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Cuando me miré en frente del espejo, sentí como las lágrimas comenzaban a rodar por mi rostro. Me había preparado mentalmente una y mil veces para enfrentarme a lo que los vendajes escondían, sin embargo ni todo el tiempo del mundo hubiese servido.
La peor parte se la había llevado el lado derecho de mi rostro, el párpado estaba cerrado y se notaba que faltaba algo ahí. Tenía cortes profundos que llegaban hasta la mejilla, e incluso uno cercano a mi nariz. La piel aún estaba de color rosado, pero al menos había dejado de sangrar.
Me veía horrible. Ahora comprendía porque Nasus me miraba de aquella forma. Nunca me había sentido especialmente bonita, sin embargo ahora si podía considerar que me veía aberrante. No quería que absolutamente nadie me mirase. Ni siquiera los vendajes podían cubrir lo horrendo que se había vuelto mi rostro.
Había tomado la decisión de comenzar a cuidarme la herida del ojo por mí misma. No podía con la mirada llena de culpabilidad de Nasus cada vez que quitaba las vendas de mi rostro. Y de alguna forma u otra, el verlo mal me estaba comenzando a afectar más de lo que creía.
Pero luego de ver el cómo había quedado mi rostro lo entendía: No había sido como hacerse un rasguño o un moretón. Era una marca de por vida que incluso me limitaría físicamente y eso era algo que él vería una y otra vez al estar cerca de mí.
Los días posteriores al gran anuncio de Azir, la biblioteca se había llenado de shurimanos deseosos de convertirse en eruditos. El grupo era aproximadamente de 50 personas de todas las edades, desde un joven de 15 años hasta una anciana que de seguro tenía más de 60. En un principio había pensado en unirme al grupo, pero al escuchar que todos hablaban shurimano y no la lengua común mis ánimos se habían ido al suelo. Por lo que ni siquiera me había dado la molestia de comenzar a estudiar junto a ellos.
Mi shurimano consistía en palabras sueltas de supervivencia básica: como saludar, despedirse, preguntar información básica y algunos insultos (Los últimos me los había enseñado Sivir). Cuando Nasus y yo leíamos juntos, él traducía mientras yo tomaba notas. Entendía un poco del alfabeto shurimano, ninguna de sus letras se parecían a las de la lengua común y escribirlas era todo un desafío. Mi caligrafía era un insulto al alfabeto shurimano en comparación a las obras de arte que parecían las letras de Nasus. Aunque él insistía que solo era práctica: él ya había escrito millones de pergaminos y libros.
Al pasar las primeras semanas de reformas, Azir y Nasus desaparecieron de mi vista junto con Sivir. Si la mercenaria no estaba ayudándolos con algún tema relacionado con la milicia, estaba escondida en algún lugar descansando de los Ascendidos. Ninguno de los dos se permitía un respiro o un momento libre, para ellos el renacer de Shurima se había vuelto su único objetivo.
A la hora de comer me sentaba sola en la gran mesa. Extrañaba el tener a Azir colocando cosas en mi plato diciendo que los manjares de Shurima eran lo mejor de todo el universo.
Sin embargo lo que más extrañaba era estar toda la tarde en la Gran Biblioteca junto a Nasus. Cada vez que pasaba cerca del lugar sentía como el corazón se me apretaba y deseaba en silencio de que todos desaparecieran de allí. Finalmente había optado por evitar aquella zona y me mantenía en mi habitación la mayor parte del tiempo estudiando los libros de magia escritos en la lengua común. No había practicado magia ni una sola vez desde el incidente de la Academia de Guerra, y era por ello que había decidido comenzar a practicar en solitario. Solo salía de vez en cuando a buscar comida a la cocina y volvía a encerrarme evitando la mirada de los sirvientes.
Mi radiante y maravillosa nueva vida en Shurima se había convertido en todo lo opuesto a lo que había esperado. Los días pasaban y ya ni siquiera me dignaba a cambiarme el pijama, el imperio renacía y yo me hundía aún más en mi propia miseria.
Utilizaba las letras para distraerme. Pero todo era inútil: el impulso de correr a la biblioteca para sentarme al lado de Nasus y comentarle sobre lo que leía me hacía sentir aún peor. Lo añoraba tanto que incluso me estaba asustando- Cada vez que veía al Curador de las Arenas en los pasillos sentía la necesidad de pedirle que me diese un poco de atención, pero... ¿Quién era yo para exigirle apartar la mirada del glorioso renacer de su amada nación?
No sé cuanto tiempo pasó. Quizás poco más de un mes, cuando un día Azir entró a mi habitación con una sirvienta que llevaba en sus manos una bandeja llena de dulces shurimanos. Me sobresalté al escuchar su voz detrás de la puerta anunciando que iba a entrar y apenas logré colocarme una bata para verme un poco más presentable.
—¿Cómo has estado, Drachen?—Preguntó Azir sentándose en mi cama y le hizo un ademán con la mano a la sirvienta para que dejase los dulces en la mesa de noche y se retirara.
—Bien—Mentí por simple inercia y cogí uno de mis pasteles favoritos—¿Y tú?—
—Lleno de energía y esperanza—Respondió de forma animada—El renacimiento de nuestro Imperio será algo digno de narrar por los bardos durante siglos—
—Me hace feliz saber eso—Clavé mi mirada en la puerta y me pregunté cuanto tiempo tardaría la conversación. Si el mismísimo Emperador había venido a mi cuarto, de seguro algo malo había pasado.
—¿De verdad eres feliz aquí, Drachen?—Preguntó Azir y su pregunta me tomó por sorpresa. Masqué de forma nerviosa lo que tenía en la boca y tragué, sintiendo que había perdido el apetito—Nasus también está preocupado—
Me había alejado de él al no soportar su mirada llena de culpa. Por alguna u otra razón, el Imperio era tan radiante que me sentía un estorbo. Como la mancha negra en toda la felicidad que él podía sentir de ver su hogar reconstruido.
—Yo…Me está siendo difícil adaptarme. Eso es todo—Dije y en parte era la verdad—Además…Mi shurimano es tan malo que ni siquiera puedo salir a la calle sin perderme—
—¿Y por qué no has practicado junto a los aprendices de Nasus? Podrías estudiar junto a ellos. El honor de poder comunicarte en la lengua más hermosa de todo Runaterra es un privilegio que no todos pueden tener—Comentó Azir como si hubiese sido lo más lógico del mundo. Incluso parecía levemente ofendido por no verme estudiando.
—Se…ve difícil—Murmuré en voz baja y me mordí el interior de la mejilla sintiéndome nerviosa.
—De seguro Nasus te ayudaría si solo se lo pidieras—
—No…No quiero molestarlo—
—Drachenblut…Si crees que tu encierro ha pasado desapercibido, puedo asegurarte que no es así—Azir habló con un tono tan serio que se me pusieron los pelos de punta—Has perdido tu hogar en la Academia de Guerra y lo entendemos. No solo el lugar donde vivías...También a tus amigos, metas, sueños. Yo sé lo que es perderlo todo y Nasus también—
—Yo…—Me quedé sin palabras y sentí como si el peso de todo lo que me había ocurrido de pronto estuviese siendo compartido con alguien más—Dioses…Yo…No quiero ser una molestia para ustedes. No quiero ser una inútil que les estorbe. Y…Lo siento—
—Drachen, no eres un estorbo. Eres solo alguien que no sabe y debe aprender. Si sobreviviste a las clases de Nasus durante semanas ¿Qué te hace pensar que no podrás con el resto?—
—Soy un desastre, Azir. Un completo desastre—Dije y apreté mis puños mientras hablaba, como si de pronto todo lo que tenía guardado estuviese a punto de explotar—Me esforcé años para encajar en la Academia de Guerra y ahora...Pensé que sería fácil, pero no. Ni siquiera puedo mirarme a un espejo sin lanzarme a llorar ¡No quiero arruinar la felicidad que todos parecen tener con mis problemas!—
Azir escuchaba en silencio todo lo que había retenido en mi pecho durante tanto tiempo. Esperó un momento a que terminase de hablar, luego con una voz muy calmada y amable se acercó a mí tocando mi hombro.
—Shurima es una tierra que ha renacido desde las arenas del desierto. Es por eso que has elegido el lugar correcto para iniciar una nueva vida, Drachenblut. Solo tienes que seguir caminando—Habló y sentí un alivio que había creído olvidado—No eres una molestia para nosotros y nunca lo serás. Mucho menos para Nasus—
La sola mención de su nombre me hizo preguntarme el cómo estaría. O si es que acaso habría pensado en mí en algún momento de mi auto-encierro.
—Nasus deseaba hablar contigo, pero notó que lo evitabas y pensó que quizás te sentías obligada a estar con nosotros—Explicó el Ascendido y de inmediato me alarmé—Es por eso que he venido personalmente—
—Oh por los dioses, no—Negué con la cabeza al mismo tiempo que movía mis manos—Estoy aquí porque quiero…Quiero ayudarlos a reconstruir Shurima, quiero que sea mi hogar también—
—Drachen…Shurima siempre será tu hogar, eres parte de nuestro Imperio. Aunque no hayas nacido en el desierto—
—Gracias—Dije secándome las lágrimas que habían escapado de mi ojo y solté una risa nerviosa al notar que eso era justo lo que necesitaba oír.
—Y sobre lo de verte horrenda…Tengo la solución perfecta—Dijo con un sospechoso tono alegre el Ascendido—Siéntate en la silla frente al espejo y veamos qué puedo hacer con tu cabello—
—Azir, aprecio tu entusiasmo…Pero…—
No. No. De ninguna forma no.
—¡Confía en mí, Drachenblut! ¡Haré que te veas radiante!—
Dioses no. No confiaba en las manos de pájaro de Azir, Ascendido y todo, eso no le daba poderes de peluquero.
—En la antigüedad, cuando nuestro Imperio se alzaba como el más brillante, la peluquería shurimana era reconocida por toda Runaterra. De hecho, las mujeres de otras naciones copiaban los hermosos tocados que llevaban las shurimanas—Comenzó a relatar Azir y noté como su mano derecha se acercaba peligrosamente a las tijeras—Pero…Si no confías en mí, no me sentiré en absoluto ofendido. Es más podría incluso llamar a algún peluquero que pueda ser digno de tu confianza, Drachenblut—
Mierda.
—Está bien, está bien—Terminé por aceptar y me senté en la silla cercana al espejo. Este estaba cubierto con una manta para evitar ver mi reflejo. Azir en un abrir y cerrar de ojos tomó las tijeras del mesón junto con una serie de otros artefactos que no entendía para que servían—Solo…Solo quiero que Nasus deje de mirarme con lástima cada vez que la ve—
—Comprendo muy bien la situación, Drachenblut—Habló el Emperador y por un momento el tono serio de su voz me hizo pensar que no era tan mala idea después de todo—Estás solicitando mi ayuda para que el Curador de las Arenas te mire con otros ojos—
—¡No!—Grité tapándome la cara de forma instintiva. Sentía el ardor en mis mejillas; y a la peor parte es que Azir habló con tanta seriedad sobre el asunto que empeoraba la situación.
—No hay de qué avergonzarse—
—¡E-Estás e-e-quivocado!—
—Drachenblut, el encanto de Shurima está también en sus habitantes. Y no me sorprende que hayas caído ante los de Nasus—
—No…No puedo mirarme—
—Bien. Entonces ese es el primer paso—Dijo el Ascendido señalando con la punta de su dedo el espejo y con un movimiento rápido quitó lo que lo cubría—Si tú no te aceptas, los demás no lo harán. Incluido Nasus—
—Me veo horrenda—
Me miré en el espejo una vez más y me di cuenta de que estaba a punto de llorar. No podía culpar a Nasus por lo que había tenido que hacer. Pero tampoco podía sonreír y decirle que todo estaba bien.
—Las cicatrices también pueden ser hermosas, Drachen. Tú eres quien decide como llevarlas—Levanté la vista y si el rostro de Azir hubiese sido el de un humano, seguramente hubiese tenido la sonrisa más cálida del mundo. Dejó a un lado el espejo mientras me extendía un pañuelo para que me secara las lágrimas—Puedes llevar estas marcas como una condena, un castigo…O también puedes verlas como la prueba de que tuviste una batalla a muerte con un enemigo mucho más fuerte que tú y triunfaste—
Volví a mirar el espejo y recordé mi viaje por el Vacío, las criaturas de la Academia, la maldición de Reiter... Eran cosas que nunca había imaginado que podían pasarle a una persona como yo. Le sonreí de forma tímida a la chica en el espejo que había pasado por tantas cosas y había sobrevivido; estaba orgullosa de ella.
—Mucho mejor—Dijo Azir y asintió para dar aviso de que comenzaría a trabajar. Después de eso, el Ascendido revoloteaba alrededor mío moviéndome el cabello y susurrando cosas para sí mismo, al parecer estaba teniendo una discusión muy importante con respecto a que haría con mi apariencia física. Roció un poco de agua en mi cabeza para humedecer mi cabello y cuando ya pareció estar listo, luego de varios minutos, tomó las tijeras que había en el escritorio y comenzó a cortarme la parte delantera del cabello.
Me quedé quieta y vi como los mechones de cabello caían lentamente al piso. Sin embargo cuando se inclinó hacia el lado derecho me fue imposible imaginar lo que haría con mi corte. Volvió a colocarse en frente de mí y asintió, como si se estuviese diciendo a sí mismo que estaba haciendo un trabajo excelente. Cambió de lugar y se concentró en la parte de atrás de mi cabello, pasaron los minutos y solo pude escuchar el sonido de las tijeras cortando. Lo que yo había pensado que tardaría un par de minutos, le estaba tomando muchísimo más tiempo.
—Listo—Dijo de pronto, dando por finalizado su trabajo. Miré el piso y lo vi lleno de marañas de cabello; Azir volvió a extenderme el espejo y con las manos algo temblorosas lo tomé. Al principio no tenía muchas expectativas con respecto a mi aspecto, mas al verme reflejada fue imposible no sorprenderme.
—Wow—Se me escapó al notar que había hecho una especie de flequillo que cubría el lado derecho de mi cara. Era posible ver los rasguños y el gran corte que estaba cerca de mi nariz, pero dejaba de ser tan…vistoso. Pasé mi mano por atrás de mi cabeza y noté que lo había dejado tan corto que ni siquiera tenía para hacerme una cola de caballo. Volteé mi rostro y pese a que era un cambio radical, me agradaba.
—Se ve bien. Muchas gracias, Azir—Dije finalmente ante esos ojos ansiosos que parecían solo estar esperando mi aprobación—¿Es un corte shurimano muy popular?—
—Estuvo de moda entre las shurimanas en tiempos de guerra, según leí en un libro hace muchos siglos atrás. Servía para darle un toque diferente a las cicatrices—
Azir se quedó un rato más en la habitación, comiendo dulces shurimanos junto a mí y hablándome sobre las noticias del Imperio. Según yo absolutamente todo estaba bien, pero no era así. Habían personas que se oponían a que Azir gobernara, incluso lo acusaban de dictador. Diversas protestas y disturbios se habían producido en la ciudad, los pequeños grupos fueron reducidos y dejados en libertad con la condición de que se someterían a la autoridad del Emperador.
Sivir había insistido que lo mejor era cortar sus lenguas para que dejasen de hablar estupideces, pero Azir la había detenido. Él había insistido que gobernar a través del miedo no era la respuesta, sobretodo cuando las personas estaban preparándose para combatir una invasión.
—Hay una última cosa que debemos hablar. Y es de extrema importancia para Shurima—Señaló Azir y a juzgar por su tono de voz, noté que era algo de lo que no quería hablar—Hemos recibido noticias sobre…el cómo se abrieron los portales del Vacío—
—¿En serio?—Pregunté casi botando el pastel que tenía en la mano.
—En un principio pensamos que había sido Malzahar, sin embargo enviamos algunas personas a investigar y…nos encontramos con algo diferente—
—¿Qué cosa?—Interrumpí al ver que no continuaba con el relato. Azir hizo una breve pausa y luego continuó:
—Malzahar no es el único capaz de alterar nuestra realidad para traer al Vacío a este plano temporal, también pueden hacerlo magos con suficiente poder para crear y destruir el mundo a voluntad—Explicó el Ascendido mientras apoyaba su espalda en el respaldo de la silla, visiblemente cansado.
—Xerath—Murmuré la palabra con cierto temor y el Emperador asintió mientras sus ojos parecían perderse en el infinito, como si los errores del pasado le estuviesen atormentando.
—Con cada portal activo, nuestro tiempo para preparar la defensa se acorta. Nuestros investigadores encontraron diferentes pruebas de que los hombres de Xerath habían estado allí—Azir estaba preocupado. Era imposible no verlo en sus ojos nublados ante la visión de un futuro oscuro que se cernía sobre Shurima—Nasus y yo creemos que hay una manera de cerrarlos, pero es algo que solo un mago que puede distorsionar la realidad puede hacer—
—Un invocador—Y Azir asintió.
Notas de la autora: De acuerdo, no tengo perdón por haber tardado tanto. De verdad lo lamento, entre los exámenes finales y el trabajo apenas puedo respirar. Ahora soy profesora de inglés de 3 pequeñas adorables bestias rusas. Ay mamá.
Muchísimas gracias por apoyarme pese a todo. Un abrazo gigante y nos vemos en el próximo capítulo.
¡Saludos!
GeminixSyndrome
