Capítulo 2 – ¡Primeros pasos, saltos y picotazos!
Aquella mañana presentaba un cielo radiante y despejado para Victor y Hop, que caminaban por el sendero empinado hacia el laboratorio de Wedgehurst. Sus vecinos los saludaban amigablemente y les deseaban sus mejores deseos a medida que se los iban cruzando por el camino, a diferencia de los pokémon salvajes, que parecían reconocerlos ahora como entrenadores viendo sus pokébolas en los cinturones y se ocultaban entre la maleza y los pastizales para evitar ser capturados. Hop se reía y alardeaba de sus dos compañeros pokémon, exclamándole a los salvajes que no necesitaba para nada a criaturas tan débiles, adoptando nuevamente aquel tono villanesco tan falso e impostado, mientras Victor hojeaba una guía de viaje que su madre le había confiado la noche anterior. En aquel libro encontraba una surtida descripción de especies que podría toparse en el camino, así como consejos de supervivencia e incluso recetas de curry para prepararse en sus noches de acampada lejos de la civilización.
—Así que, ¿conociste a Sonia cuando tu hermano empezó como entrenador? —preguntó Victor sin despegar la vista de su guía, como para que su amigo deje de hacer el bobo ante los pocos pokémon salvajes que se cruzaban (apenas unos Wooloo, Caterpie y Skwovet se interpusieron en el camino).
—Creo haberla visto un par de veces, pero desde que emprendió el viaje mi hermano volvió muy pocas veces a casa, así que casi todo lo que vi de él fue por la televisión —recordó Hop, arqueando una ceja—. Pero puedo decirte que era una chica un poco despistada, siempre me asombró que se trate de la nieta de la profesora Magnolia.
—Debe tener aptitudes, no creo que su abuela tenga favoritismos con ella solo por ser de la familia —musitó Victor entornando los ojos, y sonriendo al ver que el dardo que le había tirado a su amigo había dado en el blanco rápidamente.
—¡¿A qué te refieres?! Lee sabe muy bien que tengo un potencial extraordinario, y no es solo por ser su hermano menor —refunfuñó, pateando una piedrita en el camino que se perdió entre los matorrales a un lado del camino.
Tal fue su suerte, que la piedrita impactó directo sobre la cabeza de un pokémon salvaje, que inmediatamente gorjeó y levantó vuelo hasta posar sus diminutas patas en el camino delante de ellos, interponiéndose en su paso. Se trataba de un pajarito rechoncho y azulado, de pecho amarillo y pequeños e intensos ojos rojos con plumaje negro alrededor en forma de antifaz en punta.
—C-carajo, Victor, hiciste enojar al Rookidee —murmuró Hop, desviando la mirada, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón.
—¡Pero si tú pateaste la piedra hacia allá! —le espetó Victor, mientras sacaba una pokébola del cinturón.
—¡Es igual! —le sacó la lengua el peliazul, apartándose con una sonrisa del camino—. Tú me hiciste enojar a mí, yo hice enojar al Rookidee… ¡Tú peleas!
—¡Tsk! ¡Haneki!
Victor infló la pokébola en su mano izquierda y la arrojó sin mucha convicción delante del ave, estallando en un haz de luz en el suelo y liberando a Scorbunny, mientras con su mano derecha pasaba página rápidamente en el libro buscando información sobre el oponente, por más que hubiera visto cientos de veces a esos pokémon revoloteando en los ventanales de su casa y a lo largo del pueblo. Se trataba de Rookidee, un pokémon de tipo volador famoso por su mal genio y espíritu combativo. Así lo parecía el espécimen que tenía frente a él, pero su Scorbunny no parecía amedrentada en absoluto, y rápidamente adoptó una postura de combate de lo más animada.
—Veamos, qué puedo hacer contra él —Victor desvió la mirada un segundo hacia su guía, leyendo el tipo de Rookidee, sus debilidades, resistencias, y la lista de ataques potenciales que podía aprender a bajos niveles… ¡Bam! Tuvo que volver rápidamente la vista a los pokémon, puesto que el pájaro había desplegado sus alas y emprendido vuelo contra Scorbunny, propinándole una embestida de lleno que la hizo retroceder un par de metros, levantando polvo bajo sus alargadas patas—. ¡Haneki, cuidado!
—¡Scor! —le reprochó la coneja, mientras Rookidee gorjeaba burlonamente apartándose hacia arriba, tomando carrera para un nuevo envite.
—¡Esquívalo y devuélvele el favor con tus patas! —mandó Victor, justo a tiempo para que Haneki pegue un ágil salto hacia el costado justo cuando Rookidee pasó volando de frente, propinándole una patada en el costado que lo tumbó en el suelo haciéndolo derrapar sobre la tierra.
—¡Bien hecho, Victor, aprovecha el momento! —le indicó su amigo a un lado del camino, viendo cómo el pokémon salvaje intentaba incorporarse agitado por el golpe.
Victor buscó con una mano en el bolsillo del costado de su mochila, sacando la primer pokébola que encontró y arrojándola rápidamente contra el volador, pero con mala puntería la esfera acabó rodando por el pasto cuesta abajo hasta perderse de vista. No había dado en el blanco, y el error le costó que Rookidee vuelva a levantar vuelo y suelte una mirada maliciosa contra Scorbunny, que resultó más intimidante de lo que cabría esperar por parte de un pajarito regordete. El ataque cumplió su cometido y amedrentó a la coneja, que retrocedió unos pasos hasta acercarse a su entrenador.
—No te dejes asustar, Haneki, eres mucho más fuerte que esa bola emplumada —la animó Victor, intentando mantener la compostura mientras Hop soltaba improperios por su falta de técnica a la hora de arrojar la pokébola—. ¡Vamos con un placaje!
—¡Scor!
Scorbunny salió disparada como un rayo contra Rookidee, en un segundo se posicionó justo debajo del volador, flexionó sus piernas y pegó un asombroso salto, dándole un golpe de lleno gracias a la potencia del impulso. Sin embargo, el ave aprovechó la ventaja de campo y comenzó a volar alrededor de Scorbunny mientras aún estaba suspendida en el aire, dándole picotazos rápidamente en el estómago y las patas, haciéndole perder el equilibrio y caer de bruces sobre el suelo. Cada picotazo le dolía más de lo imaginado, y a Victor comenzaba a preocuparle realmente lo mal que iba la primer batalla para su pokémon. No sentía que estuviera dando realmente lo mejor de sí como entrenador.
—¡Victor! ¡El ataque malicioso de Rookidee le bajó la defensa a Haneki, que no deje de esquivar sus ataques porque puede recibir mucho daño! —advirtió Hop, más serio y enfocado de lo que Victor lo veía en mucho tiempo.
—Sí —asintió, sin despegar la mirada del combate—. ¡Haneki, muéstrame tu velocidad y no dejes que te toque! ¡Jugaremos al desgaste!
Rookidee atacaba en picado desde los cielos, descendiendo ayudado por las corrientes de aire para propinar picotazos sobre la cabeza de Scorbunny, pero la coneja blanca aún magullada y dolorida comenzó a correr y brincar en todas direcciones y torciendo en su camino repetidas veces para eludir los envites del volador, que pronto comenzó a dar signos de agotamiento y sus picotazos cada vez perdían más potencia y precisión. Además, entre esquive y esquive, Haneki aprovechaba para soltarle gruñidos de cerca al pichón, intimidándolo lo suficiente como para que sus ganas de atacar directamente disminuyan. Claramente el pokémon de fuego de Victor contaba con mayor estamina que su oponente, y fue en un momento que Rookidee usó para tomar un respiro sin levantar vuelo que Victor aprovechó para indicarle a Scorbunny un ataque directo de placaje. Haneki arremetió con todas sus fuerzas en línea recta contra Rookidee, dándole un envite que lo estampó contra un árbol cercano, sacudiendo las hojas en su copa y desprendiendo algunas sobre el suelo, y sobre el cuerpo maltrecho del volador. Sin necesitar indicación alguna de Hop, Victor ya tenía preparada en su mano izquierda otra pokébola, que arrojó enfocando la mirada hacia el pokémon debilitado y ésta se abrió en un haz de luz que lo encerró de inmediato. Se agitó un par de veces en el suelo, y finalmente la luz roja en el botón del centro se apagó, dando por concretada la captura.
—L-lo hice —murmuró para sus adentros, con los ojos abiertos como plato y sendas gotas de sudor cayendo por su frente bajo el beanie de lana gris—. Lo hicimos, Haneki. ¡Ganamos!
—¡Bunny! —la pequeña coneja blanca corrió felizmente a buscar la pokébola bajo el árbol y luego fue dando saltitos hacia su entrenador, saltando a sus brazos y obsequiándole el receptáculo carmesí. Victor abrazó a su inicial y luego fijó la mirada en la pokébola en su mano, que ahora sentía ligeramente más pesada y tibia que cuando la arrojó.
Hop se acercó trotando hacia entrenador y pokémon, y no pudo contener sus ganas de felicitar a su amigo por semejante hazaña. ¡Nada menos que su primer captura!
—Ese pájaro gordo dio pelea, pero era claro que no tenía nada que hacer ante Haneki —afirmó confiado el peliazul, disimulando cómo su corazón aún palpitaba por los nervios que sintió viendo lo duro que fue el combate para ambos.
Tras tomar un respiro, y no sin cierta desconfianza, Victor liberó de su pokébola a Rookidee para hacer las presentaciones correspondientes.
—Fuiste un excelente primer adversario —le sonrió amablemente al pichón, que observaba serio y estoico al entrenador y a su Scorbunny en brazos.
—Rook —gorjeó, no sin cierto malhumor, desviando la mirada con recelo. Victor se encogió de hombros, pero Haneki saltó de sus brazos delante del pajarito y le tendió la pata con una enorme sonrisa, enseñando los largos incisivos blancos.
—¡Scor! —berreó enérgicamente, mientras el ave tímidamente tendía su ala, como quien no quiere le cosa, y aceptaba el apretón en una conducta sanamente deportiva.
—Muy bien, confío en que se van a acabar llevando muy bien —suspiró aliviado Victor, mientras Hop le sacaba la guía de las manos y alternaba la mirada entre el libro y el Rookidee—. Por cierto, debería ponerte un nombre también, uhmm… ¿Qué te parece "Gear"?
Como suponía, Rookidee no profesó respuesta alguna. Pero al menos pareció no desagradarle escuchar ese nombre, por lo que asumió que lo aceptaría.
—Es buen nombre —murmuraba Hop, leyendo con sumo interés las páginas de la guía a toda velocidad—. Parece que ese pájaro tiene bastante potencial, si lo entrenas bien.
Sin hacerle mucho caso a su amigo, Victor le agradeció la ayuda a Haneki y luego devolvió a sus pokémon a sus pokébolas para que descansen. Había sido más complicado de lo que podría parecer en un principio. Siempre había imaginado un combate pokémon como un evento más enfocado en la estrategia y el ingenio a la hora de tomar decisiones, pero no se le había ocurrido lo complejo de resolver situaciones adversas mientras tu pokémon se hallaba en aprietos frente a un oponente igual de fuerte. Ciertamente, tendría que entrenarse mejor para reaccionar adecuadamente en medio de una batalla. El crecimiento no debía ser solo de sus pokémon, sino de si mismo como su entrenador.
—Parece que tenemos la excusa perfecta para hacer una escala en el Centro Pokémon antes de ir al laboratorio. Tus pokémon deberán descansar si pretendemos llegar vivos en lo que quede de camino —dijo Hop mientras cruzaban el puente encorvado bajo el cual pasaban nadando varios Magikarp, siempre con actitud de estar huyendo de algo, alterados.
—Espero que los próximos pokémon salvajes no nos tomen tanto por sorpresa —reconoció Victor, secándose el sudor en la frente con el dorso de la mano.
Tras un poco más de caminata, durante la cual en el camino comenzaban a aparecer casas y bares viejos dando la bienvenida a Wedgehurst, así como el cartel característico del poblado que anunciaba el fin de la Ruta 1. Al llegar al centro del poblado se dirigieron al Centro Pokémon, un moderno edificio de techo y marcos rojos y paredes de vidrio como grandes ventanales. Sus puertas corredizas se abrieron automáticamente, develando un interior espacioso con suelo alfombrado y diversos sectores, tales como un buffet con mesas, un Shop integrado -esta vez sí con variedades de pokébolas, mucho más surtido que el antiguo Shop de techo azulado al que habían ido el día anterior-, un ascensor que conducía a habitaciones para que entrenadores certificados pudieran pasar la noche y, más importante aún, un recibidor al centro y al fondo donde una simpática enfermera de pelo rosa prolijamente peinado, delantal blanco sin mangas con volados y camisa gris abombada debajo los recepcionó con amabilidad. De manera totalmente gratuita, en el Centro Pokémon recibieron las pokébolas de Victor y en un santiamén repusieron completamente la salud de Haneki y Gear.
Luego de curar a sus pokémon, Victor y Hop se marcharon del Centro Pokémon en dirección al laboratorio, que se ubicaba hacia el este de Wedgehurst. Era un edificio alto de tres pisos, construido en paredes blancas con ventanales a lo largo y ancho y una rústica pokébola de madera pintada en el centro. Se lo notaba un poco descuidado por fuera, tanto que la vegetación alrededor había comenzado a hacer de las suyas, creciendo sobre sus paredes como si intentara devorárselo. Aún así, todo eso le confería un aspecto de lo más interesante. Hop creyó recordar haber estado ahí con su hermano una que otra vez, pero a sus catorce años los recuerdos de su niñez comenzaban a volverse más difusos. Golpearon la puerta un par de veces, sin obtener respuesta alguna.
—Espérame acá, daré un rodeo y veré si hay otra puerta de acceso —planificó Hop, con actitud despreocupada y las dos manos detrás de la nuca.
Victor aguardó en la entrada principal mientras veía a su amigo dar la vuelta al edificio hasta desaparecer del otro lado, pasando entre los arbustos que habían crecido alrededor. No pasó mucho tiempo hasta que oyó unas pisadas provenir del interior, abriéndose la puerta de madera y surgiendo del interior una chica de veinte años, cabello en ondas anaranjado recogido en una coleta de costado y adornado con pequeños broches en forma de corazón. Llevaba gafas de sol por encima del flequillo y era dueña de preciosos y afilados ojos verde jade. Su atuendo era una camiseta verde con rayas verticales al cuerpo, una gabardina ancha beige y jeans ajustados de color azul claro.
—¿Sí, en qué puedo ayudarte? —preguntó alzando una ceja. Bajo los brazos llevaba un montón de libros, y entre sus piernas asomó la cabeza un simpático perro color café, blanco y amarillo conocido como Yamper, que sonrió a Victor y ladró un par de veces sacando la lengua.
—B-buen día —saludó torpemente y con un dejo de rubor en el rostro. Nunca había visto a una chica tan bonita—. Mi nombre es Victor Evans, vengo de Postwick. Vengo a buscar-
—Ah, sí, la Pokédex —suspiró la chica, encogiéndose de hombros. A Victor le pareció incluso que había fruncido un poco el ceño—. Te manda el idiota de Leon, ¿verdad?
—"¿Le dijo idiota al campeón de Galar?" —se preguntó en pensamientos, arqueando una ceja.
Antes de contestar nada, Victor se percató de que a espaldas de la chica y al otro lado del laboratorio una de las ventanas era abierta desde afuera, asomando en su interior la cabeza de su amigo Hop, que se colaba sin demasiado sigilo en la propiedad privada pasando primero una pierna y luego el resto del cuerpo por la hendidura entre la ventana y el marco. Al parecer la chica no había notado la intromisión, pero el pequeño Yamper entre sus piernas olfateó el aire y volteó rápidamente hacia el peliazul, que quedó paralizado sobre el marco de la ventana al percatarse de la presencia de la chica y su pokémon en la puerta. Victor intentó hacerle un gesto con la cabeza de que salga de ahí inmediatamente, pero el perrito eléctrico pegó un par de ladridos y corrió rápidamente hacia el otro lado del laboratorio, brincando sobre Hop y frotando contra su brazo uno de sus mofletes cargados de electricidad, soltando una contenida descarga eléctrica sobre él que lo estremeció de pies a cabeza, haciéndolo caer al interior del laboratorio, completamente paralizado e inmóvil en el suelo.
—¡¿Qué fue eso?! —la pelirroja volteó rápidamente al tiempo que Victor entraba esquivándola y corría con su amigo.
—¡Hop! ¿Estás bien?
Yamper ladraba y pegaba saltitos juguetonamente alrededor del cuerpo petrificado de Hop, que permanecía en el suelo con brazos extendidos y piernas flexionadas con una comiquísima expresión en el rostro, como una sonrisa boba e incrédula y los ojos color miel abiertos como platos, mientras Yamper comenzaba a darle lamidas en el rostro. La chica dejó los libros en una de las tantas estanterías repletas de fascículos y tomos de tapa dura y se agachó horrorizada a ver al chico, que echaba humo por la boca.
—¡¿Y tú quién eres?! ¡¿Qué haces aquí entrando sin autorización por la ventana?! ¡¿Eres un ladrón?! —le gritaba la chica con los ojos vidriosos, zamarreándolo por el cuello de cordero de su campera. Victor intentó contenerla sujetándola por los hombros, pero la chica torció la cabeza hacia él dedicándole una mirada mortífera, y sin necesidad de dar ninguna orden Yamper saltó sobre él enterrando sus colmillos en su brazo.
—¡Ayayayay! —Victor se desplomó de bruces hacia atrás al tiempo que el pokémon eléctrico lo soltaba y caía limpiamente a los pies de la chica. Que ahora sujetaba con fuerza a Hop de su campera de jean y a Victor del cuello de su polo rojo. Parecía un demonio al tener dos extraños invadiendo el laboratorio, y ese tierno perrito sabía volverse el más mortífero de los perros guardianes.
Algunos minutos después, Victor y Hop se hallaban sentados en un sofá del laboratorio, con las manos en los rostros y la postura encorvada y abochornada. La chica de pelo naranja y gabardina los escrutaba con la mirada, sentada frente a ellos en una silla dada vuelta, como un oficial de policía en medio de un interrogatorio. Yamper rodaba sobre una alfombra en el suelo, soltando chispas por su pelaje.
—¿Cómo se les pudo ocurrir que interrumpir en propiedad privada por la ventana trasera era una buena idea?
—Lo siento —se disculpó Hop, rojo como tomate.
—Lo siente —afirmó Victor, sujetándose el brazo vendado donde había sido mordido, clavándole a su amigo una mirada fulminante.
La chica suspiró, encogiéndose de hombros.
—En fin —se puso de pie, finalmente—. Lamento que la bienvenida no haya sido tal cosa, pero la verdad es que estoy ocupada con una importante investigación y no tengo mucho tiempo para perder con los abanderados de Leon. Mi nombre es Sonia, soy asistente de la profesora Magnolia y tengo, además, la tarea de entregarles sus Pokédex para darle el gusto al pesado de tu hermano —y miró por el rabillo del ojo a Hop, que aún ocultaba su rostro avergonzado entre las manos.
—Leon dijo que le debías una —comenzó Victor, entornando los ojos—. Si es así, ¿por qué hablas de él con tanto desprecio?
Creyó ver que la piel clara de Sonia adquiría un tenue rubor en las mejillas.
—E-eso no te incumbe —se aclaró la garganta—. Mejor dicho, ese chico es un fabulador profesional, así que no le crean todo lo que diga. Yo simplemente cumplo con mi tarea como asistente de la profesora. Y como ella está en casa ahora mismo y no puede ocuparse de los quehaceres en el laboratorio, me toca a mí hacerles entrega de la Pokédex. Eso es todo. Ahora, entréguenme sus Tarjetas de Liga para cargarlas en la Pokédex.
—Claro —Hop buscó en su mochila y le entregó a Sonia sus más de cien tarjetas plastificadas de la Liga Pokémon. La chica pasó una por otra rápidamente con expresión incrédula, y luego se las devolvió secamente.
—Tienes que estar bromeando.
—¿Cuál es el problema?
—¡Me refiero a SUS tarjetas, no tu estúpida colección! —gruñó la chica. Victor miraba con preocupación al Yamper que rodaba sobre la alfombra inflando su pelaje con chispas de estática. Temía que en cualquier momento actuase por su dueña.
—¡Pues no tenemos ninguna, para eso venimos! —le sacó la lengua Hop, cruzándose de brazos—. Mi hermano dijo que nos patrocinaría para la liga si le llevábamos las Pokédex nosotros mismos.
Sonia se agarró los pelos echando humo por la nariz. Al parecer cada cosa referente a Leon la sacaba de sus casillas.
—Así no es cómo funcionan las cosas. Se supone que los aspirantes reciben sus Pokédex una vez consiguieron sus tarjetas oficiales con la recomendación de un miembro del comité de la Liga. No puedo darles algo tan importante solo porque el poco serio campeón los envíe a buscarlo. Él lo debería saber muy bien —suspiró Sonia, enredando en su dedo índice un mechón de su largo y ondulado cabello anaranjado.
—¿Y ahora qué? —resopló Hop, molesto con su hermano y con su huraña amiga.
—Debe haber algo que podamos hacer para conseguir esa aprobación. Sin la Pokédex no podremos participar oficialmente de la Liga —le explicó Victor a Sonia, mirándola fijamente con sus ojos cafés—. ¿Entiendes que es algo con lo que soñamos hace mucho tiempo? Sobre todo, éste tonto de acá, ¿no ves lo mucho que desea dejar de vivir a la sombra de su hermano mayor, y poder arrebatarle el título de campeón?
Victor rodeó por los hombros a Hop y lo sujetó de las mejillas, estirando sus cachetes hacia ambos lados dándole un aspecto muy gracioso a su expresión ofuscada. Sonia no pudo evitar curvar una sonrisa y dejó escapar una suave risita al ver a los jóvenes aspirantes. Algo en ellos le generaba una sensación de nostalgia.
—Egho mighmo —afirmó Hop, aún con la boca y cachetes estirados hacia los costados como un Ditto, pero con el pecho inflado de confianza—. ¿Gno ge gugtaguía ge aghguien gobhe eg títugho a Gehon?
La chica soltó una sincera risa, cubriendo delicadamente su boca con una mano. Ya parecía de mejor humor, así que se acercó entre sonrisas a un estante atiborrado de cajas y cajones y hurgó en el interior hasta sacar dos pequeñas cajitas blancas con el minimalista logotipo de media pokébola en el centro, y se acercó a ellos. Dejó una de las cajas en la mesa cercana, y abrió la otra sacando del interior un aparato del tamaño de un celular y color rojizo, con una punta en forma de rayo en un costado y otra más pequeña al otro lado. En el reverso, tenía una especie de rostro proyectado con ojos azules que les recordaba a… ¿Rotom?
—¡Genial, es un SmartRotom! —Hop se levantó del sofá y estiró sus manos hacia el aparato que sostenía Sonia en sus manos. Pero la chica, rápida de reflejos, corrió los brazos hacia un lado y dejó pasar de largo al peliazul.
—Lo es, pero no se apresuren todavía —sentenció, volviendo a adoptar una expresión seria y de pocos amigos—. No crean que me cayeron bien, siguen siendo intrusos sin ningún tipo de certificación oficial de la Liga Pokémon. Así que no me corresponde a mí entregarles esto. Pero, si debo serles sincera, la realidad es que me encantaría ver que Leon ha perdido tanta clase que hasta un par de mocosos impertinentes puedan aspirar a robarle el título de campeón.
Sonia parecía maquinar en su cabeza una serie de maldades y futuros inciertos en torno al destino del título de Leon, cosa que asustó un poco a los chicos.
—Así que voy a darles una mano —asintió finalmente, y las miradas de Victor y Hop se iluminaron—. Vamos a intentar que quién les otorgue la aprobación sea la única entidad verdaderamente autorizada para eso: mi abuela, la profesora Magnolia.
—¡¿Qué?! —cayeron de bruces al suelo, al unísono.
—¡Pero si Magnolia ya no quiere saber nada con formalidades relativas a la Liga Pokémon! —bramó Hop con exageradas lágrimas en los ojos.
—¡Nos va a sacar a bastonazos si intentamos pedirle algo así! —hacía puchero Victor, colgándose lastimosamente de la gabardina de Sonia, que se lo sacó de encima con la suela de su bota.
—Pues eso será decisión suya, ni mía, ni de ustedes —sentenció Sonia, cruzándose de brazos—, ni del ególatra de Leon.
—Muy bien —Hop se puso de pie, dándose palmadas en los pantalones y la campera de jean—. Pero vendrás con nosotros, así ve que no fue nuestra idea aparecernos, así como así, en su casa.
—Cierto —dijo Sonia, poniendo los ojos en blanco—, porque es totalmente impropio de ti irrumpir en una casa ajena, incluso metiéndote por las ventanas.
Tras poner un poco de orden en el laboratorio, aprovechando la ayuda de Victor y Hop, Sonia dejó todo listo para cerrar el lugar, colgando de la puerta de madera un letrero que rezaba "Enseguida vuelvo (o tal vez no)". Escoltados por Yamper, que seguía a su entrenadora a donde quiera que fuera, los tres salieron del laboratorio y emprendieron rumbo hacia la casa de la profesora Magnolia, que se ubicaba en un claro apartado del pueblo más allá de la Ruta 2. Bajaron unas escaleras de piedra en una pequeña ladera en las afueras de Wedgehurst que desembocaban en un lago con un puente por el que podían pasar. Sonia llevaba encima su propio SmartRotom y tomaba fotografías constantemente de distintos pokémon que se cruzaban en su camino, como un grupo de Skwovet grises y de enormes colas que usaban para golpear las bayas de los árboles y dejarlas caer sobre sus bocas, llenando sus cachetes con ellas; o algún escurridizo Blipbug azulado que reptaba entre los arbustos y se perdía de vista rápidamente. No tardaron en cruzarse con algunos entrenadores que viajaban hacia el pueblo, pero cuando Hop los retaba a un combate, ellos se disculpaban alegando que sus pokémon estaban débiles por otros combates y que se dirigían al Centro Pokémon para que descansen. Aparentemente ya todos los combates emocionantes habían pasado en aquella ruta corta, por lo que se resignó a esperar un poco más. Quién sabe, quizás la mismísima Magnolia lo desafíe en su casa a un combate.
"Si me derrotan, les daré mi aprobación. Después de tantos años investigando, quiero que me hagan sentir nuevamente la pasión por un buen combate", fantaseaba en su cabeza las palabras de la eminencia. Victor lo miraba de reojo y suspiraba, al parecer leyendo los tontos pensamientos de su amigo.
—Miren, es allá —señaló en un momento Sonia, fotografiando en el cielo soleado a una parvada de Cramorant que volaban circularmente sobre el lago, posiblemente esperando cazar alguna presa acuática, junto a una casa antigua y elegante de colores púrpura que se alzaba más allá de la colina por la que descendía la ruta.
Al descender la ladera, encontraron a orillas del lago a una señora de edad avanzada sentada sobre una reposera de madera, tejiendo sobre su regazo lo que parecía ser un guardapolvo de hilo blanco. Su actitud era apacible y serena, y a su lado reposaba apoyado un bastón de hierro cromado y empuñadura de madera tallada con forma de ave. Su cabello cano, como un rojizo apagado, estaba recogido en un listón púrpura, y sus ojos color jade ocultos tras un par de gafas de cristal en forma de triángulo invertido le conferían un aspecto eminente, pero también familiar. Sin duda se trataba de la profesora Magnolia, abuela de Sonia y posiblemente la personalidad más destacada en el sur de Galar. Los chicos no la habían visto nunca en persona, pero supieron de inmediato que se hallaban ante una fuente de sabiduría prominente. Sonia saludó desenfadadamente a su abuela, dándole un beso en la mejilla, cosa que extrañó a los jóvenes entrenadores.
—Hola, abuela. Te traigo visitas, aunque es más apropiado decir que ellos me arrastraron aquí, gracias a Leon.
—Buenos días, ¿cómo son sus nombres, jóvenes? —preguntó la señora, escudriñando con la mirada por encima de sus gafas a los entrenadores. Victor y Hop habían adoptado la postura firme de soldaditos, sin saber bien cómo actuar delante de ella para causar buena impresión.
—H-hola, mi nombre es Victor Evans, soy de Postwick, tengo una Scorbunny y olvidé ponerme medias esta mañana —balbuceó atolondradamente el castaño, a medida que su piel pálida se inundaba de rubor. Sonia se dio un golpe en la frente con la palma de la mano.
—Yo soy Grookey, también soy de medias, tengo un Postwick y sí recordé ponerme Hop hoy —afirmó Hop intentando sacar pecho, sin notar que acababa de decir algo totalmente incoherente. Claramente no se les daba bien tratar con eminencias que no fueran parte de la familia.
Magnolia asintió con cortesía, ignorando a su nieta abochornada y las sendas gotas de sudor que recorrían los rostros de Victor y Hop. Se aferró con una mano al bastón junto a ella y se incorporó de la reposera, dejando en su respaldo la prenda que estaba confeccionando.
—Gusto en conocerlos —sonrió con calma—. Me alegra ver que mi nieta conserva intacto su interés por las jóvenes promesas.
Sonia enrojeció al tiempo que los chicos alzaban una ceja.
—¡A-abuela, por favor! —le espetó a la profesora, que se acercó a los entrenadores con curiosidad—. Hop es el hermano de Leon, ¿recuerdas? Y él es su mejor amigo, Victor. Si los traje es porque el irresponsable campeón les dijo que yo podía entregarles las Pokédex, así como así.
—¿Y acaso no puedes hacerlo? Creí que aún quedaban varias en el laboratorio —se preguntó Magnolia, guiñándole un ojo cómplice a los entrenadores, que le dedicaron una mirada furtiva a la pelirroja.
—Definitivamente no —negó con la cabeza—, ni siquiera tienen todavía sus tarjetas de liga.
—Tú lo dijiste, querida nieta —rio Magnolia con suavidad—, "todavía". Es claro que estos jóvenes tarde o temprano seguirán su camino, en sus ojos puede verse un futuro lleno de aventuras y desafíos. ¿Por qué confinarlos a Postwick? ¿Solo por una formalidad?
La profesora Magnolia suspiró, y dio unos golpecitos en el pasto con la punta de su bastón. Victor y Hop cruzaron miradas, entusiasmados.
—Por este tipo de formalidades comencé a perder el interés en la Liga Pokémon —se sinceró la anciana, alzando su mirada surcada por finas arrugas hacia el cielo, sobre el cual aún volaban en círculo los Cramorant, para luego devolver su vista a los entrenadores—. Pero ver a un par de jóvenes llenos de entusiasmo me muestran otra realidad sobre esta competición. Díganme, jóvenes, ¿quieren conocer el mundo más allá de las fronteras de estas tierras rurales?
—¡Sí! —asintieron al unísono.
—¿Y descubrir especies nuevas y fantásticas de pokémon?
—¡Claro que sí!
Magnolia asintió, y se dirigió a un lado del jardín, justo donde se hallaba un terreno despejado de pasto, con forma rectangular y surcos trazados en la tierra que marcaban la división clásica de un terreno de batalla para entrenadores. Los chicos no se habían percatado de que estuvieron junto a un campo de batalla todo este tiempo, aún en un claro apartado de la civilización y junto a un lago tan pacífico, en todo lugar podían haberse desenvuelto combates de todo tipo. Quizás la misma profesora haya combatido allí. Tal vez incluso Sonia y Leon, cuando comenzaron su viaje, habían disputado un encuentro ahí mismo.
—Consiguieron conmover mi corazón con esas miradas cargadas de sueños —dijo, trazando una larga línea divisoria en el centro del rectángulo con la punta del bastón—. Ahora, ¿por qué no intentan encenderlo con las llamas de un auténtico combate?
—"¡M-mierda, fue tal y como lo pensé!" —tragó saliva Hop, con sus manos temblando de la emoción.
—Quiero que se enfrenten entre ustedes, y me demuestren que tienen madera de campeones. No voy a confiarle mi patrocinio a debiluchos —la mirada serena de Magnolia adoptó un matiz aguerrido y ferviente, que sorprendió incluso a su propia nieta.
Yamper corrió alegre junto a la profesora pokémon, seguido por Sonia, quién se colocó a su lado, observando con cierta incomodidad a los dos entrenadores, que se miraban atónitos. Es cierto: debían combatir entre ellos. Nada los definiría tanto como entrenadores si no forjaban una rivalidad digna de la Liga Pokémon. Debían aprender de sus victorias, pero también de las derrotas. Victor fue el primero en devolverle una sonrisa cargada de confianza a Hop, y caminó hacia el otro lado del campo de batalla adoptando posición. El peliazul observó a su amigo pasar a su lado y decir unas palabras que no alcanzó a procesar, y tras parpadear un par de veces, se dio unas palmadas en las mejillas y curvó sus cejas hacia abajo, devolviéndole la sonrisa desafiante.
—¿Listo, amigo? —preguntó en voz alta Hop, mientras deslizaba una pokébola entre sus dedos y la inflaba con destreza.
—Cuando tú lo estés, amigo —afirmó Victor, pokébola en mano.
—¡Vamos! —gritaron al unísono, arrojando sus pokébolas al cielo, con tanta energía que los Cramorant volaron despavoridos lejos de allí.
Continuará…
TRAINER's PROFILE
Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.6) "Haneki"
- Rookidee (Lv.4) "Gear"
Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.5) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.4) "Lulú"
