Besos y abrazos a todos
LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (4)
Paddington recreation ground, West Kilburn
- ¿Así que apareció, te soltó todo eso y esperaba que lo aceptaras sin más? - dijo incrédulo Arthur, rascándose la nuca visiblemente confuso sin apartar sus ojos del suelo. Greg asintió en silencio, moviendo la pelota de fútbol de aquí para allá con las manos.
- Ten en cuenta que esa gente es muy estirada, y te lo digo con conocimiento de causa - soltó Colin antes de dar un buen trago de bebida isotónica - En la City son todos así, sino mira a Pierce -apuntó burlón a su amigo, sentado a su derecha y más pendiente de su teléfono móvil que de la conversación que estaban manteniendo - Las veces que he tenido que ir para visitar a algún cliente ha sido siempre lo mismo -dejó la bebida a un lado y suspiró.
- No te quejes tanto de ellos, que son los que nos pagan las facturas, querido -espetó Jeff a su lado, algo malhumorado por lo que había pasado en el césped apenas media hora antes y que aún afectaba a su pantorrilla izquierda.
- Desde que Connie le había planteado su molestia acerca de su estado físico que Greg había tomado cartas en el asunto. Y ya no era sólo porque ella hubiera hundido un poco más su baja autoestima, sino porque se había dado cuenta que no valía la pena esperar a que su esposa cambiara de hábitos. Se había dado cuenta que renunciar a aquello que siempre le había gustado hacer por lo que creía que era un bien mayor, había sido un error. Así que, con mucho más ánimo del que había pensado que tendría, el inspector Lestrade había vuelto a los terrenos de juego tras meses de ausencia para alegría de los que habían sido sus amigos de siempre. Ninguno de ellos había preguntado nada, ni tan siquiera había lanzado un comentario. Conocían demasiado bien a Connie como para saber que las cosas estaban cambiando; y que la apuesta sobre el más que posible divorcio de su amigo estaba cada vez más cerca de ser cobrada.
- ¿No me digas que aún estas molesto con ese tipo? -preguntó Colin, examinando la pantorrilla de su siempre quejumbroso novio- Si sólo ha sido un golpe normal -Jeff frunció el ceño, recolocándose las gafas que tendían a deslizarse por el puente de su nariz.
- Eso lo dices porque a ti no te han clavado los tacos, claro -Colin rodó los ojos, atrayéndolo por la cintura hasta darle un suave beso en la parte baja del cuello. Era extraño verles expresar su amor en público, sobre todo por parte de Colin, quién siempre llevaba su seriedad como abogado más allá de su vida profesional.
- Espero que no os vayáis a poner cariñosos aquí -dijo Pierce al fin, guardando su teléfono y mirándolos con cierta incomodidad fingida.
- A esto es a lo que me refería con los tipos de la City - espetó el abogado, ante el divertimento de los demás, quienes conocían de sobras los juegos entre él y el ejecutivo.
- Igualmente no creo que nos volvamos a cruzar -retomó Greg al fin, dejando la pelota en el suelo- Sherlock es un civil y, por muy bien que nos viniera en ese caso, no significa que deba crear un precedente -Arthur arrugó su nariz, un hábito mientras pensaba y algo que siempre había adorado su esposa Audrey.
- Pues yo no lo creo así -dijo al relajar su expresión de nuevo- Y te pondré un ejemplo. ¿Recordáis aquél paciente tan cascarrabias que os conté que casi agrede a Audrey y a otras enfermeras? Pues tuvimos la mala fortuna de encontrárnoslo hace una semana en Leicester Square, justo cuando íbamos al teatro. ¡Y tuvo la desfachatez de volver a las andadas! Ya no sólo con nosotros, sino con una pareja joven que también estaba haciendo cola -Pierce negó con la cabeza.
- ¿Y a dónde quieres llegar con tus batallitas, señor celador? -el pelirrojo lo miró con desdén antes de volver a fijarse en Greg.
- Lo que quiero decir es que tendemos a tener la mala suerte de reencontrarnos con las personas que queremos lejos -el ejecutivo rodó los ojos.
- Por esa regla de tres, yo debería encontrarme cada día con alguna de las mujeres con las que me he acostado -
- ¿Y acaso no es así, casanova? -sugirió Colin, desatando una marea de risas y burlas contra ese Don Juan de mediana edad, que seguía resistiéndose a sentar la cabeza, buscando romances con mujeres cada vez más jóvenes.
- Igualmente, estoy con Arthur respecto a eso. Según lo que nos has contado, ese chico, Sherlock, puede aparecer en cualquier momento en alguno de tus casos y meter las narices. Ahí tienes una conexión – sugirió Jeff, ya menos molesto.
- También lo he pensado, no te creas, pero en ese caso, ya no sabría qué decirle – y en verdad no sabía cómo podría encarar de nuevo a Mycroft Holmes. Ese hombre era de los tipos que siempre había evitado en su vida, pues le infligían una inseguridad e incomodidad que no acababa de llevar muy bien. Por eso, y porque ya tenía suficientes problemas en su vida personal como para aumentarlos con alguien que seguramente sólo le costaría marcar un número para despedirle.
- Aquí con el que tienes que hablar es con el chico como si fuera Abby – acotó Pierce, moviendo exageradamente sus manos – Saca esa vena paternal y explícale que es muy interesante su aporte, pero que no hay cabida para más juegos, más cuando hay muertos reales –
- Lo peor de tu planteamiento es que creo que Sherlock disfruta haciendo ese tipo de cosas –
- ¿Quieres decir que es un psicópata? – preguntó Arthur confundido.
- En todo caso, creo que el término adecuado es sociópata – aclaro Colin, sacando su teléfono móvil para comprobarlo y dando lugar a una pequeña discusión de términos que Greg presenció en silencio. La verdad era que le daba bastante igual cuál era el término adecuado para definir esa extraña afición del joven Holmes, cuando lo realmente importante era plantearse si era o no necesaria su ayuda. Fue entonces cuando su teléfono vibró en su bolsillo, sacándole de sus pensamientos. Lo primero que se le pasó por la cabeza era que Connie querría saber dónde estaba, pues simplemente se había ido de buena mañana sin dejar nota alguna; luego recordó que a su mujer poco o nada le importaba su paradero, mientras ella tuviera tiempo de ir al gimnasio. Aquello lo hundió un poco más si cabe. Por eso dudó un poco más antes de meter la mano en su pantalón y sacar el teléfono, observando sin mucha atención la pantalla. Dos llamadas perdidas de un número privado.
- ¿Connie ya te está controlando? – soltó Jeff, mirándole fijamente mientras demostraba sin tapujos la animadversión que sentía por esa mujer.
- No, la verdad es que no sé quién es – dijo más para sí mismo que para los demás, recibiendo en ese mismo instante un mensaje sin procedencia.
"Sherlock Holmes ha sido detenido. Estado anímico sospechoso. Gregson está al mando"
Su expresión cambió, acariciando su pelo de atrás hacia adelante pensativo. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Tampoco es que fuera su responsabilidad, y menos ahora que estaba en su día libre. Pero había algo en todo eso que le escamaba, como si tuviera la sensación que debía intervenir y apelar en favor de ese muchacho. Sea como fuere, antes de que pudiera pensar un par de veces más en el asunto ya estaba de pie, poniéndose la chaqueta.
- ¿Te vas? – preguntó Arthur, mirándole de arriba abajo.
- Ha surgido algo y quiero ver qué pasa – le dio la pelota a Pierce y se colgó una pequeña mochila de deporte en su espalda.
- Oye, Greg – gritó Jeff, obligándole a que se girara antes de alejarse demasiado – No nos has dicho cómo se llama ese estirado gubernamental – el moreno frunció el ceño y suspiró.
- Holmes – gritó volviendo a caminar – Mycroft Holmes, Jeff – y volvió a girarse, apresurando el paso mientras volvía a recibir un nuevo mensaje. Parecía que Gregson sí se había dado prisa a la hora de procesarle. Era notorio que quería ganar puntos de cara a su posible promoción a un rango superior, aun su total mediocridad a la hora de resolver casos.
Por su parte, Jeff estaba viviendo uno de los momentos más extraños que recordaba. Ya no sólo era que ese nombre fuera más que peculiar, sino que le era familiar, demasiado familiar. Miró a Greg a lo lejos, corriendo hacia el camino de arena que bordeaba el recinto. ¿Él se habría dado cuenta? No, no lo creía, pues en todo caso le habría insinuado algo. Ellos eran los únicos que habían estado esa lejana noche de universidad juntos. ¿Eso significaba que debería hacerle recordar el incidente? Visto el estado anímico de Greg quizás lo único que conseguiría sería hundirlo un poco más, pues recordaba muy bien todo lo que había pasado los días siguientes al suceso.
- Eh, ¿estás bien? – le preguntó Colin, acariciando la mano de su pareja- Jeff… eh Jeff…
- Es 'cara linda' – musitó, frunciendo el ceño sin dejar de mirar a Greg- El tipo ese es 'cara linda'
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Anthea guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, disimulando la sonrisa que estaba formando en sus labios. Si las cosas no se daban en los caminos naturales, alguien tenía que dar un pequeño empujón, aunque los sucesos que la mantenían alerta en New Scotland Yard eran del todo ciertos.
Sherlock había vuelto a meter la pata, entrando sin permiso a otra escena del crimen en un estado sospechoso muy próximo a la drogadicción, lo que le había dado la posibilidad a Gregson, y a todo su equipo, de echarle el guante y pasar la noche en el calabozo. Una noche más para su, cada vez más abultado, expediente.
- ¿Va a hacerme esperar mucho más tiempo? – preguntó Anthea, dibujando una hermosa sonrisa al ver a Gregson aparecer algo malhumorado por el pasillo – Tengo asuntos que atender en el Ministerio del Interior – el policía hizo una mueca, levantando los hombros mientas lo observaba desde su altura.
- Siento hacerle perder su valioso tiempo, señorita Edwards, pero ya sabe cómo es la burocracia. Ustedes la inventaron – le dedicó una sonrisa totalmente falsa, pasando por su lado sin siquiera rozarla.
- Puede ser, pero sólo tiene pruebas circunstanciales de su acusación. No puede aportar más – el policía se paró en seco, girándose para mirarla – Además, traigo el dinero de la fianza que impuso. Debo decir que es algo elevada para un caso como este, pero puede pagarse – el hombre volvió hacia donde estaba ella, apretando los labios hasta que fueron una fina línea – Vengo de parte del señor Holmes, Mycroft Holmes, hermano del chico, así que si tiene la amabilidad de empezar los trámites, dejaré de molestarle – Gregson gruñó, recordándole a Anthea a uno de esos sonidos extraños que alguna vez había oído en el zoo.
- Sígame y acabemos con esto de una vez por todas – el policía no pudo ver la sonrisa de absoluto triunfo de la chica, algo que habría contribuido considerablemente a su incipiente mal humor.
En el vestíbulo del edificio, Greg dejó su mochila de deporte junto al portero y bajó sin más los dos pisos que había hasta llegar a los calabozos. Durante todo el viaje había pensado mucho en todo lo que había pasado desde que Sherlock Holmes había irrumpido en su vida, en las situaciones excepcionales que había vivido y el vuelco que empezaba a haber en su vida personal. No sabía si estaba preparado para vivir tantos cambios, salir de su zona de confort.
Llegó a la zona y saludó a Mike, el policía de guardia, que no perdió el tiempo en burlarse de su atuendo. Sí, no le había dado tiempo de cambiarse de ropa, pero eso no era realmente importante en ese momento.
- Están arriba. Si te das prisa, los podrás pillar – Greg asintió, dándose la vuelta rápidamente – Gregson está de mal humor, así que cuidado –
¿Cuidado? A él le importaba una mierda si tenía un buen o mal día. Quería saber las circunstancias reales de la detención y si eso podría afectar de alguna manera al caso que acababa de cerrar. Porque debía ser sincero: si se probaba que ese chico había acudido drogado o borracho o lo que fuera en su escena del crimen con total impunidad, la integridad y trabajo de su equipo podrían peligrar. ¿O cuánto tardarían los de arriba en abrirles un expediente acusándolos de complicidad o mala praxis o cualquier otra excusa que los enviara a la suspensión temporal o total? Ahora que estaba viviendo uno de los momentos personales más delicados de su vida, lo último que quería era perjudica también su vida laboral.
- ¡Gregson! – gritó sin medir su voz, al ver a ese hombre pequeño y gruñón de ojos como búho - ¿Dónde está Sherlock Holmes? – el hombre sonrió de lado amargamente.
- Vaya, no sabía que eras su niñera, Lestrade – no le gustó ni el tono ni el doble significado de sus palabras, pero en esos momentos no tenía tiempo para discutir.
- ¿Dónde está? – repitió, mirando por encima de su hombro, ignorándole completamente.
- Han pagado su fianza y han ido a recoger sus pertenencias – no había acabado de hablar que Greg ya estaba camino a la sala de recogida - ¡Ese tipo volverá! ¡Lo pillaré de nuevo y no podrás hacer nada! - ¡Imbécil!, gritó mentalmente, ¡Imbécil y mil veces imbécil! ¿Por qué no había cortado esa locura antes? Jamás debía haber dejado que ese chico llegara tan lejos, y menos poner en jaque a su equipo haciéndole caso. En dos zancadas más llegó al puesto donde vio a un muy desmejorado Sherlock. Sí, ese chico estaba hasta las cejas. Será gilipollas…
- Sherlock – dijo de manera rotunda, acercándose hasta donde estaba él, quién se giró a mirarle como si no pasara nada.
- ¡Inspector Lestrade, qué sorpresa verle por aquí! Pensaba que era su día libre – Greg frunció el ceño, colocando sus manos en su cadera.
- No quiero ni escuchar cualquiera de tu retahíla de deducciones, y menos cuando te han detenido por drogadicto – el joven rodó los ojos.
- ¿Me va a echar la bronca como mi hermano? – dijo mirándole fijamente- Porque no necesito más discursos moralistas, ¿sabe? –
- ¿Discursos moralistas? Sherlock, ¿eres consciente que estás a un paso de entrar en prisión?
- No voy a entrar en prisión, Lestrade –
- ¿Ah, no? – dijo abriendo mucho los ojos, entre incrédulo y cínico – No me digas, ¿tu hermano intervendría antes que pasara, verdad? – Sherlock sonrió.
- Es muy inocente si piensa que Mycroft Holmes movería un dedo para evitar tal cosa. Incluso creo que piensa que me iría bien, pero ese no es el asunto – se acercó más a él – Sé lo que le preocupa y debo decirle que no pasará nada. Nadie de su equipo estará en peligro y mucho menos el caso. Es sólido – Greg no las tenía todas consigo y menos si Sherlock se lo aseguraba en ese estado.
- Lo único que te pido es que dejes de jugar a los detectives y te centres en ordenar tu vida, pues en alguna de estas podrías llevarte por delante a muchas personas – el joven suspiró, removiendo parte de sus rizos con su mano en un gesto natural.
- Nunca he jugado, Lestrade, y sé que en el fondo sabes que es verdad – sí, había algo en su determinación que le hacía dudar, pero no por ello podía aceptarlo así como así.
- Eso no importa, Sherlock…
- Sí que importa, ¿o es que piensas dejar casos sin resolver cuando podía ayudarte? – Greg miró al joven sintiéndose fuera de lugar. ¿Se lo estaba pensando? ¿De verdad estaba considerando la posibilidad de dejarle ayudar?
- Oye, hasta ahora he resuelto todos los casos que se me han presentado, tarde o temprano, pero lo he hecho – Sherlock alzó una ceja – Además, ya le dije a tu hermano que este tipo de chantajes no los acepto – el joven desvió la mirada, visiblemente molesto.
- No le hagas caso, él sólo desea que me aparte de todo esto y me centre en cosas más prolíficas
- Pues creo que deberías seguir su consejo-
- Jamás los sigo, y menos de él
- Reitero mis palabras, Sherlock: Déjate de juegos y haz caso a tu hermano. Parece que tiene más cabeza que tu – el joven sonrió, alzando su mentón.
- ¿Acaso le gusta? – Greg casi se ahogó con su propia saliva ante aquél comentario tan fuera de lugar.
- ¿Q-qué? – logró articular, frunciendo el ceño mientras miraba a su alrededor por miedo a que le hubieran escuchado – Estoy casado – y levantó la mano para enseñarle el anillo.
- Ya, pero no por mucho tiempo – el moreno tuvo ganas de pegarle un puñetazo y romperle la nariz a ese idiota - ¿Y ahora es cuando pregunta que cómo lo sé?
- No, ahora es el momento en el que te digo que como no te vayas ahora mismo, dejo que Gregson te ponga las manos encima de nuevo – ambos se quedaron en silencio un momento, mirándose – Te debía un favor con lo del caso y te lo devuelvo así. La próxima vez que te vea cerca de un cordón policial, te arrestaré… Adiós, Sherlock – y, sin darle la oportunidad de réplica, se giró sobre sus talones y se fue alejando, de vuelta a la recepción.
- ¿Nos vamos ya? – preguntó Anthea, de pie a su lado, justo cuando estaba mandando un mensaje de texto.
- Supongo que habrás informado a Mycroft de todo – la chica alzó su mirada por encima de la pantalla.
- Me ha pedido que compre tomates de camino a casa – Sherlock rodó los ojos, subiéndose el cuello de su eterno abrigo negro, ocultando así la impotencia que sentía.
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Harvist Road, Queens Park
Decir que estaba nerviosa sería decir un eufemismo. No podía controlar sus manos, ni sus pies, ni tan siquiera el resto de su cuerpo que le pedía a gritos que se levantara y caminara de aquí para allá, sin rumbo aparente.
Había decidido que ése iba a ser el día, el día en el que todo iba a acabar y a la vez, empezar. Durante todos esos meses de doble vida había aprendido mucho de sí misma y de lo que quería, por lo que estaba segura que ya no deseaba vivir más de aquella manera. Los últimos años con Greg habían estado repletos de claroscuros, momentos duros con tintes alegres en ocasiones especiales que, en perspectiva, no podían compensar la larga lista de decepciones que venía arrastrando desde hacía casi quince años. Porque ella se había casado casi por obligación a causa de su embarazo, sí, pero en aquellos momentos había llegado a amar a Greg intensamente, al menos durante los primeros cinco años de convivencia. Luego habían empezado las ausencias, la escasez de dinero y el hecho de la no progresión en ningún aspecto de sus vidas.
- Me gustaría tener otro hijo – le había dicho Greg una noche, abrazándola por la cintura con la clara intención de empezar a buscarlo. En otras circunstancias, ella habría dicho que sí, que quería aumentar la familia, pero por entonces… No. Simplemente no quiso que ese hombre volviera a hacerle lo mismo.
Quizás ese fue el momento en que se dio cuenta que la magia inicial se había esfumado, que la rutina los había matado poco a poco hasta verse como en verdad eran: incompatibles, y ahora no dejaba de culparse por haber aguantado tanto tiempo cuando el final ya estaba escrito. Si hubiera sido más valiente, si hubiera tenido la fortaleza y el apoyo necesario, quizás y sólo quizás, ella tendría otra familia, otros hijos, al igual que Greg. Él merecía tener a alguien que lo quisiera y no que sintiera ese rechazo que ella misma sentía cada vez que intentaba acercarse.
La puerta de la calle se abrió y supo que el momento había llegado, por lo que se quedó muy quieta con la mirada clavada en la entrada. Sabía que Greg había vuelto a jugar al fútbol con esos amigos suyos, por lo que no dudó en identificar el sonido seco de la bolsa de deporte caer sobre el suelo para luego verle entrar en el comedor con cara de pocos amigos.
- ¿Qué pasa, Connie? – preguntó al verla de pie con las manos entrelazadas, para luego darse cuenta de las maletas que había al lado del sofá – Oh no no… Hoy no… - se quejó resoplando, mientras se acariciaba la frente.
- Greg, quiero el divorcio – dijo la mujer con voz firme y sin apartar sus ojos de él.
¿Ah, sí? ¿No me digas…? – el tono sarcástico y algo malhumorado que empleó para dirigirse a ella no afectó en lo más mínimo a la firmeza de decisión que tenía.
- No puede tomarte por sorpresa – Greg salió de la cocina con una botella de agua, bebiéndosela.
-Y no lo hace, pero, como siempre, has escogido el peor día para decirme algo así – Connie frunció el ceño, negando con la cabeza.
- ¿Acaso hay un día bueno para hablar de un divorcio? –
- No, nunca, pero en tu vida de gimnasios no tienes ni idea de la mierda que tengo que tragar para seguir trayendo una mierda de sueldo a casa, sueldo que supongo que tendré que compartir ahora, ¿verdad? – dijo cada vez más furioso, dejando la botella de malas maneras.
- ¡Todo esto es culpa tuya! – le dijo señalándolo - ¡Tuya y de nadie más! –
- ¿Mía? – se defendió Greg - ¿Ahora trabajar como un burro durante horas para dar mejor vida a mi familia es una mala decisión? – no podía creer que le estuviera echando toda la culpa.
- ¡Te escudas en el puto trabajo como excusa, pero aquí lo único que pasa es que hace mucho que dejaste de ser un hombre! – gritó sin dejar de mover sus manos - ¡Jamás te has preocupado de lo que realmente necesitaba de ti!
- ¿Acaso soy adivino? ¡Si tenías alguna queja, tenías que habérmelo dicho y no buscarte un amante!
-¡Al menos él me da lo que necesito! – aquellas palabras dejaron mudo a Greg, pues todo aquél asunto del amante siempre había sido un tiro al aire, algo que revoloteaba por su mente, pero que en verdad jamás había creído. Mala decisión.
- Entonces… ¿sí tienes un amante? – Connie desvió su mirada, sentándose al fin en el sofá – Por eso ibas tanto al gimnasio, ¿verdad? No por mí, obviamente, sino por él – Greg sonrió cansado, apoyándose en su butaca - ¿Quién es? –
- No tiene sentido decirte quién es…
- ¿Quién es? –
- No pienso decírtelo, pues hay otros temas que…
- ¡¿QUIÉN COÑO ES?! –
- ¡Chase! – gritó al fin – Es Chase, ¿contento? – el moreno se mordió el labio, mirando hacia otro lugar mientras hacía un sobresfuerzo por no gritar – Quiero… quiero tener un divorcio pacífico por Abby y…
- No no no… ni se te ocurra nombrar a mi hija en esto –
- ¡También es mi hija! –
- ¿Ah, sí? – espetó Greg, enderezándose en la butaca - ¿Y hasta qué punto pensaste en ella cuando te metías en la cama con ese Chase? – Connie se levantó de su asiento.
- Aunque te cuesta admitirlo, Abby ya es mayor y está empezando a hacer su propio camino. Yo también planeo hacer el mío, algo que debería haber hecho hace quince años, cuando decidí que ya no quería estar contigo y menos tener más hijos – el moreno la miró con el esperpento grabado en su rostro – Sí, Greg, hace mucho que esto empezó y… no sabes lo duro que ha sido estar al lado de una persona que has dejado de respetar – pasó por su lado, directa a agarrar su equipaje – En vez de gritar y enfadarte, deberías plantearte por qué todos los que hemos estado a tu lado hemos decidido alejarnos de ti. Aprenderías mucho de ti mismo… querido. Recibirás noticias de mi abogado –
Y sin decir nada más, Connie arrastró su equipaje hasta la puerta de la que había sido su hogar, sin mirar atrás en ningún momento. Greg se quedó apoyado en su butaca, hundiendo sus uñas en el forro hasta que dejó de sentir dolor.
