Hola a tod s!
Les traigo un nuevo capítulo de mi fic. Espero que aún haya alguien que lo estéleyendo. Muchos besos 3
LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (6)
The Boleyn Ground, Newham
Desde que Connie había decidido poner punto y final a su matrimonio de casi veinte años que no había estado solo en ningún momento. Lo cierto es que aquél trago tan amargo por el que estaba pasando estaba siendo un poco más dulce al darse cuenta de lo mucho que se preocupaban, amigos y compañeros, por su bienestar.
Abby tampoco había sido una excepción. Aunque seguía con sus clases en la universidad de Sheffield, no había fin de semana que no viajara hasta Londres para estar con él. No le importaban las excusas o los casos que tuviera, pues siempre acababa apareciendo con una sonrisa de oreja a oreja y una mochila colgando de su hombro, obviando siempre su propia diversión.
- Deberías estar con chicos de tu edad, divirtiéndote y no yendo conmigo a estos sitios – dijo Greg con la mirada fija en la carretera. La joven, a su lado, rebuscaba en la bolsa que tenía apoyada en su regazo.
- Ya te dije que paso mucho rato con ellos a lo largo de la semana, ¿o crees que las fiestas y la diversión son sólo en fin de semana? – el moreno la miró de reojo, frunciendo levemente el ceño – Además, así hemos podido ir de compras y renovar un poco tu vestuario – y sacó un jersey oscuro de cremallera – Te verás tan guapo con esta ropa que seguro levantarás más pasiones que nunca – Greg negó con la cabeza, incrédulo pues su hija siempre había sido demasiado fantasiosa respecto a él, aun desde que era pequeña y, con toda la inocencia del mundo, le había dicho cosas como "La madre de Cheryl quiere que le 'falles'" o "La profesora Milton desearía tener una reunión muy privada contigo, pero sin mamá". Toda una declaración de intenciones.
Giró hacia la izquierda, aparcando así donde estaban los demás coches de policía. Parecía que era el último en llegar, aunque no le extrañaba pues había recibido el aviso estando en la otra punta de la ciudad. Miró a Abby y le indicó que se quedara en el coche. De acuerdo que había accedido a que lo acompañara a una escena del crimen, pero eso no significaba que pudiera participar en ella. Bastante ya tenía con Sherlock. Salió del coche sintiendo mucho calor de repente. Era finales de septiembre y esa temperatura no era ni mucho menos normal. ¿Dónde había quedado el frío húmedo y las tardes lluviosas? ¡Por Dios, eso era Inglaterra, no el Caribe!
- ¿Qué tenemos? – preguntó abriéndose la chaqueta para poner sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, focalizando su atención en el cuerpo tendido boca abajo en medio de la explanada del estadio.
- Varón, 46 años. Murió a causa de una puñalada en el costado derecho el pasado jueves… - Greg se agachó y miró la vestimenta con cuidado.
- Hacia las 18h de la tarde – acabó de decir, luego levantó su mirada y miró a Anderson – Lleva la camiseta del West Ham – el forense siguió mirándolo sin acabar de entender nada, lo que le dio la oportunidad a Greg para levantarse – Jugaron contra el Arsenal en Upton Park. Ganamos por la mínima, gracias a un gol de cabeza de Van Persie en la primera parte – el otro seguía pareciendo perdido.
- Es sólo futbol, Anderson – dijo una voz grave a su espalda – No te alarmes – Sherlock apareció mostrando la mejor de sus sonrisas, luciendo esa pose altiva que le gustaba mostrar ante ese forense al que le encantaba menospreciar.
- Sherlock, ¿qué haces aquí? – preguntó Greg – Es sólo un cadáver tras una reyerta deportiva. Lamentablemente, esto pasa casi cada fin de semana – el joven alzó su mentón y se paseó cerca del cuerpo, agachándose para mirar al hombre más de cerca, oliéndolo.
- ¿Estás seguro? De acuerdo que lleva todo el atuendo deportivo, ¿pero no crees que es mucha casualidad que justamente vista esa camiseta? ¿Y por qué apareció el cuerpo justamente hoy, dos días después del evento deportivo? – Greg frunció el ceño y se volvió a acercar al cuerpo, colocándose sendos guantes para poder tocarlo.
- Supongo que quieren ocultar algo, como si todo estuviera colocado específicamente así – el joven giró sobre sus talones para fijarse en la figura menuda que tenía a su espalda, con una gran sonrisa y los ojos excesivamente brillantes – Hola, tú debes ser Sherlock – alargó su mano para estrechar la de él – No sabía que eras… así – y se mordió el labio coqueta, mirándolo de arriba abajo – Soy Abby – nada más escucharla, Greg rodó los ojos y se reincorporó.
- ¿Qué haces aquí? Te dije que te quedaras en el coche. Este no es lugar para una chica como tú – y la agarró por los hombros, empujándola levemente para que no contaminara más la escena.
- Pero es que me aburro, y hace mucha calor – se apartó de su padre y volvió a acercarse a Sherlock, con sus manos a la espalda - ¿Estaba en lo cierto, detective? – el joven frunció levemente el ceño, mirando a Lestrade para volver a fijarse en su hija.
- Abby, por favor, vuelve al coche y quédate ahí, ¿de acuerdo? – señaló el coche visiblemente molesto, dejando en la joven un sabor agridulce que intentó disipar mirando a Sherlock.
- Espero que nos veamos otro día, detective. Me gusta su camisa… – sonrió y le guiñó un ojo, pasando cerca de su padre para enseñarle la lengua, enfurruñada. Nunca podía divertirse como deseaba, más cuando el panorama se le antojaba tan interesante.
- Ni se te ocurra acercarte a ella, a menos que quieras que te meta en la cárcel de por vida –le advirtió Greg antes de carraspear, recuperando el aliento para focalizar toda su atención de nuevo en el cuerpo - ¿Decías? – Sherlock se quedó en silencio unas milésimas de segundo, haciendo un sobresfuerzo por entender lo que acababa de pasar. Esa chica había dicho algo inteligente y, de repente, Greg la había echado y ahora lo advertía. Vale, todo encajaba.
- No debes temer por mí respecto a tu hija, Lestrade, aunque te felicito. Al menos es más lista que tú – el moreno entrecerró sus ojos, cada vez más harto de lo que tenía que aguantar, día tras día, pero una voz interior le gritó que se calmara y empezara a escuchar lo que tuviera que decir. No eran las mejores formas, pero si con la ayuda de ese tipo lograba cerrar ese caso en menos de 24h, haría un gran avance en su carrera profesional.
- Sherlock, te lo advierto – y lo miró bien serio, apoyando sus brazos en sus rodillas. El joven pilló el concepto y se agachó junto a él, indicándole que la herida había sido causada post mortem, por lo que debía haber sido asesinado en otro lugar. Greg llamó a los científicos y pidió que ampliaran el perímetro para buscar pruebas. Cualquier cosa podía ser válida, desde un cigarrillo a un chicle – Empiezo a dudar que sea hasta aficionado al futbol
- Todo lo contrario, inspector. Por su aspecto, y el olor que desprende, seguramente disfrutó de varias pintas en una taberna cercana. He oído que es lo usual en gente… como usted – el moreno entrecerró los ojos.
- Gente como yo… - Sherlock asintió - ¿Qué clase de gente es como yo? – el joven se encogió de hombros, como si quisiera quitarle importancia a ese concepto que había usado.
- Gente normal – aunque suponía que era un elogio por su parte, no se lo pareció, pero estaba ya en su límite de paciencia como para empezar una reyerta dialéctica.
- Señor, ya hemos podido identificar a la víctima. Se llama Thomas Baker, de Colchester. Parece que vino el jueves por la mañana y no se ha vuelto a saber nada de él – el moreno asintió, levantándose. Aquello era un caso de manual.
- Creo que no vamos a necesitar tu perspicacia esta vez, Sherlock, así que ya puedes volver con tu hermano a casa – el joven no pareció muy cómodo con esa insinuación.
- Supongo que eso te lo ha dicho él, no eres de muchas deducciones – Greg resopló, dándose unos minutos para respirar y pensar antes de decirle lo que en verdad deseaba.
- Mira, esta no es la mejor actitud si quieres seguir teniendo vía libre en mis escenas del crimen; y olvídate de intentar meterte en las demás, pues sabes que no tendrás la misma suerte – Sherlock arrugó la nariz, molesto como el niño que era. A veces se le olvidaba que debía ser un simple veintañero bajo todas esas capas de egocentrismo y cinismo que llevaba como si de ese abrigo negro se tratara. No le dio más oportunidad que darse la vuelta e irse por donde había venido, enfurruñado y con las manos en los bolsillos.
- Pareces triste – soltó Abby, cruzada de brazos y apoyada en el coche de su padre, esperando a que volviera. Sherlock se paró en seco, aun frunciendo el ceño - ¿No te deja jugar?
- Conozco los sarcasmos, señorita Lestrade – dijo altivo, pero sin cambiar su expresión de absoluto fastidio. A sus ojos se veía adorable.
- Bien hecho – soltó ella, incorporándose del coche y descruzando sus brazos para acercarse a él – Te invito a un café
- No me gusta
- ¿Un té? – insistió ella.
- No me apetece
- ¿Un helado?
- No me gustan esas cosas tan dulces
- ¿Galletitas saladas? – Sherlock se quedó en silencio, moviendo su boca sin saber muy bien qué decir. Abby rodó los ojos - ¿Sabes? Da igual – y se giró para apoyarse de nuevo en el coche, con la misma postura de antes y dejando de prestarle atención. Podía insistir un poco, pero odiaba ser rechazada.
De acuerdo que tenía 19 años, pero no por ello debía ser considerada una niña pequeña. Que lo hiciera su padre lo podía entender, pero no que lo hicieran los demás. Resopló mirándose los zapatos para luego observar a su padre, ir de aquí para allá dando órdenes y cómo constantemente se limpiaba el sudor de la frente.
Estaba tan contenta de verle más repuesto, o al menos, no tan hundido por la separación que incluso ya había pensado en la posibilidad de dar pie a que rehiciera su vida. Entendía que todo era muy reciente y él se negaría, pero realmente estaba preocupada por él, por dejarlo solo en esa casa que ahora podía ser demasiado para él. Ahora apenas y llevaban pocas semanas de curso, pero en seguida empezarían los trabajos, los parciales y las complicaciones, lo que le impediría viajar a Londres con la frecuencia que lo hacía ahora. ¿Y qué sería de su padre? Los tíos Jeff y Colin siempre estaban cerca para echar una mano, al igual que Pierce, Andrew y Audrey, pero todos y cada uno tenían vidas particulares lo suficientemente importantes como para no aparcarlas siempre en pro de las necesidades de un recién separado.
- ¿Tú debes ser Abigail, no? – dijo una voz femenina de repente, sacándola de sus pensamientos. La joven se giró, ladeando un mechón de su cabello detrás de su oreja – Soy Sally Donovan, amiga y compañera de tu padre – Abby abrió de repente los ojos, asintiendo.
- Oh, si… algo recuerdo – alargó su mano y se la estrechó – Encantada y perdona que no te haya reconocido – Sally le quitó importancia a ese hecho.
- Eras muy pequeña cuando nos vimos por primera vez. Viniste con tu madre de visita a la comisaria – Abby bajó su mirada, haciendo una mueca ante esos recuerdos. No dejaba de pesarle que aquello jamás volvería a repetirse y que, en cierto modo, todo aquello había sido una gran mentira – E- Escuché que estás con tu padre estos días – la joven pudo percibir el cambio de voz de la mujer, lo que le hizo ver claramente lo que estaba pasando. "Dos en una semana", se dijo, "y luego mi padre dice que no es importante".
- Sí, pero esta noche ya me voy – se mordió el labio y la miró de arriba abajo, como si la examinara – Y me quedaría mucho más tranquila si hubiera alguien que lo cuidara en mi ausencia – le sonrió con esa sonrisa de pura inocencia que siempre usaba para que los demás bajaran la guardia, pues lo único que le interesaba en esos momentos era que su padre se recuperara lo antes posible. Ya lo decían algunos: un clavo sacaba otro clavo, y entre Sally Donovan y Mycroft Holmes podían perfectamente devolverle la sonrisa perdida a Greg Lestrade.
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Diógenes Club, Pall Mall
No estaba seguro. Lo cierto era que, ahora que lo tenía ahí delante no parecía tan bonito como en el aparador, pero tampoco estaba del todo inclinado a devolverlo. ¿Debía hacerlo? ¿Le gustaría una pieza así?
Mycroft Holmes era un hombre muy inseguro en algunas áreas de su vida, sobre todo las relacionadas con implicaciones sentimentales, por lo que en esos momentos estaba moviéndose en un terreno desconocido para él. Errar o acertar eran más que probabilidades en una hoja, y la pega era que no podía consultar ese tipo de temas con nadie, ya por vergüenza, ya por no tener la suficiente confianza con nadie como para abrirse de esa manera. De acuerdo que Anthea era la mejor baza para eso, pero no estaba disponible y las opiniones de Jerry sobre el tema, aún sin pedírselo, eran de todo menos útiles.
Así que simplemente estaba en su despacho del Club Diógenes, admirando fijamente el reloj de titanio que había adquirido para decidir si debía o no dárselo a Greg. Porque sí, después de su última reunión la euforia se había apoderado de él como si de un pre púber se tratara. Ya no sólo había sido que el inspector aceptara sus disculpas, asumiendo también las suyas, sino que había podido conocer a la hija de su sueño y, lejos de causarle rechazo, había sido un encuentro de lo más especial. La mirada que le había dedicado, ese apretón de manos… si no estuviera viendo las cosas desde su subjetividad natural que habría pensado que la chica se había dado cuenta de sus sentimientos nada más verlo, y eso era simplemente imposible.
El mayordomo picó dos veces a la puerta antes de entrar con su té de la tarde, seguido inmediatamente después de Jerry, cargado de varios portafolios que parecían necesitar de su pronta revisión. Mycroft cerró el estuche que contenía el reloj y lo guardó en uno de los cajones del escritorio, incorporándose en su asiento.
- Gracias, Trevor. Puedes retirarte – el mayordomo le dedicó una respetuosa inclinación y se retiró, dejándolo a él y a Jerry a solas. En cuanto la puerta se cerró, el joven dejó los portafolios encima de la mesa.
- Ese hombre siempre me mira mal – resopló fastidiado, acercándose a la bandeja del té para preparárselo a su jefe – Se cree superior a mí – Mycroft sonrió de lado, alargando el brazo para atraer uno de los informes para empezar a revisarlo.
- Puede ser, pero no deberías echarle cuentas. Siempre dices que estás por encima de esas cosas, ¿no? – Jerry gruñó por lo bajo, acercándose al mayor hasta apoyar sus caderas en el borde de la mesa.
- Sí, en efecto, pero no deja de ser molesto – desvió su mirada y miró hacia el cajón donde sabía que estaba ese reloj - ¿Piensa dárselo a alguien? – preguntó sin mirarle, ganándose el silencio del otro. De nuevo otro silencio, otra ocasión en la que lo ninguneaba y no había nada más en el mundo que lo molestara más que no respondieran sus preguntas - ¿Es un regalo de cumpleaños? ¿Quizás para su hermano? – Mycroft alzó su mirada, divertido por aquella insinuación. Ese chico de verdad que no se enteraba mucho de nada.
- Jerry, mejor prepárame el té – y volvió a centrar su atención en los documentos. El joven rodó los ojos, dando la vuelta a la mesa para prepararle todo tal y como le gustaba – Gracias – dijo- ¿Cuándo han llegado estos documentos?
- Esta mañana, mientras estaba en su reunión
- Tienen fecha de ayer a las ocho – Mycroft miró al chico de reojo fijamente, mientras Jerry simplemente se encogió de hombros.
- Eso debe hablarlo con el mensajero. Puede preguntar a Trevor, él mismo los recogió – el pelirrojo lo siguió mirando un momento más hasta volver a centrarse en su lectura, notando la tensión en los hombros de Jerry. Sabía de sobras que esos documentos habían llegado un día antes, pero la pregunta era por qué ese chico tenía tanto interés en revisarlos o si se los había dejado ver a alguien más – Señor… - dijo el chico, ya colocado a su espalda y pasando sus manos por sus hombros, bajando lentamente por su pecho - ¿Por qué no se toma un descanso conmigo? – Mycroft siguió leyendo un par de hojas más hasta dejar el resto de documentos sobre la mesa.
- Sí, pienso dárselo a alguien. No, no es un regalo de cumpleaños y no, no es a mi hermano – Jerry sonrió, acercándose a la nuca del mayor para besarla – Y prefiero tomarme ese descanso a solas – el joven se paró en seco, abriendo sus ojos sin acabar de separarse de él – Si eres tan amable… - se acabó de separar, mirando al hombre desde su altura. Definitivamente las cosas habían cambiado, habían cambiado mucho y en contra de él, cosa que empezaba a preocuparle considerablemente. Pero no debía entrar en pánico, no cuando estaba cada vez más cerca de conseguir un puesto dentro del gabinete del Prime. Así que rodeó la mesa y caminó hacia la salida, dominando todas y cada una de sus reacciones naturales. Ese reloj no iba a estropearle sus planes, mucho menos ahora que estaba tocando la gloria con la punta de sus dedos.
Cuando Jerry cerró la puerta, Mycroft sacó su teléfono móvil para contactar con Anthea y ponerle al corriente de los últimos movimientos. Era preciso que ambos supieran en qué punto estaban de toda aquella maniobra. La joven, en esos momentos descansando en una habitación del Savoy en Colonia, recibió con gusto las últimas noticias que le llegaban de parte de su jefe y amigo, por lo que tuvo la confirmación de que el plan a seguir para deshacerse de Jerry y sus malas prácticas seguía adelante. Bendito fuera el espionaje británico.
Horas después, y con todo listo para que siguiera el curso de los acontecimientos, contactó de nuevo con Jerry. Sabía de sobras que ese largo rato en el que había estado a solas consigo mismo le habría dado mil y una vueltas a su desplante de la tarde, pero eso lo iba a solucionar inmediatamente. Lo último que quería era que Jerry sospechara y, aunque todas sus acciones habían sido medidas al detalle, siempre había el factor humano, el imprevisible, y ese chico le había demostrado en varias ocasiones lo cambiante que podía ser. Como las lagartijas que se escurrían.
- Saldremos de nuevo – dijo levantándose con un movimiento grácil – Hoy acabé pronto y me apetece dar una vuelta – Jerry asintió sin cambiar su postura hasta que notó las manos de Mycroft rodear sus mejillas – Alegra esa cara, chico – y sin dudarlo, besó sus labios lentamente, rozando su nuca con la yema de los dedos, masajeándola. Jerry gimió dentro del beso, tirando de las solapas del traje gris de tres piezas que llevaba su jefe. Mycroft nunca sabía si gemía por puro gusto o era parte de la actuación. El joven se separó, relamiéndose los labios para mirarlo.
- Ahora sí que me alegró, señor Holmes – el pelirrojo sonrió, bajando sus manos hasta las caderas del chico para atraerlo más a su cuerpo. Jerry se mordió el labio, subiendo sus manos por las solapas de su chaqueta – Me puse celoso, eso es todo – volvió a bajar por sus solapas, rozando los costados del cuerpo de Mycroft – No me gusta pensar que pueda tener competencia – aquello divirtió al pelirrojo, quién apenas y pudo disimular una débil risa.
- Jerry, nadie se puede comparar contigo. Créeme – y volvió a besarle, manoseando el culo pequeño, pero duro del chico. Era una pena que alguien tan guapo fuera tan cínico.
No tardaron en bajar al párquing y meterse dentro del sedán negro, listos para dar esa vuelta por Londres. Jerry hizo el amago de meterse junto a él en la parte de atrás del coche y continuar la sesión de caricias y besos que habían iniciado en su despacho, pero Mycroft tenía otros planes en mente. A su modo de ver ya había jugado demasiado tiempo con el joven, por lo que su atención en esos momentos se centraba única y exclusivamente en lo que realmente le importaba: Greg.
Toda aquella parafernalia no dejaba de ser una fachada para cubrir sus próximos movimientos. Jerry era una piedra en el zapato necesaria, al menos hasta que hiciera su última jugada, pero no por ello debía dejar de lado a su hombre, aquél por el que había esperado tantos años. Miró en el interior de su cartera de piel para asegurarse que el reloj estaba ahí y se acomodó en el asiento, admirando el paisaje a través de la ventana. Ya estaban cerca de Broadway, por lo que puso una mano en el hombro de Jerry y le hizo parar.
- Déjame aquí – dijo quitándose el cinturón de seguridad. El joven lo miró por el retrovisor sin entender mucho – Quiero caminar - ¿Caminar? El señor Holmes sólo caminaba en la cinta.
- ¿Lo acompaño? – se ofreció gentil.
- No, quiero que devuelvas el coche a la oficina y vuelvas a casa. Por hoy no voy a necesitarte más – entonces abrió la puerta y salió, cargado de su paraguas y el maletín.
- Pero… no entiendo – dijo Jerry, bajando la ventanilla.
- No tienes que entender nada, chico. Y muévete ya, empiezas a crear un atasco – le dedicó una sonrisa y se alejó en dirección contraria, moviendo su paraguas mientras disfrutaba de su momento a solas. Jerry se quedó aun parado unos segundos más hasta que el ruido de los claxons fue tan molesto que tuvo que ponerse en marcha. No le gustaba, aquello no le gustaba nada y sabía que todo tenía que ver con ese maldito reloj.
Ya libre de toda carga, Mycroft llegó hasta la esquina de Tothill St con Broadway y bajó tranquilamente hasta la puerta de la comisaria, no sin antes darse cuenta de algo que había pasado por alto siempre que había ido.
Miró su reloj. Eran cerca de las ocho de la tarde, por lo que las posibilidades de que Greg estuviera trabajando solo en su oficina eran más que altas. Así lo quería, sin interrupciones y, ya que se había asegurado de averiguar que su hija ya había vuelto a Sheffield, no tendría excusa alguna para que accediera a su pequeña invitación.
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- No, es imposible – dijo Greg hablando por teléfono – Anderson, créeme que eso no tiene sentido – Mycroft picó varias veces a su puerta, abriéndola para mirar en su interior. Al verlo, el moreno le sonrió y lo invitó a sentarse - ¿Qué por qué lo sé? Pues porque no tiene sentido que ese hombre viniera un jueves para ver un partido, vistiendo una camiseta que es nueva de este año, pero que le va dos tallas más pequeña. Si de verdad fuera aficionado al futbol cualquiera de sus amigos o familiares lo sabría. Además, existen las llamadas peñas futbolísticas que conciertan este tipo de viajes en grupo y él no pertenecía a ninguna. El señor Baker no era aficionado al futbol, por lo que su vestimenta, y el hecho de morir tres horas antes del partido, nos hace pensar que todo esto es una farsa. Así que busca las pruebas – y colgó de golpe, malhumorado mientras se frotaba ansioso el pelo canoso. Mycroft se sentó inmediatamente, impresionado por todo lo que había escuchado de la boca de Greg. Podría correrse en ese mismo instante.
- Parece que llegué en mal momento – intervino, llamando la atención del inspector, quién no dudó en sonreír algo culpable, mientras se acomodaba mejor en su asiento.
- Perdóneme, pero este caso se está complicando – suspiró y lo observó, algo que incomodó un poco al pelirrojo.
- Percibí que es un gran aficionado al futbol – soltó, intentando reconducir la conversación a algo más personal. Lo cierto es que había pensado mucho en aquello, en si quería o no hacerle recordar lo que habían vivido aquella noche. Pero en seguida le venían los miedos de no haber sido nada más que un polvo y sus inseguridades naturales le hacían encerrarse en sí mismo.
- Sí, la verdad es que siempre me ha gustado mucho, tanto verlo como jugarlo. Hace poco volví a practicarlo, pero, ya sabe, de forma muy amateur – Mycroft sabía del talento de ese hombre con la pelota, algo que había observado tiempo después entre las sombras, cuando Greg aún estaba en la universidad. No creía que, aún los años, hubiera perdido su toque - ¿A usted también le gusta? – podía ver esa luz en sus ojos, pues estaba hablando de algo que realmente le gustaba.
- No, me temo que mis gustos son algo más aburridos – confesó con algo de vergüenza. Nunca había sido tan terrenal como los demás, de ahí que sus habilidades sociales fueran escasas.
- No lo creo. Bueno, no serán los más típicos, pero si le gustan a usted… - aquello le sonó a música celestial, por lo que no pudo evitar que una pequeña risita se le escapara. ¿Podía hacer Greg Lestrade que lo quisiera más? Sí, podía – Bueno, supongo que habrá venido por algo. Si es por Sherlock, lamento decirle que no le he visto desde hace tres días, justamente en la escena del crimen del que estaba hablando – el pelirrojo negó con la cabeza, apoyándose en la mesa.
- Esta vez vengo por usted – el moreno alzó una ceja – Quería invitarle a algo… en señal de agradecimiento por todo lo que ha hecho por mi hermano – Greg sonrió, negando con la cabeza.
- No tiene por qué invitarme a nada, señor Holmes. Lo cierto es que, si esto sigue así, debería ser yo quién le invitara a usted por los favores que nos va a acabar haciendo – Mycroft bajó su mirada hacia el maletín que tenía a sus pies, decidiendo si debía o no darle el reloj. Ahora que lo pensaba, quizás era algo exagerado – Pero vista la hora que es, y el hambre que empiezo a tener, no le negaré que algo rápido no me vendría nada mal – el pelirrojo tuvo que morderse la lengua para no acabar soltando algún gritito de felicidad. Se suponía que era un adulto con grandes responsabilidades en el gobierno. No podía comportarse como un adolescente.
- En ese caso, permítame invitarle al restaurante que hay justo delante de la comisaria, el Caxton Grill – el moreno se levantó, agarrando su chaqueta para ponérsela.
- Me parece bien, pero tras esto tendremos que dejar de llamarnos de usted, ¿no cree? – acercó la mano para estrechársela – Soy Greg – el mayor miró su mano y se la estrechó con firmeza.
- Y yo Mycroft, aunque tú me puedes llamar Myc – Lestrade pareció congelarse por una milésima de segundo, haciendo que el pelirrojo se temiera lo peor, pero pronto su sonrisa se amplió.
- Encantado, Myc – apartó su mano y se acercó a la puerta, abriéndosela para que pasara.
