Capítulo XIX
La primera impresión que tuvo al abrir los ojos fue el bello ocaso del cuadro en la pared. Poco registraba si se trataba de un amanecer o un atardecer. Tampoco es como si su mente enfocara de manera brillante sus ideas. Porque en realidad, el caos seguía vigente a la más mínima provocación.
Ni siquiera tuvo el valor de levantarse. Estaba agotado, su pecho trabajaba con esfuerzo y suspiraba cada tanto. Tratando de borrar los vestigios del llanto. No recordaba esa clase de sensación. Jamás se había quedado dormido en medio de tanto sollozo.
Ahogó su rostro en el cojín, tratando de controlarse.
Por Anna, tenía que hacer el esfuerzo y animarla a que todo esto pasaría. Porque pasaría y todo sería normal de nuevo. No habría más ideas raras o momentos incómodos. Todo sería igual a como siempre fue. En eso debía concentrarse y para hacerlo, primero tenía que recobrar su confianza.
Optó por pararse. No tenía ni idea de qué hora sería, aunque al juzgar por lo grisáceo del cielo, tal vez era demasiado temprano. Tomó el celular de la mesa, notando—con increíble sorpresa— que no era un horario tan madrugador, de hecho, pasaban de las diez de la mañana.
Era extraño, porque Anna nunca le permitía dormir tanto. Aun cuando se desvelaba, no era de la clase de personas que despertara después de las nueve de la mañana. En especial, porque ninguno había desayunado. Claro que no sabía si ella siquiera cenó, pero su estómago era puntual en cuanto a los alimentos.
Caminó hacia la escalera, tratando de hacer el menor ruido posible, por si estaba dormida. Cruzó por frente de su habitación, pero las cortinas cubrían a la perfección la entrada. No tuvo tanto valor como para correrlas y perturbar su intimidad. Seguro tampoco había pasado muy buena noche, debía estar cansada. Y no la culpaba, él apenas pudo dormir un par de horas. Así que se dirigió al baño a realizar sus necesidades. Una vez que terminó, fue a su habitación por ropa limpia.
Tal vez el ruido la despertaría: no ocurrió.
Tuvo un baño tranquilo, en comparación del pasado. Sin embargo, cuánto hubiese dado porque la cortina se abriera y ella lo viera de nuevo en esas condiciones. Aunque sabía que estaba mal. Que estaba terriblemente mal desear esa clase de situaciones, no podía abandonar el pensamiento tan fácil. Pero debía hacerlo, se lo había asegurado: una relación fraternal. Meramente fraternal.
¿Pero podría?
Suspiró cansado. Su vista no pudo evitar mirar las heridas de sus nudillos. La noche fue bastante intensa, comenzando por la incomodidad que tenía al saber que se había ido con el nieto de su vecina. No era la primera vez que la veía irse con otro hombre. A esas alturas debería estar acostumbrado. No obstante… jamás se sintió tan molesto. Nunca antes se sintió tan iracundo, como para querer golpear a uno de sus pretendientes.
Sonrió con amargura.
Aunque le incomodara, debía acostumbrarse y aceptarlo.
—Que ese hombre nunca seré yo—concluyó saliendo del baño.
Decirlo era más sencillo que hacerlo. Ahora debía prepararle un desayuno digno, aunque la cocina se le diera terrible. Por eso estas cuestiones siempre las delegó a Tamao. Ella sí que tenía el toque perfecto. A él todavía se le quemaban los panes en la tostadora. Mejor la invitaría a desayunar, quizá después le gustaría caminar por la Plaza del Erbe. O tal vez querría pasarlo con su nuevo amigo, de corazón esperaba que no. Que lo seleccionara a él.
—Anna—llamó fuera de su habitación.
No hubo respuesta.
Intentó tres veces más. Su sueño debía ser profundo, así que se atrevió a correr la cortina para entrar. Pero no tuvo que dar un paso más, cuando comprobó que la habitación estaba vacía. Y su maleta no estaba en ningún lugar. Ni siquiera quiso describir el miedo que lo atravesó al bajar corriendo la escalera para salir de la casa. Tomó un par de llaves… ¡Momento! Ahí había dos pares de llaves. La que le entregó al llegar a Verona.
Quizá…Comenzó a llamarla. Buscó en las habitaciones vacías. Salió al jardín: nada. La adrenalina que tenía dentro no lo dejaba sentarse y pensar con claridad. Pero la respuesta más obvia es que se había ido. Pero a dónde. ¿A dónde se iría si no había cupo en los hoteles? Intentaron eso antes, la ocupación hotelera estaba al tope. ¿Habría regresado a Japón? No sabía dónde buscar.
Así que tomó la primera opción y comenzó a llamarla al móvil.
Después de diez intentos, en los que lo envió directo a buzón, mandó una serie de mensajes. Pero no recibió ninguno. Tal vez lo había bloqueado. Lo cual le caló hondo, cuando volvió a la sala. Sabía que no estaban en los mejores términos, ¿pero dejarlo así? ¿Acaso pensaba que irse era mejor que tratar de enmendar sus errores? ¿Qué no se preocuparía por ella? Él quería intentarlo, de verdad, deseaba arreglar la situación.
Pero era un iluso.
Cubrió su rostro con un cojín, acallando toda clase de gritos que pudiesen derivar de la frustración. Pero más allá de ese sentimiento, lo que lo estaba consumiendo era algo más. Quizá era un tonto, quizá sólo debía aceptar su decisión. ¿Qué no era ésta la idea original? Estar solo, lejos de ella. ¿Tan lejos como se pudiera? Ahora lo estaba, sólo debía seguir adelante.
Decirlo era fácil.
Hasta el apetito se le fue.
Todo cuanto hizo durante dos horas fue contemplar el techo y al teléfono, esperando alguna mínima señal de que sus mensajes habían sido recibidos. Pero eso no ocurrió. Incluso tuvo menos ánimo cuando comenzó a llover. Entonces se dio vuelta y cerró sus ojos. El sueño lo venció al cabo de unos minutos, de alguna manera estaba más cansado que hambriento.
Cuando despertó, la lluvia seguía cayendo en su ventana.
Lo más fácil era volver a dormir. De hecho, pensó en hacerlo, pero su teléfono comenzó a sonar. Buscó de inmediato el aparato, yacía en el piso, junto a la mesa. Lo levantó y observó en pantalla el nombre de Hao. Su hermano estaba realizando una video llamada.
Toda clase de temores se arremolinaron en él, hasta que aceptó la comunicación.
—Hola, Hermanito—le saludó casi escéptico—Comprendo que estén ocupados, pero una llamada no te tomaba mucho tiempo. Por cierto, te ves terrible.
No alegaría a eso.
—¿Pasa algo, Hao? —respondió, apartando su cabello de la cara—Casi nunca haces videollamadas.
—Tamao me entregó las llaves de tu departamento y dijo que ya recogió las últimas cajas que le dejaste rotuladas.
Asintió, tratando de relajarse. Bien, un problema menos.
—¿Por qué no me dijiste que pensabas vivir con ella?
—Viví con ella—le corrigió de inmediato.
Los reclamos no se hicieron esperar, tampoco el hecho de que le recriminó que eso era algo que a él le hubiese gustado saber en su momento. Estaba ofendido por la falta de confianza y toda la falta de hermandad que una decisión así conllevaba.
—¡No puedo creer esto, Yoh! ¡¿Hay algo más que tenga que saber?! ¡¿Algo más que tenga que saber de mi hermano menor?!
Que estaba casado con su hermana y que era el peor ser humano por hacerla sentir terrible. Por hacerle pensar que alejarse de él era lo mejor. Aunque él, lo haya determinado primero. Y… sí, que era una mierda en general.
—No… es todo.
Él suspiró, acariciando el puente de su nariz.
—¿Qué te pasa? En serio no te ves nada bien—agregó Hao—Yoh…
—Nada, todo está bien, te lo aseguro—dijo más repuesto—Todo está bien, Hao.
Pero conocía a la perfección esa mirada, aquella que le daba cuando reprobaba sus acciones.
—No, las cosas no están bien—dictaminó seguro—No te ves bien, ni siquiera te escuchas bien. Además, has actuado muy raro estas últimas semanas. Te ves cansado.
Sonrió irónico, recostándose de vuelta en el sofá.
—Estoy cansado, siento que he dormido muy poco. Debe ser el Jet Lag, apenas nos estamos acostumbrando.
—Supongo que a Anna le pasa lo mismo, hace rato que hablé con ella estaba durmiendo—dijo preocupado—¿Sólo es Jet lag? ¿O siguen molestos? —enfatizó haciendo un gesto con sus dedos—Los dos se escuchan hasta fastidiados, dijo que si quería hablar contigo, te hablara a ti. Supongo que no está contigo ahora.
—No…
Quiso disimular sus ansias por preguntar por ella. Sería raro, porque él debería saberlo. Pero entonces seguía en Italia. Quizá se había cambiado de ciudad. Ya no sabía ni qué decir.
—Yoh.
—No estamos peleados—se adelantó—Es sólo que… salí a comprar hace un rato.
Esperaba no caer en contradicciones o que le pidiera una prueba de su presencia.
—Sí, eso fue lo que me dijo—concordó su hermano mayor—Aun así, no la vi, pero la escuché… ¡Arg! Voy a ser directo, es obvio que me estás ocultando cosas, Yoh. Te conozco muy bien. Y no sé cuál es el problema, o porque no me quieres decir, pero sabes que eres importante para mí y lo que te afecta también me afecta. Y al parecer también a Anna.
—Sí….—pronunció mordiendo sus labios—Lo sé, Hao.
Alzó la mirada para confrontar la de él. Aquellos ojos que siempre lo examinaban de más.
—No sé por qué ocultaste lo de Tamao—siguió su hermano— Nadie te iba a juzgar por eso, créeme.
Claro que lo sabía, pero antes de hacerlo oficial, quería estar seguro de lo que hacía.
—Es obvio que lo de Tamao no funcionó, pero oye…algo en mí me dice que el problema es una mujer, ¿cierto?—dijo llamando su atención—Cierto, es una mujer. — afirmó al ver su rostro, casi congelarse—¿Es por Tamao? ¿De nuevo? —preguntó extrañado—Yoh, no tienes por qué presionarte. Esto del amor, sobre todo si quieres establecerte con una pareja no es cosa de magia o de un segundo a otro. A veces lleva tiempo. Y probar es muy válido, incluso con otras personas.
—Lo sé….—dijo desanimado—Es sólo que pensé….que Tamao era la correcta.
Era sencillo pensarlo de ese modo. Cumplía con todos sus estándares, hasta superaba con creces a muchas de las chicas con las que salió antes o después. Entonces él sonrió con ironía.
—Ella jamás sería la correcta, Yoh—dictaminó de inmediato, asombrándolo—¿Sabes cómo lo sé? Porque no te mirabas feliz. Y aun estando con ella, no dejaste en de buscar ese algo más en otras mujeres.
Suspiró, tomando su cabello casi con negación. Jamás quiso que eso se tradujera en obligación, no cuando él, en verdad sintió un gran amor por Tamao. Aunque ahora ella estaba muy lejos de su mente y sus problemas.
— Es momento que dejes de perder el tiempo con Tamao, porque créeme, nunca va a ser ella. Así que hazme un favor. No dejes de buscar y cuando la encuentres, cuando sientas que has hallado a la chica correcta, no la dejes ir.
Odiaba que él le dijera eso.
— Decirlo suena muy sencillo.
—Si fuera fácil, no valdría la pena—dijo confiado— Así sea la chica más horrible y malhumorada del mundo. Si ella te hace feliz, no la dejes ir. Aférrate y lucha por ella, hermanito.
Quizá, quizá porque no sabía de quién hablaba. Cortar esa llamada fue tan difícil sin que se notara lo cristalino de su mirar. ¿Qué luchara por ella? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que alentarlo a ir tras ella? Claro, Hao no sabía que hacía referencia a Anna. ¡Un momento! ¡En qué estaba pensando! ¡Por qué Anna! Él no dijo nombres, ni dijo nada acerca de que ya tenía a una chica. Porque no la tenía. No tenía por que mencionar a su hermana.
¡Y no podía luchar por ella! ¡No podía, ni debía!
Tocó su rostro con frustración, mientras caminaba hacia la cocina. Agarró un panecillo de la caja y comió, sin importarle nada más. Continuó con el segundo, tercero, cuarto, perdió la cuenta después del quinto. Luego descorchó una botella de vino y comenzó a llenar su copa un par de veces, mientras reproducía una película en su móvil.
Debió parecer una niña llorona, porque en verdad se le llenaron los ojos de lágrimas en el climax de la historia. Y ni siquiera era romántica sino bélica. Volvió a su cama con todos sus víveres, mientras continuó con otra película. El nudo en su garganta seguía presente, pero la caja de panes estaba vacía. No supo en qué momento se quedó dormido, sólo se dejó envolver por la manta hacia un sueño profundo.
Abrió los ojos al día siguiente, afuera seguía lloviznando, aunque en menor grado que el día anterior. Aun así, se giró para tomar otra siesta. No sabía hasta qué punto podría seguir durmiendo, sólo se sentía exhausto y sin fuerzas para levantarse de ese sitio. Ya se le pasaría el cansancio en algún momento.
El teléfono sonó algunas horas después. Observó de reojo los mensajes de Amidamaru con los boletos que solicitó para el concierto de esta noche.
Sería una pena no ir sólo porque estaba demasiado somnoliento.
Además, quizá necesitaría aire, después de la larga siesta. Si seguía por ese rumbo acabaría durmiendo toda la semana continua. Eran casi las cuatro de la tarde. Y ni siquiera había comido nada. Aun así, decidió salir a tomar un respiro en el jardín. Todo se veía tranquilo, pese a la ligera brisa del agua y al ligero tono grisáceo del cielo.
Permaneció estático un par de minutos, hasta que sintió la necesidad de hacer del baño. No le importó bajar en cierre de su pantalón y mojar la tierra árida.
—¿Haces eso muy seguido?
¡Por dios! Su cara no podría estar más roja. Más aun al ver a la nieta de su vecina, sonriéndole en la entrada de su jardín. Entonces estaba seguro que el semáforo no podría equiparar su tono.
—Lo siento—repitió más de una vez, cubriéndose de inmediato—Lo siento, Amara.
Quizá era lo que necesitaba para despertar.
—No te preocupes, Yoh—dijo avanzando hasta él—En realidad yo debería pedir disculpas por entrar de ese modo. Además, no deberías avergonzarte tanto. No eres el primer hombre que veo desnudo.
—Lo sé… quiero decir, sé que no te impresiona…
Y ella le sonrió con alevosía.
—En realidad sí me impresiona—admitió, avergonzándole aun más—Pero no es eso a lo que vine. La abuela quiere saber si has comido algo.
—Emmm… no.
—¿Quieres ir a comer a la casa?
Asintió, aunque antes le indicó que tomaría un baño veloz. Ella estuvo de acuerdo. Así que se apresuró para no hacer esperar demasiado a su anfitriona. En comparación con otros días, sólo estaban cinco de sus nietas, no había ningún hombre en la casa. Fiorella le explicó con brevedad que sus tíos estaban en el trabajo, además que salvo por ella y Gianna, todos vivían en otro lado.
Fue una comida tranquila y amena. La abuela Constanza ni siquiera preguntó por Anna. Lo cual, en cierto modo fue un alivio. Agradeció sus atenciones, pensó retirarse hasta que Gianna le insistió para que viera el final de la serie con ellas. No tuvo otro remedio, más que aceptar. Para su fortuna tenía un bote pequeño de gelato para él solo.
—¿Quieres que te explique de qué va la serie? —preguntó Amara.
—Sí, si no te molesta—dijo sentándose junto a ella—¿Es una novela?
—Una serie americana—respondió colocando el nombre en el buscador—Nos quedan sólo dos capítulos.
Entonces observó en pantalla la portada de inicio en la plataforma de streaming. Le explicó a grandes rasgos la trama. Aunque él pudo haberlo hecho de mejor modo, porque la conocía bastante bien. Anna y él vieron en pocos meses todas las nueve temporadas. Pese a ello permaneció en silencio, recordando cómo ambos realizaron un maratón similar, dos años atrás.
—No puedo creer que preparen todo este espectáculo, sólo por ver a última temporada de la serie. ¿Cómo dicen que se llama? ¿Por qué conocí a tu madre?—dijo Hao, escéptico, al verlos montar un banquete de comida frente a ellos—¡Jum! ¿No les parece que son ridículos?
—Sí, sí, ya. Vete, no molestes—le dijo Anna—Largo.
—Pudiendo hacer algo más productivo—dijo retirándose—¡Vaya manera de perder el fin de semana!
Mientras ella se envolvía en su frazada favorita.
—¿De verdad quieres ver esto conmigo? —le preguntó seria—Porque no es obligatorio.
—Lo sé, no tengo grilletes en las manos—dijo sonriente.
Y continuó comiendo el gelato, mientras observaba el penúltimo capítulo. Amara recargó su cabeza en su hombro, sacándolo un momento de su ensoñación. Notando cómo el resto de sus acompañantes veían conmovidas las acciones en pantalla.
Permaneció callado, degustando el segundo bote de gelato, mirando la televisión. Conforme pasaron los minutos sintió cómo Amara lo abrazó. No se movió. Tampoco la juzgó, si ella estaba tan entretenida y metida del mismo modo que sus primas con la historia, era obvio que les llegaría de algún modo personal. En especial en los últimos minutos.
Siempre amó ese monólogo.
Incluso soltó un pequeño suspiro al escuchar el relato de Ted Mosby conociendo a Tracy. Las coincidencias de la vida y la increíble coincidencia que los unió. No pudo evitar sentirse conmovido como la primera vez. Cerró los ojos, ignorando el resto de la historia. Entonces, evocó a Anna en la sala de su casa, recargada sobre su hombro.
—Me gusta.
—También a mí—admitió él, recargando su cabeza en ella—No sería lo mismo verla sin ti.
Ella le sonrió, apenas sutil y perceptible.
Fue ahí cuando abrió sus brazos con una manta aun más grande que la suya y la abrazó a su costado. Recordaba la tibieza de su cuerpo y lo fácil que era acurrucarse frente al televisor con ella. Amaba la sutil esencia de manzana con manzanilla en su cabello que usaba cada mañana desde niña. Y adoraba el modo en que secretamente se conmovía por estas cosas.
Pero nada de eso ocurriría de nuevo.
Abrió los ojos, encontrándose a otra mujer en su regazo. Y cómo los títulos aparecían en pantalla, Al final, el corno francés azul fue el definitivo, dejando relegado el paraguas amarillo. Como la vida misma, daba la enseñanza de seguir adelante.
—Creo que te quedaste dormido—dijo Amara.
Por un momento deseó haberlo hecho.
—Sí, creo que un poco—dijo con esfuerzo—Debo irme, gracias por todo, de verdad.
Asintió, liberando su cuerpo sin mayores pretensiones. Se despidió de todas de manera gentil. Nadie lo esperaba en casa, a pesar de eso, encendió las luces, al menos de ese modo sentía menos soledad al regresar. Revisó sus pendientes y tomó el saco antes de salir a la calle. La zona céntrica estaba iluminada, había algunos espectáculos en las pequeñas plazuelas. Mientras varios turistas pasaban a comprar comida y artesanías de los establecimientos cercanos.
Siguió caminando, tratando de grabar en su memoria las imágenes llenas de alegría. Los danzantes entre calles, algunos arlequines y las puestas en escenas de algunos fragmentos de obras de Shakespeare. Continuó el trayecto hasta el coliseo. Fue una larga caminata, pero más que nunca lo necesitaba.
El lugar fue más de lo que imaginó. Para él, para muchos de sus homólogos, era el sueño hecho realidad de un músico. Sentía emoción al estar ahí. Y el lugar pronto se llenó en su totalidad. Sonrió con los primeros acordes de la melodía en guitarra llenaron de gozo la Arena de Verona.
Tomó una foto desde su asiento y la envió a sus padres. No obtuvo respuesta inmediata, sabía que la diferencia horaria hacía imposible eso. Pero deseó compartirles un poco de su nueva vida.
Sí, su nuevo mundo.
Al término debió sentirse exultante, inspirado.
¡Eso debió sentir! Porque el concierto fue vigorizante en más de un sentido. Aunado al ambiente, el sonido… no tuvo objeción alguna. ¡Era una de las mejores experiencias de su vida! Pero entonces, por qué no se sentía del todo feliz. ¿Acaso debió invitar a otra persona? Quizá eso debió ser, no tenía con quién compartir impresiones y pudo ser, sólo desperdició el otro boleto.
Llegó a casa y descorchó otra botella de vino.
A este paso tendría que ir al almacén por otro lote. Pero era relajante beber solo, más después de un día tan extraño. Durmió hasta entrada la noche, respondiendo la mensajería de Japón, de sus amigos. Observando cómo aquel mensaje nunca llegó a su destinatario.
Tal vez tomó un par de copas extra cuando decidió fulminar la conversación por completo. Y quizá fue el final de una segunda botella, cuando optó por borrar hasta el número de su agenda. Eliminó fotos, incluso hasta dejó de seguirla en redes sociales. Aunque tampoco es como si Anna fuera tan activa. A ella no podría importarle menos esa clase de cosas.
Pero era lo mejor, continuar, seguir adelante, olvidarla. Fulminarla de su vida si podía.
Al otro día, sintió un fuerte dolor de cabeza.
Siguió durmiendo hasta tarde, como era su costumbre los últimos tiempos.
No soportó más ver ese cuadro del amanecer, así que lo descolgó y colocó en una de las habitaciones vacías. Volvió al sofá con un par de tallarines instantáneos. Comió hasta el último fideo y luego se recostó un rato más. Durmió varias horas. Luego, un recordatorio le indicó que hoy tendría un recorrido en la noche para ver la casa Julieta.
Debatió en su mente si asistir o no.
Pero tuvo que reconocer que de quedarse tirado en el sofá y perderse una visita guiada especial, sería una tremenda estupidez. Así que tomó lo primero que tuvo a su alcance y corrió para llegar a la fila. Tuvo buena fortuna, porque no hubo mayores inconvenientes. Sólo eran cincuenta personas, lo que hizo más ágil el recorrido en las instalaciones casi vacías por la ocasión.
—La leyenda dice que si tocan el seno de Julieta, regresarás a Verona o encontrarás al amor de tu vida—les indicó el guía— Y puedo garantizar que más de uno regresó.
—¿Y qué hay del amor? —preguntó una joven.
—También hay buenas estadísticas.
Sonrió por la ocurrencia, mientras veía a todos validar el ritual. Contempló la estatua de bronce, notando los detalles del rostro. Era hermosa. No se atrevería a invadir la privacidad de una dama sólo por un deseo egoísta. Estar solo, le venía bien a él. No era la clase de individuo para tener pareja.
Suspiró, comenzando a camina hacia la salida, hasta que sintió la brisa del aire y con ella varios papeles volando desde el muro. Algunas personas comenzaron a capturarlos, él observó divertido hasta que uno le pegó en la cara de forma directa. Quitó la hoja, que le obstruía la visibilidad y leyó la nota.
Eres aquello que no es mío. Pero te quiero y deseo como si lo fuera. Aunque seas prohibido.
Y un simple nombre: Anna.
—A su derecha encontraran la tienda de regalos. Tenemos…
Trató de no sobresaltarse. Claro, era uno más en un mar de mensajes. Nada extraño. Además era demasiado común llamarse de ese modo. ¡Millones de personas se llamaban así! En un muro atiborrado de papeles, por supuesto, algunos caerían por la cantidad impresionante que había ahí. ¡Nada anormal! Simples coincidencias de la vida. Volvió a pegar el papel en una de las paredes y se retiró, como si nada hubiese pasado.
Otro más cayó en su cabeza antes de cruzar el umbral. Casi fue como si le llovieran encima. Alcanzó a quitar algunos, percatándose de que todos tenían la firma con el nombre de Anna. Entonces los alejó y casi brincó impresionado al ver en el suelo todas esas misivas de amor.
—¿Señor está bien? —dijo el guardia al ver su palidez.
—Yo….emmm…Sí—afirmó, entregándole las notas casi como si le quemaran en las manos—Lo siento.
—Descuide, pasa muy seguido, el pegamento no es muy firme.
—¿Quién….? ¿Quién escribió todo eso?
Sabía que era estúpido preguntar, pero no hacerlo le sonaba a él más loco.
—Varias personas diría yo. Muchas mujeres—dijo él—Aquí hay muchos nombres, señor. ¿Busca alguno en especial?
Negó con la cabeza, enfocando mejor su visión. No era una lluvia de mensajes con la firma de Anna. Es más, ni siquiera aseguraba de que alguno fuera suyo. Su caligrafía era diferente. ¿Por qué escribiría en romanji? ¿Anna escribiéndole a Julieta? ¡Puff! Estaba loco.
—¿Conoce alguna Estefanía?
Volvió a negarlo.
En definitiva, tomar vino en las noches no le estaba haciendo ningún bien.
Tal vez debería salir con alguien o cenar con alguien. O cenar solo, pero ya no saltarse las comidas de manera tan irresponsable. Al término del recorrido, caminó hasta la plaza Erbe. Seleccionó un restaurante y pidió una mesa con vista a la calle. La comida mediterránea que ella, la cena que le debía… ¡Basta! ¿Es que no había algo más en su mente que no fuera Anna?
—Mi buen amigo, Yoh Asakura—escuchó su voz con notoria exaltación.
Alzó la vista para ver al primo idiota de Amara. Cuyo nombre ya no recordaba.
—¿Puedo sentarme? Te ves muy solo.
Jamás era grosero con las personas, pero sin duda él era de las grandes excepciones. Pese a eso, aceptó su compañía.
—¿Por qué esa cara? La abuela no para de hablar buenas cosas de ti—dijo con una pequeña sonrisa —Y por lo que he escuchado, parece que sí llamaste la atención de mi prima.
—¿Qué quieres aquí? ¿Llegaste aquí sólo para molestar?
Su madre le censuraría la grosería.
—Nada, sólo cenar—simplificó él— Te vi solo, quise hacerte compañía.
Pero es que no podía evitarlo. ¿Qué tenía ese tipo que le calentaba la sangre tan de golpe?
—Además, Anna no me perdonaría si supiera que dejé cenando a su hermano solo.
¡Claro! Ahora sabía el motivo. Se contuvo para no pararse y levantarlo del cuello. No iba a desperdiciar la única carta de información sólo porque el tipo le irritaba con ganas. ¿Por qué no lo pensó antes?
—¿Dónde está Anna?
—En un hotel, está bien, Bastante bien, si me lo preguntas—aseguró confiado—No te diré dónde está, porque ella no quiere que lo sepas.
¿Qué no quería que lo supiera? ¿Cómo podía ser tan… desinteresada? A sabiendas que no estaría tranquilo sin saber de ella.
—Puedes tranquilizarte, de verdad está bien.
—Quiero verla—dijo firme.
—¿Para qué?
—Eso… eso no te interesa.
Entonces su buena disposición se fue por el drenaje, así como la cordialidad de Leonardo. Claro— como Da Vinci—ahora lo recordaba.
—Es mi amiga, claro que me interesa—respondió él—Más bien, al que no parece interesarle es a ti. Porque si te interesara de verdad, la dejarías tranquila.
Apretó con fuerza un puño. ¿Dejarla tranquila? ¡Por Dios! ¿Cómo podía decir eso? Él sólo quería escucharla, aunque fuera una última vez. ¿Qué no se daba cuenta que se moría de la angustia? ¿Acaso era mucho pedir un par de palabras?
—Mira… sé que tienes ganas de golpearme, Y de verdad, admiro tu temple calmado, no eres un imbécil que se va a los golpes de la nada—reconoció sorprendido— Pero es lo mejor, ella no quiere verte.
Otra vez el nudo se formó en su garganta.
—Sé que la situación es difícil, Yoh. Pero creme cuando te digo que es la mejor opción.
—Es mi hermana—objetó el castaño—Necesito… verla.
El mesero llegó a tomar la orden. Pidió cualquier cosa, la verdad es que su apetito no era nada intenso. Mientras Leonardo pedía una cena un poco más generosa. Ambos eligieron el vino más conveniente y al cabo de unos minutos volvieron a estar solos. Él sabía cuál era la asignatura pendiente. No le iba a rogar, pero si era la única opción…
—Está en el hotel Real. Es la suite principal—dijo bebiendo un poco de agua—A veinte minutos del centro. Y antes de que preguntes, la habitación está mi nombre.
—Gracias…—pronunció aliviado, buscando en su billetera algo para pagar lo que ni siquiera se había comido.
—Espera—dijo deteniendo abruptamente cualquier intención de salir corriendo —Espera, no te precipites. Antes quiero decirte algo.
No tuvo más remedio que calmarse y volverse a sentar.
—Escucha, Yoh, quiero aclararte el panorama—comenzó sereno—Porque siento que tú estás algo ofuscado con todo esto. Estás demasiado ansioso y la verdad es que sigo pensando que no es buena idea que la busques.
—No voy a gritarle, ni siquiera le voy a reclamar.
Él comenzó a reír, tal vez más con ironía que con burla.
—No, no es por eso que lo digo—pronunció algo dudoso—Es sólo que… Anna no necesita más de esto, ¿Sabes? Incluso para una chica normal es tedioso lidiar con casos de desamor, en el caso de Anna es peor.
¿Desamor? ¿De qué estaba hablando? Ellos… ya habían dicho que intentarían volver a los de antes.
—Creo que sigues sin entenderlo.
—No voy a lastimarla…—dijo bajando su mirada—Te juro que yo… sólo quiero despedirme.
El silencio se prolongó varios minutos. Ante sus ojos era difícil creer que aquel sujeto que no tenía más de un par de días de conocerlos estuviese tan inmerso en tantos detalles personales. No lo creía, porque Anna era tan hermética, hasta con sus propias amigas. Siempre mantenía al margen a todos. Tan callada. Tan confidencial hasta con él.
Ni siquiera lo era con él eran tan abierta. Y ahora había otra persona que fungía como su confidente. Estaba celoso, molesto y sí, también melancólico. Porque no podría odiar a una persona así, lo que percibía en Leonardo era una auténtica preocupación por Anna. No parecía un mal sujeto en realidad. ¿Por qué odiaría a alguien que sentía un cariño especial por ella?
—No te despidas, Yoh—dijo apenas audible—Si tú vas y le dices de nuevo lo que ya le dijiste, así la abrace yo, la abrace tu padre, tu hermano. O todos juntos. O abrace tu estúpida playera, créeme que nada va a volver a calmarla.
—¿De qué hablas? —preguntó casi sin aliento.
—De que si vas, lo único que harás será quebrarla más—continuó solemne—Es una chica implacable, créeme, ya lo he visto estos días. Pero cuando se trata de ti…ella es… cristal.
Ambos callaron por varios segundos, quizá procesando toda la idea.
—Perdona que te lo diga, pero a estas alturas deberías aceptarlo: ella ya no es tu hermana.
Desvió su mirada hacia algún punto inespecífico de la mesa. Como si eso pudiera disipar el maleficio que ahora cernía en él. Como si con eso pudiese ahuyentar las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos.
—¿Entonces…? ¿Qué puedo hacer?
Volvió su mirada a él, que le veía reservado. Tal vez evaluando la mejor postura.
—Déjala ir—concluyó calmado—Si lo afronta como lo que es: una pena amorosa. Lo va a sufrir los primeros días, tal vez sean semanas, después volverá a creer en esto de nuevo. Lo superará. Te superará—enfatizó con mayor precisión— Y todo será mejor para ella, se olvidará de ti y tal vez consiga una nueva pareja.
Justo lo que él deseaba para ella, sonrió con amargura.
—Pero es mejor no mover más esto, sólo dejarlo sanar.
Talló su ojo izquierdo cuando algo comenzó a molestarle su vista. A estas alturas sentía su corazón palpitante, bombeando con fuerza en su interior, mientras las palabras se quedaban atoradas en su garganta.
—A menos… que tomes la otra opción.
Su mano tocó su frente, ocultando su vista de él. Había tanto en su cabeza en ese momento, que lo que menos deseaba era explotar en un lugar tan público. Aun así, su decisión no podría ser más firme y lo trasmitió con un pequeño movimiento de cabeza.
—Eso pensé—dijo tomando la copa de agua—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.
Lo difícil, como en todo esto, era llevarlo a cabo.
Continuará…
N/A: ¡Hola a todos! Tardé más de lo previsto, me tomé un tiempo para terminar algunas cosas y leer. Creo que aquí es súper importante mantener la inspiración, así que por eso decidí agarrar algunas lecturas para mejorar mi imaginación. Pensé que me quedaría más corto, pero no fue así. Me recordó a un capítulo previo, de hecho, me recordó al capítulo donde Anna está bastante negada con Yoh, pero con los regalos que le llegan antes del cumpleaños, se la va ganando de nuevo. Aquí me pareció importante esos detalles. Hay referencias por ahí, si tienen dudas, aquí ando para resolver dudas. Y qué más puedo decir… el anterior fue bastante emotivo, creo que así están estos últimos.
Gracias por todas sus opiniones, siempre son escuchadas y es divertido leerlos.
Agradecimientos especiales: Hikari H. Muyr, Laquenoselosabia, Zria, Guest, Tuinevitableanto, Minoko B. y Guest.
Gracias por leer, nos vemos pronto!
