Hola a todas,

Les traje un nuevo capítulo. Espero que lo disfruten y espero sus opiniones. Muchas gracias


LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (5)

Duchess of Bedford's Walk, Kensington

"No lo voy a aceptar… Puede que, como dice, Scotland Yard ya no es lo que fue, pero no es peor.

Podemos ir más lentos, podemos cometer errores, pero somos infatigables y profesionales en

nuestro trabajo. Y no voy a consentir que nadie, ni siquiera un caballero perteneciente a cualquier club

del Pall Mall venga a tirar nuestro trabajo por simple capricho fraternal"

Las palabras de Greg se le clavaban como cuchillos cada vez que las recordaba. Era como infligirse el mismo dolor, una y otra vez, sin dejar que la herida sanara. A veces creía que era masoquista, por todo el daño que se había hecho durante toda su vida, como si el mero dolor fuera la respuesta a todo.

Ya habían pasado casi cinco días desde su primer y único encuentro, y dudaba sinceramente que quisiera tener otro. Ninguno de los dos podían decir que hubiera salido satisfecho de aquella conversación y, por los términos en los que habían acabado, ninguno de ellos desearía una nueva entrevista. En circunstancias normales, Mycroft habría cancelado contratos millonarios por mucho menos que aquello. Así que, ¿qué podía pedir más? ¿Perdón? Él jamás se disculpaba por nada, aunque supiera que sus actos no fuesen del todo claros. Era el mundo en el que se movía, en el que había aprendido a moverse como pez en el agua y en el que la máxima de 'o matas o mueres' era el pan de cada día.

"Pretende que sea la niñera de su hermano y no quiero pasar por ahí.

¿Sabe cuántas veces ha sido detenido por posesión de droga?"

Sabía de sobras que Sherlock tenía un problema, o lo que la gente normal llamaría adicción, pero en su mundo tan particular aquello no dejaba de ser el estímulo que necesitaba para seguir adelante. Era complicado explicar aquello a los demás, más cuando ese tipo de cosas eran temas tan sensibles. Por eso había decidido ir a hablar con Lestrade, hacerle ver de alguna manera lo positivo que sería contar con la ayuda de su hermano y, de paso, tenerle lo suficientemente entretenido para dejar sus dosis a un lado. Pero había errado en el mensaje. No sólo eso, sino que se lo había puesto en contra. ¡A Greg! ¡A ese hombre con el que había fantaseado hasta la saciedad cuando su ánimo había flaqueado! ¡Con el que tantas noches había soñado, imaginando un final distinto al que había ocurrido en verdad! ¡A su primer hombre, con el que había empezado todo y al que nunca, ningún otro había podido igualar en sensualidad y pasión! ¿Por qué había decidido irse? ¿Por qué había antepuesto sus ambiciones a aquella aventura surgida de la nada? Bien podrían haber seguido con el experimento, ver hasta dónde les llevaba… ver si él estaba hecho para ser amado de nuevo como aquella noche. Sentir otra vez…

"Y como no lo entiendo, como soy estúpido según usted, esta conversación ha llegado a su fin…

Así que, si me disculpa, tengo mucho trabajo pendiente que, aunque le parezca insulso,

es lo que hago todos los días desde hace veinte años"

Pero ni él ni Greg eran los mismos de entonces. Casi veinte años después, ni tan siquiera le recordaba, dándole el sitio que merecía y que siempre había ignorado para protegerse de la verdad: Mycroft había sido un polvo universitario más en la vida de ese hombre. Podía estar orgulloso de ser un número en la seguramente larga lista de conquistas, compartiendo espacio con animadoras, estudiantes jóvenes, miembros de clubs y jovencitas del pueblo. Bien, Mycroft, se dijo, has estado perdiendo el tiempo.

Stanley, el mayordomo que siempre había estado a su servicio desde que despuntó, apareció por el corredor para abrir la puerta. Él sabía de sobras que su visita era inmediata, aunque lo único que deseara en esos momentos era irse muy lejos de su hermano.

- ¿Fuiste a hablar con Lestrade? – le incriminó Sherlock nada más cruzar el umbral de la puerta, seguido de Anthea con su bolsa de tomates.

- Era mi obligación como hermano mayor –

- Oh, e hiciste un gran trabajo, te felicito – gruñó antes de tirarse todo lo largo que era en el sofá libre de la sala, acurrucado. Mycroft lo observó atentamente mientras saboreaba su taza de té.

- Ya te dije que este asunto de detectives no va contigo. ¿Dónde queda la ciencia o la filosofía en todo esto? – el joven se levantó de un salto, moviendo mucho sus manos.

- Sabes de sobras cuál es mi método, pues no dista mucho del tuyo – el pelirrojo rodó los ojos, harto de aquella conversación.

- Aunque no lo creas, hablé con Lestrade para facilitarte las cosas, pero ya sabes cómo es la policía de limitada – Sherlock sonrió de lado, sentándose mejor en su sitio, cruzando las piernas.

- ¿Y por qué no usas otros métodos? – Mycroft alzó una de sus cejas – Vamos, no seamos indiscretos a estas alturas del juego, pero sabes a lo que me refiero – el pelirrojo apoyó su puño sobre su boca, clavando su mirada en la cara alfombra persa junto a la mesa.

- No esperaba que precisamente tú sacaras a colación algo tan primario como eso – Sherlock respiró profundamente.

-No lo saco a colación yo, precisamente – respondió sin dejar de formar esa sonrisa de superioridad – No hay más que verte, apreciar esos mínimos gestos que tu cuerpo deja relucir ante la simple mención de su nombre. Puedes controlarlo casi todo, Mycroft, pero al fin y al cabo, somos humanos, mal que nos pese – el pelirrojo lo observó aun sentado, y sin apartar su mano de su boca, mientras veía cómo se levantaba y salía del comedor directo a la que era su habitación. Luego fue él quien se levantó, admirando su propio reflejo en el único espejo que había en toda la sala. 'Greg', pronunció levemente y en seguida cerró los ojos, pues no estaba preparado para ver aquello que tanto miedo le daba.


Harvist Road, Queens Park

Hacía al menos dos días que Connie se había ido y apenas y había salido de su casa. No sabía si era por vergüenza, por miedo o por rabia incontenida, pero se había sentido incapaz de encarar a ninguno de sus conocidos, ni en persona ni por teléfono.

Sally había sido de las pocas personas que se había acercado a su casa, imaginando de qué iba el asunto. Siempre se había mostrado muy comprensiva con él y esa no fue una excepción. Era reconfortante saber que, aparte de un superior al que debes obedecer y seguir, también había quién lo consideraba un amigo y compañero. Tampoco habían faltado mensajes de los chicos, especialmente de Jeff, quién, aparte de mostrar todo su apoyo, no había obviado la oportunidad de felicitarle por semejante pérdida, pues era algo que había deseado desde hacía muchos años.

-Lo mejor que te ha podido pasar en años es que Connie se fuera – dijo Jeff, sirviendo varias copas de whisky – Lo malo, que no lo hiciera antes – Greg no estaba del todo seguro de que aquello fuera lo que quisiera y si era bueno que dejara a su amigo tratar así a la madre de su hija, pero en esos momentos estaba tan dolido por la discusión que habían tenido que una parte de él, llena de rencor, aplaudía cada palabra que salía de su boca.

- No hace falta decir que voy a ayudarte en todo lo que necesites, ¿verdad? – dijo Colin, pasando su mano por encima de los hombros de su amigo, algo cabizbajo.

- Es el mejor abogado que podrás encontrar – dijo orgulloso Jeff, antes de abrazar y besar a su novio sin remilgos. Greg, más pendiente del líquido ambarino de su vaso, asintió sin prestar mucha atención.

- Gracias, chicos – y se bebió prácticamente todo el vaso de whisky de una vez, dejando salir un profundo suspiro hasta dejarse caer en el sofá.

-Y… oye, ¿qué tal ese asunto del friki detective? ¿Alguna novedad? – preguntó Jeff, intentando animar a su amigo y dejar que pensara en su inminente divorcio.

- Sherlock me predijo todo esto una hora antes de que pasara – balbuceó sin apartar sus ojos del techo blanquecino – Quizás debería hacer caso a su hermano y pedirle que nos ayude – Colin miró a Jeff, negando con la cabeza, pues sabía el camino que quería seguir y no era precisamente el momento. Jeff movió sus manos, intentando calmarlo.

- No perderías nada hablando con él, de nuevo – sugirió, provocando que Greg se levantara y lo mirara con el ceño fruncido.

- ¿Y por qué tendría que hablar con ese hombre otra vez? – Jeff se quedó en blanco, poniendo en funcionamientos su mente para buscar cualquier excusa, por mínima que fuera.

- Es un tipo con poder, Greg – dijo Colin en seguida – Y ya sabes que es bueno tener a este tipo de gente a tu favor, más con los tiempos que corren – el moreno no sabía bien a qué venía todo eso, pero le dolía demasiado la cabeza para pensar siquiera un poco más de la cuenta. ¿Hablar de nuevo con Mycroft Holmes? Bueno, suponía que tampoco tenía mucho más que hacer. Su vida era una mierda, ¿por qué no coronarla?

Las palabras de Colin siguieron retumbando por su cabeza varias horas después, cuando su cabeza ya estaba lo suficientemente despejada y sobria como para volver al trabajo. Lo mejor era refugiarse en los casos que tenía pendientes desde hacía semanas encima de su mesa, mirarlos desde otra perspectiva e intentar sacar algo en claro sin la ayuda de Sherlock Holmes u otro aliciente más. Su sola presencia lo haría sentir más miserable si cabía y eso era lo último que necesitaba. Así que cuando llegó a New Scotland Yard intentó simular ante todos aquellos con los que se cruzaba, mostrando buen ánimo y alguna que otra sonrisa a sabiendas que conocían su situación. Lo cierto era que era bastante humillante, pero ¿qué más podía hacer?

Subió las escaleras de emergencia, evitando así el ambiente claustrofóbico del ascensor a primera hora de la mañana y las miradas, por lo que pudo llegar cuando apenas y había los agentes de guardia, Scott Kinney entre ellos, un cadete recién salido de la academia que le recordaba mucho a él mismo de joven. Quizás por eso le había cogido especial cariño.

- ¿Algo que reportar de esta noche? – preguntó Greg, quitándose su abrigo mientras observaba varios papeles encima de la mesa de uno de los chicos.

- Nada especial, señor. Sólo un par de altercados a la salida de bares y un leve accidente de coche. La mayoría de casos había alcohol de por medio – el moreno suspiró, asintiendo. Aunque para la gente normal aquello supusiera una noche accidentada, para ellos había sido bastante tranquila, acostumbrados últimamente a crímenes más brutales.

- Gracias, cuando llegue Donovan mándela a mi despacho, Kinney – estaba a punto de girarse para entrar, cuando el joven llamó su atención.

- Señor, hay alguien esperándolo ya – Greg frunció el ceño, mirando inmediatamente a través de los cristales. ¿Era broma? – Vino a primera hora de la mañana – aquello no se lo esperaba en absoluto y, al decir verdad, su ánimo no era el mejor como para encarar una nueva discusión con ese hombre. Porque discutirían, lo sabía.

- Tranquilo, chico. Está todo bien – comentó sonriendo de lado ante la cara de preocupación que le había visto.

- Sí, Mycroft Holmes volvía a estar sentado en su despacho, cruzado de piernas y esa pose altiva que tanta rabia le había provocado la primera vez que le había visto. Si quería volver a ahondar en el tema de su hermano lo enviaría muy lejos, sin importarle si era un tipo con influencias o si controlaba medio Reino Unido.

Entró respirando hondo, mirando fijamente la coronilla de ese hombre que apenas y se movió aun sabiendo que acababa de entrar. Simplemente giró su rostro levemente para seguirle con la mirada hasta que Greg tomó asiento en su silla, cruzándose de brazos para mirarlo fijamente.

- ¿En qué puedo ayudarle, señor Holmes? –

Mycroft había pensado mucho en qué excusa podía usar para volver a ver a Greg. Ya que el asunto con Sherlock había fallado estrepitosamente, debía pensar en algo más que le permitiera acercarse de nuevo al inspector sin que sospechara. El hecho de que Greg pensara lo peor de él lo afligía y lo martirizaba, pues seguramente era la persona cuya opinión le importaba más, por lo que no podía permitir que aquello siguiera así. Por eso estaba ahí, por eso se había convencido a disculparse, algo que hacía años que no hacía por lo que la falta de práctica podía ser un problema para su veracidad.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no fijarse mucho en ese impresionante culo redondo que aún conservaba, aunque no pudo evitar fantasear durante los escasos segundos que Greg se tomó para dejar su abrigo en el perchero próximo al escritorio y sentarse con esa cara de absoluto hartazgo que arrastraba. Con gusto le podría quitar cualquier pena encima de ese escritorio, aprovechando la escasez de personal.

- Lo cierto es que he venido a disculparme – aquello pilló en guardia baja a Greg, quién se apoyó en el respaldo de su silla sin apartar sus ojos de él – Mi actitud del otro día no fue la mejor y sólo quería que supiera que lamento haberme comportado tan altivamente. Estoy mal acostumbrado – lo había soltado todo de una vez, ese discurso que se había preparado mentalmente durante el trayecto hasta la comisaría. Para él estaba bien, había cuidado sus palabras y pensaba que había transmitido un sentimiento acertado.

- No importa, señor Holmes; el otro día ninguno de los dos estuvo a la altura de las circunstancias, así que también quiero disculparme con usted – el pelirrojo sintió que su pulso se aceleraba – Lo cierto es que he estado pensando mucho acerca de lo que hablamos y… quizás no sea tan disparatado tener la ayuda de Sherlock, aunque sólo en casos puntuales, aquellos en los que estemos bloqueados o no sepamos ver más allá – Mycroft no pudo evitar sonreír, algo que llamó poderosamente la atención de Greg. Parecía otra persona.

-Me parece una… muy buen idea, si me permite decirlo – Lestrade suspiró. Imaginaba que sí, pues en el fondo no dejaba de darle lo que en un principio quería, aunque con condiciones – Por mi parte, intentaré controlar más a mi hermano. Sé lo que pasó el otro día, su detención y cómo usted intercedió por él – el moreno sonrió levemente, asintiendo.

- Bueno, debo decir que mis motivos no eran realmente sólo por él, sino que procuraba por mi equipo – Mycroft también se sentó mejor en su asiento, sin apartar sus ojos del inspector. Seguía siendo tan atrayente como el primer día que lo había visto, lo que empezaba a hacer estragos en su anatomía.

- Es lo normal, cualquiera habría hecho lo mismo – no entendía de dónde venía esa dulzura que estaba impregnando cada palabra que estaba pronunciando, pero no la podía controlar cuando tenía al objeto de su deseo más intenso justo delante de él.

- De todas formas, me gustaría que evitara a Gregson. No le tiene mucha simpatía y seguramente no dude en encerrarle, y si es reincidente, me temo que no podré hacer nada por él – Mycroft se incorporó, apoyando sus manos encima del escritorio – y debería acabar con el tema de las drogas –

- Aunque no lo crea, he puesto todos los medios posibles para acabar con esa maldita adicción suya, y es por eso que le pido que cuente con él para resolver casos. Son la adrenalina que él necesita para seguir adelante – Greg no acababa de entender cómo funcionaba el cerebro de ese chico, pero suponía que su hermano sería el que más y mejor lo conocería, ante la ausencia de padres.

- Igualmente no le prometo nada. Esto es la policía y por muy brillante que sea Sherlock, no podemos dejar que cualquier iluminado entre a hacer nuestro trabajo –

- Sabe de sobras que él no es 'cualquier iluminado'. Si lo hubiera considerado así, no habría intercedido por él, ¿o me equivoco? – Greg sonrió de lado, agarrando un bolígrafo para jugar con él.

- Quizás tenga razón – Mycroft notó un leve sonrojo en sus mejillas, obligándolo a bajar la mirada por miedo a que el otro se diera cuenta de lo que le estaba pasando – Haré lo que pueda, pero no puedo responder por mis hombres. No le tienen mucho aprecio –

- No se preocupe por eso – ya más sereno, volvió a mirarlo – Sherlock sabe cuidarse solito en esos terrenos – el moreno se lo quedó mirando, provocando que esas molestas mariposas revolotearan en su estómago. ¿Quizás debería hacer algo más? ¿Dar un paso adelante como… invitarle a algo o…? ¿Qué se suponía que se hacía en estos casos?

No tuvo tiempo de reaccionar, cuando escucharon unos leves golpes en la puerta y cómo esta se abría de par en par dando paso a una chiquilla de no más de 19 años, de pelo moreno y ojos tan verdes que cualquier hombre heterosexual se perdería. No dudó en dirigirse a Greg y abrazarlo, provocando que el mismo moreno mirara a Mycroft con cara de absoluta sorpresa.

- Señor – dijo Kinney, asomándose por la puerta señalando a la chica – No pude pararle los pies. Apenas estaba explicándole que estaba reunido, cuando me dejó la mochila y entró como un rayo – Greg levantó la mano, quitándole importancia a lo que había pasado y abrazando a la chica, quién parecía bastante compungida. Mycroft seguía entre expectante y algo aterrado, pues nunca le había gustado imaginar a ese hombre en brazos de otra persona, mucho menos verlo, pero no hacía falta ser un lince para adivinar de quién se trataba.

- Abby… Abby, cariño – susurró Greg en la oreja de su hija – Vamos, cálmate – intentó consolarla, acariciando su espalda de arriba abajo y ayudándola a sentarse en su regazo – Pareces una niña pequeña con todas esas lágrimas – la chica levantó su rostro sonrojado, hipando.

- Perdona, papá, pero… es que justo me enteré esta mañana y… - se volvió a abrazar a su cuello, hundiendo su rostro en su pecho. Kinney suspiró, observando a la chica y luego cerrando la puerta tras de sí. Mycroft, por su parte, se sentía más que incómodo por la escena familiar. Sabía que su presencia apenas y había sido advertida por la chica, más pendiente de su padre que de cualquier otra cosa. Entonces los miró a ambos, en la perfecta estampa que componían ambos, aun las tristes circunstancias en las que estaban envueltos.

- Creo que lo mejor es que yo me retire – dijo de repente el pelirrojo, levantándose de su asiento mientras se ataba la chaqueta. Abby se incorporó, limpiando sus ojos enrojecidos para mirarlo de arriba abajo.

- Perdone – dijo con un hilo de voz ella, levantándose también del regazo de su padre – Yo… interrumpí su reunión bruscamente – se acercó a Mycroft, ofreciéndole su mano – Abigail Lestrade, encantada – pudo sentir cómo se formaba un nudo en su garganta, impidiéndole que pudiera pronunciar dos palabras coherentes seguidas, sintiéndose como un completo idiota. Miró la mano de la joven y luego a ella, quién no había borrado su sonrisa triste.

- Es un placer, señorita Lestrade – y estrechó su mano, sintiendo algo de vértigo. Greg tenía una hija casi adulta y él sólo pensaba en intentar recuperar lo que vivieron una noche. Tenía que replantearse todo aquello, pues estaba claro que ambos estaban en momentos muy distintos de su vida – Y no se preocupe, ya había acabado de decirle a su… - miró a Greg- padre lo que quería – Abby retiró su mano y observó atentamente a Mycroft, disimulando una sonrisa mucho más amplia.

- Igualmente, siempre pueden quedar en otra ocasión, ¿verdad papá? – y lo miró, pasando su mano por el pelo de Greg. El moreno los miró a ambos sin acabar de entender.

- Sí, sí, claro – y se levantó – Además, aún tenemos pendiente el tema de su hermano – el pelirrojo asintió, mirando luego a la chica para despedirse y salir del despacho sintiendo todo su cuerpo tensionado. Abby lo siguió con la mirada, cruzándose de brazos antes de acercarse a la puerta y volver a girarse.

- ¿Qué te une a ese hombre? – Greg se dejó caer en su asiento, visiblemente cansado y tapándose su cara con una mano.

- ¿Unirme? No me une nada, cariño – dejó caer la mano a un lado y la miró – Anda, ven aquí y dame otro abrazo – suspiró y vio cómo su hija se acercaba y volvía a abrazarlo, pero esta vez por detrás, dándole muchos besos en la mejilla – Te llamó mamá… - ella asintió, abrazándolo más.

- No podía creer lo que me estaba diciendo, pero una parte de mí lo sospechaba, ¿recuerdas? – sí, lo recordaba muy bien. Él también lo sospechaba, pero no había querido verlo hasta tenerlo justamente enfrente - ¿Y ahora qué pasará? – preguntó, separándose de él para quedarse en cuclillas al lado de la silla.

- Pues supongo que nuestros abogados harán todo el papeleo. Colin se ofreció a ser el mío – Abby se encogió de hombros, suspirando.

- Nunca habéis sido un matrimonio especialmente cariñoso, pero jamás pensé que acabaría así – miró a su padre, tragando saliva - ¿Sabes si ella…? – y Greg asintió, pues no quería mentirle ya más a su hija – Bueno, ten por seguro que ese hombre no será nada para mí – y tocó la nariz de su padre, sonriendo – Tu eres el único en mi vida –

- Y que sea por mucho tiempo – pidió afectado, atrayéndola por la nuca para besar su frente - ¿Te quedarás en casa estos días? – ella asintió, abrazándole de nuevo.

- No voy a dejarte solo, papá…


Le encantaba ese coche. Era lo mejor de tener ese trabajo, junto al sueldo y poder tener sexo con el jefe cuando le apeteciera. Algunos de sus amigos le decían que no dejaba de ser un puto más, pero él no se consideraba así. Eso era inversión de futuro; además, el sexo iba aparte del sueldo. Simplemente lo hacían cuando les apetecía y sin remuneración económica, por lo que casi todas sus necesidades vitales estaban cubiertas de la mejor de las maneras.

Jerry siempre había sido un joven muy ambicioso. Desde que era joven había explotado su atractivo para conseguir cosas. Primero con mujeres ancianas para que le dieran comida y chucherías; luego con mujeres de mediana edad, solas y aburridas amas de casa que necesitaban experimentar alguna aventura fuera del matrimonio por un módico precio. En poco tiempo se había acostumbrado a conseguir dinero fácil, a comprarse cada vez más caprichos y aspirar a más en la vida. Y entonces había llegado hasta Mycroft Holmes. Él había sido su primer hombre, pero no el único. Después de casi cinco años a su servicio había conseguido llamar la atención de muchos tipos de la élite económica y política del país, hombres cansados de las mismas mujeres que habían deseado experimentar más allá de sus propios límites. Y ahí había estado él, luciendo los galones que ser el amante del señor Holmes le había otorgado.

La puerta trasera del sedán negro se abrió de repente, provocando que Jerry se girara para ver quién se atrevía a entrar en el coche sin avisar. ¿Un ladrón? ¿Un asaltante? En el Yard había muchos.

- Llévame a Harrods – dijo Mycroft, cerrando la puerta de un golpe mientras sacaba su teléfono móvil. Jerry se giró de nuevo, arrancando el coche mientras lanzaba tímidas miradas a través del espejo retrovisor.

- Señor, ¿va a comprar algo? – el pelirrojo se quedó un silencio, más pendiente de su teléfono que de la conversación con su chófer/asistente.

No le gustaba lo que estaba pasando, mucho menos los viajes que estaban haciendo a New Scotland Yard en poco menos de dos semanas. Nunca antes, en los cinco años anteriores, habían pisado ese sitio por lo que empezaba a pensar que había algún interés especial aparte de solucionar los percances que dejaba su hermano por el camino.

Volvió a mirar a través del espejo y vio una sonrisa en sus labios. ¡Estaba sonriendo afable! ¿Qué estaba pasando? ¡Eso no tenía sentido alguno! Apretó sus dientes, al igual que el agarre al volante, observando el semáforo en rojo.

- ¿Acaso es su cumpleaños? – dijo con tono desenfadado, volviendo a observar la expresión de su jefe.

- Sabes de sobra que no, Jerry – Mycroft levantó su rostro y lo observó sin atisbo de sonrisa – Y no frenes como si estuviéramos en un rally – el joven asintió, desviando su mirada hacia un lado mientras volvía a ponerse en marcha en silencio hasta llegar a Knightsbridge, en Brompton Rd, donde uno de los lacayos de los grandes almacenes abrió la puerta del pelirrojo – Vamos, no seas tan malhumorado y ven conmigo – salió del sedán, observando el visible enfado de Jerry - ¿No me digas que estás celoso? –

- Para estar celoso debería haber sentimientos y no es el caso – Mycroft sonrió, rodeándolo por la cintura para hablarle muy cerca del oído.

- Ciertamente – y se separó, guardando su teléfono móvil dentro del bolsillo, caminando directo a la sección de joyería. Jerry suspiró, siguiéndole con la mirada sin poder deshacerse de la tensión que se había apegado a él desde que había entrado en el coche. Sea lo que fuere lo que estuviera pasando con su jefe, no iba a permitir, bajo ningún concepto, que afectara a su cómoda vida actual. Y si debía poner medios para impedirlo, si debía obstaculizar la felicidad de terceros, los pondría sin dudarlo ni un segundo.