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Aún sin salir del asombro inicial, el otro sujeto también volteó levemente la mirada y di un salto al ver que ambos eran extremadamente parecidos. Eran dos cuadros pintados por el mismo artista, pero cada uno con una inspiración única. Sin duda alguna eran hermanos, ambos tenían el cabello castaño oscuro y la piel bronceada. La única diferencia eran sus ojos; los del más alto eran de color ámbar y los del más bajo eran azules.
Santos poros alados ¡¿Renekton!? No podía creer que el cocodrilo gigante hubiese sido tan... Mejor dicho, nunca me había imaginado que los dos héroes legendarios de Shurima hubiesen sido tan atractivos en su forma humana y era el momento menos indicado para ponerme a pensar en algo así. Los hermanos dijeron algo en una lengua que no pude comprender. Nasus asintió esbozando una débil sonrisa y Renekton simplemente lo envolvió entre sus brazos.
Un estallido de luz me hizo retroceder de manera instintiva y ambos desaparecieron a los pies del Disco Solar. La batalla en Shurima continuaba y el estruendo de las espadas seguía siendo la única sinfonía que podía escucharse. Miré hacia abajo y los invasores intentaban abrirse paso hacia el palacio imperial pisoteando heridos y cadáveres con el único objetivo de hacerse con, probablemente, la última resistencia que quedaba en la ciudad.
De pronto la tierra comenzó a temblar y pese a que no podía sentir nada, me era posible observar como las personas corrían de un lado a otro evitando los escombros que caín sobre ellos. El Disco Solar giró emanando una potente luz dorada y envolviendo a toda la ciudad con esta; como si de pronto hubiese decidido expulsar a las tinieblas y traer consigo a la luz del día llena de esperanza: Nasus y Renekton, los héroes Ascendidos de Shurima habían aparecido.
Y entonces, abrí los ojos.
Me desperté con el peor dolor de cabeza de todos los tiempos; sentía como si alguien hubiese golpeado hasta el cansancio con un palo. El mundo daba vueltas a mi alrededor, y apenas podía enfocar la vista en un punto fijo. Me levanté y lamenté al instante haberlo hecho debido a las náuseas que comenzaba a sentir, quería desesperadamente volver a dormir y me era imposible.
—Ugh...— Me quejé y volví a recostarme. Al menos no había despertado con un vaso de agua en mi cara. De a poco me fui recuperando y finalmente logré levantarme de la cama sin caer de bruces al piso. Estaba en mi habitación y a juzgar por la iluminación, ya era de día. Tenía puesta la misma ropa de la noche anterior y no recordaba haber caminado hasta el palacio. Me cambié de ropa y salí en dirección a la biblioteca, necesitaba encontrar a Nasus lo más pronto posible. Caminé con paso rápido por el palacio, agradeciendo no encontrar ningún cadáver y luego de un par de vueltas logré llegar al cuarto lleno de libros; di un suspiro aliviada al ver aun chacal de dos metros llamado Nasus sentado leyendo. Él se percató de mi presencia y levantó la vista dejando a un lado el libro que tenía entre sus manos.
—¿Cómo te encuentras, Drachenblut?— Preguntó y me invitó a tomar asiento. Sin dudarlo me acerqué a la silla que ya parecía tener mi nombre y me subí a ella.
—No lo sé— Dije mirándolo un poco confundida, no podía evitar comparar el rostro humano que había visto antes y el de animal ¿En serio Nasus había sido tan...? Intenté quitar todos aquellos pensamientos de mi cabeza, pero era imposible luchar contra lo que había presenciado. —Soñé contigo anoche y...—
Silencio. No, no debería haberle dicho eso mientras lo observaba tan fijamente y parecía estar estudiando cada rasgo de su rostro como si me tratara de una maniática. Al menos debería haber cuidado un poco más la selección de palabras.
—Eso es...Inesperado— Dijo Nasus finalmente y me golpeé en la frente al notar que no me había expresado bien. Ahora podía agregar a mi lista de triunfos el haber incomodado a un Ascendido Shurimano. Repasé mentalmente mi discurso y moví mis manos en el aire, como si con ello pudiese atrapar las ideas que se amotinaban en mi mente sin ninguna clase de control.
—Tuve un sueño muy extraño...Yo, eh...— No supe como continuar. Nasus me miraba esperando pacientemente que siguiese hablando y luego de varios balbuceos inentendibles, logré dar con una oración coherente. —Creo que tuve un sueño relacionado con Shurima—
—¿Qué clase de sueño?— Preguntó y alzó una ceja, al parecer había logrado que por primera vez Nasus tuviese más preguntas que yo.
—Digo, no tú ahora, sino que tu tú de antes, cuando eras humano— Volví a explicarme y solo había logrado hacer que la situación fuese peor. —Cuando estábamos mirando las estrellas sentí un sonido muy agudo, mi vista se nubló y...y cerré los ojos, pero cuando me recuperé estaba en el mismo lugar, pero tú no estabas. Habían muchas personas que hablaban una lengua rara y luego llegaban unos soldados que comenzaron a asesinarlos a todos y...Y...Luego corrí hacia el Disco Solar y tú...Y Renekton estaban de pie allí y eran humanos...aún —
Nasus colocó la mano en su barbilla, reflexionando sobre el asunto. Volví a explicar el sueño y esta vez intenté ser lo más detallista posible. Incluyendo detalles sobre su apariencia física y como me habían atravesado un par de flechas sin hacerme daño.
—Lo que presenciaste fue una visión de una de las memorias más antiguas de Shurima— Dijo el Curador de las Arenas y soltó un suspiro cansado, como si no quisiese continuar hablando. Iba a decirle que no era necesario, pero él levantó una mano pidiéndome que no dijera nada. — Déjame contarte la historia de como mi hermano y yo estuvimos dispuestos a sacrificarlo todo por salvar a nuestro hogar—
Mi hermano y yo nacimos hace milenios atrás, cuando Shurima era aún un pequeña ciudad que batallaba de forma incansable en contra de las arenas del desierto para no ser sepultada entre ellas. Nuestro padre era lo que ustedes llamarían hoy "astrónomo" y nuestra madre era una mujer escribana; ambos eran personas respetadas por sus conocimientos, pese a que su linaje no era noble.
El primer hijo que nació de su unión fue Renekton, cuatro años más tarde fue mi turno de llegar al mundo. Nos parecíamos mucho físicamente, aunque él había heredado los ojos ámbar de nuestros progenitores y yo tenía unos ojos azules que parecían haberse equivocado de dueño. Las diferencias entre mi hermano y yo fueron demasiado evidentes desde que empezamos a caminar. Renekton estaba dotado de habilidades físicas excepcionales y desde temprana edad fue entrenado para convertirse en un soldado. A mi padre le gustaba decir que algún día su primogénito sería un general del ejército de las arenas.
¿Recuerdas lo que te dije la primera vez que nos conocimos? Mi corazón humano estaba lleno de envidia ante los logros de mi hermano. Mi mente y mi cuerpo eran débiles y pese a que amaba a mi familia, varias veces me pregunté cuál era mi lugar. Exponerme al sol como los demás Shurimanos era imposible para mí y la mayor parte del tiempo, me encontraba leyendo libros escondido en mi hogar. El Desierto no me reconocía como a uno de sus hijos, cuando era niño pensaba que quizás a las arenas no les gustaba el color azul de mis ojos. Mi madre solía regañarme por pensar aquello y constantemente me decía que yo había recibido un regalo de los dioses, pero que yo no era capaz de verlo.
"Todos los Shurimanos llegan a este mundo con una misión escrita en las estrellas, Nasus." Susurraba mi madre mientras me abrazaba e intentaba ahuyentar a los demonios que se alimentaban de mi alma frágil.
En nuestra juventud, Renekton se convirtió en un soldado reconocido por toda Shurima. En ese entonces, el imperio recién comenzaba a nacer y era normal estar en guerra con los pueblos vecinos buscando expandirnos. Por otro lado, yo había decidido dedicarme a estudiar y a perfeccionarme en el arte de la curación; los libros se convirtieron en mi guía y mis conocimientos se ampliababan con cada nueva página que llegaba a mis manos. Si no podía estar en el campo de batalla, haría lo posible por combatir a la Muerte.
Los años pasaron y Renekton se convirtió en uno de los generales del ejército de las Arenas, en aquel entonces era un genio estratega, respetado por todos sus hombres que hubiesen dado su vida por seguir las órdenes. Mi alma se estremece al pensar en qué dirían sus soldados al ver que ha enloquecido y ha perdido todo lo que alguna vez lo hizo ser reconocido. Mi hermano, mi amado hermano capaz de vencer a mil oponentes con solo un puñado de valientes, aquel hombre que podía ganar incluso las batallas en desventaja numérica perdió la guerra contra la Locura y se perdió para siempre.
Una noche fuimos atacados mientras el ejército principal Shurimano se encontraba lejos de la ciudad. El único general en la ciudad era Renekton y sin dudarlo organizó una improvisada resistencia cerca del Disco Solar. No teníamos más de veinte soldados y la mayoría de los ciudadanos apenas y sabían como manejar una espada. Hombres y mujeres defendían sus hogares guiados por el fervor de la batalla; incluso los más ancianos utilizaban sus bastones para expulsar a los invasores. Nuestra meta era resistir hasta que el ejército volviese y que por nada del mundo tomasen control del Palacio Imperial, donde yacía nuestro gobernante.
La ciudad iba a caer antes del amanecer, todos luchábamos desesperadamente por mantener en pie nuestro hogar. Y corría de un lado a otro curando a los heridos y estos apenas podían ponerse de pie volvían a tomar las armas. A veces me da la sensación de que el olor a sangre nunca se quitó completamente de mi piel desde aquella noche.
Sumergidos en la desesperación, una idea cruzó mi mente al mirar el Disco Solar: El Ritual de Ascensión. Según contaba la leyenda, cada vez que Shurima se viese amenazada; los dioses le otorgarían poderes inimaginables a quién desease proteger la ciudad. Recuerdo haber corrido hacia el Disco Solar mientras escuchaba como las personas me llamaban cobarde creyendo que estaba huyendo. Al llegar a la parte superior, tomé una gran bocanada de aire y me acerqué al objeto dorado rogando por un milagro.
"¡¿Qué estás haciendo, Nasus?! ¡Tenemos que seguir defendiendo la ciudad!" Escuché la voz de Renekton a mis espaldas y tragué saliva, sin saber qué decirle.
"¡Tengo que intentar el Ritual de Ascensión!" Grité y él me miró incrédulo.
"¿¡Estás loco!? ¡Es sólo una leyenda!"
"No hay otra opción ¡No vamos a ver el amanecer a este paso y lo sabes tan bien como yo!" Esa fue la primera y única vez que le grité a mi hermano. Volví mi vista hacia el Disco Solar y me acerqué corriendo mientras mi corazón parecía a punto de estallar luego de latir con tanta prisa.
"¿Qué tenemos qué hacer?" Renekton se plantó a mi lado, se mordía los labios de forma nerviosa y soltó una risa. "¿Rezar o algo así?"
"No tengo idea"
Me di media vuelta y miré como mi hogar era consumido por las llamas. No, no iba a dejar que todo fuese consumido por las arenas del desierto; volví a mirar a mi hermano y le sonreí, quizás el Disco Solar iba a consumir nuestras vidas como sacrificio humano. Quizás todo era una pésima idea y terminaríamos muertos antes de ver el sol. Sin previo aviso, Renekton me abrazó.
"Confío en ti, Nasus. Siempre has sido el más inteligente de los dos, pero yo soy el mas atractivo, que no se te olvide"
Me reí de su broma y en aquel momento comprendí que lo que más deseaba era tener el poder de protegerlo, a él y a la ciudad que me había visto nacer. Incluso si eso significaba entregar mi vida. Aquella fue la última vez que vi el rostro humano de mi hermano y entonces fuimos tragados por una poderosa luz que emanaba el Disco Solar.
Perdí la consciencia y desperté tendido en una cama en una enorme habitación decorada como si allí hubiese vivido un Emperador. Me levanté del lecho y caminé buscando a Renekton, él ya no estaba a mi lado y no podía escuchar los gritos de la batalla. El lugar era silencioso, parecía que me habían traído a un lugar completamente alejado del campo de batalla.
"¿Despertaste?" Una voz femenina llegó hasta mis oídos y sin darme cuenta, a mi lado se había materializado una hermosa mujer de largos cabellos dorados y enigmáticos ojos grises. La conocía, yo sabía que ya la había visto antes.
"Disculpe, señorita" Dije sin entender nada de lo que sucedía y ella me sonrío de forma dulce, como si le hubiese encantado ser tratada de aquella forma. "¿Donde estoy?"
"Estás muerto, mi querido Nasus"
Me quedé boca abierta y la mujer me abrazó, haciendo que pudiese sentir el aroma de su perfume. Se me hacía todo tan familiar y a la vez no, una parte de mí sentía que había estado en presencia de aquella dama, no una, sino que varias veces.
"No puedo estar muerto" Hablé intentando separarme de ella, pero me parecía descortés utilizar la fuerza en contra de una mujer. "Tengo que irme señorita...Lo siento"
"Intentaste el Ritual de Ascensión, pero fallaste y ahora tienes que venir conmigo" La mujer sonrió una vez más y me soltó de su abrazo, solo para tomarme de las manos. "¿Como me llaman ustedes los mortales? ¡Ah sí, ya lo recordé! La Muerte, así me dicen"
Abrí los ojos de par en par, en aquel instante ni siquiera todos los libros que había memorizado me ayudaban a entender lo que estaba ocurriendo. En incontables ocasiones había sentido la presencia de La Muerte mientras cuidaba de los enfermos, y aunque no podía verla, sabía que estaba allí, sentada y esperando reclamar las almas que ya no podían seguir entre los vivos.
"¿Querías ser un héroe? ¿Deseabas salvar a tu ciudad para demostrar que eras mejor que tu hermano? Mi dulce Nasus, siempre preocupándote por los demás para ignorar el vacío que tu alma siente. Estás tan lleno de envidia que me haces temblar ¿En serio crees que alguien como tú puede Ascender?"
"Quizás tienes razón" Respondí sintiendo el peso de sus crueles palabras y La Muerte me invitó a bailar mientras tarareaba una canción. De forma torpe intenté seguirle el ritmo, ella era una dama cruel que se reía con una exquisita y cruel locura que se divertía besándome en los labios y robando el último aliento de mi vida. "He cometido muchos errores y me gustaría volver para enmendarlos. Necesito volver"
"Esa es la respuesta correcta. El desear reparar tus errores es el camino para convertirte en un Ascendido" De pronto nos detuvimos. Ella me miró y soltó mis manos para volver a envolverme con sus delgados brazos, hundiendo su rostro en mi cuello y colocándose de puntillas, susurró en mi oído. " Supongo que este ha sido nuestro primer baile y el último porque tú ya no puedes estar conmigo, Nasus; tú has de Ascender y olvidarte de mí"
La Muerte se separó de mí y solo pude mirarla lleno de confusión.
"No me mires así" Dijo y negó con la cabeza mientras su imagen comenzaba a desvanecerse justo en frente de mí. "O te arrancaré esos ojos para quedármelos por toda la eternidad"
Cuando volví a despertar en este mundo, mi cuerpo había cambiado por completo, al igual que el de Renekton. Ambos habíamos adoptado formas diferentes y por alguna razón, no nos sentíamos intimidados ante nuestros nuevos poderes. No teníamos las limitaciones humanas del cansancio, el dolor o el miedo. Mis recuerdos son algo confusos con respecto a esos momentos... Éramos los primeros Ascendidos de Shurima y nuestro único propósito era salvar lo que quedaba de nuestro hogar.
Y lo hicimos.
Notas del Autor: ¡Lamento muchísimo la tardanza! Tenía demasiadas ideas para este capítulo, siempre había deseado narrar mi visión sobre el pasado de Renekton y Nasus. Mi imagen sobre La Muerte la basé en la frase que dice Nasus en el juego "La Muerte es una dama cruel" (Death is a harsh mistress)
Como siempre muchísimas gracias por sus reviews ¡Nos vemos en el próximo capítulo!
PD: Ahora la pregunta más importante del fic es ¿Quién era más atractivo en su foma humana: Nasus o Renekton? Vote por su favorito y entrará en el sorteo de una bolsa de galletas shurimanas.
