LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (9)
Diógenes Club, Pall Mall
Anthea siempre había sido la amiga fiel y silenciosa a la que no hacía falta decirle mucho para que lo entendiera todo, de ahí que, con los años, se hubiera ganado el status que ostentaba desde hacía casi tres años. La mayoría de las personas la veían como una simple asistente, la jovencita que cargaba los informes y lo asistía en todo momento, tanto en colocarle bien la chaqueta como en informarle que la reunión de las tres se adelantaba a las dos. Pero no, Anthea era mucho más que eso, por lo que hacía que su labor fuera tan buena.
- Entonces todo fue bien – dijo Mycroft, quitándose la gafas, visiblemente cansado. La joven asintió, acercándose al escritorio para quitarle la carpeta que tenía justo delante.
- Igualmente, siento que este no es el final, señor – el hombre la observó, acomodándose en su sillón de cuero, colocando sus manos entrelazadas bajo su mentón.
- ¿A qué te refieres? – Anthea cruzó sus brazos, visiblemente incómoda.
- Es sólo una sensación. La expresión del rostro de Jerry, nada más entrar en el coche del ministerio… no era precisamente de derrota, señor Holmes, sino otra cosa. Como si estuviera seguro que algo más pasaría – Mycroft alzó su ceja, mirando fijamente a la joven. Si Anthea hablaba de esa manera era algo a tener en cuenta. Al fin y al cabo, no dejaba de ser parte de su servicio de seguridad.
- ¿Qué propones entonces? – la joven lo miró, descruzando sus brazos para jugar con el anillo que llevaba en uno de sus dedos.
- Por lo pronto ir con cuidado e investigar un poco más. Creo que el MI5 hará un buen trabajo con él y, con suerte, saquemos más información de la que esperamos. Hasta ese momento simplemente deberíamos reducir nuestros movimientos, no es que nos vayamos a esconder, pero sería bueno no exponerse.
- Supongo que te refieres a que deje de involucrarme con los tejemanejes de mi hermano y Scotland Yard en general – Anthea le sonrió con dulzura.
- Sólo serán unas semanas como mucho, lo que nos lleve averiguar exactamente para quién copiaba los informes Jerry y qué pretenden con toda esa información tan inconexa – Mycroft suspiró, bajando su mirada. Lo cierto era que su amiga no podía dejar de tener razón, más cuando su intuición jamás había fallado. Además, de nada le serviría eso cuando las cosas con Greg y con Sherlock estaban tan rematadamente mal. Un tiempo de descanso no les iría mal a ninguno.
La verdad es que lo que más le molestaba era la situación con Greg, el hecho que todo se hubiera complicado y que ninguno de ellos hubiera sido lo suficientemente valiente para dar el paso necesario y arreglarlo. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada del moreno, unos ojos cargados de indiferencia hacia él y casi desprecio por lo que Sherlock había insinuado. Ni siquiera sus palabras le habían hecho cambiar de opinión. Aun así, una brizna de esperanza nacía después de ese desastre, pues, tras días de reflexión, su mente científica había encontrado el estímulo adecuado para darse cuenta que, ante una reacción así bien debía haber un hecho que la impulsara. En otras palabras, si Greg se había enfadado con él por lo de Jerry, ¿significaba acaso que él…? Aquel simple pensamiento le había traído un sinfín de sensaciones cálidas a su casi marchito corazón. Si de verdad Greg sentía un mínimo de celos por Jerry, él podía darse por bien servido. Otra cosa era demostrarlo, y de ahí venían los problemas.
Bajo esa retahíla de pensamientos, Mycroft salió del club Diógenes junto a Anthea para ir directos al despacho. Ese día las reuniones se le enlazaban, unas con otras, por lo que planeaba que no volvería a casa precisamente temprano, aunque, la verdad, tampoco era que alguien lo estuviera esperando. Entró en el Sedán negro junto a su amiga y se quedó mirando por la ventana casi embobado. La vida londinense aparecía delante de su rostro, como si se tratara de una película que hubiera visto cientos de veces. Posó su mano en el cristal, notando la humedad que se impregnaba en esos vidrios tintados. ¿Podría seguir con la incertidumbre de saber si Greg sentía lo mismo que él?
Y de pronto lo sintió. Un fuerte golpe en el costado derecho del coche lo hizo salir de sus pensamientos para volver a una realidad alarmante. De nuevo otro golpe, aún más fuerte y que casi hizo descarrilar el coche hasta la acera, pero las habilidades de su chófer evitaron tal desastre. ¿Qué estaba pasando?
Miró hacia la ventana contraria y percibió cómo Anthea sacaba un arma pequeña de su muslo, parecía una Beretta o algo similar, y la cargaba para usarla si era necesario. No pudo evitar tragar saliva e intentar mirar hacia el coche que intentaba embestirlos, sin sacar muchas conclusiones al respecto.
- ¿Era a esto a lo que te referías, cielo? – dijo Mycroft, agarrándose como podía para no golpearse ante la brusquedad de la situación. Anthea no contestó, sólo se colocó más cerca de él, como un escudo, mientras intentaba sacar en claro algo.
- No puedo ver nada – dijo gruñendo – ¡Sal de la calle principal! – gritó al chófer – Lo último que queremos es herir a civiles – Mycroft miró por su ventana y vio que estaban en Horse Guards Rd, una de las calles donde los turistas se juntaban para ver el cambio de la guardia montada. Cualquier movimiento en falso sería fatal. Y de nuevo otro golpe, esta vez por detrás y que casi lo hizo chocar con el vehículo que tenía delante. El chófer presionó el claxon, haciendo aspavientos para que el tipo se apartara de la carretera. ¿Es que no veía lo que estaba pasando? ¿Era idiota?
- ¡Quítate de en medio! – le gritó por la ventana, girando como podía para meterse en el carril contrario y viendo cómo el coche perseguidor también golpeaba al de atrás, sacándolo incluso de la carretera – Si hoy no muere nadie… ¡será un puto milagro!
- ¡Deja de rezar y céntrate en la conducción! – espetó Anthea, quién estaba midiendo las distancias y las posibilidades de éxito de disparar hacia las ruedas del coche. Pero no, era demasiado peligroso, más por los viandantes que por otra cosa – ¡Baja hasta Birdcage Walk y ve directamente hacia el Westminster Bridge! – espetó de golpe, viendo que no había otra solución.
- ¿Y después? – preguntó el chófer.
- Sigue la carretera hacia el Albert Embankment. Avisaré al MI6 para que estén preparados – Mycroft miró a Anthea, confiando ciegamente en su juicio. Iban directos al edificio dónde se asentaba el Servicio Secreto Británico, por lo que esperaba que la reacción serían inmediata. Escuchó cómo ella daba las órdenes, mientras el chófer aceleraba hacia el puente, aun teniendo ciertos inconvenientes por lo masificado que estaba todo a esas horas de la mañana. Aquello era un desastre.
- ¡Joder! ¡Esto está lleno! – dijo exasperado el chófer.
- Bienvenido al día a día del turismo londinense – susurró la joven, antes de girarse hacia Mycroft – Prométame algo – y el hombre la miró fijamente – Si salimos de esta, ¿dejará de hacer el idiota y hablará con el inspector Lestrade? – no tuvo que pensar mucho antes de asentir, pues si la agente tenía razón en algo era en que, estando al borde de una situación extrema, la vida se veía de otra forma mucho más cristalina.
Lograron pasar el puente, no sin dificultad, parándose justo antes de la rotonda, lo que le dio tiempo a su perseguidor para embestirlo una vez más desde atrás y provocar que dieran una vuelta sobre sí mismo. Anthea agarró a su superior, pero no lo suficiente como para evitar que se golpeara. Entonces miró hacia atrás y decidió bajarle la cabeza a Mycroft, indicándole que no se moviera, para pasar hasta el asiento de delante para seguir con las indicaciones. Entonces su móvil sonó y lo agarró de inmediato, ansiosa por recibir las noticias que ansiaba recibir. No escuchó exactamente la conversación, pero su amiga pareció satisfecha, tanto que lo miró y le guiñó un ojo.
- James lo solucionará todo – y Mycroft sintió que parte del peso que tenía sobre sus hombros se aliviaba, pues ese hombre era capaz de hacer cualquier locura con tal de salvar el pellejo de su esposa, cosa que lo beneficiaba en demasía.
El chofer dio un volatazo y aumentó la velocidad al meterse en Albert Embankment. A lo lejos, el más que característico edificio del MI6 se alzaba con sus colores vivos y brillantes a causa del reflejo del sol en sus cristales. Mycroft se incorporó un poco, fijándose que, en un edificio próximo, una silueta vestida con un impecable traje oscuro y armada, tomaba posición para disparar. Sabía que era él, James, el James de Anthea, su pequeña salvación y al que parecía deber tantos favores como el mismo agente a él. Era una relación extraña la suya.
Un disparo, sólo un disparo fue necesario para que todo acabara de forma fulminante. Sólo pudo escuchar cómo el coche chocaba contra el muro de contención y hacía zigzag hasta quedar boca abajo en medio de la calzada. El chófer llegó hasta el edificio aminorando la velocidad y con el pulso acelerado, ya por la adrenalina, ya por el sofoco que se había llevado con toda esa situación. Mycroft se incorporó para salir del coche junto a Anthea y mirar lo que quedaba del coche. No creían que hubiera supervivientes, tanto por la velocidad que habían alcanzado antes de golpe como la falta de reacción ante el disparo a los neumáticos. El coche simplemente había perdido el control. El pelirrojo levantó su vista hasta el edificio desde donde se había hecho el disparo, observando que ya no había rastro del francotirador. Como si nunca hubiera estado allí.
- No sabía que tuviera esta clase de problemas, señor Holmes – dijo James, apareciendo como si nada hubiera pasado, y con el rifle reglamentario apoyado en su hombro, mientras su otra mano descansaba dentro del pantalón. Su sonrisa cínica y esos andares de sabelotodo siempre le habían puesto un poco nervioso, a la par de gustarle. Otra cosa era el escalofrío que podía causarle que pareciera tan normal ante tal caótico escenario.
- Yo tampoco – respondió con su mismo cinismo, desviando su mirada hacia Anthea – Suerte que la tengo a ella – James la miró, pero no hizo amago de acercarse, o demostrar un mínimo de intimidad con ella. Eso siempre se quedaba tras la puerta de su apartamento en Chelsea.
- ¿Tenéis idea de quiénes eran? – Mycroft miró hacia el coche siniestrado, escuchando el sonido de las ambulancias a lo lejos.
- Tengo una ligera idea al respecto, pero confío en que el MI5 resuelva mis dudas – James asintió y dibujó una sonrisa ladeada, dando un paso hacia atrás. Su trabajo ya había acabado y, con él, su conversación, aunque sabía de sobras que esas palabras habían sido sólo producto de la cortesía.
- Mírese esa herida en la cabeza – y señaló su frente antes de irse, pasando muy cerca de Anthea hasta rozar su mano con delicadeza al alejarse. Ella lo siguió con la mirada, hasta colocar un mechón de su cabello tras su oreja, algo sonrojada.
Diez minutos más tarde, y con la adrenalina del momento aun corriendo por sus venas, Mycroft Holmes era obligado a subir a una de las dos ambulancias que se habían desplazado a la zona, envuelto en una mantita anti shock aun sus eternas excusas de que no le pasaba nada. Sólo tuvo que mirar a su asistente, y la expresión de su cara, para darse cuenta que aquello había sido algo más que un simple accidente. Habían intentado matarlo.
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New Scotland Yard, Broadway
Miró la caja de donuts que tenía enfrente con el ceño fruncido. Odiaba que se acabaran los glaseados, sobretodo esos que llevaban una capa rosada por encima. Se le hacían muy cómicos y estaban tremendamente ricos. Suspiró y se quedó mirando los tres que quedaban, girando levemente su cabeza para intentar decidir. Lo cierto era que no había mucho que pensar, más cuando dos de ellos simplemente tenían una capa de azúcar y otro unas pocas virutas de chocolate, por lo que agarró uno de los azucarados para darle un generoso mordisco.
Volvió a su despacho con apenas un trozo de donut y una taza de café cargado para pasar el día. Era de esas jornadas en que la ciudad parecía darse un respiro y donde los casos resueltos se le acumulaban. Y aunque pareciera una vida sencilla, aquella era su pequeña burbuja de felicidad, algo que apenas recordaba en los últimos años. Se dejó caer en su sillón, masticando el último trozo mientras observaba el cielo encapotado de Londres. Estaba seguro que acabaría por llover, pero hasta eso le daba igual en esos momentos. Tenía el coche en el garaje, comida casera de su hija esperándole en la nevera y varias cervezas para poder disfrutar de la jornada de Champions League de la noche. Francamente, no creía que nada malo pudiera pasar.
Craso error.
- Inspector – dijo Scott nada más entrar en su oficina – Ha habido una persecución en medio de Londres. Dos coches, uno parecía oficial y el otro un turismo que ha acabado empotrado contra un muro cerca del MI6 – para ese entonces Greg ya había alzado una ceja, negando con la cabeza para quitarle importancia al asunto.
- No es nuestra división, Kinney – el joven suspiró, apoyando una mano en la puerta.
- Es el hermano del friki, señor – sólo tuvo que escuchar eso para que todo su cuerpo reaccionara, como si de repente se hubiera quemado, y ya no quiso escuchar nada más. Antes que Scott pudiera reaccionar, Greg ya estaba pasando a su lado, poniéndose la chaqueta mientras buscaba en su teléfono móvil el número que necesitaba, corriendo escaleras abajo camino al garaje. Su día de ensueño se había ido completamente a la mierda.
En el St Barts, el denominado 'hermano del friki' gruñía molesto mientras el enfermero del turno de mañana limpiaba su herida de la frente. Era pequeña, pero de esas tan molestas que necesitaban puntos de sutura a causa de la pomposidad de la sangre. Y encima estaba el escozor, oh eso era lo peor.
Anthea, a su lado y sin un rasguño que reportar, restaba sentada con las piernas cruzadas y el móvil entre sus manos, lo que la apartaba parcialmente de la realidad de ese momento. Observó su expresión, siempre plácida, y elucubró qué podría estar escribiendo. ¿Quizás hablaba con James? No, no creía que ese hombre fuera un adicto a los móviles o tan siquiera mantuviera largas conversaciones con su mujer. ¿Algún contacto del ministerio? ¿Empresario, político? Estaba seguro que los sucesos estarían llenando los telediarios a esa hora, haciéndose un hueco en la programación matinal, cosa que no le gustaba en absoluto. Parte del éxito de su trabajo era el anonimato y, vista la persecución que habían montado justo en el corazón de Londres, ese ansiado anonimato se había evaporado. Quizás lo mejor que podían hacer era seguir lo dicho por Anthea esa misma mañana y adoptar un perfil bajo, intentar no exponerse hasta saber algo de lo que había pasado pues, por mucho que le fastidiaba reconocer, no sabían nada.
La joven lo miró con una sonrisa enigmática, justo cuando guardaba su teléfono en uno de sus bolsillos. Se levantó y se acercó a él, inspeccionando la herida de cerca, como si estuviera más que acostumbrada a ver algo así todos los días. No sabía por qué, pero esa idea se le hacía bastante real.
- ¿Le duele? – preguntó interesada, viendo cómo el enfermero empezaba a tapársela. Mycroft hizo una mueca, negando con la cabeza.
- Es sólo una leve contusión, nada importante – el joven a su lado sonrió.
- Igualmente le haremos un par de pruebas, sólo por precaución, pues no fue un golpe suave – el pelirrojo rodó los ojos, cansado de estar en ese sitio que no le resultaba del todo cómodo. Anthea posó una mano en su hombro y la presionó, justo cuando el hombre se levantaba para quitarse la chaqueta – Sígame, por favor. Será rápido – Mycroft se mordió la lengua, pues estaba dispuesto a decir un par de cosas en contra de su afirmación, pero le dolía demasiado la cabeza como para iniciar cualquier tipo de conversación.
Al otro lado del ala de urgencias, Greg entraba como un torbellino, tropezando con cualquiera que se le pusiera por delante, mientras su mirada buscaba con desesperación a Mycroft. Sabía que estaba bien, pues su asistente le había informado de todos los pormenores del accidente para tranquilizarlo, pero algo en él le reclamaba verlo por sí mismo para que ese desasosiego desapareciera. Caminó a paso ligero, siguiendo las indicaciones que le daban, seguido de un Scott que apenas y entendía lo que estaba pasando. Al doblar una esquina, pudo ver la espalda del pelirrojo, más bien su trasero redondeado, y en como asentía con desánimo. Por primera vez dejó escapar un profundo suspiro, tirando su pelo hacia atrás totalmente agotado. Estaba bien, lo estaba y no podía sentirse más feliz en esos momentos. Scott, de pie a su lado, miró a su superior y luego al señor Holmes, acabando por tragar duro. A Abby le encantaría saber eso, aunque se lo cobraría a su manera, como hasta ahora.
- Señor, ¿por qué no se acerca? – le dijo casi en un suspiro. Él mismo se sorprendió ante sus palabras, pues nunca se había considerado un cupido, pero creía que era lo correcto en esos momentos. Greg no hizo amago de escucharlo, pues ya estaba dando un paso hacia adelante para reunirse con Mycroft.
- Holmes… - dijo con voz serena, o todo lo serena que fue capaz, pues no quería que el otro viera esa vulnerabilidad en él. El pelirrojo pareció tensarse por un instante, justo antes de darse la vuelta para mirarlo a los ojos. Greg tragó saliva, fijándose en la venda en su frente – Me alegro de ver que estás bien – Mycroft seguía mirándolo a los ojos, casi esperando por algo más que no llegó.
- Gracias, has sido muy amable de venir, pero apenas y es un rasguño – dijo quitándole importancia, rozando su venda y provocando un nuevo gruñido.
- No, no te toques – dijo Greg, acercándose para apartarle la mano y haciendo contacto con él casi por primera vez en mucho tiempo – Sé por experiencia que estas cosas son muy molestas, pero el descanso te irá bien –
- No pienso darme de baja por un simple golpe en la cabeza, Greg. El país sigue adelante, así como yo – el moreno sonrió de lado, negando con la cabeza. No le sorprendía en absoluto que dijera ese tipo de cosas.
- Mycroft, yo… - empezó a decir el moreno con mucha dificultad – Quería disculparme por todo lo que ha pasado hasta ahora. No medí mis palabras y… lo siento – lo miró a los ojos, provocando que el pulso del pelirrojo se acelerara como nunca antes.
- Está todo bien, Greg – y tragó saliva, moviendo ligeramente sus manos pues no sabía qué hacer con ellas – Confieso que debí haberte dicho claramente quién era y… - pero ya no siguió, pues no sabía qué decir más. Aquello le resultaba muy violento, más cuando estaban en medio de un hospital y con un joven agente cerca – Espero que Sherlock no te haya causado molestias estos días –
- Ni lo he visto – y se encogió de hombros, mordiéndose el labio – Aun te debo una comida – Mycroft lo miró expectante, pues no creía que se acordara de ese pequeño detalle.
- Sí, es cierto… - en ese momento fueron interrumpidos por una de las enfermeras, pues el pelirrojo debía descansar y quedarse en observación el resto del día. Greg lo siguió con la mirada hasta que se metió en una de las habitaciones de la planta.
- Scott – dijo de pronto el moreno, girándose para encararlo - ¿Conoces algún buen sitio para comer? – el joven sonrió, asintiendo.
- Por supuesto, señor
- Perfecto, así podremos hablar más cómodamente de lo que te traes con mi hija… - y la sonrisa se esfumó, sintiendo, después de mucho tiempo, el pánico al padre de su novia.
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Landor Road, Clapham North
Ya no sabía qué hacer. Por más cuentas que revisaba, por más números que hacía, la cosa no resultaba como ella había esperado, cosa que empezaba a enfermarla. Se suponía que el divorcio debía ser el inicio de una vida plena y dichosa, pero esa vida cada vez se le hacía más y más difícil, pues la escasez de dinero los estaba ahogando poco a poco.
Connie suspiró y miró hacia el sofá, donde un ya poco encantador Chase, restaba dormido en ropa interior. De acuerdo que esa no era la visión que había tenido al iniciar todo aquello, pero siempre era mejor que estar al lado de Greg y su nulo amor por él. O eso se decía ella cada mañana. ¿Dónde había quedado la magia del inicio? ¿Y la pasión?
El timbre sonó, por lo que no dudó en darle un leve golpe a Chase para que despertara y se fuera a la habitación, pues lo último que quería en esos momentos era que su hija viera semejante despropósito. Al abrir la puerta, Abby focalizaba toda su atención en su teléfono móvil mientras dibujaba una sospechosa sonrisa de satisfacción.
- ¿Algo acerca de la escuela? – dijo Connie, apartándose a un lado para que su hija pasara.
- Nada más lejos de la realidad, y es universidad – Abby guardó el teléfono en su pantalón y se sentó en el sofá - ¿No está tu toy boy? – su madre frunció levemente su ceño, pues no le gustaba que se dirigiera a Chase de esa manera tan vulgar.
- Te pediría que tuvieras un poco más de respeto por mi pareja – la joven se encogió de hombros – Además, no es de él de quién quiero hablar – Abby negó enérgicamente con la cabeza, levantándose inmediatamente del sofá.
- No pienso hacerlo – dijo de golpe.
- No te he dicho aun nada y ya te niegas – se quejó Connie – Ya veo que te has puesto de parte de tu padre, como siempre. Él es la pobre víctima siempre –
- Mamá, has sido tú quién lo ha dejado por otro. Obviamente es tu culpa – la mujer se levantó para encararse a su hija.
- Cómo se nota que no sabes nada de la vida, ni de cómo un hombre simple puede amargarte hasta hacerte perder la identidad – Abby desvió su mirada, pues no creía en absoluto que su padre fuera esa clase de hombre al que se refería – Debes ayudarme, me lo debes después de todo – la joven la miró sin entender – Soy tu madre y me debes la vida – ¡aquello no tenía sentido! ¿De verdad todo aquello estaba pasando?
- ¡No voy a ayudarte a sacarle el dinero a papá! – espetó ya cansada, dándose la vuelta para salir de esa casa, justo para encontrarse con Chase semi desnudo – Podrías taparte un poco…
- Estoy en mi casa – dijo él con desgana, apartándola sin cuidado para ir a la cocina.
- Abby, ¿qué no ves que así no acabaremos nunca? Legalmente es lo que tu padre debe darme, pero el maldito abogaducho que tiene le ha llenado la cabeza de un montón de cosas que…
- Colin es uno de los mejores abogados de la ciudad, mamá. Simplemente está velando por los intereses de papá
- Y perjudicando mi futuro, por supuesto – Abby no sabía bien qué debía decirle, más que no iba a ayudarla. Fue entonces que Connie apretó los dientes y la empujó – Si no vas a ayudarme, ya te puedes ir – y abrió la puerta de la calle – Y mejor ya no vuelvas. Tener hijos para esto… - la joven miró a su madre totalmente conmocionada, al borde del llanto. ¿De verdad la estaba tratando así por no ayudarla con el dinero? Tragó saliva y salió del piso, escuchando el portazo que siguió sin darle tiempo a réplica. Su madre… ya no la quería…
- Te dije que no conseguirías nada de esa niña – espetó molesto Chase al salir de la cocina, bebiendo una de sus bebidas energéticas antes de sentarse de nuevo en el sofá y encender la televisión. Connie gruñó por lo bajo, sentándose a su lado y mirando hacia la pantalla con poca gana.
