Capítulo 9 – Curry, huevos y manzanas

El espléndido Sol matutino ya se alzaba sobre Motostoke, cuyas fábricas y locales comenzaban a funcionar generando energía y comercio por partes iguales, impulsando un día más el progreso en la gran ciudad. En el Centro Pokémon que se hallaba hacia el sector oeste, en las afueras de la ciudad y próximo a la Ruta 3, nuestro grupo de protagonistas tomaba un rápido desayuno antes de partir. Victor vestía ya las prendas que había adquirido la tarde anterior en la boutique, luciendo su flamante camiseta blanca de Shuckle, así como la chaqueta negra con capucha y sus clásicos vaqueros desgastados. Todos conversaban animadamente sobre la espectacular inauguración en el estadio de Motostoke, que había tenido repercusión a nivel nacional y era la noticia de portada en todos los diarios. Hop se encargó personalmente de comprar todas las copias que pudo, buscando entre sus páginas si habían salido en alguna fotografía, pero la baja resolución de las mismas y la inmensa cantidad de entrenadores con el mismo uniforme que allí aparecían volvía aquello una tarea imposible. Tras alistar una serie de pokébolas y pociones en sus mochilas, partieron por el oeste hacia la Ruta 3, cruzando un puente de piedra desde el cual podía apreciarse gran parte del Área Silvestre.

—Según esto, tenemos que cruzar toda la Ruta 3 y las Minas de Galar —murmuraba Victor observando el mapa en su SmartRotom.
—¿Y luego de eso llegaremos a Pueblo Turffield? —preguntó Hop, entusiasmado por ganar su primer medalla.
—No, luego de eso deberemos atravesar la Ruta 4… —suspiró el castaño, siguiendo el mapa con el dedo.
—¡No vamos a llegar nunca! —se lamentó Gloria, sacudiéndose el pelo con las manos.
—Tranquilos, al menos eso nos da la posibilidad de entrenar un poco más —dijo Victor, manteniendo una actitud positiva para ellos, pero sabiendo en el fondo de su corazón que necesitaba volverse más fuerte si pretendía plantarle cara al líder de gimnasio, tras su categórica derrota ante Marnie—, además de capturar algunos pokémon salvajes.
—Es cierto, Cheepo y Lulú se están volviendo más fuertes, pero ya va siendo hora de sumar otro compañero al equipo —evaluó Hop, pensando en cuál podría ser el pokémon más adecuado para balancear su equipo actual.

Durante su recorrido por el Área Silvestre se habían hecho con una considerable variedad de pokémon, pero acababan enviándolos al laboratorio, ya sea por estar en niveles muy dispares a los de su equipo principal, o simplemente por ser demasiado difíciles de entrenar, como era el caso de Donky, el Mudbray de Hop, que desobedecía todas sus órdenes y se comportaba como un corcel indomable para el peliazul, "aunque se trata solo de un lindo burrito", según Gloria.
A medida que se acercaban al otro extremo del puente se cruzaron en sentido opuesto a un joven cazabichos que se dirigía a la ciudad, con su red al hombro y su amplio sombrero de paja, quien desafió a cualquiera de los tres a un combate para poner a prueba la fuerza del ejemplar que acababa de capturar. Hop y Victor cruzaron miradas, pero fue la misma Gloria la que dio un paso al frente, arremangándose su grueso pulóver de lana gris e inflando una pokébola en su mano.

—¡Bien, vamos a ver qué tan bueno es este raro pokémon! —sonrió confiado el cazabichos, arrojando con su red una pokébola verde agua con entramado negro en la parte superior, liberando a su pokémon—. ¡Blipbug, al ataque!
—¡Vamos, Seven! —mandó Gloria a su Sobble, liberándolo de su pokébola.

Frente a Sobble se materializó un pequeño gusanillo morado y amarillo, con una alargada cabeza y ojos igual de grandes que parpadeaban confundidos observando a su adversario, retorciéndose del miedo en su lugar. Seven adoptó rápidamente posición de combate, pero un ruido gutural en su estómago lo desequilibró totalmente. Gloria arqueó una ceja, pero no pudo reaccionar a tiempo.

—¡Blipbug, usa estoicismo!
—¡Blip!
—¡Seven, esquívalo y dale con hidropulso!

Sobble intentó eludir el ataque del gusano, pero sus delgadas patas temblequeaban mientras se sujetaba el estómago, y resbaló torpemente con la lengua afuera, recibiendo de lleno los finos dardos verdes que disparaba el insecto. Se lo veía exhausto por algún motivo, y eso que acababan de recuperarse al máximo en el Centro Pokémon.

—¿Qué le sucede? —le preguntó Hop a Victor en voz baja, a lo que el castaño se encogió de hombros.

Gloria probó con un ataque directo, y mandó a Sobble a atacar con su fuerte cola al insecto, pero la atadura fue tan débil que el Blipbug simplemente se retorció entre los músculos de la cola que lo apresaba, escurriéndose rápidamente en libertad para volver a lanzar sus dardos verdes que volaban en todas direcciones impactando sobre el cuerpo de Sobble, que apenas se movía del suelo. Pronto, el pokémon de agua quedó fuera de combate. había sido la derrota más rápida que los chicos hubieran visto en su vida, y nada menos que a manos de un cazabichos y su Blipbug. Gloria gruñía como un Yamper rabioso, y corrió hacia su pokémon alzándolo en brazos. Sus cortas patitas temblaban, y su estómago hacía un ruido considerable.

—Bien hecho Blipbug, regresa —dijo el chico, guardando a su tipo bicho en la pokébola, para luego acercarse a Gloria—. Tu pokémon está muerto de hambre, se ve claramente. Por buena salud que tenga, si no lo alimentas como corresponde no podrá desenvolverse bien en combate.

El cazabichos sonaba bastante maduro para su corta edad, y su tono de reproche afectó bastante a la chica. Era cierto: Seven se la había pasado combatiendo con todas sus fuerzas en el Área Silvestre y en Motostoke, pero hacía ya dos noches que no se daba un atracón de comida para recargar energías. La gran ciudad había mantenido su cabeza enfocada únicamente en hacerse más fuerte de cara al Desafío de Gimnasios, pero había desatendido parte del cuidado y crianza que era su responsabilidad como entrenadora para con sus pokémon. Pensó que Cookie también se hubiera muerto del hambre si lo mandaba a combatir una vez más, fuera del confort de su pokébola.

—Oye, muchas gracias, en serio —le dijo Victor al cazabichos, estrechándole la mano—. Buscaremos un lugar para acampar y llenar el estómago de Sobble.
—La Ruta 3 es bastante tranquila, no tardarán en encontrar uno. Buena suerte, adiós.

El cazabichos siguió su camino a lo largo del puente hacia Motostoke, observando por el rabillo del ojo a Gloria, que con gesto triste y culpable abrazaba a su pokémon de agua y se ponía de pie, dirigiéndose a sus compañeros de viaje.

—Por favor, chicos —los miró a los ojos—, no dejen que me vuelva loca con esto de la liga. Quiero ser más fuerte, pero no quiero que sea a costa de mis pokémon.

Victor y Hop enmudecieron unos segundos, realmente se mostraba conmovida por su pokémon, y no por el haber perdido de manera tan humillante la anterior batalla. Hop incluso se sintió un poco celoso de la actitud de ella, puesto que él se había sentido realmente mal consigo mismo al perder contra Victor en su primer encuentro, y no tanto por pensar en cómo se habían sentido sus pokémon al perder. Deberían ser más empáticos con sus pokémon si pretendían forjar con ellos lazos más fuertes que su misma fuerza.

Atravesaron en silencio lo que quedaba del puente, hasta poner pie sobre los claros pastizales de la Ruta 3, que era nada menos que la ladera de una montaña que circundaba parte del Área Silvestre, y por la cual se accedía hacia el norte a las Minas de Galar. El camino se empinaba ligeramente, lo suficiente para que la brisa corra más rápido allí, arrastrando consigo a pequeños pokémon verdes y con grandes afros de algodón sobre la corona de sus cabezas, que giraban alegremente en el aire y se perdían tras el puente en dirección a la ciudad y el Área Silvestre. Tal y como les había dicho el cazabichos, no tardaron en conseguir un terreno despejado a los pies de un árbol para levantar el campamento, pero cuando los tres abrieron sus mochilas en búsqueda de ingredientes para cocinarle algo a sus pokémon…

—Vacío —dijeron los tres al unísono, crispando una ceja. En sus bolsos había pociones, antídotos, pokébolas y otra clase de objetos que habían comprado en las tiendas de Motostoke o incluso que se habían encontrado deambulando por el Área Silvestre, pero no les quedaba ya ninguna baya o comida para combinar y preparar el curry que tan bien le salía a Victor.
—Somos un desastre —se lamentó Hop, cabizbajo.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados —resolvió la chica, poniéndose de pie y calzándose a los hombros su bolso. La chica había dejado a Sobble en la carpa, dormitando y arropado bajo la bolsa de dormir—. Iré al bosque a buscar algunas bayas, Hop, cubramos terreno, tú ve por el otro lado.
—Podrías usar a tu Skwovet para que la tarea sea más fácil —se le ocurrió a Victor, y a los dos les pareció una excelente idea.

Así, Gloria liberó a su Yamper para que la acompañe al bosque, mientras que Hop se adelantó por la ruta en dirección al norte, acompañado por su Grookey, que saltaba hábilmente de rama en rama por los árboles en búsqueda de bayas y frutas que pudieran comer, y por el Skwovet que transportó con su SmartRotom al equipo. La ardillita rápidamente se les adelantó, corriendo a toda prisa con la cola en alto para rastrear la comida más fresca cerca de ahí. Victor se quedó en el campamento cuidando de Sobble, preparando el fuego con ayuda de Scorbunny y la cazuela para cocinar en cuanto volvieran sus amigos.

—Cookie, necesito de tu olfato para rastrear los árboles de bayas —le pidió Gloria a su perrito, mientras lo cargaba en brazos y su pokémon olfateaba el aire en todas las direcciones, con la lengua siempre afuera.

La entrenadora caminaba en medio de un modesto bosque que alzaba sus alerces y abedules a los pies de la montaña, a través de cuyas hojas en las copas de los árboles se filtraba la intensa luz del Sol, dibujando sombras y figuras sobre la fina hierba crecida a sus pies. No era común por esa zona encontrar árboles de bayas, puesto que no solían germinar en altura, pero gracias a la actividad agrícola de los pueblos originarios a lo largo de las rutas de Galar, era posible encontrar aquellas plantas tan codiciadas por los viajeros en casi cualquier zona de la región. Una parvada de Rookidee la observaban curiosos desde las ramas de los altos árboles, y divisó también a un par de Machop levantando pesadas rocas que se desprendían de la colina, para reforzar su musculatura. Tras un rato largo, y cuando las piernas de la entrenadora comenzaban a flaquear, Yamper comenzó a ladrar en dirección a un claro a los pies de la montaña, desde el cual corría un río que se perdía hacia abajo en dirección al Área Silvestre. Junto al agua que corría rápidamente, se llevó la sorpresa de ver allí un árbol de tronco fuerte y baja altura, con una copa que extendía sus ramas y hojas verdes por encima del mismísimo río, generando el aspecto de un paraguas sobre todo el territorio. De sus ramas y entre las hojas se apreciaban toda clase de bayas de las más variadas formas, tamaños y colores, así como una multitud de manzanas que se mecían con la brisa. Los ojos de Gloria se iluminaron, y pronto corrió junto a Yamper hacia el manzano para aferrarse al tronco y comenzar a trepar, demostrando una sorprendente destreza física pese al cansancio por la caminata a la intemperie.

—Sé que no eres muy ágil trepando, pero ayúdame con tus descargas para tratar de tirar algunas bayas y manzanas al piso —decía la castaña mientras trepaba por el tronco bajo hasta alcanzar una de las ramas con el brazo, colgándose de ella y subiendo con todas sus fuerzas hasta sentarse con las piernas colgando a ambos lados.

Yamper ladró alegremente y corrió hacia el otro extremo del árbol, comenzando a pegar saltitos mientras soltaba chispazos de sus mofletes que viajaban como finas flechas hacia las ramas y los tallos, cortando algunas bayas y tirándolas al pasto. Aún tenía que mejorar su puntería, porque las chispas podían salir disparadas en todas las direcciones, pero era también un buen ejercicio de entrenamiento para elevar su precisión. La entrenadora, por su lado, se acercaba lentamente al otro extremo de la rama, donde colgaban algunas bayas Meloc y Aranja, de vivos colores rosa y azul. Vendrían bien para preparar algo para sus pokémon. Bajo ella, el rápido del río, desde el cual saltaban algunos Magikarp dejándose arrastrar por la corriente. Sobre su verde boina con pompón blanco, una familia de manzanas rojas que serían su siguiente objetivo. Pensó que todas esas bayas y manzanas habían elegido un lugar especialmente peligroso para crecer, pero decidió conservar la sonrisa en su rostro, pues ya estaban al alcance de sus manos tras casi una hora vagando por la ruta sin encontrar nada para alimentar a Seven.

—¡Ya… casi… las… tengo! —gruñó la chica prácticamente recostada sobre la rama, cruzando sus piernas en el tallo mientras extendía ambos brazos para arrancar con las manos las bayas, arrojándolas con cuidado hacia el suelo a un lado del río. Afortunadamente, ninguna de ellas cayó al agua. Y si algún pokémon salvaje intentaba salir de su escondite para robarse esas bayas, Yamper las vigilaba atento desde ahí, mientras bajaba otras con sus descargas. Todo iría bien.

Volvió a sentarse en la rama, y esta vez decidió arriesgar un poco más, poniéndose de pie con cuidado mientras apoyaba la mano en el tronco del árbol, lista para conseguir algunas manzanas. Alzó la mirada y se encontró con al menos ocho manzanas grandes, gordas y de un precioso color rojo brillante. Yamper la apoyaba desde abajo, ladrándole alegremente con su lengua permanentemente fuera de la boca. La chica extendió sus manos para arrancar una de las frutas sobre su cabeza, pero una suave brisa se levantó empujando el río a sus pies y despeinando su cabello castaño, que voló contra su cara hasta volver a acomodarse a ambos lados cuando la corriente amainó. Tras parpadear un poco, se dispuso nuevamente a arrancar la manzana, pero en donde sus manos se habían cerrado ya no había nada. Desvió apenas unos centímetros la vista, y se encontró nuevamente con la hilera de ocho relucientes manzanas colgando sobre la rama, a una mínima distancia de sus manos. Un poco confundida, se corrió un paso hacia el costado, haciendo equilibrio sobre la rama, y estiró los brazos para retomar la labor. Apenas sus dedos se posaron sobre el redondo y rojo cuerpo de la manzana, sintió un latigazo en sus dedos que la obligó a soltarla inmediatamente, trastabillando un segundo, pero agarrándose rápidamente con una mano a la rama, adoptando posición de cuclillas mientras parte del árbol se mecía levemente hacia los lados. Sin dejar de fijar su vista en las frutas prohibidas, creyó ver una especie de cola verde escondiéndose tras ellas mientras se enroscaba en la corteza de la rama, y seguida de ella el resto de las manzanitas hacían lo mismo, tambaleándose un poco sin que corra ya ninguna brisa que pudiera mecerlas en el aire. Algo andaba mal ahí.

—Cookie —elevó la voz la chica, y su can eléctrico inmediatamente adoptó posición de combate—. Quiero que sueltes descargas a todo lo que se mueva y no sea yo, ¿entendido?
—¡Yam!

Acto seguido, la chica inhaló y exhaló aire lentamente, poniéndose de pie lentamente y apartándose por la rama hacia el tronco, moviéndose con calma y cuidado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca del centro, levantó una pierna y la apoyó con firmeza en la sólida corteza de madera del tronco, tomando impulso con un ágil salto hacia arriba y colgándose de la misma rama donde pendían las frutas rojas. Con todas las fuerzas de sus brazos trepó hasta quedar recostada en la rama, y se acercó reptando rápidamente a la manzana anterior, que ésta vez se desprendió de la rama desenroscando la cola verde que surgía de su parte posterior, dejándose caer a la rama de abajo y enroscándose en ella con destreza. Atento a lo que ocurría, Yamper se colocó debajo de esta y comenzó a disparar sus débiles descargas eléctricas contra la manzana, que empezó a saltar y rodar por la rama eludiendo las descargas, mientras que el resto de manzanas comenzaba a hacer lo mismo, algunas huyendo hacia las ramas superiores y otras dejándose caer a la inferior para confundir los ataques del pokémon eléctrico. Gloria sabía que no podría alcanzar fácilmente a las que huyeron hacia arriba, pero se arriesgó con las que ahora huían bajo su propio cuerpo, girando ciento ochenta grados en la rama y cruzando nuevamente sus piernas entorno a ella, estirando sus dos brazos hacia abajo hasta que finalmente consiguió capturar con sus manos a una de ellas, mientras sus dos compañeras eran aturdidas momentáneamente por las descargas eléctricas. La manzana en manos de Gloria se retorcía y sacudía con una fuerza vigorosa e impropia de una fruta, mientras sacaba de su interior su regordeta y fuerte cola verde y la usaba para envolver las muñecas de la entrenadora, apretando con todas sus fuerzas para que la chica desista y la suelte.

—¡Tsk! ¡No voy a resistir mucho más! —gruñó la castaña, parcialmente de cabeza y lidiando con la aguerrida fruta roja que intentaba escapar a toda costa. Algunas manzanas se habían perdido entre la maleza del árbol, pero otras se resistían a los ataques eléctricos que Yamper soltaba desde abajo, uniéndose a su compañera para darle golpes de cola en las manos a la entrenadora—. ¡¿Quieren dejar de resistirse, estúpidas manzanas?! ¡Bayas, ayúdenme!

Las bayas que había recolectado Yamper no se movieron de su lugar, apiladas prolijamente junto al árbol. Quienes sí se movieron fueron un par de manzanas que habían ganado altura escalando de rama en rama, desprendiéndose y cayendo en picada sobre el cuerpo de la chica, dándole dos duros golpes en las piernas y aflojándoselas. Gloria tuvo que soltar a la manzana con una de sus manos para aferrarse a la rama y así evitar una peligrosa caída. Tras alcanzar sus pies una distancia aceptablemente recortada del pasto que creía junto al río, Gloria se dejó caer una vez más, agarrando en el aire con las dos manos a la fruta rebelde y cerrándose sobre ella para que no escape, mientras la cubría con su maltrecho pulóver gris. El golpe le dolió en un costado del cuerpo, pero había logrado apartar la cabeza del suelo lo suficiente como para no sufrir lesiones más serias. Yamper corría en círculos alrededor de su entrenadora, ladrando y gruñendo a las siete manzanas que se desprendieron de las ramas rodeándola amenazantemente. Cuando la chica abrió los ojos, vio al grupo de frutos rojos desplegando sus colas verdes y un par de hojas que brotaron en la superficie, abriendo diminutas pupilas negras y brillantes en su interior. Había vida en ellas.

—¿Q-qué se supone que son ustedes? —musitó la castaña, mientras se incorporaba cuidadosamente y retrocedía hacia donde había dejado su mochila, cruzando sus brazos para contener al oponente cautivo que no paraba de retorcerse y soltar agudos chillidos quejumbrosos bajo su pulóver. Yamper gruñía y soltaba chispas de los mofletes amarillos, manteniéndolas a raya mientras les dedicaban desafiantes miradas y reptaban hacia ellos impulsándose lentamente con sus colas.

Cuando alcanzó su mochila, se agachó cuidadosamente palpando el pasto hasta encontrar el cierre de la misma, pero ni bien sus dedos hicieron contacto con el tirador metálico, las manzanas pegaron una especie de chillido de guerra y se lanzaron al ataque todas al mismo tiempo, pegando saltos y rodando con sorprendente destreza dispuestas a dejar sus cáscaras para rescatar a su compañera. Cookie estaba bien entrenado, y rápidamente corrió en dirección opuesta trazando una línea zigzagueante mientras sacaba chispas del cuerpo, intentando rozarlas para dejarlas completamente paralizadas. A distancia, sus ataques eléctricos eran menos efectivos que si lograba desplegarlos en contacto cuerpo a cuerpo. Gloria observaba orgullosa cómo su perrito guardián se las apañaba para sujetar a una por la cola con sus pequeños colmillos mientras golpeaba con las patas traseras a otra que pasaba por al lado pegando saltos, girando sobre su propio eje para lanzar a la manzana contra una tercera, y dando en el blanco como quien juega a los bolos y arrojándolas al río. Finalmente, consiguió dar con su SmartRotom en el fondo del bolsillo de su mochila y, como pudo, apuntó con él al grupo de manzanas que arremetían contra Yamper. Tal y como lo supuso, se trataban de pokémon.

"Applin, el Pokémon Manzánido. Nada más nacer se refugia en una manzana, donde habita el resto de su vida mientras va devorando el interior a medida que crece. Finge ser una fruta para protegerse de los pokémon pájaro, sus enemigos naturales"

—Qué caraj- —comenzó Gloria, pero fue irrumpida repentinamente por un par de largas hojas que asomaron bajo el escote de su pulóver gris, clavándole en toda la cara una terrorífica mirada que la tomó por sorpresa y la obligó a retroceder, cayendo de bruces al suelo y permitiendo así que el pokémon que tenía entre sus brazos se escape, saltando a toda prisa en dirección a Yamper—. ¡Cookie, cuidado atrás!

El perro eléctrico se sacó de encima a uno de los oponentes con un fuerte placaje, pero ni bien volteó tras escuchar la advertencia de su entrenadora se topó de lleno con la terrorífica mirada del manzánido, paralizándose unos segundos que las demás aprovecharon para embestirlo con sus cuerpos redondos y duros. Yamper torció rápidamente su cabeza para que dos de los envites le den de lleno en el rostro, pero aprovechó ello para encender al máximo sus mofletes chispeantes, soltando una brutal descarga eléctrica contra los Applin y dejándolos prácticamente pegados a él, girando rápidamente para arrojarlos contra los demás, y cazando a otro con sus colmillos dándole un fuerte mordisco antes de arrojarlo también al agua, donde flotaban inconscientes otros dos Applin. Ya solo quedaban dos en pie, que rodaban en torno a él rápida e irregularmente. Parecían los más experimentados en combate, pero Gloria sabía que Cookie estaba a otro nivel.

—No te preocupes por recibir algún golpe, Cookie, ¡tú puedes con los dos! ¡Enfoquémonos en la manzana más roja! —mandó la chica, sin saber bien cómo referirse a las frutas que intimidaban a su pokémon—. ¡Moflete estático!
—¡Yam-per!

El eléctrico se lanzó directo contra la manzana de aspecto más verdoso, pero cuando estuvo cerca de darle de lleno con su mejilla encendida, ésta se impulsó dándole un golpe de cola al suelo, saltando por los aires sobre Yamper y girando sobre si misma para asestarle un duro coletazo en el lomo. Mientras, el otro Applin rodó raudamente hacia él por un costado, envistiéndolo con tanta fuerza que lo hizo tambalearse. Sin embargo, Cookie aferró sus patas a la tierra y atacó con un rápido mordisco, pero la manzana roja y brillante ocultó sus hojas y su cola en el cuerpo frutal, endureciéndolo al máximo para resistir el ataque. Yamper jamás había probado una fruta tan dura como aquella, y el mordisco les causó más daño a sus colmillitos que al propio Applin, que hábilmente había hecho uso de la técnica de refugio aumentando su defensa. Sin embargo, en ese estado ya no podía desplegar sus extremidades para moverse libremente, por lo que dio un zarpazo con una de sus patas delanteras, mandándola a rodar lejos de allí para poder enfocarse en la manzana verdosa y ácida. La fruta soltó un chillido agudo y aterrador antes de abalanzarse sobre él enseñando sus alargadas hojas con ojos, pero ésta vez no se dejaría intimidar, respondiendo con una descarga eléctrica al darle de lleno un cabezazo que la dejó completamente paralizada en el lugar. El Applin rojo había vuelto al ruedo, impulsándose con la cola como un jugador de hockey trazando el recorrido del disco con su palo.

—¡Cookie, agacha la cabeza y espera el momento indicado!

El perro obedeció, dejando caer su cabeza redonda hasta que su nariz olfateó la tierra húmeda debajo de él, esperando a recibir de lleno el envite hasta que Applin estuvo lo suficientemente cerca. Fue ahí que sacó pecho y aferró sus cortas patas a la tierra, alzando rápidamente su cabeza para levantar por los aires al manzánido, cazándolo a tiempo por la cola con sus dientes y estrellándolo duramente contra el suelo mientras conducía la suficiente electricidad con la mordedura para entumecer su coraza e interior. Sin dudar un instante, la chica sacó un surtido de pokébolas de su bolso y comenzó a arrojarlas cual jugador de béisbol a los pokémon caídos, con asombrosa puntería y capturándolos uno tras otro al instante. Los últimos en caer parecieron ser de mayor nivel, por lo que se resistieron a entrar a la primera y salieron nuevamente, muy débiles para seguir luchando, pero con suficiente determinación para no caer ante la somnífera prisión de las esferas rojas y blancas. Después de todo, ellas ya habían elegido en qué prisión encerrarse durante el resto de sus vidas. La chica decidió probar entonces con una Honor Ball que les habían obsequiado a ella y sus amigos cuando habían hecho las últimas compras en la tienda del Centro Pokémon antes de abandonar Motostoke, capturando finalmente al Applin rojo y dulzón, mientras que el otro finalmente se apartó de allí dedicándole una mirada desafiante a la chica, refugiándose tras los arbustos y matorrales que crecían más allá del árbol y que se perdían a lo largo de la montaña. La chica suspiró, agotada, y se desplomó sobre la hierba rodeada por las pokébolas donde descansaban los Applin debilitados, mientras observaba con el brazo extendido al cielo la pokébola completamente blanca en su mano, reluciendo con los rayos de luz que pasaban a través de las hojas del manzano.

—Tienes una pokébola muy bonita, Applin —susurró la chica, entornando los ojos y esbozando una débil sonrisa—. Espero que te resulte tan cómoda como tu casa-manzana. Tu nombre será… Eri.

Yamper ladró alegremente a la honor ball, moviendo su cola y frotando la cabeza contra el pecho de su entrenadora, que acarició cariñosamente su pelo de tonos pastel antes de volver a incorporarse para recolectar las pokébolas y bayas en su mochila y regresar al campamento.

Victor observaba con expresión perdida al Sobble de Gloria, que tiritaba acurrucado bajo la colcha gruesa de su bolsa de dormir. Al parecer la chica se había propasado con su entrenamiento en los campos de batalla fuera del estadio de Motostoke, y la falta de comida había repercutido seriamente en su salud. Había intentado darle una poción, pero no pareció tener efecto alguno en el pokémon de agua. Scorbunny le hacía morisquetas y lo mantenía calentito entibiando el ambiente con ráfagas de aire tibio que desprendía dando rápidas patadas y piruetas en el aire. En un momento, el castaño escuchó pisadas alrededor de la carpa, y luego escuchó el gorjeo de Rookidee, que vigilaba desde el techo al regreso de sus compañeros de viaje. No había pasado ni una hora desde que se habían ido, pero parecía que habían encontrado alimento más rápido de lo previsto, así que salió entusiasmado para recibirlos.
Afuera, un chico un poco mayor que él, de aspecto raquítico y una inconfundible cresta fucsia en picos hasta la nuca hurgaba en la cazuela al fuego que Victor había preparado para cocinar el curry. Vestía pantalones de cuero apretados y sucios, botas militares y una sudadera sin mangas con tachas en la espalda, que dejaba al descubierto sus delgados y largos brazos, entre los cuales parecía estar sujetando algo. El entrenador de Postwick dio un rodeo con cuidado de no hacer mucho ruido, asegurándose de que lo que llevaba en manos era un huevo de un poco más de medio metro, con pigmentación lila y blanca en su cáscara.

—Si tienes hambre, lamento decirte que todavía no hay comida aquí —dijo finalmente en voz alta, tomando por sorpresa al punk, que volteó rápidamente con cara de pocos amigos. Gear observaba en silencio desde el techo de la carpa, escrutando al intruso con sus diminutos ojos rojos.
—¡B-bah! ¡Qué me importa! —gruñó el punk, dándole la espalda rápidamente. Victor notó que apretaba con más fuerza que antes el huevo a su pecho.
—Eso que llevas ahí es un huevo pokémon, ¿cierto? —preguntó en voz alta, mientras el sujeto se apartaba cada vez más.
—¡Métete en tus propios asuntos!
—¿Eres parte del Team Yell? —inquirió nuevamente, alzando más la voz a medida que se acrecentaba la distancia entre ellos.

El punk decidió no responder, pero Gear voló rápidamente desde la carpa hasta la rama más cercana de un árbol por el camino que intentaba huir. Reconocía bien a los mismos matones que los habían perseguido y atacado en Ciudad Motostoke, y no le caían especialmente simpáticos al volador. El punk carraspeó en su lugar, y rápidamente acomodó el huevo bajo su brazo, inflando con el otro una pokébola que sacó de su cinturón con tachas. De pronto, soltó una risa desagradable y afónica, retorciéndose como un esqueleto mientras volteaba hacia Victor.

—Y si lo soy, ¿qué? —crujieron las palabras entre sus dientes amarillentos, torciendo una macabra sonrisa. Sus ojos de párpados caídos le conferían el aspecto de un zombi con particular sentido de la moda.
—Puedo dejar de lado que sean un grupo poco sano de acosadores, o que incluso me hayan atacado sin motivo ayer en Motostoke —comenzó Victor, esbozando también una sonrisa desafiante, y dando un paso al frente—, pero, dime… ¿A dónde piensas ir tan apurado con ese huevo? Deberías tener cuidado con eso.
—¡No es asunto tuyo! —rugió el Yell, arrojando al suelo su pokébola con un brusco sacudón de mano y liberando a un Zigzagoon.

Victor ya había visto en reiteradas oportunidades al mapache negro y blanco, que olfateaba el aire con la rosada lengua afuera y le dedicaba una ruda sonrisa mientras sacaba las garras y enseñaba los colmillos. No eran pokémon especialmente fuertes, pero sí muy rápidos y bastante agresivos si sus entrenadores se lo permitían. Y algo le decía que ese entrenador en particular no sería un monje de la Torre Sprout.

—Intento hablar civilizadamente —suspiró el castaño—. ¿De dónde sacaste ese huevo?
—¡Es un regalo para nuestra reina! ¡Estoy seguro de que le va a encantar, así que no te entrometas si no quieres salir herido!
—Vaya, parece que finalmente sí podías articular más de cuatro palabras seguidas —rio Victor. Aquella mañana se encontraba especialmente de mal humor, quizás por la derrota sufrida por Marnie la tarde anterior, o por haber visto mal a Gloria por su hambriento y descuidado Sobble, o simplemente por estar ante un potencial ladrón y acosador de poca monta, todo ello le crispaba los nervios—. ¿Qué te parece si lo devuelves?
—¿Qué tal si no? —gruñó el punk, antes de escupir a un lado—. ¡Zigzagoon, quítame del medio a este infeliz!
—¡Goon!

El mapache comenzó a correr rápidamente en zigzag hacia Victor, enseñando sus zarpas y dejando que su larga lengua rosada aletee al viento en dirección contraria. Al estar a un metro del entrenador, pegó un brinco directo hacia él para propinarle un duro golpe de cabeza, pero Victor no se movió del lugar. Una fugaz estela atravesó todo el área desde la puerta de la carpa, pasando entre las piernas del entrenador y brincando frente a él para interponerse al mapache oscuro, dándole una potente patada en la quijada y haciéndolo girar hacia atrás por los aires, para luego pegar una voltereta con el impulso de la patada y asestarle otro duro golpe de revés que lo incrustó en la tierra. Haneki repiqueteaba enérgicamente con sus largas patas junto al cuerpo debilitado del Zigzagoon, mientras partículas de fuego se elevaban a su alrededor. Un solo golpe de doble patada había sido más que suficiente para ponerlo a dormir. Victor volteó con curiosidad, comprobando que la coneja había dejado un alargado rastro de pasto chamuscado tras su paso. El miembro del Team Yell tenía la quijada desencajada tras presenciar tan apabullante derrota. Ni siquiera había alcanzado a ver el momento en el que Scorbunny había irrumpido y noqueado a su pokémon.

—¿Dónde habíamos quedado? —murmuró el castaño, mientras Haneki volvía con él dando alegres saltitos.
—Mierda —fue lo único que atinó a mascullar el maleante, mientras regresaba a su pokémon.
—Ese huevo no te pertenece, así que será mejor que pienses en otro regalo para Marnie.

El punk respiraba agitadamente, y sus hombros subían y bajaban sin moverse del lugar. Su postura encorvada hacia adelante le daba el aspecto de una fiera dispuesta a atacar en cualquier momento, pero era claro que ahora se encontraba en desventaja contra Victor y sus dos pokémon. Había recorrido un largo camino desde Spikemuth solo para llegar a Motostoke y obsequiarle ese presente a su reina, para así desearle ánimos en su recorrido por la liga. Había robado a hurtadillas ese huevo de la vieja guardería en las afueras de Turffield, y le había costado atravesar la peligrosa Mina de Galar manteniendo a salvo el huevo entre sus brazos, y eligiendo las rutas más oscuras y menos transitadas por entrenadores para que nadie se interpusiera en su camino. El hambre había nublado su juicio, evidentemente, y eso lo llevó a hurgar en la cazuela del campamento en busca de comida, poniendo en peligro su misión. Al menos sabía que lucharía hasta el final, con el huevo en brazos, aunque tenga que atravesar el mismísimo fuego de Scorbunny.

—¡No te atrevas a pronunciar el nombre de nuestra reina! —gritó desenfrenado, solo para notar un fuerte viento sobre él que despeinó su cresta, planchándola sobre su afilado rostro. Un rápido movimiento fue suficiente para que bajo su brazo ya no hubiera nada que sostener. El punk vio anonadado cómo el huevo había desaparecido en un santiamén, sin haber opuesto la mínima resistencia.
—Buen trabajo, Gear —le sonrió Victor a su pokémon, que voló hacia él con el huevo entre las garras y lo depositó cuidadosamente en manos del entrenador, posándose luego en su hombro—. Vamos a devolverte a donde perteneces, no te preocupes —le susurró amablemente al huevo, que desprendía una calidez muy distinta a la de una pokébola entre sus manos.
—¡Hi-hijo de puta! —rugió el Yell, comenzando a correr directo hacia Victor. Ahora sí, no tenía nada que perder.

Una rápida descarga eléctrica sacudió su cuerpo de pies a cabeza, deteniéndolo en seco y haciéndolo caer al suelo de pasto, completamente paralizado. Yamper apareció entre los arbustos, sacudiendo su colita alegremente.

—¡Cookie! —se sorprendió Victor, mientras el perrito corría alegremente hacia él.

Tras el perro eléctrico Gloria apareció de entre los árboles, pero su aspecto no era ni tan enérgico ni tan adorable como el de su fiel pokémon: tenía la boina torcida sobre el despeinado y pajoso cabello castaño, además de su vestido rosa cubierto de hojas, su pulóver de lana gris deshilachado y con las mangas rotosas, y sus piernas y rodillas salpicadas con pasto y tierra. Afortunadamente, la mochila parecía intacta, y repleta de bayas y frutas que sobresalían por fuera del bolsillo principal. ¿Dónde rayos se había tenido que meter para encontrar comida en el bosque?

—¿Por qué creo que eres el que mejor la pasó mientras fui a buscar algo para Seven? —soltó con ironía a Victor, pasando junto al paralizado malhechor del Team Yell y mirándolo con desdén.
—Porque no tuviste que escuchar a este tipo —se encogió de hombros, mientras ayudaba a la chica a sacarse la mochila y cargarla. Pesaba tanto como un Larvitar—. ¡Uf! Al menos parece que tu búsqueda dio frutos.
—Y que lo digas —suspiró ella, haciendo el símbolo de la victoria con los dedos.

Pasó otra hora hasta que Hop regresó al campamento. Durante el transcurso de esa hora, Gloria y Victor se habían encargado de amordazar en el tronco del árbol al punk del Team Yell y dar aviso a la policía de Motostoke para que lo aprehendieran. Una oficial de la policía se acercó a los pocos minutos en su vehículo de patrulla y lo llevó consigo. Victor imaginó que, posiblemente, no recibiría más que un llamado de atención por haber robado el huevo de la guardería, a la que llamaron seguidamente con su SmartRotom. Los atendió la mamá de Tim, ya al tanto de que el bandido se había infiltrado en los jardines del hogar pokémon y había secuestrado aquel huevo. Victor se comprometió a devolverlo, pero ella le dijo que se despreocupara, ya que pertenecía a su propio criadero pokémon y no a otro entrenador, así que podía quedárselo si así lo deseaba. De todas formas, les aclaró la amable mujer, siempre serían recibidos con los brazos abiertos en su guardería de la Ruta 5.

Tras las buenas noticias, Gloria le ofreció algunas bayas frescas a Seven, mientras que Victor avivó las llamas en la cazuela con ayuda de Haneki y echó un poco de aceite para hervir los alimentos que había conseguido la chica. Hop también logró hacerse con una considerable cantidad de bayas raras, entre ellas unas Meluce, Perasi, Tamate, Rimoya y Algama, siempre con la inestimable ayuda de Cheepo y Skwovet, que se ganó poder disfrutar del delicioso curry que preparó el castaño. Comieron sobre una de las mesitas comunes de madera dispuestas en varios sectores de las rutas para que los viajeros pudieran detenerse a comer algo en sus campamentos, pero quienes verdaderamente se dieron el panzazo fueron sus pokémon, que vaciaron uno tras otro los platos que servía Victor. Skwovet parecía más interesado en las bayas frescas que hurgaba en las mochilas de Gloria y Hop, mientras que Eri, la Applin de la chica, se había sumado a la comida tímidamente tras las presentaciones de rigor con sus amigos y pokémon, aunque realmente no comió nada más que los propios nutrientes de la manzana que parasitaba.

—E-esto es buenísimo —murmuraba Gloria, saboreando el curry con máxima expresión de placer.
—¡Podrías poner tu propio restaurante! —guturó Hop mientras se atragantaba con su porción, mientras Cheepo lo imitaba sobre la mesa.
—Todavía me falta un poco de nivel para eso, solo es un recurso de supervivencia —se encogió de hombros Victor, con humildad, mientras le daba un sorbo de buena gana al cucharón con el que revolvía el curry en la cazuela.
—Por cierto, Victor —acotó Gloria—, ¿qué piensas hacer con el huevo? Si lo dejas un rato más cerca de Hop, se lo acabará comiendo.
—Ah, todavía no lo pensé bien —murmuró el chico—, es decir, ya sabemos que pertenece a la familia de Tim…
—Pero te dijeron que podías quedártelo, tal vez de ahí salga un pokémon bastante fuerte. Normalmente lo son aquellos que se crían en guarderías —analizó la chica. Hop masticaba intrigado, mientras miraba al huevo reposando junto al fuego bajo la cazuela, acobijado por el pulóver gris y roto de la entrenadora.
—Tal vez sea una opción —aceptó el chico, esbozando una sonrisa. Al menos como huevo, se veía bastante lindo. Se preguntaba qué clase de criatura podría salir de ahí.
—Ojalá no sea un horrendo Pikachu Gigantamax —acotó Hop, recordando al adorable Pi-Chan del niño—. Si a todos sus pokémon los crían de esa forma, miedo me da.
—Pues yo creo que sería la opción más genial de todas —dijo Gloria, haciendo rodar sus pupilas.

La charla fue irrumpida por el balido de Lulú, que se había arrimado lentamente a la cazuela, observando el huevo con tanta curiosidad como los demás. Tras ella, Haneki, Cheepo y Seven bajaron de un brinco de la mesa y corrieron hacia allí, seguidos por Cookie, Eri y el Skwovet. Gear fue el último en acercarse, apoyando sus patitas sobre la mullida lana blanca de la oveja, y espiando con disimulo a través de ella al huevo grande y ovalado que comenzaba a sacudirse tímidamente entre la ropa de Gloria. A Victor se le cayó el cucharón de las manos, y tanto Gloria como Hop quedaron petrificados. ¿De verdad había algo moviéndose dentro, justo en ese momento?

—¡Vamos, Victor, sujétalo con cuidado! —le mandó la chica, dando un golpe bruto sobre la mesa de madera.

Victor salió de su asombro y se agachó a recoger el paquete envuelto en el pulóver de lana de la chica. Hop se había parado de su asiento y estiraba su cuello todo lo que podía para contemplar semejante evento. Los ojos de los pokémon brillaban con las llamas crepitando bajo la cazuela, que desprendía un delicioso aroma picante y un vaho que sobrevolaba el ambiente. El Sol brillaba alto, escapándole a las nubes que amenazaban con cobijarlo tanto como la maltrecha ropa de aventura de Gloria arropaba al huevo que vibraba y se sacudía entre las manos del castaño. Podía sentir claramente cómo un ser vivo golpeaba desde su interior el cascarón, ya decidido a salir al mundo y descubrirlo, así como él creía estar descubriéndolo por primera vez tras emprender su viaje junto a Hop y Gloria. En ese sentido, no era muy diferente del pequeñín que fuera a asomar su cabeza a través de la cáscara resquebrajada. Y las grietas comenzaron a formarse en la superficie. Primero, un brazo de piel gomosa y púrpura, seguido por el otro. Sus pequeñas y regordetas manos con dos dedos con manchas blancas en la parte interna se desperezaron y aferraron a los cachetes del entrenador, que sostenía el huevo estupefacto a centímetros de su rostro. Luego, un fuerte cabezazo desde adentro terminó por quebrar el huevo, desprendiéndolo por completo de su cuerpo y revelando así a la criatura que acababa de nacer.

Observaba a Victor con sus grandes ojos violáceos y brillantes, iluminados por un cuerno eléctrico que chispeaba en su frente formando la figura de un rayo irregular. Su ceño fruncido y sus mofletes hinchados de color blanco le conferían un aspecto de reprobación al entrenador, que no podía adivinar el motivo de aquella expresión de molestia al observarlo detenidamente. Era enteramente púrpura, a excepción de una serie de patrones blancos en su mandíbula y tórax y una capa de piel más gruesa que recubría sus caderas y se extendía en una cola de lagarto, confiriéndole el aspecto de, exactamente, un bebé en pañales. De su enorme cabeza ligeramente ovalada sobresalían cuatro protuberancias como cuernos, que en su conjunto lo hacían lucir como…

—¿El hijo del diablo? —le susurró Hop a Gloria antes de recibir un codazo en las costillas por parte de la chica, que apuntaba al bebé atenta con su SmartRotom.

"Toxel, el Pokémon Retoño. Segrega toxinas por la piel y las almacena en una bolsa de veneno interna. Con ellas, puede provocar una reacción química para generar energía eléctrica. Aunque de bajo voltaje, tocarlo puede causar calambres y entumecimiento"

—¿Qué dijo de los calambres? —preguntó Victor, embobado, observando los ojos del pokémon recién nacido con una enorme sonrisa en el rostro.
—¡Cuidado! —le gritaron Gloria y Hop al unísono, pero era muy tarde. Toxel había soltado una especie de líquido por sus dedos que se propagó por los brazos del castaño, comenzando a soltar chispas que lo paralizaron completamente en el lugar, congelando la boba expresión en su rostro.
—¡Tox, tox, tox! —se rio el bebé, alzando los brazos y dejándose caer entre las manos del entrenador, cayendo con su cola al suelo. El golpe fue más duro de lo que sospechaba, por lo que echó a llorar pataleando la tierra con sus cortas patas, soltando fuertes descargas eléctricas que alcanzaron a todos los allí presentes y rostizaron lo que quedaba de comida.

Finalmente, los chicos se recuperaron de la corriente eléctrica que los había sacudido por el berrinche de Toxel. Desmontaron el campamento y guardaron la comida restante en tuppers de plástico en sus mochilas. Sus pokémon regresaron a las pokébolas, a excepción del recién nacido, que Victor prefirió llevar en brazos, aunque esta vez cubriéndolos con las mangas de su chaqueta negra recién estrenada. El pokémon veneno dormía plácidamente en sus brazos, tras haber apaciguado su mal humor. Parecía ser bastante rebelde y travieso, pero Victor no podía evitar observarlo con la misma ternura que recordaba haber visto a su madre al mirar sus viejas fotos de bebé en el álbum de recuerdos familiares. Era una sensación distinta a la que había experimentado al elegir a Haneki como su inicial, o al haber podido capturar a Gear tras un duro combate. Hop y Gloria caminaban a su lado por la Ruta 3, observando con desconfianza a la salamandra bebé.

—Así que… ¿Lo devolverás a la guardería cuando pasemos Turffield? —preguntó Gloria, con gesto de incomodidad.
—Todavía estás a tiempo de llamar a la oficial Jenny de Motostoke para que se lo lleve junto con el punk del Team Yell —musitó Hop, con una sonrisa burlona.
—Déjenlo, está un poco confundido, no creo que sea fácil nacer —balbuceó Victor, acariciando con cuidado la cabeza del pokémon dormido. Por cierto, también llevaba puestos los guantes más gruesos que tenía.
—Ni debe ser fácil ver tu cara en primera plana ni bien sales del cascarón —se rio Hop, recordando también la vergonzosa selfie que le había tomado el SmartRotom tras recibirlo en lo de la profesora Magnolia. Victor le hubiera dado un puñetazo en toda la cara, pero prefirió evitar los movimientos bruscos para no despertar a Toxel.

Caminaron durante algunas horas por la pendiente que formaba aquella ruta, observando si volteaban cómo la enorme Motostoke comenzaba a desaparecer tras la línea de horizonte, más allá del largo puente que la conectaba con el principio de aquél camino bordeado por árboles y montañas. A medida que se acercaban a las cavernas que formaban las Minas de Galar, el pasto bajo sus pies daba paso a un terreno mucho más irregular y árido, con mayor prominencia de las piedras y la tierra desnuda que de las coloridas flores que se apreciaban al empezar el recorrido por la Ruta 3. Otros entrenadores descansaban acampando a ambos lados del camino, aunque los chicos no podían adivinar si iban o venían. Observaban a algunos pokémon jugando o entrenando fuera de las carpas; algunos apoyados por sus entrenadores, otros autodidactas y aguerridos. Gloria se moría de ganas por combatir contra todos ellos, pero Victor insistió en que no se desviasen más por lo que quede del día, puesto que el cielo sobre ellos comenzaba a cubrirse por amenazantes nubarrones grises que lo envolvían todo con sus alargados tentáculos de espuma y niebla, y que en cualquier momento podían tapar todo y soltar sobre ellos una fuerte lluvia. La prioridad sería, pues, llegar cuanto antes a las minas para buscar en ellas el refugio suficiente para avanzar hacia la siguiente ruta. Llegando casi a la cima de la ladera, y ya con las piernas a punto de desmoronarse, se toparon con unas vallas metálicas con un gran letrero de chapa que alertaba a los viajeros sobre la inseguridad de las Minas de Galar. A Victor le recordó vagamente al letrero de advertencia que conectaba con el Bosque Oniria, pero las circunstancias eran radicalmente opuestas. Muy por el contrario: seguir el desvío recomendado bordeado el camino montañoso por fuera de las minas era casi un suicidio ante la tormenta que parecía avecinarse.

—No te preocupes —le dijo Hop, dándole una palmada en la espalda—. Vamos a avanzar los tres juntos.
—Querrán decir, los cinco juntos.

Los tres entrenadores desviaron la mirada hacia la repentina voz, oyendo apagarse el ronroneo del motor de un vehículo. Se trataba de un coche familiar con aspecto de todoterreno, de color violeta. Asomando su brazo y cabeza por la ventanilla desde el asiento de conductor, una atractiva joven de cabello anaranjado recogido con múltiples broches con forma de corazón los saludaba con la mano, enseñando una radiante sonrisa. A su lado, una señora mayor tomaba notas en un cuaderno, sin prestarles demasiada atención.

—¡Sonia! ¡Profesora! —exclamaron Victor y Hop al unísono, con los ojos tan grandes y redondos como un huevo frito.
—Veo que mi nieta no mentía, y sobrevivieron al Área Silvestre —murmuró la profesora pokémon, descendiendo del vehículo con ayuda de su bastón.
—¡Ja! ¡Debería decir, en todo caso, que el Área Silvestre nos sobrevivió a nosotros! —se jactó Hop, sacando pecho como un Rookidee.
—¡No digas imprudencias, Hop! —espetó Sonia, abriendo de golpe la puerta con un gruñido y estampándole el portazo en toda la cara al peliazul, que cayó de bruces al suelo. Tras ella bajó su Yamper de un saltito—. ¡Victor! Tu mamá está muy preocupada, deberías haberla llamado en Motos- ¿Qué es esa cosa? —cortó repentinamente su oración al fijarse en el pokémon que dormitaba, con el ceño fruncido, entre los brazos del castaño.
—Es un Toxel —respondió al instante la erudita Magnolia—, o, mejor dicho, una Toxel. Hacía tiempo no veía una de su especie.
—A-así es, nació hace apenas unas horas, así que está muy cansado, eh, digo, cansada —balbuceó Victor, levemente ruborizado ante la proximidad de Sonia, que se había acercado a él para observar con detenimiento al pokémon púrpura.
—Felicidades, ya eres amigo, entrenador y madre de uno de tus pokémon —sonrió con ternura la pelirroja mientras Yamper saludaba a los chicos posándose en dos patas sobre sus piernas, enseñando su larga lengua rosada y agudos colmillos—. ¿Le pusiste un nombre?
—No, no se me ocurrió ninguno —admitió el chico—. De hecho, hasta recién tampoco sabía que era una hembra.

Victor pensó un segundo en lo poco que sabía realmente de su nueva pokémon: era de tipo veneno y eléctrico, hacía berrinches ruidosos como un bebé, y era capaz de sacar chispas por la frente y sus manos, causándole más daño del que hubiera estado dispuesto a recibir por parte de cualquier cosa que no fuera precisamente un adorable pokémon recién nacido. También era una hembra. Y había sido robada de la guardería de los padres de Tim por un imbécil del Team Yell, como ofrenda para su "reina", Marnie.

—Creo que podría ser Punk… Elly, ¿Punkelly le agradará? —la criatura en sus brazos solo se movió para acurrucarse aún más bajo su cuidado, llevándose a la boca los dedos de los pies.
—¡Bien, Punkelly! Era eso, o Toxel —afirmó Hop tras ponerse de pie, sobándose la frente con las manos.
—Hop tampoco es un nombre grandioso, amigo —se encogió de hombros Victor, y el peliazul tuvo que mantenerse en silencio.

Gloria se mostraba reservada ante las investigadoras, sus hombros estaban tensos y sus dedos se enroscaban nerviosamente en la falda del vestido. Pero no podría fingir que no estaba ahí, con ellos, durante mucho más tiempo. Y así se lo hizo saber Magnolia, que con una rapidez fantasmagórica se había aparecido junto a ella, observando con una calma sonrisa cómo los dos muchachos peleaban y su nieta reía en medio, agachando la cabeza.

—Me alegra conocer a la elegida especial del campeón —le murmuró, deslizando las palabras entre sus finos labios surcados por arrugas. Gloria tragó saliva.
—E-es un honor conocerla, profesora —asintió toscamente la chica. Su aspecto era patético aquella tarde, pero no estaba confeccionado para encontrarse ante eminencia semejante. Aunque, en realidad, a ella poco le interesaban las investiduras ni las grandes personalidades de la región—. Verá, lo que ocurrió con Leon fue-
—No es necesario que me expliques nada —sonrió la anciana, dando alegres golpecitos con su bastón a la tierra húmeda bajo sus pies—. Estoy segura de que no solo fue el campeón quién te eligió. Sobble debe respetarte también como su entrenadora, y nada me tranquiliza más que eso.

Era cierto. Que el campeón de Galar se haya cruzado en su camino, o ella en el suyo, no significaba que no tuviera algo más que la pudiera conectar intrínsecamente con sus pokémon. Ellos tomaban sus propias decisiones muchas veces. Elegían cuándo luchar, por quién hacerlo, y a quién seguir en su largo camino. Y Seven, a fin de cuentas, la había elegido a ella tanto como ella lo había elegido a él, aquella madrugada en el Área Silvestre. Parte de ella sentía temor por las consecuencias de sus actos, o los del campeón que había decidido poner la pesada capa de elegida sobre sus hombros, pero ahora las palabras de Magnolia le transmitían la calma que necesitaba. Más aún, luego de una jornada en la que se había sentido una pésima entrenadora para Seven. Ahora, al menos, sabía que el pokémon de agua descansaba tan apacible en su pokébola como la Toxel de Victor en sus brazos. Era momento de dejar que la culpa descanse, y enfocarse completamente en ser la mejor entrenadora que pudiera ser.

Continuará…

TRAINER's PROFILE

Victor Evans
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Scorbunny (Lv.15) "Haneki"
- Rookidee (Lv.14) "Gear"
- Toxel (Lv.1) "Punkelly"

Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.14) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.12) "Lulú"

Gloria Scott
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Sobble (Lv.15) "Seven"
- Yamper (Lv.15) "Cookie"
- Applin (Lv.14) "Eri"