Este es un nuevo capítulo en la vida de esta pareja, que forma parte de esta especie de series de one shot. La idea es que cada uno sea independiente del otro y puedan leerse por separado. Aunque están en orden cronológico así que también podría ser una historia.
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-¿Tú me amas?
-¿Tú qué crees?
Eran al menos las tres de la madrugada. Camus daba vueltas sobre la cama con los ojos abiertos, estudiando las vigas del cielo raso. Ponía los ojos en blanco y se regañaba a sí mismo por su propia inseguridad. Constantemente se acordaba de Milo. El Patriarca lo había enviado a una misión demasiado larga para su gusto, mil veces maldito. Ya habían pasado dos meses. Después, su conciencia le recordaba que él mismo había hecho sólo dos visitas al Santuario en diez años y ¿quién era él como para enfadarse por dos meses? Peleaba consigo mismo, atrapado entre la disciplina y la rendición a sus propios sentimientos, sin poder aceptar su impaciencia.
Por la mañana estaba citado a ver al Patriarca Arles. Eso no le agradaba en absoluto, pero era lo último que ocupaba sus pensamientos. Cuando tenía seis años había conocido al Patriarca Shion. Había sido él quien lo había emparejado con Milo sin saber que esa practicidad educativa acabaría cambiando sus vidas. Tenía vívidos recuerdos de una noche cuando tenía siete años. Se había despertado de pronto al escuchar un gran revuelo. Desde el onceavo templo llegaba a ver una parte del último tramo de escaleras. El acuariano se había trepado a la ventana para ver mejor. Por unos breves instantes, vio a Aioros protegiendo a Ahtena con su propio cuerpo. Llegó a ver mucha sangre y luego lo perdió de vista. Lo que pasó al día siguiente no quería recordarlo. Se le estrujaba el corazón cada vez que pensaba en aquello.
Las palabras se desdibujaban en su memoria, al fin y al cabo sólo tenía siete años. Pero las sensaciones persistían. Esa fue la primera vez que había sentido el miedo verdadero. No era un sobresalto como cuando se daba un tropezón, o el sentimiento de reprimenda de no querer sentir dolor al entrenar. Era mucho más que todo eso. Cuando conoció ese inmundo terror, intentó congelar el corazón para dejarlo fuera. Por años pensó que lo había logrado, hasta aquel día en que se encontró en el Coliseo buscando insistentemente una mirada de reflejos carmesíes. Fue entonces que se dio cuenta que se había engañado a sí mismo. Su corazón era cálido, y eso era bueno. Pero no era capaz de dejar el miedo afuera, y debía acostumbrarse a convivir con él.
Partió con las primeras luces del alba. Estaba ojeroso por la falta de sueño. Subió por las escalinatas de mármol a paso pesado y tragó saliva con fuerza cuando se encontró, una vez más, frente a las enormes puertas de madera. Apenas volvió a bajar varias horas después. La armadura se le hacía pesada. Estaba muy cansado. Pero no tenía tiempo de descansar, ya que se acercaba el horario de su guardia. Por supuesto que los Santos de Athena no hacían guardia a las puertas de su templo las veinticuatro horas. Tenían una organizada grilla con días y horarios que permitía el descanso de algunos y la vigilia de otros. Se acercaba el atardecer cuando salió a las puertas de la Casa de Acuario y afinó la vista, buscando cualquier amenaza. Cuando bajó el sol, se tomó unos minutos para encender las antorchas de la entrada. Se estiró como un gato en un intento de relajar los músculos y enseguida volvió firme al final de las escaleras.
Milo había pasado los últimos dos meses persiguiendo a un grupo de guerreros malignos que se hacían llamar Los Jaguares. Se sintió orgulloso de su estrategia al principio, para darse cuenta tardíamente que en realidad lo estaban atrayendo hacia una trampa. Conoció entonces al líder de todos ellos, llamado Huesda, un sacerdote del sol. El escorpión de sorprendió cuando se enteró que el malvado guerrero deseaba arrancarle el corazón para ofrecerlo en sacrificio. Aparentemente, el corazón de un caballero dorado tenía un valor incalculable. Más aun cuando se trataba de un corazón enamorado. Al escuchar aquello, Milo se sintió expuesto. El corazón de escorpio ardió como un rubí cuando se enfrentó cara a cara a su particular adversario. La batalla se prolongó por horas. Descubrió con horrorizada sorpresa que el sacerdote del sol no tenía nada que envidiarle a un caballero dorado.
Había sido una de las batallas más difíciles en las que había participado, y fue por eso que se sintió más orgulloso que nunca cuando venció. Aunque estaba exhausto y profundamente dolorido, sólo tenía una herida medianamente grave. Su enemigo le había dejado las marcas de tres garras en su pómulo izquierdo. La marca superior había llegado hasta el hueso. Todo el rostro le ardía con fuerza y por momentos se sentía mareado. Se dijo a sí mismo que había padecido peores y no se preocupó de más, cuando comenzó la vuelta al Santuario. Conforme pasaban las horas, esa herida intensificaba el dolor que provocaba. Al principio, Milo no se daba cuenta. Intentó limpiarla con agua helada en un vano intento de calmar el dolor, pero no pudo apenas rozarla. Cuando se dio cuenta de qué ocurría, ya no podía controlar la agonía. Notó que seguramente las garras tendrían algún tipo de veneno de acción lenta. Sin embargo, no pudo hacer nada más que aguantar. Apuró el paso y no paró más que los minutos necesarios para llegar lo antes posible al Santuario.
La entrada principal no era la única vía hacia su hogar. El Santuario de Grecia tenía infinidad de pasadizos. Algunos eran conocidos por todos los caballeros, y otros sólo vivían en el conocimiento de los de mayor rango. Algunos, incluso, no eran ya recordados por nadie y se encontraban esperando el descubrimiento de un nuevo explorador. Milo cortó camino por uno de esos pasadizos, que lo llevó directamente atrás de la Casa de Capricornio. Habían pasado cuatro días desde que fuera herido. El dolor que sentía se había extendido por todo el cuerpo. Incluso respirar le costaba y cada exhalación acrecentaba su agonía. Escuchaba el mundo como detrás de algodones, en volumen bajo y amortiguado. Incluso la vista le fallaba, la visión se hacía negra por los lados y se movía en formas irregulares mientras se mareaba cada vez más. Pudo subir veintisiete escalones, los había contado, en un intento por distraerse de la agonía que lo envolvía. Cuando de verdad no pudo más, cayó pesadamente y rodó unos metros hacia abajo.
No había perdido la conciencia del todo, pero su cuerpo había dejado de responderle. Los sentidos no lo habían abandonado, pero sus percepciones eran lejanas. Cuando sintió el abrazo de su Cosmos supo que estaba a salvo. Milo se dejó hacer, entregando su cuerpo herido a las hábiles manos de su compañero. El dolor que sentía era inconmensurable. Incluso el tacto se sentía, por desgracia, a una gran distancia. En un momento dado, algo lo sacudió. Sintió un fuerte ardor en el brazo y luego una poderosa ola de energía que venía de adentro. Abrió los ojos grandes de súbito y tomó aire en un suspiro ahogado como si hubiera estado varios minutos bajo el agua. Estaba ahora totalmente despierto y por eso pudo volver a sentir el dolor que la herida envenenada le provocaba. Apretó los puños con fuerza y se retorció. Escuchaba la voz de Camus a lo lejos, pero las palabras eran indistinguibles. Este presionó el hombro con fuerza contra la cama a fin de inmovilizarlo, y con gran habilidad le aplicó una inyección en el brazo. Momentos después, Milo logró quedarse quieto. El dolor comenzó a hacerse más soportable y se sintió adormecido.
-No te duermas –fue lo primero que Milo distinguió. Fue como una caricia para su alma. El pelirrojo presionaba con un pequeño algodón el lugar donde había puesto la inyección. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba semi desnudo en una cama, cuyas sábanas estaban sucias con su sangre.
-Bonjour –sólo pudo balbucear, con la voz rota. Camus lanzó el aire contenido con evidente alivio-. Tengo sed –susurró, en un doloroso ruego. El pelirrojo salió de la habitación y volvió instantes después con un vaso de agua helada. Milo se relamió los labios. Camus lo sostuvo de la nuca con delicadeza y le dio de beber de a sorbitos.
-¿Ya está mejor? –inquirió con dulzura. Milo asintió.
-Creo que me han envenenado –confesó. Camus tomó su mano y entrelazó los dedos. El escorpión pudo ver que tenía profundas ojeras bajo los ojos hinchados-. ¿Estás bien?
-Estoy bien, Misha. Eres tú quien me preocupa –afirmó con tristeza-. Te he dado morfina como para todo un año. Me asustaste mucho –confesó.
-Lo siento, Camie –hizo una pausa para suspirar-. Nunca antes en la vida había sentido tanto dolor físico. No puedo explicarte con palabras. He llegado a pensar que quería morirme para que dejara de doler –Camus apretó la mano que tenía agarrada.
-Ay Misha –susurró-. No puedes morirte. No te doy permiso –esbozó una media sonrisa-. Eso se te ha infectado. Si te sientes un poco mejor, ¿me dejarás que lo limpie y lo suture?
-Hazlo con cuidado, por favor –suplicó haciendo un pucherito.
-Nunca antes te había visto tan vulnerable, amor mío –confesó Camus, mientras buscaba los elementos necesarios.
-Todos nos ponemos sensibles después de una paliza –bromeó Milo-. No te aproveches de mí –siguió, poniendo ojos de borrego.
-Vaya, el sentido del humor ha vuelto –dijo sonriendo, mientras limpiaba las partes infectadas con una gasa embebida en agua oxigenada. Milo movió la cabeza levemente, con una expresión de profunda congoja-. Quédate quieto. No me aprovecharé de ti, Misha. Estoy contento por tener la oportunidad de cuidarte y atenderte –Milo lanzó una risita pícara-. Quédate quieto –repitió.
El rubio obedeció. Acomodó el cuello sobre la almohada en la forma más cómoda que le fue posible y dejó salir el aire. Por momentos cerraba los ojos para luego volver a abrirlos. Observar a su amado Camus trabajando con la expresión más seria e impenetrable del mundo se le hacía muy divertido. No supo qué cantidad de puntos tuvo que darle. Cuando terminó de suturar, acercó la mano derecha con lentitud y concentró una modesta cantidad de aire frío. Milo lanzó un suspiro de alivio. Eso se sentía mucho mejor. Lo vendó con firmeza para terminar su labor de curación. Al escorpiano le pareció que Camus se veía exhausto. Notó que la transpiración le mojaba el pelo bajo el casco y perlaba su frente. Sin pensarlo, se quedaron viendo uno a los ojos del otro por unos minutos.
-Misha, ¿cuántos días hace que no comes? –inquirió el acuariano con verdadera preocupación. Milo se preguntó cómo diablos podía saber eso.
-Dos días. El dolor que sentía no me dejaba hacerlo.
-¿Qué quieres comer? –los ojos del escorpión brillaron carmesí. Sonrió sinceramente por primera vez en varios días.
-Algo dulce –contestó risueño-. ¿Tienes chocolate? –Camus se rio con alegría al ver de una forma tan evidente que Milo se sentía mejor.
-Eres imposible, eso no va a nutrirte –Milo hizo un pucherito-. De acuerdo… sí hay chocolate. Y un té de hierbas medicinales, que te ayudará a dormir mejor –el rubio asintió risueño.
-Merci Camie –balbuceó en su pésimo francés. Camus volvió a reírse antes de salir de la habitación.
Milo lo observó mientras abandonaba el recinto y descubrió enseguida que entre las uniones de la Armadura de Acuario estaba goteando sangre. No una cantidad exagerada, pero lo suficiente como para preocuparle. Observó a su alrededor y notó que era imposible que toda la sangre en las sábanas fuera suya. Ahora las fichas caían en su lugar. Tenía sentido haber notado a Camus ojeroso y transpirado. Estaba herido. Por alguna razón había intentado ocultarlo. El corazón de escorpio ardió con ira cuando se dio cuenta que su compañero le había mentido en la cara. Se refregó los ojos con los dedos y esperó con resignación. Cuando Camus entró alegremente con una bandeja con el aperitivo prometido, se sorprendió al ver cambiada la expresión de escorpio. Sin embargo la expresión de amargor no duró mucho. Cuando probó el chocolate sintió que era una caricia para su alma. Sin embargo, el pelirrojo no pudo evitar notar el destello de decepción en la mirada de Milo. Cuando terminó, apartó la fuente a la mesita de noche.
-Camus –comenzó-, quítate la armadura –exigió. El acuariano se sobresaltó.
-Tengo que hacer guardia hasta que salga el sol. Ya he perdido mucho tiempo –Milo entrecerró los ojos.
-¿Has perdido tiempo? –Camus se tapó la boca.
-Ha sonado horrible, lo siento, no es lo que quería decir –se excusó, ruborizado-. Estoy aprendiendo –aventuró. Milo resopló con visible hartazgo.
-Quítate la armadura –repitió.
-No puedo ahora mismo –balbuceó, con la mente tan paralizada que no tuvo el ancho ni para inventar una excusa. Milo se levantó.
-Gracias por todo –dijo con frialdad-. Me voy a mi Casa –dio algunos pasos, pero el acuariano avanzó más rápido y le obstaculizó la puerta-. Muévete.
-Quédate a dormir conmigo –suplicó, con la voz rota.
-Tienes que hacer guardia –respondió Milo con terquedad.
-¿Qué te ha hecho enfadar, Misha? –Camus se mordió el labio con pesar-. Que puto estrés cada vez que no te entiendo –sollozó.
-Me ha hecho enfadar que me has mentido en la cara. Estás chorreando sangre. Estás herido, se nota. Pero cuando te pregunté, lo ocultaste con la peor habilidad del mundo –resopló-. Debí haberlo sabido –Camus bajó la mirada. Milo lo esquivó y salió de la habitación.
-Espera Milo –dijo el pelirrojo con seriedad-. Es verdad. Te dejaré ver –Milo volvió a resoplar. Se paró en el marco de la puerta y observó a Camus quitar una a una las piezas de la armadura, que cayeron al piso con un ruido metálico. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando descubrió que sin la coraza que lo protegía le dolía mucho más.
Milo se acercó con cautela. Aunque estaba enfadado, la preocupación por el hombre que amaba fue más fuerte. Ahogó un suspiro ahogado. Una gran cantidad de cortes profundos surcaban la espalda del francés en todas direcciones. La cantidad era tal que se hacían indistinguibles uno de otro. En algunas partes, la capa superior de musculatura se encontraba levantada. El color de la piel alrededor era rojo intenso. La piel se veía hinchada y Milo se atrevió a acercar la mano. A pocos centímetros pudo sentir el calor que despedían las heridas, haciendo más que evidente la infección. Cuando comprendió la gravedad del cuadro, a Milo le estrujó el corazón. Hizo un esfuerzo por no llorar.
-Camus –comenzó en un susurro, mirándolo a los ojos-. Tengo la obligación de cuidar de ti. No puedes curar tu propia espalda, ¿no te parece? –él asintió-. ¿Por qué escondes tus heridas de mí? –negó súbitamente con la cabeza. La angustia que sentía le impedía hablar-. Es tan fácil ser feliz… ¿por qué haces esto? –balbuceó. Camus rompió a llorar, escondió el rostro entre las dos manos-. Recuéstate.
Con manos temblorosas, Milo limpió las heridas de Camus al igual que este lo había hecho antes. Le dio un calmante antes de atreverse a suturarlas. Perdió la cuenta de cuantos puntos habría dado o del tiempo que habría transcurrido. Camus se encontraba inmóvil sobre la cama, pero un ocasional espasmo lo hacía temblar. El rubio pudo ver como la almohada se empapaba de sudor y lágrimas. Cuando terminó de suturar, le apartó el pelo con una suave caricia para poder ver su rostro. Acarició su pómulo con los nudillos. Le indicó que se levantara para poder vendarlo con firmeza y así dar por finalizada la tarea. El pelirrojo se quedó inmóvil sentado al borde de la cama, escondiendo el rostro entre las manos con evidente vergüenza. Milo se puso de pie frente a él, en el espacio que dejaba entre sus piernas. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo abrazó con excepcional cuidado. Le hizo apartar las manos del rostro y besó sus labios con dulzura. Le supo salado entre las lágrimas.
-Deja de llorar, hielitos. Quiero hablar contigo –explicó-. Pero es mejor hablar calmados –eso sólo le provocó más angustia. Milo notó que toda la angustia y el pesar que su compañero evidenciaba no era algo nuevo. Más bien, se sentía como si hubiera aguantado por años y de pronto un tsunami de sentimientos hubiera explotado sin control. El escorpiano no dejó de abrazarlo. Acarició su cabeza con las yemas de los dedos y canturreó en susurros. Tuvo una paciencia que le sorprendió incluso a sí mismo.
-Perdón Misha –balbuceó al fin, entre lágrimas-. No me odies. No te vayas –sollozó-. Por favor, no me dejes solo –a Milo le conmovió la vulnerabilidad que mostraba. Nunca antes lo había visto así. Milo se recostó sobre la cama y le hizo señas para que lo imitara. Camus se acomodó boca abajo lo mejor que pudo.
-Camus, escucha bien lo que te voy a decir, porque es muy importante. Escucha con tu alma –él asintió-. Te amo tanto que no me alcanzarían todas las palabras del mundo para explicártelo. Te amo más que a nada en el mundo, más que a Athena misma. Cada vez que te veo sufrir me duele en lo más profundo de mi alma, porque tú eres una parte de mi alma. Si un día la batalla me lleva a la muerte, mi último pensamiento será para ti, y te seguiré amando incluso cuando no esté. Si decides que quieres entregarle tu corazón a otro que te haga más feliz, te despediré sin un atisbo de remordimiento y te desearé toda la felicidad del mundo, aun perdiendo mi alma. Así de mucho es que te amo. Por favor, no te olvides nunca –tomó aire-. Sé que no te has ido a ninguna misión últimamente. Esos latigazos que arden en tu espalda te los ha hecho alguien de aquí, alguien a quien hemos llamado aliado. Es algo que no puedo permitir. No me quedaré nunca tranquilo sabiendo que alguien en nuestro propio hogar desea hacerte daño. No te pido una explicación por capricho o por inseguridad propia. Sólo deseo cuidarte, para nunca más tener que suturar heridas tan feas y malolientes –acarició su pómulo con suavidad.
-¿Tú me amas? –balbuceó Camus con ojos de borrego.
-Oui, mon enfant –sonrió con burla-. ¿Quieres que te haga un dibujo? Te puedo dibujar dos monigotes dándose un besito –bromeó. Camus lanzó una risita.
-Misha –susurró. Lo besó suavemente mientras recorría su cuello con las yemas de los dedos.
-¿Quién te ha lastimado así, amor mío? –lanzó Milo, retomando lo anterior. Camus ordenó las palabras dentro de su cabeza.
-Lo que temo es que no me creas –explicó-. Que me veas como un traidor y dejes de amarme –Milo lanzó una carcajada.
-Tonto, acabo de decirte que voy a amarte para siempre. Lo he dicho en serio. ¿Crees que voy a desdecirme cinco minutos después? –negó con la cabeza-. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.
-Te amo, Milo –balbuceó-. Estás heridas tienen que ver con algo que te he ocultado por años. Lo hice porque me han amenazado con tomar represalias contigo. Cuanto menos supieras, más te protegía. Supongo que ha funcionado, porque sólo yo he sido castigado. Por eso he tenido que irme a Siberia en ese entonces –se le quebró la voz. Apretó los labios en una fina línea.
-Ya no lo ocultes más, Camie –pidió-. Ya no somos niños. Puedo aceptar la responsabilidad de guardar un secreto. Puedo cuidar de mí mismo. Pero más me interesa ser capaz de cuidar de ti. Ven aquí –dijo, abriendo los brazos en una invitación. Camus se acomodó sobre el pecho del escorpión. Sus lágrimas le mojaron la ropa. Él lo abrazó con inusitado cariño-. No te soltaré nunca –lo animó.
-Eres más de lo que merezco –suspiró-. Ha sido el Patriarca en persona quien me ha dado latigazos la mayor parte del día –confesó. Milo abrió grandes los ojos-. Sé que lo respetas y le obedeces como un fiel caballero que eres. No soy ningún traidor. Soy fiel a Athena, igual que tú –afirmó, con la voz temblorosa-. Por favor Misha, necesito que me creas.
-Te creo –susurró Milo con un hilo de voz-. Le he perdido el respeto. Al lastimarte con tal saña ha faltado al código de honor. El Patriarca Shion jamás hubiera hecho semejante cosa. ¿Por qué no has dicho nada? Si fuera yo, créeme que ya hasta los floristas de Rodorio estarían enterados de sus faltas.
-Prometiste que guardarías el secreto.
-Entonces cuéntame, ¿qué has hecho para que el Patriarca te castigue? –Camus negó con la cabeza.
-He visto algo que no debí haber visto. Cuando éramos niños –explicó-. La noche anterior a la desaparición de Saga y Aioros, he visto a este último huyendo sin armadura, protegiendo a Athena con su propio cuerpo. Estaba malherido. Después no supe que fue de él. Al día siguiente, a primera hora fui a la cámara del Patriarca. Me dijo que Aioros era un traidor. Yo no le creí, porque lo había visto con mi propios ojos cuidar de Athena con su propia vida. No conocía de moderación cuando era niño, así que lo enfrenté y le dije lo que pensaba –Milo lo abrazó con más fuerza.
-No te soltaré. No dejaré de amarte, sin importar nada –afirmó el rubio, con una decisión que sorprendió al acuariano.
-Sólo un insensato como yo podría atreverse a enfrentar semejante poder. Me golpeó solo una vez. Luego, me dijo que si llegaba a decir algo tomaría represalias. Pero no conmigo, sino contigo, Milo –el escorpión abrió grandes los ojos-. No podía permitirlo. Pero pasó un año y tampoco podía olvidarme lo que había visto. Por eso decidí irme lo más lejos que la naturaleza me permitiera. Así estarías seguro. Pero aun entonces, no podía olvidarme. Deseaba poder hablar con el Patriarca anterior y que me explicara qué ocurría. Entonces opté por la siguiente opción. Fui a los Cinco Picos a parlamentar con el Viejo Maestro Dokho.
-¿Qué has averiguado? –lanzó Milo con impaciencia.
-Que el Patriarca no es quien dice ser. Que mucho de lo que dice es mentira. Athena no está en el Santuario. Hay una conspiración en marcha para derrocar al impostor, y en varias de sus etapas yo he sido parte de ella –suspiró-. Escúchame, Misha, porque es muy importante. Si le dices esto a alguien, aunque sea el más joven de los reclutas, soy hombre muerto. A partir de este momento, mi vida ya no me pertenece. La he puesto en tus manos. Haz con ella lo que te diga tu criterio. Yo confío en ti. Así de mucho es que te amo –Milo derramó lágrimas amargas, mojándose los vendajes del pómulo. Sollozó en silencio sin dejar de abrazar a su compañero. Sentía la garganta obstruida por la angustia.
-Te creo –repitió luego-. Eres el hombre más inteligente que he conocido jamás. No dudo de tu experiencia, ni de tu análisis, ni de tu razonamiento. Si dices que así son las cosas, así son las cosas –afirmó con decisión-. Había tenido sospechas antes. Ahora entiendo mucho más –se inclinó a besar su frente con dulzura-. Duele mucho, no te voy a mentir. Pero creo que la verdad es el mejor modo de vivir. Al fin y al cabo las palabras son todo lo que tenemos para expresar nuestro espíritu. ¿Qué tipo de caballeros seríamos, si deliberadamente viviéramos mintiéndonos a nosotros mismos?
-Misha –balbuceó-, hay otras cosas que podemos hacer para expresar nuestro espíritu –los ojos del escorpión no ocultaron su brillo carmesí.
-Nunca saldrá de mis labios una palabra que pueda perjudicarte. Voy a cuidar tu vida más que a la mía propia. Será un honor hacerlo. Es un gran honor ser digno de tu confianza –afirmó. Camus levantó la cabeza rápidamente para robarle un beso inesperado.
-Gracias –susurró, mientras volvía a acomodarse-. Mañana tienes que ir arriba a dar el reporte de tu misión –Milo asintió-. No te olvides que el Patriarca sabe mucho de telepatía. Por favor, ten mucho cuidado. Si algo te ocurriera, no podría perdonármelo.
-Tendré cuidado –concedió Milo-. Ya duérmete, porque el sol va a encontrarnos despiertos y después vamos a estar todo el día caminando como zombies por el sueño –Camus se apretujó contra él.
-Habrá valido la pena –afirmó sonriendo-. Que descanses, Misha –con esto finalmente cerró los ojos, y se durmió inusualmente rápido.
