Capítulo 5 – Wild Girl, Wild Area

El tren a vapor hacía rodar sus ruedas sobre los rieles en las vías de hierro que se habían levantado a lo largo de Galar como medida de interconexión entre sus ciudades y poblados. Galar era una región extensa, con una amplia variedad de climas y rutas demasiado peligrosas para que aquellos que no fueran entrenadores con cierta experiencia crucen a pie, o incluso conduciendo sus vehículos particulares. Por esto mismo, fue el presidente Rose, máxima autoridad de la Liga Pokémon, quién subvencionó la construcción de un sistema de estaciones y transportes para unir toda la región. Por supuesto, todo eso formaba parte de su plan mayor de establecer un comité deportivo oficial en la región, a través del cual los mejores entrenadores podrían liderar gimnasios construidos en forma de descomunales estadios a los cuales cientos de miles de personas viajaban a diario para presenciar los mejores combates. Aquellos entrenadores que consigan alzarse con la victoria en ocho gimnasios oficiales, podrían participar del torneo de la Liga Pokémon, un encuentro entre lo mejor de lo mejor, que coronaba cada año a un nuevo campeón. Muchos entrenadores a lo largo de Galar, sin embargo, se hallaban últimamente desmotivados, puesto que el campeón actual había sostenido su título por nada menos que cinco años consecutivos, siendo vívida pesadilla de, incluso, algunos de los mejores líderes de gimnasio actuales.

Uno de los lugares que más justificaban la existencia del sistema de rieles y trenes a vapor, era el Área Silvestre. Un territorio aún no totalmente explorado que ocupaba gran parte de la región, y presentaba una variedad de biomas inédita en todo el mundo, donde una serie de fenómenos climáticos se sucedían en distintos puntos del terreno, produciendo así desde tormentas de arena hasta granizo a pocos metros de distancia. Este fenómeno producía que muchísimas especies convivan en relativa armonía a lo largo y ancho del Área Silvestre, desde las más inofensivas y comunes en rutas típicas, hasta las más raras y mortíferas, que campaban a sus anchas por una zona que todos los entrenadores anhelaban explorar algún día, cuando contasen con la preparación suficiente para hacerle frente.

Victor leía apasionadamente la guía de supervivencia, aprendiendo todo lo posible sobre los secretos de la región y las especies que podían llegar a toparse algún día en el Área Silvestre, mientras Hop disfrutaba de los bocadillos dulces que una vendedora amable y regordeta les había ofrecido, mientras contemplaba el precioso paisaje que se apreciaba desde la ventanilla del tren, que actualmente surcaba de lado a lado un enorme puente construido entre los túneles de dos montañas gigantes a un lado del Área Salvaje. En el cielo volaba una parvada de Unfezant y Pidove junto a la ventanilla, y Hop no dudó un segundo en apuntar con su SmartRotom y tomarles una fotografía, puesto que nunca había visto esa especie en persona, ya que rara vez volaban por el sur de la región.

—¡Mira eso, Victor, los machos se diferencian de las hembras por el distinguido antifaz rosado en sus rostros! —decía el peliazul entusiasmado, mientras se paraba sobre el asiento buscando sacar las mejores fotografías desde cualquier ángulo posible. Pero el tren se movía a tal velocidad que era difícil tomar buenas capturas mientras los faisanes batían sus alas con elegancia.

Victor desvió la mirada un segundo de su libro, y luego volvió a zambullirse en su lectura con una sonrisa en el rostro.

—Gear es más bonito, esos me aburren —sentenció, mientras su amigo caía de bruces sobre el cómodo asiento.
—¡Vamos, amigo, no estamos cruzando la región entera para que te entretenga más un tonto libro! —gruñó Hop, arrancándole la guía de las manos.
—¡Hey, devuélveme eso!

Hop se echó atrás, apartando el libro del alcance de Victor mientras lo mantenía alejado con los pies. Fue justo en ese momento cuando una muchacha de chaqueta negra de cuero y con tachas pasó por el pasillo externo del tren, y los observó a través de la puerta de ingreso a la cabina. La expresión fría y despectiva de la chica se subrayó al observar a los adolescentes peleando tontamente por un libro, que tras arquear sutilmente una ceja y encogerse de hombros, siguió de largo. Un rubor les creció del cuello a la frente a los dos entrenadores, que rápidamente volvieron a sentarse apropiadamente con aires desinteresados, mirando por la ventanilla cómo los Unfezant se apartaban y perdían de vista.

—E-eso fue bochornoso —masculló Victor.
—Así nunca encontraremos una compañera de viajes —suspiró Hop, hundiéndose en el asiento.
—¿Compañera de viajes? —preguntó el castaño, intrigado. Hop lo observó de reojo.
—¡Claro que sí! ¿O acaso pretendes que viajemos los dos solos por toda la región?
—… sigo sin comprender a qué te refieres —frunció el ceño Victor—. ¿Acaso no somos mejores amigos desde que tenemos memoria?
—¡Ese es el problema! —apuntó Hop, poniéndose de pie—. ¡Ya tenemos catorce, no puedo creer que pretendas que viajemos solos todo este tiempo! Necesitamos conocer más gente, sino mis padres acabarán pensando que soy… Solitario.
—¿Solitario? —Victor esbozó una sonrisa cómplice, haciendo rodar sus pupilas—. ¿No será que estás pensando en tu hermano, y en cómo viajó junto a Sonia cuando tenían nuestra edad?

Hop enmudeció unos segundos, golpeando la mesa de madera que los separaba con la punta del dedo índice, mientras apoyaba su nariz en el vidrio de la ventana, entornando los ojos con los rayos de Sol que se filtraban entre las nubes y el cristal. Parecía buscar las palabras adecuadas para justificar su repentina idea.

—Lee viajó con muchas personas —susurró casi sin abrir la boca, inflando los cachetes como un niño chiquito—. Sí, Sonia fue su rival y compañera de aventuras durante mucho tiempo, al igual que Raihan, el líder de gimnasio de Ciudad Hammerlocke. ¡Por eso te digo que necesitamos una compañera de viaje! De lo contrario, nosotros dos nos terminaremos asesinando mutuamente.
Victor soltó una genuina risotada, dándose palmadas en las piernas.
—¿No estás siendo demasiado dramático, Hop? Creo que nos la podremos arreglar bien. No es por presumir, pero mamá me enseñó a preparar un excelente curry.
—No se trata solo del curry —dijo, tras pensarlo un segundo—. Sin un toque femenino auténtico, no pasaremos del segundo gimnasio. ¡Te lo garantizo! Vamos a perder la cabeza allá fuera.
—Entonces, ¿necesitamos a alguien que cumpla la función de brújula moral en el grupo? ¿A eso te refieres?
Hop chasqueó los dedos, imitando el ademán de tres dedos que hacía su hermano.
—¡Bingo! De eso estaba hablando. Necesitamos una brújula moral. Creo que, de haberla tenido, no habrías acabado en el Bosque Oniria a punto de ser comido por ese monstruo.
—¿Debo recordarte que los dos terminamos ahí, en grave peligro?
—¡Con más razón! —asintió Hop, volviendo a desplomarse en su asiento cruzado de brazos—. ¡Brújula moral!

La voz del conductor se hizo oír por los altoparlantes del tren.

"A todos los pasajeros les informamos que, debido a una fuerte nevada, el servicio a Ciudad Motostoke se verá interrumpido momentáneamente. El recorrido se reanudará con normalidad tras finalizar las tareas para remover la nieve de las vías. Pedimos disculpas por los inconvenientes ocasionados. Última parada: Estación ferroviaria del Área Silvestre" —recitó mecánicamente una voz grave y monótona.

Victor y Hop se miraron al mismo tiempo, con los rostros pálidos y una sonrisa incrédula en los labios.
—Tiene que ser una broma —balbuceó Hop, mirando por la ventana. Desde donde estaban, a punto de ingresar en la montaña que unía el puente que cruzaban, el cielo apenas mostraba algunas nubes, pero el clima era espléndido—. ¿Cómo pueden decir eso, si el paisaje se ve precioso acá? Motostoke no debería estar mucho más lejos.
—Eso dices por no hacerle caso a mi guía de supervivencia —dijo el castaño, dándose una palmada en la frente—. Aquí dice claramente que el Área Silvestre es conocida especialmente por su inmensa variación climática, es posible que aquí se vea un clima bonito y despejado desde la ventanilla, pero tal vez más allá de la montaña la temperatura descienda abruptamente.
Hop resopló, ofuscado.
—De todas formas, tenemos que llegar a Motostoke. No podemos quedarnos tan tranquilos en la estación esperando a que remuevan la nieve.
—No estoy seguro de que sea una gran idea, pero, ¿qué más podemos hacer? —suspiró Victor, resignado.

Nuevamente, vieron pasar a la chica de campera de cuero negra y tachas, atravesando raudamente el pasillo del tren en dirección el vagón principal, donde se encontraba la cabina del conductor. Se la veía tan molesta que asustaba, y los dos entrenadores se encogieron en sus asientos al verla por la ventanilla. Finalmente, Hop abrió la puerta corrediza de su cabina y asomó la cabeza por el pasillo. Se sorprendió al ver que muchos otros pasajeros hacían lo mismo, viendo cómo la chica se perdía de vista al pasar al siguiente vagón.

Tras cruzar en tren por el interior de la espectacular montaña, desde donde pudieron ver a varios Swoobat y Noibat revoloteando, así como Boldore y Rolycoly escarbando entre las piedras, llegaron a la estación ferroviaria del Área Silvestre, donde la gran mayoría de los pasajeros descendió del tren. Otros, con más tiempo a su disposición, simplemente decidieron quedarse en sus vagones, disfrutando de alguna comida o acomodándose para dormitar. Victor y Hop pudieron ver en el andén varias caras largas, pero también algunos oficinistas llamando a sus trabajos para avisar que no llegarían ese día a trabajar, mientras se aflojaban las corbatas con una sonrisa en el rostro. Victor se paró en puntas de pie, intentando distinguir entre la multitud que descendía de los vagones y abandonaba rápidamente el andén a la chica con campera de cuero, y creyó verla bajando al frente del tren, desde la misma cabina del conductor, acompañada por un hombre de uniforme azulado y gorra a juego, con un silbato colgando en su cuello. La cantidad de gente avanzando por el andén le dificultaba distinguir con claridad, pero aparentemente el hombre miraba un reloj que colgaba del bolsillo de su uniforme, mientras hablaba con gesto preocupado a la joven, que marcaba algo en su teléfono -¿o tal vez era otro SmartRotom?- y lo llevaba a su oído.

—Vamos, Victor, que nos van a pasar por encima —gruñó Hop mientras lo jalaba del brazo fuera del andén.

El edificio principal de la estación ferroviaria era bien distintos al de Wedgehurst. Sus instalaciones parecían ligeramente más descuidadas, y cada vez que las puertas corredizas se abrían para que los viajeros entren y salgan, un fuerte viento proveniente del exterior soplaba hojas que se desperdigaban por el suelo, entre los asientos del salón de espera. Un letrero sencillo con letras digitales marcaba los horarios de las próximas salidas y llegadas, advirtiendo, por supuesto, que el tramo del Área Silvestre a Ciudad Motostoke se encontraba interrumpido momentáneamente. Pero era un momento que Victor y Hop no podrían regalarle al señor Rose para poner en orden sus trenes, así que rápidamente caminaron hasta los baños para cambiarse. No parecía estar cayendo mucha nieve en ese mismo sector del Área Silvestre, pero tampoco querían arriesgarse. Victor se puso su beanie gris, tapando completamente su cabello castaño excepto por el mechón con jopo al frente, además de un hoodie abrigado con capucha color negro que su madre le compró en la boutique de Wedgehurst. Hop se puso una gorra de lana negra y amarilla que su abuela parecía haberle tejido especialmente, con la palabra "CAMPEON" bordada cuidadosamente en el doblez, así como un camperón largo de estilo inflado que le llegaba casi hasta las rodillas, dándole el aspecto de uno de esos muñecos que aparecen en los talleres mecánicos. Junto al conjunto, ambos se pusieron un par de guantes de lana de Wooloo blancos y negros respectivamente.

—Amigo, no creo que sea para tanto —suspiró Victor, viendo cómo Hop caminaba con dificultad hacia él, con los brazos aleteando a ambos lados de su cuerpo como si fuera un Eiscue.
—¡JA! —soltó exageradamente, tratando de flexionar sus brazos sobre la cintura para adoptar una pose heroica y valiente—. Mucha guía de supervivencia, pero poco atuendo pensado para sobrevivir al tormentoso clima del Área Silvestre, amigo mío. Este camperón es la última moda de supervivencia en las zonas más gélidas de Kalos.
—¿Moda de supervivencia? —se preguntó Victor, aquello no sonaba como algo que pudiera combinarse muy bien—. Como sea, yo solo digo que con ese aspecto va a ser difícil que alguien quiera acompañarnos en nuestro viaje. Y mucho menos una chica.
—No se trata de eso, Victor —negó Hop con la cabeza, dándole palmaditas en el hombro en un forzado gesto de condescendencia—. La persona que elija acompañarnos será la indicada.

El castaño hizo rodar sus pupilas, prefiriendo dar por zanjado el asunto. Antes de salir, apoyaron sus mochilas en los asientos junto a la entrada, empapados de hojas de los árboles que el viento conducía dentro, y revisaron que tuvieran suficiente equipaje para seguir adelante. Leon les había obsequiado una bolsa de acampe, previendo que pasarían más de una noche a la intemperie, y Sonia les había dado unas cuantas superpociones y un par de revivires por si se encontraban en aprietos lejos de un Centro Pokémon. Esos últimos, les aclaró, eran objetos muy valiosos, por lo que debían administrarlos con cuidado, al menos al principio de su aventura. Tras repasar las pokébolas disponibles, algo de comida para ellos y los objetos de curación de estados necesarios, concluyeron que lo único que podrían necesitar era algo para curar el estado de congelamiento, por lo que se dirigieron al Shop integrado a la estación, donde un anciano con cara de pocos amigos les vendió, a precio algo elevado, los antihielo que buscaban.

—¡Estos tipos son unos abusivos, debería escribir una queja para que Leon le presente al señor Rose! —refunfuñaba el peliazul mientras guardaba un par de pequeños aerosoles color celeste en un compartimento de su mochila.
—No es para tanto —concluyó Victor, calzándose el mochilón de cuero en la espalda.

Al salir, y tal como había previsto Victor, el clima fuera de la estación era frío, pero no helaba. Algunas partículas de nieve caían desde las nubes, mecidas suavemente por el viento, pero más allá del pasto ligeramente escarchado, no había signos de una peligrosa tormenta de nieve en algunos kilómetros a la redonda, por lo menos. Aun así, Hop decidió conservar su abrigo extremo, por si acaso. Tras doblar en una cerca tras un grupo de árboles, se encontraron finalmente con la famosa Área Silvestre; un terreno de colosal envergadura que descendía por una cuesta hacia un valle de praderas vastas y frondosos bosques, más allá de los cuales podía adivinarse, esperaban, la presencia imponente de Ciudad Motostoke. El sonido del viento, de los árboles sacudiéndose, del agua de los lagos sacudiéndose y de los cantos de decenas de especies distintas de pokémon salvajes llenó sus oídos. Sus ojos se fijaron especialmente en una serie de pilares de luz rojos que ascendían hasta perderse entre las nubes grises del cielo, como fuentes de energía incalculables que iluminaban los distintos sectores por las noches.

Solo los distrajo el hecho de que un par de entrenadores, chico y chica, que habían salido de la estación con actitud despreocupada pasaron a su lado y liberaron rápidamente a un par de espectaculares pokémon como nunca antes habían visto. La chica soltó a un majestuoso y robusto Arcanine de brillante pelaje anaranjado con rayas atigradas en negro, mientras que el chico liberó una especie de halcón con plumaje recubierto por acero de un color púrpura tan oscuro que parecía negro, con alas gruesas y opacas y diminutos ojos rojos perdidos en medio de huecos negros que le daban el aspecto de un caballero medieval alado. Era nada menos que un Corviknight, ave de vuelo por excelencia de la región de Galar, y Victor abrió los ojos como platos al tenerlo a pocos metros de distancia. Se sintió un poco mal consigo mismo por pensar durante un segundo lo frustrante que era, en comparación, tener en su equipo a un pokémon volador mucho menos imponente como lo era Gear. Sin siquiera fijarse en ellos, los entrenadores montaron a lomos de sus pokémon y desaparecieron rápidamente del camino, por tierra y por aire, sorteando sin mayores problemas cualquier adversidad que pudiera depararles el camino hasta la gran ciudad. Los chicos de Postwick no encontraron las palabras durante largos segundos, hasta que finalmente Hop soltó una falsa tos para romper con el momento incómodo, frotándose la nariz con el dedo índice y volviendo a su actitud despreocupada.

—Como sea, un verdadero entrenador siempre está listo para recorrer grandes distancias a pie. Nunca me gustó eso de usar a mis pokémon como medio de transporte.
Victor alzó una ceja.
—Tal vez porque "tus pokémon" sean una Wooloo de poco más de medio metro y un Grookey que lo único que tiene interés en cargar es la baqueta que usa para combatir.
—Buen punto. ¡Avancemos! —cortó, extendiendo rígidamente su brazo hacia el norte, con el dedo apuntando al horizonte. El viento sacudía su camperón inflado y la gorra tejida por su abuela se había salpicado rápidamente con un poco de escarcha.

Junto a varios viajeros y entrenadores que salían a recorrer el Área Silvestre, Victor y Hop partieron con sonrisas en los rostros, listos para aventurarse en los famosos terrenos desconocidos para ellos. Rápidamente se cruzaron en el camino a toda clase de especies correteando libremente entre los arbustos, sin dedicarles a ellos mayor importancia. Entre ellas, vieron a un grupo de Vanillite danzando alegremente y creando pequeñas nevadas a su alrededor, así como unos Delibird que volaban torpemente cargando en sus picos y espaldas lo que parecía ser una bolsa de mensajería, aunque Victor sabía que era su propia cola, puesto que su madre le contaba sobre ellos en las navidades. También vieron pokémon ajenos al clima fresco de aquella zona, tales como Bunnelby, que no tenían punto de comparación con la Scorbunny de Victor, ante sus ojos, y un Tyrogue que entrenaba contra el tronco de un árbol, dándole espectaculares puñetazos y patadas mientras su cuerpo resistía el frío. Hop se acercó de inmediato con la pokébola de Grookey en mano, dispuesto a capturarlo, pero otro entrenador se le había adelantado y logró meterlo en una Veloz Ball sin que apenas pudiera oponer resistencia. El peliazul se agarró la cabeza viendo cómo había entrenadores mucho mejor equipados para la aventura, con esas geniales pokébolas capaces de capturar sin dificultad a la mayoría de los pokémon salvajes de bajo nivel.

Caminaron un rato más, adentrándose en un campo de orquídeas y a través de finos árboles que se elevaban a varios metros del suelo, y desde los que eran observados con curiosidad por unos Hoothoot de enormes ojos rojos, mientras que unos Cherubi colgaban de las ramas dormitando pacíficamente. Los chicos tomaban fotografías con sus SmartRotom de cada especie nueva que encontraban, registrando sus datos en la Pokédex integrada, que les brindaba toda la información que necesitaban acerca de sus tipos, movimientos, habilidades y características particulares. Sin embargo, tal vez por el clima, tal vez por su falta de experiencia, les resultaba más difícil de lo que imaginaban el capturar a los pokémon del Área Silvestre, como si estuviesen mucho más habituados a enfrentarse con entrenadores que aquellos de niveles más bajos en las primeras rutas de Postwick y Wedgehurst. Aun así, consiguieron hacerse Victor con un Vanillite y Hoothoot que cayeron gracias a los ataques de fuego de Haneki y envites aéreos de Gear; y Hop con una Oddish que tomó por sorpresa mientras dormitaba entre los pastizales y un aguerrido Skwovet contra el que Cheepo y Lulú tuvieron que luchar de forma coordinada para quedarse con las bayas que intentaba acaparar para él.

—Sí, básicamente le diste una paliza a la pobre ardilla para quedarte con su comida —suspiró Victor mientras Hop, orgulloso, hacía girar la pokébola del Skwovet en su dedo índice, masticando con lágrimas en los ojos una picante Baya Tamate para resistir mejor el frío.
—Son reglas básicas de supervivencia —dijo en tono burlón, tragando por fin la baya que pasó como una bola de fuego por su garganta—. Además, esos Skwovet son acaparadores de bayas por excelencia, buscan tener más de las que puedan comer en toda su vida.
—¡UOOOOH!

Un rugido descomunal hizo temblar el suelo a sus pies, cayéndose Hop de bruces al suelo por el susto repentino. La parvada de Hoothoot salió volando despavorida haciendo sacudir la copa del árbol bajo el cual se encontraban, cayendo algo de escarcha y nieve sobre sus cabezas, mientras que el resto de los pokémon salvajes alrededor salía corriendo o cavaba agujeros en la tierra para ponerse a resguardo. Victor volteó instintivamente, escudriñando los alrededores con la mirada: no había rastro alguno de entrenadores por allí. Estaban solos en aquella zona del Área Silvestre, quién sabe a cuántos metros ya de la estación de tren, y a los pies de una de las tantas montañas que rodeaban y delimitaban el territorio. Hop se agarró del brazo de Victor, que lo ayudó a levantarse, y tras sacudirse la escarcha y pasto de la ropa se refugiaron detrás de uno de los árboles más gruesos, en dirección opuesta a la que provenía el rugido.

—¿Recordaste curar a tus pokémon tras atrapar a ese Skwovet? —le preguntó Victor en voz baja a Hop.
—Sí.
—¿Incluyendo al Skwovet?

—¡Hop, maldición!
—¡Está bien, ahora lo hago!

El peliazul liberó al Skwovet, que primero le dedicó una mirada de desconfianza, pero acabó sonriéndole amistosamente cuando olfateó las bayas que se había guardado en la mochila. Tenía un chichón en la cabeza producto de uno de los ataques de Grookey, pero éste se desvaneció rápidamente cuando Hop lo roció con una de las pociones que llevaba encima. Ya repuesto, trepó por las piernas de Hop hasta colgarse de su mochila, y hurgó dentro hasta sacar la cabeza con dos bayas metidas en la boca, con sus cachetes redondos e hinchados de felicidad. Los dos chicos suspiraron, encogiéndose de hombros, cuando un fuerte estruendo sacudió nuevamente el piso bajo ellos. Pero el sacudón no vino acompañado solo de un grave rugido, sino también de la voz de una chica que soltó un grito de dolor. Fue entonces cuando Victor y Hop intercambiaron miradas, tragando saliva con preocupación, y salieron corriendo en dirección a la zona de conflicto.

No muy lejos de allí, se encontraron con un terreno despejado y árido, donde la montaña se alzaba como un gigantesco forúnculo de piedras sobre la corteza terrestre. A sus pies, una serpiente hecha de rocas se retorcía reptando y golpeando su robusto cuerpo contra la montaña, causando fuertes temblores que hacían trastabillar a los entrenadores, quienes nunca en sus vidas habían visto a un pokémon así de grande, exceptuando tal vez algunos de los combates de la Liga, donde los mejores entrenadores podían hacer que sus pokémon multipliquen sus tamaños temporalmente para ejecutar ataques especiales. Pero Victor no miraba casi televisión, así que el hecho de encontrarse a pocos metros de una bestia de más casi diez metros de largo le resultaba casi de ficción.

—N-no puede ser, es un Onix —tartamudeó Hop, con sus ojos color miel abiertos de par en par, resistiéndose a pestañear.

Victor tuvo que sacar su SmartRotom y apuntar con él a la bestia de piedra que se retorcía y rugía, arrastrándose pesadamente contra la montaña. La Pokédex escaneó al pokémon a distancia, y una voz robótica recitó:

"Onix, el Pokémon Serpiente Roca. A medida que cava a través del suelo absorbe toda clase de objetos duros, provocando que su cuerpo se vuelva sólido. Crea túneles en la tierra, donde puede alcanzar velocidades de hasta 80 kilómetros por hora retorciéndose para avanzar"

—Este… Amigo… —musitó Hop, espiando la Pokédex de Victor, mientras su Skwovet comía despreocupadamente las bayas que sacaba de su mochila—. ¡¿Cómo se supone que voy a enviar a esta cosa a pelear contra un Onix?!
Victor suspiró, encogiéndose de hombros.
—Es verdad, un Skwovet no tendría nada que hacer contra él.
—¡Mierda! ¡Ahora gasté una valiosa poción en un pokémon que de todas formas no va a hacerle un solo rasguño a esa mole!
—¡Sssh, no hables tan fuerte, que nos puede escuchar!
—¡Ah, ahí están, quédense quietos allá!

Una voz femenina salió de Onix, que torció su cabeza de piedra y fijó sus diminutos ojos negros en ellos dos. Los entrenadores palidecieron al instante, con sendas gotas de sudor frío cayendo en sus nucas. Instintivamente, ya habían inflado sus pokébolas, liberando junto a ellos al recientemente capturado Vanillite de Victor, y al Grookey y Oddish de Hop, todos pokémon que, pese a encontrarse posiblemente en un nivel inferior al Onix, podían llegar a sacarle ventaja por sus tipos. Por desgracia para Victor, sus mejores pokémon actualmente eran sumamente débiles a Onix, y no tenía sentido enviar a Haneki y Gear contra él. Sin embargo, cuando la serpiente de roca había comenzado a arrastrarse hacia ellos, un certero disparo de agua bañó su espalda y lo tumbó de bruces en el suelo, quedando su enorme cabeza a pocos centímetros de los dos, y provocando un estruendo tan fuerte que el suelo se agrietó bajo el peso muerto del pokémon pétreo. Abrazada con brazos y piernas al protuberante cuerno que sobresalía en su cabeza, los chicos se sorprendieron al ver a una chica que suspiraba aliviada al comprobar que la serpiente había caído finalmente. Una pequeña criatura de aspecto anfibio trepó desde su espalda hasta su cabeza, asomándose tímidamente para observar a los entrenadores de Postwick con sus enormes ojos azules. Su color era de un celeste acuoso y una aleta amarilla brotaba enclenque sobre su cabeza redonda, mientras sus diminutas patas de dos dedos se abrazaban al pompón blanco en la boina de su entrenadora, y su larga y gruesa cola se enroscaba sobre si misma sobre su lomo. A Hop le llamó la atención el pokémon de agua, mientras que Victor reconoció al instante a la chica.

—¡Es un Sobble! —apuntó Hop a la lagartija.
—¡Es la chica del Bosque Oniria! —exclamó Victor, señalándola.

La chica bajó con un ágil salto de la cabeza del agotado pokémon, corriendo delante de ellos y dándoles la espalda sin miramientos.

—¡Apártense, éste es mío! —gruñó con una confiada sonrisa en los labios, mientras inflaba una pokébola común en su mano derecha y la arrojaba con una enérgica sacudida de muñeca, envolviendo al Onix con su luz azul y encerrándolo dentro.

La esfera se encogió y sacudió en el suelo un par de veces, mientras Victor y Hop observaban atónitos a la entrenadora intentando hacerse con semejante bestia. Tras un par de tambaleos, la pokébola estalló en su lugar, liberándose el Onix, todavía dispuesto a dar batalla, y dedicándole un grave rugido a la chica, exhalando aire caliente desde sus fauces oscuras y despeinándolos con la corriente ventosa que desató.

—¡Tsk, parece estar a mucho nivel! —masculló la entrenadora, sujetando al tímido pokémon que se agazapaba tras su boina y arrojándolo con sus propias manos para enfrentar al Onix—. ¡Seven, no seas menos que ese cabeza hueca!
—¡Sooo! —el diminuto camaleón escondió su enorme cabeza bajo sus pequeñas patitas, echando a llorar mientras chorros de agua brotaban como lágrimas por sus ojos. Victor creyó notar cómo el Onix echaba su enorme cabeza hacia atrás al notar el agua que manaba sin control de los ojos del pokémon.
—Parece que tu pokémon no quiere seguir combatiendo —observó Hop poniéndose al lado de la chica, mientras Cheepo se posaba frente a él con ganas de combatir. La Oddish miraba con terror al Onix, ocultándose entre sus piernas.
—¡No estorbes, enano! —le rugió la chica con una mirada asesina, mientras buscaba otra pokébola para arrojar en su mochila caída de cuero beige—. ¡Seven, no dejes que escape, atrápalo con atadura y rocíalo con tu pistola de agua!
—¡¿Enano?!

De la chica manaba una energía que erizaba la piel. Victor lo recordaba: ella no tembló ni por un segundo, aun cuando se encontraban en peligro frente a los pokémon misteriosos que los acorralaron en el Bosque Oniria. Hop pataleaba impotente, imitando en mímica por su Grookey, mientras que el temeroso pokémon de la entrenadora comenzaba a correr impulsado casi por una fuerza misteriosa ajena a su propia voluntad, acercándose a toda velocidad al Onix y pegando un brinco sobre una de sus rocas, que la mole pétrea no pudo eludir debido a su robusto tamaño y torpe velocidad sobre tierra firme. Extendió su cola, estirándola sorprendentemente hasta poder envolver con ella toda la circunferencia de una de las rocas que componían el cuerpo serpentiforme del pokémon salvaje, apretando sus patas detrás de la cabeza del gigante y acarreándolo como un cowboy arreando un Tauros con su látigo. Onix se retorcía con todas sus fuerzas sacudiendo en el aire al pobre Sobble, que lloraba desconsolado sobre su cuerpo girando alrededor de él y bañándolo casi completamente. El rocío de sus lágrimas le hacía daño progresivamente al pokémon de roca y tierra, que jadeaba exhausto intentando sacarse de encima a la plaga acuática que lo apresaba.

—¡Eso es, solo un poco más, Seven! —la mirada de la chica ardía de pasión, y se mordía el labio inferior con ansiedad esperando el momento justo para volver a arrojar la pokébola contra Onix.

Invadido por la curiosidad, Victor apuntó con su SmartRotom al Sobble, intentando que lo identifique en plena batalla. Afortunadamente, la tecnología de punta de la que se dotaba la Pokédex habitada por Rotom estuvo a la altura de las circunstancias:

"Sobble, el Pokémon Acuartija. Cuando está asustado, libera lágrimas con un factor lacrimógeno equivalente a 100 cebollas para hacer llorar también al rival. Al mojarse, su piel cambia de color y lo vuelve invisible como método de camuflaje"

—Son pokémon muy tímidos y escurridizos, difíciles de ver en estado salvaje —informó Hop con una sonrisa en los labios, con el suficiente disimulo para que la grosera chica no lo note. No iba a elogiar nada relacionado con la persona que lo había llamado "enano" hace unos instantes. Entonces, se le encendió una lamparita sobre la cabeza—. ¡Espera! ¡Ese es el tercer pokémon inicial de la región!
—¡¿Qué?! —Victor abrió los ojos como platos, torciendo la cabeza hacia la entrenadora, que volvía a arrojar con destreza la pokébola para atrapar al Onix salvaje, ignorando su pequeña conversación.

En efecto, Sobble se trataba de uno de los tres pokémon iniciales que solían entregarse a aquellos entrenadores que cumplieran con los requisitos de la profesora Magnolia durante los exámenes en su laboratorio. En su juventud, ella misma se encargaba de encontrar a Grookey, Scorbunny y Sobble en estado salvaje y capturarlos para que jóvenes entrenadores puedan emprender su camino junto a ellos, pero actualmente, y por su edad avanzada, era su nieta, Sonia, quien se encargaba de buscarlos por toda la región. Se trataban de pokémon con estadísticas equilibradas y un saludable proceso evolutivo, que podían alcanzar etapas muy fuertes y generar un vínculo especial con sus entrenadores, estrechando lazos de empatía superiores al común de los pokémon. Sin embargo, Victor también sabía que algunos entrenadores famosos en la región habían comenzado sus viajes recibiendo toda clase de pokémon especiales, como Leon y su Charmander, ahora convertido en un atemorizante Charizard. Pero, ¿cómo era que esa chica, que no habían visto en sus vidas, se había hecho con un Sobble? ¿Sería acaso el hermano de Hop quién le obsequió ese pokémon inicial? Por eso debía haber llegado con una pokébola de menos el día que conocieron a Haneki y Cheepo. ¿Y cómo rayos había llegado esa chica desde el Bosque Oniria la madrugada anterior a un combate salvaje contra ese descomunal Onix? Victor no daba pie con bola, mientras la entrenadora pegaba un saltito de felicidad aplaudiendo alegremente y corriendo hacia la pokébola que había apagado la luz en su botón central, concretando favorablemente la captura.

—¡Sabía que ibas a poder, eres el mejor, Seven! —felicitó con inesperado cariño a su pokémon de agua, levantándolo con un brazo y dándole un cariñoso abrazo mientras con su otra mano recogía la pokébola en el suelo. Con lágrimas de emoción en sus ojos, el camaleón le devolvió el abrazo a su entrenadora, dilatándole las pupilas por efecto de sus propias lágrimas y haciéndola llorar sin control mientras saltaba de felicidad. Hop miraba con disgusto aquella actitud exagerada y ciclotímica de la entrenadora, no podía creer que estuviese observando a la misma que le había dicho "enano" antes.

Tras guardar a sus pokémon, los dos entrenadores oriundos de Postwick se acercaron tímidamente por el camino de tierra hasta la entrenadora, que volteó a verlos con cómicas lágrimas en sus ojos irritados y sus brazos aun estrujando cariñosamente al Sobble, que ya se había hartado del afectuoso abrazo y sollozaba con la cabeza caída y las patas colgando inertes a los costados.

—Perdón por cómo les grité antes —dijo incorporándose, y haciendo una exagerada reverencia hasta que su boina verde casi se le cae de la cabeza—. No eres tan enano, solo que hacía rato lo único que veía era a este Onix tan enorme, y en comparación, bueno…
La chica balbuceaba torpemente, sin hallar las palabras adecuadas para excusarse. Hop soltó un resoplido, resignado, y decidió dar por finiquitado el asunto haciendo un ademán con las manos. Victor se puso delante de ella, con los ojos entornados, escudriñándola con la mirada furtivamente. Ella retrocedió unos pasos, arqueando una ceja.
—¿Q-qué te pasa?
—¿No me reconoces? —dijo el castaño, imitando lo mejor que pudo la expresión de terror que tenía cuando se la encontró en el bosque la noche anterior—. ¡Nos vimos en el Bosque Oniria!

Hop los miró extrañado, con una mano acariciando su barbilla y gesto desconfiado. ¿Era ella entonces la chica que su amigo le había mencionado reiteradas veces mientras eran acechados por aquél pokémon en el bosque? La chica de cabello castaño hizo una mueca, encogiéndose de hombros.

—No sé a qué te refieres, seguro me confundiste con alguien más.
—¡Claro que no! ¡Estoy seguro de que eres tú! —Victor estaba desesperado. No podía haberse vuelto tan loco allí perdido como para incluso alucinar con alguien que ahora tenía de pie frente a él—. ¡Tienes la misma boina con el pompón, y ese pulóver gris de lana gruesa, y ese vestido corto y fucsia!
Victor enumeraba cada una de las prendas de la chica, cuyo tono de piel pasó del blanco más claro al rojo más intenso. Su Sobble hizo una mueca de disgusto contra Victor, y le escupió un chorro de agua directo a la cara, echándolo hacia atrás.
—¡So-bel!
—¡¿Y qué hay con mi atuendo?! ¡Muchas chicas a la moda visten así! —le chilló la entrenadora, cubriéndose con los brazos, apenada, mientras Sobble trepaba por su espalda hasta posarse en su hombro.
—Bueno, eso de "a la moda" es ciertamente cuestionable —murmuró en voz baja Hop, desviando la mirada.
—¡¿Y tú de qué rayos hablas?! ¡Si pareces disfrazado de Drapion inflable con esa ropa!
—¡No me refería a eso! —cortó Victor, uniendo sus palmas en señal conciliadora y de disculpas—. Quiero decir… Que estoy seguro de que ya nos conocimos antes. Y no fue hace mucho tiempo, fue esta misma madrugada, hace tan solo unas horas. Primero creía estar soñando, o teniendo alucinaciones de algún tipo, pero no solo te vi de pie frente a mi en el Bosque Oniria, al sur del Pueblo Postwick, sino que sentí tu espalda chocar contra la mía mientras nos acorralaban esos pokémon salvajes. Y oí tu voz claramente. La misma voz que sale ahora de tu boca. ¡No puedo creer que no recuerdes nada de eso!

La chica lo miraba con una mezcla de desagrado y un poco de lástima, frunciendo el entrecejo e inflando un cachete en mueca de reproche. Pero lo que decía Victor, por extraño que le resultase, sonaba absolutamente sincero de su parte. Parecía desesperado por hacerla recordar lo vivido apenas unas horas atrás, pero ella estaba segura de haber estado cazando pokémon nocturnos esa noche, en medio del Área Silvestre. ¿Tal vez el Bosque Oniria formase parte del Área Silvestre? No, él había dicho "Postwick", y ese pequeño pueblito rural se hallaba muy al sur de la región, demasiado lejos de ahí.

—Todo esto suena a película de ciencia ficción, a decir verdad —empezó Hop, intentando calmar los ánimos, aún sin entender del todo lo que ocurría—, pero será mejor que lo dejemos así como está. De todas formas, acá estamos los tres, sanos y salvos. Sobrevivimos al Bosque Oniria, al Onix, al clima. ¿Por qué no mejor mirar hacia adelante?
La chica soltó un largo suspiro, encorvándose en el lugar.
—De acuerdo —aceptó—, solo quiero dejarte en claro que no soy una especie de pokémon o ser del espacio que puede teletransportarse a sus anchas. Si fuera así, no estaría aquí perdiendo el tiempo.

Victor no podía escapar a sus propios pensamientos, pero tuvo que aceptar que la discusión no tenía más rumbo ni sentido, así que se tragó las palabras.

—Como sea —concluyó, aclarándose la garganta—. Aun así, no sabemos tu nombre. Yo soy Victor, Victor Evans, mucho gusto.
—Y yo soy Hop —saludó el peliazul, como quien no quiere la cosa. Victor percibió que se rehusaba a revelar su apellido ante la chica, quizás temiendo que se trate de otra fanática de su hermano mayor y que lo atosigue solo por tener su misma sangre corriendo por las venas. Menos aún luego de que lo llamara "enano" con tanto desprecio en medio del combate contra Onix.
Finalmente, la chica les devolvió una espléndida sonrisa, secándose las lágrimas de los ojos y devolviendo a su agotado Sobble a la pokébola, prendiéndola cuidadosamente a una de las correas de su mochila.
—Mi nombre es Gloria Scott —se presentó, posando una mano en su pecho delicadamente—. Vengo de Ciudad Hulbury, en la costa este de la región.
—¡Genial! ¡En Hulbury está el Gimnasio Pokémon de Nessa! —exclamó Hop con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Y qué hacías por aquí? —se preguntó Victor—. Aparte de cazar Onix salvajes casualmente.
Gloria soltó una dulce risita. Era una persona totalmente diferente cuando no estaba cabalgando Onix intentando capturarlos.
—Entrenaba a mis pokémon, además de capturar algunos raros para registrarlos mejor en la Pokédex.

A propósito de eso, la chica recordó algo, y hurgó en su mochila su propio SmartRotom, que encendió y utilizó para escanear con un rayo de luz rojo la pokébola de Onix en su otra mano. El aparato indexó la información de la pokébola y tras ella oprimir un par de comandos en la pantalla, hizo desaparecer como por arte de magia la esfera carmesí que reposaba en la palma de su mano. Victor y Hop no daban crédito a lo que sus ojos veían.

—¡S-se teletransportó! ¡Al final sí que eras un ser del espacio! —rugió Hop, aterrado, apuntándole con el dedo índice con tanta fuerza que, si hacía un poco más, éste salía disparado cual torpedo hacia su frente. Gloria le propinó un fuerte coscorrón en la cabeza.
—¡Claro que no, tonto! —gruñó, enseñando los colmillos—. ¿Es que no saben nada? Simplemente envié a Onix al laboratorio pokémon, allí podrá descansar mejor. Además, no pensaba llevarlo en mi equipo de todas formas, es un pokémon muy grande y agresivo como para manejarlo fácilmente, todavía me falta experiencia.
—No sabía que el SmartRotom pudiera hacer eso… —murmuró Hop, observando su propia Pokédex.
—Gloria, ¿eso significa que estás participando oficialmente en la Liga Pokémon? —le preguntó Victor, recordando la impresión que le había generado descubrir que tenía uno de los pokémon iniciales de Galar.
La chica asintió, con una sonrisa y un adorable guiño de ojo.
—¡Así es! Seven y yo comenzamos nuestro viaje hace unos días, y entrenamos cerca de la montaña para aprovechar su ventaja como pokémon de tipo agua, contra los de tipo roca y tierra que habitan por acá.
—Es una buena manera de planearlo —tuvo que reconocer Hop, sin ocultar la envidia que le producía el pensamiento lógico de la chica.
—Veo que quieres mucho a tu pokémon —le sonrió Victor—. Sobble parece ser muy tímido e inseguro, así que tu manera de entrenarlo, un poco ruda pero aún consciente de su ventaja de tipos por sobre pokémon que en otras condiciones serían mucho más fuertes, es una excelente forma de reforzar su confianza.
—Y un poco bestia, también —puntualizó Hop, para luego recibir su merecido coscorrón por parte de Gloria.

Por consejo de la entrenadora, los chicos intercambiaron sus números de ID para registrarse mutuamente en sus SmartRotom, así podrían estar en contacto por cualquier eventualidad. Asimismo, acordaron enviar a los pokémon que habían capturado al laboratorio de Wedgehurst, seguramente estarían bien al cuidado de Sonia.

El cielo, poblado de nubes grises, dio paso a gotas de lluvia y algunos truenos que retumbaron con eco a lo largo del Área Silvestre -o al menos, de aquella zona en la que se encontraban—. Victor se percató de la hora, y no les quedaba mucho tiempo libre para deambular sin rumbo a la intemperie antes de llegar a Ciudad Motostoke, así que apretaron el paso en dirección al norte, guiados por un camino de tierra alejado de la hierba alta para no llevarse grandes sorpresas cuando un pokémon salvaje se cruce en su camino. Mientras caminaban, Victor y Hop intercambiaban miradas cómplices y nerviosas a la vez, recordando ambos lo que había ideado el peliazul cuando viajaban en tren por la mañana. Gloria caminaba delante de ellos dos, con el paso firme y la mirada enérgica, observando atentamente a su alrededor en busca de nuevos pokémon para capturar. Sin mediar palabra, supieron en ese momento que habían encontrado su brújula moral.

Continuará…

TRAINER's PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.10) "Haneki"
- Rookidee (Lv.9) "Gear"

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.10) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.8) "Lulú"

Gloria Scott
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Sobble (Lv.11) "Seven"