Capítulo 8 – No todas las estrellas brillan en el cielo
La batalla estaba decidida, pues el contrato entre dos entrenadores se valía de un cruce de miradas y no de papel, tinta ni mayores formalidades. El callejón oscuro y sucio en algún lugar de Motostoke así lo requería. Gear voló desde el sombrero de lana de Victor y se posó delante de su entrenador, aguardando a su oponente. Contrario a lo que el castaño imaginaba, el pokémon de la chica no avanzó hacia el estrecho terreno de combate, sino que se acurrucó hecho una bola junto a sus pies, mientras la chica sacaba del interior de su chaqueta de cuero una pokébola negra con círculos verde oscuros y la arrojaba con simpleza, liberando al verdadero adversario del Rookidee. Se materializó frente a ellos un pokémon cuadrúpedo de pelaje rojizo, con pintitas blancas y dos patrones negros alrededor de sus astutos ojos dorados, que observaban con calma al rival mientras mecía su abultada cola sobre el suelo, arrastrándola como un plumero de un lado al otro. Era un Nickit, y Victor conocía a esa especie, pues podía vérsela especialmente en las noches en los alrededores de Wedgehurst, aunque eran bien conocidos por ser escurridizos y difíciles de capturar. Con una sonrisa llena de intriga, lo apuntó con su SmartRotom para ingresar sus datos en la Pokédex.
—"Nickit, el Pokémon Zorro. Este pokémon es prudente y astuto. Marca a su presa sin ser advertido, rastreándola con su olfato hasta que baja la guardia y aprovecha para robarle el alimento. Siempre se asegura de borrar sus huellas con la cola"
—Así que un vil ladronzuelo —murmuró Victor fijando su mirada en la apacible y tranquila del Nickit, que abría sus diminutas fauces exhalando un bostezo aburrido—. Gear, quiero que tengas mucho cuidado con éste.
—¡Rooki! —asintió el pájaro azul, levantando vuelo y despejando el humo y vapor a su alrededor.
—No los hagamos esperar, Guywill, comencemos con ataque rápido —mandó la chica a su pokémon.
—Kit —aulló con voz suave su pokémon.
Sin dilación, el zorrito desapareció de su lugar y atravesó como una saeta el largo y estrecho callejón, comenzando a saltar con una destreza envidiable entre sus muros de ladrillo tomando altura hasta llegar a Gear, que eludió por poco el envite dando una voltereta hacia atrás y dejando que pase por encima suyo, siguiendo de largo y aterrizando delicada y suavemente al otro lado, de espaldas a Victor. Pero el ataque no se detendría ahí, y el entrenador tuvo que apartarse rápidamente cuando el Nickit pasó de largo, reanudando marcha en contra de Rookidee, que esta vez se dispuso a tomar la ofensiva.
—¡Gear, picotazo!
—Afilagarras.
Valiéndose de su mayor agilidad, Nickit saltó sobre Rookidee justo cuando éste lo embestía para asestarle un certero picotazo, apoyándose de su esférico cuerpo para rebotar por los aires y pegando una hábil voltereta al tiempo que desplegaba sus garras negras y las frotaba entre sí, incrementando su filo y poder de ataque. Victor conocía bien esa táctica, pues Gear se había valido de ella para obtener sorprendentes resultados en el combate múltiple que habían tenido con Hop y Gloria. No le agradaba la idea de que su oponente incremente mucho sus estadísticas, pero eligió replicar la idea.
—¡Tú también usa afilagarras!
—La misma técnica —observó sin mucha emoción la chica—. No servirá de mucho contra un pokémon siniestro, ¿lo sabes?
Gear levantó vuelo fuera del alcance de su oponente, rasgando las garras en sus patas contra los propios ladrillos en las paredes para sacarles filo. Desde el suelo, Nickit simplemente lamía con delicadeza sus afiladas garras negras, con la expresión aburrida que tanto irritaba al pokémon volador. ¿Acaso no se tomaba en serio su poder? Sin esperar orden alguna de su entrenador, cayó en picada sobre el zorro, pegando sus alas a ambos lados de su cuerpo rechoncho para ganar velocidad, y extendiendo su pico con un fulgor blanco. Pacientemente el zorro espero hasta el último instante, y cuando el picotazo estuvo a punto de conectar, simplemente retrocedió con un hábil saltito hacia atrás, dejando que se estampe contra el suelo, incrustando ahí su pico a causa de su aumentado poder físico y quedando atrapado por su propio ataque.
—Ataque rápido —mandó la chica, y Nickit se estroló a toda velocidad contra Rookidee, mandándolo a rodar por el largo pasillo del callejón, hasta tumbarse a los pies de su entrenador.
—¡Mierda, Gear! —se mordió el labio el castaño, para luego rápidamente guardar la compostura y agacharse junto a su golpeado pokémon, que se incorporó rápidamente sacudiendo la cabeza—. Tratemos de ir con calma, está tratando de provocarte —le susurró, sin dejar de observar al adversario.
Gear infló el pecho y aleteó en el lugar con fuerzas, barriendo el polvo con una fuerte brisa que despeinó el fino pelaje rojizo del Nickit, quién simplemente entornó los ojos un segundo, tiempo más que suficiente para que el volador saliera disparado hacia él como una bala, comenzando a asestarle rapidísimos picotazos desde todos los ángulos posibles. El ataque furia parecía caer incesantemente sobre el pokémon siniestro, pero su velocidad seguía siendo apabullante y los eludía uno a uno retrocediendo, brincando y agachándose a tiempo para evitarlo. Victor intuía que las defensas del zorro eran frágiles, y que si por algo se aprovechaba de su velocidad era porque sabía que cualquier golpe de Gear con su ataque aumentado sería devastador.
—Nos conformaremos con no dejar que pueda responder, Gear, ¡sigue con ataque furia hasta agotarlo!
—Afilagarras —ordenó repentinamente la chica, cosa que inquietó a Victor. ¿En serio pensaba seguir aumentando su ataque aun cuando debía esquivar las incesantes acometidas de Gear?
Sin querer darle crédito a lo que veían sus ojos, el castaño presenció entonces cómo Nickit se las ingeniaba para eludir los furiosos y fugaces envites de Gear, al tiempo que aprovechaba cada fracción de segundo en que sus patas hacían contacto con el suelo o con las paredes de ladrillo para desplegar sus garras y rasgar el concreto sólido con ellas. El movimiento pasivo incluso adquiría una segunda funcionalidad para el zorro, puesto que con la fuerza de sus garras lograba arrancar chispas del suelo de piedra, que salían desprendidas entre él y Gear, obligándolo a cerrar sus ojos a cada rato para prevenir que una de esas chispas ardientes no entre en contacto directo con ellos. Quedar cegado en un momento así sería clave para la victoria de uno y la derrota del otro. De todos modos, valiente y aguerrido como era por naturaleza, Gear continuó acorralando a Nickit hasta llevarlo a una saliente de la pared de la que no podía escapar hacia atrás, pero el zorro siempre tenía un truco extra bajo la cola, y precisamente fue ésta la que utilizó para cubrirse de uno de los ataques, mientras se apoyaba con las patas traseras contra la pared y tomaba impulso para sacarse al ave de encima con otro fuerte ataque rápido, que lo hizo retroceder unos cuantos metros aun manteniéndose en vuelo.
—No parece que puedan hacerle nada a Guywill —observó la chica, y le sonrió dulcemente a su pokémon. Victor apretaba los puños, no faltaba verdad en sus palabras.
Gear respiraba agitado, sintiéndose completamente abochornado por la destreza estratégica del zorrito, que simplemente iba siempre un paso por delante de él. No sentía realmente el daño de sus ataques en el cuerpo, pero los golpes psicológicos eran irremediables, y volvía a sentir esa impotencia ante su rival como la que había sufrido en su combate contra el Grookey de Hop, o teniendo que aguardar en el enfrentamiento múltiple por ser el blanco fácil de Yamper, mientras todos desplegaban lo mejor de si mismos.
—¡Gear, pudiste darle una paliza a pokémon que te llevaban una amplia ventaja de tipos! —le gritó de pronto Victor, para inyectarle su voto de confianza—. ¡No hay nada que ese zorro pueda hacer contra ti, por muy astuto que sea, tú eres el más fuerte!
El pájaro gorjeó con todas sus fuerzas, inflando todo su plumaje y desplegando sus alas mientras cada músculo en ellas se fortalecía. No dejaría en pie a ese zorro.
—¡Vamos una vez más con ataque furia!
—Dale el gusto, Guywill —suspiró la chica, y su pokémon asintió tomando asiento cómodamente.
Tras oír eso, Victor se atragantó con las ganas de pedirle a su pokémon que pare, y replantear otra estrategia, pero ya era demasiado tarde. Gear voló como un rayo hacia el Nickit, despejando hasta la última mota de polvo que flotaba en el aire tras su vuelo, y cargando de lleno contra el zorro siniestro, conectando una serie de golpes feroces que chocaban duramente contra su cráneo, sus patas, su torso y su espalda, magullando su pelaje rojo y arrastrándolo hacia atrás sin que oponga la menor resistencia.
—¡Ya basta, Gear, es suficiente! —mandó el castaño fuera de sí.
Rookidee se detuvo en seco frente a lo que quedaba de su adversario, que lo miraba fijamente con sus enormes ojos dorados, demostrando un espíritu fuerte, pero un cuerpo totalmente maltrecho. Su pelaje despeinado, su cola retorcida arrastrándose pesadamente sobre el suelo, sus patas delgadas y temblorosas, todo daba el aspecto de un pokémon que ya estaba fuera de combate, pero que aun así seguía en pie, y se rehusaba a darle la espalda al oponente que minutos antes estaba subestimando. El ave volteó hacia su entrenador, y la culpa se adivinaba en sus diminutos ojos rojos. Pero Victor vio más allá de eso. Vio nuevamente la evasiva sonrisa de la entrenadora. Vio asimismo una sonrisa sutil esbozándose en Nickit, y mostrando los colmillos. Vio una mancha roja corriendo salvajemente hacia Gear, en el único momento en el que apartó su atención del oponente, y la orden clara y concreta de su rival.
—Buena baza.
Girando a último segundo sobre sus patas delanteras, Nickit le estroló un coletazo cargado de energía oscura a Gear, con la fuerza de cien hombres, y lo arrojó violentamente hacia atrás hasta estrellarlo contra el suelo, dejando una pequeña grieta bajo su cuerpo inerte. El pokémon de Victor ni siquiera alcanzó a procesar la derrota antes de quedar totalmente debilitado y fuera de combate.
—Tranquilo, al menos eso no manchará su orgullo —soltó la chica a modo de cizaña, mientras el castaño corría hacia su pokémon y lo cargaba en brazos con cuidado.
Intentó decir palabras reconfortantes para su pokémon, pero nada podía salir de sus labios mientras apretaba los dientes con furia y los hacía rechinar. La jugada sucia de la chica había dado perfectos resultados, y los fríos movimientos ante los que se enfrentaba distaban completamente de los que había visto usar a Hop, a Gloria o a cualquiera de los entrenadores que había visto durante los enfrentamientos en el Área Silvestre. Pero su modo de pelear funcionaba como un reloj suizo, e incluso sacrificando casi toda su salud, Nickit había barrido el suelo con Rookidee, recibiendo los golpes únicamente cuando él y su entrenadora decidieron que hacerlo le supondría una ventaja a largo plazo. Guardó al debilitado pokémon volador en su pokébola, y se apartó unos metros dándole la espalda a su oponente.
—¿Quieres que paremos el combate acá? —sugirió ella, sin ocultar su desilusión. Nickit se relamía y frotaba el pelo con las patas, acomodándolo elegantemente y barriendo con la cola algunas salpicaduras de sangre que habían quedado a sus pies, a causa de los duros ataques que recibió por parte de Gear. El pokémon roedor dormitaba plácidamente junto a los pies de la chica, y no parecía haberse enterado de nada.
Victor guardó silencio unos segundos, con la mirada perdida. Volvió en si al pensar en el lugar que se encontraba, y miró la muñequera que le habían otorgado por inscribirse y formar parte oficialmente de la Liga Pokémon, ni más ni menos. El campeón le había dado su voto de confianza. La profesora Magnolia le otorgó su patrocinio formal. Su mejor amigo creía en él. Sus pokémon creían en él. Él debía creer en ellos, hasta que el último quede en pie.
—Te preguntaré lo mismo en un momento —susurró, pero su voz se hizo eco en el largo y oscuro callejón, y viajó hasta los oídos de su rival, que alzó una ceja levemente.
Volteó lentamente, hasta recuperar completamente la calma y el control sobre su mente, al tiempo que sacaba la siguiente pokébola, inflándola en su mano y liberando sin arrojarla a su primer pokémon.
—Haneki, sal a ganar.
La conejita de fuego surgió alegremente de su receptáculo, y se desperezó como si hubiera descansado la mejor siesta de su vida. Le extrañó un poco encontrarse en un ambiente tan cerrado, oscuro y urbano, pero al ver a su oponente esbozó una enorme sonrisa con sus incisivos prominentes, y comenzó a repiquetear en el lugar sacando ascuas de sus patas. A diferencia de Gear, Haneki sí que podía rivalizar fácilmente con la velocidad de ese Nickit, y el zorrito pareció notarlo, pues adoptó rápidamente una posición de combate, incluso antes de que su entrenadora se lo indique.
—Qué lindo, es un inicial —apreció la chica, sin transmitir a ciencia cierta si lo decía con sarcasmo o con genuino encanto por el adorable pokémon de fuego, que saltaba alegremente en el lugar.
—¡Ataque rápido!
—Buena baza.
—¡Scorbu!
—¡Kikit!
La coneja desapareció tras una larga estela blanca, dándole un rápido envite de lleno al zorro de fuego, que no podría haber hecho mucho para evitarlo, puesto que los golpes recibidos por Gear habían hecho estragos con sus patas y su agilidad. Aun así, capitalizó el daño recibido y cargó su gruesa cola con la misma energía siniestra de antes, lanzándole un veloz coletazo a su oponente, que lo eludió con gracia pegando un brinco con las patas extendidas hacia los costados, y sujetándose con ellas de las estrechas paredes.
—¡Ascuas!
—Alarido.
Impulsándose hacia arriba con ayuda de las paredes, Haneki pegó varias patadas al aire disparándole a quemarropa bolas de fuego al zorro rojo, que las esquivó trepando por las paredes con gráciles saltitos, hasta acortar la distancia con su oponente y poder emitir un agudo alarido, que lo obligó a cesar el ataque de fuego y cubrirse sus largas orejas, aferrándose en las alturas a las paredes con sus largas patas.
—Guywill, ataque rápido —mandó la chica, notando que su pokémon había perdido ya gran parte de su energía al saltar con dificultad entre los muros de ladrillo.
Con un último esfuerzo, Nickit tensó los músculos de sus patas y aligeró el resto de su cuerpo para salir disparado contra Haneki, que sacudía la cabeza aturdida por el alarido que había alcanzado sus sensibles oídos, y tenía ocupadas las piernas en mantenerse en el aire, lo más lejos posible del alcance de sus durísimos coletazos.
—¡Ahora, doble patada! —mandó Victor esperando el momento indicado, justo cuando el zorrito quedó suspendido en el aire en pleno salto zigzagueante entre una pared y la otra.
Haneki se dejó caer hacia atrás, pegando una rápida voltereta invertida y estrolando de lleno a Nickit primero una dura patada horizontal en el rostro, haciéndolo girar como un trompo en el aire, y luego una segunda en dirección vertical sobre su cabeza, haciéndolo caer girando sin control hacia el suelo. La chica abrió los ojos espantada, y rápidamente buscó su pokébola para regresar a su pokémon antes del impacto, pero no fue necesario, pues el propio Victor se acercó rápidamente y contuvo la caída del zorro con sus manos, recogiéndolo a tiempo entre brazos mientras derrapaba por el suelo. Scorbunny aterrizó junto a su entrenador, jadeando entusiasmada después del fortísimo golpe combinado que le había dado a su rival, noqueándolo inmediatamente. Un poco adolorido, Victor se incorporó y le acercó a la chica a su pokémon debilitado en brazos. Ella lo miró con desprecio unos segundos, pero luego se fijó preocupada en su propio pokémon, y lo cargó en brazos con suma delicadeza, acariciando su maltrecho pelaje rojizo, dando media vuelta y alejándose un poco de su oponente, dispuesta a proseguir con el combate. El castaño creyó escuchar que la chica le susurraba algo a su debilitado Nickit, pero no alcanzó a oír bien qué.
—Ahora que lo pienso —dijo en voz alta, para que la chica voltee y deje de darle la espalda como él había hecho instantes atrás. Ella esperó que le devolviera la provocativa pregunta que le había soltado tras vencer a Rookidee, pero no fueron esas las palabras elegidas por el entrenador—, ¿por qué no me dices cómo te llamas? Voy a necesitar recordar tu nombre, si quieres que te considere mi rival en la liga. Yo soy Victor, por cierto.
Victor no la vio, pero ella esbozaba una sonrisa mientras guardaba a Guywill en su Ocaso Ball, agachándose para acariciar a su adormecido pokémon, y despertándolo cariñosamente para que entre a escena. El pequeño cobayo se desperezó y puso de pie lentamente, dando torpes pasitos hacia el frente.
—Me llamo Marnie —dijo finalmente mientras volteaba hacia su oponente, mostrando nuevamente su expresión carente de emoción. Aunque Victor podía adivinar una pequeña llama encendiéndose en lo más profundo de esos ojos helados de cristal—, y junto a Hysteria, mi Morpeko, vamos a darte una lección ahora mismo.
La chica sacó del bolsillo de su chaqueta un paquete de semillas de bayas, y se las arrojó al pequeño roedor, que vorazmente comenzó a mordisquearlas con una enorme sonrisa.
—¡Peko! —castañeó su pokémon con sus dientes, incisivos tan largos como los de Haneki, mientras le dedicaba una alegre mirada a su oponente, adoptando posición de combate con la boca llena de semillas.
De vuelta al gran estadio de Motostoke, ya una larga fila daba vueltas al complejo para ingresar en la cabina fotográfica que ocupaba Hop hacía rato. Eran cada vez más los entrenadores que aguardaban con el ceño fruncido a que saliera de ahí, e incluso algunos se habían quejado personalmente en la recepción para que el staff de la liga se ocupe de sacarlo. Cuando finalmente uno de los guardias se dispuso a ver qué pasaba entre las cortinas de esa garita, el peliazul salió de ahí con el pecho inflado y la frente alta de orgullo, además de una reluciente sonrisa blanca en sus labios que contrastaba fuertemente con la sombría mirada que le dedicaban los entrenadores que comenzaban a avanzar en la fila, haciendo rápidamente sus fotos de ID para sus tarjetas personales. Vestía el conjunto deportivo que había comprado un rato antes, y no pensaba quitárselo por lo que quedaba de la jornada. Le entusiasmaba estar finalmente vistiendo la ropa con la que había soñado tanto tiempo levantar la copa de campeón, y observaba embelesado su propia tarjeta, donde se lo veía posando enérgicamente imitando al dedillo la misma que había popularizado su hermano mayor, y que muchos intentaban imitar con disímiles resultados. Se había gastado varios billetes en imprimir todas las tarjetas que le permitió la máquina de fotos, y se paseaba alegremente por la larga cola de entrenadores que lo miraban con cara de pocos amigos, ofreciéndole su tarjeta autografiada a quien la pidiera.
—¡Vamos, no dejen pasar esta oportunidad única! —les decía echando humo de la emoción por las fosas nasales—. ¡Miren que después van a querer vendérselas a precios irrisorios! ¡No pierdan la oportunidad de tener la primer tarjeta autografiada del futuro campeón de Galar!
Todos esquivaban a Hop con la mirada cuando pasaba junto a ellos, haciéndose los distraídos o poniéndose a hablar entre ellos de cualquier otro tema más emocionante que el glorioso futuro de ese alborotado entrenador principiante. Cuando el peliazul estaba llegando al final de la cola, ya resignado a que nadie querría una de sus tarjetas de liga, y las guardaba en el estuche de cuero que había comprado especialmente para mantenerlas protegidas, una mano se alzó entre la multitud.
—¿Puedo tener una? —le oyó decir a alguien, y sus ojos se iluminaron.
Hop buscó entre los entrenadores, uno por uno, hasta llegar al que aún sostenía su brazo alzado, sobresaliendo por sobre los demás.
—¡Claro! ¿A quién se la dedico? —dijo sonriente, mientras destapaba el capuchón de un marcador negro con los dientes, listo para entregar su primer tarjeta autografiada.
—¿Puedes escribir "Bede"? Te lo deletreo si hace falta.
—Déjame ver, B… e… d… e… —repetía cuidadosamente Hop mientras dedicaba con cariño su firma, entregándole en mano finalmente la tarjeta a su primer admirador.
La recibió con soltura una mano en cuya muñeca colgaba un precioso y brillante reloj de oro. Hop se sorprendió al verlo, pero más aún cuando descubrió que "Bede" no era un niño entusiasta o una chica encantadora, sino un muchacho de su misma edad, que vestía un largo tapado de color remolacha con detalles en morado oscuro, con pantalones blancos al cuerpo y rodilleras, y unas zapatillas deportivas negras y rosas, así como una riñonera a juego atada a su espalda, por encima de la cintura. Su cabello enmarañado era rubio platinado, y sus afilados ojos de gato eran de un color lila azulado. El muchacho sonreía con calma mientras sostenía en su mano la tarjeta de Hop, observando sin emoción en los ojos la fotografía del peliazul.
—Así que Hop, ¿eh? El futuro campeón —murmuró, esbozando un poco más la apacible sonrisa que mostró en un principio, y ensanchándola hasta deformarse un poco, mientras sus ojos se clavaban como puñales en los de Hop, que no se sentía tan bien como imaginaba luego de firmar su primer autógrafo.
—A-así es, gusto en conocerte, Bede —sonrió bobamente el chico de Postwick, mientras alzaba el pulgar tímidamente. Todos los entrenadores en la fila observaban atentos aquella peculiar situación, ¿realmente estaban presenciando los primeros pasos del próximo campeón?
—Esto es lo que opino de tu futuro en la liga, campeón —sonrió una vez más el rubio, mientras le enseñaba la carta autografiada a los demás y luego la ponía frente al rostro de Hop, rompiéndola en varios pedacitos con sus dos manos y dejándolos caer lentamente delante de sus ojos, desparramándose por el suelo—. Quizás como abono para la tierra tenga más valor ahora que como tarjeta de liga.
Hop no sabía qué decir. Escuchó algunas risas secas y murmullos incómodos entre los entrenadores que formaban la cola, y las miradas de todos a sus espaldas se le clavaban como dardos afilados y venenosos, consumiendo todo el orgullo e ímpetu que había ganado ese día. En el primer estadio que pisaba convertido ya en un entrenador pokémon, frente a sus posibles rivales durante el camino hacia el campeonato, vistiendo el uniforme deportivo característico de un auténtico retador en el Desafío de Gimnasios, sufría una humillación pública en manos de un tipo con atuendo extraño y voz afeminada, que lo dejaba en ridículo frente a todos. No esperaba recibir aplausos y ovaciones, pero… ¿Realmente merecía pasar por algo así? Hubiera querido que ingeniosas palabras surgieran de su boca para contestarle a ese imbécil, pero lo único que salió de él fueron algunas lágrimas que ocultó rápidamente agachándose para recoger como pudo los trozos de su primer tarjeta firmada, mientras el desagradable muchacho de morado soltaba una risa aguda y grotesca, ganándose también la mirada reprobatoria de varios de los allí presentes. Hop alcanzó oír a algunos entrenadores diciéndole "idiota" a Bede, y apartándose de ahí sin deseos de ser testigos de una escena tan cruel y vergonzosa para él, pero en ese momento solo quería que una brecha negra se abriera a sus pies y se lo trague para siempre, liberándolo de su miserable existencia.
—Te ves bien ahí abajo, convertido en la sombra de un verdadero campeón —le oyó decir a Bede entre risas, y lo siguiente que escuchó fue un golpe seco y algo quebrándose sobre él, hasta que vio caer de espaldas al rubio, sujetándose la cara con las dos manos.
Hop volteó y levantó la mirada, aún con la cara mojada de lágrimas y la vista medio cegada por sus pupilas dilatadas, pero distinguió claramente a Gloria, que flexionaba un brazo y sacudía el puño haciéndolo girar con la muñeca mientras observaba con absoluto desprecio a un Bede que se retorcía en el suelo como un gusano púrpura, mientras la fila se desarmaba completamente y algunos entrenadores exclamaban sorprendidos, rodeándolos a los tres.
—¡¿De dónde mierda crees que saliste para hablarle así?! —rugía furiosa la castaña, mientras se descolgaba la bolsa y la dejaba caer al piso, lista para enfrentarse ella misma contra el rubio. Hop no la había visto tan enardecida ni siquiera durante los combates pokémon, donde realmente enseñaba su costado más salvaje y agresivo.
No podía permitir que la situación pase a peores, por lo que se levantó rápidamente sujetando a la chica de los brazos y apartándola de ahí, mientras Bede se ponía de pie, tambaleante, agarrándose la cara con una mano, a través de la cual brotaba algo de sangre.
—¡Gloria, no vale la pena! —insistía Hop, poniéndose entre ella y Bede para que la chica no le salte a la yugular al rubio, que volvía a reír desagradablemente a sus espaldas, enseñando su sonrisa cruel mientras la sangre caía por sus labios, partidos por el puñetazo de la chica.
—¡Miren a su estúpida guardaespaldas! —exclamó Bede extendiendo sus brazos, y apuntando con uno de sus dedos a la chica, volviéndola centro de todas las miradas, para luego dirigir su pútrida mirada a Hop—. ¿Realmente crees que vas a hacerte campeón enviando a tu matona a golpear candidatos mucho más capacitados que tú?
—¡Ya basta! —le gritó la chica, quitándose de en medio a Hop y avanzando raudamente hacia el chico de ropa púrpura.
Gracias a que muchos de los allí presentes habían ido a reportar la situación a la recepción del estadio, un par de encargados de seguridad intervinieron a tiempo, frenando el seco a Gloria y sacándola a rastras de allí, mientras la chica soltaba una serie de irreproducibles improperios contra Bede, a quién también invitaron a retirarse del establecimiento para no seguir ocasionando disturbios. El rubio le dedicó una última mirada con desdén a Hop, y tras una terrorífica sonrisa se alejó de allí, saliendo tranquilamente por la puerta grande. Hop se quedó petrificado en el lugar durante largos segundos, mientras el resto de las personas retomaba poco a poco la actividad habitual, dirigiéndose a las tiendas o volviendo a la cola para imprimir sus tarjetas, mirándolo algunos con expresión de lástima o de circunstancia.
Al salir del estadio con la cabeza gacha y la mirada perdida en el suelo, Hop acabó encontrándose con Gloria, que observaba el paisaje en el atardecer de Motostoke, apoyada contra un barandal al otro lado del parque frente al estadio. La chica se veía triste por lo que había pasado, aunque le devolvió una amable sonrisa al peliazul cuando lo vio llegar y apoyarse de espaldas a la baranda, alzando por primera vez su mirada al cielo, pintado por la caída del Sol con pinceladas anaranjadas y amarillas. Una suave brisa mecía el pelo enmarañado de Hop y el lacio cabello castaño de Gloria bajo su boina verde, sacudiendo también graciosamente el pompón blanco en su base. El sonido de los silbatos de las fábricas anunciando el fin de la jornada laboral resopló por lo alto en toda la ciudad, exhalando junto a ellos nubes de vapor que se elevaban hacia el cielo.
—Espero que no hayas sido tan idiota para creer una sola palabra que haya dicho ese payaso —dijo secamente la entrenadora, mirando de reojo a Hop. El peliazul se encogió de hombros, esbozando una triste sonrisa.
—Puede que no le crea —suspiró finalmente—, pero tú no creas que soy tan genial como parezco.
La chica curvó sus labios hacia arriba, y soltó una risa sincera.
—No lo creo, tranquilo. Pero, hey, Cheepo sí que es genial.
Hop soltó una risa, dándose la vuelta y observando el bello paisaje urbano con una mirada nostálgica. Recordaba haberlo visto otras veces, escoltando a su hermano en sus numerosas victorias en el estadio de Motostoke.
—Basta de mirar al cielo. Es hora de poner la mirada sobre la realidad que se alza frente a mis ojos.
La chica le dio una palmadita en la espalda.
—No es mala idea. Aunque, yo en tu lugar no apartaría tanto la mirada del cielo —le dijo, guiñándole un ojo—. ¿Quién sabe? Quizás no todas las estrellas brillan en el cielo, pero posiblemente las más grandes y espectaculares estén ahí afuera, esperando a ser descubiertas algún día.
—Eso lo robaste del libro de frases del Profesor Oak, ¿cierto?
—¡Claro que no!
La única luz que alcanzaban a ver con claridad en el estrecho callejón era la del cielo anaranjado del atardecer sobre sus cabezas. Haneki observaba atenta a su adversaria, repiqueteando en el lugar para volver a entrar en calor, mientras la Morpeko llamada Hysteria simplemente masticaba grandes semillas inflando sus cachetes rosados. Victor no recordaba haber visto nada acerca de ese pokémon antes, así que no dudó en investigar más con su Pokédex.
—"Morpeko, el Pokémon Dos Caras. Siempre tiene hambre, sin importar lo mucho que coma. Guarda en bolsillos especiales las semillas con las que se nutre, tostándolas con su propia electricidad"
—Bien, no suena tan espectacular —reconoció Victor, mientras guardaba nuevamente el SmartRotom—. ¡Haneki, comencemos con ascuas!
—¡Bunny!
La coneja saltó en el lugar alzando ascuas bajo sus pies, y las pateó con destreza haciéndolas volar raudamente contra la cobaya regordeta, que simplemente se echó de espaldas al suelo alzando con una alegre sonrisa las semillas en sus manos, dejando que el fuego las atraviese para así tostarlas rápidamente. Con las nuevas semillas asadas en sus manos, Morpeko comenzó a comerlas alegremente aún echado, pataleando tiernamente mientras se retorcía de placer llenando sus cachetes.
—Hysteria, suficiente comida por hoy —suspiró Marnie, mientras su pokémon se levantaba de un saltito, guardando la comida en los bolsillos que tenía ocultos bajo los patrones zigzagueantes marrón y negro de su pelaje.
—¿Tus pokémon no se cansan de subestimar a los míos? —preguntó Victor con una vena hinchada en la frente, notablemente molesto, torciendo una ríspida sonrisa.
—No es así —negó la chica con su cabeza—. Mi Morpeko solamente es una glotona, y tiene bien claras sus prioridades en la vida: primero come, después gana.
—¡Mooorp! —chilló Hysteria, ahora sí adoptando una postura de combate, apoyando sus cuatro patas en el suelo para tomar impulso.
—¡Ataque rápido!
—Ataque rápido.
Los entrenadores ordenaron los ataques al unísono, y sus pokémon se lanzaron a la carga la una contra la otra, soltando chispas de fuego y trueno tras su paso. Morpeko era extremadamente rápida, y su ataque habría dado primero contra Scorbunny de no ser por su excepcional salto con mortal en el aire, que lo hizo pasar de largo y derrapar para volver a la carga. Haneki no le daría respiro, e impulsándose con sus dos piernas saltó por la espalda de la cobaya, dándole un fuerte envite de lleno que la arrastró hacia atrás varios metros, aturdiéndola un segundo.
—¡Ascuas!
—Impactrueno.
Las bolas de fuego de Scorbunny se cruzaron en el aire con los hilos eléctricos que se retorcían salvajemente brotando de las mejillas rosas de Morpeko, impactando de lleno ambos ataques en sus blancos y generando una pequeña explosión de humo negro. Al dispersarse, la coneja de fuego y la cobaya eléctrica seguían en su lugar, pero las heridas en Haneki eran más notorias que en Hysteria, quién apenas se relamía el pelo algo chamuscado de su corto brazo derecho, sin borrar la sonrisa del rostro. Victor había notado que los últimos ataques de fuego de su pokémon no eran ni tan rápidos ni tan fuertes como siempre, y aunque a Haneki se la veía rebosante de energía, no parecía ser el mismo caso con sus ascuas, que salían torpemente debajo de sus pies, con forma irregular y un tamaño notablemente reducido.
—Si quieres seguir ordenando ataques a distancia, por mí mejor —observó Marnie, con mirada inexpresiva. Victor alzó una ceja—, pero el alarido de Guywill siempre hace efecto en los rivales, disminuyendo su ataque especial.
Era cierto. El agudo chillido que le dedicó el Nickit a Haneki momentos atrás de caer no había hecho tanto daño directo a su pokémon como sí lo había conseguido mermando sus ataques de fuego, que eran la principal baza ofensiva de la coneja. Sin ese factor a su favor, se debería obligar a aprovechar al máximo su velocidad y el poder físico de sus fuertes piernas. Aún podía ganar ese combate.
—¡Haneki, acortemos distancia con ataque rápido y luego dale con tu doble patada! —probó Victor.
—Hysteria, mantenlo a raya con Impactrueno.
Nuevamente, la coneja de fuego salió disparada contra Morpeko, que lanzaba una tras otra descargas eléctricas para frenar su avanza, pero que eran eludidas con maestría por los saltos y volteretas en el aire de Haneki, quién también se valía de las paredes del callejón para ganar altura a medida que se acercaba. Cuando tuvo a su rival en el blanco, lanzó un par de potentes patadas al suelo, pero la cobaya rodó hacia atrás haciéndose una bolita y las esquivó por poco, dejando Haneki dos pequeñas grietas en el suelo donde antes se encontraba ella. Sin dejar de rodar, Morpeko lanzó nuevamente un Impactrueno contra Haneki a corta distancia, logrando alcanzarla y entumeciéndole los músculos con la electricidad unos segundos, tiempo suficiente que aprovechó para correr rápidamente hacia ella embistiéndola con todas sus fuerzas y arrastrándola hacia atrás.
—¡Sigue con doble patada! —ordenó Victor, notando que el pokémon eléctrico era especialmente prudente de no recibir un golpe de patada directo por parte de Haneki.
Tras tomar aire un instante, Haneki saltó nuevamente sobre Hysteria, lanzando dos fugaces patadas al aire con una pierna, que la cobaya eludió agachándose, pero la coneja no se detuvo ahí, sino que giró en pleno salto sobre su propio eje y lanzó en el otro sentido dos precisas patadas hacia abajo; siendo la primera eludida con una rodada hacia atrás, pero la segunda logró conectar muy cerca de Morpeko, desprendiendo trozos de concreto del suelo que estallaron contra ella, aturdiéndola momentáneamente. La cobaya eléctrica se apartó con cortos saltitos de Haneki, dedicándole por primera vez un gruñido desafiante, aun manteniendo la sonrisa en su rostro. Haneki saltaba enérgicamente en el lugar, observando seriamente a su oponente. Al parecer, su golpe había causado más impacto del esperado en la cobaya.
—Haneki, creo que vamos por buen camino —le murmuró el castaño—. Quizás tus ascuas no hagan mucho daño ahora, pero todavía conservan la capacidad de quemar a Morpeko, así que combinemos eso con doble patada de ahora en más, ¿entendido?
—¡Scor scor! —asintió la coneja, haciendo arder el suelo bajo sus patas.
—Cuidado, Hysteria —advirtió la chica de pelo negro—. No queremos hacerle más daño del necesario.
—¡Peko! —sonrió la cobaya, sacando chispas de sus mofletes rosados y agazapándose en el lugar.
Ambas pokémon desaparecieron de sus lugares, despejando todo el polvo, humo y vapor en el ambiente con la impresionante velocidad que desprendieron de sus patas, corriendo una contra la otra a tal velocidad que tanto a Victor como a Marnie se les hizo imposible ver con claridad lo que sucedía en el corazón de la batalla, adivinando apenas una mancha borrosa blanca rodeada de fuego que atacaba sin descanso a otra borrosa figura amarillenta, marrón y negra que soltaba chispas cada vez que se movía. Haneki lanzaba feroces patadas de fuego contra Hysteria, que hacía maniobras imposibles en el suelo y en el aire para eludir los golpes directos, pero que no podía eludir todas las llamas que salían desprendidas de cada ataque, respondiendo a duras penas con descargas directas a sus patas para intentar paralizarla, pero la inicial no paraba de moverse, permaneciendo apenas fracciones de segundo en el mismo lugar, y dejando grietas en el suelo a cada paso que daba. Nadie hubiera dicho que ese encarnizado combate cuerpo a cuerpo se disputaba entre dos tiernas criaturas de bajo nivel, pero ambas estaban dándolo todo para otorgarle la victoria a sus entrenadores. Justo cuando Morpeko estaba comenzando a acostumbrarse al ritmo de Scorbunny, una imprevista patada alta en su quijada le desacomodó cualquier pensamiento que cruzara por su cabeza, y la hizo volar varios metros por los aires hasta estrellarse contra la pared de ladrillos fuertemente, cayendo al suelo como un peso muerto.
—¡Así se hace! —celebró Victor, alzando los puños en el aire.
—Demasiado pronto para festejar —cortó en seco Marnie, sin distraer la vista de su Morpeko.
La cobaya comenzó a incorporarse, alzada por una fuerza espectral y maligna que parecía rodearla y levantarla con sus propias garras, como si estuviera en un trance. El golpe había sacudido incluso su alegre y dulce sonrisa, reemplazándola por dientes apretados y feroces, y un par de grandes ojos rojos cegados por la furia que se clavaban como puñales en Haneki. La coneja sintió genuino temor al ver el nuevo aspecto que adoptaba su oponente, y retrocedió casi sin pensarlo hacia atrás, mientras un aura púrpura rodeaba a Hysteria, tiñendo su pelaje de colores negro y morado. Lo único que permanecía igual en ella eran sus cachetes rosados, que soltaban chispas como víboras eléctricas que se retorcían y rasgaban el concreto rojo de los ladrillos a ambos lados.
—Tsk, tranquila, Haneki —dijo el castaño a su pokémon, que no paraba de retroceder ante el lento pero firme avance de la cobaya—. Debe ser una habilidad similar a tu mar de llamas, todavía puedes aplacarla con tus patadas.
—Nada de eso —irrumpió nuevamente la pelinegra, esbozando una leve sonrisita—. Hysteria simplemente pierde el control. Ya no puedo hacer nada para contenerla.
—¡Doble patada!
—Chulería.
Antes de que Haneki atine a separar sus patas del suelo para atacar, Hysteria ya se encontraba delante de ella, propinándole rápidos y duros puñetazos en su estómago que la dejaron sin aire. El aura maligna entorno a ella cada vez se volvía más grande, y junto a ella el poder desatado de Morpeko, que se movía a una velocidad de vértigo entorno a la coneja de fuego, propinándole golpes secos alrededor de su cuerpo, reduciéndola en el lugar sin que apenas pueda defenderse. Pronto se encontró tan débil que su propia habilidad ígnea se encendió, desplegando una onda expansiva de fuego que la pokémon siniestra tuvo que eludir pegando un salto en el aire para no ser alcanzada por las llamas, pero la coneja no pensaba quedarse de brazos cruzados, y comenzó a saltar impulsándose entre las paredes y quemando todo a su paso, cargando hasta la última chispa de energía en sus patas para lanzar el ataque fulminante de tipo lucha. En lugar de evadirlo, Morpeko se aferró con sus dos brazos a una de las patas de Scorbunny cuando conectó la primer patada, y giró sobre si misma estampándola con violencia contra los ladrillos, desprendiendo algunos de lugar con un ruido ensordecedor que espantó a los pocos Trubbish que aún merodeaban por el callejón buscando su basura preferida, y haciendo volar hacia los cielos a los Pidove que husmeaban desde los tejados y ventanales.
—¡Resiste ahí, Haneki, estamos muy cerca! —le pidió Victor a su pokémon, viendo cómo se aferraba con brazos y piernas al muro agrietado en su espalda, gruñendo de dolor.
Morpeko se dejó caer nuevamente, solo para tomar impulso en el lugar dispuesta a saltar nuevamente al ataque, pero Haneki se impulsó hacia abajo con un ataque rápido para ganar terreno, estrellando una fortísima patada rodeada de llamas en la cabeza del roedor, que se estremeció en el lugar hundiéndose sus cortas patas en el suelo, y provocando una pequeña vibración en el callejón.
—Es ahora, Hysteria —comandó con frialdad la pelinegra, juntando sus cejas y alzando un brazo con delicadeza en dirección a su pokémon—. Usa berrinche.
Nuevamente, la Morpeko sujetó la pata con la que Haneki le había dado el duro golpe en la cabeza, y la sacudió fuertemente hacia abajo estampándola contra el suelo. Sin cesar, comenzó a golpear furiosa al piso con todas sus extremidades, creando una onda expansiva descomunal que agitó el pavimento de piedra y concreto impactando directamente contra la coneja de fuego, que salió rodando tras el fortísimo ataque de tierra hasta caer debilitada a los pies de Marnie. Victor corrió hasta donde estaba su pokémon, agachándose para levantar cuidadosamente su cabeza del suelo, acariciándola.
—Está bien, Haneki, no siempre vamos a ganar —le sonrió Victor, orgulloso por el esfuerzo de su pokémon. Scorbunny suspiró, recuperando medianamente la conciencia.
Marnie se agachó frente a él, mientras Morpeko volvía a su forma habitual y sonriente y regresaba trotando graciosamente hacia ella, trepando por su espalda hasta su cabeza. La chica le estrechó la mano al castaño, mostrando todavía su inexpresiva cara de pocos amigos.
—Fue un buen intento —le dijo secamente, mientras le tendía una mano y con la otra le daba palmaditas a su pokémon en la cabeza—. Prometo darte la revancha.
El chico la observó sorprendido unos segundos, hasta que finalmente su rostro se ablandó y le dio su mano a Marnie, asintiendo mientras regresaba a Haneki a su pokébola para que descanse.
—Salgamos de acá —dijo Victor poniéndose de pie y ayudándola a levantarse.
Así, los dos nuevos rivales se largaron del oscuro callejón, asegurándose antes de que ya no habría moros con pelo fucsia en la costa. La tarde caía en Motostoke y el oscuro azul de la noche comenzaba a pelear por su trono en el cielo, mientras los tibios rayos del Sol se apagaban en el horizonte, dibujando grandes sombras en las calles de piedra de la ciudad. La cantidad de transeúntes había disminuido, y algunos comercios comenzaban a cerrar sus puertas. Mientras volvían, Victor le preguntó a Marnie por lo sucedido en el tren hacia Motostoke, y ella respondió con soltura que a veces podía obtener beneficios de su bandita de fanáticos del Team Yell, hablando con su "líder" por teléfono ocasionalmente para ayudar a pokémon perdidos, o incluso para sacar la nieve de las vías cuando necesita llegar pronto a algún lugar. El castaño estaba boquiabierto mientras la chica de su edad comentaba cómo manejaba los hilos de prácticamente una organización vandálica solo con hacer un llamado telefónico. ¿Tenía línea directa con el líder del Team Yell? ¿Acaso era ella una especie de hija de mafioso con mucho poder? Su aspecto daba para sospechar, pero prefirió callarse y no hacer más preguntas, por si acaso no quisiera conocer la respuesta. Tras dejar a su equipo en el Centro Pokémon, Victor acompañó a Marnie hasta el Hotel Budew, donde ella se hospedaba. Allí la esperaba un grupo de punks del Team Yell, por lo que tuvieron que ingresar por la puerta trasera atravesando unos arbustos. El hotel era lujoso, como cabía esperar, pero lo único allí que le recordaba a su hogar y despertaba un sentimiento de familiaridad era un pequeño Budew que recibía alegremente a los huéspedes sobre la mesa de recepción, donde un señor calvo con traje azul y corbata roja los ingresaba en sistema y les proveía sus tarjetas de acceso a las habitaciones. En el vestíbulo principal, además, se encontraba la fascinante escultura de un noble caballero hecho de oro sólido, portando un enorme escudo en su mano izquierda y una larga espada en la derecha, alzándola con toda su gloria y con una pesada capa ondeando.
—Bueno, ya me voy. Debo prepararme para la ceremonia de inauguración, así que te veré luego —dijo Marnie sin ninguna entonación en particular en su voz, mientras Victor miraba fascinado la estatua y daba vueltas a su alrededor.
—E-está bien, nos vemos ahí entonces —asintió el castaño, balbuceando, sin dejar de admirar la majestuosa pieza de arte.
—Espera, ponte estos —recordó la chica, y sacó de su chaqueta unas gafas de Sol oscuras, poniéndoselas directamente.
—¿Y esto?
—Así no te reconocerán los del Team Yell.
Tras decir eso, Victor adivinó un fugaz esbozo de sonrisa en los labios de la chica, que asintió y pegó media vuelta, dirigiéndose junto a su Morpeko hacia el elevador. El castaño pensó que posiblemente sus ojos no lo delataban tanto como su gorra de lana gris, su playera roja o su enorme mochila de cuero marrón, pero de todas formas salió del hotel por la puerta principal. Asombrosamente, pudo pasar entre los escandalosos miembros del Team Yell sin despertar sospechas, mientras sus manos temblaban dentro de los bolsillos de sus vaqueros. Unas cuadras más adelante, finalmente se encontró de vuelta con Hop y Gloria, que todavía conversaban animadamente junto al barandal. Había estado apenas un par de horas separado de ellos, pero sentía que no los veía hacía una eternidad, así que no pudo disimular su ancha sonrisa al volver con ellos.
—¡Hola, chicos! —saludó animadamente. Cuando ambos voltearon a verlo, arquearon sus cejas al unísono.
—¿Qué haces con gafas de Sol? Ya está anocheciendo —gruñó Gloria, encogiéndose de hombros. Victor se puso rojo como un tomate, y se levantó rápidamente las gafas. ¿Cómo iba a explicarles todo lo que había pasado?
—Tal vez no quiera que lo reconozcan como el mejor amigo del futuro campeón: Hop —sugirió el peliazul, recuperando su orgullo y golpeándose el pecho con la palma de la mano y la frente en alto.
Tras cenar algo en un restaurante cercano al estadio -siendo esta vez invitados por Gloria, que había hecho bastante dinero en sus combates previos-, los chicos se fueron a cambiar a los vestuarios del estadio, que aquella vez estaban abiertos para todos los participantes inscriptos en el Desafío de Gimnasios. La presentación sería transmitida en televisión abierta para toda la región, y a las cadenas de programación no les cabía dudas de que sería el evento más visto de toda la semana, y posiblemente del mes también. Victor y Gloria se pusieron sus shorts y camisetas blancas con el logo de la copa, que era una silueta dorada rodeada por medios círculos rojos y blancos, mientras Hop los esperaba afuera, ya cambiado desde que se había tomado las fotos para su tarjeta de liga. Victor sabía, resignado, que más tarde tendrían que convencerlo para quitarse eso y continuar su viaje por la próxima ruta, pero esa noche sería muy especial para todos ellos. Y así lo fue.
Las gradas del enorme coliseo que se alzaba al fondo del estadio de Motostoke desbordaban de gente levantando sus estandartes y banderas con los logotipos de los diversos gimnasios de la región, tiñendo el ambiente de una multitud de dibujos y colores de lo más pintorescos, mientras papelitos de colores y serpentina volaban desde lo más alto y cubrían el pasto sobre la cancha del estadio, un espacio abierto de ciento veinte metros cuadrados en cuyo centro se hallaba delimitado un amplio terreno de combate con franjas blancas, sobre el cual circulaban en el aire una serie de drones controlados por varios Rotom, filmando y fotografiando el espectáculo. Bajo las gradas había distintas compuertas que conducían a las pasarelas por las cuales se accedía desde los vestuarios, así como una enfermería y una sala de comunicaciones desde donde se controlaba la transmisión televisiva y radial de los eventos oficiales en los gimnasios. Una tarima se había colocado especialmente en el centro del campo de batalla, y sobre ella se encontraba el mismísimo presidente Rose, máxima autoridad de la Liga Pokémon de Galar. Un señor alto y bien parecido, que vestía un fino traje de seda gris, con camisa blanca impecablemente planchada y corbata roja sujeta con un broche de adoro bajo un chaleco del mismo color grisáceo de su traje. Lucía una barba candado prolijamente afeitada, así como un peinado en degradé con un largo mechón sobresaliendo hacia un costado, y una suave mirada de ojos verdes claros que era la perdición de las mujeres que presenciaban en las gradas su alucinante despliegue escénico en el centro del estadio. El hombre extendía sus brazos hacia ambos lados, dándole la bienvenida a todo el mundo.
—¡Buenas noches, amigos míos! —saludó con entusiasmo, enseñando una espléndida sonrisa mientras escuchaba a la multitud coreando su nombre—. ¡Tengo nuevamente el agrado de presentarles a los candidatos de este año para alzarse con la copa en el Torneo de Campeones, inaugurando formalmente el Desafío de Gimnasios! ¡Démosles la bienvenida con un fuerte aplauso, por favor!
Las compuertas de las pasarelas se abrieron, y por sus largos pasillos avanzaron una centena de entrenadores vistiendo el uniforme oficial de la liga, algunos de ellos curtidos en experiencia y saludando animadamente a la multitud, y otros abochornados, encogiéndose de hombros y tratando de ocultarse a espaldas de los demás. Pero la mayoría se mostraban sonrientes y alucinados por el imponente estado sobre el cual estaban dando sus primeros pasos, hundiendo sus zapatillas deportivas en el pasto fresco de la cancha. Entre ellos se encontraban Victor y Hop, mientras que al otro lado de la cancha se abrían paso las entrenadoras desde los vestíbulos femeninos. Muchas de ellas gozaban de mucha popularidad, destacando a la mismísima Marnie, que había convocado con su sola presencia a más de un centenar de punks del Team Yell, que coreaban y rugían su nombre enardecidos, agitando gigantografías con su imagen y banderas con el logo de su banda: una letra Y invertida, simulando un par de afiladas garras fucsias. Al encontrarse en el centro de la cancha, alrededor de la tarima sobre la cual el presidente Rose los recibía con un sentido aplauso, los chicos se encontraron con Gloria, y Victor se sorprendió al ver a Marnie vistiendo algo que no incluya una pesada y gruesa chaqueta de cuero negro con tachas. Su atuendo era tan blanco como de los demás, y se la veía tan tímida y avergonzada ante la multitud que no parecía ser la misma entrenadora que le había dado una paliza horas antes en el suco y oscuro callejón de Motostoke. Hop saludaba alegremente al público, y Gloria se sonrió al adivinar las lágrimas formándose en sus grandes ojos color miel, pero un hombro la chocó desde atrás, pasando de largo entre la multitud de entrenadores que saludaban y buscaban a sus amigos y familias entre la tribuna. La chica se volteó rápidamente, viendo alejarse la espalda con el número 908 en su camiseta blanca, así como los rebeldes flecos rubios platinados de Bede. Le dedicó una mirada cargada de desprecio, pero decidió dejarlo pasar esta vez. No era tan tonta como para tirársele encima con el mismísimo presidente Rose delante de ellos.
De acuerdo al protocolo oficial de la ceremonia, los entrenadores comenzaron a ordenarse a lo largo de la cancha, formando dos hileras enfrentadas mientras se acomodaban uno al lado del otro junto a la compuerta principal de la cancha.
—¡Ya conocimos a los desafiantes! ¡Me complace ver tantas caras nuevas, así como rostros familiares que están dispuestos a seguir intentándolo! —anunciaba Rose con su voz grave y profunda—. ¡Es hora de saludar de pie a los líderes de gimnasio, que van a defender sus medallas con la ferocidad que los caracteriza! ¡Ellos son el corazón mismo de Galar!
Victor y Hop observaban con los ojos desbordados de sus cuencas cómo finalmente la enorme compuerta de acero se alzaba, y de ella surgían nueve siluetas. El público desde las gradas estalló en cánticos y vitoreos, agitando sus banderas como si una tormenta los estuviera azotando, mientras que música de guitarras eléctricas y una gloriosa orquesta comenzaba a sonar por los altoparlantes dispuestos alrededor del estadio circular. Gloria aplaudía enérgicamente, dedicándole a los demás entrenadores una mirada desafiante, mientras que Hop lamentaba el hecho de que lo obligasen a dejar su mochila con el SmartRotom en el vestuario, pues habría amado poder sacarles fotografías a todos y cada uno de los líderes, que poco a poco comenzaron a asomar a través del pasillo, poniendo sus pies sobre la cancha. Nueve de los mejores entrenadores de toda Galar estaban reunidos ahí mismo, a pocos metros de ellos, y avanzaban raudamente entre los aspirantes, saludándolos y algunos de ellos estrechándoles las manos con una sonrisa en los rostros. Eran tremendamente profesionales. Victor no los conocía a todos ellos, pero Hop recitaba sus nombres vibrando en el lugar a la espera de recibir, al menos, una mirada de su parte.
Un muchacho de enormes y fibrosos brazos con pecas y expresión afable saludaba alegremente a los entrenadores, dándoles fuertes apretones de manos. Junto a él caminaba una chica de uniforme marcial con detalles negros y anaranjados y lazos negros atados a su cabello corto y cenizo miraba al frente con actitud estoica, detrás de la cual se arrastraba tímidamente un chico con uniforme púrpura, largo cabello oscuro y una tétrica máscara blanca con tres orificios circulares, balanceando sus brazos inertes mientras avanzaba.
Más atrás avanzaba erguido y con paso firme un hombre cincuentón con uniforme rojo, de facciones orientales y con cabello canoso, que saludaba seriamente a los entrenadores asintiendo con la cabeza. Otra entrenadora apareció atrás suyo duplicando el número de aplausos y de cánticos entre los fanáticos, que se derretían por ella desde las gradas y en la mismísima cancha. Los entrenadores literalmente se desmayaban al recibir el saludo de la bella líder con piel morena y largo cabello oscuro con mechas azules, que saludaba al público y a los propios entrenadores con la distinción de una sirena, enseñando sus profundos ojos tan azules como el mar, luciendo un uniforme blanco, naranja y azul hecho especialmente para el nado. Hop se movía tanto en su lugar que Victor y Gloria tuvieron que sujetarlo de los brazos para que no rompiera la formación.
Los siguientes líderes despertaban más respeto por los propios entrenadores, siendo dos de ellos un chico robusto con gafas de Sol azules en punta y mechones de pelo rubio que ondeaban al viento con estilo propio, mientras alzaba una mano dedicándole a un saludo a los admiradores -y, especialmente, admiradoras-, mientras guiñaba el ojo con una sonrisa llena de confianza y lucía su uniforme parcialmente tapado por una larga chaqueta negra; y la otra una mujer curvilínea de largo cabello celeste con un distinguido uniforme polar blanco de terciopelo, que le daba palmaditas en la cabeza a los entrenadores más tímidos y abochornados en la fila y les dedicaba amables palabras de aliento. Una anciana flaca, larguirucha y encorvada caminaba lentamente apoyándose en el largo paraguas de apastelados tonos rosa y celeste a juego con su vestido, sonriendo con suficiencia detrás de su nariz alargada, pero ignorando raudamente las decenas de manos que se estiraban para saludarla. A Victor le produjo escalofríos, y le recordó inmediatamente a un chicle estirado.
El último en ingresar fue al mismo tiempo el de mayor popularidad, y el más abierto a saludar a los entrenadores con cálidos abrazos y ofreciéndose él mismo a tomarse selfies con todos ellos, acompañado por su propio SmartRotom que orbitaba a su alrededor sin dejar de tomar fotografías. Su piel era morena y sus ojos relajados de un color verde marino, mientras que su uniforme oscilaba entre los colores petróleo y naranja, con un ancho cuello del que surgían aletas blancas en forma de colmillos, y una ancha bandana anaranjada tras la cual peinaba su oscuro cabello en picos. Al pasar junto a Hop, el líder fijó sus ojos en él y esbozó una enorme sonrisa blanca, enseñando sus colmillos afilados. Le despeinó el cabello azul con una mano, y asintió con la cabeza muy conforme de verlo ahí entre los aspirantes. Victor y Gloria no entendían nada, pero Hop pareció ignorarlo a propósito, enrojeciendo levemente, para después seguir gritando el nombre de Nessa repetidas veces en busca de un saludo o un autógrafo.
—Me alegra verlos tan llenos de energía como siempre, líderes —saludó el presidente Rose, micrófono en mano para que sus cálidas palabras no se ahoguen entre el estruendo generalizado en el estadio—. Lamentablemente no todos pudieron acudir a esta ceremonia, pero estoy seguro de que todos darán lo mejor de si mismos contra nuestros aspirantes de este año. ¡Sin más dilación, les deseo a todos el mayor de los éxitos! ¡Que comience así oficialmente la Liga Pokémon de Galar de este año!
Los nueve líderes se posicionaron en círculo sobre el propio círculo divisorio del campo de batallas trazado sobre el pasto en la cancha del estadio, dándole la espalda a Rose en su tarima y saludando con los brazos a la multitud que se derretía a sus pies desde las gradas, mientras los entrenadores uniformados del estadio aplaudían de buena gana. Fuegos artificiales estallaron en el cielo nocturno de Motostoke, iluminando la noche con miles de colores. Victor, Hop y Gloria alzaron la vista hacia el cielo negro salpicado de explosiones brillantes y chispeantes, iluminando sus pupilas con cada estruendoso estallido. Ahora sí, comenzaba su Desafío de Gimnasios.
Continuará…
TRAINER's PROFILE
Marnie
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Morpeko (Lv.16) "Hysteria"
- Nickit (Lv.15) "Guywill"
