LOS ESPEJOS ROTOS DE LA MEMORIA (12)
Duchess of Bedford's Walk, Kensington
No pudieron evitar chocar contra la puerta robusta de la casa. Era el precio que debían pagar por sentirse tan vulnerables ante la pasión arrolladora que los empujaba, uno contra el cuerpo del otro. El viaje tampoco había sido fácil, mucho menos para Greg, encargado de conducir aún la exitosa estimulación de sus sentidos y, para qué negarlo, su miembro. Mycroft Holmes se había descubierto como un experto en el arte amatoria. No tenía nada que ver con aquél joven virgen que una vez había conocido, por lo que una parte de él había sentido unos celos irrefrenables. ¿Quién habría sido el afortunado de enseñarle todo eso? ¿Habrían practicado mucho para llegar a ese nivel? ¿No era tan pocos los hombres que habían pasado por su cama, sino más?
- Deja de pensar, Greg – dijo el pelirrojo entre jadeos, dejándose hacer contra la puerta – Es molesto –y tiró su cabeza hacia un lado, dándole completo acceso a su cuello ya bastante marcado. El moreno no dudó en responder a su oferta, sacando sus dientes para marcar la zona ya rosada.
A tientas, pues no podía hacerlo de otra manera, Myc buscó el timbre de su propio hogar con la esperanza de que sólo Stanley estuviera despierto. Cerró sus ojos de nuevo, sintiendo otra nueva mordida en su cuello, esta vez cerca de su nuez.
- Buenas noches, señor Holmes – dijo el mayordomo, impasible y haciendo como si no hubiera visto nada al abrir la puerta. El pelirrojo no había sido lo suficientemente rápido para evitar a su más fiel sirviente aquella imagen harto comprometida, pero, a decir verdad, peores cosas había visto y oído en sus largos años de servicio – El resto del servicio se retiró hace una hora – el hombre dejó que la pareja pasara dentro, sin mirarle realmente – ¿Necesitará algo más? - Stanley desvió levemente la mirada hacia Greg, visiblemente incómodo y nervioso, a tenor por cómo se tocaba el pelo nerviosamente.
- No, puedes retirarte. Buenas noches, Stanley – el mayordomo le dedicó una leve reverencia y se retiró sin decir nada más, dejando al moreno con el pulso más que acelerado.
- No pensé que… ni tan siquiera me planteé la opción del servicio – balbuceó, aún preso de la excitación del momento. Mycroft, a su lado, sonrió con superioridad.
- No deberías preocuparte tanto por Stanley; su fidelidad ha sido probada con éxito – entonces se dio la vuelta, empezando a subir las escaleras que los llevarían a su habitación – Mejor recuerda el hecho que… Sherlock vive conmigo – Greg sintió como si un rayo le atravesara el pecho, inmovilizándolo al pie de la escalera. Instintivamente miró hacia arriba, entre la penumbra, creyendo erróneamente que, al pronunciar el nombre de l joven, éste aparecería por arte de magia. Respiró profundamente y esperó unos segundos que parecieron interminables – Gregory… -dijo entonces la suave voz del pelirrojo, sacándole de esa burbuja en la que se había metido. El moreno agitó su cabeza, frunciendo el ceño. ¿Y qué importaba que Sherlock lo pillara en casa de su hermano? Alguna vez tendría que enterarse, ¿no? Con mucho más ánimo que antes, Greg subió los escalones de dos en dos hasta alcanzar a Myc, quién lo estaba esperando muy sugerente apoyado en una puerta. Imaginó que sería su habitación, por lo que su excitación volvió a nublarle los sentidos, convirtiéndolo de nuevo en ese animal primitivo y algo salvaje que era cuando el sexo se le cruzaba.
Mycroft podría asegurar que nunca había visto a nadie moverse tan de prisa, mucho menos a Greg. Apenas estaba en la escalera cuando ya lo tenía encima, devorándole cada parte de su ser, asfixiándolo placenteramente y llevándole al limite de su raciocinio. ¡Cómo lo deseaba!
Abrió la puerta y ambos hombres se vieron empujados dentro, dándose la vuelta para cerrarla de nuevo sin cuidado alguno. Si Sherlock aun no se había dado cuenta de su presencia en la casa, ahora no habría duda alguna. Las mordidas volvieron a sus labios, hinchándolos, llenándolos de saliva para dar paso a sus lenguas, ávidas de contacto, de enredarse una con la otra. Greg lo tocaba con tanta intensidad que podría jurar que tenía más de dos manos, pues no creía que hubiera una parte de su cuerpo sin estimular. Cuando quiso darse cuenta estaba desnudo de cintura para arriba, con el moreno chupando y lamiendo a conciencia uno de sus pezones y sacándole los gemidos más vergonzosos que alguna vez había emitido. Ese hombre no era ni remotamente el mismo que había conocido 20 años atrás. ¡Era incluso mejor!
Se apoyó torpemente en la pared tallada que tenía a su espalda, intentando mantener el equilibrio ante el ímpetu que tenía Greg sobre él. Esa pasión arrebatadora, ese deseo hacia él lo hacían sentir el hombre más atractivo del mundo, algo que casi nunca había sent ido. Su ego estaba por las nubes.
- Myc… Myc – repitió como un mantra el moreno, hundiendo su nariz en el hueco de su cuello. El pelirrojo lo abrazó, enredando sus dedos en su cabello despeinado, intentando así tranquilizar su respiración entrecortada.
- Greg… - jadeó, sintiendo la mano morena sobre sus pantalones, rozando el creciente bulto. Estaba mareado, deliciosamente mareado, por lo que no dudó en abrir un poco más sus piernas, ofreciéndose descaradamente a él. Greg volvió a morderlo, esta vez un poco más arriba, cerca del lóbulo de la oreja. Su saliva era como fuego.
Las manos morenas no tardaron en enterrase bajo la tela, estimulando directamente su miembro húmedo. La tela de sus bóxers estaba mojada de preseminal, por lo que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Greg no dudó en estimularlo, arriba y abajo, sin dejar de mirarlo a los ojos. Quería ver cómo sus facciones cambiaban, cómo su gesto se tornaba preso del placer y no podía dejar de gemir. Sus ojos chocolate brillaban de anticipación, clavados en los azules de su pareja. Nunca había sentido esa libertad en los brazos de otra persona, no al menos desde hacía casi veinte años. ¿Por qué? ¿Por qué Mycroft lo dejó atrás?
Ese sólo pensamiento encendió un nuevo fuego en él. Imaginó una vida junto a él, en la que nunca había conocido a Connie, en la que siempre había sido feliz y no conocía la palabra 'pelea'. Una vida junto a un ser maravilloso, inteligente y agudo, capaz de cambiar el mundo, y él estaba a su lado. Compartiéndolo todo. Siendo parte de esa vida. Pero en esa utópica felicidad siempre faltaría alguien. Podía odiar a Connie, podía culparla de muchas cosas, de hacerle la vida imposible, de arruinarle anímicamente, humillarlo, pero era innegable que le había dado su tesoro más preciado. Su hija Abby. Y por ella… por ella había valido la pena toda esa mierda.
Abrazó a Mycroft con más ternura, respirando profundamente para embriagarse de su aroma natural. Lo deseaba, pero comportarse como un animal en celo no era la idea que tenía de su primera-segunda vez juntos. No. Quería hacerle el amor, simple y llanamente. Sus frustraciones no tenían cabida en esos momentos, por lo que su ímpetu salvaje fue aminorando, dejando paso a la ternura y al cariño. Mycroft notó el cambio en la actitud dominante de Greg y no supo qué pensar en un primer momento. ¿Se estaba arrepintiendo? No, no podía ser… Sintió aún sus manos en sus nalgas, masajeándolas lentamente, como si se deleitara de su tacto y se calmó un poco. No parecía que quisiera parar.
- M e gustas… - susurró Greg casi inaudible- Me gustas mucho… - en un principio creyó imaginarlo, para qué negarlo. Había deseado tanto escuchar eso de los labios del moreno que cuando pasó de verdad se sintió perdido – Ven…
El moreno agarró la mano de Mycroft y lo atrajo hacia la cama, donde se sentó para que el pelirrojo se subiera encima de él a horcajadas. Greg delineó su espalda con ambas manos hasta su cintura, dejando besos dispersos por todo su pecho. Quería ser delicado y estaba funcionando, a tenor del rubor de las mejillas de su amante y su piel erizada por el roce. Myc se abrazó a su cuello, moviendo ligeramente sus caderas contra él, provocando que ambos miembros se rozaran lentamente. Un potente escalofrío los invadió, erizándoles más su cuerpo. El movimiento se hizo más errático, más necesitado hasta convertirse en un baile frenético, donde la ropa sobraba desde hacía mucho tiempo. Greg se deshizo al fin de su camiseta sucia, haciendo lo mismo con sus pantalones de deporte y su ropa interior. Mycroft lo miraba ansioso, mordiéndose el labio inferior. Podía sentir su hombría clavándose entre sus nalgas aun cubiertas, por lo que no dudó en alzar sus caderas para deshacerse del resto de la ropa que le quedaba.
Reanudaron el baile frenético, donde Greg agarró ambos miembros con una sola mano, estimulándolos hasta sentir el goce absoluto del orgasmo. Había sido rápido, pero ya no eran unos niños para andarse con tonterías. Mycroft se dejó caer a un lado de la cama, apoyando sus delicadas muñecas sobre su frente. Aun tenía las mejillas sonrosadas y se veía adorable, por lo que el moreno no lo pudo evitar y se abalanzó de nuevo hacia él, robándole nuevamente el aliento. Para el pelirrojo no fue una sorpresa, ni una molestia, todo lo contrario. En cuanto lo sintió sobre él no dudó en enredar sus largas piernas alrededor de la cintura del inspector, como una invitación hacia el camino que debía seguir. Luego metió una mano bajo la almohada, sacando un bote de lubricante seminuevo, y se lo dio sin decir nada.
- Gregory… - gimió obscenamente al sentir sus cuerpos completamente unidos. Apenas podía mantener sus ojos abiertos, aferrado como estaba a los hombros anchos del moreno, quién había adoptado un ritmo frenético y asfixiante de embestidas que lo estaba llevando al límite. Su cuerpo se arqueó hacia atrás, tapando su boca con su puño como mecanismo de evitar más ruidos. Greg apartó su mano, inmovilizándolo a un lado por su muñeca sin dejar de mirarlo fijamente.
- No me prives de escucharte… ni de verte… -
Atrajo la muñeca de Myc y la besó, cubriendo el cuerpo tenso de su amante con el suyo, sin ralentizar ni un sólo momento el ritmo de sus embistes. El pelirrojo lo miró con los ojos brillantes, próximos al llanto por la intensidad de sus sentimientos en ese instante. Tragó saliva y se abrazó aun más fuerte. Greg sonrió para sí mismo, levantando más si cabe sus muslos para luego sentarlo de nuevo sobre su regazo y abrazarlo. Aun el frenético movimiento de sus cuerpos chocando entre si, los besos eran los verdaderos protagonistas de su amor, de ese sentimiento imperecedero que parecía que los acompañaría el resto de sus vidas. Mycroft sonrió feliz, arqueando su espalda para moverse con más soltura, haciendo círculos con su cadera y volviendo un poco más loco a su inspector, culminando en su segundo orgasmo de la noche.
- Dime… dime que siempre será así – dijo entre jadeos Greg, con la voz amortiguada por sus propias manos en la cara. El pelirrojo, aun sobre él, con las manos apoyadas en su pecho, sonrió satisfecho.
- No… será aún mejor – el moreno apartó sus manos de su rostro, sorprendido. Su expresión cambió a un a de absoluta felicidad, atrayéndolo de nuevo para volver a besarle, acabando por rodar por la cama como aquellos adolescentes que un día fueron.
El dardo impactó de nuevo sobre aquél retrato pictórico colgado de la pared. Si uno se acercaba, podía verse claramente los pequeños agujeros que el aburrimiento masivo, de alguien que no tiene nada que hacer, provocaba. El joven gruñó, lanzando un nuevo dardo, esta vez impactando sobre el marco de madera pulida que lo enmarcaba. Hacía demasiado tiempo que no tenía un caso, un suceso lo suficientemente interesante como para poder meter sus narices. Tampoco es que pudiera tener acceso a Scotland Yard, mucho menos después de lo sucedido con esos dos idiotas de Anderson y Donovan. Jamás entendería cómo un cuerpo de policía, a priori, distinguido podía tener en sus filas gente tan inútil. Y él encerrado en esa casa tan grande, que ni siquiera era suya.
Sherlock Holmes se sentía al limite de su aguante. Necesitaba algo, lo que fuera, para estimularle la mente, pero parecía que el mundo criminal había decidido tomarse unas largas vacaciones. O al menos el crimen más interesante para él. Acabó por levantarse, dejando que su larga bata ondeara a su espalda, mientras paseaba subiéndose a los muebles del impoluto salón de la casa de su hermano. En la puerta, Stanley lo miraba sin decir nada, aun con la bandeja de su desayuno, ya frío, esperando por ser tomado.
- Ya le dije que se lo llevara, Stanley. Sólo tengo hambre de casos y la digestión de cualquier alimento adormecería mi cerebro más de lo que está – replicó al dejarse caer encima del gran sofá, levantando sus piernas hacia arriba, jugando con los dedos de sus pies.
- Su hermano me insistió en que velara por su dieta, señor Holmes – Sherlock rodó los ojos, apoyando sus manos entrelazadas sobre su pecho, visiblemente nervioso.
- ¿Se ha levantado ya? - preguntó el joven.
- El señor Holmes salió a primera hora de la mañana – Sherlock sonrió de lado y se giró, mirando con picardía al mayordomo.
- Eso significa que… - de pronto una idea se le cruzó por la mente, miró hacia el reloj que colgaba de la pared y saltó del sofá, saliendo a toda velocidad de la estancia, escaleras arriba.
- ¡Señor Holmes! ¡No puede entrar en…! - gritó Stanley desde su posición, aunque sabía que era algo inútil. Sherlock siempre hacía lo que quería. Y así lo hizo. Sin dejar de dibujar una sonrisa llena de maldad, el joven giró el pomo de la puerta de la habitación de su hermano y entró sigilosamente. Dentro, una figura masculina dormía plácidamente en la cama con las sábanas enredadas en su cadera y piernas. Caminó sin hacer ruido hasta el gran ventanal y abrió abruptamente las cortinas, dejando que la tenue luz de la mañana bañara la habitación. Sherlock se giró y su sonrisa se amplió significativamente, pues aquello que se le presentaba ante sus ojos era la respuesta a todos sus males. Greg Lestrade restaba dormido en la enorme cama de su hermano. Desnudo, o eso creía. Lo que parecía un montón de ropa de ambos hombres restaba en el suelo desperdigada, por lo que el escenario estaba completo. El joven carraspeó.
- ¡Buenos días, inspector Lestrade! - gritó, sacando de su ensueño al moreno, que se levantó de inmediato. En un primero momento no supo exactamente lo que estaba pasando, ni donde estaba, ni tan siquiera quién tenía delante. Había tenido un sueño muy pesado y apenas y podía enfocar bien su vista. Abrió la boca y la cerró varias veces, parpadeando hasta convencerse que el tipo que estaba delante era real.
- ¿Sherlock? ¿Eres tú? - el joven asintió y se acercó a la cama, sentándose frente a él con las piernas cruzadas como un indio - ¿Qué haces… aquí?
- Eso debería preguntarlo yo, inspector, pues está desnudo en la habitación de mi hermano. Pero, aunque Mycroft crea que el sexo me alarma, sé reconocerlo perfectamente cuando lo tengo delante – ya con la mirada mucho más clara, Greg pudo ver el brillo malicioso en los ojos de Sherlock, lo que no le auguraba nada bueno.
- ¿Qué quieres? - no quería andarse con subterfugios. Era obvio lo que había pasado y negarlo era una estupidez. El joven se quedó pensativo.
- Quiero un caso – dijo de golpe.
- No tengo ninguno para ti – respondió Greg, sentándose en la cama para intentar despejarse la cara con sus manos.
- Búscalo. Necesito que mi cerebro se vuelva a poner en marcha y sólo tu puedes hacerlo – el moreno negó inmediatamente con la cabeza.
- Lo siento, Sherlock, pero no. Bastantes problemas he tenido ya con mi equipo por tu causa como para volver a tenerlos – lo miró fijamente – Tendrás que buscarte a otro inspector – el joven apretó los labios, casi dejándolos en una linea, levantándose bruscamente de la cama.
- De acuerdo. No creo que a tus superiores les guste mucho que te estés relacionando tanto con ciertas personalidades del gobierno – Greg agarró la sábana para taparse, pues estaba completamente desnudo.
- ¿Me estás chantajeando, Sherlock? -
- Estoy recordándote que nuestra colaboración tiene mucho futuro, y puede ayudarte a mejorar tu expediente, ahora más que nunca – el moreno frunció el ceño. ¡Aquello era de locos!
- Oye, entiendo que estés aburrido, que vivir aquí bajo el techo de Myc sea complicado para ti, pero eso no significa que uses tácticas tan miserables como esa para conseguir lo que quieres. Además, tengo una hija y estoy curado de cualquier chantaje emocional que intentes – Sherlock desvió su mirada, inflando ligeramente sus mejillas como un niño pequeño. No soportaba no salirse con la suya.
- Así que Myc… ¡Qué tierno! - dijo con sorna, justo cuando Greg se dirigía la baño para darse una ducha, cerrando la puerta de golpe. Aquello no estaba saliendo como había predicho, pues no parecía que sus chantajes funcionaran con él como con los demás. ¿Qué podría hacer?
Cuando el inspector salió de la ducha, Sherlock ya no estaba, cosa que era lo mejor que podía pasarle. Era tarde, y aún debía pasar por su casa para cambiarse de ropa pues no podía presentarse en el trabajo con la ropa de deporte. Recogió todo un poco y se quedó mirando la cama deshecha, sin evitar formar una sonrisa de satisfacción al mirarla. Al fin había ocurrido. Si cerraba los ojos aun podía sentir la piel de Mycroft sobre la suya, su suave aliento rozar su rostro y sus gemidos lastimeros cerca de su oído. No habían dejado de amarse hasta la madrugada, cuando el agotamiento físico los había vencido. Greg supuso que habían querido compensar tantos años de ausencia en una noche, algo inalcanzable, pero la sola idea se les había hecho tremendamente atractiva entonces. Ahora, a punto de entrar a su despacho, sentía los estragos de la pasión en sus caderas y la espalda baja.
- Inspector – lo llamó repentinamente Scott, apareciendo de la nada en su puerta – Buenos días, inspector Lestrade – Greg se giró, aun con la mano en el picaporte. El joven parecía algo agitado, como si quisiera disimular su sonrisa. Aquello lo puso en alerta.
- Buenos días, Kinney – dijo de forma cortés, mirándolo de arriba abajo - ¿Ocurre algo? - el joven carraspeó, invitándole a que entrara al despacho y descubrir un gran ramo de flores frescas encima de su escritorio. Al verlo, su corazón empezó a latir muy deprisa, pues sabía de quién eran. Scott también, pero no dijo nada.
- Ha llamado el comisario, preguntó por usted. Quería saber si había avanzado algo respecto al caso del intento de secuestro de Maggie Thompkins – Greg se volteó, extrañado.
- Yo no llevaba ese caso, Kinney. Era cosa de Dimmock – se giró de nuevo, agarrando una de las rosas para olerla profundamente. Eran rojas, grandes y medio abiertas, como las que le había regalado en varias ocasiones a Abby. Ese pensamiento le gustaba mucho.
- Señor, esto… - carraspeó incómodo, pues no sabía cómo encarar aquello que le era tan vergonzoso- Abby… Abby me insistió en que le dijera que le llamara en cuanto pudiera -el moreno lo miró, abriendo ligeramente sus ojos en señal de sorpresa- Por favor, no se ofenda. Usted la conoce mejor que nadie y yo…
- No te preocupes – dijo para calmarlo- Pensaba hacerlo de todas formas – Greg le dedicó una sonrisa afable, lo indicado para que el agente volviera a su mesa sin ese sentimiento de haberse metido en un terreno pantanoso. En cuanto salió del despacho alargó la mano hacia el teléfono y buscó un número de teléfono.
"Buenos días, Myc. Espero que te encuentres bien y
hayas llegado a tiempo a tu reunión.
Que tengas un buen día.
P.D. Me encantó el ramo de flores"
Dejó el móvil a un lado y sacó su taza del cajón, con la intención de prepararse un segundo café esa mañana. Quizás se habían excedido de más con su ejercicio nocturno. ¿Debería tenerlo en cuenta? Nah
De pronto sonó su móvil, una respuesta a su mensaje.
"Buenos días, Greg. Llegué a tiempo,
aunque debo confesar que habría preferido
despertar contigo esta vez. A la próxima
no habrá quién me separe de tus brazos.
P.D. Me alegro mucho"
Greg sonrió ante aquella alusión a su pasado. Era verdad que, hasta ahora, no había despertado junto a Myc en las dos ocasiones en las que habían dormido juntos. De todas formas tenía la esperanza que aquello sería una mera coincidencia, que su pelirrojo favorito cumpliría su promesa y podría tenerlo para él sólo de aquí en adelante. Suspiró, girando su silla hacia el gran ventanal que tenía a su espalda, donde podía disfrutar de una buena vista de Londres. Miró el cielo, marcando el número qué tan bien se sabía de memoria antes de ponérselo en la oreja y acomodarse. Al otro lado, y casi de forma inmediata, una voz femenina contestó con su usual alegría juvenil – Buenos días, cariño. ¿Adivina dónde he pasado la noche?
Diógenes Club, Pall Mall
Dejó el teléfono a una lado sin simular la gran sonrisa que se dibujaba en su rostro. El ramo de flores había funcionado, y no podía estar más feliz por ello.
Aquella mañana había sido una de las más duras para él. No sólo era que apenas y había dormido, y que los embistes cargados de pasión de Greg lo habían dejado algo magullado, sino que debía alejarse de él de nuevo, sin poder tan siquiera despedirse. Le había parecido cruel por su parte interrumpir su sueño. Se veía tan apacible. Aun así había aprovechado la ocasión para perder algunos minutos admirando su rostro, acariciándolo, velando su sueño hasta que había llegado la hora de irse. Quería quedarse con esa imagen grabada por el resto del día.
- Señor Holmes – dijo de repente la voz amable de Anthea, entrando en su despacho – Sé que esto no tiene nada que ver con usted, pero aquí fuera hay una pareja que insiste en hablar con usted – Mycroft no cambió su expresión neutra.
- ¿Estaban citados para hoy? - aun su pregunta, el pelirrojo sabía que no tenía nada más programado.
- No – dijo ella escuetamente- Pero… ella es alguien que puede serle familiar, pues se trata de... – antes que Anthea pudiera decir nada más, Connie y Chase entraron en tromba en el despacho, mirándole con ojos desafiantes. Mycroft debía admitir que en un momento se sorprendió bastante por esa actitud chulesca, más en sus dominios, pero el silencio que envolvió a la escena le dio el tiempo necesario para poner sus ideas en orden. Sabía quién era y no podía provocarle más rechazo.
- Es importante que tengamos una conversación con usted, señor Holmes. Tanto para usted como para nosotros – el pelirrojo siguió sin decir nada, observándolos de arriba abajo, examinándolos y deduciéndolos como hacía con todo el mundo. Quería jugar con ventaja en ese juego sucio, pues sabía que ese era el inicio de una guerra sin cuartel. Miró a Anthea y le hizo un leve gesto con la cabeza para que se retirara. Connie miró cómo la muchacha se iba y los dejaba solos.
- Por favor, tomen asiento y, díganme, ¿cómo han podido entrar? - la mujer miró a Mycroft con el mentón alzado. No podía imaginar qué había visto Greg en esa mujer para estar junto a ella veinte años.
- Si no le importa, señor – intervino Chase- Nos gustaría ir al grano. Hemos venido aquí por su hermano, Sherlock Holmes. Sabemos que está colaborando exhaustivamente con… el inspector Gregory Lestrade. Tenemos razones, y testimonios, que pueden asegurar que este hecho se debe a su clara intervención lo que, por otra parte, y siendo miembro activo del gobierno, lo coloca en una posición bastante delicada – Mycroft no movió ni un músculo, comprendiendo hacia dónde iba la cosa.
- No creo que sea algo muy positivo para la policía, para Scotland Yard, emplear a un civil con claros rasgos psicológicos inestables y conductas reprobables, como un colaborador asiduo. Hay mucha gente enfadada con este hecho y, por lo poco que sé sobre leyes, me atrevería a decir que si cualquiera de los acusados o encarcelados en los casos en los que ha intervenido, e intervendrá, Sherlock Holmes se enteran de su participación… - dijo Connie con autosuficiencia- sería muy fácil invalidar dichas sentencias y poner en duda todo el proceso policial – el pelirrojo respiró profundamente, apoyando su mentón entre sus dedos.
- Además de que todos los agentes, policías e inspectores vinculados con él serían suspendidos o, peor, despedidos por su culpa – acabó Chase, poniendo una fingida cara de pena. Así que hasta ahí podían llegar, pensó Mycroft, sin desviar su mirada de esos dos estúpidos. Poco o nada sabía de la relación de Greg con esa mujer, salvo lo poco que le había contado, pero ahora podía ver que se había quedado muy corto. Si hacia eso usando la breve colaboración de Sherlock con él, qué no haría cuando se enterara que estaban juntos como pareja.
- Si les he entendido bien, pretenden que como hermano de Sherlock intente salvaguardar y proteger a todos esos agentes, policías e inspectores que se han visto mezclados con él en sus casos, pagándoles su silencio. ¿Estoy en lo cierto?
- Pagar es una palabra muy fea, señor Holmes. Prefiero la palabra 'donar' - dijo Connie con cinismo.
- No veo ninguna ONG por aquí, señora Lestrade – dijo poniendo las cartas sobre la mesa – Dejémonos de juego, ¿quieren? No voy a pagar nada, ni usted va a hacer nada – la mujer alzó sus cejas, más que sorprendida – Detesto los chantajes, más si involucran a mi hermano y a… otras personas. Así que les voy a dar un consejo, que espero que tomen muy en cuenta: Aléjense de mi camino o me los llevaré por delante – el tono fue lúgubre, amenazante y siniestro a conciencia. Quería que les quedara bien claro que los quería lejos de la vida de las personas que más le importaban en la vida, incluso de Abby. No podía quitarse de la cabeza a esa niña y la cara de tristeza que pondría si alguna vez se enteraba de semejantes tejemanejes contra su padre. Era demasiado ruin. Chase no le devolvió la mirada, más preocupado por buscar respuestas en la expresión inquieta de su pareja.
- ¿Es una amenaza? - replicó Connie, ya con más fuerzas.
- Como dije, es un consejo. Y ahora, si me permiten tengo mucho que hacer como para seguir perdiendo el tiempo. Buenos días – Chase se levantó en seguida, casi como si le dieran una orden, mientras Connie lo miraba de forma desafiante. No le gustaba cómo lo observaba, pero no iba a achantarse ante ella.
- Ha ganado el primer round, señor Holmes. Buenos días – y antes que pudiera pensar en algo más que decir, se fueron dando un leve portazo. Lo peor de todo fue que Mycroft sintió que esa mujer tenía razón.
