Hola a todas aquellas que aun me lean :)
Les traigo un nuevo capitulo algo tarde, pues me quedé sin ordenador durante un mes largo. Mil discupas :)
Espero compensarlas y que les gusten los dos capitulos que pienso colgar. Besos
LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (8)
Diógenes Club, Pall Mall
Jerry se movía sinuosamente encima de él, buscando de nuevo esa atención y mimo que había perdido en los últimos días. No sabía qué estaba pasando con Mycroft, pero lo que tenía seguro es que iba a recuperar su confianza, que volvería a ser su hombre para todo. Bajó hasta sus muslos, acariciándolos y manteniendo su respiración algo agitada cerca de su cuello, pero ni así parecía sacar a ese hombre del sopor en el que estaba metido desde hacía un par de días.
- Señor… - susurró sobre su boca, percibiendo por primera vez la mirada azulada pendiente de él. La mente de Mycroft había sido incapaz de asumir aún los sucesos del coche. No es que hubiera pasado mucho, pero escuchar de repente a Greg que lo recordaba y que le encantaría seguir con esa extraña relación que los había vuelto a unir lo había descolocado por completo.
- Jerry, no quiero que vuelvas a tomarte estas libertades nunca más – y lo agarró de los brazos, separándolo lentamente de él – Tuvimos nuestro momento, pero ese ya pasó – y se removió para poder levantarse de su asiento, caminando pensativo hasta la ventana más cercana. Jerry se quedó apoyado en el borde del escritorio, sin apartar sus ojos del mayor. ¿De qué le estaba hablando? ¿Lo estaba abandonando o algo por el estilo?
- No quiere más sexo, ya – dijo como si lo entendiera, pero no lo hacía. Y menos lo aceptaba. Ese hombre era suyo y nadie se lo iba a quitar, mucho menos el tipo con el que había estado quedando últimamente. A ese lo iba a eliminar. Mycroft se quedó de espaldas a él, no haciendo ningún movimiento pues consideraba que su conversación había llegado a su fin. Así lo percibió Jerry, quién no tardó en recoger sus cosas y salir del despacho.
Greg Lestrade se había metido bajo su piel muchos años atrás y esa misma sensación no había desaparecido. Con sólo mencionar que lo recordaba se le había puesto la piel de gallina y el corazón a mil por hora. Odiaba tener que confesarlo, pero estaba enamorado de ese hombre; quizás lo estaba desde la primera vez que lo había mirado insinuante, obligándolo a pedir alcohol cuando ni tan siquiera le gustaba o dejarse follar por el que, por entonces, era un auténtico desconocido. Aun así no se arrepentía en absoluto de nada de lo que había hecho, ni experimentado, ni vivido, y por ello quería repetir. Oh, ahora que Greg se había dado cuenta de todo tenía la libertad de actuar directamente e invitarle a cenar, quizás algún viaje o caprichos varios. Debía investigar sobre sus gustos, aficiones y deseos. Quería complacerlo, ganárselo más allá de una posible noche de sexo, o varias.
Salió de su despacho, ignorando la expresión determinante de Jerry, sentado cerca de la puerta. Avisó a otro de los choferes del club y en menos de cinco minutos ya estaba sentado en la parte trasera del sedán negro, revisando su teléfono móvil distraídamente. No podía dejar de pensar en el inspector y en la excusa que debía dar para ir a verlo. Utilizar a su hermano era algo impensable, así que podía ser simplemente sincero y decirle que quería verlo y hablar sobre lo que había pasado en el coche. O lo que no había pasado. Porque había mucho por lo que lamentarse, por la oportunidad perdida de invitarlo a su casa a tomar la última y seguir hablando del tema o haberlo hecho dentro del coche, sin prisa. Un gran ramillete de 'quizás' se aparecían en su mente, acabando por rememorar el hecho que Greg no había dicho nada y él había optado por bajarse del coche en el momento en que había llegado a su casa. De ahí que su cabeza lo hubiera torturado hasta ese momento.
- Lo siento, señor Holmes, pero el inspector Lestrade no se encuentra en estos momentos – dijo una de las policías de uniforme, la más joven que había visto. Mantuvo su rostro impenetrable, pero por dentro de la decepción era evidente. No había pensado en esa eventualidad.
- Ya veo – se apoyó en su paraguas, asintiendo levemente dispuesto a irse, cuando una voz más que reconocible lo paró en seco.
- ¡Te digo que es ella la asesina! – espetó Sherlock, moviendo los brazos con aspavientos, más pesado de lo normal – Ese amago de suicidio es absurdo, nadie se corta las venas en zigzag – Greg rodó los ojos, mirándolo fijamente.
- Quizás, pero tenemos sus huellas en la cinta adhesiva que supuestamente utilizó para encerrarse en el baño. Nadie pudo, más que ella, hacerlo – replicó ante la mirada acusatoria de Sherlock.
- ¡Pero no lo hizo, por Dios! – acabó por gritar – Su hermana lleva la palabra culpable en medio de la frente, y acabaré averiguando cómo lo hizo – dijo señalando fijamente al inspector, quién negaba con la cabeza.
- Haz lo que te dé la gana, pero mantente alejado de esa mujer. Lo último que quiero es que acabes por perjudicar toda esta investigación
- ¿Investigación? – suspiró incrédulo - ¿Qué investigación? ¿Asumir que ha sido un suicidio simplemente porque el asesino así lo decretó?
- Las pruebas así lo dicen, friki – dijo Anderson, acercándose por su espalda.
- Como siempre haces lo contrario – ahora era Sherlock quién rodaba los ojos – Has ido por el camino fácil, amoldando las pruebas a tu teoría preconcebida al ver el cadáver – Anderson apretó los dientes, dispuesto a lanzarse a su cuello, cuando Mycroft se puso por el medio, utilizando su paraguas para separarlos.
- Disculpad que me entrometa en un tema tan apasionante como la resolución de un asesinato – sonrió afable, mirando a su hermano – Sé lo mucho que te fastidia que lo haga, pero creo que es tiempo de que dejes de jugar y te centres en lo verdaderamente importante – Sherlock frunció el ceño.
- No pienso hacerlo – gruñó – No soy tu lacayo, ¿sabes? – el pelirrojo suspiró, desviando su mirada, apartando su paraguas. Con todo el asunto de Jerry tenía mucho trabajo, por lo que había hecho la excepción de pedirle ayuda a Sherlock y su red de vagabundos para averiguar más del asunto.
- No es ser lacayo, es participar en un caso mucho más importante que en convencer al mundo de que esa mujer fuera asesinada – Greg alzó sus cejas.
- ¿Eso crees también? – Mycroft miró al moreno por primera vez, con cierto brillo en sus ojos.
- En efecto. Tal y como ha dicho mi hermano, la gente no se suicida en zigzag o se preocupa de encerrarse en el baño con cinta adhesiva, procurando que consten sus huellas en ella. Es claramente un montaje – el inspector sonrió de lado, relajando su cuerpo y sin dejar de mirar a ese hombre, lo que sonrojó un poco a Mycroft – Igualmente quiero que vengas conmigo, Sherlock. Necesito tu ayuda – el joven se giró, dándoles la espalda.
-¿Por qué no solucionas tus problemas de cama con el tipo, en vez de mandarme a mí a hacer el trabajo sucio? – aquella revelación borró de inmediato la sonrisa de Greg y convirtió al pelirrojo en el hombre más pequeño del mundo. ¿Qué puñetas estaba diciendo Sherlock?
- ¡Esa no es la cuestión! – espetó ante la mirada incómoda del moreno, que no tardó en dar un par de pasos atrás, apartándose de la escena. Aquello enervó más si cabe a Mycroft, quién veía todo su futuro con Greg en la cuerda floja por culpa de la bocota de su hermano pequeño- El asunto es mucho más importante como para minimizarlo de esa manera tan burda – el joven suspiró aburrido, apartándose de su hermano con las solapas subidas de su eterno abrigo negro. Podría seguirlo, insistir en su ayuda, pero había algo mucho más importante que hacer antes que todo aquel asunto se convirtiera en una bola sin control. De ahí que siguiera a Greg hasta su despacho, llamando tímidamente a su puerta para entrar, para encontrárselo hablando con la sargento Donovan. En cuanto apoyó su paraguas en el suelo, quizás haciendo más ruido del normal, Sally giró su rostro hacia él, indicándole lo molesta que era su presencia en esos momentos. Greg también lo miró un instante y se disculpó con ella, posponiendo su conversación para más adelante.
- Me informaron que estabas esperándome – dijo el inspector, sentándose mejor en su silla y ofreciéndole asiento a él. Mycroft no lo dudó y, con esa elegancia que siempre lo acompañaba, se sentó enfrente de él.
- De hecho venía a conversar contigo sobre un asunto, pero dudo que sea el momento indicado – Greg asintió, colocando sus manos entrelazadas bajo su mentón.
- Posiblemente tengas razón – dijo sin tapujos, cerrando cualquier posibilidad de seguir con aquello. O Mycroft así lo entendió, sonriendo de aquella manera tan falsa que le daba el tiempo suficiente para recomponerse en ese tipo de situaciones – Ahora mismo tengo un caso de suicidio que se convirtió en asesinato, así que debo poner a mi equipo en marcha inmediatamente – el pelirrojo asintió, desviando la mirada un instante.
- En ese caso – empezó a decir, levantándose con temple frío y distante – Lo mejor es que me vaya – de nuevo dibujó su sonrisa ante la seriedad de Greg, ese rictus que lo estaba rompiendo lentamente por dentro. ¿Acaso le había molestado la simple alusión a Jerry? Se dio la vuelta y caminó hasta la puerta, quedándose de espaldas a él – No tengo problemas de cama con nadie. A decir verdad, no hay que cama que valga – esperó unos instantes a la réplica del moreno, réplica que no existió y profundizó la herida en el pelirrojo. Alzó su cabeza y salió sin cerrar la puerta, con el mismo rictus impenetrable de siempre y con la determinación de que todo se había ido a la mierda.
Greg se quedó sentado en su despacho, mirando fijamente la puerta abierta. Tardó varios minutos en levantarse para cerrarla, quedando apoyado en ella otros tantos. No sabía qué estaba pasando con él, ni por qué se sentía tan mal, ni tan decepcionado. ¿Por qué sentía que todas las personas a su alrededor acababan decepcionándolo? ¿Acaso creía que Mycroft no tendría una vida propia? ¿Que no era un ser humano como otro que comía, dormía y tenía sexo? Suponía que su idea del hombre que acababa de irse estaba anticuada, firmemente influenciada por la imagen que había mantenido durante años del joven erudito y virginal que había corrompido durante su último año de universidad. De eso habían pasado muchos años y Mycroft había seguido con su vida, como él con la suya. Entonces, ¿por qué sentía esa rebeldía en su interior? ¿Por qué lo había inducido a irse sin tan siquiera escucharle? ¿De verdad le habían afectado tanto las palabras de Sherlock y por qué lo habían hecho?
Una idea estúpida apareció por su mente, algo que desechó inmediatamente. Ir a buscarle ahora no tenía sentido, pues sabía bien que el pelirrojo no lo recibiría especialmente con los brazos abiertos. Su expresión se lo había dejado claro. Suspiró y tiró su pelo hacia atrás, repentinamente agotado. ¿De verdad había sido tan estúpido?
- Señor – dijo de repente Donovan al otro lado de la puerta, dando un par de golpes – Anderson quiere que vayamos al laboratorio. Parece ser que ha encontrado nuevos indicios en el cuerpo de la fallecida – se quedó en silencio un momento – El friki tenía razón: es un asesinato – Greg cerró fuertemente los ojos, cabreado consigo mismo por no acabar de ver las cosas más evidentes. Se apartó de la puerta y la abrió, mirando a la joven fijamente.
- Vamos entonces, pero intenta que Sherlock no se entere de eso. Ahora mismo no soportaría verlo ni un instante – Sally sonrió de lado, asintiendo. No podía estar más de acuerdo con su superior.
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Abby sabía que las cosas habían cambiado para mal, justo cuando volvió dos semanas después. Su padre estaba más despistado que nunca y apenas y podía separar su nariz de los informes de casos que le llegaban al Yard. Pensó que quizás había vuelto a tener un altercado con su madre, pero esa idea desapareció cuando la propia Connie se la negó en persona, el mismo día que la invitó a comer inesperadamente para anunciarle que pensaba casarse con su toy boy. Lejos de molestarle, dejó pasar aquella idea estrafalaria de su madre, que sabía que no llegaría a buen puerto, para centrarse exclusivamente en qué le pasaba a su padre y por qué parecía querer hundirse en su trabajo hasta la extenuación.
- No voy a decírtelo – dijo Jeff mientras se acababa su limonada – Tampoco estoy seguro de ello, pero si Greg no ha querido compartirlo contigo, no creo que sea apropiado decirte algo al respecto – Abby frunció el ceño, imaginando un sinfín de situaciones horribles que no dejaban de encogerle el corazón. ¿Qué le habría pasado a su papi para dejarlo tan mal?
- Seguramente está deseoso de… ya sabes – le soltó Pierce en su oficina, haciendo gala, una vez más, del poco tacto que tenía. Más aún delante de la que consideraba su sobrina – Ya eres mayor para saber que los adultos tenemos necesidades y tu padre es humano. Es muy normal que, después de tanto tiempo con tu madre y sus circunstancias especiales, quiera desahogarse un poco – Abby alzó una ceja. Tío Pierce era muy sutil en sus explicaciones – Pero no te preocupes. He invitado a tu padre a una cena de empresarios en las que habrá muchas mujeres interesantes para conocer – la joven suspiró. Era consciente que su padre era un hombre al fin y al cabo, con sus necesidades. Ella misma las tenía, por Dios.
- Seguramente es culpa de tu madre – dijo Audrey, esposa de Andrew mientras los tres tomaban el té tranquilamente en su casa junto a las niñas – No me gusta criticar, y menos contigo delante, pero ya sabes que Connie siempre le ha puesto las cosas muy difíciles a tu padre. ¡Ni tan siquiera te dejaba venir con nosotros! – se quejó vivamente, mientras su marido asentía conforme. Aquello tampoco le venía de nuevas.
- Los procesos de divorcio son altamente extenuantes, cariño – le dijo Colin en su despacho de abogacía – Es normal ese desgaste y ese vacío existencial, pues no deja de ser un fracaso. Seguramente tu padre se ha refugiado en el trabajo para compensar ese vacío, intentar ser mejor profesionalmente cuando sentimentalmente sientes que todo es un caos – su tío Colin era el más razonable de todos y sus argumentos era más que válidos, aun así sentía que algo se le escapaba.
- Se discutió con el friki hace tiempo, y con el hermano parece ser, porque ninguno de los dos ha vuelto por la comisaria – dijo sin problema Scott Kinney, mientras tomaba su café de la mañana.
- ¿Sabes por qué fue? – preguntó ella con curiosidad. El joven la miró un momento que pareció eterno, acabando por carraspear, algo incómodo.
- No lo sé -
- Seguro que escuchaste algo – se tiró hacia adelante, dejado poco espacio entre ellos. El joven la miró a los ojos, sonriendo de lado.
- De acuerdo, te lo diré mientras me cobro el pago de tal información. Es mucha la que te he dado, pero no me has recompensado como acordamos – Abby resopló. La verdad es que creía que ese tipo se habría olvidado de algo tan absurdo, pero parecía que no. Seguía con su jueguecito estúpido.
- Muy bien, ¿y qué quieres? – dijo con desgana.
- Sal conmigo – casi se le escapó una risa incómoda, pues no creyó que fuera algo tan simple.
- ¿Sólo eso? –
- ¿Qué creías que pediría? –
- Quizás algo que ayudara a tu carrera como policía, un ascenso o algo así – ahora fue el turno de Scott de reír sin medida, llevándose las miradas de más de uno, sin importarle mucho en realidad.
- Lo siento, pero desde que te escapaste de entre mis brazos que quiero volver a tenerte – Abby se sonrojó, no sabía si por vergüenza o por timidez, pero no podía negar que Scott Kinney era un bombón.
- Muy bien. Te haré el pago – se enderezó con una actitud como si realmente no le importara – Ya avisarás – Scott agarró su muñeca y la atrajo, susurrándole algo al oído que hizo temblar a Abby de arriba abajo. Luego lo miró y sonrió – Te tomo la palabra
Por su parte, Greg seguía en su despacho moviendo informes de aquí para allá, notando cómo el estrés se le acumulaba en los hombros. El maldito suicidio había acabado siendo un asesinato cometido por la hermana de la víctima, tal y como Sherlock había dicho. Ninguno de sus hombres había hablado con él, pero estaba seguro que se habría enterado por los periódicos de esa mañana para mayor regocijo a su ego.
La verdad era que hacía bastante tiempo que ni él ni Mycroft habían asomado la nariz por su departamento, algo que se esforzaba en convertir en un evento lleno de felicidad. Con ellos fuera de la ecuación, él podía llevar las riendas de su equipo sin ninguna intromisión ni conflicto. Eso era bueno, excepcional claro.
- ¿Cómo va el caso de los falsificadores? – preguntó Sally, entrando en su despacho con más papeles para archivar. Greg resopló, llevándose las manos a su pelo.
- Estamos estancados – la mujer dejó los papeles encima de la mesa – El tipo que pillamos es un callejón sin salida. No hay ninguna pista que podamos seguir… Mierda, esto es desesperante – la sargento negó con la cabeza, colocándose a su espalda para posar sus manos en sus hombros.
- Debes relajarte – susurró muy cerca de su oreja – Estás muy tensionado. ¿Cuánto hace que no te tomas un descanso? – Greg notó la presión de las manos de su compañera, relajándolo un poco.
- Más de una semana, pero Sally… desde arriba me piden soluciones ya, y no encuentro ninguna salida viable a este rompecabezas – la joven subió por su cuello, intentando que se relajara – He repasado estos informes unas treinta veces, para ver si encontraba algo útil, pero nada. Todo sigue tan borroso como al principio – en su mente empezaba a pensar que quizás debería tragarse el orgullo una vez más, e ir a visitar a Sherlock, pero eso significaba la posibilidad de cruzarse con Mycroft y eso sí que no podría aguantarlo.
- Creo que lo mejor es que se vaya a casa –siguió presionando sus nudos de tensión, pues ya conocía, de otras tantas ocasiones, hasta qué punto podía estresarse su jefe – se dé una ducha y descanse. Mañana repasaremos juntos los informes y encontraremos el patrón – Greg sonrió, girándose para levantarse pesadamente.
- Eres un cielo, Sally – la joven sonrió, apoyándose en el escritorio a punto para decirle algo, cuando la puerta se abrió, dejando ver a Abby muy sonrojada.
- ¿Interrumpo algo? – Greg negó con la cabeza, acercándose a su hija para abrazarla cariñosamente.
- ¿Viniste a por mí? – la chica asintió, dejándose mirar mientras observaba la mirada perdida de Sally. Definitivamente había roto un momento – Voy a hacerte caso – dijo mirando a la sargento – Nos vemos mañana – y, antes que se diera cuenta, restaba sola en aquel despacho sintiéndose como una idiota. Otra vez.
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Duchess of Bedford's Walk, Kensington
El cuerpo de Jerry se arqueaba bajo el roce de sus manos, jadeante, anhelando más intensidad en sus embestidas. Estaba furioso, fuera de sí, y en cierta manera lo pagaba de la mejor de las maneras que se le ocurría. Mycroft Holmes se sentía perdido desde el momento en que Greg había dejado de prestarle atención. Después que había salido de su despacho, tras negarle que existiera ya una relación sexual con nadie, el contacto con el inspector se había vuelto frío y casi inexistente. De ahí que su mente retorcida lo hubiera inducido a volver a caer en las redes del sexo por compasión. Porque sabía que ese joven que estaba retorciéndose bajo él no lo amaba, ni tan siquiera le gustaba, pero era de los tipos capaces de hacer cualquier cosa por prosperar en la vida. Y lo estaba haciendo muy bien. Ser tan guapo y con un cuerpo tan delicado le había valido el éxito cosechado y llegar hasta él, hasta ese punto en el que él mismo estaba dispuesto a flaquear en el engaño y dejarse llevar. Porque Mycroft también anhelaba cosas, cosas normales y corrientes para los seres humanos como amar y ser amado, sentir el calor de otro ser vivo a su lado, percibir honestidad en las dulces palabras de otra persona. Pero carecía de todo aquello, y había asumido que siempre lo haría, por lo que no había dudado en dejarse llevar por las oportunidades que se le presentaban. Simples mentiras.
- Ahhh Myc… Mycroft – gimió Jerry al abrazarse a su cuello, escondiendo su rostro en el hueco del pelirrojo mientras dejaba torpes besos por su piel blanquecina – Más… Más… - y no lo decepcionó, pues estaba ahí para él, por ese momento que pronto acabó en el mayor de los placeres para ambos – Mmm… eso fue increíble – se mordió el labio inferior, observando al pelirrojo acostarse a un lado de él - ¿Estás bien? – Mycroft se sentó en la cama, asintiendo mientras abría un cajón y sacaba un cigarro y un mechero para fumar.
- Perfectamente – encendió el cigarro y aspiró hasta dejar salir el humo de su boca, relajándose completamente. Jerry sonrió y se acercó a él, abrazándolo por la cintura con una leve caricia. El pelirrojo le pasó el cigarro y Jerry fumó, incorporándose para besarlo y pasarle el humo - ¿Dónde aprendiste eso? – el joven rió juguetón.
- Por ahí – acabó por subirse encima del mayor, acariciando sin vergüenza todo el pecho de Mycroft – Los músculos cada vez se te definen más – y resiguió las líneas de su cuerpo lentamente. El pelirrojo siguió el decurso de las manos del joven, sintiendo su piel erizarse – El ejercicio te está sentando tan bien…
- Te lo agradezco, Jerry – agarró el cigarro y le dio de nuevo una calada sin dejar de mirar hacia el techo, ignorando el roce de los dedos del chico, algo que no acababa de gustarle. Por eso fue que Jerry no tardó en retirar su mano de él para apartarse y salir de la cama, aun desnudo, para acercarse al cuarto de baño y dar un pequeño portazo. Empezaba a estar harto de todo aquello, de ese hombre en particular que lo humillaba día sí y día también. Se apoyó en el lavabo con la cabeza algo agachada, respirando profundamente antes de mojarse la cara y mirarse a través del espejo. Aquello debía acabar cuanto antes mejor.
- Debo irme, señor Holmes – dijo ya fuera del baño, contoneando sus caderas frente a él mientras buscaba su ropa – Dejé un par de cosas pendientes en el despacho y no quiero perjudicar su reunión de mañana – le sonrió justamente al abrocharse la camisa – Lo he pasado muy bien, jefe. Espero que podamos repetirlo alguna vez – Mycroft lo observó, dando su última calada al cigarro antes de desecharlo en el cenicero.
- Me temo Jerry… que eso no va a ser posible ya… - y se incorporó de la cama, vistiéndose con una bata de lino azul oscura antes de acercarse a él con la expresión totalmente seria – Para jugar a esto debes ser más listo que yo, y ni tan siquiera Sherlock lo es – Jerry frunció el ceño, dándose cuenta, por primera vez, de lo que estaba pasando – Ha sido un placer… - pero no pudo acabar la frase, cuando el joven ya estaba saliendo de su habitación, corriendo hacia la calle, como si eso le fuera a funcionar. Mycroft sonrió de lado, entrando en el baño para darse una placentera ducha, a sabiendas que su leal Anthea estaba fuera deteniendo a su, hasta ahora, díscolo asistente. Definitivamente debía buscarse mejores ayudantes.
