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¡Hola! Gracias por darte la oportunidad de leer esta historia.

Hey Arnold! y sus personajes le pertenecen a Craig Bartlett y Nickelodeon.

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Capítulo 1. El inicio de todo

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Hombre pequeño, ¿estás listo para tu primer día en prescolar? —preguntó un anciano a su nieto, mientras conducía su viejo pero confiable Packard. Llegó rápidamente y se parqueó justo afuera de la pequeña escuela.

Un pequeño Arnold se encontraba nervioso. Tenía miedo de no caerle bien a sus compañeros. Su abuelo pudo notar como el pequeño se encogía en el asiento. Phil sabía que Arnold no tendría problemas en acoplarse con su clase.

Su nieto era amable y atento. Cualidades que atraerían buenas personas a su alrededor, por eso tenía un semblante campante.

No debes tenerme a nada, Arnold, verás como al final del día no querrás irte porque harás muchos amigos.

Si bien las palabras de su abuelo eran reconfortantes, él no podía evitar meter sus pequeñas manos en sus bolsillos sin atreverse a verlo de vuelta.

¿Quieres que te dé un sabio consejo? —el pequeño rubio subió la mirada y Phil vio enternecido los ojos asustados de Arnold—. Solo tienes que ser tú, con eso créeme que será suficiente.

Arnold entonces suspiró y se llenó de valor. Su abuelo tenía razón. Entonces tomó su paraguas. Le asintió y salió del Packard. Abrió su paraguas y caminó algunos pasos. Entonces fue cuando toda la valentía que había recolectado lo abandonó repentinamente.

Tenía miedo de no agradarle a alguien, realmente. ¿Y si no les agradaba a sus compañeros? ¿Y si…?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el ruido de unas suaves pisadas aproximarse.

Entonces vio a una mancha rosada. Era una pequeña rubia con todo su atuendo rosado lleno de barro. ¿Por qué no usaba impermeable o botas para la lluvia? Lo que más le llamo la atención fue la expresión de completa tristeza que adornaba su pequeño rostro. Casi podía ver lágrimas brotar de sus grandes ojos.

Arnold sin pensarlo dos veces la cubrió inútilmente con su paraguas. Después de todo, la niña ya estaba mojada. Vio como la niña alzaba la mirada y él no pudo evitar abrir los ojos asombrado.

Nunca había visto unos ojos así. Que sus ojos fueran grandes solo llamaba más la atención de ese hermoso par de orbes azul zafiro. Le preocupó las lágrimas que brotaban de estos, así que casi sin pensarlo metió su mano en su bolsillo donde tenía un pañuelo y lo pasó por el rostro de la niña, que ahora estaba con los ojos completamente abiertos.

Me gusta tu moño —soltó el rubio, intentando aligerar el ambiente.

¿U-Uh…? —la niña alzó un lado de su uniceja, totalmente confundida por el comentario que vino de la nada. Arnold entonces reformuló su oración.

Me gusta tu moño porque es rosado como tu ropa.

Entonces sucedió. Arnold se quedó quieto como una estatua cuando notó que la rubia le ofreció la sonrisa más radiante que jamás había visto. Notó como esos mismos ojos que hace rato había estado observando con detalle, ahora brillaban como las dos hermosas gemas que eran.

Arnold sentía que tenía que cuidar a esa niña, a toda costa. No iba a permitir que nadie dañara a la pequeña Helga y mucho menos que nadie dañara esa hermosa sonrisa que lo había hechizado.

Lo que no sabía, era que esa pequeña rubia con mirada perdida y semblante desolado realmente era capaz de enfrentar sus propios problemas ella sola. Ya lo había hecho desde antes que él apareciera, entonces ¿por qué lo necesitaría ahora?

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—Tú, idiota, dame tu dinero del almuerzo.

Decía amenazador un moreno a un menudo pelirrojo, cuyo rostro lleno de pecas tenía un gesto de pánico. Estaba siendo alzado bruscamente por su cabello rizado y sus pies estaban lejos del gras. La diferencia de edades era simplemente un año, pero Eugene se veía como un enano al lado de ese grandulón.

A este punto, era normal que los alumnos de dos grados mayor que ellos siempre estén abusando de ellos. Los chicos de cuarto grado no tenían de otra que simplemente cooperar y obedecer a las órdenes que estos les dictaban.

Los chicos de nueve años se encontraban jugando béisbol cuando se vieron interrumpidos por las amenazas de Edmund y su pandilla.

—Maldición, Arnold, estoy cansado del matón de Edmund. —susurró el muchacho moreno que estaba a su lado, siendo cauteloso de que nadie más que el rubio lo escuchara.

Arnold estuvo a punto de comentarle algo de vuelta, cuando la bola de béisbol, con la que estaban jugando unos minutos atrás, aterrazó violentamente contra el rostro del matón.

Nadie se atrevió a comentar nada ni hacer ningún tipo de movimiento. Nadie escuchó nada, excepto el alto quejido proveniente de Edmund.

—¿¡Quién se atrevió a lanzarme la bola!? —preguntó alzando sus puños, se aproximó velozmente a cada compañero de Arnold y Gerald, haciendo la misma pregunta. Entonces, cogió a Arnold por las solapas del cuello haciendo que éste suelte un quejito de dolor y sorpresa. Edmund aproximó su rostro al de él y cuando estuvo a centímetros de su rostro, le gritó— ¿¡Fuiste tú, cabeza de sandía!?

Otro objeto aterrizó en la nuca de Edmund, tomándolo por sorpresa y haciendo que éste suelte a Arnold instintivamente. Esta vez había sido una roca, en vez de una bola. El pequeño rubio simplemente se apresuró a acercarse a su amigo moreno. Éste le preguntó en un susurro si se encontraba bien y el otro se limitó a asentir.

—Fui yo, estúpido gorila —contestó simplemente una voz metros a distancia de él.

El corazón de Arnold entonces empezó a latir descontroladamente, sabiendo lo que pasaría después. Conocía muy bien esa voz como para saber que él prefería que Edmund se desquitara con él que con ella.

Todos los demás voltearon a ver de dónde provenía la familiar voz. Se toparon con una rubia de ojos azules, que apoyaba el bate de béisbol en su hombro, se le veía notablemente aburrida de la situación. Los presentes parecieron contener el aire en sus bocas cuando vieron a Edmund alzar sus puños hacia Helga. Estaban lejos, pero eso no hacía que Helga estuviera a salvo.

—Tú, rosadita, me las vas a pagar.

Helga no se mostró intimidada cuando éste comenzó a tronarse los dedos, simplemente cruzó sus brazos sobre su pecho. Arnold bien sabía que a Edmund le importaba bien poco si tenía que golpear a una niña para imponer el respeto de la gente, por eso entrecerró el ceño y se mordió el labio inferior. No quería que nada le sucediera a Helga, pero tampoco tenía las agallas suficientes para enfrentarse al bully.

—Pues deja de ser tanta habladuría y demuéstrame lo que tienes, cerebro de nuez.

Arnold prácticamente se estaba mordiendo las uñas de la ansiedad. Bien sabía que Helga no podría mantener su boca cerrada, y eso por lo menos en esta ocasión, era algo malo.

Todos carraspearon cuando observaron como Edmund caminaba a ella, con paso apresurado. Se detuvo cuando estuvo a dos pasos de la pequeña rubia. Le hirvió la sangre que la chica simplemente se limitara a fulminarlo con la mirada y siguiera cruzada de brazos.

Entonces todos los presentes contuvieron el aliento cuando vieron el puño derecho de Edmund dispararse contra Helga, o más precisamente su cara como objetivo. Él estaba tan confiado, que no espero que el brazo delgado de la niña desviara ágilmente el suyo mismo. Al ser Edmund fuerte y alto, no tenía la agilidad que la pequeña Helga poseía. No pudo evitar soltar un suspiro de sorpresa. Ese fue el momento que Helga aprovechó para tomarlo por el brazo que seguía extendido en el aire, con sus dos manos lo agarró y lo torció detrás de su ancha espalda. Sin darle un respiro, le propinó una fuerte patada con su huesuda rodilla dirigida al estómago. Edmund se encorvó con una mueca de dolor, aquella patada lo había dejado sin respiración por un segundo. Helga entonces lo tiró al suelo, sin soltar el torcido brazo. El grandulón escupió saliva mezclada con sangre, puesto que se había mordido el labio inferior mientras gritaba por la repentina caída.

No había que aclarar que todos miraban escépticos como una Helga de nueve años le propinaba al gigante Edmund la paliza de su vida. Si bien era común en Helga su carácter agresivo, nunca la habían visto en acción realmente. Era por eso por lo que estaban en shock al ver a Edmund suplicar como podía a Helga que parara. Ella, haciendo caso omiso a su pedido, atinó a sentarse en su espalda y hacer presión en su brazo.

Las coletas de Helga se habían bajado un poco, y varios cabellos se habían esparcido en su rostro. Con su mano libre, se acomodó los rebeldes mechones detrás de su oreja.

—Si te suelto, prometerás dejar de molestarnos.

Los de cuarto grado observaron como Edmund asentía frenéticamente y musitaba cosas sin sentido. Helga soltó un poco su agarre, para escucharlo hablar.

—¡Lo prometo, no los volveré a molestar! ¡Suéltame de una vez, maldita sea!

Helga no lo soltó hasta dentro de unos segundos más, viendo las muecas de dolor que el moreno hacía. Entonces finalmente lo soltó, y vio como el grandulón huía de ahí en un santiamén, como si esa pequeña rubia fuera el mismo satanás.

Los compañeros de Helga entonces comenzaron a silbar y celebrar, sabiendo que no tendrían que tolerar más del abuso de Edmund y su pandilla. Los únicos que mostraban señal de satisfacción con el comportamiento de la rubia fueron una pequeña asiática y el niño rubio de cabeza amplia.

—Helga, ¿por qué siempre te expones a estas cosas? —acusó Phoebe, notablemente preocupada por el bienestar de su mejor amiga.

La rubia se encogió de hombros y la asiática pudo notar como los ojos de la rubia le decían "lo siento por preocuparte", sin realmente usar palabras. Después de todo, ella no era el tipo que decía "lo siento", "gracias", o "por favor".

La asiática suspiró ya más tranquila de que nada le haya sucedido.

—Helga, ¡tienes que enseñarme a pelear así! —gritó Harold imitando los movimientos de Helga con el pequeño pelirrojo de Eugene—. Hiciste ¡pin, pun! Y Edmund hizo ¡pam! En el suelo. ¡Lo dejaste derrotado y humillado!

Sid y Stinky se reían de la pobre imitación de Harold, mientras se tomaban el estómago. El pobre Eugene en el suelo, pero ahora con la diferencia que estaba riendo.

—Eso no fue nada femenino, Helga —criticó Rhonda, mientras veía sus perfectamente pintadas uñas—. Pero tengo que decir que se lo merecía ese repugnante gusano. ¿O no tengo razón, Nadine?

—Opino lo mismo, Rhonda. —asintió su mejor amiga.

Helga se limitó a rolar los ojos. Princesa.

Arnold no estaba de acuerdo con la violencia, pero por alguna razón el comportamiento de Helga no lo molestó en lo más mínimo. Helga solo ejerce la violencia cuando es necesaria, nunca golpea a nadie a menos que sea necesario, anotó mentalmente. Sí, la rubia de vez en cuando imponía su presencia ruda mediante empujones, codazos, o palabras hirientes. Pero fuera de eso, no golpeaba a nadie sin razón alguna.

—Si bien, como sea. —movió su mano como reduciéndole la importancia al tema—. Yo soy la única que puede abusar de ustedes, después de todo.

El timbre entonces sonó, haciendo que todos dejaran su celebración y se dirigieran al salón de clases.

Arnold fue el único que pudo notar una fugaz sonrisa sincera escaparse por los labios de la rubia, una vez que todos los de su grado se habían volteado para irse a sus respectivas clases. Su cara pasó por diferentes tonos de rojo y sintió su corazón latir desenfrenado en su pecho nuevamente.

Que rayos, ¿por qué me siento así cuando la veo a Helga? Realmente me molesta que siempre ande metiéndose en bromas, pero tengo que decir que admiro su valentía y nobleza para siempre sacar cara por nosotros. Quisiera ser más aguerrida como ella. Debe ser eso, siento admiración hacia ella. Pensaba mientras posaba su mano en su pecho, con un gesto confundido en su rostro.

La voz de su mejor amigo lo hizo volver a la realidad.

—Cielos, a esa Pataki no le importa si su oponente es el doble de grande que ella, ¿Cuándo será el día que alguien pueda contra esos poderosos puños de ella? ¿Cómo le llamaba? ¿La vieja Betsy y los cinco vengadores? ¡Prefiero no provocarla si tendré el mismo destino que Edmund!

Arnold lo miró tímidamente, y agradeció mentalmente que Gerald no lo estuviese viendo.

—Sea como sea, tenemos suerte de tenerla de nuestro lado, Gerald.

—¡Definitivamente prefiero tenerla jugando en mi equipo que en contra!

—Sí…

Y sin poder evitarlo, una sonrisa iluminó su propio rostro. Tenía que agradecer que su mejor amigo Gerald era un total despistado, porque si no, no hubiese dejado pasar la cara de enamorado que puso su mejor amigo.

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N/A: ¿Qué les pareció? Pues les dije que Arnold sería más denso, ¿o no?

Él aún no sabe que siente hacia Helga, mientras que ella desde los tres años tenía en claro que sentía amor hacia Arnold. ¿Gracioso, no? La verdad es que siento que Arnold SABIENDO que está enamorado de Helga desde los tres sería un poco fuera de su personaje. Él se caracteriza por ser lento, entonces aquí estamos.

Pienso escribir mucho de cuando tenían nueve años, pero también de cuando tienen quince. Verán que iré jugando mucho con los tiempos, eso sí. ¿Qué opinan? ¿O tienen otras preferencias? Yo escribo mientras escucho sus recomendaciones. Estaré encantada de tomarlas en cuenta.

Bueno, ojalá les haya gustado el primer capítulo. Déjenme su review y su fav si les gustó. Gracias por leer.

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