Hola a todos y perdón por la tardanza, aunque no sé si hay alguien aun ahí (eco eco eco XDD)
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LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (3)
New Scotland Yard, Broadway
Mycroft Holmes creía que lo tenía todo bajo control. Había luchado mucho para conseguir aquél estado de suma seguridad en sí mismo, en sus actos y sus decisiones en el terreno laboral. Otra cosa era su vida privada, esa vida a la que apenas había prestado atención y esfuerzo, alejándola hasta casi hacerla inexistente. ¿Por qué? Porque no le interesaba lo más mínimo explorar ese tipo de terrenos arenosos, en el que los sentimientos nublaban el juicio del hombre más inteligente. Y eso no podía permitírselo, jamás lo había hecho y ahora no iba a ser la primera vez. De ahí que enlazara relaciones típicamente sexuales, desahogos físicos que lo ayudaban a desestresarse. Porque sí, Mycroft Holmes podía estresarse, podía enfadarse y hasta llegar a niveles coléricos cuando las cosas no salían como él había planeado. Se exasperaba cuando las personas no seguían el camino que él trazaba con el mayor de los escrúpulos.
Pero entonces había aparecido él, esa sombra alargada de su pasado que nunca lo había abandonado del todo. Aquél por el que sus muy asentados principios se habían tambaleado, dando paso a una situación angustiosa que había resuelto de la manera más cobarde. Ahora, casi veinte años después de aquella mañana de mayo, uno de los hombres más poderosos del Reino Unido restaba inmóvil ante la turística señal rodante de New Scotland Yard, observando el edificio que se alzaba justo detrás. Veinte años eran muchos, casi una vida, pero en su interior una voz le gritaba que nadie olvida algo así, algo como lo que habían vivido.
Se decidió a dar el primer paso, jugando con el paraguas que siempre llevaba en su mano, directo al puesto de vigilancia que había en la puerta. No tuvo ni que dar explicaciones para pasar, lo que aumentó esa seguridad en sí mismo que se obligaba a tener para seguir sobreviviendo en ese mundo.
- Buenos días, ¿dónde puedo encontrar al inspector Lestrade? – preguntó modulando su voz como si estuviera pronunciando las más bellas palabras, mientras contemplaba al agente que lo estaba mirando.
- Suba al segundo piso. Es el despacho acristalado – Mycroft sonrió, moviendo ligeramente su cabeza al igual que su paraguas, un soporte más que necesario para evitar que sus piernas le flaquearan. Porque, a medida que estaba más cerca de Greg, su cuerpo se ponía más nervioso, casi actuando como un adolescente.
Subió por el ascensor, rodeado de un sinfín de policías, algunos uniformados, con carpetas y sendos cafés. No estaba cómodo, nunca lo estaba cuando había mucha gente a su alrededor, pero su mente sólo podía pensar en lo que haría una vez hubiera llegado ante el inspector y qué iba a decirle.
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- Está todo bien, no tienes por qué preocuparte de nada – dijo ya aburrido Greg, de tantas veces que se lo había repetido a su hija, quién no parecía conforme con lo que estaba escuchando.
- Ya no soy una niña, ¿recuerdas? – y pudo escuchar un profundo suspiro por parte de Abby al otro lado del teléfono. La joven era su única hija, la luz de sus ojos y con quién había tenido la fortuna de crear una relación paternofilial tan buena y sana que casi compensaba todo por lo que estaba pasando en esos momentos. Abigail era su vida, algo que debía agradecer a Connie, aunque le molestara.
- Lo sé, y no sabes lo que me pesa eso – Greg pudo imaginar a la chica hacer un puchero de molestia, pues desde que había entrado en la adolescencia que había deseado independizarse del seno familiar yendo a la universidad de Sheffield.
- No empecemos otra vez con eso, papá – se quejó de forma tan dulce que casi se derrite mientras la escuchaba – Como te dije, ya no soy una niña y soy lo suficientemente adulta para saber si mis padres están bien o no - ¿Qué decirle? ¿Explicarle sus sospechas? ¿Decir que creía que su madre ya no lo quería, que tenía un amante y que no perdía ocasión de humillarlo en cuanto a su aspecto físico? Definitivamente no era una buena idea.
- Y yo te vuelvo a repetir que todo está igual que lo dejaste, cariño. Ni más ni menos – odiaba mentirle, pero tampoco podía lanzar tal acusación sin pruebas. Abby, al otro lado del teléfono, se quedó en silencio un rato, como si estuviera reflexionando.
- Mamá me llamó hoy, ¿sabes? – aquello alertó a Greg, que incluso se enderezó en su asiento – Y su tono de voz… no sé, era extraño. No es que estuviera triste, todo lo contrario. Parecía pletórica, feliz y diciéndome cosas muy raras acerca de la vida y la libertad… - el hombre se tapó la cara con la mano, dejando salir un profundo suspiro - ¿Aún vas a seguir diciéndome que todo está bien? ¿Qué está tal y como lo dejé? Porque, papá, yo te quiero mucho ¿sabes? Y mamá… también la quiero, pero siempre ha sido algo arisca y… no sé – pudo sentir cómo a su niña se le quebraba la voz y sólo deseó abrazarla, como siempre había hecho cuando se había sentido perdida y triste.
- Abby, cielo… - empezó a decir, apretando con fuerza el auricular – Sabes de sobras cómo es tu madre, su carácter voluble y algo caprichoso. Pero eso no quiere decir que vaya a pasar nada malo. Ahora mismo, lo único en lo que tienes que pensar es en tus estudios y… en encontrar un hueco para visitar a tu viejo padre, aunque sea sólo un fin de semana – la joven rió, más aliviada por las palabras de su padre.
- Te quiero, papi… - a Greg se le escapó una lágrima, que en seguida borró de su mejilla.
- Y yo a ti, hija…
En cuanto colgó, dejó escapar un profundo suspiro que amenazaba con devolverle todo el dolor que había estado almacenando durante esos días. Connie apenas y estaba en casa cuando él llegaba, y cuando lo hacía, le faltaba tiempo para despedirse e irse sin dedicarle una simple mirada de afecto. Era un hecho que su matrimonio se estaba hundiendo y, por mucho que había pensado durante esos días, no había encontrado el momento en que todo se había estropeado.
- Ella siempre ha sido una zorra, Greg – le había dicho Jeff en cuanto le había explicado la situación – Lo malo es que te ha tenido engañado durante años –
Quizás su amigo tenía razón, quizás no, pues nunca se había llevado precisamente bien. A veces había pensado que Connie no se sentía especialmente cómoda con Jeff por ser homosexual y ser tan cercano a él. Lo había interpretado como una muestra de celos y posesión hacia él como marido, pero empezaba a pensar que todas sus apreciaciones eran erróneas.
Todo pensamiento medio coherente se fue al traste en cuanto escuchó un par de golpes en su puerta. Ladeó un poco su cabeza para ver si veía quién era la persona que lo visitaba, pero nada. Tan sólo un paraguas moviéndose de aquí para allá.
- Adelante – dijo alzando la voz, mientras despejaba la mesa de papeles y restos de su almuerzo para apreciar la entrada de un hombre notable. A leguas se veía que era un caballero, seguramente perteneciente a la alta burguesía a tenor de esa sonrisa socarrona y su mentón ligeramente alzado. Su traje de tres piezas seguramente costaba lo que su sueldo de un mes, por no tener en cuenta camisa, corbata y zapatos. Y aunque parecía que la mirada de ese hombre le resultaba familiar, no tenía ni idea de quién era.
- Buenos tardes, inspector – el pelirrojo se acercó a la mesa sin borrar su sonrisa, para en seguida sentarse en la silla vacía que tenía justo delante con su elegancia natural - Soy Mycroft Holmes – posó su mano encima de su rodilla, esperando a ver la reacción en el rostro de su inspector favorito. De acuerdo que habían pasado unos años, pero Greg no podía simplemente olvidar lo que vivieron. No podía.
- En… encantado, señor Holmes – dijo sin mostrar más en su rostro que un pequeño atisbo de desconcierto. ¿Acaso tenía tan mala memoria? Nadie podía ser tan olvidadizo, por muchos años que pasaran, de algo tan intenso como lo que habían vivido en aquél baño - Oh… Holmes – dijo de pronto Greg, haciendo que se suavizaran los latidos del corazón de Mycroft – Justamente conocí a su hermano hace unos días, por lo que, supongo, viene a que hablemos sobre ese asunto – si alguien hubiera pinchado al pelirrojo en ese instante, sea donde fuera, de su cuerpo, no habrían hallado sangre alguna. Greg, Gregory, ese chico con el que había fantaseado en sus horas más oscuras, aquél al que había recordado tantas veces durante su vida, a veces hasta culpándose por haberlo dejado atrás. Ese joven vivaz, intenso que lo había acorralado en el baño haciéndole pasar uno de los momentos más excitantes de su vida, no le recordaba. Greg se había olvidado de él, de su primera vez, de sus jadeos en aquella cama grande, de su vergonzosa huida. Greg no lo tenía presente, quizás nunca lo había tenido, pero ¿quién iba a culparlo?
- Sí – dijo Mycroft, volviendo a enfundarse en esa máscara de hielo que no dejaba trascender nada de él, mucho menos ahora que estaba más vulnerable que nunca – Escuché que… había interferido en una investigación policial y quise saber del asunto. Sherlock y yo no mantenemos una relación precisamente fluida, pero eso no significa que no me preocupe por él – Greg, ajeno al tormento que estaba viviendo el hombre que tenía delante, asintió alargando un brazo para alcanzar una de las carpetas que tenía a su izquierda.
- Aunque no fue algo muy ortodoxo, no estaba errado en ninguna de las explicaciones que nos dio. La verdad es que fue muy sorprendente que simplemente apareciera y resolviera el caso con dos apreciaciones – Mycroft asintió, posando sus manos sobre su rodilla, pues empezaba a notar cómo temblaba – El problema fueron los insultos a mi equipo – se acomodó en su asiento, jugando con un bolígrafo – Por eso me alegra que haya venido. Estaba pensando en llamarlo a él. Me dejó una tarjeta – el pelirrojo lo miró con desgana, aun dándole vueltas al asunto. Seguramente él le había dado más importancia por ser su primera vez que Greg, quién se notaba que era un joven experimentado. La realidad era que había sido uno de los tantos tipos con los que se había acostado, por lo que ni los sentimientos ni los recuerdos tenían cabida.
- Seguramente le dio una de las mías, pero modificada – removió dentro de su bolsillo interno y sacó una de las tantas – Tenga, por si algún día la necesita – quiso tirársela en la mesa, pero su leve sentimentalismo le obligó a dársela en mano, lo que significaba volverle a tocar.
- Se lo agradezco, señor Holmes – admiró la tarjeta unos segundos antes de guardársela en su bolsillo – Supongo que, por sus palabras, debo deducir que Sherlock tomará esta actitud como algo usual – Mycroft sonrió de lado y se incorporó, posando sus brazos sobre la madera en actitud desafiante.
- Seamos sinceros, inspector. Hace mucho que Scotland Yard dejó de ser lo que era y, aunque no dudo de su capacidad para resolver cualquier crimen que se le presente, debe admitir que con la ayuda de mi hermano el proceso se agilizará considerablemente, ¿no cree? – Greg se mordió el labio inferior, mirándolo fijamente. Entendía su punto, les sería de mucha ayuda en casos que se les ponían cuesta arriba, pero su actitud… ese chico era tan creído e irreverente que podría sacar de quicio hasta la persona más calmada del mundo. Y su hermano era igual, o incluso peor. ¿Qué se pensaba yendo a su despacho a exigirle que aceptara a un civil sólo porque le había dicho un par de cosas que habrían descubierto, tarde o temprano? Detestaba a la gente como él.
- Veo hasta dónde quiere llegar y puedo estar de acuerdo en que podría ser de mucha ayuda – Mycroft sonrió triunfante – Pero… no lo voy a aceptar – y toda sonrisa se esfumó – Puede que, como dice, Scotland Yard ya no es lo que fue, pero no es peor. Podemos ir más lentos, podemos cometer errores, pero somos infatigables y profesionales en nuestro trabajo. Y no voy a consentir que nadie, ni siquiera un caballero perteneciente a cualquier club del Pall Mall venga a tirar nuestro trabajo por simple capricho fraternal – el pelirrojo supo que había metido la pata en cuanto vio el lenguaje no verbal que le transmitían sus gestos. Debía suavizar la conversación o todo se iría a la mierda en poco tiempo.
- No es un capricho fraternal, señor Lestrade. Lo único que intento que comprenda son las ventajas que supondrían para usted tenerle como colaborador esporádico – apoyó sus manos encima de la mesa de madera para así ser más vehemente.
- ¿Sabe lo que me parece esto? – apoyó también sus manos encima de la mesa, acercándose peligrosamente al rostro ajeno – Que pretende que sea la niñera de su hermano y no quiero pasar por ahí. ¿Sabe cuántas veces ha sido detenido por posesión de droga? – frunció el ceño, ladeando su cabeza para analizar la expresión de su rostro, tan indescifrable como desde que se había sentado frente a él.
- Admito que… mi hermano tiene ciertos problemas con algunas sustancias, pero no es lo que cree. Es… algo más complicado que no creo que entienda – aquello fue la gota que colmó el vaso, provocando que Greg se enderezara rápidamente para quedar por encima de ese hombre que lo había despreciado desde el primer momento en que había entrado.
- Y como no lo entiendo, como soy estúpido según usted, esta conversación ha llegado a su fin – y Greg acabó de levantarse, cruzándose de brazos, mostrando la expresión menos amable que le había visto nunca – Así que, si me disculpa, tengo mucho trabajo pendiente que, aunque le parezca insulso, es lo que hago todos los días desde hace veinte años. Buenas tardes – las cosas no habían ido como esperaba. Nada había ido como se esperaba y eso lo tenía sumido en un estado de nervios sin precedentes. Ya no sólo no había conseguido hacer recordar a Greg su pequeña historia universitaria, sino que había roto cualquier vía de contacto entre ellos por pura bravuconería.
- Mycroft se levantó de su silla, a sabiendas que el inspector seguía todos y cada uno de los movimientos que hacía, pero no de la manera que él habría deseado. Apretó el mango de su paraguas con fuerza antes de salir del despacho y cerrar la puerta tras él. Debía salir de aquél edificio cuanto antes, debía respirar un poco de aire, debía… Se puso una mano sobre su boca, apretando sus uñas contras su cara hasta dejar una señal visible para evitar las arcadas que empezaba a sentir. Ya dentro del ascensor, protegido de las miradas de los extraños, se apoyó en la pared intentando respirar con normalidad, controlando ese amago de ataque de ansiedad que le estaba dando. Alargó la mano hasta su teléfono móvil y marcó un número rápidamente mientras salía del edificio a paso ligero, no prestando atención a aquellos con los que se chocaba.
- Jerry… ¡Jerry! – dijo con la voz entrecortada – Ven ahora mismo a Broadway… necesito que me saques de aquí ahora mismo…
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Sentía el cuerpo pesado, apenas y podía moverse, pero le daba exactamente igual. Era feliz, se sentía completa y nada ni nadie podía amargarle ese instante de absoluta paz consigo misma. Había tomado la mejor decisión posible, la que ambos necesitaban, aunque Greg ni tan siquiera la supiera. Por una vez en la vida quería ser egoísta y vivir su nueva juventud plenamente, sin lastres y su marido, mal que le pesara, lo era.
Se acurrucó en el pecho musculado y carente de vello de su amante. Lo cierto era que no podía creer la suerte que tenía con Chase. De acuerdo que era mucho más joven que ella, pero ¿acaso no tenía derecho de tener un toy boy? Ella, que siempre había vivido a la sombra de sus verdaderos deseos, que se había casado demasiado joven al quedarse embarazada por un descuido, que había aceptado el rol de ama de casa doliente a la espera que su marido policía llegara sano y salvo a casa. Todo aquello parecía un sueño, una vida que ya no le pertenecía. ¿Por qué debía seguir aguantando a su marido, más ahora que Abby era lo suficientemente mayor como para ir a la universidad y hacer su vida? No, había dicho basta en el momento en que Chase le había dedicado la primera de muchas sonrisas; justo cuando había aceptado ser su entrenador personal para ayudarla a fortalecer tanto su cuerpo como su autoestima. Porque sí, hasta ese momento se había sentido una mujer anulada, vencida por las circunstancias de la señora inglesa de clase media que sólo tiene hijos para luego cuidar de sus nietos. Ahora era una mujer de media edad con un cuerpo envidiable, un cutis liso y la mejor vida sexual de toda Inglaterra.
- ¿Estás despierta? – preguntó Chase, aun con los ojos cerrados. Connie se incorporó mostrando la mejor de las sonrisas.
- Sí, ahora mismo no podría dormir. Tengo muchas cosas en las que pensar – el joven abrió los ojos y la observó.
- Pensé que todo estaba claro – la mujer se encogió de hombros, pasando su mano por el pecho hasta llegar al cuello.
- Y lo está, pero aún no sé cómo decírselo a Greg – el hombre se incorporó y la observó.
- Pues es muy fácil. Lo sientas en el sofá y se lo sueltas. Le pides el divorcio y te llevas a la mitad de todo por casarse en gananciales – en la boca de Chase todo sonaba muy fácil. Tenía esa capacidad de endulzar todo lo que decía hasta el punto de convencer al más crédulo.
- No voy a sacar mucho de la pensión de Greg. Apenas y llegamos para pagar las facturas a final de mes –
- ¿Y? ¡Ese no es tu problema, Connie! Debería haberlo pensado antes de hacer de tu vida una miseria. ¿O es que acaso has sido muy feliz a su lado? Tú misma me dijiste que te casaste por compromiso con él – de nuevo esa facilidad. Connie quería tener esa vehemencia que parecía poseer Chase cuando decidiera contarle todo a su marido.
-Sí, lo sé, lo sé… pero debes entender que tenemos una hija, una vida juntos, no la mejor, pero sí lo suficientemente larga como para que nos unan muchas cosas-
- Y os separen otras. ¿O acaso no quieres estar conmigo? – Connie bajó su mirada, negando con la cabeza antes de abrazarlo por la cintura.
- Por supuesto que quiero estar contigo, es lo que más deseo del mundo, Chase –
- Entonces ya sabes lo que tienes que hacer, cariño – acarició su pelo y subió su mentón para que lo mirara a los ojos – Sepárate de él, o ya no podremos estar juntos – Connie tragó saliva, asintiendo como un muñeco sin voluntad al que manipulan. Chase tenía razón. Debía zanjar ese asunto cuanto antes, alejarse de Greg y empezar una nueva vida. Entonces sonrió, rió sintiéndose en éxtasis al contemplar como su amante la levantaba a peso para una segunda ronda de sexo. El placer jamás acababa en brazos de ese hombre y no iba a privarse más de él. Había llegado la hora de decir adiós a Gregory Lestrade.
