Capítulo XVII
Abrió los ojos con lentitud. No había rayos de luz que interrumpieran su sueño, tampoco podía decir que había dormido por horas, porque sentía como si su cuerpo apenas procesara la palabra descanso. No obstante, no quería seguir durmiendo.
Su corazón palpitaba lento en su pecho, podía sentir cómo tardaba en volver a inflar sus pulmones. Hubo un momento en la noche, que pensó que interrumpiría su ciclo y moriría en medio de su sueño. No sucedió, pero tampoco podía decir que no podía ocurrir.
El eco de sus palabras seguía presente en su mente, cuando se incorporó hasta sentarse. Estaba sola en la habitación. Por supuesto, no esperaba que se quedara a dormir en el mismo sitio. No cuando al tranquilizarse—después de aquella charla tan intempestiva— sugirió que cada uno fuera a la cama, que más tarde hablarían.
¿Quedaban asignaturas pendientes entre ellos? Creía que no.
Todavía sentía sus labios en su frente, mientras le daba un sutil: buenas noches. Como haría un padre con una hija, pasando la frazada encima de su cuerpo. Asegurándose que estaba cómoda en aquel colchón. Reforzando la fraternidad entre ellos.
Así se recostó, inundada en un mar de pensamientos, que no la llevaron a buen puerto. Tardó mucho en tranquilizarse, más aun poder conciliar el sueño. En verdad deseó que la mañana llegara pronto y la siguiente y la siguiente y que su avión estuviera aguardando por ella en cuanto viera la luz de nuevo.
Pero las utopías no existen.
Se levantó, dobló la cobija y recogió sus cosas. La mayoría estaban dentro de la maleta, así que lo que tomó fue mínimo. Echó un vistazo antes de abandonar la habitación. Todo estaba en perfecto orden.
Bajó las escaleras, tratando de hacer el menor ruido posible.
Todo estaba bastante silencioso, más al ser las seis de la mañana, pensaba que difícilmente encontraría a alguien de pie. En especial alguien tan perezoso como él.
Dejó las llaves, junto al otro par, en la barra de la cocina.
Tomó el par de zapatillas que había dejado botadas la noche anterior, no sin antes dar una última mirada al lugar. No evocó ningún sentimiento de nostalgia, no lo había, tenía poco tiempo pisando el sitio. No había mayor significancia, más que una cama de paso. Aunque muy lejos, sabía que pudo ser más. Había una sala y algunas flores en la mesa central. También una pintura ilustrando un atardecer en la playa.
Tenía que felicitarlos, era un gran trabajo. Las cosas eran escasas, pero el conjunto y la distribución eran adecuadas. Muy precisas y elegantes. Con un toque femenino innegable. Seguro ella tenía buen gusto, podría seguir con el baño y las demás habitaciones. Y por qué no, con un par de meses, hasta con el corazón de él: su hermano.
Él yacía boca abajo en el sillón más grande.
Se acercó, sólo para echar un vistazo. Recordó la última vez que lo vio dormido— en la casa del árbol, donde solían jugar de niños—su semblante tranquilo no estaba en ningún lugar. Todo cuanto transmitía su rostro ahora era cansancio y pesadez.
No quería ser una molestia más para él.
Este viaje no era más que un error. Jamás estuvo planificado para que ella llegara y se hospedara con él. Al ver cómo todo estaba limpio, su ayuda era más que innecesaria. No la necesitaba ni la quería cerca. Era lo menos que podía hacer por Yoh, dejarlo en paz.
Suspiró, volviendo a la entrada, donde su maleta esperaba. Calzó sus zapatos, con cuidado de no despertarlo y salió con la más absoluta discreción.
Afuera el cielo estaba claro y gris. La brisa era fría, como solía ser en las mañanas, cuando el rocío bañaba las plantas. Como los primeros cantos de las aves con el amanecer. Pero en esta ocasión, tal parecía que las nubes se encargarían de bloquear los rayos solares la mayor parte del día. Al menos eso pronosticaba su teléfono en el área destinada a la meteorología y temperatura.
Arrastró la maleta por el pavimento empedrado, recordando que él tenía la precaución de levantarla para evitar empeorar el ligero desviamiento de las ruedas. Casi sonrió por la ironía, cuando una voz la detuvo.
—¿Necesitas ayuda?
Sus entrañas se revolvieron, ilusionando a su desdichado ser.
—¿Qué haces aquí?
—Por mi culpa llegaste muy tarde ayer y… por los gritos —que créeme, media Italia escuchó— no puedes pretender que me quedara a dormir tan tranquilo en mi cama.
Claro, la cosa no podría ser más vergonzosa.
—Discúlpame con tu abuela, en ese caso—dijo, retomando su camino.
Pero él era persistente, cuando se colocó delante de ella.
—¿Y puedo preguntar a dónde irás? Porque no hay hoteles disponibles, ¿al menos revisaste las opciones?
La ocupación hotelera estaba a tope con las actividades que comenzarían desde hoy. Quizá debió prever eso, pero no tenía cabeza para nada.
—A donde vaya, no es tu problema—dijo ella solemne—Sólo quiero estar sola.
—Puedes estar sola, te aseguro que no te voy a molestar—agregó tomando la maleta de su mano—Déjame arreglar un poco tu problema, o al menos, hacerlo más funcional.
Suspiró, permitiendo que llevara sus cosas. Caminó con él, hasta subirse al vehículo, aparcado un par metros atrás. Le sorprendía que la culpa pudiera hacerlo dormir en su coche. En primera instancia, porque apenas eran simples conocidos. En segunda, porque no debería importarle sus problemas. No es que fueran tan íntimos.
Arrancó el vehículo y condujo un par de calles, todo lucía bastante vacío. Era natural viendo la hora. Aun así, logró acomodarse en el asiento, mientras sus ojos pasaban por los negocios cerrados.
—¿Se lo dijiste?
Y su vista volvió a Leonardo.
—¿Decirle qué?
—Lo que sentías—afirmó, girando el volante—No creo que tanto griterío fuera para nada. Hasta pensé que se atrevería a pegarte.
Entonces le miró molesta.
—Yoh jamás se atrevería a golpearme—dijo enfadada—Es mi hermano.
—Ayer parecía todo, menos tu hermano—respondió viéndola de reojo—Tal vez a ti no te iba a pegar, pero créeme, a mí me hubiera dejado irreconocible. Aunque si así jugamos, yo tampoco me habría dejado golpear.
Apretó un puño, pensando en esa ligera posibilidad.
—Tranquila… a los hombres nos libera soltar un par de puñetazos. Hubiese sido algo amistoso, para quitar la tensión del momento.
—Trogloditas—concluyó desviando su vista a la ventana—No sé por qué te conté todo eso.
Él sonrió, pero su sonrisa tenía más un dejo de melancolía que de burla.
—Eso es porque pensamos que los desconocidos no van a juzgarnos—respondió suave—Y tú necesitabas desahogarte. Créeme, te entiendo a la perfección. Ambos necesitábamos hablar con alguien que entendiera situaciones complicadas.
Cruzó sus brazos, soltando un gran suspiro. Mientras veía un gran edificio de alto esplendor. Estaban casi a las orillas de la ciudad, aun así, se veía que era un hotel de gran turismo. Desabrochó su cinturón, dejó las llaves con el chico del valet parking y bajó su maleta de la cajuela.
Ella se limitó a seguirlo.
El vestíbulo exudaba lujo en cada una de las losetas de mármol, pulidas a la perfección. Ni hablar de los muebles y el gran candelabro de cristal que colgaba en el techo.
—Espera aquí—dijo apresurado, indicándole que se sentara.
Observó cómo platicaba con confianza con el hombre en la barra de recepción. Él echó un vistazo a su figura, casi escaneándola. Leonardo giró a verla con una sonrisa confiada, seguro presumiendo su aventura. Pero el hombre se veía renuente, hasta que cruzó la portezuela y buscó por su cuenta en el mueble.
—¡Leonardo!
—Lo so, ma questo è un favore speciale—dijo tomando la llave directo—Él sabe que me debe muchos favores ya.
—Va bene, vai via, disturbati da qualche altra parte—mencionó el joven algo irritado—Ma, devi presentarmi a un paio di ragazze.
—Dagli per scontato —respondió Leonardo.
No entendió nada de su diálogo, pero al parecer resultó en un trato victorioso, por la manera en que caminaba: orgulloso.
—Vamos, Anna, tu suite está arriba—dijo tomando su maleta—Te encantará, es de lo mejor en Verona.
No emitió ninguna respuesta, se limitó a seguirlo al ascensor. La estructura no era vieja y los muebles parecían ser ostentosos. No pensó que eso entrara en su presupuesto, menos cuando apenas se recuperaba del golpe económico en las Vegas. Su caja de ahorros casi se vació después de ese altercado.
Caminó detrás, hasta que abrió la habitación de par en par. Tal como había dicho, era una suite espaciosa con una sala incluida y un balcón enorme. Más parecido a un penthouse por la terraza y el pequeño comedor afuera.
—¿Qué tal? Digno de la realeza—se jactó con alevosía al abrir las puertas de cristal para que admirara la vista desde esa altura—La casa de tu hermano es una pocilga a lado de esto.
Eso no lo dudaba.
—Debe ser cara.
—Lo es—dijo guiándola a la alcoba— Es la mejor habitación de todo el hotel. El dueño era amigo del abuelo, luego yo me hice muy amigo de su nieto… sabes a lo que me refiero—agregó, abriendo las cortinas del cuarto—Siempre me ha dicho que disponga de la habitación que quiera, cuando lo quiera. Obviamente, no le iba a decir eso al gerente, que también es mi amigo.
Él siguió de largo, explicándole cada detalle de la habitación. Los acabados, hasta las personas más importantes que se habían hospedado en ella. Tal como decía él, un sitio digno de la misma realeza inglesa.
—¿Y qué te parece? ¿Es digno de su majestad? —dijo confiado, mientras se giraba a verla—Es un todo incluido, puedes pedir la comida en cualquier momento del día. Puedes solicitar un coche para que te dejen en el centro o unirte a las visitas guiadas para que termines de recorrer Verona. Sólo tachas la casa de Julieta, porque ya visitamos ese lugar. Te recomiendo eso, porque no todos dominan bien el inglés.
—Sí, está bien—asintió, regresando su vista a la ciudad—¿Puedes cerrar las cortinas?
—Claro—dijo extrañado.
Descalzó sus pies sobre la alfombra y caminó hasta la cama, donde se recostó en el extremo izquierdo. Era enorme, así que tuvo que recoger un par de almohadas para acomodar de mejor modo su cabeza. La oscuridad se hizo presente en la habitación, pero él encendió la lámpara de la cómoda.
—¿Necesitas algo más?
—Quiero estar sola—respondió enterrando su rostro en una almohada de gran tamaño.
Él suspiró, sin saber qué decir o actuar. Esperaba que el lujo la distrajera de lo que estuviera atormentando su mente. Pensaba salir, cuando el murmullo de su voz lo detuvo.
—¿Puedes sacar la camiseta de mi maleta?
Volvió, abriendo el armario gigante y deslizó el cierre del equipaje. Pensó que sería necesario recostarla para sacar el contenido, pero de inmediato pudo ver la prenda color gris. Se aseguró que no hubiese algo parecido o que pudiese confundir la instrucción. Salvo por esa playera, el resto eran vestidos, lencería y un par de zapatos.
Regresó a la habitación, encontrándola en la misma postura.
Sacó la frazada caliente y la colocó encima de su cuerpo. Ella pareció reaccionar, porque de inmediato solicitó el pedido. Le tendió la playera. Fue bastante raro para él ver cómo vestía la almohada con esa prenda, como si fuera una segunda funda. Después volvió a sumirse en ella.
—Ya te puedes ir.
No esperaba un gracias o una salida amable. Sólo llevaba conociéndola un par de horas e intuía que lo suyo era ser reservada. Incluso ayer, cuando se retaban con las miradas durante la comida. Sabía que era diferente al resto de las chicas que aceptaban el galanteo hasta las últimas consecuencias.
Anna era distinta. Una maestra en el estudio de la comunicación no verbal. Una sagaz mujer que sabía diferencias las palabras vacías de la auténtica verdad. Al menos, cuando su objeto de estudio no era tan personal.
Es lo que les enseñan en las aulas de comunicación política.
Debió saber que tratar de jugar con ella no era buena opción desde que le miró con fijeza la primera vez. O desde que se quedó a charlar con él sobre el turismo en la ciudad. Julieta siempre le flechaba los mejores corazones. ¿Por qué no sólo aceptó que era el galán de la familia, tratando de robarle la novia al vecino? Tal vez, porque su instinto le dictaba algo más.
Giró, pero no estuvo dispuesto a irse. Por el contrario, se recostó en el otro extremo.
—¿Qué haces? Invades mi espacio personal.
—La cama es gigante, se puede acostar mi familia entera con nosotros—dijo descalzando sus pies—Además, qué dirá mi amigo, ¿por qué meter a una belleza en la suite más costosa sin hacerla gritar mi nombre? Eso no hablara bien de mí.
Alcanzó a ver cómo despegaba sus ojos de la almohada, había molestia en ellos.
—Sólo diles la verdad—murmuró en voz baja—Nadie en el siglo XXI debería juzgarte por tus preferencias.
—Pues cuando tienes una familia tan tradicional como la mía, vivir en el siglo XXI no es el gran cambio—respondió acariciando su cabello rubio—Somos una familia muy vieja, tan vieja como los edificios más viejos de Italia.
—Hasta los edificios más viejos tienen grietas—respondió, viéndolo de frente—Algún te vas a cansar de forzarte a ser algo que no eres.
—Y algún día, tú también te vas a cansar de ocultar tus emociones, Anna.
No respondió, regresó su cabeza abajo, a esa tela que parecía abrazar como lo más importante. Dedujo un par de cosas. Que la situación no marchaban bien, era un hecho. Preguntar si estaba también resultaba una reverenda estupidez. La claridad de su estado emocional era cegadora.
No obstante, volvió a tocar su cabeza para acariciar sus cabellos.
Permaneció callado más de quince minutos, notando su profundo respirar. O los suspiros que salían de ella cada tanto, como si lo hiciera con esfuerzo.
—¿Qué tienes?
No hubo contestación.
Ella sólo llevó una mano a su pecho, apretando el puño en el medio de sus senos. Muchos decían que el corazón no dolía, pero a ella parecía que cada minuto era como robarle un suspiro al aire.
—¿Puede alguien morir así de la nada?
Fue su pregunta.
—Porque a veces siento que mi corazón late muy despacio. Y que algo me hace presión, como si costara respirar—describió ella, viéndolo apenas por encima de la almohada—¿Puedo morirme mientras duermo? ¿Mientras estoy aquí acostada, haciendo nada?
Como dijo, no la conocía. Salvo por confesiones que casi se gritaron en su departamento. Por todas esas botellas de vino que tomaron, diciéndose lo que a nadie se atrevían a decirle. Ésa era su única carta de conexión. Y verla ahora, describiendo su estado anímico, le partía el alma.
—¿Por qué él? —le cuestionó directo, mientras sostenía su mentón—¿Qué tiene Yoh de especial para romperte así el corazón?
Una lágrima cruzó su mejilla, junto a ella una pequeña risa dolorosa.
—No quieres saberlo, es una idiotez.
Fue su turno para sonreírle.
—Quiero saberlo todo, ser entrometido es algo muy mío.
Trató de hacerla sonreír, pero no generó el mismo efecto. No quiso presionarla, sólo colocó su mano sobre la otra en la almohada, dándole a entender que continuara. Ella le observó con mayor fijeza un par de segundos, hasta que volteó su cuerpo.
—Cuando papá… cuando papá comía una naranja y era la última del plato. Terminaba de comer y luego me decía que fuéramos a comprar más—pronunció suave, recostándose por completo, mirando al techo—Yo lo acompañaba al súper y llevábamos muchas cosas extra. A menudo mamá solía replicarle que no comprara golosinas para nosotros. Pero él nunca hizo caso—describió con un toque de melancolía en su voz—Cuando pasaba lo mismo con Hao, peleaba hasta el último gajo. Incluso lo lamía para que a mí me causara repulsión y dijera que ya no quería nada. Mamá lo regañaba por eso, decía que no educó una bestia como hijo.
Eso le parecía gracioso, incluso advirtió en su faz una pequeña sonrisa que delataba el sentimiento con los recuerdos.
—Pero sí era una bestia—dijo abrazando su almohada— Algo clásico de mi hermano mayor.
—Tu familia parece muy afecta a las naranjas—dijo un poco más cerca de ella.
—Sí… cada semana compraban por montones y siempre se acababan.
Parecía ser una buena convivencia, justo como lo era cualquier familia italiana.
—¿Y… qué con Yoh? ¿Yoh te daba la mitad de la naranja? —preguntó intrigado—¿La tiraba al piso para no darte nada?
Entonces la pequeña alegría de su semblante se esfumo.
—No.
Su atención se centró en el candelabro de cristal que colgaba encima de ellos. Mientras ese hueco seguía perforando su ser a cada segundo.
—Cuando Yoh encontraba la última naranja… subía a la casa del árbol para comerla—describió titubeante—Yoh siempre… me pareció aburrido, le gustaba escuchar música con los audífonos de papá… se tiraba en el pasto por horas, sin hacer nada. Hao era molesto, pero siempre tenía buenas ideas, los mejores juegos. Además, era bueno para estudiar, nos ayudábamos a repasar antes de los exámenes.
—Entonces…
Su corazón volvió a responderle, agitado, mientras sus labios temblaban.
—A veces yo estaba jugando con mis muñecas ahí—rememoró su cara—Y le pedía la naranja.
Giró a verlo, sintiendo que tenía los ojos inundados de miles de sentimientos.
—A diferencia de Hao o de papá, él caminaba a mí y me daba toda la naranja—describió volteándose a su posición de origen—A veces él tenía hambre, hasta le gruñía el estómago, y le ofrecía la mitad. Pero él… siempre decía que no tenía hambre. Que estaba… muy lleno y esperaría hasta la cena.
—Hasta la cena.
Asintió, tratando de retener sus lágrimas.
—Cuando tenía frío, se quitaba la chamarra—siguió temblorosa—O me colocaba la cobija encima, aunque él temblara. Siempre fue muy desprendido y amable con todos. Después cuando pasó eso…—dijo mirándolo de frente— Me encerré por días, hasta les gritaba que me dejaran en paz. Fui odiosa hasta el hartazgo. Hao me decía que a veces era la niña más insoportable del planeta y papá a veces no sabía ni cómo lidiar conmigo. Pero Yoh… Yoh aguantaba todo—dijo en medio de un sollozo — Muchas veces lo dejé hablando con la puerta. Muchas veces le dije que no quería escucharlo, que no lo soportaba… Pero él…él…
—Él fue paciente—completó Leonardo.
—Sí— respondió, recostando su rostro en la almohada—Cantó para mí, hablaba conmigo detrás de la puerta, aunque yo no le respondiera. Incluso después, le obligaba a ver los doramas con mamá, le pedía que me lo contara todo por teléfono cuando iba de visita con los abuelos. Siempre lo hizo, no omitía ningún detalle.
Sus lágrimas fluían en su rostro sin ninguna reserva. Era imposible ocultar la melancolía que los recuerdos dejaban ver en su sentir. Mas aun al ver su mirada benevolente en su persona.
—Debo ser la persona más enferma del mundo por ilusionarme con mi propio hermano—siguió, tratando de limpiar sus lágrimas—En las Vegas le dije que era un pervertido y le grite que lo quería lejos, tan lejos como pudiera de mí.
—Anna….
—Y ahora mírame—dijo en un tono más hostil—Soy una vergüenza. Una enferma. Una tonta….Mira que decirle esto a un desconocido… no me reconozco.
Entonces sintió su mano sobre su mejilla, limpiando el agua que caía libre por su piel.
—No eres una tonta, sólo estás externando lo que sientes—dijo él, cerrando aún más el espacio—El problema del siglo XXI sigue siendo que las personas creen tonto expresar sus emociones. Por favor, no le vayas a decir a tus hijos que es estúpido, por eso estamos aquí en esta habitación, lejos de donde queremos estar.
—Pero eso no quita que el incesto sea algo… indebido.
—¿Indebido para quién?
—¿Cómo para quién? —cuestionó incrédula—Es algo… asqueroso.
Enarcó la ceja, divertido de ese cuestionamiento.
—¿Qué no dijiste que tuviste un encuentro cercano con él? ¿Te pareció asqueroso eso?
Y sus mejillas adquirieron de pronto un gran color carmín. Era curioso, porque sus ojos cristalinos le brindaban un aura de fragilidad adorable. Triste pero tierna.
—Anna… no sé qué decirte ni cómo hacerte sentir mejor. Si ahora estamos aquí, lejos de él, es porque las cosas no se van a dar—describió más serio—Y te lo juro, entre los dos, tú la tenías más difícil. Pero siempre he pensado que cuando hay amor, amor verdadero es fuerte, todo lo puede. A menos que sea lujuria, eso también ha derrumbado imperios—mencionó con gracia—Pero… a lo que me refiero es…que ningún amor es tonto. Y apuesto mi vida a que hay miles de hombres pretendiéndote, no es por la inexperiencia o la falta de cariño por lo que te inclinaste hacia él—siguió, sonriéndole con ternura—Cuando el amor nace desde niños, dicen que son los más puros. Porque los niños no tienen maldad, al menos no la maldad que tenemos los adultos. Muchos describen ese amor, como uno sincero, hermoso… para nada es lo que dices, no es sucio, porque surge del corazón más puro de una niña cuyo hermano más flojo conquistó, incluso con una naranja.
Pero lejos de cesar el llanto, sólo logró acrecentarlo más. Incluso él, se sintió conmovido por esa muestra de vulnerabilidad, así que se acomodó de tal modo que su cabeza quedó sobre su pecho. Tardó varios minutos en serenarse, mas no le importó. Tampoco que su camisa se humedeciera.
—Quiero estar con él—pronunció Anna—Pero sé que no puede ser.
Y debía resignarse a que así serían las cosas.
—¿Te digo algo? —preguntó ante la afirmativa de ella—Si no puede ser tuyo, déjame intentarlo, quizá a mí también me dé completas las naranjas.
Ella sonrió y le soltó un golpe en el pecho, que lo hizo quejarse.
—Idiota.
Ambos rieron, hasta que la pesadez inundó de nuevo la habitación.
—No puedo curarte ese corazón roto, Anna—dijo abrazándola con mayor fuerza—Pero dejaré que llores todo lo que quieras encima de mí y te abrazaré hasta que te duermas. A ti y a esa almohada con la playera de Yoh.
—Puede que tarde en dormir.
Afirmó, besando su frente con un gesto de auténtico cariño.
—Aquí estaré—contestó firme—Sólo no te acostumbres, no soy el ideal de mejor amiga de nadie.
—No estoy buscando una mejor amiga—aseguró en medio de un gran suspiro— Es sólo que el día está muy nublado.
—Tranquila, las tempestades no duran para siempre—dijo acariciando su cabello—Todo va a salir bien.
Pero extrañamente, no sonaba igual de consolador en otros labios. Aunque quizá, tendría que acostumbrarse a no tenerlo más en su vida.
Continuará…
N/A: ¡Saludos! De alguna manera siento que este capítulo me quedó bastante emotivo. No había sentido eso desde los últimos dos capítulos que escribí en otro fic, cuyas actualizaciones volveré a hacer en breves semanas. En un sentido abstracto la naranja, significaba más cosas, o en el sentido más breve: la bondad. Quise capturar profundamente el sentir de Anna, su pérdida. Y lo que pasó con ella después, en vez de abocarme a Yoh o ambos. Las predicciones esta vez no fallaron. Me gustó el resultado, no esperaba darme punto de vista a un personaje de reciente creación, eso fue nuevo. Pero se sintió muy natural dentro de la historia. Gracias por todos sus comentarios, espero no continuar con los ríos de lágrima por esto. Aunque no prometo nada, el drama es parte de mí. Como siempre es un placer leerlos.
Agradecimientos especiales: Minoko B. Guest, Angekila, Hikari H. Nio, Tuinevitableanto, Guest, Carlos.29, Guest, Zria, Laquenoselosabia.
A todos muchas gracias por seguir leyendo.
Nos vemos pronto.
