Capítulo 4 – Perdidos en el bosque de ensueño
Esa noche, Victor tuvo el sueño pesado. Si bien la cama de su habitación alquilada en el Centro Pokémon era cómoda y el colchón mullido, no paraba de tener pesadillas con aullidos y oscuridad. Sentía una figura amenazante cernirse sobre el cielo, mientras nubes negras y relámpagos rojos iluminaban la noche para después apagarla. Finalmente, decidió levantarse de la cama y bajar para estirar un poco las piernas, pero se sobresaltó al no ver en su cama a Hop. Abajo, se lo encontró frente al ventanal trasero que conducía al patio donde algunos entrenadores practicaban combates y técnicas con sus pokémon. Observaba con la mirada perdida el campo de batalla allí fuera, iluminado tenuemente por la luna plateada que se ocultaba entre nubarrones soplados por el viento, aunque tal vez estuviera simplemente mirándose a si mismo en el reflejo difuso del cristal. Decidió dejar solo a su amigo un momento, y se acercó a la mesa de entrada donde una enfermera con expresión somnolienta miraba algo en su computadora tras el mostrador.
—Disculpe, ¿ya se encuentran bien mis pokémon? —preguntó mientras le enseñaba su SmartRotom con el número de ID, y una fotografía suya más decente y presentable que la que se había tomado sin querer el día anterior.
La enfermera consultó rápidamente en su sistema operativo, y le dedicó una amable sonrisa al castaño, asintiendo con la cabeza.
—Están como nuevos. Enseguida te los traigo.
Dicho y hecho, la chica desapareció tras una puerta corrediza a sus espaldas y regresó con dos relucientes pokébolas en una bandeja hermetizada. Victor le dio las gracias mientras guardaba en su cinturón las diminutas esferas de bolsillo, y salió sigilosamente por la puerta de entrada. Hop no había volteado en ningún momento, y le pareció bien que así sea. Ambos debían ocuparse de sus propios pensamientos, y los de Victor se encontraban particularmente perturbados esa noche, por alguna razón.
En las calles de Wedgehurst no había un alma. Los pocos comercios del pueblo estaban cerrados, y apenas podía adivinar la presencia de algún escurridizo pokémon nocturno agitando arbustos en las afueras del camino. Consultó la hora en su SmartRotom: eran las dos y media de la madrugada. Claro que no habría un alma en Wedgehurst a esas horas. Quizás si se dirigía a la estación encontraría algo de actividad, puesto que los entrenadores iban y venían de las grandes ciudades y, en especial, del Área Silvestre. Estaba seguro de que, incluso a esas horas de la noche en ese mismo momento, había varios entrenadores aguerridos buscando raros y fuertes pokémon allá afuera, lejos de los confines de la zona sur de Galar. Se preguntaba si tenía la voluntad y el coraje para estar en sus zapatos, puesto que la soledad de la noche, incluso en el iluminado pueblo de Wedgehurst, le producía cierta desconfianza.
Finalmente, optó por caminar en sentido contrario, y se aventuró a paso lento por la Ruta 1, saliendo del pueblo. No recordaba cuándo había sido la última vez que volvía a casa a esas horas de la noche, puesto que su madre siempre había sido tremendamente sobreprotectora con él. El mismo Hop fue quien, haciendo gala de una ensayada elocuencia, logró convencerla de que lo acompañe en su viaje para convertirse en campeón. Claro que Victor tenía sus propios objetivos, y si bien la corona nunca había sido su mayor anhelo, sí que deseaba conocer el mundo y estrechar vínculos fuertes con los pokémon que siempre le habían fascinado, y de los que siempre lo había resguardado en casa su propia madre. Cuando se dio cuenta, Victor ya se encontraba de pie sobre el famoso puente de piedra encorvado.
El sonido del agua corriendo por el arroyo bajo sus pies lo tranquilizó, y aclaró su mente. De alguna forma, supo qué estaba haciendo, y hacia dónde se dirigía exactamente. No era su deseo volver a casa, sino ir un poco más allá. Ahora era un entrenador pokémon, portaba dos pokébolas con fuertes aliados en ellas. Había conseguido su SmartRotom, calificándose como participante en la Liga, tras haber derrotado a su amigo de toda la vida en un increíble combate. ¿Qué cadenas lo mantendrían alejado ahora del lugar que tantas veces había anhelado conocer desde pequeño?
Sus pies lo condujeron por toda la Ruta 1 sin cansancio. Había dormido apenas un par de horas, pero fueron suficientes para devolverle la energía que necesitaba. Y aquella que aún le faltase, estaría a resguardo en sus propios pokémon, que lo defenderían ante cualquier adversidad. No había nube o trueno en el cielo capaz de amedrentarlo a la luz de la luna. Victor caminó el camino, sorteando arbustos, árboles y tenebrosos ruidos nocturnos. Pasó por la granja de los vecinos, por la casa de Hop, donde un día atrás acababa de recibir a Haneki de parte del campeón de Galar, y más adelante alcanzó su propio hogar. Se sintió extraño al ver la sencilla y floreada entrada a su casa, subiendo las escaleras construidas de forma rudimentaria sobre una pequeña pendiente. Los Budew de su madre dormían plácidamente junto a las macetas. No se apreciaban luces encendidas dentro de casa. La única luz que llamaba su atención en la noche era la del Bosque Oniria, que surgía al final de la Ruta 1, más allá de la cerca de madera.
—Ma, si te enteras de esto, sé que me matarías —se dijo en voz baja, mirando su casa por última vez antes de seguir de largo hacia el bosque, con las manos hundidas en los bolsillos—. Pero haré que te sientas orgullosa, ya lo verás.
Al llegar a la cerca de madera rodeada por altos y espesos matorrales, Victor notó el pasto crecido más allá de la ruta. El cartel clavado en la tierra alertaba a los viajeros y entrenadores novatos a no aventurarse en el Bosque Oniria, un lugar cargado de misterios y pocas veces explorado en la región. Incluso los entrenadores de mayor nivel buscaban excusas para evitarlo, e incluso esquivaban las preguntas que les hacían los reporteros en programas de televisión cada vez que aparecía una noticia sobre algún pokémon extraviado en las profundidades del mismo. Si Postwick era un pueblo pacífico y tranquilo, eso era seguramente gracias a la prudencia con la que sus habitantes trataban al Bosque Oniria. Nadie tenía muy claro qué clase de pokémon habitaban allí, pero muchas leyendas circulaban de boca en boca entorno a él. Algunos, incluso, decían que era un lugar conectado directamente con otro mundo, o tal vez, con otro tiempo.
Pero algo llamó poderosamente la atención de Victor, más allá de sus recuerdos sobre las leyendas urbanas en torno a Oniria, y eso era que la puerta de la cerca estaba abierta de par en par. Alguien, o algo, había entrado o salido del bosque esa noche. Quizás lo mismo que se dirigió furtivamente hacia el Centro Pokémon, y que sacó a Victor de la cama tras inmiscuirse en sus sueños. O quizás alguien se había aventurado dentro, con tal temor que olvidó cerrar la puerta detrás suyo. Tal vez un niño perdido, que no supiera leer las advertencias del cartel. O un pokémon que huía despavorido de otro depredador. Aunque… ¿Qué clase de depredadores podía haber en Postwick? Lo más peligroso que recordaba haber visto fue ese Rookidee aguerrido que había conseguido capturar, y que era ahora su compañero de viaje.
Victor se aclaró la garganta y exhaló aire caliente entre sus manos, dejando salir su aliento condensado como humo por el frío nocturno. Aun así, ni por el frío ni por el miedo sus piernas temblaban. Se encontraba convencido de lo que estaba haciendo, y más ahora, que debía averiguar quién había dejado abierta esa puerta. ¿O la habrían dejado abierta para que él la encontrase así?
Un aullido rompió el silencio en la noche, y lo arrastró fuera de sí mismo y de sus pensamientos. Estaba seguro de haberlo escuchado. Apretó el paso y cruzó la cerca sin mirar atrás, divisando a lo lejos el acceso a Oniria a través de sus inmensos y retorcidos árboles, cuyas copas lo mantenían en una constante penuria. Sobre el pasto flotaba un manto de humo blanquecino, como niebla, y danzaba entre los pies del castaño a medida que se adentraba en el bosque. La hierba en esa zona poco alcanzada por la mano del hombre era mucho más alta que la de cualquier ruta, y a cada paso que daba percibía el movimiento de distintas especies de pokémon que salían huyendo y se escabullían entre los árboles y la neblina. Más allá del aullido, Victor no alcanzó a distinguir ningún otro sonido ahí dentro, apenas el del pasto que crujía bajo sus pisadas. Sus dedos temblaban inconscientemente, siempre cerca de las pokébolas en su cinturón, y su corazón palpitaba tanto dentro de su pecho que comenzó a marearse. Por suerte para él, la disposición de los árboles a ambos lados daba forma a una especie de sendero natural dentro del cual avanzar, aunque no estaba seguro de no estar perdido ahí dentro. Recordó, entonces, que su SmartRotom contaba con un mapa y ubicación por GPS, pero no se atrevió a comprobarlo en ese mismo momento. Quizás, sí, estuviera finalmente perdido en el Bosque Oniria. De todos modos, ¿qué se suponía que estuviera buscando ahí? ¿Con qué esperaba encontrarse? Motostoke estaba lejos de ahí, y era hacia donde debían dirigirse para concretar su inscripción en la sede principal de la Liga, antes de ir por las medallas de gimnasio. Recordó las palabras de Leon: "No se aparten mucho del camino". Era un consejo, una advertencia, o una simple frase hecha. Sea lo que fuere, la estaba desobedeciendo categóricamente.
Una figura misteriosa pasó fugazmente a sus espaldas, sobresaltándolo por completo y haciéndolo caer hacia adelante cuando intentó correr. ¡¿Cómo pudo no haberlo oído venir, en medio del silencio absoluto de ese maldito bosque?! No hizo sonido alguno. Simplemente pasó, como una energía espectral que ni siquiera alcanzó a rozarlo. No sintió ruidos, olores, ni temperatura alguna cerca de él. Donde estaba, de bruces sobre el pasto, hundido en una densa neblina blanca, pensó que sería lo más cerca a la muerte que se sentiría en vida. Si es que aún seguía vivo. A decir verdad, Victor no tenía la certeza de estar vivo. Tal vez solo era un fantasma, cuyo corazón había olvidado dejar de latir, y rugía dentro de su pecho bombeando sangre hacia su cerebro para mantenerlo consciente. Al intentar incorporarse, accidentalmente presionó sus pokébolas contra el pasto seco en el suelo, abriéndolas desde el cinturón y liberando a su lado a Haneki y Gear, que levantó vuelo y se posó en su hombro, mientras la coneja lo ayudaba a levantarse.
—Scor-bu —tembló la inicial de fuego al mirar a su alrededor, aferrándose a las piernas de su entrenador. Rookidee se agazapó en su hombro, más que asustado, listo para salir disparado al ataque ante cualquier movimiento o ruido sospechoso. Victor se sintió reconfortado, acompañado en medio de la nada por sus dos pokémon.
Creyó ver una silueta oscura a lo lejos, oculta en las profundidades de la densa neblina del bosque. Caminó sin sigilo hacia ella, y se detuvo un segundo cuando le pareció que la silueta se había acercado a él. Gear gorjeó suavemente a su oído, intentando transmitirle tranquilidad, mientras Haneki mantenía aferrada su pata a su pantalón. Retomó marcha, sin volver a titubear, a paso ligero y firme. Sus ojos entornados veían con claridad una silueta que caminaba hacia él, pero no sabía si se trataba de un pokémon o de alguien perdido en el bosque. La bruma era tan espesa que dificultaba incluso la respiración. El plumaje de Rookidee sobre su hombro se sentía húmedo e inflado, y la única temperatura que llegaba a su cuerpo era la tibieza que naturalmente manaba de los poros de Scorbunny.
Cuando se hallaba a pocos metros de la silueta opuesta a él, descubrió que no se trataba de un pokémon, sino de una figura humana, bípeda, más o menos de su altura. Caminaba solo cuando él caminaba, y se detenía cuando él se quedaba quieto. ¿Era aquello un espejismo, una ilusión producto de la falta de oxígeno en la profundidad del bosque? ¿Sería acaso él mismo, plantado frente a un enorme espejo natural? ¿O acaso había caído bajo los poderes psíquicos de un poderoso Pokémon? Su mente cada vez almacenaba más preguntas, pero al menos una de ellas obtuvo respuesta segundos después, cuando aún quieto pudo ver a la silueta continuar camino, acercándose a él hasta adquirir la forma nítida de una chica joven, de apenas menor altura que él. Sus expresivos ojos color café no parecían encontrarlo a él, sino mirar algo más allá de su propio ser. A Victor le pareció una chica muy bonita de su edad, con cabello no muy largo y castaño, más crecido de un lado que del otro, coronado por una boina color verde con pompón blanco. Vestía un pulóver grueso de lana gris con capucha, con un vestido fucsia por encima de las rodillas, y unos borceguíes de cuero marrones con medias verdes escocesas, a juego con su boina. Le resultó muy extraño ver a una chica tan pintoresca en un ambiente tan tenebroso y asfixiante, pero más raro aún le pareció sentir que la chica no se había percatado realmente de su presencia, sino de algo que se encontraba detrás suyo.
Por las dudas, Victor volteó al igual que sus pokémon, y sus ojos se salieron de las órbitas cuando encontró frente a él una criatura aterradora de aspecto lobuno, que acechaba entre la maleza clavando en él sus ojos dorados como estrellas. Muerta de miedo, Haneki saltó hacia el frente para encarar al misterioso pokémon, que ignoró completamente su presencia y se enfocó puramente a dedicarle miradas furtivas. El gruñido que manaba entre sus afilados colmillos hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Sin esperar recibir orden alguna, Gear saltó del hombro de Victor y se abalanzó al vuelo sobre el lobo nocturno, propinándole una envestida de lleno que, sin embargo, pasó de largo a través de su cuerpo ensombrecido, que se disipó como un reflejo sobre el agua.
—¡Gear, con cuidado! —a Victor le resultó increíble oír el propio sonido de su voz saliendo por sus labios. Entre la bruma, tal vez por la falta de oxígeno, podía percibir con claridad incluso la suave vibración de sus cuerdas vocales. O las neuronas haciendo miles de cortocircuitos en su corteza cerebral, disparando las palabras a su mente que acabarían tomando forma en su garganta. El tiempo transcurría a un ritmo diferente en los confines del Bosque Oniria. Y aún más lento era su discurrir, enfrentándose ahora a una bestia como nunca antes había presenciado.
Rookidee dio un rodeo volando sobre la niebla blanquecina, y regresó al hombro de su entrenador. Scorbunny probó con un ataque a distancia, pateando algunas ascuas contra el lobo que, sin dejar de gruñir, pero tampoco moverse de su lugar, agazapado entre la niebla y el pasto crecido, recibió de lleno las llamas, que se consumieron por completo al atravesarlo, sin siquiera llegar a tocar la hierba en el suelo. Victor sintió entonces el roce de una mano contra la suya, y giró la cabeza solo para toparse espalda con espalda con la chica misteriosa, que se hallaba ahora frente a otro lobo. Se encontraban rodeados. Él, por una bestia de pelaje azul. Ella, por otra un poco más corpulenta, con largo pelaje rojo como la sangre.
—¿Quién está ahí? —preguntó la chica al sentir la espalda de Victor contra ella, quizás percibiéndola como una especie de pared invisible que le impedía huir del enfrentamiento con su lobo de pelo rojo.
—Tranquila, soy un entrenador —soltó el chico, intentando poner un tono de voz más grave para ocultar su temor, y para que no se escuchen los fuertes latidos en su pecho.
—¡¿Uno solo?! —soltó, disgustada, casi escupiendo las palabras. Su voz resonaba como un eco en los oídos de Victor, por más de estar los dos prácticamente pegados el uno contra el otro—. Necesitamos al menos una decena de entrenadores más para hacerle frente a estos monstruos.
Los lobos saltaron al frente, rodeando lentamente a los entrenadores y sus pokémon -Victor no alcanzó a ver ninguno, pero notó que la chica había soltado al menos a uno de los suyos para defenderse del peligro-, y mientras sus gruñidos ensordecían el ambiente, la densa niebla que parecía provenir de ellos mismos los envolvía en un campo de ensueño donde todo parecía ir en cámara lenta, y la gravedad adquiría un sentido completamente diferente. Los ataques físicos y especiales no servían de nada, Gear y Haneki ya lo habían confirmado. Y tal vez intentar escapar era la peor idea de todas en una situación así. Entonces, ¿qué podían hacer realmente?
Los lobos gemelos abrieron finalmente sus fauces pobladas de colmillos, exhalando un par de aullidos profundos que sacudieron las copas de los árboles y despejaron las nubes en el cielo sobre sus cabezas, cubriéndolo todo de una bruma tan espesa que Victor podía masticar con sus dientes como algodón de azúcar. Fue entonces cuando dejó de sentir el cuerpo de la chica contra su espalda, a punto de caerse de bruces al suelo nuevamente.
—¡Cheepo, rama punzante! ¡Lulú, rizo de defensa!
Una voz familiar surgió como un haz de luz entre la neblina, haciendo que incluso el lobo azulado voltee a ver de dónde provenía. Lo primero que vio Victor fue a la Wooloo de Hop interponerse entre la bestia del bosque y él mismo, inflándose como un enorme globo de lana gruesa, intentando protegerlo cual escudo. Luego, una serie de afilados proyectiles alargados que surgían de la misma bruna en todas las direcciones, atravesando todas y cada una de ellas la figura amenazante del intimidante pokémon con forma de lobo, que aun así se vio lo suficientemente turbada como para alejarse algunos pasos de Victor y sus pokémon. Pronto, el castaño logró divisar en lo alto al Grookey de su amigo, balanceándose entre las lianas que colgaban de los árboles y arrojando con astucia cada rama que lograba arrancar de ellos, usándolas como proyectiles para, al menos, conseguir amedrentar un poco al lobo, que seguramente los sobrepasaba a todos en nivel. Hop apareció finalmente a su lado, justo para que Cheepo aterrizara sobre su cabeza, y le dio una palmada en la espalda.
—¡Hop! —gritó Victor, al tiempo que su alma le volvía al cuerpo. Definitivamente no estaba más solo en ese bosque, aunque lo cierto es que jamás lo había estado, para bien y para mal.
—Luego hablaremos sobre tus pésimas ideas en medio de la noche —le dijo con sendas gotas de sudor cayendo por su rostro, sin despegar sus ojos del asombroso pokémon que les hacía frente, mientras se cubría la boca y nariz con su remera negra bajo la campera de jean.
—¡E-espera! —tosió el castaño, avivándose de que los efectos de la niebla sobre su cuerpo y su mente podían atenuarse su se tapaba adecuadamente la boca y nariz, tal y como hacía inteligentemente su amigo—. ¡Hay una chica en este bosque, perdida, y también estaba siendo atacada por otro de éstos pokémon!
—¡No tenemos tiempo para buscar a tontos como tú, que se aventuran en lugares prohibidos! —le espetó Hop a su amigo—. Además, escruté bien la zona antes de salvarte, y no vi ni escuché a ninguna chica por aquí.
—¡Estoy seguro de que la vi! ¡Estaba junto a mí hasta recién!
—¡Pues deberá arreglárselas, porque nosotros nos vamos, amigo!
Hop sujetó con fuerza al castaño por el brazo y echó a correr llevándoselo consigo, al tiempo que Grookey brincaba desde su cabeza hacia uno de los árboles, retomando la ofensiva arrojándole proyectiles de madera al lobo, que volvía a acercarse lenta pero estoicamente, ignorando completamente cualquier ataque en su contra. Wooloo rodaba delante de ellos, hinchada hasta alcanzar el doble de su tamaño natural, sosteniendo el rizo defensivo que los mantendría a salvo de cualquier ataque. Scorbunny corría delante de ellos, dejando el pasto chamuscado bajo sus pies, mientras que Rookidee asistía desde el aire al inicial de planta, arrancando con sus patas y su pico las mejores ramas que encontraba entre los árboles y acercándoselas para que las convierta en lanzas con su ataque de rama punzante. El lobo, sin embargo, era un adversario muy por encima de las capacidades de los entrenadores y pokémon allí presentes -y, seguramente, también lo era para cualquier otro entrenador experimentado que ose hacerle frente-, y tras un majestuoso salto apoyó sus cuatro patas pobladas de largas garras negras sobre la tierra frente a ellos, cortándoles el paso. Lulú, la Wooloo, se detuvo en seco al sentir la fuerte energía que manaba de las fauces del lobo.
Alzó la mirada al cielo y rugió un último aullido antes de que todo se volviera blanco para entrenadores y pokémon. La espesura de la niebla en el Bosque Oniria se tornó insoportable, y con pesadez cayeron todos al suelo, perdiendo así el conocimiento.
… despierten, por favor…
… es mi culpa, debí llevarlos a casa…
… Bu-bunny…
… HOP…
… VICTOR…
… ¡ABRAN LOS OJOS!
Una luz cegadora llenó los ojos color café de Victor, irritándolos tanto que tuvo que volver a cerrarlos con fuerza, escapándosele algunas lágrimas involuntarias que rodaron por su cabeza y se perdieron tras sus orejas. Se hallaba tendido en el pasto, con los brazos extendidos hacia ambos lados. Al mismo tiempo, escuchó a alguien incorporándose pesadamente a su lado. Volvió a abrir sus ojos, esta vez entornándolos un poco, y distinguió sobre él el enorme cielo nocturno de Galar, sin una sola estrella brillando en él. De pie sobre él, la figura imponente de un Charizard que buscaba algo con la mirada, exhalando ráfagas de aire caliente por las fosas nasales. A su lado, de rodillas, se encontraba su propia madre, que había empapado su rostro con lágrimas, y le sostenía las manos fuertemente. Incorporó apenas su cabeza, sintiendo cada músculo y articulación en su cuerpo entumecidos, y distinguió también a su mejor amigo, ya sentado, mientras su hermano y sus padres lo abrazaban. A un lado, Sonia se secaba las lágrimas mientras hablaba por teléfono con alguien, recostando su cuerpo contra el vehículo que le había prestado su abuela. Haneki se abalanzó sobre él, dándole un caluroso abrazo al cuello, mientras Gear se posaba en su pecho y le picoteaba la cara indignado por haberlo preocupado así. Algunos granjeros vecinos suspiraban aliviados, mientras alguien más allá se encargaba de fijar bien el letrero de advertencia sobre la tierra frente a la cerca de madera. Finalmente, y con ayuda de su madre, se puso de pie junto a Hop. El peligro había pasado.
—Perdón, mamá, perdón —repetía una y otra vez desde que había recobrado la conciencia, y sus propias lágrimas se mezclaban con las de su madre. Se sentía terriblemente mal. A salvo de todo, menos de la culpa.
—¡Estamos bien, no necesitamos una reunión vecinal! —protestaba Hop, por su parte, con la cara enrojecida, mientras su madre abrazaba a Lulú y su padre le tironeaba la oreja, ayudado por Cheepo—. ¿Ven? ¡Ni un rasguño! ¡Ese tonto bosque no es para tanto, ja ja ja!
Hop enseñaba con una mezcla de orgullo y pena sus brazos intactos, salvo por el pequeño vendaje improvisado que le había hecho Sonia luego de que su Yamper lo ataque el día anterior en su laboratorio. Pero esa era historia para otro momento.
Esa noche todos se quedaron a dormir en casa de Hop. Leon había decidido que así sea, ya que quería mantener a los chicos vigilados por su Charizard, por si quién fuera que sea la bestia que los había atacado en el Bosque Oniria intentaba volver por ellos. La paranoia colectiva en Postwick a raíz de ese suceso así lo sugería. Por suerte, la casa de los Owen tenía espacio y habitaciones de sobra para medio pueblo, por lo que allí pudieron alojarse cómodamente Victor, su madre y Sonia, que se llevó un susto tan grande que no se despegó de su Yamper en toda la noche. Mientras los chicos durmieron profundamente, Leon permaneció estoico, de pie, con sus brazos cruzados en el techo de la casa, mientras su dragón de fuego sobrevolaba la propiedad, custodiando todo desde los cielos.
Al día siguiente, Victor bajó a desayunar junto a su amigo. Ambos tenían un aspecto terrible, y arrastraban los pies con pesadumbre. En el comedor los esperaban todos, ya arreglados para un día normal. Eran casi las once de la mañana, habían dormido más de la cuenta, así que no tenían mucho tiempo para abordar el tren hacia Motostoke. Tras recibir los regaños de rigor y una fuerte advertencia para Victor de su madre sobre la que le esperaba si volvía a cometer una locura semejante, los chicos se despidieron de sus padres con fuertes abrazos, prometiéndoles tener más cuidado de ahora en más, y no separarse nunca de sus pokémon.
Viajaron raudamente hacia Wedgehurst en el auto púrpura de la profesora Magnolia conducido por Sonia, mientras Leon volaba sobre su Charizard junto al vehículo. Ciertamente era una imagen espectacular y poco común en la Ruta 1, por lo que los pequeños entrenadores primerizos los señalaban con los dedos y tomaban fotografías, vitoreando a coro el nombre de Leon y su Charizard, algunos incluso imitando la pose de victoria del campeón. Sin embargo, el hermano mayor de Hop se mostraba serio y frío mientras cruzaba a vuelo la primer ruta de Galar.
—Nunca vi a tu hermano tan molesto —suspiró Sonia mientras conducía, mirando a Hop por el espejo retrovisor. El peliazul se encogió de hombros, abochornado.
—No creo que esté molesto contigo —le susurró Victor dándole suaves codazos, mirando por la ventanilla. Sonia negó con la cabeza.
—Está molesto consigo mismo, por no haber llegado a tiempo para protegerlos.
—No queremos la protección de nadie más, de ahora en adelante —refunfuñó Hop, cruzándose de brazos y hundiéndose en su asiento. Victor tuvo que asentir.
—Queremos valernos por nosotros mismos —dijo—, y obviamente, por nuestros propios pokémon. Para eso debemos volvernos fuertes.
Recordó entonces a la chica misteriosa con la que se había topado, o eso creía, en el Bosque Oniria. Grabó en su mente la imagen de su pulóver de lana gris tejido a mano, su pintoresca boina verde con pompón, sus expresivos ojos café y su voz aguerrida y resuelta. Volteó la cabeza y trató de mirar la Ruta 1 que iba desapareciendo a medida que el coche avanzaba hacia adelante, intentando alcanzar con su vista el Bosque Oniria en la distancia, pero fue imposible hacerlo, especialmente en un sendero ondulante e irregular. Aun así, una voz distante en su corazón le indicó que ella estaba bien, y que ya no debía preocuparse.
Finalmente arribaron en la estación de Wedgehurst. Ni bien Charizard y Leon pusieron pies sobre el suelo, un transeúnte pegó el grito al verlos y de inmediato una multitud se abalanzó sobre ellos, en busca de fotos y autógrafos. Sonia soltó un bufido, y aceleró con el auto interponiéndose rápidamente entre los entrenadores y la muchedumbre, tocando agresivamente la bocina para amedrentarlos, al tiempo que su Yamper saltaba de la ventanilla y se posaba sobre el capó, generando con su pelaje un campo eléctrico que mantendría alejada a gran parte de la multitud.
—¡El campeón firmará autógrafos ni bien termine con un asunto importante, por favor tengan paciencia! —les gritaba con una falsa expresión de amabilidad, sin dejar de tocar la bocina, cosa que llamaba todavía más la atención en el pueblo y hacía que más curiosos se conglomeren entorno a la estación.
Leon se acercó a Victor y Hop, ignorando el escándalo que se sucedía a sus espaldas, y puso sus manos sobre los hombros de los chicos, dedicándoles una mirada melancólica.
—Chicos, hubiera querido que la despedida sea un poco más optimista, pero lo que ocurrió anoche movió algo en mí que pensé haber perdido hace mucho tiempo —se sinceró, ahogando algo en su garganta al hablar—. Miedo. Tuve mucho miedo por ustedes. Y después culpa, una que voy a cargar por un buen tiempo, mientras ustedes viajan y se hacen fuertes.
Hop apretaba los puños con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón, tanto que le dolían. Victor miraba al campeón a los ojos, con expresión firme y resuelta. Agradecía estar escuchando palabras tan sentidas por su parte, pero se sentía diez veces más culpable que Leon por lo que había sucedido, y por el peligro en que los había puesto a los dos al adentrarse en Oniria.
—Los dos van a lograr grandes cosas, estoy seguro de ello —sonrió por fin el campeón, dándoles una palmada de ánimo en los hombros—. Hablé con la profesora Magnolia, y no tuvo más que elogios para ustedes dos. No recuerdo cuándo fue la última vez que la escuché tan entusiasmada, así que ya tienen un gran logro en su haber. Mientras dormían me comuniqué con el presidente de la Liga Pokémon, y le envié personalmente mi recomendación. Están listos para enfrentarse a los gimnasios y ganar las ocho medallas necesarias para participar del torneo. Quiero que lo hagan, y quiero luchar contra el mejor de ustedes cuando llegue la hora.
—¡Sí, gracias! —exclamaron al unísono, adoptando nuevamente la ya clásica postura de soldaditos, pero ahora llevándose un puño al corazón en señal de compromiso.
—La próxima vez que nos veas, te aseguramos que vas a sentirte orgulloso, hermano —le dijo finalmente Hop, mirándolo a los ojos. Los dos tenían los mismos ojos.
—Ya me siento orgulloso —soltó Leon tras un suspiro, y ensanchó aún más su blanca sonrisa. Charizard rugió a sus espaldas exhalando fuego por las fauces, un remolino ardiente que espantó a los Rookidee que dormitaban plácidamente en los tejados de la estación, y que hizo sonar una alarma a lo lejos.
Las campanas de la estación comenzaron a sonar, marcando la hora de abordaje al tren que conducía a su próximo destino. Hop le dio un último abrazo a su hermano, mientras que Victor se limitó a darle un fuerte apretón de manos. En ese momento sintió que Leon se había convertido repentinamente en su propio rival, y no solo el hermano de su mejor amigo. El campeón de Galar los despidió con un enérgico ademán, mientras los chicos se perdían entre los pasajeros que ya habían descendido del tren y comenzaban a arremolinarse entorno a su ídolo. Sacaron sus SmartRotom y los apoyaron sobre una pantalla inteligente junto al andén, que los reconoció como entrenadores oficiales de la Liga y les permitió cruzar los molinetes para abordar el tren a vapor que atravesaría todo el sur y centro de la región. Varios entrenadores subieron al tren y se acomodaron en las cabinas cerradas dispuestas en cada vagón, despidiendo por las ventanillas a sus amigos y familiares que saludaban desde el andén. Victor y Hop se acomodaron en los asientos, mirando asombrados la gran cantidad de gente que a toda hora les decía adiós a sus seres queridos en esa estación, incluso alcanzaron a ver a Leon y a Sonia saludándolos entre la muchedumbre, que por primera vez parecía ignorar la presencia del campeón en favor de despedir a quienes habían abordado el tren, mientras su Charizard y Yamper debían mantener a raya a los fanáticos fuera de la estación. Finalmente, el tren hizo sonar sus silbatos y a expulsar vapor por las chimeneas sobre los vagones frontales, empezando así a arrancar girando sus ruedas.
Victor y Hop intercambiaron miradas una vez más, mientras sentían la vibración y el reconfortante ruido de la máquina avanzando, y confirmando en los ojos del otro que lo que tenían por delante era, ahora sí, completamente desconocido para los dos. Un inmenso mundo de posibilidades se alzaba frente a ellos, perdido en la lejanía más allá de las montañas.
Continuará…
TRAINER's PROFILE
Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.9) "Haneki"
- Rookidee (Lv.8) "Gear"
Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.9) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.8) "Lulú"
