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¡Hola! Gracias por darte la oportunidad de leer esta historia, por los reviews, los favs, y los follows. "Ni Altares Ni Relicarios" y "Agridulce" son mis primeros fanfics de HA! Y me alivia que les haya gustado hasta ahora.
Hey Arnold! y sus personajes le pertenecen a Craig Bartlett y Nickelodeon.
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Capítulo 4. Conociéndote
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Arnold corría por los pasillos del P.S. 118, dirigiéndose a su casillero y sacando de éste su libro de matemáticas.
Ayer, al estar tan concentrado en seguir a Helga, no se había dado cuenta que se había olvidado de tomar su libro para completar su tarea que se entregaba hoy, en tan solo cuarenta minutos. Había llamado a la casa de Gerald, pero nadie había contestado. Sin querer molestar a nadie más, se dijo que si iba temprano a la escuela tendría suficiente tiempo para completar la tarea y presentarla sin problemas. No era tanto, y Arnold usualmente no tenía complicaciones con esa materia, así que pensaba que estaría bien. Sin perder más tiempo, se dirigió al salón de clase, listo para empezar su tarea.
Se sorprendió cuando notó que no era la única persona en la sala.
Helga estaba sentada donde usualmente acostumbraba, en el último asiento al lado de la ventana. Notó que estaba escribiendo algo en uno de sus pequeños cuadernos rosas de ella. Cuando él entró, ella despegó sus ojos de su cuaderno e intercambiaron miradas por un corto segundo, antes de que ella confirmara que el objeto en cuestión era menos interesante que lo que sea que estuviera escribiendo, y nuevamente enfocando su atención a su cuaderno rosa.
¿Qué hacía Helga tan temprano en el salón? ¿También estaba completando alguna asignatura? La rubia siempre lograba sorprenderlo.
Él tomó asiento donde siempre, un asiento a la derecha de ella, y la miró de reojo. No pudo evitar pensar si ella se sentiría solitaria a veces. Pensó que quizás necesitaba una persona con quien hablar. Sabía que ella tenía a Phoebe como amiga y confidente, pero por alguna razón, él quería ser su primer amigo de su género opuesto.
—Hola.
Escuchó un gruñido de su parte y percibió que ella ni se molestó en alzar la cabeza para mirarlo. Era nuevo para él también lidiar con alguien tan complejo como lo era ella. En especial alguien como Helga, que podía ser una bomba de tiempo. El tener que ser cuidadoso con sus palabras lo ponía ansioso.
—Entonces, ¿qué escribes? —se animó a hacerle charla.
Esta vez Arnold casi sonrió al ver que ella alzaba su cabeza para mirarlo. Lastimosamente, no de la manera que él hubiese querido. Juró que sintió escalofríos a lo largo de su columna cuando sintió que su mirada decía en letras grandes "déjame en paz".
Quizás ella no quería tener amigos de su género opuesto.
"Estúpido cabeza de balón." La escuchó susurrar con fastidio. Arnold estaba en shock.
Él no era de las personas que perdían la paciencia y arremetían de vuelta a quien le hubiese insultado. Esa no era su personalidad. Sin embargo, se vio sorprendido cuando tuvo que morderse la lengua para no responderle. Después de todo, él estaba quizás invadiendo algún tipo de tiempo a solas con ella misma. Aunque era imposible negar que la chica tenía unos problemas de actitud serios.
Ella volteó la hoja de su cuaderno, empezando a escribir en una nueva hoja. Actuando como si él no existiera y no le hubiese hablado de manera grosera a él. Se sentía ofendido, pero no dijo nada más. Si ella quería silencio, él se lo concedería.
Se concentró en hacer su propia tarea. Como predecía, era fácil para él. De vez en cuando encontraba uno que otro problema que le hizo pensar dos veces como resolverlo, pero siempre encontraba como hallar la respuesta correcta.
Sorprendentemente, Arnold no se sentía incómodo del silencio que compartía con Helga, y percibía que ella tampoco, quizás porque estaba muy ocupada en su cuaderno como para reparar en la presencia del rubio.
—¡Arnold, viejo! Lo siento por no responderte ayer, Jamie-O y Timberly me estaban volviendo loco por el aniversario de mis padres.
Y ahí estaba su mejor amigo, Gerald. Miró de reojo a Helga nuevamente, ella no lo veía y creía que ella asumía que nada de lo que pasó entre ellos realmente sucedió.
Arnold la miró una vez más antes de pararse y caminar hacia su amigo para hacer su saludo secreto como de costumbre.
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—¿Por qué siempre vienes temprano? —él le preguntó con mirada curiosa, mientras apoyaba uno de sus codos en su escritorio. Él la miraba a pesar de que ella no le devolvía la mirada ni por un segundo.
—Mira, Arnoldo, será mejor que me dejes en paz antes de que te arrepientas de lo que le pase a esa cabeza de balón tuya —Él sonrió ante su contestación. No precisamente por su grosera actitud, sino porque notaba que poco a poco ella empezaba a generar más palabras de las que solía hacer antes.
Ya iba una semana desde que Arnold iba a la escuela una hora antes de que las clases empezaran. Él no hallaba una explicación a su actuar, pero simplemente quería saber más de ella. Quería conocerla, quería ser su amigo. Ella se mostraba disgustada a su presencia y él aun así decidió darse un poco de esperanza de que ella seguía viniendo temprano a pesar de verlo todas las mañanas.
Quizás ella estaba igual de interesada en él, tal y como él lo estaba de ella.
O quizás simplemente ella esperaba que él se aburriera y dejara de aparecerse.
—¿Por qué? —insistió. Helga rodó los ojos, jamás había conocido a una persona tan insistente en su vida. Hasta podía decir que Arnold era más persistente que Rhonda cuando quería empezar un rumor, que usualmente carecían de veracidad.
Otro gruñido. Él bajó la mirada al cuaderno rosa.
—¿Escribes poesía, no es así?
Un segundo después, Helga agarraba a Arnold por las solapas y lo miraba amenazadoramente. Él abrió los ojos desmesuradamente al ver a la vieja Betsy a centímetros de su rostro y se mostró nervioso. Quizás había metido la pata. Se encontraba feliz de que había acertado, pero ahora mismo su preocupación era continuar con todos sus dientes intactos.
—¿Cómo es que sabes eso? —el tono de la voz de Helga se podía escuchar un implícito será mejor por tu propio bien que no me mientas.
—Y-Yo… —sintió la garganta seca, pero siguió por su propio bien— Era una teoría que tenía, creo ser el único que sabe de aquello… No le dije a nadie, por supuesto.
Helga apretó su agarre y él tragó saliva. No había que ser genio para saber que él decía la verdad. Después de un largo minuto de silencio, ella decidió soltarlo. Él llevó una de sus manos a su pecho, que subía y bajaba asustado.
—Por tu propio bien, nadie más se enterará.
Helga no necesitó voltear para saber que Arnold asentía violentamente.
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—¿Recuerdas cómo se les llamaba a los versos de once y catorce sílabas? —la volteó a mirar. Ella, sin cerrar su cuaderno rosa, negó con la cabeza.
—¡Criminal! No puedo creer que no sepas algo tan básico como eso... Endecasílabo y Alejandrino, zopenco — respondió rodando los ojos. Él sonrió, le murmuró un gracias y escribió la respuesta en su libro. Había descubierto que Helga era una alumna sobresaliente en literatura, una clase a la que él le costaba un poco entender del todo.
Al igual que ella le ayudaba en literatura, él le ayudaba en matemáticas.
Otra semana había pasado desde el día de que Arnold confirmó que Helga sí era la dueña de las poesías que el profesor Simmons declamaba ante la clase. Él sabía que la gente pronto empezaría rumores acerca de él llegando más temprano a clase, posiblemente tergiversar los hechos indicando que el rubio lo hacía para estar con Helga. Algo que realmente era la verdad. Pero extrañamente, no le importaba lo que los demás dijeran mientras él pudiera compartir un momento a solas con Helga.
Arnold continuó escribiendo algunas respuestas que él si sabía, cuando la voz de Helga lo detuvo. La voz de ella se escuchó suave y baja, pero firme.
—La razón… Por la que siempre vengo temprano es porque… No me gusta cómo se ponen las… —se detuvo un segundo y se aclaró la garganta, disimulando el hecho que estaba tratando de hallar una palabra que no la delatase demasiado—… Cosas en mi casa.
La boca de Arnold cayó hasta el suelo. Era la primera vez desde que la conocía que ella se mostraba sincera con él. ¡Se había abierto a él! ¡Le había confiado su secreto! Quizás no por completo, pero ya era demasiado que ella lo hubiese admitido. Podían sospechar de ello, pero solamente a él ella se lo había confirmado. Sintió su corazón palpitar desenfrenado en su pecho y rogó porque Helga no sea capaz de escucharlos.
Una sonrisa iluminó su rostro.
Sabía que era extraña la situación de la familia de Helga, y sabía que si era paciente averiguaría lo que ella escondía, quizás hasta ella misma se lo diría a su tiempo.
Giró y contempló a Helga. Las esquinas de su boca parecían disimuladamente curvearse hacia arriba. Casi imperceptible, pero Arnold sabía que era lo más cercano a una sonrisa que recibiría de la rubia. Él quería ver la misma sonrisa que ella le había dedicado cuando eran niños, ahí mismo se prometió no parar hasta verla de nuevo.
Tan pronto como vio esa pequeña curvatura en sus delgados labios, se transformó en una mueca de burla.
—Pero ni creas que eso de da derecho de meter tu nariz en mis asuntos, melenudo.
A pesar de las palabras de Helga que obviamente buscaban provocarlo, ella no logró desaparecer la sonrisa radiante de la cara del rubio.
En ese instante, Arnold supo que a él le gustaba Helga. Aquel calor en su cuerpo y latido desenfrenado solo le indicaba que a él le gustaba y mucho.
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Helga se encontraba sentada en su lugar de siempre. Solo que ahora se encontraba un poco preocupada por el hecho de que ya faltaban treinta minutos para que la clase empezara, y Arnold no se aparecía por ningún lado. Usualmente, él llegaba una hora antes, a veces coincidiendo con ella afuera de la escuela y caminando hacia sus asientos respectivos mientras charlaban.
Helga no pudo evitar ver el reloj de la pared cada cinco minutos. Le molestaba que él llegara tarde. Sin embargo, luego de quince minutos, el enfado cambió a preocupación. ¿Le habría sucedido algo? Lo dudaba, pero igual no dejaba de sentirse inquieta en su sitio.
No le pasa nada al cabeza de balón, ya cálmate. Quizás solo se quedó dormido.
Ninguna vez en las dos semanas y media que iban viéndose temprano, jamás Arnold había llegado tarde o no se había aparecido.
Entonces vio la cabellera rubia de Arnold atravesarse por el marco de la puerta y pudo soltar un suspiro de alivio. Entonces, la molestia que sentía salió a flote.
—Alguien se quedó enredado entre las sabanas…
Sin embargo, poco le duro el disgusto. No pudo evitar mirarlo con horror al notar que Arnold se estaba sosteniendo la nariz. Se congeló al ver sangre en su rostro. Ella se levantó sin vacilar de su asiento, para correr hacia él. Arnold quitó su mano de su rostro, para que ella pudiese inspeccionar el daño. El contacto de los delgados dedos de Helga contra su rostro le ocasionó calor corporal. A pesar del dolor que sentía, la sensación de su cuerpo ardiendo pudo distraerlo.
Helga observó a detalle el golpe. Parecía que alguien le había dado un puñetazo a su nariz. No había tanta sangre, pero sí pudo notar que un moretón empezaba a formarse en la conexión de su nariz y mejilla.
—¿Qué te pasó? —Arnold se mordió el labio y Helga lo fulminó con la mirada, insistiendo por una respuesta.
Él suspiró y decidió decirle la verdad. Helga era casi igual de insistente que él cuando se lo proponía.
—Edmund quiso vengarse contra ti.
—¿Qué?
Helga lo miraba con los ojos abiertos. Así que ese bastardo no pudo mantenerse tranquilo sin cobrárselas. Sabía que el hecho de que ellos dos se veían antes de clase había circulado por toda la escuela, pero no pensaba que realmente causaría un problema. En ese segundo se sintió estúpida, debió haberse imaginado que una persona tan orgullosa como Edmund no se quedaría de brazos cruzados así nomás después de que una niñita que vestía de rosa y usaba coletas le había dado una paliza.
Ella no era tonta, seguro Edmund había pensado que había algo entre ellos dos y pensaría en vengarse en el noviecito de ella. Si tan solo supiera la verdad, se sentiría decepcionado. Casi sonrió con burla, hasta que vio como Arnold hacia una mueca de dolor. Nuevamente, su atención se centró en él.
—Vamos a la enfermería, la tía de Sheena debería estar allí.
Lo tomó del brazo y decidió guiarlo hacia la enfermería. Después de todo, era su culpa. Arnold había pagado un plato roto de ella y no parecía quejarse de aquello. Apretó los dientes al ver de nuevo el estado del rubio. Ese cavernícola la pagaría, y caro.
Quizás después de todo Edmund si había logrado patear un nervio de ella.
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N/A: ¿Qué les pareció el capítulo?
Por cierto, leí un comentario y me pregunté, ¿les interesaría ver a un Arnold celoso? Siempre me ha parecido tierno verlos celositos jaja, además sería bueno para que Arnold por fin reconozca sus sentimientos finalmente.
No se olviden de dejar un review, significaría mucho para mi saber que les parecen los capítulos.
Gracias.
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