas.
—En serio tus ganas de no verme son inmensas—dijo aún más enfadada.
¿Cómo es que lograba molestarla todavía más? ¿Es que no tenía un límite? ¿Y por qué es que siempre se enojaba con la misma cantaleta? Observó cómo se levantaba y caminaba en dirección a su maleta.
—Quédate con la recámara, yo voy a dormir en la sala—propuso de inmediato, llegando antes de que tomara la manija.
—¿Cuál sala? No hay ni siquiera un sillón.
Resopló, apartando la valija de su alcance.
—Bueno, me dormiré en la bañera.
Enarcó la ceja y juró que si volvía siquiera a objetar algo, aventaría la maleta y la besaría. No sabía si para callarla o para sosegar esa impaciencia que se estaba formando entre ellos.
—Eres un maldito bipolar—dijo cruzándose de brazos.
—Entre tú y yo… tú me ganas en eso—dijo con una pequeña sonrisa.
Eso fue suficiente para encender la llama del infierno. Claro, que de no ser porque era más veloz, hubiese recibido otro golpe. Por el contrario, tomó la maleta y subió casi corriendo las escaleras, mientras ella le perseguía de cerca. Sólo rogaba porque no lo alcanzara, le pegara y lo arrinconara en la pared. Cada vez le parecía menos desagradable su faceta dominante y cruel.
Aunque para ser sinceros, jamás le desagradó.
Colocó el equipaje en la alcoba, claro que no se fue tan limpio del asunto, cuando ella llegó y golpeó su estómago. Al menos era un contacto cero erótico.
—Me quedo hoy, pero mañana no.
—Esperemos que mañana alguien desocupe una habitación—dijo más tranquilo.
—Entonces, de verdad no me quieres aquí—objetó sentándose en el colchón.
Apretó los puños, tratando de contenerse. De verdad que le gustaba fastidiarlo de distintas maneras. Quizá era justo, porque la manera de molestarse era mutua.
—Señorita, disfrute su recámara—pronunció con un gesto forzado—Nada me complacería más que fuera mi huésped toda la semana.
—No seas tan hipócrita.
—Tú de verdad quieres estrenar ese colchón—murmuró frustrado.
—¿Qué dijiste? —cuestionó extrañada.
Sólo rogaba porque en verdad no lo hubiese escuchado.
—Buenas noches—dijo cansado, tomando su propia maleta—Metí una frazada ahí en la otra maleta, si quieres usarla, puedes tomarla.
—O puedes sacarla de una vez—dijo, levantándose para quitar el plástico a su cama—¿Traes una almohada?
Suspiró de nueva cuenta, mientras acostó el equipaje para abrirlo y tenderle ambas cosas que solicitó con antelación.
—¿Algo más que necesites?
—No puedo creer que de verdad vayas a dormir en una tina polvorienta.
¿Otra vez iban a empezar a pelear por eso?
—No hay muchas opciones, o es la tina o es la cocina—dijo cerrando todo—No me pienso dormir contigo en la misma cama.
—Claro… a la griega no le dirías que no.
—Ni siquiera conozco a una griega—dijo de inmediato, algo confundido—¿Por qué querría traer a otra mujer a este lugar tan incómodo?
Pero lejos de aliviar la discusión, sólo parecía avivar el fuego de la furia. Claro, él había insistido en que ella se quedara, a pesar de lo inhóspito del sitio. Pudo percatarse de eso, mirando sus ojos. Y quiso, por un momento, acercarse a ella. Tomarla entre sus brazos y decirle cuánto deseaba compartir el mismo espacio.
—No voy a traer a otra mujer a este lugar—dictó seguro.
—Eso decías de Tamao y en cuanto llegamos de las Vegas, te fuiste corriendo con ella—dijo mirándole con rencor—¿Te preparó la cena, no? No creo que a ella la mandaras a dormir a tu bañera.
Abrió los ojos sorprendido, no esperaba ese revés en la discusión.
—Te acostaste con ella—señaló Anna.
Ni que le reclamara algo similar.
—¡No!
—¡No te creo! —dijo bastante exaltada—¡Y no creo que sólo platicaran y se fueran a dormir! Te acostaste con Tamao en cuanto bajamos del avión. ¡Tú…. Me engañaste!
—¡Qué! ¡Claro que no—negó a todo pulmón—¡Además cómo te voy a engañar si la única mujer con la que me he acostado en los últimos tres meses has sido tú!
¡Oh, dios! ¿Había dicho eso en voz alta? El color carmín en las mejillas de ella evidenciaba cruda verdad. ¡Era una discusión absurda! Ni siquiera sabía por qué estaban hablando de eso. Con esfuerzo tomó su frente ocultando su notable vergüenza. ¿Por qué no se quedaba callado de una vez? Nada más estaba empeorando las cosas.
Aunque, ella era tan culpable como él, a qué venían esa clase de reclamos.
—Descansa, Anna—dijo con esfuerzo—Es el único baño, así que si quieres usarlo, sólo… ya sabes, córreme de ahí.
Acto seguido, desapareció llevándose sus cosas. Supuso que no lo pondría todo en la baño sino en la otra habitación. Aun así, no pudo evitar sentirse extraña con él, durmiendo tan cerca. Y tonta, cómo por qué le replicaba los de Tamao. ¿Un mes después? Sólo porque a ella sí la consideraba para dormir en su cama. Incluso en casa de sus padres, cuántas noches no pasó la noche en su recámara.
De sólo recordarlo, le provocaba dolor estomacal. Y no tenía nada que ver con su situación actual.
Sólo porque no quería dormir en el mismo espacio. Sólo porque temía traspasar las barreras físicas de nuevo.
Él no tenía una jodida idea de lo difícil que era quitarse el recuerdo de sus manos pasando por toda su anatomía. Y deleite de sus sentidos cada vez que evocaba sus gemidos en su oído. ¿Por qué se sentía tan atraída cuando la miraba de esa manera? ¿Por qué quería traspasar los límites si ella misma los impuso desde un principio? Esto era tan contradictorio.
Abrió su maleta, tratando de disipar su mente.
Lo primero que halló fue una nota y juró que lo primero que haría al llegar a Japón sería asesinar a su cuñada.
Sé mala chica y diviértete.
Toda su ropa de encaje estaba ahí. Incluso las prendas diminutas y transparentes que casi no usaba. De pijama envió el camisón de seda, ese que apenas le cubría lo esencial. Estaba más que segura, que si su hermano se hubiese ocupado de empacar, no enviaría semejante guardarropa. ¡Ni un pantalón o algo holgado! Todo eran vestidos —no era raro que los usara— pero estos eran cortos y muy entallados. O muy abiertos o muy ligeros o muy rosas o colores muy claros. Tres pares de zapatillas y sólo un calzado bajo… cepillo de dientes y pasta dental.
Por supuesto, la nota iba acompañada de un ligero y un camisón demasiado sugerente en color negro, que estaba segura, no era suyo. Pero al juzgar por la etiqueta, podía aseverar que nadie lo usó antes.
¿Qué mierda tenía Mattilda en la cabeza? No dormiría con eso puesto, la cobija ni siquiera era muy grande. No quería amanecer con la ropa fuera de lugar, menos en esas condiciones tan poco favorables. Existía otra opción—y quizá no era la más idónea—pero era mejor que usar eso así de la nada.
Caminó hasta el otro extremo, donde Yoh colocó la otra maleta y procedió a revisarla. Se sorprendió de encontrar todo en perfecto orden y de inmediato localizó una playera. Al menos era más suelta, podría cubrir a la totalidad su pecho.
Suspiró y comenzó a quitarse la ropa. Hizo lo mismo con el sostén hasta dejar sólo sus pantaletas. Las menos reveladoras de todo el viaje, se jactaría.
—Anna—escuchó su voz andar por el pasillo.
De inmediato dio la vuelta, mirándolo de frente. Ni siquiera tuvo tiempo de procesar una idea que lo detuviera, cuando notó en su rostro mil tonalidades de rojo, mientras se abrazaba de la playera, que era la única prenda cubriéndola. Seguro su s mejillas estaban igual o peor que iluminadas.
—¡Largo de aquí, pervertido!
—¡Lo siento!—dijo regresando hasta colocarse a un costado del marco de la puerta—¡Lo siento, debí decirte que venía! ¡Lo siento tanto!
No, más bien ella debió detenerlo antes de que llegara hasta el cuarto. Ése sería un gran inconveniente ahora que no tenían puertas. Se maldijo por su torpeza, mientras se colocaba la playera. Cubría de forma perfecta su ropa interior, en comparación del camisón que no usaba desde que era adolescente.
—Está bien, ya puedes pasar—dijo molesta—Fue… mi error.
—Sí… falta de costumbre—dijo apenado, apareciendo en la puerta de nuevo.
Notó el ligero escrutinio en su vestimenta.
—Olvidó empacar la ropa de dormir—excusó, sintiéndose algo tonta.
—Claro… está bien, no hay problema—dijo trastabillando—Ammm… sólo quería decirte que hay agua y que podías entrar al baño. Revisaré unas cosas en mi computadora antes de dormir, entonces estaré en la cocina una hora más o menos.
¿Qué tanto tendría que checar? ¿Acaso vería cosas sucias o…?
—Trabajo—explicó él—Y Amidamaru quedó de enviarme boletos…para los eventos culturales de la semana.
—No tienes que explicarme nada, no te pedí que me detallaras tus asuntos personales.
¿De verdad no quería que le contara nada? Si apenas mencionó que bajaría, casi pudo adivinar que le cruzó por la mente que bajaría a ver pornografía. Era el mismo gesto de dureza que le daba cada vez que mencionaba que no la quería tan cerca.
—Bien, descansa entonces—comentó más repuesto.
—Sí, tú igual—dijo tomando con cierta brusquedad sus aditamentos—Por cierto, sólo para aclarar, Grecia no está tan cerca de Italia.
Parpadeó confundido por la aclaración, hasta que evocó las palabras de su abuelo. Cerró los ojos en cuanto la vio pasar. Cuánto desearía que su ropa le quedara mal, pero contrario a eso, solo estaba alimentando más su deseo. Quizá ir por la dichosa griega no sería tan mala idea, si alguien le garantizaba que con eso se quitaría esas aberraciones de la cabeza.
Pero no, sólo a Anna se le ocurría ponerse su playera favorita. ¿Usaría sostén? ¿O acaso dormiría con la tela rozándole la piel al desnudo? ¿Por qué diablos se hacía esa clase de preguntas? ¿Por qué se estaba transformando en un pervertido? ¿Por qué no sólo la dejaba ser?
Era su hermana.
Una hermana sensual y que caminaba bastante segura con su ropa puesta. Y que reclamaba fidelidad.
¡Suficiente! Necesitaba ocupar su mente en otra cosa. Segundos después, bajó sin siquiera atreverse a mirar a otro lado que no fueran los escalones de madera. Crujía por los años, esperaba que no fuera a romperse ninguno, no quería aumentar un par de cosas más a la lista de reparaciones.
Trató de concentrarse, en verdad trató de evocar su mente a algo que no fuera Anna dentro de su ropa. Incluso habló con Amidamaru, con todo y la diferencia de horario. Luego notificó a su padre que ambos estaban en perfectas condiciones, ya instalados. Nada anormal, cosas que haría cualquier chico al llegar al extrajero. Y luego otra vez esa imagen.
¡Basta! No era un adolescente, era un maldito adulto. No es como si nunca hubiese visto a una chica con su ropa puesta. Pero Anna no era cualquier chica.
Tomó con frustración su cabello. Ojalá fuera más fácil, quería cansarse más, caer rendido en la tina. Qué importaba si le caminaban las arañas o lo que fuera que hubiese ahí. Lo único que de verdad deseaba era desconectarse del mundo. Tardó un poco y luego el sueño comenzó a ganarle, mientras redactaba la última misiva para el director de Orquesta.
Recibió por correo los pases de entrada para la obra de teatro y tres museos.
¿Pero Anna querría estar con él?
Ya recostado en la fría cerámica del baño pensó en las diversas respuestas de esa pregunta. Y también en lo bonita que era cuando se apenaba. Sonrió, al recuerdo de su voz en su oído. Con ese atuendo como ropa de dormir, no dudaría mucho en cumplir la petición que le hizo en el parque. Porque él también anhelaba lo mismo.
Ni siquiera se molestó en quitarse los zapatos, se deslizó en la bañera, algo incómodo.
Tardó en conciliar el sueño, mirando fotos en el teléfono donde salían los dos. Ni siquiera con Tamao tenía tantas imágenes y eso que Anna era renuente a posar. Fue curioso cuando se detuvo en una, tomada un año atrás. Ambos estaban en apoyados en la barra de un bar, mientras Hao aparecía en primer plano. Y la manera en que se veían, quizá Mattilda no estaba equivocada al decir que la miraba de forma diferente, demasiado dulce.
Jamás prestó tanta atención a ese detalle.
Jamás quiso ser tan osado con ella.
Jamás pensó que podría siquiera tocarla de esa manera.
—Largo, necesito el baño—escuchó, sintiendo la presión de su mano en su pecho.
Abrió con esfuerzo los ojos. Ni siquiera se percató del momento en que se quedó dormido. Notó que llevaba una de sus toallas de repuesto con ella y sí, también sus sandalias de baño. Esa Mattilda— en definitiva—no sabía armar maletas.
Se levantó con esfuerzo. El cuello le dolía y…—claro, tenía una de esas mañanas alegres—para su suerte, la chamarra cubría bien el notable paquete. Ella sólo lo veía impaciente. ¿Cómo le hacía para verse tan bien por las mañanas?
—Fuera— dijo con más ímpetu—Y más te vale hacer el desayuno.
¡Puff! La cocina no era su fuerte. Menos si no tenía nada qué preparar.
—Anna…
—Deja de quejarte y ve a comprar las cosas del desayuno—dijo, empujándole—Y más te vale dejar de estar de pervertido.
Se sonrojó, tratando de ocultar de mejor modo su pequeño inconveniente.
—Es una reacción natural del cuerpo.
—Sí, claro, tenías el celular abrazado—objetó, mirándole con un desprecio bastante evidente—Deja de estar viendo porquerías y mejor prepárame el desayuno. Pienso ir a buscar un hotel.
—¿Qué no estuviste cómoda anoche? ¿Por qué te quieres ir? —cuestionó confundido.
Ella se cruzó de brazos, desviando la mirada, mientras se metía a la tina.
—Tenía frío—se sinceró sin siquiera notarlo.
A últimas fechas les gustaba decir las cosas sin procesar. ¿Acaso en vez de droga les dieron suero de la verdad en las Vegas?
Él se quedó estático en su sitio, sin saber qué decir. Tampoco es como si pudiese agregar algo más.
—Yoh.
—¿Qué?
—Largo.
Fue suficiente para sacarlo de su estado de abstracción. Jamás había notado que se veía tan bien con la ropa mal puesta. No es como si quisiera compartir el baño con él. Aunque era claro que necesitaba una buena dosis de agua fría en esa zona. ¿En qué cosas andaba pensando? Observó cómo suspiraba y daba media vuelta para irse. Iba murmurando cosas, seguro fastidiado de la pésima noche o de lo mandona que estaba.
Se sentía raro no tener puerta, ni siquiera una cortina para tapar la regadera.
Con algo de extrañeza, se desprendió de las únicas dos prendas que la cubrían y estiró su mano para jalar el cordón de la regadera. En efecto, había agua caliente, después tomó los aditamentos de baño que Yoh tenía en su mochila. El agua se deslizaba fácil, también limpiaba el polvo restante que no arrastró en su ropa al dormir ahí.
No sabía qué esperar.
No sabía qué quería.
O tal vez sí lo sabía, pero no deseaba manifestarlo.
Quizá ella no le gustaba tanto.
Cerró el grifo, tomó la toalla y se vistió en una de las esquinas del cuarto. Debía reconocer que era bastante amplio. Con la decoración adecuada, es seguro que es el lugar luciría magnifico. Otra chica lo arreglaría, es eso estaba segura, Yoh no se quedaría soltero toda la vida.
Secaba su cabello, cuando escuchó un par de voces femeninas abajo.
Terminaba de cepillarlo, pero las voces comenzaron a ser risas. Decir que eso no le irritaba sería mentir, porque en verdad le estaba molestando. Calzó las zapatillas y decidió averiguar el origen de tanto alboroto.
Era evidente que encontraría mujeres. Dos chicas estaban sentadas en los bancos de la cocina, mientras Yoh preparaba algo en la estufa sin camisa. Mientras aquellas desvergonzadas lo miraban sin ninguna clase de pudor.
No sabía por qué estar más molesta: si por el descaro de aquellas chiquillas o por la desvergüenza de Yoh. Que parecía muy feliz bromeando con ellas.
—¡Yoh!
—¡Anna! —exclamó, casi tirando el sartén—¡Ups! Acompáñanos, el desayuno está casi listo.
Pero lejos de hacerle caso, se plantó imponente a un lado de él.
—¿Por qué demonios andas así por la casa?
—Estaba brincando grasa, no quería manchar la ropa…—excusó algo apenado,
—¿Y preferiste quemarte? —preguntó, cruzándose de brazos.
Es que era increíble la lógica de esa patética excusa.
—Es que es de mis favoritas también— dijo girando hacia sus invitadas— Mira, te presento a las nietas de nuestra vecina: Gianna y Fiorella—después se dirigió a ellas en italiano— Ragazze, lei è ...
—¡Anna! —exclamaron ambas, divertidas.
Él pareció sonreír por el buen humor que emanaba ese par.
—Me estaban ayudando a cocinar—añadió más relajado—No tenía idea de qué hacer. Así que les pedí un consejo mientras iba a la tienda.
Claro, podía percatarse de la buenísima disposición de cada una. Excepto porque era muy marcada la manera que recorrían su espalda al desnudo. Y lo poco sutiles que eran para verle lo demás.
—Yo termino—dijo quitándole la cuchara—Vete a bañar.
—Pero Anna, no sabes la receta…
—¿Te parece que hablo chino o qué? —dijo con mayor autoridad—Sube a bañarte. Ahora.
No le cabía la menor duda que había heredado el toque de su abuela, porque casi subió de dos en dos la escalera. Volvió a dirigir una mirada de reojo a sus invitadas. Sus gestos oscilaban entre la desilusión y el fastidio, era obvio que les había quitado la diversión.
Segundos después volvió a escuchar una risa, pero esta sonaba bastante diferente y jocosa.
—Me agradas bastante—anunció la anciana, que entraba a la cocina—Siempre hay que poner los límites. Ojalá yo hubiese sido así cuando era una ragazza.
También le agradaba, en especial por el hecho de que hablara algo de inglés con un peculiar acento del italiano.
—Pues… no es para nada un buen cocinero—dijo despegando la tortilla de huevo—O la receta no era muy buena.
Ella pareció reír de nuevo, mientras les decía algo a sus nietas, quienes salieron casi arrastrando los pies de su casa.
—Les dije a esas niñas que los invitaran al desayuno, pero veo que prefirieron perder un poco el tiempo con el joven Yoh—bromeó, apagando la llama—Acompáñanos, Bambina: La mia casa è la tua casa.
De algún modo, también le recordaba bastante a su abuela.
—Grazie.
—Non ti preoccupare, in breve tempo parlerai italiano—dijo tocando alegre su espalda—Apura a Yoh, la familia è grande.
Por supuesto que tenía algo de Kino en ese tono autoritario y divertido de hablar. Suspiró al verla marcharse. ¿Es que todo el tiempo estaría abierta la puerta? Considerando que eran las dos únicas que tenían, la de la entrada principal y la que daba al jardín. Era irónico pensar que no había barreras en ese sitio.
¿Habría terminado de bañarse?
No escuchaba el agua, tal vez se estaría cambiando en la otra habitación. Así que subió, le hablaría desde un punto ciego de las escaleras, luego recordó que había dejado el móvil en su cama. No tuvo más remedio que llegar hasta la otra planta. Entró directo a la recámara, sin siquiera percatarse de su presencia. Y por la música que sonaba de fondo, suponía que él también estaba en sus asuntos.
Tomó su bolso pequeño—lo único que llevaba en el aeropuerto por propia voluntad— y salió del cuarto. Dirigió su mirada al fondo del pasillo y pudo verlo, enjabonándose todo el cuerpo. El agua no se escuchaba, en parte por la música, y porque había cesado para continuar la labor que ahora estaba realizando.
Mordió su labio inferior, incapaz de desviar su vista de él y la manera en que el jabón resbalaba por su piel. Recordó la manera en que sus manos palparon cada centímetro de esa espalda. Tenía los ojos cerrados y el cabello empapado, como aquella noche.
Después, el agua comenzó a fluir cuando jaló el cordón. Giró para que el jabón cediera de su cabellera y pudo contemplar en todo su esplendor su pecho, su ingle y un poco más allá. Demasiado al sur. Su vista no se despegó de ese punto que le intrigaba y causaba curiosidad, en especial porque su mano lo sostuvo y el dedo pulgar acariciaba la punta.
El cosquilleo estaba presente en ella.
Fue así que su vista volvió a recorrerlo, hasta ver esos ojos color marrón contemplarla. Porque era innegable, que ahorra estaba cien por ciento seguro de su presencia.
Continuará…
N/A: ¡Hola otra vez! Espero que no les parezca fastidiosa otra actualización tan cercana. Pensaba hacerlo dos días atrás, pero consideré que quizá me andaba precipitando un poco. Aun así, aquí está otro capítulo corto, quizá un poco más largo que los anteriores, pero prometo no pasarme de tantas hojas. Es mi propósito de año nuevo: no hacer más capítulos eternos. Y hasta ahora creo que vamos bien, progresamos rápido de ese modo.
Es bueno saber que en este punto, ya no los detiene mucho por el hecho de que se criaron como hermanos. La psicología es importante, espero hacer un buen trabajo en ese aspecto.
Gracias por todos sus comentarios, siempre es divertido leerlos y ver que les divierte de algún modo la historia. Nunca he sido buena para la comedia, pero se intenta. Adjunto las traducciones de algunos diálogos, no eran tan difíciles, aun así, que estén presentes.
Traducciones en español del italiano: Chicas, ella es… | Niña, mi casa es tu casa | Gracias | No te preocupes, en poco tiempo hablarás italiano | La familia es grande.
Agradecimientos especiales: Muyr, Nijo, Guest, Guest, Penurias Chan, Zria, Hikari H. Minoko B. carlos29, angekila.
Gracias a todos
Nos leemos pronto.
