Capítulo XVII
Pensó por un momento que saldría de la bañera y caminaría hasta ella para volverla a poner contra la pared. No le importaría el agua escurriendo, ni la humedad en su ropa. En sus ojos veía el fuego que la había hechizado aquel día. El que aún quemaba su piel ante el recuerdo de su tacto.
Era más fácil que ella caminara hasta él, que bajara el cierre de su vestido y se metiera a la bañera. Después tocaría sus pectorales, mientras mordía su barbilla. Luego rodearía su cuello para besarlo con la intensidad reprimida. Descubriría cada punto sensible, hasta que no hubiese un centímetro libre de su boca.
Eso era lo más sencillo de realizar.
Lo que ocurrió no fue ninguna de esas dos opciones.
Tan pronto lo vio abrir la boca, dio un paso atrás para luego desaparecer por las escaleras. Casi corrió a la planta baja. Ni siquiera las zapatillas le impidieron esa proeza. Sus mejillas ardían a fuego vivo, mientras su corazón retumbaba con fuerza, amenazando por liberarse.
Se recargó en la barra de la cocina, aguardando por un segundo de paz. Mas era de verdad difícil, tenía el fuerte impulso de regresar y concretar lo que su imaginación estimulaba. Pero estaba el otro punto, el de la razón, que le dictaba mejor salir corriendo y buscar aunque fuera un lugar debajo del puente.
Cerró los ojos, tratando de calmarse. Al cabo de unos minutos dejó de reprocharse lo habitual y recriminarse la clase de pensamientos que tenía hacia su hermano. Escuchó cómo bajaba las escalares y quiso desaparecer en ese instante.
No deseaba verlo, pero no pensó que pudiese evitar la confrontación.
Odiaba lo bien que lucía recién bañado y con la camisa a medio abrochar.
Él sonrió apenado.
—Amm… ¿y las chicas?
Cruzó sus brazos molesta, sin poder evitar el resurgimiento de fastidio. ¿Es que era lo único que le importaba?
—Su abuela vino por ellas, como sólo vinieron a perder el tiempo contigo—respondió casi indiferente—Su intención era invitarnos a desayunar.
—¿Era? —cuestionó divertido.
—Pues…. Te has tardado una eternidad, dudo mucho que aún quede algo por comer—completó, girándose para caminar hasta el marco de la puerta.
Volvió su vista a él. Hoy parecía más idiotizado que otros días.
—¿Vas a venir o te vas a quedar ahí parado?
Parpadeó un par de veces hasta que salió de la casa. Se aseguró de cerrar bien la entrada de la cocina al jardín. O mejor dicho, el pedazo de tierra, porque no parecía albergar ningún tipo de vida. Suspiró más tranquilo, con sinceridad no sabía qué esperar cuando bajara.
Era incómodo, pero más que incómodo, le gustaba la manera en que lo miraba. El deseo era fácil percibir en esos ojos que tanto adoraba.
En verdad se tuvo que reprimir el impulso de salir de la bañera y levantarla hasta chocarla contra la pared o lo que fuera a darle el soporte necesario para lo que seguiría. Arrancarle aquel vestido blanco entallado y que dejaba al descubierto su hombro izquierdo. Una lluvia de besos, succionar su cuello… y mejor le paraba, porque tuvo que abrir el agua helada para bajar la reacción de su cuerpo.
Así como ahora, tenía que enterrar sus más legítimos deseos de hacerla gemir su nombre.
Algo en él estaba dañado, de eso no tenía la menor duda.
Tal vez, lo mejor era no abordar el tema, bajo ninguna circunstancia. Quizá como el incidente de ayer, en que la vio a medio vestir con su playera puesta, sin sostén.
—Yoh, deja de poner esas caras raras—dijo deteniéndose en la cerca de madera.
¿La de pervertido o la de idiota? Caminar detrás de ella no era lo más sano para su salud mental. La alcanzó con facilidad para abrir la entrada al jardín de su vecina, cuando ella se giró de la nada, quedando muy cerca de él.
—No me dijiste el nombre de nuestra vecina.
¡Oh! Sólo era eso. Se inclinó un poco para que pudiera escucharlo en su oído. No quería ser demasiado llamativo, cuando estaban a sólo unos pasos de la reunión.
—Constanza, se llama Constanza—susurró en un tono grave— Constanza Rinaldi.
Pero él no se alejó.
Incluso acomodó un mechón detrás de su oído, mientras su mirada se conectaba a la suya de manera tan intensa.
—Te ves…. Muy bonita—agregó recargando una mano sobre la cerca.
Para su bendita suerte, no estaba apoyada contra la puerta de madera. Porque el broche era tan sencillo, que al colocar todo su peso sobre la madera se abrió en su totalidad. Lo peor fue la manera en que cayó, el escándalo que provocó y todas las miradas que se centraron en ellos por el penoso accidente.
— Benvenuti, Bambini—pronunció Constanza, incluso se levantó para guiarlos hasta la mesa—Qué bueno que han llegado.
Tal vez estaba más roja por la vergüenza que por el movimiento de Yoh. ¿Era su imaginación o estuvo a nada de besarla?
—¡Ay! Lo siento—dijo él, parándose de repente—Lo siento mucho.
Después del golpe, llegaron las risas. En especial de aquel par que ya conocía muy bien.
—¡Bah! Esa ha sido una gran entrada—dijo presionándolos por la espalda para acercarse—Se ve que lo tuyo son los espectáculos.
Y no mentía cuando mencionó que la familia era grande, en verdad representaban un gran número. Fue mero instinto el que le hizo buscar su mano y entrelazar sus dedos.
Él volteó a verla de reojo. Conocía bien esa clase de mensaje codificado, porque a pesar del tiempo seguía sin sentirse cómoda entre las multitudes. Devolvió el apretón, indicándole que a pesar de la cantidad, todos parecían buenas personas.
—Les presentaré a mis hijos: Alonzo, Adriano, Renzo, Enzo y Fabrizio—dijo nombrando a cada uno, quienes alzaron la mano y saludaban con cada mención— A mis nietas: Alessia, Antonella, Nicoletta, Marena, Pia, Gianna, Fiorella, Donatella, Carina, y Alessandra. Y algunos de mis nietos, ya los conocieron ayer.
Claro, ellos le ayudaron con su equipaje.
—El de la esquina es Francesco; Guido está del otro lado, luego está Lorenzo, Luigui, Maurizio, Dante y….
—Leonardo—dijo el último, levantándose de la esquina más próxima y tomando la mano de la rubia para besarla—Piacere di conoscerti, mia bella signorina. Hai gli occhi più belli che abbia mai visto.
Eso fue bastante inesperado, suponía que para todos. Aunque hubo risas que aligeraron el momento, ellos seguían viéndose de forma muy intensa. ¿Acaso se había flechado con este tipo? ¿O por qué estaba tan dócil?
Yoh carraspeó, llamando su atención. En especial porque se había quedado casi estática, dejando que un total desconocido le babera la mano. Claro, él se aprovechaba, porque ella no entendía del todo el idioma. Si supiera que le estaba coqueteando y de forma tan descarada al decir que no había visto ojos más hermosos.
—Piacere di conoscerti—dijo Yoh, extendiéndole la mano libre.
Sólo así soltó la de Anna, que estaba sin palabras. ¿En serio era un buen momento para ser pasiva? ¿Por qué no lo golpeaba por el atrevimiento? No era el primero en hacer eso, pero sí el único en salir ileso.
—Piacere di conoscerti, Yoh—dijo estrechando su saludo— Benvenuto. Estamos realmente ansiosos, la nonna no deja de hablar de ustedes.
Así que hablaba bien inglés. Al menos bastante claro.
—Grazie—dijo algo extrañado—Tutti. Grazie per il benvenuto.
Más de uno respondió a su agradecimiento. Él sonrió y levantó su plato de la mesa, abriendo espacio para que pudieran sentarse, de modo que ambos entraron casi al final. Uno más se recorrió en la banca de madera. Y ahí dejó ir la mano que llevaban entrelazada, sintiéndose casi raro al hacerlo.
—Adelante, sírvanse lo que quieran—animó la abuela—Estás muy flaco, Yoh. Debes comer bien.
—Sí, está bien—dijo nervioso—¿Quieres algo en especial, Anna?
—Fruta—contestó, acomodando su cabello—Y un jugo de naranja.
Quizá porque ninguno de los dos estaba acostumbrado a un ambiente tan caluroso o afectivo. No es que su familia fuera indiferente, pero la sensación que ellos les transmitían, les hacía sentirse algo cohibidos. En especial, Anna, que no sabía bien qué decir ante algunas frases en italiano de parte de sus anfitriones. Pero consiguió dejar atrás eso, cuando tocaron sus temas favoritos y hablaron una misma lengua.
La política inundó la mesa un buen rato, en cuanto conocieron su oficio.
Fue divertido, porque a veces servía de puente para seguir la conversación cuando ella no encontraba las palabras precisas para expresarse. Le parecía encantadora la forma tan intensa que tenía para defender puntos de vista y para cuestionar sin miedo las ideas de los otros.
En verdad se enorgulleció de que llevara la batuta de la conversación. Sin embargo, el punto contraproducente fue que más de uno estaba maravillado con Anna. En especial el tal Leonardo, que no dejaba de verla con admiración, recargado en el marco de la puerta. Ella trataba de ignorar toda esa atención, pero a él le estaba resultando un calvario.
Era hombre, pero hasta él reconocía que el tipo tenía buena pinta, incluso mejor que el enfermero en las Vegas.
¿Si estaba molesto? Bueno… no es que fuera extraño para él sentarse a la mesa con Anna, mientras un chico trataba de seducirla, eso casi lo vivió toda su existencia. Pero en ese preciso instante, no estaba nada feliz. Sentía que cada sorbo del jugo de naranja le quemaba el estómago. Y sonreía, claro que lo hacía, no podría estar más que agradecido por los buenos vecinos que tenía. Pero— por dentro— tenía miedo de perderla frente a sus narices.
—Suficiente de temas serios, apenas es medio día—pronunció la anciana, dirigiéndose a sus hijos—Entonces, ¿cuánto tiempo tienen de casados?
Casi escupió el jugo.
La verdad es que el día anterior no la contradijo, pero tampoco lo aseveró. Sólo mencionaron que las condiciones serían difíciles hasta que no compraran muebles.
—Bueno… la verdad es que no somos esposos.
—¿Ah no? —cuestionó la mujer con desconfianza— ¿Entonces qué son?
Una veloz mirada a la rubia y obtuvo otra respuesta igual de incoherente.
—Amigos.
—¿Amigos?—repitió la anciana algo incrédula— ¡Bah! Estos jóvenes de hoy, les gusta vivir en el pecado.
Ambos se sonrojaron.
¡Por dios! Por qué no solo decían que eran hermanos y ya. No había necesidad de hacer más grande el problema. Pero les gustaba complicarse la existencia.
—No, no, no—negó veloz Yoh—Siento no haberlo aclarado ayer, pero no tenemos nada que ver. No somos nada.
Entonces le pegó en las costillas, el hecho de que la desvinculara de su vida, no quería decir que tenía que negarla del todo. Él se quejó, pero eso era poco, frente a lo complicado del lío en que se estaba metiendo.
—De acuerdo, supongamos que me lo creo—dijo la mujer—¿Cuál es tu nombre completo, Bambina?
¿Y ahora tenía que inventarse una identidad nueva? ¿Por qué se negó a que fueran hermanos? De acuerdo, la tensión sexual era notable entre ellos. Decir el verdadero vínculo que los unía sería raro en esa situación.
—Anna…. Kyouyama—dijo firme—Somos amigos de toda la vida, ¿no es verdad?
Era mejor que respondiera y lo hiciera rápido, sino quería ganarse otro codazo.
—Mejores amigos, ultra mejores amigos—dijo con una sonrisa algo forzada—Nos conocemos desde la infancia.
Poco auténtico.
—Sólo vine para conocer su casa—añadió irritada—Hacer turismo.
—En ese caso, yo podría ayudarte—intervino Leonardo—Tengo tiempo libre, puedo enseñarte los mejores lugares de Verona.
En cualquier otro caso lo hubiese desertado de inmediato, pero algo en él llamaba su atención y no sabía bien del motivo.
—Aun no he dicho nada sobre ir de paseo—dijo mirándole con fijeza—No mientras la casa sea un desastre.
Lejos de ofenderse por el rechazo, él le sonrió. Y ella pareció responder del mismo modo. Sería una pena decir que era su esposa, porque entonces quedaría como el tercero en discordia. El estorbo, el esposo engañado. Porque era innegable que ellos dos tenían esa chispa de atracción. Aun así…. No se sentía nada bien ser desplazado de ese modo.
—Pues no se diga más, vayan de compras—dijo autoritaria la anciana—Leonardo los puede llevar.
Salvo por ese detalle todo estaba perfecto, lo peor es que no pudo negarse.
Comenzaron a levantar todas las cosas de la mesa. Él colaboró bastante ayudándoles con los platos, mientras Anna conversaba en el jardín con su nueva conquista. Eso tampoco era nuevo. Solía derrochar un encanto intelectual que atraía a más de uno— él incluido, no podía negarlo más— así que verla sostener una charla amena con aquel sujeto, no debería ser novedad para él.
Sonrió triste, no sabía por qué pensó por un momento que lo suyo era… especial. Quizá sólo era curiosidad de Anna. La de una chica primeriza, algo más físico. Todo estaba bien, era mejor así. Tenía que centrar su atención en algo positivo, alentarla a seguir adelante. Porque era lo correcto. Y eso estaba bien. Estaba perfecto.
Excepto porque sentía una sensación oprimiéndole el pecho.
Luego escuchó las risas y un saludo más efusivo en la sala. Después sintió unos golpecitos en el hombro. Constanza llegaba acompañada de una chica más—seguro otra de sus nietas, aunque a diferencia de las otras chiquillas, ella parecía ser un poco más grande que él.
—Yoh, te presento a mi nieta más grande, Amara—dijo orgullosa—Amara, él es Yoh Asakura, el violinista famoso que te dije que vendría a vivir junto a mí.
Secó su mano y la saludó. Fue un apretón firme, seguro, como lo que irradiaba sus ojos color azul. Vestía un traje sastre entallado, que dejaba ver una buena complexión y al juzgar por la coleta, podía deducir que tenía un largo a media espalda. Castaño claro, casi rubio, pero no a ese grado.
—Mucho gusto, señorita Rinaldi.
—El placer es mío, señor Asakura—devolvió la sonrisa—Veo que las palabras de mi abuela no son exageradas, es bastante atractivo.
¡Vaya! Eso era algo que no esperaba.
—Y para tu buena fortuna es soltero—agregó la abuela—Los dejaré solos para que se conozcan. Sólo recuerda, joven Yoh, nunca es bueno dejar escapar a una diosa griega.
Pero sólo atinó a sonrojarse. No pensó que la soltería lo involucraría en esa clase de inconvenientes.
—Entonces…. ¿eres griega?
—Sí—aceptó, soltando su cabello—Mi padre fue aventurero y cruzó el mar, encontró una belleza griega y allá se quedó. Hasta la fecha sigue viviendo en una isla junto al mar. Por eso siempre me ha dicho que soy especial. Soy la primera y aparte soy la única extrajera de sus nietos.
Y una de las más bonitas, tenía que admitir. Le pareció agradable, además que tenía un buen humor y solía responder sin mayor problema a todos sus cuestionamientos, a pesar de ser casi desconocidos. Tal vez se pasaba de entrometido. Pero fue difícil no dejarse llevar por su historia de vida y la de sus padres.
Se sentaron en la mesa de la cocina, estaba tan concentrado en eso que olvidó que tenía que ir a comprar muebles. No fue hasta que Leonardo y Anna entraron, que de súbito recordó todo el listado de cosas por hacer.
—¿Interrumpimos algo? —preguntó él con picardía—Por lo que veo, Yoh, ni siquiera tú fuiste capaz de resistirte a los encantos de nuestra belleza griega.
Comenzó a reír nervioso, no quería herir el ego de nadie. Tampoco pretendía que se tergiversaran las cosas de ese modo.
—Leonardo, no porque platiquemos un rato, quiere decir que me voy a casar con él—respondió segura—A diferencia de otros, el señor Asakura es un respetable caballero.
Pero con ella, la claridad estaba por delante.
—Ya lo veo—se jactó su primo, confiado—¿Nos acompañas? Iremos al almacén por unos muebles.
Estableció un leve contacto visual con él y fue todo, su dulce sonrisa iluminó su rostro de nuevo.
—Por supuesto, si al señor Asakura no le molesta.
—Para nada, será un placer—dijo torpe—La opinión femenina nunca está de más.
—Por supuesto, y hablando de féminas. Amara conoce a la acompañante del señor Asakura: Anna Kyouyama—dijo casi haciéndole una reverencia—Señorita Kyouyama, conoce a mi prima mayor, Amara Rinaldi.
Se sintió un auténtico tonto. Era él quien debía presentarla, al menos eso hubiese querido hacer. Porque del modo en que lo hacía, parecía más acompañante de él que suya.
Notó su mirada altiva y desconfiada al acercarse a ellos. Era un tanto extraño, porque no tenía ni dos minutos de verla, era casi una idiotez pensar que no le agradaba, si no habían siquiera cruzado palabra. Lo más probable era que su molestia derivaba en que se sentía algo excluida de la charla.
No obstante, Amara no se dejó amedrentar por ella y se levantó de la silla decidida a establecer un trato más directo.
—Es un placer, señorita Kyouyama—dijo levantándose—Espero que disfrute su estadía en Italia.
—El placer es mío.
Fue una presentación irrelevante. Al menos eso consideró cuando estrechó su mano. Notó en ella —de inmediato— todos esos gestos que solían gustarle a Yoh en las mujeres, incluyendo la cordialidad, el físico y aquella deslumbrante seguridad.
¿Qué si se sentía amenazada? Para nada, sólo porque era un par de centímetros más alta, no significaba que fuera mejor.
Lo que en verdad le irritaba era la bobería de él. ¿Acaso no podía estar a solas un minuto? De inmediato tenía que salir a coquetear con cuanta chica se encontraba en su camino. Excepto porque ésta no era cualquier mujer, sino la afamada griega, la que tanto mencionaba su abuelo.
Y decía que no llevaría a nadie, que no conocía a ninguna griega. No eran más que puras mentiras. Seguro a eso se refería Yohmei, con que saliera de conquista con una diosa griega.
No pudo evitar mirar al castaño con odio, que veía al par de primos discutir antes de entrar en la camioneta. En verdad tenía ganas de darle un pistón, algo que le borrara esa sonrisa del rostro.
Su mal genio no se disipó, menos en el auto, donde la famosa griega se sentó junto a él en la parte trasera. Encima venían charlando en italiano. Qué es lo que querían que no oyera. Si era claro, por la manera en que le colocaba la mano en la pierna que quería algo con él.
—Si quieres te hablo en francés, para que ellos no entiendan—sugirió su acompañante.
Su chiste no le pareció para nada agradable, pese a que habían tenido una buena conversación acerca de los museos y sitios turísticos. Ni siquiera se molestó en contestar, tan sólo desvió su mirada al camino. Las construcciones y el amiente le parecían mágicos, tal como él se los describió. Quizá sentir la brisa alivió en mucho su pésimo sentir, porque el ardor en su estómago estaba presente.
Cuando llegaron al almacén, Yoh y la chica griega fueron los primeros en bajar. Parecía como si él hubiese olvidado por completo su existencia, cuando ni siquiera se percató que Leonardo le tomó la mano antes de entrar a la tienda.
—¿Vamos por un gelato?
Estuvo a nada de abofetearlo, pero tampoco quería reaccionar de forma tan infantil. En primera, porque no quería evidenciar lo poco que le agradaba su prima. Y en segunda, porque Yoh ni siquiera giró para ver el motivo de su retraso. No era él, con quien quería desatar su furia.
—Mi prima tiene buen gusto para decorar—dijo con una pequeña sonrisa—Dejemos que pasen un poco de tiempo juntos, se ve que se llevan de maravilla.
Volteó a verlos en la entrada, donde estaban las plantas del jardín.
Él se veía tan tranquilo y feliz, tan diferente a como estaba a su lado.
—Está bien, de cualquier modo, odio las compras sin sentido—pronunció decepcionada, subiendo de vuelta al carro.
Pudo ver en él una señal de triunfo. Mientras Yoh tomaba muy feliz una maceta de rosas.
¿Sería ese su futuro? ¿Viajar por Europa y pasar las tardes en su casa con esa chica griega? ¿Le gustaría sentarse a ver las series largas con ella? ¿Le diría lo adorable que eran los regalos secretos que se darían cada cumpleaños? ¿Comprarían una cama nueva para estrenarla los dos?
—¿Todo bien?
—Claro—dijo suspirando— Arranca ya ¿O piensas quedar estacionado todo el día?
Decir que estaba maravillado por la cantidad de flores era poco. Había pocas posibilidades para que algunas crecieran en Japón o se mantuvieran a la intemperie sin los debidos cuidados. El clima o algo relacionado al ambiente tenían que ver. Por eso, casi se sintió en las nubes por la variedad en la entrada del gran almacén.
Amara le sonrió, prácticamente pidiéndole algo de mesura.
Claro que la tendría, pero si pudiese plantar todo eso en el patio sería fabuloso.
Anna solía decirle que era mejor ver las flores creciendo que un jarrón. Fue en ella, quien pensó al ver la diversidad de colores en las rosas. Las rojas y las fucsias que tanto le gustaba combinar. Levantó la maceta para mostrárselas, pero no vio rastro de ella.
Tampoco tenía que ser genio, porque no era la única faltante en la ecuación. Fue como tomar un trago de detergente. Aun así quería asegurarse que fuera algo consentido y no un acto violento. Devolvió la maceta al piso, cuando tomó el teléfono para mandarle un mensaje.
Anna respondió casi un minuto después, con una contestación simple y poco elocuente: nos vemos más tarde.
Juró que si no estuviera acompañado por la nieta de su vecina, hubiese arrojado el móvil contra la pared si eso podía disolver aquel inusitado fuego en su interior.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien—pronunció tratando de ahuyentar su mal genio—Anna decidió no hacer las compras. Ni ella, ni Leonardo.
Entonces volteó a ver el estacionamiento. En efecto, el carro ya no estaba en el sitio y el hecho de estar escueto lo hacía aun más evidente.
—Parece que mi primo hizo bien su jugada, ¿no? Nos dejaron aquí para irse a divertir—dijo tomando la maceta que había seleccionado con tanta emoción—Sabía que le gustaba, casi no le gusta llevar pasajeras de copiloto.
Eso no estaba aliviando en nada su paranoia.
—Tranquilo, no es como si fuera un acosador—añadió colocando una mano sobre su hombro—Lo que quiero decir es… que casi no es tan evidente. Es un cretino, sí, lo es. Pero no es un mal tipo. Si ella no quiere, no la va a forzar.
—¿Forzar? ¿Puedes ser más específica?
—¿Sexo? —cuestionó extrañada—Cuando los vi en la entrada charlando, los vi demasiado juntos, la manera en que se miraban… tú sabes… tensión sexual.
Era como si le echaran una cubeta de agua helada.
—Entonces tú crees que se fueron…
—Yoh, tranquilo—dijo sonriendo con ternura—Leonardo no es una bestia. Seguro primero fueron a tomar un gelato y dar la vuelta. Además, Anna es una adulta, estoy segura que puede cuidarse sola.
Por supuesto que era una adulta y podía cuidarse sola. Claro que lo sabía. Pero no por eso se sentía tranquilo de verla salir con un extraño. Así le dieran la mejor carta de recomendación del mundo, para él, ese tipo no era más que un desconocido. Y ni hablar de la idea de que aquello pudiese derivar a otro tipo de contacto. No quería ni siquiera pensarlo.
—Hagamos las compras, tú necesitas varios artículos—propuso ella—Después podemos alcanzarlos para tomar un gelato también.
Luego besó su mejilla.
—Es lindo ver cómo te preocupas por tu mejor amiga—dijo tomando su mano—Vamos que se nos hace tarde.
Y en efecto, ella tenía razón. Su tarjeta de crédito recién estaba en recuperación, cuando tuvo que meterle un fuerte golpe. Pero entre artículos de cocina, alimentos y uno que otro mueble. Incluyendo unas cortinas de baño para cada habitación —que esperaba fungieran como puertas— podía decir que estaba apenas resguardado de la primera parte.
—¿Seguro no comprarás otra cama?
—El sillón se ve cómodo.
El camión que contrataron para la mudanza subió todo alrededor de las seis. Pasaron al súper mercado por algunos víveres. Trató de poner la mejor cara disponible en su arsenal, pero a cada minuto que transcurría, parecía pesarle como un infierno.
—Es todo.
Ni siquiera pudieron cuadrar con ellos un lugar en la plaza para ir a comer. El día se escurrió como agua por sus dedos y apenas pudo estar a tiempo para recibir la sala y algunas aditamentos necesarios para la casa. Amara y sus primos le ayudaron a desempacar. Acomodaron de mejor forma el lugar, quitaron el polvo de las habitaciones y abrieron un par de botellas de vino para festejar.
Quería estar feliz, pero sin Anna en casa resultaba difícil.
Pasaban de las doce de la noche, cuando escuchó la puerta abrirse. No tenía mucho que la gran familia de su vecina se había ido. Después de más de diez botellas de alcohol la cosa parecía sencilla, la cantidad de gente aminoraba su ingesta, mas no parecía ser así.
La ansiedad lo estaba matando, así que sí, tomó de más, sin querer.
Sólo porque era el nieto mayor de su vecina. Uno de los publicistas de mejor reputación en la ciudad y un gran partido, al menos así lo describían la mayoría de sus primas. Pero sólo por eso, no salió disparado como cohete al ver que no estaba en casa.
¿Y qué obtenía a cambio? Verla llegar en brazos del susodicho. La estaba cargando, ni siquiera tenía los zapatos puestos. Y lo peor, lo que le dio justo en la punta del hígado fue escuchar su risa.
¿Anna riendo? ¿Acaso estaba drogada de nuevo?
Eso activó sus alarmas. Ni siquiera lo pensó para salir de la cocina y encontrarlos cruzando la sala. Anna caminaba con esfuerzo, era obvio que estaba borracha. Y él la sostenía de la cintura para evitar una caída.
—Oye , Idiota—dijo señalándolo—Suelta a mi hermana en este momento.
Él comenzó a reír.
—Tenías razón— dijo girándose hacia ella, igual de tambaleante.
—Te lo dije—respondió Anna, apoyándose en el sillón—Y Hao es peor, él ya te hubiera roto la quijada.
Apretó un puño, en verdad haciendo un esfuerzo por no romperle la cara al tipo. Era eso o gritarle a ambos que aunque no fuera Hao Asakura, él era Yoh Asakura y podía hacer algo peor que sólo golpearlo hasta cansarse.
—¡Largo! —exclamó empujándolo al suelo.
—¡Ouch! Tranquilo, Yoh, te veías bien dócil—dijo riéndose— Nada más la estaba ayudando a subir a su cuarto.
—Yo la ayudo, si eso es lo que te preocupa—respondió levantándolo de la solapa de su camisa—Yo me encargo.
Pero él no dejaba de burlarse.
—¿Te vas a encargar? No te conozco, amigo, pero sí que eres lento—dijo soltándose con brusquedad para ahora mirarla a ella—Anna, linda, avísame si tenemos un bebé y voy por ti a Japón. A donde quieras. Estoy disponible para ti.
Y le envió un beso antes de salir por la puerta.
En verdad, no supo de dónde salieron los grilletes que lo mantuvieron atado al suelo, porque jamás en su vida había sentido tanta ira acumulada. Su pecho se agitaba, mientras Anna seguía tan pasiva frente a la situación.
—¿Dónde estuviste?
—No te importa—respondió, tratando de caminar.
—Si te estoy preguntando es porque me importa.
Si estaba borracho, estaba seguro que el alcohol no estaba impidiendo sus movimientos veloces, porque antes de que siquiera se atreviera a subir las escaleras, la tomó del brazo.
—Ya lo escuchaste, me fui con él. Fuimos a un hotel. Ya sabes de eso, no necesito detallarlo. Pero si quieres oírlo: lo hizo fabuloso—dijo seria—¿No es lo mismo que tú hiciste con tu diosa griega?
Su labio tembló del coraje que lo consumía. Lo peor es que no sabía el motivo real de esa furia: si era la preocupación, si eran los celos o era su frustración, su despecho o la ansiedad acumulada. ¿Qué quería gritarle? Ése era el bendito problema, quería gritarle de todo.
—Anda, cuéntame, ella te encanta, ¿no es así? —añadió golpeando su mano para liberarse—¿Es dulce contigo? ¿Se preocupa por ti? ¿Tu cuerpo te encanta?
Por qué ahora el tema central era él, cuando ella había pasado todo el día con un completo desconocido. ¡A solas! ¡Y encima decía que tuvo sexo con él!
—¡Al menos no me deja como idiota en la tienda! ¡Y no hace que me preocupe por ella! —gritó sin ningún tapujo—¡Y no llega como tú, ahogada en alcohol!
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡No querías que viniera porque ella iba a estar aquí!
—¡Anna, la conozco hace cinco minutos! —exclamó tomándola de los hombros—¡Ni siquiera me importa!
Pero las lágrimas en sus ojos eran notorias a esas alturas.
—¡Mientes, Yoh! ¡Todo lo que haces es mentirme! —dijo empujándolo— Te fuiste con Tamao, luego saliste con varias chicas. ¡Hasta llevaste a Marion al restaurante que quería conocer!
¿Por qué le estaba reclamando todo eso?
—Fue un favor que le hice a Mattilda—dijo exaltado—Su amiga estaba triste.
—Y luego dejaste que fuera Manta quien me llevara ahí. Tú me prometiste el maldito dije, no él— siguió desbordante— Yo te dije que quería probar comida mediterránea, porque siempre quise acompañarte aquí, pero siempre miraste primero a otras mujeres antes que a mí. Así como lo haces con ella.
¿Verla a ella? Pero si lo único que hacía era mirarla, quizá no de forma directa, porque no quería levantar sospechas o malos pensamientos, pero su vista, toda su atención siempre se centraba en ella.
Intentó tomar su mano, pero la rebatió con un manotazo.
—Y a ti nunca te importó.
—¿Qué cosa? —preguntó él, más tenue.
—A ti nunca te importó todos los hombres con los que salí, hasta te hacías su amigo—describió dejándose caer al suelo—Ni quisiera te enojaste cuando te dije que me acosté con Leonardo.
Fue desolador para él saberlo. En especial porque ahora las lágrimas fluían por su mejilla.
—De verdad no te importa.
Respiró agitado, mientras daba un paso hacia ella y tomaba su rostro entre sus manos, limpiando sus lágrimas.
—Claro que me importa, me importa—dijo trémulo—Si no me importara, ya te habría dejado ir a dormir. Y sólo me hacía amigo de ellos, porque no quería que te lastimaran, pero siempre me importó. Siempre esperé que llegara un hombre tan perfecto a tu vida para que yo pudiera sentirme tranquilo.
Entonces cerró sus ojos, tratando de retener el afluente flujo del agua. Y volvió a empujarlo, mientras trataba de subir las escaleras.
—¡Anna!
—¡Ya, déjame en paz! ¡Lárgate, no quiero verte! ¡A ti no te importo! Te da igual que me acueste con media Italia, te da igual que me acueste con todos esos hombres con los que salimos en Japón. Lo único que esperas es que llegue alguien y te libre de mi molestia presencia—le gritó, entrando a su habitación—¡Pero como no llegó, tuviste que huir de mí!
Claro que si hubiese puertas, se la habría estampado en la cara, pero no había barreras ahí. Lo peor no era los gritos, es que no entendía del todo el punto al que quería llegar.
—¡Y yo estoy harta! ¡Estoy cansada de sentirme así! ¡Lo odio! ¡Te odio! ¡Yo no quería sentirme así contigo! ¡Ni quiero dormir aquí, sabiendo que te doy asco!
Ahí lo comprendió, fue si alguien embonara todas las piezas faltantes. Fue excesivo para él, porque no había nada que romper, nada que liberara todo ese cúmulo de negatividad en su interior. Odiaba que Anna llorara, odiaba que lo hiciera por su causa y odiaba más ser tan correcto.
Su puño fue a dar contra la pared. Con exactitud, no supo cuántos puñetazos le dio, ni si el dolor fue suficiente para evitar que gritara. Porque de alguna manera lo hizo. Luego sintió sus brazos rodeándolo por detrás y su mano derecha envolviendo la suya.
—Basta—susurró a su oído—Odio cuando te lastimas.
Asintió, tomando sus manos para aumentar el abrazo entre ellos.
Eso era piedra, no era madera como en Japón. Tampoco era algo que se abollara con facilidad, pero incluso aunque las lágrimas cubrían su visión, podía ver el daño evidente.
—¡¿Tú crees que es fácil?! ¿Tú crees que no quiero correr hacia ti? ¿Qué NO quiero besarte y hacerte mía?—pronunció él—Pero hay barreras entre nosotros que no se deben romper, no de nuevo.
—Entiendo—dijo retirando sus manos.
Y él se giró a verla, el dolor apenas se manifestaba cuando sus dedos tomaron su mejilla aún empapada.
—No, no lo entiendes—dijo Yoh—Si lo entendieras, te darías cuenta que sí me duele que vayas con otros. Y si te digo que esperaba un hombre perfecto, fue porque en verdad quiero que el hombre que esté contigo sea el mejor y que te dé todo lo que yo no puedo darte. Y si sientes ganas de divertirte con alguien, lo debo aceptar, aunque no me guste—confesó tallando sus ojos—Es que si lo entendieras, verías lo mal que me siento cada vez que alguien te aleja de mí. Y quizá verías, que ninguna mujer ha podido opacarte.
Mordió sus labios, tratando de contener el sollozo que amenazaba con salir.
—Y sé que no lo vas a creer, pero…. Dime… ¿Acaso Tamao tiene un anillo de diamante? —preguntó divertido, mientras ella negaba con la cabeza—¿Ves? Sólo bastó para que me coquetearas un poco en el casino para gastarme todo el dinero y casarme contigo.
Para ser justos, estaba sin palabras. Y no tenía nada que ver con que él también fuera un río de agua salada, sino con la dulzura de su tono de voz.
—Un beso tuyo… jamás he conocido a alguien que bese como tú. Que me encienda tan rápido.
—Pervertido.
Él asintió, apegando su frente a la suya.
—Nadie me hace sentir lo que tú provocas en mí—sonrió triste— Y sé que quieres que luche por ti. Pero…. Yo…no puedo hacerlo. Ni voy a hacerlo.
Fue como romper un jarrón de cristal en mil añicos.
—Llegara el correcto, sé que lo hará—siguió con un llanto más pronunciado—Va a borrar nuestros besos, creará mejores historias. Y te vas a enamorar de forma tan profunda que no querrás que nadie lo mire. Y yo te diré… te lo dije Hermanita… sólo… sólo era cuestión de esperar.
—Hermanos…—repitió la idea.
—Es lo único que podemos ser, hermanos—dijo abrazándola con mayor fuerza—Ése es nuestro destino.
Mientras en su interior, el vacío consumía todo a su alrededor.
Continuará…
N/a: ¡Hola de nuevo! Gracias por estar aquí en una emisión más. Otra actualización más a la lista, no me maten por nada más poner finales con alertas falsas de lemon. Ha sido bastante complicado hasta este punto, por lo que ya les había dicho anteriormente había que trabajarlos muy bien para esa materia. Aunque Yoh, es bastante renuente a realizar esas cosas. No sé qué esperar de esto, como dije antes, a veces las historias se mandan solas, yo sólo improviso con lo que tengo a la mano.
Muchas gracias por todos sus comentarios, como siempre es un placer leerlos. Y por seguir leyendo.
Agradecimientos especiales: Tuinevitableanto, Muyr, Minoko B, Andreine, Guest, Anneyk, Guest, Carlos29
Nos vemos pronto.
