LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (7)
The Caxton Grill, Broadway
Las risas no cesaban, entre bromas y ocurrencias, el ambiente que ambos habían creado en torno a esa mesa era de lo más agradable y cómodo, algo extraño entre dos personas, presumiblemente, desconocidas.
- Pues imagínate mi cara justamente cuando me encontré con aquello – dijo Greg, abriendo mucho las manos mientras escenificaba la anécdota – No tengo ni idea de cómo consiguieron entrar en mi habitación, pero ahí estaban, follando como posesos encima de toda mi ropa limpia – tiró su cabeza hacia atrás, riendo al recordar aquello – ¡Y lo peor es que ni tan siquiera pararon cuando llegué! El cabrón de Pierce me dijo: Espera, que estoy a punto de correrme… - Mycroft rió, tapándose la boca como podía, imaginándose la escena.
- ¿Y luego? ¿Lo dejaste acabar? – Greg se encogió de hombros, mientras agarraba su cerveza y bebía un sorbo.
- ¿Qué podía hacer? – el pelirrojo negó con la cabeza sin dejar de sonreír – Además, creo que era hasta su primera vez con una chica. No le iba a quitar la ilusión… -
- ¿Aunque tuvieras que hacer toda la colada de nuevo? – el moreno sonrió de lado.
- Aun así. Eso debería contar como puntos de amistad – Mycroft no sabía muy bien qué decir respecto a eso, pues no tenía muchos amigos. Sólo Anthea y era una mujer – Dime que en las altas esferas pasan estas cosas – y dejó la cerveza casi vacía a un lado, apoyando su mentón en la palma de su mano.
- Y peores, créeme – relajó su cuerpo sin apartar la mirada de él – Pero me temo que todo es confidencial, inspector – a Greg se le escapó la risa, sin tampoco dejar de mirarlo.
- No te estoy pidiendo los nombres, sólo las situaciones. ¿Qué podría hacer yo con eso? – Mycroft alzó sus cejas al ocurrírsele un par o tres de cosas bastante suculentas para empezar, pero simplemente negó con la cabeza.
- De acuerdo – dejó caer sus manos encima de la mesa, entrelazadas – Recuerdo un congreso empresarial hace unos años, creo que en… Ginebra. Puedes imaginarte que tanto poder y tanto dinero atrae intereses de todo tipo – Greg asintió, visiblemente interesado – La última noche escuché claramente cómo una joven chantajeaba a uno de los empresarios más importantes con una fotos, supongo que sexuales. Ellos no me vieron a mí, pero yo sí pude verlo todo claramente – cruzó sus manos y las colocó bajo su mentón – Creo que no llegaron a un acuerdo, pues semanas después esas fotos circulaban por todo el Reino Unido en esos tabloides amarillistas que lee la gente – el moreno no sabía qué decir, pensando en las veces que había visto en las portadas de The Sun o el Daily Mail alguna de esas noticias. La verdad es que eran más frecuentes de lo normal.
- ¿Y qué pasó después? – Mycroft se encogió de hombros.
- Lo típico. Mujer se entera, pide el divorcio y le quita la mitad de su patrimonio. El tipo quedó arruinado y sin apoyo de nadie – Greg tragó duro, pues aquello no dejaba de ser una breve explicación de lo que le esperaba en un futuro inmediato por culpa de Connie – Pero no te turbes, hombre – y dibujó una sonrisa calmada – Es algo habitual. Ese hombre se restableció – como si hubiera sido un amigo suyo, el moreno se alegró de tan feliz desenlace, dejando salir un profundo suspiro de alivio.
- Y, aparte de eso, ¿ha habido más episodios? – el pelirrojo sonrió de lado, imaginando hacia dónde quería ir su acompañante - ¿Quizás has vivido algo similar?
- Si te refieres a si he tenido aventuras o amantes esporádicos, sí, los he tenido. Aunque supongo que tú también, como es normal – el moreno no pudo evitar morderse el labio inferior, aguantándose las ganas de sonreír. Aquello era tan gracioso como excitante, aunque por ahora se negaba a decir nada.
- ¿Cuántos? – Mycroft lo miró extrañado – Perdona si sueno algo morboso… Myc – el pelirrojo sintió su pulso acelerarse en el momento en que lo llamó así, pero no exteriorizó ningún síntoma de nerviosismo.
- No importa – volvió a mostrarle su sonrisa enigmática – Exactamente seis hombres – Greg alzó sus cejas, apoyándose en el respaldo de su silla. Miró hacia atrás y pidió dos cervezas más al camarero.
- Llevas la cuenta, ¿no? – Mycroft rió por lo bajo.
- Me gusta saber a quién meto en mi cama – el moreno asintió conforme, notando cómo el ambiente se había relajado tanto que podían hablar de cualquier cosa, por morbosa que fuera – Es tu turno – el inspector observó cómo el chico dejaba las dos cervezas encima de la mesa y las observó.
- No tengo un número para ti, Myc – y luego lo miró fijamente- Sólo puedo decirte que han sido más de seis …
- Vaya con el inspector – dijo casi meloso, acercando una de las cervezas hasta él para beber. Lo cierto era que, desde que la había bebido por primera vez con él en la universidad que no las había vuelto a probar. Era incómodo recordarle. Levantó la botella y bebió un buen sorbo, dejándola casi por la mitad encima de la mesa. Empezaba a estar nervioso - ¿Podemos concluir que eres un amante experimentado? – aquello provocó una leve carcajada en el moreno, quién nunca se había considerado algo así, ni mucho menos. Todo lo contrario.
- Me tienes en muy buena estima, si dices esas cosas – y negó con la cabeza – No, la cosa es más sencilla que todo eso. Cuando era joven, desde mi adolescencia hasta que me gradué en la universidad, fui un chico muy abierto, ávido de conocer gente y con las hormonas alteradas. No soy más que uno de tantos chicos alocados que decidieron reformarse.
- ¿Así que fue un chico malo? – aquello se le antojaba más que delicioso. La verdad es que siempre había sospechado de la actitud visceral de Greg, por lo que jamás había entendido que decidiera alistarse en la policía.
- Más o menos, pero no un delincuente. Simplemente iba de aquí allá con mi chaqueta de cuero y mis tejanos bien apretados con un cigarro colgando de la comisura de mis labios – rió ante esa imagen – Eran los ochenta… - y bebió de su cerveza, negando con la cabeza algo avergonzado - ¿Y tú? Todos tenemos un pasado
- Siento desilusionarte, pero lo que ves es lo que siempre he sido – Greg lo miró de arriba abajo, analizándolo e imaginándoselo tal cual siendo más joven. Aunque tampoco tenía que imaginar mucho.
- No creo que hayas sido tan malo con seis amantes a tus espaldas, ¿no crees? – Mycroft sonrió complacido – Al menos has disfrutado de todos estos años – y suspiró, agarrando su cerveza para acabársela de una vez – Me casé demasiado joven, creyendo que con la mujer de mi vida y embarazada… para luego enterarme que ni quería que la tocara – gruñó y dejó la cerveza a un lado, hastiado al recordar tan penosa realidad.
- Sinceramente, es algo que no entiendo – dijo el pelirrojo con total calma. Greg lo miró confundido – Las… relaciones de pareja se me escapan un poco, lo siento – el moreno sonrió levemente, bajando su mirada.
- A ti y a la gran mayoría – Mycroft sonrió, sintiendo unas ganas enormes de tirarse encima de ese hombre y besarlo con posesión. Pero no podía. No quería que volviera a haber distancia entre ellos – Creo que es muy tarde, ¿no crees? – dijo de golpe, mirando su reloj. El pelirrojo alzó su mirada hasta el reloj que colgaba de la pared que tenía enfrente y lo confirmó la hora. Eran pasadas las once de la noche y él tenía una importante reunión a primera hora de la mañana. Levantó una mano y llamó la atención del camarero que, por otro lado, parecía ansioso de que se marcharan al fin y poder recogerlo todo – La próxima vez invito yo – Mycroft levantó su mirada, justo cuando estaba guardando su cartera en el bolsillo interior de la chaqueta. Aquella declaración de intenciones le henchía el corazón de una sensación cálida que lo reconfortaba.
- Acepto, Greg - ¿Cómo no aceptar una invitación semejante? El moreno sonrió, levantándose para vestirse con su chaqueta, colocándose el cuello pues parecía que la noche se había enfriado.
- ¿Tienes cómo volver a casa? – miró a su alrededor, extrañándose que no hubiera algún coche esperándole, como era usual.
- Ahora llamaré para que vengan a recogerme. Tengo un coche disponible las 24 horas del día – Greg alzó sus cejas visiblemente impresionado. Eso estaba muy lejos de su estilo de vida, pagando aun a plazos su único capricho: un BMW.
- Puedo llevarte a casa yo mismo –Mycroft bajó su mirada, observando sus pies como un recurso más para darse tiempo – Tengo el coche aquí mismo – y Greg se adelantó, rebuscando en los bolsillos de su pantalón las llaves mientras caminaba hacia el garaje de la policía. El pelirrojo apenas dijo nada, pues ese hombre ya había tomado la decisión de llevarlo y él no iba a ser quién se lo negara. Bajaron la rampa en silencio, cuando una leve musiquita empezó a sonar. Mycroft miró a Greg, a sabiendas que era el suyo y no acabando de entender por qué no lo atendía.
- Quizás es una urgencia – sugirió, apoyándose en su paraguas mientras el moreno abría el coche. El hombre le sonrió, negando con la cabeza.
- No te preocupes, sé perfectamente quién es –el pelirrojo ladeó un poco la cabeza sin acabar de comprender – Cuando fui al baño recibí un mensaje de Abby para saber cómo estaba y le comenté que estaba contigo. Creo que está algo entusiasmada – dijo divertido, tanto por los mensajes de su hija como por la expresión de Mycroft. Entró en el coche, metiendo la llave en el contacto, justo cuando el mayor de los Holmes se acomodaba a su lado. Pero entonces giró de nuevo la llave y el motor se paró, colocando sus manos encima del volante – Myc, no sé cómo decir esto… - el aludido lo miró con una expresión impenetrable, cosa que no lo animaba mucho a seguir – Creo que hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien con alguien – observó al pelirrojo con cierto brillo en su mirada- Ni se me pasó por la cabeza pensar en una situación así la primera vez que te vi… bueno, esta primera vez después de veinte años y… la verdad es que apenas y hoy me di cuenta que tú …
- Ya veo – acabó por decir el aludido, algo avergonzado por lo abrupto de la conversación – Supongo que fue lo de Myc lo que hizo que se te encendiera la bombilla – Greg asintió, sintiéndose algo inquieto por el cambio de las circunstancias entre los dos.
- ¿Y ahora? – Mycroft sonrió, bajando su mirada mientras apretaba el agarre de su paraguas.
- No lo sé, supongo que nada – el moreno lo observó largo rato, como si lo estuviera estudiando, tanto a él como a lo que le estaba diciendo.
- La invitación sigue en pie – replicó Greg, quizás esperando ver algún tipo de reacción por parte del hombre, algo que no pudo distinguir. Entonces Mycroft lo miró y asintió levemente, signo inevitable de que estaba de acuerdo en prolongar esa extraña relación de amistad que habían iniciado apenas unos días atrás. El moreno se dio por satisfecho y acabó por arrancar el coche, metiendo la primera marcha rumbo al hogar del pelirrojo.
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New Scotland Yard, Broadway
Miró su reloj una última vez, sonriendo mientras estiraba los músculos de su cuello y sus hombros. Aquella noche había sido demasiado aburrida, tanto como para no haberse despegado de su escritorio, a menos que tuviera que ir al baño, pero ya estaba a punto de acabar y, con ella, la oportunidad de por fin tenderse en su mullida cama y dejarse llevar por el infinito placer que era dormir.
Scott Kinney era un joven que se consideraba de la vieja escuela. Serio, centrado y con muchas ganas de escalar en la policía, siempre se había guiado por principios muy básicos a la par de nobles en todas las acciones que hacía. Era el típico que ayudaba a la anciana a pasar la carretera o rescataba a una mascota encaramada a un árbol. Y siempre, siempre, mostrando la mejor de sus sonrisas, pues desde pequeño lo había considerado su deber. Pero con noches así, inusuales en una ciudad tan poblada como Londres, el joven agente podía sucumbir a lo que él llamaba pequeños caprichos en forma de videojuegos o vídeos de todo tipo, siempre y cuando creyera gozar de la soledad en la sala. Y justamente así era en esos momentos, quietud a su alrededor para poder visionar un pequeño video que uno de los del equipo le había pasado por correo. No sabía exactamente de qué iba, pero los chicos no dejaban de comentarlo a sus espaldas, siempre con la excusa de no quererle aguar la fiesta. Sea como fuere, había algo que no acababa de gustarle y, de ahí, que prefiriera estar a solas.
- ¿Así es cómo pasas las horas de guardia? – la voz de esa niña malhumorada se le metió en los oídos, haciendo que el momento de relax se fuera al diablo - ¿Viendo porno gay? – Scott suspiró, tanto por el video que se reproducía delante de él como la seguramente mala interpretación que haría esa chica de todo. Aunque poco le importaba.
- Me quedan apenas 20 minutos para acabar mi turno – la observó, cerrando la ventana del incómodo video mientras maldecía a sus compañeros – Si buscas a tu padre, aún no ha llegado. Es demasiado temprano, incluso para ti – Abigail y Scott no habían empezado con buen pie. Se habían conocido el mismo día que su madre le había confesado que iba a divorciarse de su padre, por lo que su salud anímica estaba más que alterada, teniendo como consecuencia una serie de actos que habían acabado con la joven entrando en el despacho de su padre sin avisar, y él con un par de golpes de regalo. Nadie podía culpar a Scott de no tenerle ninguna simpatía.
- No venía a buscar a mi padre, sino a ti, agente Kinney – la joven se acercó más, clavando sus enormes ojos verdes en él – Quiero que me respondas a unas preguntas –
- ¿Sabes que eres una civil y no estoy obligado a eso, verdad? – Abby asintió, sin apartar sus ojos de él, mientras cruzaba sus piernas.
- No es algo oficial, ni de un caso, sino algo personal. ¿Desde cuándo mi padre frecuenta a los Holmes? – aquella pregunta también se le había pasado por la cabeza a él, más por la repentina presencia, día sí, día también, de alguno de ellos.
- Hará poco más de tres semanas. Según escuché, el joven Holmes apareció en un escenario del crimen y empezó a rebatir algunas teorías que el doctor Anderson había expuesto. Y, aunque en un primer momento se creyó que eran sólo fantasías, luego se demostró que eran verdad – aquello iluminó la mirada de Abby, quién reconocía a Sherlock Holmes en esa actitud – Pareces encantada –
- Lo estoy – no podía negar que sentía fascinación por ese chico. No era mucho más mayor que ella, por lo que tampoco sería descabellado intentar algo. Pero estaba segura que eso mataría a su padre - ¿Y el otro Holmes?
- Pues no sé mucho de eso, pues siempre se encierran en el despacho. Donovan es quién sabe más del tema – Abby pensó en la mujer, en lo amable que había sido con ella y en las posibilidades que tenía con su padre.
- Vamos, Kinney… - dijo algo melosa- Estoy segura que sabes más de lo que quieres contarme – acercó su mano y rozó el mentón del policía con la punta de sus dedos. Scott la observó impasible, dibujando una sonrisa ladeada.
- No sé si quieres hacer eso. Podrías arrepentirte después – Abby abrió más los ojos, aguantándose la risa que luchaba por salir. Ese chico ¿cuántos años tendría? ¿23? ¿24?
- O decepcionarme. Estabas viendo porno gay – Scott desvió su mirada, cansado. Menuda imagen tenía ahora, sí señor.
- Tú misma – le guiñó un ojo y se levantó, agarrando unos papeles para llevarlos al fichero. Abby lo siguió con la mirada, observando de arriba abajo su espalda. La verdad era que no podía decir que tuviera un mal culo.
- Me gustaría que me ayudaras – dijo ella, siguiéndole de cerca – Sé que me dirás que no, pero he visto que tienes en muy buena consideración a mi padre y sabes que merece ser feliz – Scott dejó los papeles y se apoyó en una estantería, cruzándose de brazos.
- ¿Cómo? – guardó silencio un momento – Además, tengo mucho trabajo y no puedo perder mi tiempo haciendo de Celestina – la joven dudaba que no pudiera sacar cinco minutos de su valioso tiempo para ayudarla.
- Sé mis ojos – Scott relajó su cuerpo – Sólo dame información para que pueda actuar bien – el chico hizo una mueca, sopesando esa posibilidad.
- Acepto, pero con una condición… que te diré, si eso, más adelante – Abby, ávida de conseguir su objetivo, no lo pensó más y aceptó el trato. Al fin y al cabo, era un policía, ¿no?
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Harvist Road, Queens Park
Tardó más de lo esperado en volver a su casa, pues había aprovechado para dar una fructífera vuelta por el centro y comprar un par de cosas más para su padre. Estaba decidida a darle un nuevo aire más moderno y atractivo. Tenía ojos y sabía que Greg era un hombre guapo, aunque nunca se lo había creído lo suficiente como para sacarse el partido necesario, pero ahí estaba ella para ayudarle. Aun así estaba algo dudosa. Quizás se estaba precipitando un poco respecto a relacionar a su padre con alguien tan pronto. No creía que él estuviera anímicamente preparado para iniciar una relación tan pronto, pero no creía que se negara a quitarse las telarañas respecto al sexo. Estaba segura que hacía milenios que su madre le había negado eso. Si debía pensar en las posibilidades que tenía enfrente, aun el poco tiempo que había transcurrido, podía llegar a varias conclusiones.
La sargento Sally Donovan siempre había mirado a su padre con un brillo especial en la mirada. Se notaba a leguas que le gustaba y que era el motivo de peso que había usado para no ascender más en la policía. Suponía que había esperado hasta ese momento, justo cuando sus padres hubieran decidido divorciarse, para poder atacar libremente, aunque dudaba que no lo hubiera intentado hacer antes de forma sutil. Quizás tanteando el terreno, quién sabe. Sea como fuere siempre le había caído bien, mientras que su madre la había detestado desde el primer momento en que la había conocido. Seguro que se había dado cuenta de sus intenciones, por lo que no acababa de entenderla, más cuando su madre no lo quería.
Luego estaba la madre de Skyler, la de Annie, también la de Joan y la de Albert. Sí, la de ellos había sido la más evidente al mandarle aquél mensaje directo a su móvil nada más saberse del divorcio. "Ahora que eres libre, ¿por qué no te diviertes un poco? Quedemos para cenar"
Pero el que más le había llamado la atención había sido ese Mycroft Holmes. No sabía sí estaba en lo cierto, pero habría jurado que ese hombre le gustaba su padre. Por lo que había dicho Scott sus reuniones apenas y habían empezado tres semanas atrás de forma oficial, pero ya habían salido a cenar. Nunca había imaginado que su padre pudiera estar con un hombre, tampoco lo sabía, pero si lo pensaba seriamente no le molestaba. Su matrimonio había fracasado, su madre lo había engañado y podía sentir que estaba más inseguro que nunca. Cualquier cosa que pudiera mejorar esa situación y le hiciera feliz, sería bienvenida. Aun así no dejaba de ser complicado que su padre decidiera traspasar esa línea, por lo que las posibilidades acerca de una unión, aunque fuera meramente física, con el señor Holmes eran bastante improbables.
- ¡Hola hola, papi! – gritó pasando por la puerta algo cargada – Me he escapado unos días y traje unas porras recién hechas con chocolate para desayunar – sonrió para sí misma, mientras cerraba la puerta con la cadera e iba directamente a la cocina a dejar la bolsa del desayuno. De pronto escuchó un golpe y sacó la cabeza por la puerta de la cocina - ¿Papá?
- ¡Eres un desgraciado! – gritó claramente la voz de su madre, cosa que le envió un escalofrío por la espalda.
- Me da igual lo que me digas. No pienso darte todo ese dinero – Abby se acercó al comedor para encontrarse a sus padres discutiendo, algo que se le había hecho más que familiar. Aun así, había algo más oscuro en el ambiente que la incomodaba más de lo habitual.
- Es mi paga por haberte aguantado todos estos años. Esto es por ley, ¿sabes? – espetó ante la cara incrédula de Greg, que aún estaba en pijama.
- No lo es, no cuando hicimos separación de bienes. ¡Tu padre insistió en ello!
- Porque sabía que eras un fracasado desde entonces
- Claro, porque tú has logrado muchas cosas en tu vida
- ¡Tú me cortaste las alas!
- ¿Yo? ¿Por qué no me sorprende que la culpa de todas tus desgracias sea yo?
- ¡Porque es la verdad! ¡Me desgraciaste la vida desde el principio! – Abby se apoyó en la pared, bajando su rostro lloroso pues entendía a qué se refería con esas palabras. Greg se dio cuenta de la presencia de su hija y corrió hacia ella, abrazándola.
- No le hagas caso, ¿de acuerdo? Sólo lo dice para hacerme daño, pero los dos te queremos mucho – Connie, a una distancia prudencial, se tapó la boca, empezando a llorar. Abby la miró, abrazada a su padre, desviando por un momento sus ojos de ella, algo que la mujer sintió como un profundo rechazo.
- No me refería a ti, Abigail. Nunca lo haría – dijo Connie, secándose las lágrimas – Eres lo único bueno que hemos sacado de esta relación – la joven la volvió a mirar, asintiendo para separarse de su padre y abrazarse a ella.
- No quiero que os odiéis así – dijo Abby entre sollozos – Entiendo que no queráis ser pareja, pero ¿por qué os tratáis tan mal? Parece que sólo queréis haceros daño por diversión – Greg miró a Connie fijamente, compartiendo cada palabra que estaba diciendo su hija. No era consciente si él había hecho mucho o poco daño, ya ni sabía, pero sí era cierto que su ya ex mujer parecía querer vengarse de todas sus frustraciones.
- Abby, aun eres muy joven para comprender la complejidad de las relaciones de pareja – explicó Connie – Creo que lo mejor que podemos hacer es hablar estas cosas con la presencia de nuestros abogados. Nada sacaremos así y yo, francamente, estoy cansada de tener que volver a esta casa – Greg rodó los ojos, negando con la cabeza. Esa mujer no tenía medida. Abby se separó de su madre y se alejó de ellos, yendo directamente a la cocina, donde se encerró para no seguir escuchando nada más.
- ¿Eso significa que me quedo con la casa? – dijo burlón el moreno.
- Ni lo sueñes. Quiero mi parte y eso sólo lo conseguirás vendiéndola. Donde vayas a vivir luego no me importa
- ¿Y tu hija? ¿Has pensado en ella en algún momento? Porque algún día volverá a la ciudad
- Estoy segura que Abby sabrá buscarse un sitio para ella sola, quizás con amigos o compañeros de piso, pero ya no es una niña, no nos necesita como antes, así que no busques excusas tontas – Greg apretó uno de sus puños con fuerza, clavándose sus propias uñas en la palma de la mano. Esa mujer era insufriblemente fría, por lo que no acababa de entender cómo había podido convivir tanto tiempo con ella sin descubrir ese lado tan oscuro.
- Haz lo que quieras –acabó por relajarse, dando dos pasos hacia atrás pues no quería estar más cerca de ella – Y ahora, aunque esta casa aún sea parte tuya, vete. Es demasiado temprano para aguantar tanta mierda – gruñó, dándose la vuelta para ir hacia la cocina y cerrar con fuerza la puerta, apoyado en ella. Abby levantó la mirada, con medio churro lleno de chocolate en la boca manchada, cosa que le hizo sonreír – Empezaste sin mí – la joven bajó su mirada, dejándolo encima de un plato mientras tragaba con dificultad.
- Lo siento. Supongo que es parte de un impulso ansioso – agarró una servilleta y se limpió la boca, escuchando a lo lejos un nuevo portazo - ¿Para qué ha venido? – Greg rodó los ojos, arrastrando una de las sillas de la cocina para sentarse, tocándose el pelo nerviosamente.
- Quiere que le pague una cantidad de dinero que no poseo en compensación a todos estos años de convivencia que, según ella, han minado su moral y la han amargado profundamente – Abby guardó silencio, comiéndose el resto del churro- Cariño, mejor no preguntes estas cosas. Es muy doloroso para ti y no quiero que sufras más de lo normal
- Ya, bueno – suspiró agarrando otro churro para darle un buen mordisco – Pase lo que pase siempre me quedaran estas cosas azucaradas y llenas de grasa para consolarme – Greg sonrió, agarrando él una de esas cosas para mojarla en chocolate y deleitarse con su sabor. Quizás su hija tenía mucha razón – Cambiando de tema, papi… ¿Cómo fue esa cena con Mycroft Holmes? – y sonrió, muy interesada en su respuesta. Pero Greg estaba lejos de darle una respuesta satisfactoria, pues aún estaba en ese proceso de aceptación de los acontecimientos vividos.
- Bien, interesante – dijo mordiendo de nuevo el churro con la mirada clavada al frente.
- Aja… - insistió Abby, clavando su mirada en su padre.
- No hay mucho más – la joven apoyó su mentón en la palma de sus manos – Sólo una cena distendida con alguna que otra conversación acerca del trabajo y Sherlock al que, por cierto, no quiero que te acerques por nada del mundo –
- ¿Y eso a qué viene? – dijo burlona – Debo reconocer que es una monada – fue escuchar eso y sentir que se le revolvía el estómago hasta dejar de lado el churro.
- Por favor, te lo pido como favor personal Abby: hay muchos hombres en Londres, en Sheffield y en toda Inglaterra más adecuados a ti que ese chico, ¿lo recordarás?
- ¿Esto lo dices por ti o por mí? – Greg negó con la cabeza, casi al borde del llanto al imaginarse su existencia con ese tipo, tanto en su trabajo como en su vida personal como yerno. Sería más agradable recibir un disparo.
- Por ambos. Por la estabilidad de lo poco que queda de esta familia – Abby sonrió ampliamente, levantándose para abrazarlo y consolarlo un poco.
- Eres un dramático, ¿sabes? – le susurró cerca del oído- Y no te preocupes respecto a los hombres, ahora mismo no están en mis planes – aquello lo descolocó, pero no quiso seguir hablando. Estaba demasiado alterado imaginando escenas familiares, de Navidad e incluso, una boda, con Sherlock Holmes. Era escalofriante, mirara por donde lo mirara.
Y entonces recordó a Mycroft y su expresión al salir del coche cuando lo había llevado a su casa. Pudo notar la tensión que se había apoderado de él en el mismo momento en que había descubierto todo, casi volviendo a la casilla de inicio, cuando se habían 'conocido'. Lo cierto era que no había pensado mucho antes de decir aquellas palabras, pues si lo hubiera hecho, aunque sólo hubiera sido un segundo, estaba seguro que las cosas habrían sido muy distintas. Quizás una parte de él estaba tan ansioso por decirle que lo recordaba que no se había parado a pensar en las formas. De ahí el silencio hermético de Mycroft y su despedida tan fría. Seguramente lo habría molestado.
- No pongas esa cara tan triste – dijo su hija, mirándolo a los ojos – Sea lo que sea, todo saldrá bien – miró a Abby y sintió esa maravillosa sensación que sólo alguien como ella podía transmitirle. Si ella se lo decía, estaba seguro que todo estaría bien – Además, he vuelto a dar una vuelta por ahí y he visto cosas perfectas para tu nuevo yo –dijo de golpe, relamiéndose al notar que aún tenía un poco de chocolate. Greg rió, levantándose tras ella mientras se frotaba la cara con ambas manos. Esa chica era imposible, pero la quería como a nadie en ese maldito mundo.
