Antes de leer este capítulo, necesito aclararles algunas cosas importantes:
Todo esto lo escribí desde mucho antes de que Muzan se liberara del capullo de carne en el que se escondió en el último arco del manga, así que realmente tuve que construir todo lo que le sucedió después a ciegas.
Por este motivo, van a encontrar algunas cuántas diferencias con respecto a lo que recientemente se ha revelado en el manga. Decidí dejarlo como lo había escrito en un principio porque si no tendría que seguir editando y editando continuamente ante cada actualización, así que nada. Lo aclaro para que lo tengan en cuenta ante las discordancias entre el original y mi fic.
Disclaimer: Kimetsu no Yaiba no me pertenece a mí, sino a Koyoharu Gotouge.
III.
"—¡Llamado de emergencia, llamado de emergencia! ¡Ataque a la dependencia Ubuyashiki, ataque a la dependencia Ubuyashiki!"
El anuncio que graznaron fuertemente todos los cuervos al unísono continuaba repitiéndose en su cabeza, como si del eco resonante de una gran campana se tratara.
Todo su cuerpo se sentía tenso tras presenciar esa monstruosa explosión que significaba la muerte inmediata de su líder; un golpe sin precedentes en la historia de los cazadores de demonios. Y a pesar del caos, de la frustración de no haber podido proteger a su patrón y de la impotencia de verse atrapados por aquella emboscada que los arrastró al territorio enemigo, no podía permitirse el dejarse abrumar por la adversidad. Como Pilar, su tarea fundamental era mantenerse firme y sostener la moral de los más inexpertos. Debía resistir con todas sus fuerzas y superar este desafío, así como todos sus camaradas entregaban fielmente sus vidas a la causa, luchando fieramente contra los demonios más fuertes de la pirámide.
Su rostro, siempre congelado en una imperturbable serenidad, sólo se contrajo en una mueca de horrorosa sorpresa cuando los cuervos que sobrevolaban los alrededores les actualizaron el informe de la situación.
—¡Muerta! ¡Kochou Shinobu está muerta!
Su cuerpo continuó corriendo y esquivando los obstáculos por inercia, pero su mente se congeló en ese preciso instante. El graznido que transmitía la noticia le había bajado el alma a los pies. El mundo a su alrededor se tornó cada vez más lento, hasta casi dar la impresión de haberse detenido para dejar crecer un desasosiego sin precedentes en la boca de su estómago.
—¡Murió luego de su confrontación con la segunda Luna Superior!
"Es mentira", se dijo de inmediato, obligándose así a serenar su expresión con una dureza excesiva en sus ojos afilados.
El tiempo volvió a correr gradualmente. El paisaje continuaba avanzando a una velocidad normal, y sus oídos poco a poco se fueron destapando para recibir los sonidos sin ese molesto eco que parecía resonar desde el fondo de un tubo.
"Es mentira", continuó repitiéndose, ignorando los sollozos que liberaba Tanjirou a sus espaldas.
Shinobu no podía haber muerto. No se había despedido de ella; apenas alcanzaron a intercambiar una fugaz mirada cuando, reunidos en el epicentro del desastre junto con el resto de los cazadores, se vieron envueltos en aquella trampa de dimensiones infinitas que separó a cada uno por su lado.
Ella no moriría tan fácilmente, no podía estar muerta. Quizá herida, o atrapada en alguna localización a la cual los cuervos no pudiesen acceder para asegurar su paradero, pero conocía lo suficientemente bien su tenacidad como para saber que no se permitiría morir a manos de un demonio.
Simplemente, aquello no podía estar pasando.
Era un error.
Nada más.
Volverían a encontrarse una vez asomase el alba.
Tan pronto los rayos del amanecer marcasen el fin de la batalla, ella probablemente le reclamaría por su falta de consideración al no despedirse. Le reñiría por sus descuidos cuando le tocase curar su cuerpo maltrecho después de haber sobrevivido a su batalla contra la Luna Superior tres, de la cual se había librado apenas por los pelos y gracias a la destreza innata de Tanjirou, que consiguió lograr lo imposible. Ni qué decir cuando topase con el horror de sus heridas cauterizadas; la última vez que la brillante idea de recurrir al fuego para detener una hemorragia circuló por su mente, debió someterse a un mes entero de quejas que no dejaron de perforarlo con su característica pasivo-agresividad por su falta de sentido común a la hora de tratarse una lesión.
Podía imaginar cada palabra exacta que le llovería en consecuencia, y tuvo la certeza de recibirlas cuando el cuervo anunció una nueva entrega de la situación actual:
—¡Shinobu, Kanao, Inosuke! ¡Los tres derrotaron a la Luna Superior dos! ¡Lo derrotaron!
Aquél graznido zumbó como música en sus oídos, aliviando de golpe ese cúmulo denso de tensión que había tomado su cuerpo desde el primer anuncio.
Ella estaba viva. Había vencido.
Todo regresaría a la normalidad en cuanto acabaran con Muzan.
Una vez disipados sus más terribles temores, sus ojos azules fijaron su vista en su espada rota, reducida a una simple pieza de cauterización improvisada. No le serviría para pelear en su plenitud, pero por lo menos podría allanarle el camino a Tanjirou para que le pusiera fin a esa noche de locura.
Podían hacerlo.
Estaba seguro de que lo lograrían… Pero aún así, su corazón no había dejado de vibrar dolorosamente contra su pecho, atravesado por una daga muy densa y afilada de temor. La mano con la que empuñaba su espada rota no había dejado de temblar de principio a fin del enfrentamiento, e incluso ahora que su propia vida ya no peligraba, el estremecimiento nervioso en su extremidad no cesaba.
En el fondo de su ser resonaba débilmente el eco de la verdad. Una verdad que él se negaba a admitir.
Resistirse a enfrentar su miedo más grande era lo único que le permitía seguir moviendo sus piernas, seguir avanzando hacia donde se encontraba Muzan ya liberado de su pestilente capullo de carne.
Tanjirou profirió un grito amenazante, exigiéndole que soltase a la mujer demonio que había sido prácticamente devorada e integrada al cuerpo del enemigo. Posiblemente aquello no era más que una maniobra desesperada por absorber los nutrientes que le permitieran conservar su condición inmortal ante la aterradora posibilidad de retornar a su frágil humanidad.
Tomioka intentó alejar cualquier pensamiento distractor y centrarse en el objetivo que yacía ante sus ojos. El temible monstruo que durante tantos siglos había sido perseguido por los cazadores de demonios se encontraba justo frente a sus narices, mostrando una faceta completamente deplorable y debilitada. Fallar en asesinarlo cubriría bajo un velo de vergüenza y deshonra a todos los cazadores allí presentes por desperdiciar el sacrificio valeroso de los tantos otros que lo dieron todo para hacer posible esa oportunidad.
Y sin embargo, la punzada que le atravesaba el pecho de lado a lado persistía.
Se hacía más grande, más dolorosa.
Ni siquiera las innumerables arremetidas que lo hicieron polvo durante la contienda llegaron a generarle tanto sufrimiento como la sobrecogedora sensación que poco a poco lo desmoronaba desde el interior.
Su cuerpo entero sangraba; le sorprendía incluso el saber que sus extremidades continuaban pegadas a él por alguna clase de milagro, y a pesar de que su piel se había rasgado en carne viva, el único pensamiento fijo en su cabeza era la imagen de su esposa.
—¡TOMIOKA, MUÉVETE Y VE A CORTARLE LA CABEZA AL BASTARDO!
El rugido estridente de Sanemi, quien se hallaba en una condición casi tan deplorable como la propia desde antes de unirse a la batalla, sacudió sus tímpanos como un eco lejano. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para hacer caso omiso de cada célula que lloraba a gritos ante cada movimiento, y con mucho esfuerzo consiguió reincorporarse con sus limitadas fuerzas.
Los Pilares que continuaban con vida, por muy maltrechos que se encontraran, conseguían darle pelea al demonio más longevo de la historia, arrinconándolo como la vil rata que era.
La llegada de Kanao, Zenitsu e Inosuke refrescó con fuerzas renovadas las filas de los cazadores, quienes a pesar de haber sido aplastados tanto física como emocionalmente, utilizaron hasta el último gramo de voluntad para ponerle fin a la miserable existencia de Muzan.
Aquél gusano grotesco y detestable, que durante tantos siglos se había erguido altaneramente como el ser más poderoso entre los vivos, se veía por primera vez acorralado. La ira deformaba de manera monstruosa su rostro caído a pedazos, sumiéndose en la más profunda desesperación al saberse superado por unos simples humanos.
Justo cuando parecía que Tanjirou y Sanemi conseguirían darle el golpe final, una gigantesca puerta decorada se les cerró en la cara, evaporando como por arte de magia todos sus alrededores para dejar paso a la luz resplandeciente del alba.
El bastardo había escapado…
El Pilar de Viento profirió una maldición desgarradora al aire, coreado por otros tantos compañeros que no encontraron otra manera de expresar la frustración colectiva que recayó sobre todos los uniformados.
Habían estado tan cerca, que era imperdonable el haber permitido que se les escurriera como el agua entre los dedos.
Tantas vidas fueron sacrificadas en pos de una victoria que se resquebrajó con la facilidad de un cristal ante a sus narices… Impotentes, carcomidos por su propia debilidad, algunos cazadores cayeron desplomados para masticar amargamente su fracaso, mientras que otros proferían su último aliento de vida.
Los Kakushi se arremolinaron en masa con suministros médicos y elementos de primeros auxilios; la escena cobró un ritmo caótico, como si de un hormiguero recién pateado se tratase.
Giyuu se sentía deshecho. Lo estaba, mejor dicho.
Ante la profundidad de sus múltiples heridas y la cantidad de sangre que había perdido, lo único que le daba fuerzas para mantenerse en pie era la desesperación que sentía brotarle desde lo más profundo del pecho como una fuente de magma, quemándolo hasta sus cimientos. Sus ojos, abiertos en una inusual ansiedad, recorrían de un lado a otro el terreno en busca del rostro que no se había alejado de sus pensamientos a lo largo de todo el camino.
Necesitaba verla.
Su pulso se disparó con un subidón drástico de adrenalina, haciéndole temblar como una hoja ante cada paso tambaleante que daba.
"Shinobu…", se aferró a su nombre como a un mantra para seguir avanzando, ignorando el caos que se desplegaba a su alrededor, así como a los Kakushi que inútilmente intentaban pedirle un minuto para atender sus heridas.
"Shinobu…", se repitió, incapaz de llamarla en voz alta por el nudo que traía atorado en la garganta.
Debía estar ocupada atendiendo a alguien y por eso no alcanzaba a verla. Quizá perdió su característico haori de mariposa durante el enfrentamiento y por eso no conseguía distinguirla a primera vista entre todos los uniformados allí reunidos.
"Shinobu…".
—¡Tomioka-san! —la voz temblorosa de Kanao atrajo su atención sobre ella como un ancla.
Giyuu no era consciente de su propio aspecto en ese instante; poco le importaban las remarcadas ojeras que resaltaban su estado maltrecho, la sangre que le escurría por cada herida abierta del cuerpo o la expresión desencajada que marcaba inusualmente su rostro por culpa del pánico.
Se acercó a ella como si esperase oír de sus labios algún tipo de milagro; la confirmación de que Kochou estaba bien, a resguardo en algún sitio… Pero sus ya agrietadas esperanzas acabaron por derrumbarse cuando los ojos inundados en lágrimas de la sucesora le sostuvieron la mirada.
Las manos temblorosas de la chica acunaban con un cuidado desgarrador el broche de Shinobu… Y esa fue toda la respuesta que necesitó para que todo su mundo se viniera abajo.
Sus sentidos se bloquearon en ese preciso instante. Sus oídos se desconectaron, aturdiéndolo con un monótono pitido. La garganta se le cerró seca como la tierra árida, y sus heridas ya poco peso tuvieron en su cuerpo deshecho. Desde su mirada atónita, todo lo que podía contemplar en un inamovible punto fijo, era ese broche en forma de mariposa, salpicado por las incesantes lágrimas que derramaba inconteniblemente la joven.
—¡Kanao, Giyuu-san! —Tanjirou corrió alarmado hacia ellos, queriendo confirmar el estado de su compañera y percatándose entonces de la noticia que acababa de recibir el ahora viudo. Sus ojos se empañaron en cuanto fueron testigos de la desolación más profunda en la mirada marchita del Pilar de Agua, sintiéndose impotente y sobrepasado ante las muchas pérdidas que debía asumir en una sola noche —Giyuu-san…— murmuró con la voz temblorosa, sin saber realmente qué decir. No había palabra en el mundo capaz de brindar consuelo a un hombre destruido.
Tanjirou derramó junto con Kanao las lágrimas que no alcanzaron a asomar desde aquellos ojos secos que, sin pestañear siquiera, permanecieron inmóviles en un punto perdido del paisaje cuando su cuerpo agonizante se giró para emprender un rumbo errático hacia alguna dirección.
—¡Giyuu-san, espera…!— El joven pelirrojo hizo ademán de seguirlo, queriendo evitar que su estado de muerto viviente lo condujera hacia algún precipicio; pero antes de llegar a alcanzarlo, el agarre firme y tembloroso de la muchacha le impidió concretar otro paso.
Kanao se aferraba desesperadamente al prendedor que abrazaba contra su pecho con la otra mano, casi como si intentase sentir la calidez reconfortante de su portadora en ese gesto. En los bordes de sus ojos se distinguía una clara irritación rojiza ante la marea desmedida de lágrimas que los desbordaban, como si el tapón que durante tanto tiempo había guardado a presión cada una de las gotas que ahora empapaban sus mejillas, hubiese sido eyectado de un momento a otro.
—Tanjirou…— la voz de la joven sucesora se quebró como nunca antes lo había hecho —. No logro detenerlo…— alcanzó a articular, desmoronándose dolorosamente ante cada palabra —. Dime… ¿qué debo hacer para dejar de llorar?... ¿cómo puedo sacarme este vacío de adentro?... —el simple hecho de ponerlo en palabras era difícil; su rostro entero gritaba por ceder ante una completa mueca de dolor para manifestar su desahogo—. Siento que me quema hasta la garganta… Es como si me desangrara por dentro…
Las preguntas sinceras y desoladoras de la chica no hicieron más que agravar la cascada lacrimosa de ambos cazadores. Tanjirou había llorado demasiadas pérdidas en su vida; pero ni él con toda su experiencia tenía una respuesta útil que pudiera darle.
Y así como muchos otros, que coreaban a lágrima viva a los difuntos que los Kakushi comenzaban a agrupar en filas sobre el suelo, sólo podrían rogar por una mínima gota de consuelo aferrándose a los recuerdos que conservaban del tiempo compartido con sus seres queridos.
Aquella noche, los demonios dejarían una impronta sangrienta en la historia de los cazadores. A todos y a cada uno de ellos les habían arrebatado un trozo del alma.
Pero a Giyuu… A él se la arrancaron por completo.
Espero que hayan llorado tanto como yo lloré escribiendo y editando esto.
Antes de que me lluevan tomatazos y amenazas de muerte por narrar la pérdida de Shinobu, sólo quiero aclarar que ESTO AÚN NO ACABA. No he calculado realmente de cuántos capítulos me va a quedar este fic, pero quedan muchos, muuuuuchos más por delante. Así que guarden las antorchas para después, plz.
Tenía que narrar esto desde que vi la expresión de Giyuu cuando le comunicaron de la muerte de Kochou. El mero hecho de que se haya visto afectado ya fue todo un hito, si tomamos en cuenta que con Rengoku ni pestañeó. Especialmente ahora, que quienes están al día con el manga habrán notado esa expresión de ira contenida que le colmó al mirar a Muzan.
Como bien dijo un lector en el otro fic: nuestras almas de shippeadores automáticamente enlazaron esa furia con la muerte de Shinobu. Ojalá una mínima parte de ese rencor contenido haya sido por ella.
En fin. Espero no haberles desmotivado de seguir leyendo el fic con este capítulo XD recuerden que la historia continúa, y yo no soy tan desalmada como Gotouge.
Si el cap les ha hecho llorar, díganmelo en los comentarios, así lloramos todos juntos c':
