LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (11)
Paddington recreation ground, West Kilburn
Un nuevo domingo radiante de noviembre, ese pequeño himpas antes de las fiestas navideñas y que era un día grande para Inglaterra. 5 de noviembre, día de pólvora, traición y complot, día de historia, de cañonazos y reivindicaciones, pero también de deporte al aire libre.
La verdad era que aquello era nuevo para Mycroft Holmes, quién restaba en medio del césped del parque sintiéndose fuera de lugar. Había hecho grandes esfuerzos por vestirse de la manera más adecuada posible, siempre asesorado por su inestimable Anthea, quién había insistido en revisar varias veces su atuendo hasta el punto de comprar ropa especialmente para la ocasión.
- Es un partido de fútbol, señor. No puede simplemente presentarse con un traje de tres piezas y esperar que no lo miren – aquella insinuación había mermado bastante el ánimo de Mycroft, quién empezaba a plantearse que lo mejor sería mandar un mensaje y cancelar su cita multitudinaria.
- Me niego a ir en chándal - ¿Acaso había prenda más horrible?
El pelirrojo movió ligeramente su pie sobre el césped, intentando no resbalar con esas deportivas que calzaba. Era extraño no ir con sus zapatos Oxford, pero debía admitir que esas zapatillas eran muy cómodas, así como el pantalón y el jersey abierto que llevaba. Anthea había hecho un trabajo magnífico y ahora era a él a quién le tocaba comportarse. Alzó ligeramente su rostro, mirando por encima de sus gafas de sol a lo lejos, escuchando el alboroto típico de un evento como aquél. Greg le había enviado los datos apenas dos días antes sin tener más que una ligera conversación llena de preguntas de cortesía. Le había resultado algo frío, pero tampoco podía pedir mucho en esos momentos vistas las circunstancias de ambos. No debía tener prisa, o lo estropearía todo.
No tuvo que buscarlo mucho para dar con él. Su pelo plateado y su tez morena sobresalían por encima de los demás, así como esas piernas bien torneadas. Le gustaba ver que, aún los años, Greg conservaba un cuerpo envidiable y trabajado.
- Señor Holmes, ha venido – dijo una voz fina a su derecha, descubriendo una sonrisa confiada y resplandeciente. Aun sus ojos verdes, Abby poseía esa belleza innata de su padre, su carisma y su sonrisa. La única vez que la había visto no había reparado en ello, pero ahora era algo que no podía dejar de apreciar.
- No podía negarme – la sonrisa de la chiquilla se amplió ante esas palabras, acercándose más para agarrar su brazo, algo que alarmó considerablemente a Mycroft, quien por norma huía del contacto físico.
- Le he guardado un sitio a mi lado, justo en la zona de la familia de los jugadores. Scott nos espera – el pelirrojo estuvo a punto de decirle que había varios errores en su frase, que él no era familia, que no tenía por qué guardarle sitio y menos arrastrarle de esa manera, pero apenas tuvo tiempo de acomodarse en su asiento cuando la conversación volvió a fluir – Le presento a mi novio, Scott. También jugará hoy, aunque en el equipo contrario – Mycroft asintió, viendo cómo saludaba a su novia antes de bajar a calentar con sus compañeros y le dedicaba algunas palabras a lo lejos a Greg – Si debo serle sincera, esperaba que viniera para poder tener una conversación con usted – empezó a decir Abby, ganándose de nuevo la atención del pelirrojo –
- Lo imaginaba – la joven lo miró de reojo - ¿Es por habernos encontrado en la oficina de tu padre? – Abby asintió.
- En cierta manera, sí – se sentó mejor para poder mirarlo – No soy ciega, señor Holmes. Sé muy bien que mi padre es un hombre guapo, aunque él lo niegue, y que atrae las miradas de muchas personas como por ejemplo usted o Sally Donovan – Mycroft frunció el ceño. ¿Quién demonios era Sally Donovan? – Pero he podido notar un cambio muy positivo estas últimas semanas y, por Scott, sé que su presencia en la vida de mi padre se ha intensificado –
- ¿Es algún tipo de interrogatorio, señorita Lestrade? – la chica negó con la cabeza.
- Es una conversación amistosa – el pelirrojo sonrió de lado, fijándose en los ojos verdes de la muchacha. No veía otras intenciones, ni nada que contradijera sus palabras.
- De acuerdo, ¿Qué es lo que realmente quiere saber? – Abby imitó la sonrisa de Myc.
- ¿Mantiene algún tipo de relación amorosa con mi padre? – 'directa al grano', se dijo el pelirrojo, mientras aguantaba la mirada de la chica. Tenía muchas agallas.
- No – respondió escuetamente.
- ¿Por qué? – aquello lo descolocó – Me refiero a que, en fin, es obvio que se gustan y ya han salido varias veces. Incluso está aquí, y ni tan siquiera mi madre vino ni una sola vez a este tipo de cosas – la cabeza de Mycroft estaba a punto de estallar ante tanta información – Entiendo que esté un poco descolocado, no soy muy delicada, pero creo de verdad que hace feliz a mi padre y apuesto que usted también está cómodo con él – sonrió afectuosa, sin apartar sus ojos del mayor.
- Admiro su capacidad para ir directa al grano, pero creo que no puedo darle una respuesta definitiva en este caso… - el pitido del árbitro señalando el inicio del partido interrumpió la conversación, provocando que ambos miraran hacia el terreno de juego. Greg los estaba mirando fijamente, e incluso podría pensar que con cierto miedo.
- ¡Vamos papá! ¡Machácalos! – Abby gritó emocionada, llevándose una reprobatoria mirada de Scott, a lo lejos, quién frunció el ceño como un niño. Aquello divirtió y mucho a Myc, pues le recordó demasiado a Sherlock y sus interminables dramas.
El partido empezó y Greg enseguida se hizo con el balón, deshaciéndose de dos rivales que pretendían meterle la pierna. Dio una vuelta sobre sí mismo y se la pasó a Colin, quién acabó derribado por Scott, algo que el árbitro señaló como la primera falta del encuentro. No tardaron en lanzar la falta, dejando que el balón se perdiera por encima del travesaño.
Mycroft nunca había entendido mucho el fútbol, salvo que era un deporte de masas que podía sacar lo peor de las personas. De ahí que prefiriera fijarse en Greg, en cómo corría de aquí para allá pidiendo el balón, cómo se lamentaba ante cualquier fallo o la manera cómo se retiraba el sudor de su frente. Mirara como lo mirara, era una delicia, creándole esa necesidad imperiosa de hundir sus dedos en su pelo, atrayéndolo por la nuca para probar de nuevo sus labios. ¿Besaría igual que antes, o quizás lo haría mejor?
Los gritos de euforia lo sacaron de su ensimismamiento, notando el suspiro de Abby a su lado mientras saludaba con la mano hacia el campo. Parecía que el equipo de Scott había conseguido batir al portero contrario para frustración de la joven y Greg. Volvió a mirar al campo y vio a su hombre… ¿su hombre? Sí, Greg dando órdenes a su equipo para que se recolocaran mejor. Mycroft supuso que sería como una nueva estrategia, tal y como haría cualquier general ante una difícil batalla. La verdad era que, si miraba el fútbol desde una perspectiva bélica, quizás podría comprenderlo más.
- ¿Tiene hambre? –le preguntó Abby a su lado, ya en el descanso – Traje algunos bocadillos y refrescos para todos. Incluso para usted – su sonrisa era encantadora y el simple hecho que lo hubiera tenido en cuenta lo llenó de una extraña calidez.
- Claro, muchas gracias, Abby – la chica amplió su sonrisa, agarrando un paquete que se había mantenido a sus pies para bajar hacia el campo, seguido de él.
- Tu novio nos tiene machacados – se quejó Pierce, nada más verla desde el césped donde estaba tendido - ¿Siempre tiene tanta energía? – Abby sonrió asintiendo antes de darle su bocadillo, ante la mirada acusatoria de Colin.
- No te quejes, que a ti no te ha tirado por los aires. Además, ¿la media de edad de esos críos cuál será? ¿30? Seguramente menos – Jeff se acercó a la chica y le dio un beso en la mejilla antes de agarrar los bocadillos y agradecerle su atención, para luego mirar a Mycroft quien, cómo no, miraba embobado a Greg a lo lejos, mientras conversaba con Scott.
- En todo este tiempo, no ha cambiado la manera cómo miras a Greg – dijo llamando la atención del pelirrojo, quién lo reconoció de inmediato – Eso debe ser amor, ¿no crees? – hablar de sentimientos, de cualquier tipo, jamás había sido el área preferida de Mycroft. Es más, era conocido por todos que la evitaba completamente.
- Tú tampoco has cambiado en nada – dibujó una breve sonrisa, evitando responderle – Me dijo Greg que te había ido muy bien todo – Jeff bajó un poco su rostro, escondiendo una expresión de derrota.
- Bastante bien, sí. Y seguramente se habrá vanagloriado de que al final te hice caso y me puse a trabajar en serio para seguir viviendo por mí mismo – Myc sonrió de lado – Siempre le gustó recordarme la manera cómo dedujiste mi estado con sólo verme, aunque nunca supimos cómo lo hiciste –
- Es… es sólo un método a base de observación y conocimiento, nada especial – y Jeff pudo ver cierto sonrojo en las mejillas del hombre. Suponía que sentía vergüenza por lo dicho, lo que lo animaba más a seguir.
- Ya veo, de todas formas me alegro mucho que aceptaras venir. Greg estaba realmente nervioso y no es normal en él – y fijó sus ojos en el más alto – Ya sabes lo seguro de sí mismo que era – Mycroft le devolvió la miraba, volviendo de golpe a aquella noche, a su encuentro, a las tres cervezas y al descarado flirteo que habían tenido ante ese hombre hasta el punto de olvidarlo por completo para irse a tener sexo.
- Era… - repitió el pelirrojo con cierto pesar, pues aquél tiempo pasado denotaba más dolor del que él hubiera podido percibir en un primer momento. Estaba a punto de querer saber más cuando notó un brazo rodear su cintura y encontrar a Greg más cerca de él de lo que creía. Estaba resplandeciente, aun lo cansado que se le veía. Sus ojos brillaban de una manera desconocida aun para él, lo que provocó que su corazón latiera deprisa.
- De nuevo, juntos – Jeff rió, viéndose de nuevo en el bar de la universidad. Era demasiado familiar.
- Sí, pero con veinte años más – miró a ambos, percibiendo cómo era casi imposible que apartaran sus ojos del otro. La misma sensación de desaparecer ante la presencia del ser amado. ¿Qué se le iba a hacer?
- ¿Puedo hablar contigo en privado? – preguntó Greg a Myc, sin retirar su mano de la espalda. Sin decir nada a nadie se retiraron del grupo, alejándose del resto de espectadores, quienes no les quitaron los ojos de encima hasta que desaparecieron entre los árboles – Sólo quería agradecerte que vinieras al partido. Sé lo mucho que te disgustan este tipo de eventos – el pelirrojo se paró en seco y lo miró.
- No puedo decir que me apasione el fútbol, pero no iba a perdérmelo por nada – Greg sonrió – Siempre me gustó mucho verte jugar. Saca lo mejor de ti – el moreno amplió su sonrisa, sintiendo unas ganas increíbles de besarlo, pero estaba tan sudado y Myc tan impoluto que no quería mancharlo.
- En ese caso, te dedicaré el gol que voy a marcar – aquello divirtió al pelirrojo, pues aun todo el ánimo que seguramente tenía por cumplir su deseo, su estado físico jugaba en contra.
- ¿Tan seguro estás de que vas a marcar? – Greg se relamió, sonriendo como si fuera un animal hambriento, enviando unas descargas eléctricas que sacudieron el miembro de Myc. ¿Cómo era posible que, aún los años que habían pasado, ese hombre pudiera provocarle esa clase de instintos tan primarios? No lo entendía, pero sabía de sobras cómo funcionaban los impulsos sexuales en la anatomía masculina, por lo que decidió dejar de pensar y se lanzó a devorar los labios de ese moreno que lo estaba volviendo loco. Greg no se sorprendió, pues en cierta manera había estado tentando la suerte para provocar ese momento. Intuía lo mucho que se deseaban, lo mucho que esperaban encontrar un signo en el otro que les diera campo libre para actuar, pero también era verdad que con Mycroft las cosas podían ser bastante complicadas y simplemente se colocó en la posición de anzuelo, por así llamarlo. Y nadie podía imaginar lo mucho que lo estaba disfrutando. Acercó al pelirrojo por las caderas, haciendo chocar sus más que despiertas entrepiernas, mientras sus lenguas se dejaban llevar por una danza tan intensa como asfixiante. Mycroft podía notar la experiencia de Greg en su boca, así como la necesidad de recuperar el tiempo perdido, mientras él simplemente intentaba seguirle el ritmo, dejándose hacer. Tendría tiempo de demostrarle de qué era capaz. El moreno se separó un momento, respirando para luego dejar pequeños besos por sus labios algo hinchados, su mandíbula y su cuello níveo. Myc se abrazó a su cintura, sonriendo al notar las grandes manos de Greg manosear sin vergüenza sus nalgas – No pierdes el tiempo – el policía negó con la cabeza, aspirando el delicioso aroma de su seguramente carísima colonia.
- He ansiado esto desde hace varios días y no he podido evitar dejarme llevar por la adrenalina del momento – apretó sus nalgas una vez más, casi jadeante al imaginarlas desnudas. Demasiado tiempo sin sexo empezaba a afectarle seriamente.
- Lo sé. Podía notarlo – Greg levantó la vista para mirarlo de cerca - ¿Creíste que te invitaba a mi club sólo por pura cortesía? – la sonrisa sincera y juguetona de ambos fue el preludio de una nueva tanda de besos y caricias, esta vez más sosegadas y evitando las partes erógenas de ambos.
- Espero que la invitación siga vigente – se atrevió a murmurar Greg cerca del cuello del pelirrojo, acariciando su piel con su aliento. Myc se estremeció, girando su rostro para mirarlo a los ojos justo cuando se escuchó a lo lejos el sonido del silbato. Greg resopló, hundiendo su rostro en el pecho de Myc sin dejar de abrazarlo – Justo ahora que se ponía interesante…
- No seas perezoso –enredó sus dedos en ese pelo increíble que tenía y lo obligó a mirarlo – Seguiremos después, justo donde lo hemos dejado – susurró sobre sus labios, justo antes de darle un último beso.
- Esto sólo es un aperitivo – susurró Greg, relamiéndose antes de separarse para ir de nuevo al terreno de juego. Mycroft lo siguió con la mirada, incapaz de separar sus ojos de ese magnífico culo prieto.
Cuando volvió a su asiento, ya más calmado, se encontró con la mirada cómplice de Abby y su bocadillo olvidado. Le dio las gracias y empezó a comer, mucho más animado y pendiente del juego pues, en el fondo, ansiaba ver si Greg cumplía su palabra.
Y lo hizo, vaya si lo hizo. Mycroft jamás había sentido la euforia propia de un deporte tan primario, pero ver al moreno alzarse entre los demás jugadores para rematar de cabeza y marcar el gol prometido lo llevó a un nuevo nivel de éxtasis desconocido hasta ahora por él. Todo su equipo se abrazó a Greg, casi tirándolo al suelo pues estaban muy cerca del final. Aún podían ganar. En cuanto pudo levantarse el moreno señaló hacia la grada con una inmensa sonrisa, lo que sonrojó a Myc. Greg era un hombre de palabra.
Pret a Manger, Tothill St
Estaba realmente nerviosa, agazapada como podía en aquella mesa lo más alejada posible de la barra del restaurante. No le gustaba ese plan, pero tampoco había encontrado otra excusa mejor para evitar que Chase la arrastrara hacia ese lugar frecuentemente transitado por policías. Según su novio, esa era la mejor manera de obtener la información necesaria para hundir definitivamente a Greg Lestrade.
- Pueden reconocerme – siseó Connie, de espaldas al resto del local – Durante años me he movido en este círculo y todos ya saben de mi proceso de divorcio – el joven sentado frente a ella no hizo ningún gesto, más pendiente de acabarse su batido que otra cosa - ¿Me estás escuchando? –
- Sí, sí te escucho, cariño, pero, francamente, estoy harto de tu pesimismo y nula colaboración. A veces hasta creo que no quieres divorciarte de ese viejo – y desvió su mirada, ofendido y triste, como si se tratara de un niño pequeño al que han reñido. Connie negó con la cabeza, desesperada porque no pensara eso de ella.
- Por favor, Chase, no creas esas cosas de mí. No sabes lo feliz que me hace estar contigo y jamás podría volver con Greg, pero debes entender que estamos tomando muchos riesgos estando aquí – y la mujer miró a través del espejo que tenía delante de ella, viendo claramente una cara familiar y que siempre había detestado con todo su ser.
Sally Donovan restaba en la barra con la mirada fija en su taza de café a medias, compadeciéndose de sí misma. Según su perspectiva había hecho lo indecible para acercarse a Greg ahora que estaba soltero. Había esperado mucho, demasiado, para que su jefe se decidiera a dejar a la bruja de Connie, por lo que la noticia le había llenado de esperanza. No era ajeno para nadie la fascinación que despertaba el inspector en ella desde que había entrado en la división, sobre todo después de aquella fiesta de Navidad donde había probado sus labios. Sí, aun estando borracho, Sally había podido besar a su jefe, aunque al día siguiente él ni se acordara. ¿Por qué no se fijaba en ella? ¿Qué le faltaba? Quizás estaba demasiado impaciente, quizás estaba forzando de más la situación y Greg necesitaba tiempo. Pero ella no, ella había dejado que pasaran demasiados años y su ansia en esos últimos meses había crecido demasiado como para poder controlarse.
- Un penique por tus pensamientos – le susurró alguien cerca de su oído, sacándola del ensimismamiento en el que se había metido. Al girar el rostro se encontró con Phillip Anderson, sonriéndole afectuosamente.
- Tú… - ella sonrió, apoyando su mejilla en la palma de su mano - ¿Qué haces aquí? Pensé que tenías el día libre – el forense asintió, sentándose a su lado y pidiendo otro café para él.
- Me llamaron para una urgencia – le sirvieron la taza y removió su contenido – De nuevo ese Sherlock Holmes estuvo metiendo las narices en la escena del crimen. Te juro que no lo soporto más – gruñó, echándole dos de azúcar.
- Lo sé, yo tampoco puedo con él, mucho menos desde la última vez que se escurrió de entre los dedos cuando casi lo teníamos acorralado. Gregson está muy enfadado por ello –
- Si no llega a ser por ese presuntuoso de su hermano podríamos haberle endosado uno o dos cargos que, con sus antecedentes de drogodependencia, no habría podido eludir la cárcel – Sally bufó, tirando su pelo hacia atrás.
- Lo que más me molesta es que Lestrade le defienda. No entiendo por qué – Anderson la miró en silencio, removiendo el café con su cucharilla.
- Hay quien dice que… se lleva muy bien con su hermano mayor – bebió de su café un buen sorbo – Y no es que no aprecie al jefe, pero creo que esos dos Holmes lo están manipulando de alguna manera. ¿Crees que lo chantajean o le coaccionan? Porque Greg está… raro – Sally asintió, más que afectada por esa afirmación. Quería mucho al moreno y le dolía que cualquier persona ajena pudiera aprovecharse de su buen corazón.
Unas mesas atrás, una pareja con las peores intenciones se miraron sonrientes. Habían conseguido lo que habían ido a buscar y no podían estar más dichosos de su éxito.
Paddington recreation ground, West Kilburn
Le dolía todo, incluso partes que no recordaba tener en su cuerpo. Suponía que ese era el precio de hacerse viejo o, más bien, de intentar hacer cosas que sólo los futbolistas de élite conseguían con mucho esfuerzo. Greg Lestrade, apasionado jugador de futbol amateur, se había dejado llevar tanto por la adrenalina del juego, de haber metido el gol del empate que una voz en su interior le había animado a ir un poco más allá e intentar una chilena. Sí, un movimiento peligroso en el que la persona en cuestión intenta rematar a portería desde el aire. Obviamente no lo había conseguido, aunque se había llevado un fuerte golpe en su espalda y su nuca, por lo que no era extraño que, aún ahora, tuviera una bolsa de hielo en su cuello.
- ¿Te duele mucho? – preguntó Mycroft, supervisando el hematoma que empezaba a oscurecerse en su nuca. Greg asintió con un gruñido, apartando la bolsa de hielo para apoyarse mejor en uno de los árboles apartados de la zona de juegos.
- Pequé de impetuoso – dijo como si quisiera justificarse de esa manera. El pelirrojo no dijo nada, apoyado como estaba en las piernas extendidas del moreno, admirando el inusual cielo azul que les había regalado Londres - ¿En qué piensas? – Myc desvió su mirada hacia él y luego volvió a mirar el cielo, como hipnotizado.
- Sólo recordaba el partido, en cómo te movías, el ímpetu que le ponías al juego y las ganas de superación que vi en tus ojos – Greg pasó una mano por el pelo pelirrojo, peinándolo hacia atrás – Fue hermoso – acabó por susurrar, cerrando los ojos para poder disfrutar del roce de sus dedos. El moreno no le quitaba los ojos de encima, sintiendo una pasión incontrolable por el tacto de su pelo, por su suavidad y por esos traviesos rizos que se le formaban en las puntas.
- Eso lo dices porque no has visto muchos partidos de fútbol – quiso bromear Greg, dejando su mano muy cerca de la mejilla de Mycroft.
- Tampoco quiero – y se encogió de hombros – A no ser que tu participes en ellos – el moreno estalló en una carcajada grave, masculina, que le erizó todo su cuerpo. Definitivamente era hermoso.
- Eres encantador, Myc – logró decir, dedicándole una mirada dulce, mientras recorría parte de su mejilla con un dedo, llegando hasta su cuello.
- No lo soy – dijo en seguida, mirándolo fijamente – Te lo aseguro – Greg se encogió de hombros, acercándose a la boca del pelirrojo, manteniendo la distancia aún.
- No me interesa cómo seas con los demás, o lo que hagas en tu trabajo – susurró para que sólo lo escuchara él – Sólo me importan los momentos que estamos juntos – Mycroft intensificó su mirada, acercando instintivamente su mejilla a la mano morena, rozándose con su palma. El inspector jugó con su pulgar, haciendo círculos sobre su piel sonrosada en aquellos momentos. No podía, ni quería, dejar de tocarle, sentirle cercano, saber que aquello era real. Cerró un instante los ojos, para volver a abrirlos y ver que el pelirrojo se había incorporado, quedando muy cerca de sus labios. Lo observó atentamente, siguiendo con sus atenciones sin poder evitar relamerse el labio inferior, claro síntoma del deseo que estaba sintiendo. Quería volver a probar sus labios, sentir su calidez, disfrutar de su sabor, y esta vez no se iba a andar con pequeñeces. Mycroft no pudo evitar gemir al sentir la boca de Greg sobre la suya, devorándolo literalmente. Se sentía indefenso ante aquella fiera que tenía enfrente. Su lengua provocativa estaba haciendo estragos en su raciocinio, así como sus dientes y sus manos traviesas que, por entonces, ya habían alcanzado sus caderas. Estaba a punto de explotar, mareado, feliz y con ganas de reír sin parar pues, al fin, parecía que las cosas estaban yendo por el camino correcto. Y de golpe un gruñido los separó.
- ¿Estás bien, Greg? - Mycroft se preocupó, rozando su nuca algo inflamada. El moreno sonrió, atrapando de nuevo sus labios, esta vez más suavemente.
- Mejor que nunca – el pelirrojo se sonrojó, bajando su mirada hacia el pecho del policía, para acariciarlo con ambas manos.
- ¿Sería muy descabellado pedirte que… vinieras a mi casa? - susurró sin apenas mirarle, más entretenido en delinear sus músculos por encima de la tela manchada de barro. Greg imaginó que con su roce podía sentir inevitablemente la velocidad de sus latidos, signo inequívoco de su nerviosismo.
- No… no lo sería para mí – Mycroft Holmes sonrió con picardia, abalanzándose sobre el moreno.
