Capítulo 7 – Motostoke: Preguntas, respuestas, bolas y… ¡Yell!

—Gloria, hey, Gloria —una mano sacudió suavemente el hombro de la chica, que abrió pesadamente sus ojos café, cegándose momentáneamente por los rayos de luz que ingresaban por la entrada de la carpa.

Victor se encontraba agachado con aspecto somnoliento y su corto cabello castaño totalmente despeinado, sin el beanie gris puesto y tratando de despertar a la joven. ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Todo su cuerpo estaba entumecido, y sus recuerdos volaban alborotados en su mente, sin poder sincronizarse adecuadamente, por lo que su noción de la realidad estaba levemente difusa a primera hora de la mañana.

—Vinieron por Tim, creo que deberías despedirte de él —murmuró el entrenador, mientras se incorporaba al comprobar que la chica ya había entornado sus ojos y soltaba un gran bostezo.

Estaban en la carpa, un refugio de reducido pero suficiente espacio donde hasta cuatro personas podían pasar las noches a la intemperie protegidos de adversidades climáticas para recuperar las energías. Gloria se encontraba en su bolsa de dormir roja, con su Yamper Cookie durmiendo sobre sus piernas, hecho una bola peluda de colores pastel. A su lado había otras dos bolsas de dormir, una gris y otra azul, ya desarmadas y desperdigadas por el suelo de lona de la carpa negra, pero en ellas dormitaban a pata tendida Grookey, Scorbunny y Sobble, que en lugar de babas inflaba burbujas de lágrimas por el rabillo del ojo, mientras Scorbunny cruzaba sus patas por encima del chimpancé, dándole pataditas en el estómago mientras éste percutía en sueños con unas baquetas invisibles. La chica contempló con ternura a los pokémon un instante, y luego se incorporó con cuidado de no despertar a Cookie, deslizándose suavemente hacia un costado mientras el perrito eléctrico se hacía un ovillo entre la colcha de la bolsa para dormir.

—¿Qué hora es? —preguntó ella, tambaleándose un poco mientras se ponía de pie. Tenía puesto por pijama un pantalón corto de poliéster color rosa y una camiseta blanca sencilla y sin mangas. Victor ya se había puesto sus jeans rotos con bolsillos forrados en tela verde con diseño cuadriculado, y una camiseta de mangas cortas color beige con estampado de siluetas de edificios y pokémon fantasmales.
—Las nueve y media. Los padres de Tim llegaron hace un rato, están afuera con él y con Hop —le informó Victor antes de salir de la carpa.

La chica parpadeó un par de veces, mientras se peinaba el cabello con las manos. A través de la entrada pasaban rayos de luz tibios, que indicaban que aquella mañana el clima en el Área Silvestre era completamente distinto al de la tarde anterior. Tanteando en un paquete de galletas que había sobre una de las bolsas de dormir, la chica salió de la carpa.
Afuera comprobó que el clima esa mañana era no bueno, sino inmejorable. El inmenso cielo de Galar se encontraba tan despejado como pocas veces lo había estado, y un apabullante Sol se desperezaba extendiendo sus rayos de luz hasta donde alcanzaba la vista, y más allá de las enormes montañas que circundaban el terreno. De día, podía divisarse mejor la grandeza de Ciudad Motostoke, que alzaba sus muros de ladrillos color bordó, y el vapor que salía de las máquinas que hacían funcionar sus mecanismos internos, proveyendo a todos de agua, luz y energía.

A pocos metros de la entrada se encontró con cinco personas que conversaban de pie sobre el terreno descampado, con pasto aún mojado y la tierra removida, además de pedruscos desperdigados por el suelo alrededor del enorme cráter que había quedado tras la aparición del Gigantamax. Tim se encontraba en brazos de su madre, que lo consolaba acariciándole el cabello y la espalda, mientras que su padre hablaba con Hop, acompañado por Lulú, junto a un hombre joven de complexión fuerte, que vestía anteojos de Sol de marco blanco y el uniforme oficial que utilizaban los empleados de la Liga Pokémon, y que consistía en un chaquetón blanco y negro cerrado al cuerpo con pantalones a juego, así como una gorra blanca con el logotipo de la liga en color rojo y azul. El Pikachu de Tim, ya en su tamaño natural, se encorvaba cabizbajo detrás de la mujer, que en un momento bajó a su hijo pequeño y lo alzó en brazos, dándole también un cariñoso abrazo al pokémon eléctrico. Cuando el niño vio salir a Gloria, corrió de inmediato con ella dándole un fuerte abrazo, hundiendo su cara con ojos llorosos en el estómago de la chica. La madre de Tim, con Pi-Chan en brazos, la saludó con la cabeza amablemente, y ella creyó leer en sus labios la palabra "Gracias". Sobre el techo de la carpa se encontraba Gear, observando el precioso cielo con sus diminutos ojos rojos.

—¡Gloria, buenos días, ya vinieron por mí y por Pi-Chan! —le contaba entusiasmado el niño, mientras la chica acariciaba su cabeza rapada, que normalmente ocultaba bajo la capucha de su piloto con forma de Pikachu.
—Tim, no sabes cuánto me alegra verlos bien a ti y a Pi-Chan —sonrió con ternura la castaña, mientras el roedor eléctrico le devolvía un alegre saludo. Ella suspiró aliviada, viendo que no había rencores luego de la encarnizada batalla del día anterior—. Definitivamente lo prefiero en tamaño chico.
—¡Piiika! —chilló el eléctrico.
—Está muy bien ahora —asintió Tim, mientras flexionaba los brazos imitando una pose de musculación—. Mamá y papá son muy buenos criadores pokémon, así que lo curaron fácilmente.
—Quiero pedirte disculpas por las molestias que te ocasionamos a ti y a tus amigos —le dijo de pronto la madre de Tim, habiéndose acercado allí mientras Pikachu olfateaba la playera de Gloria estirándose desde sus brazos. Era una mujer joven y atractiva, con largo cabello gris y ojos negros como los de su hijo. Su tono de voz era suave como una brisa veraniega.
Gloria negó con la cabeza.
— No tiene nada de qué disculparse, solo ayudábamos a nuestros amigos —respondió la chica, para luego guiñarles un ojo cómplice a Tim y Pi-Chan.
—Debo insistir —cortó la mujer, con un amargo suspiro—, no debimos dejar que Tim se adentrara solo en el Área Silvestre. Tal y como te dijo, su padre y yo somos criadores pokémon, y normalmente venimos desde Pueblo Turffield para realizar labores de campo junto a nuestros pokémon. Pi-Chan es uno de ellos, con el que Tim tiene un vínculo muy especial. Ayer el clima estaba terrible y por eso decidimos venir solos, porque algunos pokémon salvajes sólo se dejan ver durante las lluvias, pero de algún modo mi hijo consiguió seguirnos junto a Pi-Chan y sucedió lo que sucedió. No podría sentirme más culpable y avergonzada por haber descuidado así a los dos.
—No se preocupe, no debe ser fácil —dijo de pronto Hop, que se acercaba con las manos en los bolsillos hacia ellas, seguido por Victor, el padre de Tim y el empleado de la Liga Pokémon—. Su hijo es un chico valiente y lleno de energía, tendría que haberlo visto cuando nos ayudó con el Pikachu Gigantamax.
Victor asintió.
—Estaba muy asustado por Pi-Chan, y aun así no se acobardó en ningún momento. Aun cuando todos estábamos muertos de miedo, él siempre confió en su pokémon. Creo que eso es importante, y de no haber sucedido como sucedió, tal vez su vínculo con Pi-Chan hoy no sería tan fuerte.

Tim y su Pikachu se miraban con complicidad y orgullo. El padre escuchaba las palabras de Hop con un gesto duro, pero guardó silencio respetuosamente y luego se acercó a su hijo, dándole unas palmadas en la espalda.

Tras una breve conversación, llegó el momento de irse. Tim se despidió con fuertes abrazos de Gloria, Victor y Hop, mientras que Pi-Chan corrió a la carpa para despedir a los pokémon que habían sido sus feroces adversarios la tarde anterior. Seven casi se muere del susto cuando vio entrar al roedor eléctrico corriendo hacia él, pero Pikachu lo saludó cariñosamente frotando sus mejillas coloradas contra las suyas. Haneki y Cheepo lo saludaron alegremente, mientras que Cookie se despertó y giró entusiasmado en torno al pokémon eléctrico, intercambiando algunas chispas amistosas entre ellos. Fuera de la carpa, los padres de Tim agradecieron una última vez a los entrenadores y los invitaron cuando quisieran a visitarlos en la guardería que tenían en la Ruta 5, en las afueras de Turffield. Subieron a su automóvil junto al chico y Pi-Chan, y partieron por el sendero de tierra hasta perderse tras la línea de horizonte. Fue entonces cuando el hombre de gafas de Sol con marco blanco se les acercó.

—Escuchen, chicos —comenzó, con un tono de voz seco y grave—, lo que hicieron fue terriblemente imprudente, así como valeroso. Las incursiones contra pokémon Dinamax son cosa seria, y se requiere de un permiso especial de la Liga Pokémon para enfrentar a criaturas tan peligrosas.
Victor y Hop agacharon la cabeza, pero Gloria se plantó frente al empleado de la Liga, con la mirada ardiente y decidida, en contraste con su aspecto de jovencita recién levantada.
—No enfrentamos a ese Pikachu Gigantamax para atraparlo, señor, sino para salvarlo de sí mismo y ayudar a Tim. Eso usted lo sabe bien.
—Gloria… —murmuró Hop, quién entendía las palabras de la entrenadora, pero también conocía el protocolo contra pokémon Dinamax, que indicaba que debía llamarse a los guardaparques y empleados autorizados de la Liga Pokémon ante apariciones repentinas de pokémon gigantes en el Área Silvestre, si es que no contaban con la autorización oficial.
—Tiene razón —se sumó Victor—. Somos conscientes de lo que hicimos, pero ese Pikachu no era un pokémon salvaje realmente, sino el amigo de ese niño. Durante el combate, sentí que no estaba dándolo todo realmente para hacer daño a nadie; solo estaba fuera de control y necesitábamos aplacarlo un poco. Y así lo hicimos, y lo volveríamos a hacer si cualquiera estuviera en peligro, sea un humano o un pokémon.

El sujeto escudriñó a los entrenadores por detrás de sus oscuras gafas, por lo que su rostro se les mostraba inexpresivo. Sus labios eran finos y alargados, y apenas se movían para hablar. Tras unos segundos, se sacó la gorra de repente y la sacudió un poco contra sus piernas, despeinando con una mano su cabello oscuro hacia atrás, y relajando completamente su postura rígida, soltando una risotada mientras se secaba el sudor en la frente.

—¡Esa actitud es propia de verdaderos entrenadores, así me gusta! —dijo el empleado de la Liga, dándole una fuerte palmada en la espalda a Victor, con tanta energía que casi lo tira al suelo.
Gloria y Hop parpadeaban en su lugar, extrañados por la repentina actitud bonachona del sujeto.
—¿Q-quiere decir que no estamos en problemas? —inquirió Hop tímidamente.
—Bueno, son entrenadores pokémon y veo que están comenzando con su viaje —analizó el sujeto mientras volvía a acomodarse la gorra—, así que temo decirles que en su camino se encontrarán con varios problemas que resolver. Pero por el momento, dejemos que lo que sucedió ayer quede en el pasado. Será mejor que se preparen para lo que se les viene… Se dirigen a Motostoke, ¿cierto?
Tras un disimulado suspiro de alivio, los tres asintieron al unísono, llenos de energía.
—Tenemos que inscribirnos en el estadio de la ciudad para la Liga —infirmó Victor, apuntando con el dedo a la ciudad que se erguía a lo lejos.
—Bien, la ciudad no está tan lejos. Les aconsejo seguir hacia el noroeste y atravesar el puente sobre el Lago Axew, por esa zona el clima está igual de radiante que aquí, y no tardarán en llegar a las escalinatas de acceso a la ciudad —indicó el hombre, señalando el sector rodeado de lagos que se alzaba desviando ligeramente el camino hacia el oeste.

Los chicos le agradecieron al empleado de la Liga Pokémon, quién se despidió de ellos continuando su recorrido por el Área Silvestre, silbando por lo alto una canción. El día estaba espléndido y soleado, pero la brisa proveniente de los lagos refrescaba lo suficiente para que el calor no abrase, por lo que no había tiempo que perder. Regresaron a la carpa junto a sus pokémon y los devolvieron a sus pokébolas luego de un nutritivo desayuno de curry preparado con bayas -Victor resultó ser un estupendo cocinero, ayudado por la guía de supervivencia que le había dado su madre-. Luego se cambiaron y empacaron todo para continuar el viaje.

—A todo esto, ¿no ibas a decidir si venir con nosotros o no? —le dijo Hop a Gloria, mientras ataba la bolsa de dormir a su mochila.
—La batalla múltiple quedó inconclusa, así que tendremos que dejarlo para otra ocasión —agregó Victor con un suspiro exagerado, encogiéndose de hombros.
La chica frunció el ceño, ruborizándose ligeramente.
—¿Creen que no pensé en eso?
—No lo sé —se encogió de hombros Hop—. Pero pareces el tipo de chica que piensa más en la forma de noquear a un Gyarados salvaje y capturarlo que en conseguir compañeros de viaje.
—Sería más fácil de lo que creen con Cookie a mi lado —sonrió confiada, dándose ínfulas—. Pero está bien, creo que, hasta que podamos darnos nuestra revancha, será interesante viajar con un par de cabezas duras como ustedes.

La chica extendió su brazo hacia el cielo y, tras intercambiar una sonrisa de camaradería entre ellos, Victor y Hop le chocaron los cinco al mismo tiempo, sellando así simbólicamente el contrato que los uniría en el largo camino que tendrían por delante.

El tramo final hacia Motostoke fue tan placentero, luego de los últimos dos caóticos días de aventura de los entrenadores de Postwick, que no podían creer que ningún dragón de alto nivel hubiera salido entre el pasto para patearles el trasero. Gloria, por su parte, se mostraba frustrada por eso mismo, pero al menos se había sacado las ganas de enfrentar y capturar a un Diggersby de alto nivel que se interpuso en el camino, gracias al recientemente aprendido ataque de hidropulso de Seven. Además de eso, los tres entrenadores se hicieron con algunos pokémon más que encontraron en el camino. La chica capturó también un Cutiefly que volaba sobre un jardín de dientes de león, así como un Growlithe y Zigzagoon. Victor se encargó de capturar un Pancham que lo desafió directamente saltando entre unas plantas de bambú sobre el lago, así como un extraño pokémon que giraba lentamente levitando bajo los rayos del Sol, que su SmartRotom identificó como Baltoy. Hop se había enfocado más en los combates, y aceptaba cada desafío al que lo retaban entrenadores que en su mayoría volvían de inscribirse en Ciudad Motostoke, y presentaban pokémon de nivel bastante avanzado, por lo que Cheepo y Lulú subieron rápidamente de nivel. Además de eso, había conseguido hacerse con un Frillish que flotaba tétricamente sobre el agua del Lago Axew al momento de cruzar el puente de madera, así como un Mudbray salvaje y bastante aguerrido al que llamó "Donky". Tras unos cuarenta minutos más de caminata, durante los cuales se iban cruzando en el camino con más entrenadores que venían de la gran ciudad, encontraron el acceso a Motostoke.

—¡Por Arceus, Hop, mira esas escaleras! —se exaltó Victor, corriendo hacia las enormes escalinatas al pie de la ciudad, que alzaba sus gruesos muros de ladrillo por encima de los cincuenta metros de altura, posiblemente para prevenir a la ciudad de algún pokémon en estado Dinamax que pudiera descontrolarse en las inmediaciones. El castaño sacó su SmartRotom y comenzó a hacerse selfies recostado en las escaleras, como si fuera la construcción humana más espectacular que hubiera visto en su vida—. Las de casa no se parecen en nada a estas.
—Ya estuve varias veces en Motostoke, Victor —hizo rodar las pupilas el peliazul—, principalmente para ver algunos de los combates que dio mi hermano en el estadio.
—Eres tan campesino que me das cierta ternura —reconoció Gloria, con una gruesa gota de sudor cayéndole por la frente, mientras saludaba con la mano a los guardas que custodiaban el acceso a la ciudad a ambos lados de las escaleras. Victor enrojeció, y guardó rápidamente su SmartRotom.

Subieron a toda prisa por las escalinatas y, al ingresar finalmente tras los muros de la gran ciudad, Victor tuvo que contener sus manos, temblorosas, para no ponerse a fotografiar todo cuanto se interpusiera ante sus ojos: era una urbe descomunal y avasallante, con toda clase de edificios, tiendas e incluso máquinas de acero puro, que subían, bajaban, giraban y soplaban vapor entre sus hendijas. El sonido de los engranajes rodando, del metal chocando, de los intrincados circuitos industriales que proveían de energía a toda la ciudad y la hacían funcionar a base de fuerza, calor y vapor. Los transeúntes eran personas de todas las edades -Victor estaba acostumbrado a ver más ancianos que jóvenes en Postwick—, con distintos estilos y acompañados, muchos de ellos, por toda clase de pokémon que no había visto ni en el Área Silvestre, ni en la guía de supervivencia que le había obsequiado su madre. Unos niños jugaban a la rayuela en las calles junto a sus Wynaut, mientras que a pocas calles veía descender desde los cielos a toda clase de pokémon voladores de gran envergadura, que transportaban a sus propios entrenadores, o incluso los famosos Corviknight de la empresa Aerotaxis Galar, que por una suma de dinero podían transportarte a cualquier punto de la ciudad, o ciudades aledañas.

La ciudad parecía estar dividida en tres niveles, existiendo una serie de plataformas con sistema de poleas que hacían las veces de elevadores que interconectaban a la ciudad, siendo el nivel bajo uno con mayor concentración de maquinaria industrial, con canales de agua y callejones cubiertos de vapor, y el nivel alto el que concentraba los edificios más grandes, tales como el Estadio Motostoke, donde se encontraba el legendario gimnasio de la ciudad, considerado por muchos como el más difícil para los entrenadores novatos por su elevada curva de dificultad, así como el lujoso Hotel Budew donde se había hospedado muchas veces el mismísimo campeón, rodeándose de fanáticos que se agolpaban en la entrada del mismo con la esperanza de poder verlo, saludarlo, tomarle fotos o, mejor aún, recibir su autógrafo en su propia tarjeta de liga, subiendo considerablemente su valor de mercado entre los coleccionistas.

—Todo en este lugar parece vivo —balbuceaba el castaño mientras recorrían las calles de piedra y granito, esquivando a la multitud que avanzaba en todas las direcciones.
—Bueno, después de Ciudad Hammerlocke, Motostoke es la fuente de energía más importante para Galar —explicó Gloria sin darle mayor importancia, mientras buscaba con la mirada el Centro Pokémon más cercano.
—Ambas capitales conectan con las principales ciudades y rutas de la región, así que también son puntos de encuentro de muchísima gente, y paradas obligadas en sus viajes —continuó Hop, mucho más interesado en el tema, seguramente por provenir, como Victor, de un pueblo rural y apartado con casi nula actividad industrial, más allá de esquilar a los Wooloo—. Por eso aquí hay tantos negocios de las mejores marcas. ¡Mira la boutique de allá! Seguro venden mochilas mucho más grandes y pesadas que esta.
Victor alzó una ceja.
—Pero si tuviste la oportunidad de comprar una como la mía y te pareció demasiado grande e incómoda de llevar —le espetó el castaño, mientras Hop hacía como que no lo escuchaba, hurgándose la oreja con el dedo meñique.
—Lo hablamos mejor en el Centro Pokémon, ¿sí? —cortó la chica, tomando a sus compañeros por las manos y comenzando a caminar a una velocidad muy por encima de la media en dirección al moderno edificio con techo rojo de neón.

Tras atravesar las puertas corredizas de cristales templados, los chicos dejaron a sus pokémon recuperándose con la amable enfermera de turno, y luego se dirigieron al buffet para llenar sus estómagos con la mejor comida chatarra que pudieron pagar. De los tres, Hop era claramente el que poseía la billetera más abultada, mientras que Gloria, por su parte, parecía quebrada y tuvo que aceptar que los chicos le inviten la comida. Luego del almuerzo se dirigieron al área de comunicaciones, un sector de todo Centro Pokémon provisto de pantallas en las paredes desde donde podían comunicarse por videollamada, actualizar sus perfiles ID de la liga o transportar pokémon hacia el laboratorio de la profesora Magnolia, al que Victor y Hop decidieron llamar. Los expresivos ojos jade de Sonia aparecieron apretujados contra la pantalla.

—¡¿Por qué tardaron tanto?! —les reprochó la pelirroja, con más lágrimas en los ojos de las que Sobble podría tolerar—. ¡Se suponía que llegarían ayer por la tarde a Motostoke!
—Lo sentimos, pero el tren tuvo que detenerse en el Área Silvestre por mal clima —se encogió de hombros Victor, mientras Hop se hurgaba la nariz esquivando a Sonia con la mirada y con gesto de hastío.
La pelirroja se dio una palmada en la frente.
—Pero si el tren partió a Motostoke a los veinte minutos. ¿No se enteraron? Un escuadrón de ayuda especial sacó toda la nieve en muy poco tiempo y la formación avanzó apenas con unos minutos de retraso —informó la chica, agarrándose el tabique de la nariz con el dedo índice y pulgar. Victor y Hop cayeron de bruces al suelo, dejando ver tras ellos a una aburrida Gloria.
Sonia la reconoció al instante, y no pudo ocultar su sorpresa.
—¡T-tú eres esa entrenadora! —chilló la pelirroja, apoyando su dedo inquisidor en la pantalla del monitor y tapando casi toda la imagen.
La chica de pelo castaño parpadeó un par de veces, curvando una sonrisita incómoda y alzando la mano a modo de saludo. Desde el piso, los chicos no podían creer toda la información que comenzaba a llegar a sus cerebros.
—Supongo que lo soy —admitió la chica.
—¿A qué se refieren? —preguntó Hop, alternando la mirada entre ellas.

Sonia soltó lo que parecía ser un resoplido, y arqueando una ceja hurgó entre los archivos de su propio SmartRotom, acercándolo a la pantalla. Allí podía verse con claridad la fotografía de una chica con expresión incómoda con un Yamper y un Sobble en brazos, mientras un rostro familiar sonreía y hacía el gesto de la victoria con la mano, rodeándola por los hombros con el brazo. Victor y Hop estaban boquiabiertos, pero algo en ellos les decía que era absolutamente lógico, y que desde el principio tuvieron las pistas revoloteando en sus narices: en la fotografía se encontraban Gloria y Leon, el campeón de Galar y hermano mayor de Hop. El mismo que había llegado volando a Wedgehurst hacía unos días atrás, y les había entregado sus pokémon iniciales a falta de un tercero que había "extraviado en el Área Silvestre", donde a su vez había "encontrado lo que buscaba".

—Victor, Hop, la chica que está con ustedes es a quien el irresponsable de Leon le dio uno de los pokémon iniciales que le confié —explicó Sonia con el ceño fruncido. Gloria se tapaba la cara de la vergüenza viendo lo mal que había salido en esa fotografía.
—¿Y cómo terminó mi hermano dándote a Sobble? —preguntó Hop, rascándose la cabeza.
—Bueno, creo que le causé buena impresión en nuestro encuentro en el Área Silvestre así que… —se encogió de hombros la chica de pelo marrón, para luego enmudecer unos segundos haciendo un gesto pensativo—. ¡¿He-hermano?! ¡¿Leon es tu hermano?!
Sonia suspiró.
—Parece que hay mucho para explicar… En fin, ahora mismo estoy esperando a que llegue la profesora Magnolia, últimamente hubo muchísima actividad de pokémon Dinamax en el Área Salvaje, así que seguramente en estos días hagamos trabajo de campo por ahí. Ustedes enfóquense en inscribirse, si todavía no lo hicieron, y no se pongan en peligro estúpidamente. ¡Tengan mucho cuidado con los Dinamax, que no son para novatos!

Los tres entrenadores intercambiaron miradas de circunstancia, y prefirieron no comentar nada de lo ocurrido ayer con Tim y su "adorable" Pi-Chan. Finalmente, la pelirroja les deseó mucha suerte y cortaron la comunicación despidiéndose de ella. En unos segundos habían descubierto que su cruzada por el Área Silvestre podría haberse evitado con solo aguardar en la estación unos minutos, y que la chica que por esos azares del destino se habían encontrado ahí y viajaría junto a ellos había sido elegida, en circunstancias desconocidas, por el mismísimo campeón en persona, que le había entregado a Seven contra todo pronóstico. Los hilos se cruzaban y enredaban de formas cada vez más intrínsecas en el manto del destino que era la vida.

Una vez sus pokémon se hubieran recuperado por completo, los chicos partieron rumbo al gran estadio de Motostoke, que normalmente funcionaba como sede para el gimnasio de la ciudad, pero que esa semana había sido el elegido para inaugurar oficialmente el evento anual del Desafío de los Gimnasios, donde el mismísimo presidente Rose en persona recibiría a los aspirantes a participar de la liga, así como a los líderes de gimnasio que viajarían especialmente para la fiesta inaugural. Por dicho motivo, el movimiento en Motostoke era mucho más alborotado aquellos días, y gente de toda Galar acudía para no perderse dicha ceremonia, además de aquellos que, como nuestros protagonistas, buscaban alcanzar a tiempo su lugar en la inscripción para emprender su viaje en búsqueda de las medallas de gimnasio.

—Bueno, ya son casi las tres y hoy se reciben inscripciones hasta las cinco, así que todavía podemos perder un poco más de tiempo —pensó Hop mientras miraba entusiasmado las vidrieras de los locales en la avenida principal de Motostoke, donde podían verse objetos tan disímiles como máquinas técnicas para enseñar poderosos ataques a los pokémon, hasta raras tarjetas coleccionables de entrenadores de la liga.
—¿En serio te parece una buena idea retrasar eso? —le espetó Victor, sin poder evitar distraer la mirada en las vidrieras como su amigo.
—¡Nada de eso! Vamos a anotarnos ahora mismo, ya perdimos demasiado capturando pokémon allá afuera —gruñó Gloria con ojos ardientes, mientras se abría paso entre la gente avanzando hacia el elevador central de Motostoke, que conducía directamente al gran estadio.
—Pero si tú estabas perdida en las montañas buscando Onix para matar —musitó Hop, en tono lo suficientemente bajo para que la chica no alcanzara a oírlo.

Dos contra uno, finalmente se resignó a seguir a la chica y a Victor. Aunque posiblemente fuera el que más ganas tenía de alzarse con la corona y la capa de campeón en la Liga Pokémon, Hop tenía una personalidad irresponsable con respecto a cualquier clase de trámite o papeleo administrativo, por lo que nunca había querido acudir a las clases en el laboratorio pokémon de Wedgehurst, prefiriendo aprender todo lo que sabía viendo los combates de la liga por televisión y leyendo las revistas que había heredado de su hermano mayor cuando éste emprendió su viaje. Tras subir a la plataforma de acero y oprimir un botón, las cercas de seguridad se trabaron y una serie de engranajes y manivelas la elevaron en ángulo circular, sacudiéndolos un poco. A Victor le pareció una experiencia de lo más divertida, y lo más cerca que había estado nunca de un parque de diversiones.

Al salir del elevador y caminar unos pocos metros se encontraron de frente al imponente estadio de la ciudad, un coliseo de torres que rodeaban un techo semi abierto construido en ladrillos y hierro, con estandartes de los diez gimnasios oficiales de Galar colgando a lo largo de sus enormes paredes, encima de un recibidor en la entrada alfombrado con motivos de fuego, el tipo elemental que representaba el gimnasio que funcionaba ahí mismo. Victor admiró, fascinado, lo imponente de aquella construcción arquitectónica, recorriendo con la mirada los alrededores del estadio hasta detenerse en una particular figura circular que no formaba parte del estadio, sino que se interponía delante suyo, como salida de la nada misma. Se trataba de un sujeto alto y fornido, que vestía un polo rojo al cuerpo y bermudas grises por las rodillas, dejando ver piernas y brazos marcados y musculosos de piel pálida y blanquecina, así como una gigantesca cabeza con forma de pokébola, con un par de inexpresivos ojos pintados y una sonrisa aniñada con dientitos prominentes.

—¡Hola amiguitos entrenadores, bienvenidos al Estadio de Motostoke! ¿Pueden creer que estén hablando con una pokébola? —saludó amigablemente con un infantil tono de voz, claramente impostado.
Victor temblaba shockeado en su lugar. Esa pokébola estaba demasiado cerca de su rostro.
—No estamos hablando contigo —cortó Gloria, secamente, mientras Hop se le adelantaba entusiasmado.
—¡Pero si es Bolifacio, el Señor Bola! —gritó en éxtasis, con los ojos color miel brillando de ilusión—. ¡¿Me recuerda?!
M-mier… —sollozó una voz seca y grave bajo la máscara.

Al parecer, había reconocido aquél tono entusiasta y, al torcer su gigantesca cabeza y fijarse en Hop, algo en su inexpresivo rostro de cartapesta adoptó un tenor dramático y cercano a la locura. Parecía, de pronto, estar al borde del colapso, sudando a mares y maldiciendo al universo por haberlo puesto de turno justo ese día, a esa hora y en aquella maldita ciudad donde el chico que lo había vuelto loco desde pequeño volvía a aparecérsele repentinamente, hurgando con esa horrible sonrisa de entusiasmo en el rostro por su SmartRotom para tomarse una fotografía juntos. Otra fotografía juntos. ¡Pero si ya debía tener al menos veinte fotos con ese mocoso! ¿Cuántos años tenía? ¿Quince? ¡¿Y aún quería una foto con una estúpida pokébola con cara?! El peliazul se colocó junto al Señor Bola y alzó el pulgar enseñando sus dientes con una enorme sonrisa, apuntándose con la cámara del SmartRotom y tomando una foto rápidamente, pero no tan rápido como las ejercitadas piernas de Pokebolón, que salió corriendo disparado como un torpedo, evitando la foto, y buscando algo en los bolsillos de sus bermudas, arrojando al suelo tres objetos con los que Hop resbaló al intentar perseguirlo, cayendo de espaldas sobre el suelo de piedra, mientras el tipo de la máscara se perdía en el horizonte, dándose a la fuga.

—Auch, ¿qué fue eso…? —balbuceaba Hop frotándose la espalda con una mano, mientras con la otra tanteaba el suelo, recogiendo uno de los objetos misteriosos arrojados por el sujeto al huir.

Resultaban ser tres pokébolas, y una de ellas rodó hasta chocar con el pie de Victor, que se agachó para recogerla con curiosidad, y un poco de miedo. Tras sacudirla notó algo moviéndose dentro, y oprimió el botón central abriéndola y revelando un papelito que decía "Un obsequio con cariño de tu amigo: El Señor Bola 3".

—Es una pokébola —dijo Gloria, inexpresiva, mientras leía el mismo mensaje en la que tenía en sus manos.
—¡Sí! ¿No es genial? ¡Una pokébola gratis! —exclamó Hop, mientras se incorporaba lentamente, notablemente adolorido por la caída.

Victor y Gloria hicieron rodar sus pupilas. Finalmente, todos ingresaron juntos al estadio para la inscripción. Tras una larga fila, consiguieron anotarse; una amable recepcionista les pidió sus SmartRotom para verificar sus credenciales ID como entrenadores oficiales, y les añadió el sello digital con el logo de la Liga Pokémon, además de entregarles a cada uno un aro de oro, con una ranura interna para incrustar ahí las medallas de gimnasio requeridas para participar del Torneo de Campeones, donde podrían escalar posiciones para enfrentar y derrotar al campeón de Galar.

—Además, para participar del Desafío de Gimnasios van a necesitar de toda la fuerza de sus pokémon, y eso incluye su potencial oculto, aquél que gracias al presidente Rose pueden despertar —sonrió amablemente la recepcionista, sacando de debajo del mostrador un estuche y entregándoselo a los tres entrenadores—, alcanzando el estado Dinamax. Por eso, les entrego las Muñequeras Dinamax, cortesía este año de la corporación Macro Cosmos, patrocinadores directos de la Liga Pokémon —la recepcionista hablaba a toda velocidad, pero su voz era clara y el tono no demasiado chillón, con lo cual no resultaba incómodo oírla. Y mucho menos recibiendo de sus manos el brazalete que tanto se había popularizado los últimos años—. Les informo, de todas formas, que las muñequeras sólo funcionarán dentro de los estadios de la liga, así como en determinados sectores del Área Silvestre. ¡Úsenlas sabiamente, y mucha suerte!

Luego de colocarse las muñequeras, se dirigieron al League Store del estadio para comprar sus equipos deportivos reglamentarios para participar de los eventos oficiales. Consistía en una camiseta blanca con franjas azul y rojas a los costados, pantalones cortos del mismo color y zapatillas para correr -según parecía, las batallas de gimnasio en Galar eran más intensas que en otras regiones, por lo que los entrenadores debían estar listos para moverse en el campo de batalla-. Todo ello llevaba grabado un número especial elegido por cada entrenador. Así, Victor eligió el 272 para su camiseta, mientras que Hop escogió el 189 y Gloria el 606. Por sugerencia de la vendedora fueron a la cabina fotográfica para actualizar su foto de ID en el SmartRotom, además de poder imprimir finalmente sus propias tarjetas de liga, posiblemente el acontecimiento más grande para Hop, solo superado por el de conseguir el título de campeón.

Victor y Gloria hicieron rápido ese trámite, pero Hop les insistió en que se tomaría su tiempo para ensayar bien la pose y descripción que usaría en su tarjeta, por lo que los dos chicos decidieron salir del estadio y darse un rato libre cada uno. Gloria se quedó en los campos de batalla fuera del estadio, combatiendo contra otros entrenadores, mientras que Victor decidió recorrer un poco más Motostoke.

Aprovechó para comprarse algunas prendas nuevas en la boutique, optando por una playera blanca con el dibujo de un Shuckle comiendo curry y una chaqueta sencilla con capucha negra. Sintió el impulso de seguir comprando cosas, pero decidió cuidar más su dinero, siguiendo los consejos de la guía de supervivencia y escuchando en su cabeza el regaño monumental de su madre si se enteraba que despilfarraba todo en ropa de moda antes que en lo verdaderamente importante, que era su equipo como entrenador. Así que eligió guardar el resto para comprar más tarde pokébolas y pociones para la aventura.

Tras pagar en caja y salir con la bolsa de compras, alguien pasó corriendo y lo llevó por delante, cayendo los dos al suelo. Victor abrió los ojos aturdido y se encontró con una chica joven, seguramente de su misma edad, de rodillas en el suelo sobándose la frente con una mano, mientras le dedicaba una gélida mirada con sus ojos celestes. Llevaba el cabello negro recogido en dos coletas, dejando ver un costado de la cabeza rapado en un degradado con tres franjas, y sobre su cabeza se aferraba un pequeño pokémon regordete que le recordó a Pi-Chan, solo que sus mejillas eran rosadas, y su paleta de colores se dividía con líneas de pelo zigzagueantes entre el marrón del lado izquierdo, el amarillo en medio y el negro a la derecha. La chica le dedicó un gruñido a Victor, que creyó oír también una especie de insulto con acento de barrios bajos saliendo sutilmente de los labios de la chica, quien se incorporó con agilidad y salió corriendo lejos de allí, doblando en una esquina y perdiéndose entre las calles de Motostoke. Victor parpadeó en el lugar unos segundos, poniéndose de pie mientras caía en la cuenta de que se trataba de la misma chica que los había visto hacer el ridículo en el tren que los dejó varados en el Área Silvestre, y que había estado hablando con el maquinista cuando se detuvo en el andén.

—¡Oye, tú! —le gritó una voz ronca al otro lado de la calle. Volteó hacia la dirección desde donde había pasado corriendo la chica, y se encontró a un grupo de al menos diez personas que vestían estrafalarios atuendos de cuero gris sucio, camisetas negras y fucsias y pantalones con tachas, así como las caras pintadas con franjas fucsias atravesando sus frentes, mejillas y labios. Algunos parecían jóvenes, pero otros pocos parecían haber superado hace tiempo la treintena, con amplias entradas en su pelo rapado y estrafalarias crestas también pintadas con un tono fucsia muy chillón. Juntos daban la impresión de ser alguna especie de secta, o eso le pareció a Victor, que sonrió fascinado con el aspecto tan moderno que llevaban, más habituado a la calma y sencillez de su pueblito rural.
—¡¿De qué te ríes, enano?! —gruñó con voz áspera una de las integrantes de la banda, con pelo rapado y un flequillo largo cubriéndole un ojo, caminando hacia él con las manos en la cintura.
—¡¿Te parece gracioso haber chocado con nuestra reina?! ¡Pudiste haberla lastimado! —escupió el calvo y treintañero, cuya panza sobresalía por debajo de la camiseta negra.
—¡Vas a aprender a respetar al Team Yell!

El entrenador de Postwick retrocedió unos pasos, acercando una mano al cinturón de pokébolas en sus vaqueros y sonriéndoles incómodamente a los del Team Yell, que se acercaban cada vez más, en formación de hilera, ocupando cual muralla todo el ancho de la calle, y obligando a los transeúntes a esquivarlos pasando por el cordón de la vereda y mirándolos con desdén y repulsión. Sin embargo, no había ningún entrenador allí dispuesto a hacerles frente. Incluso Victor, que no despegaba los dedos de las pokébolas de Haneki y Gear, estaba dudando si realmente sacarlos para defenderse o si, de todas formas, sería un riesgo inútil teniendo en cuenta el número de potenciales oponentes.

—No sé de qué rayos hablan, solo salía de la tienda cuando esa chica me llevó por delante —trató de explicar el castaño, a conciencia de que las palabras para esos tipos eran menos fuertes que el fuego de Haneki y los picotazos de Gear.
—¡No te vuelvas a referir a nuestra reina como "esa chica"! —chilló con genuinas lágrimas en los ojos el treintañero calvo y gordo con cresta fucsia, dando por concluida la etapa de diálogo y pasando bruscamente a la acción. Tras soltar un agudo grito de power metal, sacando la lengua y sacudiendo su cabeza hacia adelante y hacia atrás, el tipo dio la orden para que todos envíen a sus pokémon, liberando ante los ojos de Victor a una decena de criaturas que se repartían entre Zigzagoon, Scraggy, Stunky y Purrloin.
—Oook… No, no haremos esto —concluyó el castaño, calzándose bien al hombro su mochila de cuero y retrocediendo rápidamente, viendo cómo los pokémon erizaban sus pelos y se rodeaban por un aura oscura, listos para atacarlo directamente a él. Esos freaks no estaban bien de la cabeza. Cuando el primero de los Yell le ordenó a Stunky cubrir el lugar con una pantalla de humo, Victor aprovechó para pegar media vuelta y salir corriendo a toda prisa.

Las calles se hacían eternas para el castaño, que llenaba y vaciaba de aire sus pulmones corriendo como alma que llevaba el diablo por la gran avenida de Motostoke, mientras escuchaba a los pokémon siniestros y a sus entrenadores desquiciados del Team Yell pisándole los talones, mientras emitían un grito de batalla ensordecedor. Hasta le pareció ver de reojo que uno de ellos sacaba de algún lado un equipo de música con los parlantes a toda potencia, haciendo sonar un tema de punk-rock mientras lo perseguían por la ciudad. Dobló en una calle y luego en otra, eludiendo a un par de niños que jugaban a la rayuela con sus pokémon, y advirtiéndoles en un grito que se apartasen de ahí, liberando a Gear de su pokébola y ordenándole sin dejar de correr que contenga un poco a sus persecutores. Rookidee respondió rápidamente, y sin miramientos comenzó a batir sus alas con todas sus fuerzas, generando corrientes de aire que retrasaban un poco el avance de los pokémon y pandilleros, quienes respondían con envites y arañazos que el volador simplemente eludía haciendo rápidas piruetas aéreas, volviendo rápidamente al vuelo junto a su entrenador. Tras girar en una calle sin escapatoria aparente que daba a escaleras que descendían hacia los canales de agua del nivel inferior de la ciudad, una mano surgió rápidamente a su lado y lo arrastró consigo hacia la oscuridad de un estrecho callejón. Victor reaccionó dejando escapar un grito de terror, pero otra mano le tapó la boca y lo acorraló con fuerzas contra la pared de ladrillos. Gear voló directamente hacia el captor, pero el castaño le clavó la mirada a su pokémon y alzó su mano indicándole que se detuviera en seco. Las manos que lo habían arrastrado hacia ese callejón y que cubrían sus labios para tapar su grito eran las de aquella chica de pelo negro y coletas, con campera de cuero y vestido rosa debajo.

—No hagas un alboroto, idiota —soltó la chica en un susurro afilado como navaja, dedicándole nuevamente aquella gélida mirada celeste—. Para hacer ruido ya tengo suficiente con esos tipos del Team Yell.

Al no poder responder nada, Victor se limitó a hacer la señal de "ok" con los dedos, mientras Gear aterrizaba en su gorra de lana y le dedicaba una igualmente fría mirada a la chica y al pokémon que observaba inocentemente la situación acurrucado en su cabeza. Finalmente le sacó la mano de la boca, y el chico pudo recuperar el aliento. Escucharon pasar de largo a la pandilla de desquiciados, que decidieron separarse ignorando la pequeña grieta entre paredes que daba forma al callejón donde se refugiaban. Algunos bajaron las escaleras hacia los canales de Motostoke, y otros regresaron por donde habían venido para continuar la búsqueda por otras calles.

—Así que… ¿Tú eres la "Reina" de esos personajes? —inquirió Victor, todavía en voz baja, mientras revisaba en la bolsa de compras de la boutique que no se hubiera perdido nada en la corrida.
—No soy reina de nadie —cortó en seco la chica con chaqueta de cuero—. Pero esos locos de remate decidieron que así sea, y no pienso darles el gusto.
—Pues no creo que haya mucho que puedas hacer al respecto —suspiró el castaño, encogiéndose de hombros—. Hasta creo haber visto que una de las chicas llevaba un estandarte con una fotografía tuya. ¿Es eso legal o…?
La chica se ruborizó ligeramente, frunciendo el ceño y soltando un "tsk" entre dientes.
—Es una tontería, olvídalo —cortó nuevamente—. Pero no olvides quién te salvó hace un rato.
Victor sonrió, divertido.
—¿Significa eso que debo pintarme el pelo de fucsia y volverme tu seguidor acérrimo? ¡Oh, mi salvadora!
—Por mí, puedes quedarte pelado.

Ofuscada, la chica pegó media vuelta y se alejó en dirección contraria a la salida del callejón, esquivando un par de tachos de basura y a unos Trubbish que hurgaban entre la mugre. El lugar estaba tremendamente oscuro, y la humedad y olor allí no parecía ser el entorno más agradable para que una chica de aspecto tan delicado se fuera sola. Pero, ¿quién era Victor para decirle qué hacer? Ella podía irse caminando al mismísimo infierno si lo deseaba, y posiblemente el mismísimo Giratina la recibiría con un abrazo y le pediría que le firme un autógrafo. Parecía la clase de personas que acarreaba fanáticos hacia donde fuera… Y él lo había comprobado de la manera más traumática posible.

Repentinamente, Victor se sintió mal por haberle hablado así a la chica, aunque ella misma hubiera sido desagradable con él, tal vez por su encanto natural, sintió el impulso de volver a hablar.

—¡E-espera! —balbuceó el castaño, y la siguió por el largo pasillo de mugre, humo y oscuridad—. Gracias por sacarme de ese aprieto.
"Aunque tú misma me metiste en él, llevándome por delante", pensó, pero no lo diría.
—Te vi inscribiéndote hace un rato a la liga —dijo tras unos segundos la chica, como restándole importancia al agradecimiento de Victor.
—¿Y eso qué? —arqueó la ceja el castaño, sin entender a cuento de qué venían sus palabras.
—Nada. No me agrada la idea de perder a un rival en potencia a causa de mis… "fans". Suena a competencia deshonesta.
El chico se detuvo en seco, mientras la chica le sacaba ventaja a lo largo del pasillo, acariciando al pokémon que se hacía una bola sobre su cabeza.
—¿También vas a participar? ¿Eres una entrenadora?
Ahora fue ella quién detuvo sus pasos, y se giró lentamente hacia él, al tiempo que el roedor que la acompañaba saltaba hacia su hombro y luego hacia el suelo, sonriéndoles amablemente a Victor y Gear, que no paraba de mirarlo con desconfianza.
—¿Tienes alguna duda?

El espacio era estrecho, la luz brillaba por su ausencia, y apenas un farol antiguo chispeaba ocasionalmente iluminando un área del callejón, dejando ver a los pokémon callejeros que hurgaban entre la mugre con placidez, mientras el vapor de los silbatos se confundía con el humo de las chimeneas y cubrían el suelo como un manto denso y espectral. Aún así, un chasquido interno encendió la llama en los dos jóvenes, que esbozaron una ligera y breve sonrisa al intercambiar sus miradas decididas.
—Cuando las miradas de dos entrenadores se cruzan… —recitó Victor, recordando una famosa frase que había aprendido leyendo su guía de supervivencia.
—Empieza la batalla —puntualizó ella, inflando una pokébola en su mano.

Continuará…

TRAINER's PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.13) "Haneki"
- Rookidee (Lv.13) "Gear"

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.13) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.12) "Lulú"

Gloria Scott
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Sobble (Lv.13) "Seven"
- Yamper (Lv.13) "Cookie"