Capítulo 1 – Los elegidos del Campeón
Un nuevo día emergía en el horizonte junto al Sol, que se desperezaba extendiendo sus largos brazos en formas de rayos de luz a través de nubarrones grises que se arremolinaban sobre la región de Galar. La noche anterior, una lluvia portentosa había azotado varias de las ciudades del sur de la región, incluyendo al pequeño pueblito rural de Postwick, que se extendía a lo largo de un valle montañoso. Allí, sus habitantes se dedicaban principalmente a tareas agrícolas, entre las que destacaba la confección de prendas y productos textiles con lana de Wooloo, un pokémon típico de aquella zona recubierto por un pelaje blanco que no paraba de crecer y le daba el aspecto de una bola lanuda con patas.
Un rebaño de Wooloo pastaba pacíficamente junto a una casa en las afueras del pueblo, con paredes blancas de piedra cubiertas por hiedras, enredaderas y toda clase de plantas alrededor de su entrada. La puerta verde se abrió, y de la casa salió un muchacho delgado con camiseta roja y cabello cubierto completamente por un gorro beanie de color gris oscuro, sobresaliendo al frente un mechón de pelo castaño arremolinado hacia arriba. Su nombre era Victor Evans, de catorce años, y aquel día daría comienzo su viaje como entrenador pokémon, pero antes, debía preparar el equipaje. Inhaló profundamente el aire fresco de una mañana pasada por agua, y tras saludar a los pequeños Budew que endulzaban el aroma de las plantas en el patio de la entrada, bajó las escaleras de piedra que daban al camino hacia el pueblo Wedgehurst, donde encontraría las principales tiendas para equiparse como correspondía.
Apoyado contra los cercos de piedra y con las manos detrás de la nuca lo esperaba su mejor amigo, Hop Owen, un chico flacucho y de piel morena, con cabello azulado peinado en punta y chaqueta de jean con cordero. A su lado, un redondo Wooloo observaba curioso al rebaño de su misma especie que pastaba cerca de allí, pero no parecía tener intenciones de apartarse del muchacho.
—Buenos días, Hop —saludó Victor, dándole un apretón de manos—. Pensé que te adelantarías a Wedgehurst.
—Y yo que te quedarías dormido —le sonrió Hop, devolviendo el saludo—. Mi idea es empezar el viaje juntos, no quisiera salir con ventaja.
—Yo diría que ya empezaste con cierta ventaja… —contestó Victor fijándose en el Wooloo que acompañaba a su amigo.
—Nada de eso —rio el peliazul acariciando el pelaje lanudo y esponjoso de su pokémon, que baló animadamente—. Lulú nunca recibió entrenamiento de mi parte, más que para ayudarme a cortar el pasto en casa.
—Bueno, vámonos entonces. Tu hermano debería llegar en cualquier momento.
—No lo creo —suspiró Hop—, todavía debe estar capturando algunos pokémon en el Área Silvestre, así que tenemos tiempos de sobra para perder en Wedgehurst.
El cielo nublado comenzaba a despejarse con ayuda del viento, ganando terreno en el cielo el brillo matutino del Astro Rey. Victor y Hop caminaban cuesta abajo, conversando acerca de las compras que debían hacer en el pueblo vecino para completar su equipamiento para el viaje, mientras el pokémon oveja los seguía rodando sobre el pasto, ocultando sus patas bajo su lanudo pelaje blanco.
—Además, necesito elegir bien la pokébola para Lulú. Papá dice que va a ser una experiencia traumática para ella, que nunca estuvo dentro de una. Así que tengo que elegirle su futuro hogar con cuidado —decía Hop observando de reojo a su Wooloo, mientras ésta rodaba despreocupadamente esquivando ocasionales transeúntes y pokémon salvajes que pasaban por ahí en dirección contraria. Victor parpadeó un par de veces.
—¿A los pokémon les importa el tipo de pokébola en la que "habitan"? Pensé que entraban en una especie de estado criogénico de sueño plácido en cualquiera de ellas —dijo, formando en su cabeza la imagen de la Wooloo de Hop durmiendo plácidamente arropada en una cama acolchonada, dentro de una habitación esférica y contando Mareep entre sueños.
—Claro que no —frunció el ceño su amigo—. O al menos, no todos. Por algo existen tantas clases de pokébola distintas; un Butterfree siempre estará más a gusto en una Malla Ball que en una Poké Ball común —explicó, tomando como ejemplo a un grupo de Butterfree que pasaba volando sobre sus cabezas en dirección al bosque.
—Veo que estuviste haciendo la tarea —Victor volteó a verlas pasar, sonriente, pensando en lo genial que era la idea de estar a punto de comenzar su aventura, y así poder capturar y entrenar pokémon tan bonitos y especiales, pero cuando su mirada se encontró con el Bosque Oniria, a lo lejos, tuvo la repentina sensación de que era observado desde allí, mucho más allá del cerco de madera que advertía a los viajeros y entrenadores novatos de los peligros que acechaban en el bosque. Un escalofrío vibró en su cuerpo de pies a cabeza, pero lo disimuló rápidamente, continuando su paso firme hacia adelante.
Los chicos charlaban animadamente mientras caminaban por el sendero, conocido como Ruta 1, que conducía al centro de Wedgehurst, topándose en su camino con rebaños de Wooloo acarreados por pastores, algún granjero que recogía los cultivos de su huerto de bayas, e incluso a la abuela de Hop, una señora que parecía tener cien años, pero que volvía de hacer compras en el pueblo vecino sin sudar una sola gota. La señora de pelo cano les enseñó su canasta de mandados llena de ingredientes para la cena que prepararía en la noche para ellos, en celebración del comienzo de su viaje para volverse entrenadores pokémon, y también para recibir en casa a su nieto mayor, León, hermano de Hop y vigente campeón de Galar, que viajaría a casa especialmente para la ocasión. A Hop le costaba asimilar la idea de que vería a su hermano mayor en otro sitio que no sea la pantalla del televisor o las revistas sobre la Liga de Galar que compraba cada mes. Un cosquilleo en su estómago le provocaba alegría y nervios al mismo tiempo.
Luego de insistirles para que coman hasta reventar en la cena que prepararía ("Se los ve muy flacuchos y van a tener un duro viaje por delante, necesitan estar muy bien alimentados"), les deseó un bonito día y se perdió tras el enorme patio de entrada que daba a la casa de Hop. Victor siempre observó con asombro esa enorme residencia familiar construida en piedra gris y ladrillos rojos, ya que su amigo siempre elegía lucir un aspecto sencillo y hasta un poco desaliñado, en vez de hacer alarde de su evidentemente buena posición económica. Pensó que, seguramente, antes de que León se convirtiese en el flamante campeón de la Liga Pokémon de Galar, vivirían en un lugar más modesto. Pero, desde que tenía memoria, el hermano mayor de Hop siempre había sido un exitoso entrenador, que emprendió su viaje cuando ellos apenas tendrían unos cuatro años de edad.
Tras cruzar un puente de piedra encorvado sobre el río que dividía Postwick de Wedgehurst, llegaron finalmente al pequeño gran poblado de la zona sur de Galar. Podría apreciarse ni bien llegar un mercadillo de frutos, algunas tiendas de artículos para entrenadores pokémon y boutiques de ropa, un Centro Pokémon -tal vez el único edificio moderno y de avanzada en el pueblo-, el laboratorio de Galar, donde se llevaban a cabo las investigaciones pertinentes a las especies pokémon y fenómenos propios de la región, y la estación de tren de Wedgehurst, que conectaba los pequeños pueblitos rurales del sur con las enormes urbes del centro y norte de Galar.
—Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó Hop.
—Primero tenemos que conseguir las mochilas para cargar el equipaje.
—Bien, a la boutique entonces —sentenció Hop, apuntando con el dedo la boutique que se encontraba a pocas calles del ingreso a Wedgehurst—. Espero que hayas hecho ejercicios de espalda, porque vamos a viajar cargados.
—Después tendríamos que ir al Shop para comprar pociones y pokébolas —decía Victor mientras caminaban por las calles del pueblo, pasando de largo por un puesto de frutos donde algunas manzanas parecían saltar con vida propia en su lugar—. A propósito, ¿ya decidiste cuál sería tu inicial? Aparte de Wooloo, claro.
—Estaba pensando en Charmander… —comenzó Hop, pensativo—. Pero creo que son muy raros en Galar, y no sé si mi hermano vaya a conseguir uno en el Área Silvestre. Pero prometió los más raros que pudiera encontrar.
—A mí se me ocurría algo como Larvitar, que es más fácil de encontrar si se mete en una de las tormentas de arena —pensaba Victor, imaginándose a sí mismo cargando en brazos al pequeño pero robusto pokémon tipo roca y desarrollando rápidamente una musculatura excepcional.
—Bueno, eh, que esto no será "Pokémon a la Carta" —cortó Hop, desvaneciendo con manotazos en el aire la nube de pensamientos de su amigo—. Además, conociendo a mi hermano, seguro nos da a elegir algo sencillo y con relación a las ventajas y desventajas de tipo. Lee debe pensar que su hermanito menor no estuvo haciendo la tarea, pero me pasé los últimos dos años viendo cada día combates oficiales de la Liga Pokémon, además de leer todas las revistas de entrenamiento y crianza. ¡Hasta conseguí completar la colección de tarjetas de liga! ¡Ya tengo todo lo que necesito para saberlo todo sobre los líderes de gimnasio y entrenadores importantes de Galar!
—Bueno, bueno, bueno —paró Victor a su amigo, haciendo el mismo ademán con los brazos de deshacer la nube de pensamientos de Hop—. No te infles tanto que vas a explotar. Además, ¿desde cuándo te volviste más aplicado que yo? Siempre había sacado mejores notas en la escuela.
—¡Je! La vida de un entrenador pokémon no tiene nada que ver con lo que nos enseñan en clases —se pavoneó el peliazul, con el pecho inflado, casi sintiendo la capa de campeón en su espalda.
—Al menos deberías tener nociones de matemáticas y geografía, si quieres llegar lejos…
Finalmente, llegaron a la boutique del pueblo, una tienda moderna con toda clase de prendas a la moda en sus vitrinas. Se sentían un poco ajenos dentro de un local tan inmaculado y con clientes de buen pasar seleccionando atuendos de las mejores marcas, pero encontraron consuelo al descubrir un sector dedicado exclusivamente a ropa de viaje para entrenadores. Hop eligió rápidamente una mochila cruzada color verde musgo que combinaba sorprendentemente bien con su campera de jean desgastada. Victor, por su parte, se decidió por un mochilón de cuero marrón rectangular que dejaba en pañales al bolso de su amigo, quién antes presumía de cargar el mayor peso a sus espaldas.
Desembolsaron parte de sus ahorros en caja y luego se dirigieron al Shop para enlistar el equipaje para la aventura. Como futuros entrenadores que eran, necesitarían llevar cierta cantidad de pociones, además de objetos curativos como antiparalizadores, antídotos y despertares. No querían llevarse sorpresas desagradables en medio de un combate contra pokémon salvajes, si bien aquellos que habitaban en las proximidades del pueblo eran poco agresivos normalmente. Para terminar, Victor y Hop acordaron comprar diez pokébolas cada uno, por desgracia para el segundo, en la tienda no había otras de mejor calidad que las estándar. Pero Victor opinó que no estaban mal para comenzar el viaje, y que seguramente Wooloo estaría muy a gusto en una de ellas al ser aún de nivel bajo. Una vez todo listo, pasaron por un café a desayunar algo antes de ir a la estación por sus pasajes, no sin antes guardar Hop a su Wooloo en una de las pokébolas. Tal y como previó Victor, la ovejita se dejó capturar sin mayores problemas, soltando un último balido alegre antes de entrar en la pokébola.
—¡Mira esta tarjeta de Nessa, es una auténtica belleza! —le enseñaba Hop a su amigo mientras tomaban un frapuccino, extendiéndole una tarjeta holográfica con la fotografía de una atractiva entrenadora de piel morena y largo cabello azul oscuro y brillantes ojos celestes—. ¡Y esta otra de Kabu, el gran muro de fuego de Motostoke, es un líder legendario!
Victor miraba entre divertido y agobiado la cantidad de tarjetas de liga que tenía su mejor amigo. Entre ellas las había de todos los líderes de gimnasio de la región, así como de viejos participantes de los campeonatos oficiales y entrenadores destacados en Galar. Además de algunas otras muy raras de entrenadores de otras regiones, como la de Lt. Surge firmada que le había conseguido su hermano, o una de un popular entrenador pelirrojo con cara de pocos amigos, que alguna vez participó en un Torneo de Campeones de Galar.
De repente, se escuchó un rugido vigoroso que hizo vibrar el suelo a sus pies, haciendo que el frapuccino que estaba tomando Hop se derrame y estuviera a punto de caer sobre algunas tarjetas, de no ser por los rápidos reflejos de Victor. Tras el estruendoso rugido, se oyó una muchedumbre corriendo fuera del café en dirección a la estación. Victor y Hop se levantaron de la mesa y salieron raudamente para ver lo que ocurría afuera.
—¡Es Leon, el campeón! —exclamaban un grupo de niños correteando entre la multitud para ver a su ídolo.
—¡No puedo creer que vino a Wedgehurst! —se llevaba una mano a la cabeza uno de los mozos del café, sacando su teléfono celular para filmar a la multitud amontonándose en la entrada de la estación ferroviaria.
—¡Kyaaa, es precioso! —chillaban algunas adolescentes dirigiéndose al lugar mientras cargaban a sus Yamper en brazos.
Al llegar a la estación ya había una multitud amontonada en la entrada, desde donde salían chorros de fuego escupidos hacia el cielo, opacando por completo a los mismos rayos del Sol. En el centro del alboroto, un joven alto de unos veintiún años, con largo cabello azul y una gorra negra y dorada, además de una pesada capa roja llena de logotipos ondeando en su espalda hacía una pose espectacular -y algo exagerada, a ojos de Victor- con un brazo apuntando al cielo y tres dedos extendidos hacia el horizonte. Detrás suyo, un enorme Charizard con escamas marcadas por cicatrices, testigos de innumerables batallas, desplegaba sus alas verdes y disparaba uno tras otro lanzallamas hacia el cielo, ante los aplausos y chiflidos de la muchedumbre embravecida.
—¡Lee! —gritó Hop por encima de todos los demás, abriéndose paso entre los fanáticos que habían ido a recibir al campeón. Leon buscó al chico con la mirada, y de inmediato se le formó una descomunal sonrisa blanca en el rostro al encontrar a su hermano pequeño entre la multitud.
—¡Ahí estás, hermanito! —lo saludó, yendo a darle un fuerte abrazo, para luego mirar a Victor, quien tímidamente se había asomado entre la gente detrás de su amigo—. Y tú debes ser Victor, la última vez que te vi medías lo mismo que un Chewtle —rio confianzudamente, dándole unas palmadas en la espalda.
—H-hola… —saludó Victor, tan rojo como su polo, notablemente abochornado por todas las miradas puestas en ellos por ser reconocidos por el campeón.
—Pensamos que vendrías para la cena —dijo Hop, saludando de tanto en tanto a la multitud que vitoreaba el nombre de su hermano y aplaudía conmovida el encuentro entre los dos, algunos incluso tomando fotos y filmando el momento.
—Pensé lo mismo —asintió Leon—. Pero, a fin de cuentas, terminé encontrando más temprano que tarde lo que buscaba. Así que, si está todo listo, vayamos a casa.
—¡E-esperen! —balbuceó Victor, mirando de reojo al Charizard, puesto que nunca había tenido tan cerca a un pokémon de aspecto tan peligroso—. Todavía no sacamos los pasajes en la estación, no vamos a poder llegar a pie a Motostoke para la inscripción.
—No se preocupen todavía por la inscripción, que antes tengo que darles sus pokémon iniciales y mi visto bueno para participar de la Liga —le guiñó el ojo Leon—. ¿O acaso pensaban que por ser mi hermanito menor y su mejor amigo iban a tener las cosas tan fáciles?
—¡Le-on! ¡Le-on! ¡Le-on! -exclamaba la gente a coro, vitoreando cada cosa que decía el de la capa.
—¡En ese caso, no esperemos más! —a Hop le salía humo por la nariz, desbordaba energía y pasión por cada poro de su piel—. ¡Vamos a casa y empecemos nuestro viaje oficialmente!
Tras despedirse de sus fans con la famosa pose que lo caracterizaba, Leon montó en su Charizard y emprendió vuelo raudamente hacia su casa (cosa que a Victor llamó poderosamente la atención, quizás esa salida espectacular no fuera más que un escape necesario de toda la multitud a su alrededor). Ni bien se perdió de vista, ya toda la gente se había apartado de la estación dejando solos a Victor y Hop, quienes se miraron con extrañeza y luego sonrieron con un suspiro, encogiéndose de hombros. Así, regresaron a casa de Hop por la misma senda rural por la que habían venido, cargando en sus espaldas las mochilas llenas de equipaje para la aventura que se les venía encima.
Ya era mediodía cuando llegaron a la enorme casa al costado de la ruta, y tras cruzar el cerco de piedra se encontraron con el patio del frente; un terreno cubierto de pasto bien cortado con un cobertizo, un pequeño campo de batalla construido en cemento sobre el suelo y un pequeño estanque rodeado por árboles de bayas. En el centro del campo de batalla se encontraba Leon, rodeado ahora por su propia familia: su madre, padre y abuela lo recibían con abrazos y palmadas de espalda. Victor creyó ver algo apagado en la mirada de su amigo por un instante, pero rápidamente Hop se sumó a los saludos con su típica expresión enérgica. Observó la reunión familiar en silencio, con una tenue sonrisa en los labios. Tras intercambiar algunas palabras de aliento para los jóvenes y compartir alguna otra anécdota de Leon en su paso por el Área Silvestre, los adultos entraron a casa dejando solos a los tres entrenadores. Era hora de elegir a su primer pokémon.
—Dijiste que fue sencillo encontrar lo que buscabas en el Área Silvestre, pero espero que sea igual de bueno —dijo Hop caprichosamente, mientras su hermano mayor inflaba en su mano tres pokébolas con una sonrisa confiada en el rostro.
—Lo que encontré en el Área Silvestre no tiene nada que ver con estos pokémon, hermanito.
—Entonces… ¿Qué pokémon nos darás? —inquirió Victor, alzando una ceja.
—Vienen de parte de una vieja amiga, nieta de nada menos que la profesora Magnolia —informó Leon, dándole mucho peso a sus palabras. Y vaya si las tenían.
—¡M-momento! ¿La mismísima profesora Magnolia te dio tres pokémon para que empecemos nuestro viaje? —Hop estaba atónito. Nunca habían asistido a las clases de Magnolia en su laboratorio para ganarse su patrocinio.
Para participar en la Liga Pokémon de Galar, los entrenadores aspirantes debían obtener el patrocinio de una personalidad destacada del comité oficial, que iban desde líderes de gimnasio hasta el mismísimo Campeón. Pero por sobre todos ellos, la personalidad más reputada en la región era aquella con el cargo de Profesor Pokémon, una eminencia en el campo de investigación que promovía avances en el conocimiento de los pokémon. Cada año, la profesora Magnolia de Galar instruía a distintos aspirantes durante un intenso curso que duraba varios meses, en los cuales las futuras promesas debían aprobar una serie de exámenes para poder hacerse con su patrocinio y, además, recibir de sus manos un pokémon inicial para comenzar oficialmente su recorrido por la Liga Pokémon. Pero, por lo que Victor y Hop sabían, Magnolia se hallaba ya muy apartada de las formalidades de la Liga Pokémon, encerrada hacía tiempo en su casa lejos del laboratorio, y reticente a participar de cualquier cosa que no fueran sus propias investigaciones.
—Tenía entendido que la profesora estaba por retirarse. ¿Por qué nos elegiría a nosotros en un momento así? —preguntó Victor, serio. Leon sonrió.
—No pensé que se llenarían tanto las bocas de preguntas cuando les estoy poniendo en las narices a sus futuros compañeros de viaje. Pero está bien, les explicaré brevemente: La profesora Magnolia está por retirarse, eso es cierto. Pero como les dije, no fue ella directamente la que me dio estos pokémon, sino su nieta: Sonia; una vieja amiga y compañera de viajes con la que comencé mi recorrido como entrenador. Ella se encargó de convencerla porque, digamos, me debe una. Y no se crean que fue fácil. ¡Eso es todo!
—Al final, no explicó gran cosa… —le murmuró Hop a Victor, mientras una gota de sudor recorría sus sienes.
—¡Basta de preludios, van a elegir ahora mismo! Por desgracia, durante mi excursión por el Área Silvestre extravié a uno de los pokémon que pensaba ofrecerles, pero acá tienen dos estupendos candidatos —los chicos se miraron extrañados, con aún más gotas de sudor cayendo por sus sienes, mientras el campeón guardaba la pokébola vacía nuevamente y arrojaba las dos restantes al aire.
Las esferas rodaron hacia el cielo y chocaron entre sí abriéndose de forma espectacular, y de ellas surgió un haz de luz que se materializó en un par de pokémon que los chicos no habían visto antes. Se trataba de un pequeño monito verde con hocico anaranjado y una ramita en la mano, que corrió rápidamente al árbol detrás del estanque y trepó por él hasta alcanzar con agilidad un par de bayas que pendían de sus ramas, comiéndoselas ansiosamente. El otro era un conejo bípedo de color blanco y largas orejas con marcas rojas y amarillas en las puntas, tenía una expresión enérgica y dos largas patas que comenzaron a dar brincos y corretear alrededor de los entrenadores, dejando tras su paso pequeñas ascuas en el piso que se apagaban rápidamente. Victor y Hop observaban asombrados a los pokémon, intercambiando miradas cómplices entre ellos mientras sus ojos iban y venían entre el monito de planta y el conejo de fuego. Leon aguardaba en silencio y con los brazos cruzados, mientras su capa ondeaba suavemente entre sus piernas.
—No sé qué sean, pero son adorables —reconoció finalmente Victor, que había investigado mucho menos que su amigo antes de comenzar la aventura. Sin embargo, Hop no parecía saber mucho más que él sobre aquellos pokémon.
—¿Puedo quedarme con los dos? —dijo Hop con falsas lágrimas en los ojos. Su amigo le dio un coscorrón.
—¡Ya tienes a Wooloo y encima quieres dos más! ¿Con qué se supone que voy a pelear, con piedras?
—Lo siento, amigo, no tenemos Geodude en Galar —le sacó la lengua Hop en tono burlón.
—Bueno, bueno. Chicos, concéntrense, que este paso es muy importante —se interpuso Leon, dándoles una palmada firme en los hombros. Los pokémon seguían a su bola, el de planta golpeando con el palito en su mano las bayas que tomaba de las ramas, y el de fuego dando torpes saltitos hacia atrás para llamar la atención—. Estos serán sus pokémon iniciales. El tipo planta es un Grookey. La de tipo fuego es una Scorbunny. Ambas son especies autóctonas de la región, pero ciertamente son muy raras de ver. Hace años atrás, la profesora Magnolia se encargaba en persona de capturarlos y de entregárselos a sus aspirantes.
—¡Groo!
—¡Scor-bu!
Se presentaron al unísono los dos pokémon, alzando sus patitas.
—Yo ya decidí cuál quiero —dijo Hop, sin despegar la vista de uno de ellos—. Pero prefiero que seas tú el que diga primero al suyo, me sabe mal sacarte tanta ventaja desde el principio.
—Qué generoso… —sonrió Victor entornando los ojos, y avanzó al frente—. Eso que haces me parece espectacular, se nota que darás un buen espectáculo…
Victor se acercó al conejo blanco y se agachó hasta quedar en cuclillas frente a él. Le extendió la mano con una sincera sonrisa en el rostro y dijo:
—¿Quieres ser mi compañera, Scorbunny?
—¡Bunny-ny! —Scorbunny pegó un brinco animado y chocó palmas con Victor, pero su energía fue tan desbordante que tras el salto algunas ascuas volaron desde el suelo y rozaron la mano del castaño, quemándolo. La pokémon de fuego transformó su alegre expresión en una de preocupación, pero se sorprendió al ver que el joven aún sostenía su pata y le sonreía con sencillez, como si estuviera dispuesto a soportar algo así junto a su pokémon. Leon observó el gesto sin ocultar su admiración, pero Hop ya se había adelantado y rodeó el estanque a toda velocidad.
—¡Ja, sabía que ibas a ir por el de fuego, eres muy predecible amigo mío, siempre buscando la ventaja de tipos! —decía imitando la voz de algún mal villano de película anticuada, mientras se arremangaba y comenzaba a subir por el tronco del árbol—. ¡Así es como estrecha vínculos un verdadero campeón! ¡Grookey, yo te elijo a ti!
Cuando estaba cerca de la rama donde había trepado el mono de planta, Hop pegó un salto y se colgó de la misma con una mano, balanceándose con notable agilidad extendiendo el otro brazo para darle una palmada al mono de planta, que simplemente envolvió su cola en la rama y giró hacia atrás haciéndolo pasar de largo y perder el equilibrio. Antes de que nadie pueda reaccionar, Hop había caído desde el árbol al estanque, dándose un chapuzón que salpicó a Victor y Scorbunny. El peliazul asomó su cabeza bajo el agua con el ceño fruncido y rojo como un tomate, al tiempo que Grookey se dejaba caer y aterrizaba limpiamente sobre su cabeza, pegando saltitos y riendo a carcajadas.
—Creo que no salió como lo esperabas… —suspiró Leon, encogiéndose de hombros.
—Yo también me alegro de que me hayas elegido, Grookey… —chapoteó Hop mientras alzaba al monito en sus brazos y salía empapado del estanque. Scorbunny se sacudía el agua del pelaje y le dedicaba miradas de reproche al tipo planta, mientras que Victor aún reía por la vergonzosa escena que había pasado su amigo con ínfulas de grandeza.
—¡Ya está, entonces! —aplaudió Leon, dirigiéndose al centro del campo de batallas—. Solo falta que decidan qué nombre les pondrán a sus pokémon. Si es que desean hacerlo, claro.
—Veamos, eres una coneja de fuego, eh… Supongo que Haneki será apropiado.
—¡Scor! —asintió Scorbunny.
—¿Haneki? Muy de Johto —sonrió Hop mirando a su amigo y su primer pokémon, mientras se sacaba la campera de jean y la colgaba en el respaldo de una silla a un lado del jardín, Grookey no se despegaba de su cabeza—. Tú eres un mono pesado y burlón, así que te llamaré Sopa.
—¡Eso es un nombre horrible! —le reprocharon al unísono Victor y Leon, mientras Grookey le daba golpes en la cabeza con su palito de madera.
—¡Está bien, está bien, era una broma! Serás Cheepo, ¿qué tal?
—¡Key! —asintió seriamente el mono de planta, dando un último golpecito en la cabeza de su entrenador.
—Muy bien, ahora que eligieron a su pokémon inicial, ya pueden llamarse a sí mismos entrenadores —dijo Leon cruzado de brazos—. O, mejor dicho, ese es el primer requisito para que se consideren tales. Lo único que les falta es obtener su Pokédex en el Laboratorio Pokémon y recibir formalmente el patrocinio de una entidad en la Liga Pokémon. Y no es por presumir, pero, ¿qué mejor que recibir el favor de parte del mismísimo campeón de la Liga?
—Supongo que recibirlo de la Profesora Pokémon —murmuró Victor, acariciando las orejas de Scorbunny.
—O del presidente de la Liga —murmuró Hop, mientras Grookey hurgaba entre su pelo picudo.
—¡Nada de eso! —tosió forzosamente Leon, aclarando luego su garganta—. En fin, si tanto desean obtener mi favor para participar en la Liga de Galar, deberán ir primero al laboratorio y traerme sus Pokédex. No crean que todo se los voy a servir en bandeja de plata, ya suficiente tienen con esos dos formidables pokémon. El laboratorio funciona de martes a viernes, así que por hoy será todo. Además, me muero de hambre y escuché que la abuela está preparando una de sus estupendas barbacoas.
—¡No se hable más! —finalizó Hop, recordando repentinamente la pokébola en su cinturón y pulsando el botón en el centro para liberar a su Wooloo—. Lulú, te presento a tu nuevo compañero Cheepo. Puede ser algo pesado, pero espero que se vuelvan buenos amigos.
—¡Woo! —baló la ovejita con una sonrisa en su oscuro rostro, mientras Grookey exclamaba de emoción y pegaba un salto desde la cabeza de Hop hasta zambullirse en la rechoncha lana blanca del pokémon tipo normal.
—¡Groo groo! —exclamó revolcándose en la lana y causándole cosquillas a Wooloo, que comenzó a rodar de un lado al otro entre risas.
Desde la puerta de casa, los padres de Hop y Leon observaban la escena sonrientes, intercambiando miradas cómplices y llenas de cariño. Dentro, en la cocina, la abuela preparaba la comida cortando algunas verduras con habilidad quirúrgica. No pasó más que una hora hasta que llegó la madre de Victor, una mujer joven con cabello recogido que vestía un enterito de jean. Al ver a su hijo con su primer pokémon en brazos, no pudo contener lágrimas de emoción y se fundió en un tierno abrazo con él, que Scorbunny recibió de muy buena gana, pero se controló para no sacar fuego de su cuerpo. Así, el primer día de la semana dio paso a la noche, y todos disfrutaron de una comida abundante junto a una serie de anécdotas y conversaciones sobre el futuro brillante que parecía depararles a las nuevas promesas.
Al día siguiente, Victor y Hop ya se encontraban totalmente alistados a primera hora de la mañana, no tenían tiempo que perder. Leon los esperaba en el sendero que conducía hacia Wedgehurst junto a su inseparable Charizard. Su capa colgaba sobre uno de sus hombros, y la sujetaba con firmeza con una mano.
—Entrenadores, hoy será su primer día como tales. No podré acompañarlos al laboratorio porque tengo algunos compromisos que cumplir como campeón, pero les garantizo que estaré aquí de vuelta antes de que ustedes puedan decir Indeedee. Si no consiguen sus Pokédex, no se les ocurra volver. Nos veremos pronto, así que mucha suerte, Hop, Victor. Confíen en sus pokémon y no se aparten mucho del camino. ¡Den lo mejor!
—¡Sí! —exclamaron al unísono los dos muchachos, con piernas y brazos rígidos como soldados. En sus espaldas colgaban mochilas llenas de provisiones, y ajustados a sus pantalones un par de cintos con pokébolas colgando.
Charizard rugió una última vez exhalando fuego por sus fauces, esa fue la señal para que Leon se calce la capa en los hombros y de media vuelta hacia su pokémon, montando su espalda y saliendo volando hasta perderse entre las nubes. Victor y Hop saludaron al cielo con los brazos, repasaron las pokébolas en sus cinturones, luego intercambiaron miradas llenas de convicción y asintieron. Así, emprendieron viaje, avanzando nuevamente por el camino hacia Wedgehurst.
Continuará…
TRAINER's PROFILE
Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.5) "Haneki"
Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.5) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.4) "Lulú"
