Bienvenidos. Este es un one shot que cuenta brevemente tres momentos de la vida de Camus y Milo. Una historia circular con elementos que se repiten en cada año para construir una historia entre estos dos. Narrada desde la perspectiva de Camus, seguirá sus procesos internos hasta conocerse a sí mismo y aceptar sus propias condiciones. Una historia de ingeniudad, orgullo y pedantería, pero finalmente una historia de amor.
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Era un día frío cuando los nuevos reclutas llegaron al Santuario. Eran un grupo de niños de entre seis y ocho años que venían de todas partes del mundo. El grupo fue recibido por dos caballeros más experimentados, quienes guiaron a los pequeños hasta la última casa. Ninguno de ellos había subido jamás tantas escaleras juntas. A pesar del dolor físico y del cansancio que aquello les provocaba, ninguno de ellos se atrevió a quejarse. Mientras subía, Camus se dedicó a estudiar a sus nuevos compañeros. Notó entonces que varios venían del país de Grecia por sus acentos, quienes habían formado una camarilla unida. Uno de ellos se destacaba. Era un rubio de pelo enmarañado y voz chillona que no se callaba ni para tomar aire. Aunque Camus apenas sabía diez o doce palabras en griego, le pareció que el rubio era el único que iba muy feliz. En cambio el acuariano iba muy preocupado por las pruebas que le esperaban, preguntándose si estaría a la altura de ellas.
Cuando finalmente llegaron a la Casa del Patriarca, tuvo que mirar hacia arriba para abarcar con la mirada la enorme puerta de madera que les permitiría la entrada. Esta les dio paso hacia un enorme salón con gruesas columnas de mármol a los lados y una mullida alfombra en medio, que marcaba un camino hasta el trono. Allí, el Patriarca los esperaba. Camus observó que muchos de ellos se sintieron intimidados. Fue el rubio el único que no bajó la mirada ante la máxima autoridad del Santuario, en descarado desafío. El hombre llevaba un atuendo ceremonial de gran porte, que lo hacía parecer demasiado robusto incluso para un guerrero. El Patriarca explicó al grupo que serían divididos de a pares, y que esa pareja de entrenamiento la conservarían siempre. Explicó las obligaciones que cada uno tenía con su compañero, mencionando entre ellas curar sus espaldas siempre y, llegado el caso, atender sus heridas. También dijo que si uno llegaba a morir, el otro sería el responsable de enterrarlo con sus propias manos. Los que entendían el idioma dieron un respingo. Camus entendió sólo una vaga idea de lo que el Patriarca intentaba transmitir.
Seguidamente, sacó un trozo de pergamino de la manga y leyó los nombres de los pares. Camus escuchó con atención hasta que captó su nombre en los labios del Patriarca. Le había tocado con Milo. ¿Quién demonios era Milo? Buscó con la mirada intentando distinguir si alguien lo estaría buscando a él. Mientras todos se formaban, se sintió desanimado. Desde que había llegado a Grecia, casi no había hablado con nadie. Aunque era de naturaleza solitaria, se sorprendió a sí mismo cuando se encontró deseando compañía. Salió súbitamente de sus reflexiones cuando alguien lo tomó del brazo. Era el rubio que había visto antes, que le dedicaba una sonrisa burlona. Camus apartó el brazo. Bajaron juntos por las escalinatas. Milo intentó sacar charla, pero pronto comprendió que Camus no entendía una palabra de lo que iba diciendo. Este iba con la mirada gacha, observando sus pies sobre los escalones. Cuando llegó a la Casa de Acuario, saludó a Milo con la mano, en un vano intento de ser educado. Cuando lo perdió de vista, se desplomó sobre un sofá y se permitió llorar ruidosamente.
Pocos minutos después, descubrió que su compañero no se había ido. Apareció con un grueso tomo en la mano, junto a una libreta y un lápiz. Se sentó a su lado y suspiró. Camus no subió la mirada. Lo cierto era que sentía mucha vergüenza de dejarse ver llorando como un niño chiquito. Iba a ser un caballero, no podía permitirse esas escenas. Sin embargo, la angustia pudo más. Milo abrió el libro y comenzó a pasar las páginas. Marcó una entrada y luego garabateó en la libreta, que le tendió a Camus. Leyó en la letra desprolija de Milo: "bonjour", junto al dibujo de una carita feliz. Milo sonreía como si hubiera ganado un importante premio. Camus sintió ganas de llorar más fuerte. Por eso contestó con la voz rota.
-Bonjour, mon nouvel camarade –contestó. Milo buscó las palabras nuevamente en el diccionario. Camus se sintió culpable por el esfuerzo que le estaba provocando-. Pardon moi –se disculpó.
-C'est bien –contestó el rubio con un rudimentario acento-. Est qu'il-y-a outre langue que tu parles? -intentó.
-L'anglais –aventuró Camus-. English.
-Thanks God –anunció Milo, mientras lanzaba el diccionario al suelo-. All this reading was driving me crazy.
-All this reading? You've just read like ten minutes –acusó, entre la diversión y la cautela.
-That's an eternity! –bromeó Milo mientras se reclinaba en el sillón-. You're hurt –declaró luego-. I have to take care of you –anunció. Camus frunció el ceño con confusión- You've heard the Pope. We have the obligation of taking care of each other. So, why are you bleeding? –Milo se preguntó fugazmente si la pregunta tenía sentido.
-I'm not bleeding. I'm just tired –Milo negó con la cabeza.
-You are a terrible liar. Al least in english –por primera vez, Camus lanzó una risita-. Can I hear you lying in french? –Camus se divirtió por un rato recitando tonterías en su idioma nativo. Luego, como no podía ser menos, le pidió a su nuevo compañero algunas palabras en griego, que se sintieron toscas en sus oídos.
El acuariano jamás olvidaría ese día en que conoció a su primer y mejor amigo. Durante un año entero entrenaron juntos. Aunque el de escorpio se le hacía un poco maniático, intenso y francamente insoportable; la realidad era que no podía pedir mejor compañía. Milo por su parte, opinaba que Camus era apático, irónico, pedante y molesto. Aun así, cada día se encontraban en el Coliseo para mejorar juntos. Fue por eso que cuando el pelirrojo le dijo a su amigo que tenía que irse del Santuario por un tiempo, este se sintió terriblemente ofendido. Camus no entendía por qué Milo se comportaba como si le hubiera hecho una ofensa personal. Quería practicar ataques de hielo en un lugar con mucho hielo. Eso era todo. El día que partió fue hasta la Casa de Escorpio, pero Milo no lo recibió. Salió por el camino principal con el corazón estrujado, decidido a no volver hasta no tener una armadura dorada.
Así lo hizo. Pasaron seis años antes de que volviera a poner un pie en el Santuario. Había pensado mucho en Milo en ese tiempo. Varias veces le había escrito, pero no había obtenido respuesta, sin saber siquiera si el escorpión había recibido las misivas. Intentando concienzudamente evitar a la gente, fue primero a la Casa de Acuario. No deseaba saludar a nadie antes que a Milo, para que nadie vaya a llevarle el chisme de que estaba de nuevo en casa. Bajó al Coliseo y lo vio enseguida, incluso mientras bajaba por las escaleras. Esa voz chillona había dado paso a una voz más adulta y grave. No sólo se había hecho muy alto, sino que se veía aún más espléndido en armadura. Su mirada turquesa recorría rápidamente el campo de prácticas, siguiendo a sus presas como el astuto escorpión. De cuando en cuando podía percibir un destello carmesí en esa mirada. A Camus le resultó hipnótico, tanto que no había notado que le estaba mirado fijo de una forma bastante grosera. Cuando reaccionó, Milo ya estaba acercándose. Se sonrojó sin quererlo, y ese hecho le provocó aún más vergüenza.
-Bonjour –saludó el rubio con un espantoso acento en francés-. ¿Me extrañaste, hielera inútil? –bramó. El acuariano no tuvo más opción que reírse.
-Nada nadita –mintió.
-También en griego eres terrible mintiendo –adivinó Milo-. Yo te extrañé un poquitito así –dijo, juntando el índice y el pulgar tanto como era físicamente posible. Volvieron a reírse, antes de darse un sentido pero rápido abrazo-. Ven a almorzar conmigo, y me cuentas como te ha ido –Camus aceptó la invitación verdaderamente agradecido.
Caminaron juntos hasta la Casa de Escorpio, donde Milo sorprendió a su huésped con una comida medianamente decente. Continuaron charlando incluso horas después de terminada la cena. El acuariano, que era muy observador, se desafiaba a sí mismo para notar las diferencias que veía en su compañero desde la última vez que lo había visto. Se encontró buscando esos destellos carmesí bajo sus ojos turquesas, siguiéndolo con la mirada, sin darse cuenta que el escorpiano se había dado cuenta de aquello hacía rato. Sin embargo le seguía el juego, riéndose internamente de su tierna inocencia. En un momento dado, lo provocó.
-¿Me vas a decir qué estás pensando, o vas a seguir perdiendo el tiempo con sandeces? –esa pregunta descolocó a Camus. Se revolvió incómodo sobre la silla y buscó las palabras.
-Estaba pensando en lo raros que son tus ojos –confesó-. Tienen dos colores, según como mires. Nunca había visto semejante cosa –Milo sonrió dulcemente.
-Ahora sé que dices la verdad –siguió Milo-. Eres tan malo para mentir como lo eres para decir la verdad. Eres malo con las palabras, en general –bromeó.
-Tal vez sería mejor si hubiera tenido un mejor maestro de griego.
-Tal vez habrías aprendido más si no te hubieras ido a la mierda por seis años –lo acusó. Camus supo que esta vez no era broma. El escorpiano bajó la mirada para disimular que sus ojos se llenaban de lágrimas-. Yo no quería que te fueras. Me has hecho falta –confesó, con la voz rota.
-Milo… -balbuceó-. No sabía que pensaras así. Me hubieras dicho, eres un tonto –susurró. Se levantó y dio vuelta la mesa hasta quedar de pie a su lado. Milo recargó la cabeza en el torso de su compañero.
-Te dije mil veces, pero no escuchaste –sollozó-. Tú eres el tonto. No reconocerías un sentimiento ni aunque lo tuvieras tatuado en tu retina.
-No entiendo qué quieres decir con eso –balbuceó.
-¡Por todos los dioses! ¿Quién me mandó? –bufó Milo. Camus sintió que sería apropiado abrazarlo, aunque no comprendía por qué lloraba su amigo. Le susurró palabras dulces en su lengua natal, como cuando eran pequeños-. ¿Vas a irte otra vez?
-Tengo que hacerlo. Tengo que entrenar al menos un aprendiz –explicó-. El Santuario no es como antes. El nuevo Patriarca es raro. No raro como tus ojos, sino raro como repulsivo. ¿Me entiendes?
-Vete a leer un diccionario, de principio a fin –remató Milo. El pelirrojo se arrodilló frente al escorpiano para quedar a la misma altura. Le limpió las lágrimas con las yemas de los dedos.
-¿Por qué lloras, Misha? –susurró, usando el apodo que había descubierto entre los diccionarios de la biblioteca, entre las lecciones de griego, muchos años atrás. Ni siquiera en sus cartas se había atrevido a usarlo. Casi nunca lo había pronunciado en voz alta-. Por favor cuéntame. Tengo la obligación de cuidar de ti, ¿te acuerdas?
-Te dije mil veces. Pero tú nunca escuchas –lo acusó.
-Sigo sin entender –susurró, con la mirada baja-. Eso me da mucha vergüenza –Milo lloró con verdadera angustia. Camus se levantó y lo jaló de las manos para que se levantara también. Entonces lo abrazó, cobijándolo contra su pecho. Acarició su cabello con los dedos y luego lo meció suavemente-. Perdón por no saber comprenderte –balbuceó-. No quiero que sufras, Misha.
-Camus… -susurró-. Duele mucho.
-Tranquilo. No pasa nada –dijo, en un vano intento de consuelo-. Ven conmigo a Siberia. Te prometo que te gustará. Nos haremos fuertes juntos, como nos han ordenado.
-No puedo ir contigo –balbuceó-. Yo también tengo obligaciones. Y mi orgullo herido, además, que no es poco –Camus negó con la cabeza.
-Si pudiera saber cómo ayudarte. Si pudiera quitarte el dolor con mis propias manos, lo haría.
-Pero volverás a irte y yo me quedaré aquí –sollozó-. Así son las cosas. No lo dilates, vete ahora mismo.
-Pero acabo de llegar –argumentó Camus con toda lógica. Milo se alejó de pronto, y al acuariano le pareció que incluso lo empujaba lejos de sí. Observó sus ojos. El reflejo carmesí seguía allí entre las lágrimas.
-Vete –repitió Milo-. Ve a tu palacio de hielo y medita mucho hasta que entiendas. No vuelvas hasta entonces –en silencio, Camus también derramo lágrimas. Se refregó los ojos con dos dedos.
-Misha –susurró-. ¿Estarás aquí cuando regrese?
-Siempre estaré aquí, maldita sea –bufó, acusándose a sí mismo. Le dio la espalda a Camus mientras esperaba que se fuera. Una vez más, no se despidió.
Pasaron cuatro años más. Cuatro años en los que Camus, obediente, repasó esa misma conversación en su mente mil veces. En el intelecto siempre había sido el mejor. Por eso lastimaba su orgullo que un niño básico y caprichoso como Milo pudiera superarlo. Incluso dominó el séptimo sentido y el cero absoluto, pero seguía sin comprender a su compañero. Todas las noches cuando se acostaba, pensaba en él. Era un ritual diario que hacía para no olvidar nunca la promesa que le había hecho. Todos los días buscaba la respuesta dentro de su mente. Siempre se chocaba con las mismas barreras.
En una oportunidad encontró a Hyoga, su discípulo menor, llorando a escondidas. Igual que había ocurrido con Milo, el caballero fallaba en comprender qué le dolía tanto al niño. Con la sabiduría propia de la niñez, fue el más pequeño quien pudo poner en palabras lo que le pasaba. Le explicó que lo que le dolía no era el cuerpo, sino el alma. Que extrañaba a su mamá, sabiendo que nunca la iba a volver a ver. Ese día se le ocurrió abrazar a su alumno y encender su Cosmos para envolverlo en él. Poco después dejó de llorar. Le dijo que lo quería, que era bueno y talentoso, y que iba a ser un caballero fantástico. Esa noche, Hyoga durmió con una sonrisa.
Esa misma noche fue que Camus comprendió que el dolor de Milo era del alma. Repitió una frase que el escorpión le había dicho varias veces: "te dije mil veces, pero no escuchas". Tal vez, razonó, no se lo había dicho con palabras sino que hablaba directamente a su alma. Fue entonces que meditó en una forma diferente, explorando su alma en lugar de su mente. Le sorprendió lo que allí encontró. Siempre se había considerado frío y solitario, pero descubrió que su corazón era generoso y amoroso. Se descubrió deseando un calor que solo otro cuerpo cercano puede dar. Describió con palabras sensaciones que nunca creyó existirían dentro de sí. Comprendió que el diccionario que necesitaba no estaba hecho de palabras. Siguió así por diez noches más, pero la impaciencia le ganó por primera vez en su vida. Hizo las valijas y salió para el Santuario, sabiendo lo que tenía que hacer.
No dejó las valijas ni se presentó ante el Patriarca. Fue derecho a la Casa de Escorpio y buscó a Milo por todas las habitaciones. Se decepcionó levemente cuando comprendió que no estaba en casa. Con todo descaro dejó las valijas y la armadura en el salón recibidor y se dio una ducha para quitarse el polvo del camino. Se vistió con ropa cómoda y se sentó a esperar en la cocina. Abrió una botella de vino y le puso dos hielos para beberlo lentamente. Antes de terminar la segunda copa, un muy sorprendido Milo entró en la cocina. Se paró en seco y abrió grandes los ojos, que brillaron carmesí. Camus tenía preparada una copa también para él. La sirvió hasta el borde y se la acercó, invitándolo a acercarse con una seña. Milo, aun perplejo, se sentó frente a su compañero.
-¿De veras has venido? –balbuceó el incrédulo escorpión.
-De veras –susurró, con una sonrisa tensa-. He meditado mucho. Ha sido lo más difícil del mundo –comenzó-. Ahora no sé qué decir –confesó, con una risita.
-Dime por qué estás aquí –lo desafió, mientras tomaba media copa sin apenas respirar.
-Me has dicho que no volviera hasta no entender. Me has dado una tarea, y la he completado –Milo se llevó una mano a la boca. Hizo un esfuerzo por no deshacerse en lágrimas-. ¿Algo ha cambiado en este tiempo, o te sientes igual? –Milo negó con la cabeza.
-Nada ha cambiado nunca. Ni por un segundo –confesó. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas sin que les diera permiso.
-No llores, Misha. No quiero hacerte llorar más –dijo suavemente.
-¿Y qué es lo que quieres? –aventuró, con la voz rota.
-Quiero cuidar de ti. Te lo he dicho mil veces, pero no escuchaba, ni siquiera a mí mismo –explicó. Estiró su mano sobre la mesa y tomó la de Milo con ternura-. Quiero disculparme. Soy un idiota. No me alcanzará la vida para compensarte.
-Pues empieza pronto, antes de la Guerra Santa –se levantó y dio la vuelta a la mesa para quedar de pie a su lado. Recargó la cabeza sobre su torso.
En un movimiento que no esperaba, Camus lo levantó entre sus brazos y lo llevó por los pasillos hasta la habitación. Lo depositó sobre el colchón y se sentó a su lado. Como había hecho con su alumno, encendió su Cosmos para envolver a su compañero en esa dulce energía. Poco después, Milo había vuelto a la calma. Respiró con pesadez mientras cerraba los ojos y momentos después volvía a abrirlos. Camus entrelazó sus dedos y acarició con el pulgar el dorso de su mano.
-Duerme si estás cansado –concedió-. No hay apuro.
-No quiero dormir, Camus –discutió-. Sólo quiero verte. Has crecido –explicó-. Has cambiado para bien –el acuariano esbozó una sonrisa.
-¿Me veo guapo? –bromeó.
-Te vez precioso –confesó-. Me has hecho falta.
-Tú también, Misha –afirmó, en un susurro-. Siento vergüenza, ¿sabes? Te hice perder tanto tiempo. Todo por no poder escucharte, ni poder escucharme a mí mismo. Lo siento tanto –balbuceó.
-Ya no te disculpes, Camie –concedió-. Todo es perfecto tal como es –Camus apretó los ojos en un intento de dejar las lágrimas adentro-. Me gusta verte así. Por primera vez puedo verte vulnerable. Puedo verte como realmente eres. De verdad me gusta más lo que veo ahora –se remojó los labios-. Recuéstate conmigo, tú también estás cansado –en una docilidad que le sorprendió incluso a sí mismo, obedeció.
Tomó lugar entre las almohadas con cierta timidez. Fue Milo quien se acercó primero, venciendo su orgullo. Ubicó la cabeza sobre su pecho y lo abrazó. En respuesta, Camus hizo lo mismo. El rubio limpió las lágrimas de su compañero con sentido afecto y delicadeza. Cuando estuvo seguro de que ya se sentía tranquilo, se levantó levemente. Se acercó despacio y besó sus labios con timidez. Luego lo hizo nuevamente, con más fuerza. Camus volvió a derramar lágrimas que el escorpiano limpió con pequeños besos.
-¿Qué te duele? Recuerda que tengo que cuidar de ti, ya has oído al Patriarca –bromeó.
-Misha –susurró, como acariciando la palabra al decirla-. No me duele nada por primera vez en la vida.
-¿Por qué lloras, entonces? –inquirió, preocupado.
-Son lágrimas de felicidad, tonto –confesó con timidez. Milo le dedicó una sonrisa enorme. Sintió que hacía muchos años que no sonreía de esa manera-. Debí haberlo sabido.
-No te castigues, amor mío. Ya pasó –susurró, antes de robarle otro beso.
-¿Amor? –repitió Camus. Apretó los párpados y dejó salir las lágrimas.
-¿No te parece? –inquirió Milo, juguetón.
-Misha –susurró-. Te he amado siempre –confesó entre lágrimas-. Desde el primer día en que te conocí –supo por la expresión de Milo que todo aquello él ya lo sabía, y que su confesión había sido únicamente para sí mismo. Esta vez fue Camus quien avanzó a besarlo mientras temblaba de miedo.
-Menos mal que solo te ha tomado una década darte cuenta –bromeó.
-¿Tú me amas? –inquirió con rapidez, como si no aguantara más esa pregunta dentro de sí.
-¿Tú que crees? –siguió jugando, con cierta picardía.
-Pensé que ya habíamos establecido lo malo que era para esto.
-No eres malo, Camie, solo estás aprendiendo –explicó-. ¿Qué te dice tu corazón? –mientras lo decía, llevaba la mano al pecho del pelirrojo, mientras contaba sus latidos. Luego, guio su mano hasta su propio pecho-. ¿Escuchas? –por primera vez, Camus escuchó con total claridad y asintió entre lágrimas.
-Creo que ya no quieres esperarme nunca más. Yo no quiero irme a ninguna parte –suspiró profundamente-. Me quedaré contigo, Misha.
-Yo también –susurró-. Siempre cuidaré de ti –y con esto, volvió a acomodarse en el pecho del pelirrojo y suspiró profundamente. Él le recitó palabras dulces en su idioma natal mientras rascaba su cuero cabelludo con las yemas de los dedos y sentía un suave ronroneo en respuesta. Recién cuando se aseguró que el rubio dormía, se atrevió a cerrar los ojos.
