Capítulo 10 – Un rival indeseable
El Sol se había resignado al avance de las nubes, perdiéndose entre ellas y apagando sus rayos para ser reemplazados por la oscura sombra que se extendía como un manto por las montañas de Galar. Algunos pokémon diurnos como Vulpix y Mudbray se marchaban rápidamente por el camino de tierra, dando paso a especies que disfrutaban más de la oscuridad, tales como Stunky o incluso algunos raros Klink; engranajes metálicos compuestos por dos ruedas y un par de narices verdes en forma de bocina que giraban permanentemente suspendidos en el aire, muy cerca de la entrada de las Minas de Galar. El grupo de Victor, Gloria y Hop escoltado por las investigadoras pokémon Sonia y Magnolia daba un rodeo a las vallas de contención que dividían la ruta de las minas, mientras que Punkelly, la recientemente nacida Toxel, dormitaba plácidamente en brazos del castaño.
—¿Qué las trae por acá? —preguntó Hop mientras caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de sus vaqueros, pateando piedritas en el suelo—. Creíamos que estarían investigando algo en el Área Silvestre.
—Estuvimos ahí hasta hace unas horas —asintió Sonia.
—El radar de energía Dinamax que usamos en el laboratorio detectó mucha actividad los últimos días —explicó Magnolia, caminando lentamente apoyada con su bastón—, así que decidimos hacer un poco de investigación de campo en el lugar donde mayor confluencia había de dicha energía.
—Es sorprendente la cantidad de nidos nuevos que había de pokémon gigantes. Desafortunadamente no pudimos ver a ninguno, pero sí encontramos algo muy especial —les contó la pelirroja mientras hurgaba en su bolso, sacando finalmente una diminuta roca azulada con protuberancias de forma hexagonal, surcada por hendiduras a través de las cuales se podía observar un precioso brillo rojo en su interior, que destilaba energía cálida—. Hallamos esto en uno de los nidos vacíos.
—Es preciosa —balbuceó Victor, mientras sus ojos color café se teñían con el brillo rojo de la roca.
—¿Qué es? —preguntó Hop, rascándose la cabeza.
—Se la conoce como "Estrella Deseo", y es un objeto muy raro y escaso —respondió la profesora pokémon—. Todavía no puedo afirmarlo categóricamente, pero es muy probable que guarde relación directa con el fenómeno Dinamax. Por esto mismo, tras hablar con algunos viajeros y escaladores que se ejercitaban a los pies de la montaña, se nos ocurrió investigar uno de los lugares con mayor concentración mineral de toda la región: las Minas de Galar. Es muy posible que allí encontremos más pistas sobre las Estrellas Deseo.
—Al parecer, son una fuente de energía sorprendente. Y creemos que eso lo saben bien los de Macro Cosmos, por eso mismo están explotando las minas de la región para obtener recursos que permitan desarrollar su tecnología y proveer así a Galar de energía con métodos alternativos a la eléctrica o la eólica —siguió Sonia, señalándoles a los chicos una enorme fábrica con gruesas chimeneas al otro lado de las vallas metálicas, a un lado de la mina.
—Bueno, mientras sea por el bien de Galar, no me parece mal —pensó Hop en voz alta, observando con seriedad cómo las enormes chimeneas como torres soplaban humo negro hacia el cielo, fundiéndolo con las nubes tormentosas.
Sonia y Magnolia cruzaron miradas en silencio, con expresión de circunstancia, pero decidieron finalizar ahí la explicación sobre sus investigaciones. Tampoco tenían por qué inmiscuir en ello a un par de jóvenes adolescentes que estaban entusiasmados dando los primeros pasos en su viaje.
Finalmente, llegaron a la entrada de la caverna, un inmenso orificio entre las rocas de la montaña, que se abría paso en forma de túnel a través de un largo pasadizo sostenido por vigas de madera y de acero. Había carteles de chapa a ambos lados de la entrada con el logotipo de la corporación Macro Cosmos, y desde fuera se podía oír el sonido de máquinas y taladros que operaban la roca para su desarrollo industrial. Allí dentro, hasta el silencio retumbaba con eco entre las paredes de piedra opaca que daba forma a esa bestia natural, explorada incansablemente por un grupo de Digglet que emergían y se sumergían en la tierra y entre las grietas. La luz del exterior se ausentaba lógicamente en el interior de la caverna, por lo que algunos faroles se habían instalado en las paredes de piedra para alumbrarlo.
—Vaya, este debe ser el hogar del Onix que atrapé en el Área Silvestre —pensó Gloria mientras observaba indiferente a un Roggenrola que pasaba caminando delante de ellos.
—Posiblemente lo sea, aquí habitan toda clase de pokémon de tierra y roca —asintió Magnolia, en tanto Sonia abría sus ojos verdes como platos y miraba sorprendida a la joven entrenadora. ¿Esa mocosa había capturado un Onix?
Victor y Hop se adelantaron un momento, acercándose a un grupo de operarios que tomaban un descanso sentados sobre unas piedras, con sendos taladros apoyados contra sus piernas, eran un par de hombres y mujeres altos y fornidos, con sus overoles azules desteñidos y cubiertos de tierra.
—D-disculpen —balbuceó Victor, un tanto intimidado por el imponente tamaño de los mineros, que lo observaban con gesto cansado mientras mordisqueaban emparedados—, queríamos saber si aquí habían Estrellas Deseo, buscábamos algunas.
Los mineros intercambiaron miradas, y luego soltaron una carcajada que retumbó con fuerza en todo el recinto.
—Tal vez tengan más suerte buscándolas en el espacio, niños —rio un minero con la boca llena de comida.
—Hace tiempo que no vemos de esas —respondió finalmente una de las trabajadoras de la mina, sonriéndole a los chicos con más amabilidad que sus toscos compañeros—. Aunque con suerte puedan encontrarse algunas pepitas de oro perdidas al fondo, las Estrellas Deseo no valen mucho en el mercado, aun siendo terriblemente raras.
Tras agradecerle a la operaria, Victor y Hop volvieron al grupo resignados y cabizbajos, oyendo a sus espaldas cómo los otros mineros seguían riendo y mencionaban algo como "No sé de dónde sacan tanta curiosidad estos chicos hoy en día, ya es la segunda vez que pasa". Magnolia inspeccionaba con una diminuta linterna de bolsillo las grietas entre las piedras, mientras que Sonia tomaba notas rápidamente con sus dedos en el SmartRotom. Gloria, por su parte, observaba y escaneaba a todos los pokémon salvajes que veía en su Pokédex, topándose, además de los Digglet y Roggenrola, con algunos Woobat de esponjoso pelaje celeste durmiendo entre las estalactitas del techo.
—No parece que los mineros vayan a ayudarnos demasiado —se encogió de hombros el peliazul, rascándose la nuca. Sonia soltó un suspiro, pero Magnolia esbozó una sonrisa y le dio unas palmadas en el hombro al chico.
—Cada quién se aboca a su labor —le dijo la señora despreocupadamente, guardando la linterna en el bolsillo de su delantal blanco—, el mío es la investigación, el de ellos es la explotación de las minas. Y el de ustedes es continuar su recorrido por la región, recolectando las medallas de gimnasio. Les recomendaría que no se alejen demasiado de su objetivo principal.
—Queremos ayudarlas —interrumpió Victor, con expresión muy seria en el rostro—. Vimos con nuestros propios ojos lo que provoca esa energía Dinamax, y también queremos saber más sobre ello.
—¡Victor! —le cortó Gloria, guardando bruscamente su SmartRotom. Magnolia arqueó una ceja.
—¿Cómo que lo "vieron"? —preguntó Sonia, alzando el tono de voz.
—B-bueno, a decir verdad, nos cruzamos con algo… O, mejor dicho, ese algo se cruzó con nosotros, este… —balbuceó Hop torpemente, desviando la mirada como si buscara una salida rápida.
—Ya enfrentamos a un pokémon en estado Dinamax, en el Área Silvestre —dijo tajante el castaño, fijando sus ojos en los de la profesora Magnolia.
—No lo hicimos porque quisimos, sino porque era el pokémon de un chico que necesitaba nuestra ayuda —aclaró Hop, agitando las manos delante de su rostro. La pelirroja se cubría la boca de espanto con las dos manos.
—¡Les dijimos que no se metieran más en problemas! ¡Chicos, Leon y sus padres estuvieron muy preocupados! ¡Todos los estuvimos! —les reprochó Sonia. Magnolia le tomó la mano con calma, acariciando la espalda de su nieta.
—Tranquila —suspiró la profesora, mientras algo en sus ojos se perdía a la distancia, desapareciendo tras los cristales triangulares de sus gafas—. Los Dinamax son pokémon muy peligrosos, dueños de una energía ajena a ellos mismos. Aun si sus intenciones fueran buenas, con su poder podrían arrasar con bosques enteros. Ya hubo casos antes, especialmente en las zonas más apartadas del Área Silvestre.
—Lo sabemos, pero no podíamos darle la espalda a la situación —respondió Gloria, mostrando su fuerte carácter. Sonia amenazó con espetarle algo a la entrenadora, pero Magnolia apretó su mano, indicándole así que guardase la compostura.
—A-además, nuestros pokémon lucharon excelentemente —agregó Hop, esbozando una sonrisa—. De verdad, no estuvimos en verdadero peligro con ellos a nuestro lado.
—Ustedes no tienen idea del peligro en el que estuvieron —negó la pelirroja con la cabeza, soltando su mano de la de su abuela y dándoles la espalda—. Además, me lo tendrían que haber contado cuando hablamos en Motostoke. Y decidieron no hacerlo.
—¡No eres nuestra maldita hermana mayor! —soltó el peliazul repentinamente, fuera de sí.
Las palabras de Hop resonaron en toda la cueva, expandiéndose y apagándose con el eco hasta huir por las grietas rocosas en la pared. Luego, un silencio abrumador se apoderó del ambiente, oprimiendo las gargantas de todos los presentes. Magnolia cerraba sus ojos buscando las palabras adecuadas, o tal vez los silencios adecuados, mientras que Sonia apretaba los puños con tanta fuerza que le dolían, sin atreverse a devolverles ninguna mirada a los jóvenes entrenadores. Si algo le contuvo en ese momento de voltearse nuevamente para darle un bofetón al peliazul, esa era la imagen de Leon, pidiéndole que cuide de ellos, porque él no estaba seguro de poder hacerlo como debía. Gloria alternaba sus ojos entre la expresión de incredulidad de Hop tras haberle gritado así a la joven investigadora, y en la inexpresiva mirada de Victor, que tenía los ojos perdidos en el suelo, buscando algo que se había perdido tras aquella discusión. Finalmente, Magnolia decidió reemplazar su voz por la de su bastón, dándole golpecitos secos a la tierra.
—De acuerdo, pueden ayudarnos. Andando.
Sembrando una concesión casi obligada, el grupo decidió avanzar en su camino por la mina, adherido al hecho de que, de todas maneras, deberían atravesarla si querían llegar a la siguiente ruta camino al pueblo. Magnolia lideraba la caminata, avanzando por una serie de rieles que Macro Cosmos había instalado en el suelo para deslizar carretillas y vagones fácilmente entre las catacumbas, seguida por Hop y Gloria. Victor y Sonia caminaban más atrás, y el chico parecía distinguir entre el silencio un casi imperceptible sollozo saliendo de la pelirroja, además del jadeo incesante de su Yamper, que caminaba entre sus piernas y se frotaba contra ella de tanto en tanto para consolarla. En un momento, un peculiar pokémon se acercó desde las sombras andando sobre los rieles en dirección opuesta, y se detuvo en seco frente al grupo. Fue lo único que logró esbozar una sonrisa en los labios de Hop, que hacía rato no veía un pokémon nuevo en la caverna. Se trataba de una criatura mineral, con irregular figura ovalada semejante a un carbón y una rueda en la parte inferior que le permitía desplazarse con facilidad en el terreno rocoso de la mina. En el frente, una especie de ojo cíclope de un brillante color rojo los observaba con seriedad, sin parpadear. El peliazul apuntó directo con su SmartRotom, sin perder un segundo.
—"Rolycoly, el Pokémon Carbón. Fue descubierto hace aproximadamente 400 años en una mina. Casi la totalidad de su cuerpo presenta una composición igual a la del carbón, y recorre hábilmente los caminos más pedregosos como si de un monociclo se tratase. La combustión de carbón es su fuente vital"
El pokémon de roca parecía escuchar atentamente cómo la voz robótica de la Pokédex recitaba información sobre él, asintiendo con un leve movimiento de su rueda cuando concluyó el mensaje pregrabado. Hizo resonar un ruido tosco y áspero a través de su cuerpo oscuro, y luego dio media vuelta, avanzando lentamente por donde vino como indicándoles algo.
—¿Quiere que lo sigamos? —preguntó Hop al aire. Victor asintió, detrás suyo.
—Parece que quiere mostrarnos algo, qué curioso.
—Los Rolycoly son la fuente de información más confiable en las cuevas de la región. Siempre merodean cerca de minerales preciosos y raros —informó Magnolia con una tenue sonrisa, avanzando con ayuda de su bastón por el camino que los guiaba el pokémon carbón.
Los demás hicieron lo mismo, y caminaron por el túnel de la mina sobre las vías y rieles de madera y metal. Rolycoly giraba en algunas bifurcaciones del camino, donde cada vez había menos luz artificial generada por los faroles. En un momento torció de nuevo su andar, pegando un saltito fuera del riel y desviando por un estrecho pasadizo. Todos formaron una fila y avanzaron con cuidado entre los muros de piedra. El olor a tierra y humedad era bastante opresivo, pero el pokémon salvaje debía saber bien lo que estaba haciendo, y alumbraba el camino delante suyo con el fulgor de su ojo rojo. Cuando lo perdieron de vista en la negrura de la cueva, Sonia le ordenó a su Yamper que utilice el destello de su electricidad para alumbrar el pasadizo oscuro, y Gloria imitó su accionar, liberando a Cookie de su pokébola y pidiéndole que haga lo mismo. Al final del camino se hallaba otra bifurcación, esta vez dividida en dos túneles gemelos que se abrían paso hacia extremos opuestos, y entre ellos se alzaba un muro de piedra oscura que impedía avanzar hacia adelante. Rolycoly debía haber avanzado por uno de los dos caminos, pero ya no estaba a la vista, y tan solo podían escuchar un goteo en la lejanía.
—¿A dónde fue? —preguntó Gloria, mientras Cookie sacudía su pelaje soltando chispas de luz que flotaban en el aire alumbrando un sector mucho menor al que alumbraba el Yamper de Sonia.
—¡Rolycoly, regresa, fuiste demasiado rápido! —lo llamaba Hop con las manos a ambos lados de su boca.
—Tendremos que separarnos y continuar —reconoció Magnolia—. Si alguien se pierde, podemos mantenernos en contacto con los SmartRotom.
—Bien. Yamper, sígueme, vamos por acá —dijo Sonia, abriéndose paso raudamente por el camino de la derecha—. Ustedes pueden ir por el otro lado.
—E-espera, no es seguro que vayas sola —dijo Victor, siguiéndola, y volteando la cabeza hacia el resto—. Iré con ella, ustedes necesitarán la luz de Cookie para avanzar con claridad.
—Tengan cuidado —les sonrió Magnolia, dando un golpecito al suelo con su bastón. Gloria observaba cómo los dos desaparecían en la oscuridad por el pasadizo de la derecha, hasta que la luz del Yamper de Sonia se apagó en la lejanía.
—Sigamos, entonces —suspiró Gloria, avanzando junto a Cookie por el túnel de la izquierda, seguida por la profesora pokémon.
Hop se quedó en silencio, observando cómo todos elegían rápidamente el camino a seguir, sin saber exactamente cuál era el correcto para él. Finalmente pateó una roca con fuerza hacia el túnel de la derecha, y avanzó por la izquierda detrás de la profesora y su amiga. Deseaba no volver a cruzarse a Sonia durante un largo rato, aunque si hubiera podido, habría avanzado hacia adelante, destrozando con sus propios puños el muro de piedra que dividía ambos caminos.
Victor y Sonia caminaban por el infinito pasillo oscuro, sin rastro alguno de Rolycoly o de otras especies de pokémon. Las paredes húmedas y agrietadas mostraban un tono azul opaco, muy oscuro, y en algunos sectores relucían pequeñas piedras más brillantes que el resto, incrustadas tan profundo que no las hubieran podido sacar con sus manos desnudas. La pelirroja ya había recuperado la compostura, pero miraba al frente con gesto estoico, y a Victor le pareció que ni siquiera estaba haciendo un esfuerzo en buscar realmente entre las rocas aquellas famosas Estrellas Deseo que los habían llevado hasta ahí. Yamper olfateaba el suelo y correteaba animadamente sin dejar de iluminar todo en un perímetro de cinco metros. Todo más allá de eso era un completo misterio para los dos. Al chico le recordó un poco al momento en el que estuvo perdido entre la bruma y niebla del Bosque Oniria, aunque esta vez no se sentía en peligro. Se había vuelto más fuerte, aunque sea un poco. Y Sonia definitivamente le parecía una chica fuerte, aunque no estaba seguro del alcance de su fuerza.
—Perdón por no haberte dicho lo del Área Silvestre —murmuró finalmente, viendo la espalda de la chica. Escuchó un suspiro salir de sus labios.
—De cualquier forma, eso no cambia lo que hicieron —respondió con frialdad.
—Tratamos de ayudar a alguien —insistió Victor, levantando apenas el tono.
—No pueden ayudar a alguien si primero no aprenden a valerse por ustedes mismos.
—Podemos hacerlo. Acá estamos, ¿no? Soy mucho más fuerte desde que sucedió lo del Bosque Oniria.
—Lo cual no implica que puedas enfrentarte a cualquier cosa que se te ponga por delante. A veces es más sensato dar un rodeo si el problema es demasiado grande. Tienes que evaluar las consecuencias de tus actos.
Victor enmudeció un instante, buscando las palabras adecuadas.
—Y, sin embargo, estamos atravesando la mina en lugar de eludirla y tomar el camino seguro dando ese rodeo. Claro que viajando a través de rodeos nunca encontraríamos nada, ¿no es así?
La pelirroja carraspeó.
—No es lo mismo. La profesora sabe lo que hace, es una persona sumamente experimentada.
—Pues yo no creo que toda esa experiencia la haya ganado sin tomar riesgos en su juventud.
Sonia suspiró, nuevamente, pero esta vez Victor pudo adivinar una efímera sonrisa surcando sus labios por un segundo. Entonces, ella volteó para mirar de frente al castaño. Victor se sonrojó ligeramente al ver el perfecto brillo jade reluciendo en sus ojos, tanto o más que la misma electricidad que generaba Yamper para iluminar el lugar.
—Ella siempre está tomando riesgos, incluso ahora. Por algo les dio su patrocinio a ustedes dos, cabezas huecas.
El castaño le devolvió la sonrisa, y formó una expresión de confianza en su rostro.
—Creo que vio algo en nosotros que tú aun no pudiste ver, ¿o me equivoco?
La chica soltó una risa irónica y amarga, enroscando un mechón de pelo anaranjado en su dedo índice.
—Te equivocas. Si no hubiera visto algo en ustedes, no los habría llevado con ella. Aunque, reconozco que hubiera sido divertido ver cómo mi abuela los rechazaba olímpicamente.
Caminaron durante algún tiempo más en silencio, aunque el ambiente allí se había tornado más relajado y ameno. El aire ya no era tan asfixiante, y podía oírse más adelante un relajante goteo. De repente, Sonia eligió hablar:
—Eso que viste en el bosque —comenzó, llamando la atención de Victor— fue un pokémon legendario, ¿no?
El castaño alzó las cejas. Se refería a aquel lobo que lo atacó. Aunque, más precisamente, habían sido dos las figuras intimidantes que lo habían rodeado tanto a él como a Gloria, o la figura femenina que él asociaba a ella, y con la que se habían chocado las espaldas.
—No estoy seguro de lo que sea, podría haber sido cualquier cosa —murmuró el chico, hurgando en sus recuerdos—. Busqué todo sobre ello en la guía que me dio mi madre, pero no encontré nada acerca de un pokémon así. No parecía ser un Arcanine, o un Manectric.
—La mañana siguiente a eso, luego de despedirlos a Hop y a ti en la estación de Wedgehurst, regresamos con Leon al Bosque Oniria. Él estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier peligro con tal de dilucidar qué les había sucedido ahí dentro.
Victor escuchó en silencio, sorprendido por lo que la pelirroja contaba con tanta confianza.
—Su Charizard batía las alas con todas sus fuerzas para despejar la niebla que flotaba en el aire, pero no sirvió de nada. La energía de ese bosque parecía responder a razones totalmente distintas de la realidad como la percibimos —recordaba Sonia, con expresión triste y melancólica, rememorando la imagen de su viejo amigo arrodillado en el suelo, aferrando sus dedos al pasto crecido y golpeando la tierra mojada con impotencia—. Leon siempre fue un chico fuerte, y siempre enfrentó con valentía cualquier problema que se interpusiera en su camino. Pero aquel bosque… Esa niebla tan espesa y densa… Estaban más allá de nuestra comprensión. Era como intentar sostener la luz con las manos. Y él estaba aterrado, aterrado de pensar en que su hermano menor y tú habían estado inmersos en esa pesadilla, amenazados por quién sabe qué criatura desde la oscuridad.
El castaño negó con la cabeza, alzando la mirada hacia el cielo, aunque frente a sus ojos se interponía un amenazante techo de estalactitas puntiagudas. Aún así, sus ojos color café parecían observar el firmamento, y más allá de eso.
—Hop estuvo fantástico, tendrían que haberlo visto luchando con valentía junto a Grookey y Wooloo. Si no fuera por él, no habría sabido qué hacer.
Continuaron caminando un rato en silencio, hasta llegar a una cámara circular y espaciosa, pero sin salida aparente. Las estalactitas goteaban en el suelo, formando charcos espaciados que las reflejaban, generando una curiosa ilusión óptica. Victor y Sonia suspiraron al unísono, exhaustos y frustrados, y se dejaron caer sobre unas rocas a modo de asientos para descansar. El chico sacó un poco del curry que había conservado en un tupper refrigerado, y le ofreció a la pelirroja. Para su sorpresa, a ella le encantó, y elogió sus dotes culinarios con una genuina sonrisa, provocándole un rubor inmediato que intentó disimular desviando la cara hacia otro punto más interesante de la cámara rocosa… Y sus ojos sólo veían piedras y tierra y oscuridad. Y el brillo inconfundible, de ese precioso verde jade, emergiendo nuevamente en los ojos de la joven investigadora. Sin saber bien por qué, se le ocurrió preguntarle algo que dio vueltas en su cabeza desde que la había conocido en el laboratorio de Wedgehurst.
—Tú y Leon tuvieron algo antes, ¿cierto? —dijo, sin mirarla fijamente y todavía con el tenue rubor en sus mejillas, pero sin pelos en la lengua. Tenía que aprovechar ese clima de confianza que habían generado los dos para preguntárselo.
La chica le daba justo un bocado al curry cuando escuchó la pregunta, atragantándose con ella y tosiendo exageradamente. Con una ceja crispada, negó categóricamente con la cabeza. ¿No era cierto? ¿O no quería desenterrar esa clase de recuerdos del pasado?
—Leon y yo viajamos juntos, más o menos cuando teníamos tu edad —comenzó finalmente, tras aclarar su garganta—. Fuimos amigos, compañeros, tal vez rivales. Aunque nunca estuve realmente a su altura como entrenadora; su Charizard era un portento desde que era un Charmander. Pero él siempre acudía a mí cuando necesitaba la información que las Pokédex de ese entonces no podían brindarle. En ese sentido, creo que formábamos un buen equipo junto a Raihan.
—"¿Raihan?" —pensó Victor. De algún lado le sonaba ese nombre—. Parece que vivieron muchas aventuras juntos. ¿Cómo es que tomaste una actitud tan estricta con él? No pareciste muy contenta cuando te enteraste de que nos entregaría los pokémon iniciales para comenzar nuestro viaje.
Sonia esbozó una débil sonrisa, contemplando el reflejo de sus melancólicos ojos en el agua encharcada a sus pies. Las gotas caían como una lluvia en cámara lenta, diluyendo su imagen y transformándola en ondas expansivas sobre el agua.
—Nuevamente, te equivocas —dijo en un suspiro—. Verás, Leon es una buena persona, y siempre voy a tenerle cariño, pero su vida como campeón no es la vida de entrenador que había tenido antes de poner esa capa sobre sus hombros. Creo que, en algún punto del ascenso de su carrera, perdió un poco el horizonte. Tal vez porque está volando muy alto, y llevando ese entusiasmo a todos los entrenadores jóvenes de Galar. Pero siempre le reproché que haya descuidado así todo lo demás… Sus relaciones, su familia, sus amigos. A Hop.
Victor se sorprendió al escuchar eso.
—Hop adora a su hermano mayor, siempre fue como su héroe —la interrumpió—. Creo que es una figura saludable, que lo impulsó a emprender su viaje.
—No pienso lo mismo, Victor. Yo creo, más bien, que Hop emprendió su viaje para escapar de la sombra de Leon, y que él le hizo un daño al ausentarse durante tanto tiempo. Fui yo la que tuvo que convencerlo para que regrese y les muestre su apoyo, entregándoles sus pokémon iniciales.
Victor no podía creer lo que escuchaba. Sonia se mostraba compungida por tener que contárselo, pero estaba cansada de quedar siempre como la villana de la película. Su preocupación por ellos venía de mucho antes de que ocurriera lo del Bosque Oniria.
—Y discutí fuertemente con el tonto campeón cuando decidió, caprichosamente, volar al Área Silvestre y darle uno de esos iniciales que le obsequié para ustedes a una entrenadora a la que ninguno de nosotros conocía, y que jamás había puesto un pie en el laboratorio de mi abuela.
—Gloria…
—Así es. Y tampoco quiso decirme qué vio en ella… Bueno, no digo que no sea una entrenadora capaz o una buena chica. Solo digo que Leon debería haber pensado primero en su hermano, y en la ilusión que le hacía recibir su apoyo al iniciar el viaje. Pero ese tipo tiene la cabeza en otro lado. Ni yo lo entiendo, para serte sincera.
La concepción de Victor sobre Leon se había torcido ligeramente tras escuchar esas palabras. Le molestaba que no tuviera la fe que pensaba que tenía en Hop, y en el brillante futuro que tenía por delante como entrenador. Pero su expresión transmitía cierta paz interna, por haber conocido todos esos detalles de parte de Sonia. Acariciaba suavemente a Punkelly, que apenas se había movido un poco en sus brazos soltando un gran bostezo.
—No le digas nada de esto a Hop, ¿entendido? —dijo Sonia secamente, mientras se ponía de pie y buscaba algo en su bolso—. Y guarda a esa Toxel en su pokébola, que puede causar un verdadero alboroto si despierta en esta caverna horrible, y no queremos sufrir derrumbes aquí.
La joven investigadora sacó una reluciente pokébola de color negro con aros rojos y dorados en la parte superior y en la unión de las dos carcazas, y se la dio en la mano a Victor. Se sentía un poco más pesada y de mejor calidad que las que había visto antes.
—Es una Lujo Ball, creo que irá bien con Punkelly —le sonrió ella—. Es bastante costosa, así que no te atrevas a rechazarla. Anda, verás que le gustará.
Un poco dubitativo, el chico apuntó con la esfera al pokémon dormido en sus brazos y oprimió el botón de oro en el centro, guardándola allí tras un haz de luz. Había pasado de un huevo, a un huevo envuelto en el pulóver roto de Gloria, a sus propios brazos y, finalmente, a una lujosa pokébola. Nada mal.
—Muchas gracias —asintió Victor toscamente, retorciendo una boba sonrisa para Sonia—. No creas que tomaré esto como un soborno, pero está bien, no le diré nada. Creo que será mejor así…
Al otro lado de la mina, el grupo de la profesora Magnolia, Gloria y Hop avanzaba por un camino sobre el cual podían verse restos de vías y rieles de madera hinchada y metales oxidados, con restos de tierra y quemaduras encima. Claramente ya ningún vagón podría andar sobre esos carriles, por lo que no quedaba más remedio que atravesarlo a pie.
—Así que se toparon con un pokémon en estado Dinamax, ¿eh? —inquirió la eminencia, con un tono indescifrable. No sabían si lo decía como algo bueno o malo.
Gloria y Hop intercambiaron miradas.
—Era un Gigantamax, de hecho —acotó el muchacho.
—Vaya, ¿de qué especie?
—Un Pikachu —respondió Gloria—. A decir verdad, pienso que no estaba en un nivel muy alto.
—Ya veo, muy interesante —asintió la profesora, sacando del delantal un pequeño bloc y tomando algunas notas rápidas—. Aun así, es una especie con gran poder eléctrico. Bastante peligroso si no saben lidiar con él.
—Nuestros pokémon le plantaron cara todos juntos, su despliegue fue espectacular —recordó Hop con una sonrisa.
Un crujido seco más adelante los puso a todos alerta, y Cookie se puso en guardia rápidamente, gruñéndole a la oscuridad que se extendía frente a ellos. Una sombra diminuta se acercaba, tambaleante.
—¡Rolycoly! —exclamó Hop, acercándose al pokémon de roca. Su ojo rojo brillaba con una luz más tenue que antes, y presentaba magulladuras en su cuerpo de carbón.
—¿Qué le ocurrió? —preguntó Gloria.
—Tal vez un pokémon salvaje —evaluó Hop, hurgando rápidamente en su mochila.
—Lo dudo, los Rolycoly habitan hace siglos en estas minas, no tienen enemigos naturales aquí. Y un Tyranitar no lo hubiera dejado con vida —analizó en frío la profesora, acariciando la dura coraza del pokémon herido.
Hop sacó finalmente una poción y una baya Aranja con las que recuperó en gran medida la salud de Rolycoly, quién dio unos saltitos en el lugar y chocó su cuerpo contra los brazos del chico, quien pensó que, de haber tenido brazos, eso habría sido un fuerte abrazo de gratitud. Luego, su ojo se encendió nuevamente con un fulgor intenso, y pegó media vuelta avanzando por donde había venido, alejándose mientras hacía aquel sonido rocoso tan característico para que lo siguieran.
Caminaron raudamente por la galería rocosa hasta desembocar en un claro sin techo, con un enorme lago central sobre el cual llovía a cántaros, generando una especie de cortina de agua delante de ellos. El lugar parecía un precioso manantial perdido dentro de la caverna, y allí las paredes relucían reflejando el agua que salpicaba espumosa por la caída de la lluvia. Incautadas en ellas había un abanico de rocas y piedras preciosas que brillaban en todos los colores del arcoíris. Los chicos observaban fascinados el asombroso espectáculo oculto de la naturaleza mientras avanzaban dando un rodeo al lago, hasta que algo los detuvo en seco.
Hop y Gloria estaban tan embelesados con el lugar que chocaron de lleno con un muro invisible frente a ellos, que se extendía desde la pared hasta la orilla del lago. Yamper gruñó mirando al frente y soltó un par de ladridos desafiantes, mientras Rolycoly embestía la pared invisible reiteradas veces. Más allá de la barrera que les impedía avanzar distinguieron la figura de una persona agachada en un rincón, rodeada por rocas brillantes que flotaban a su alrededor sin efecto de la gravedad sobre ellas, controladas por alguna clase de poder psíquico. La profesora pokémon agudizó su vista, con un poco de ayuda de sus gafas triangulares, y divisó que no eran simples piedras brillantes, sino las mismas Estrellas Deseo que habían estado rastreando, y las había extraído con el poder telequinético, removiendo una pila enorme de rocas que amontonó a un lado, como si hubiera despellejado la pared. Magnolia le dio algunos golpes a la barrera de energía con el extremo de su bastón, pero ésta no hizo ningún ruido. La madera simplemente se detenía al llegar hasta determinado punto.
—Disculpe, quisiéramos pasar —pidió con cortesía. La figura agazapada se puso de pie y dio vuelta rápidamente, al tiempo que las rocas caían al suelo como pesos muertos.
La profesora notó que un diminuto pokémon lo acompañaba, pero no alcanzó a distinguir de cuál se trataba, y el sujeto lo devolvió rápidamente a su pokébola antes de acercarse a ellos.
—No vengan a estorbar, estoy ocupado —dijo una voz desagradable al otro lado de la barrera, voz que tanto Hop como Gloria reconocieron inmediatamente, retorciendo una mueca de disgusto en sus rostros.
—¡¿Qué mierda haces aquí?! —le rugió la chica al muchacho rubio que se había acercado a ellos, con las manos hundidas en los bolsillos de su largo tapado púrpura y sus rodilleras reforzadas cubiertas de polvo y tierra.
—Ah, son ustedes —dijo aburrido, alzando una ceja mientras repasaba las caras ofuscadas de la chica y el peliazul, y les dio la espalda rápidamente—. Regresen por donde vinieron, y llévense a la anciana con ustedes. No tienen nada que hacer acá.
Un fuerte manotazo de Gloria al cristal psíquico hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Su mano se apoyaba tan fuerte contra la barrera que se puso roja, y con el golpe el rubio volteó sobresaltado, dedicándole una mirada de asco a la entrenadora.
—Tranquila, mocosa, no hagas un escándalo frente a la eminencia o profesora nosecuánto —dijo, masticando las palabras con tono despectivo y burlón.
Amagó con decir algo más, pero una lanza verde pasó volando justo frente a sus ojos violáceos y se clavó en la pared al otro lado, penetrando la roca y agrietándola como mantequilla. Bede se cayó de espaldas al suelo, y observó espantado cómo desde el lago lluvioso, a pocos metros de él, se encontraba Grookey con el brazo extendido y una mirada llena de desprecio en su otrora alegre rostro. Hop sostenía la pokébola de su inicial en la mano.
—No te atrevas a darnos la espalda de nuevo, imbécil —dijo con fuego en los ojos, curvando una sonrisa desafiante—. Ninguna barrera te mantendrá a salvo de mí si vuelves a hablarle así a la profesora o a mi amiga.
El rubio arrancó de la piedra la rama punzante que había lanzado Cheepo, observándola fríamente unos segundos con una mueca de desagrado, para luego apretarla fuertemente con su mano desnuda, hasta que un hilo de sangre brotó entre sus dedos salpicando el suelo. Le dedicó una sonrisa siniestra tanto al pokémon de planta como a su entrenador.
—Mira lo que le hiciste a mi mano —dijo enseñándoles la palma ensangrentada, mientras la rama caía al suelo y perdía su forma afilada, aplastándola y quebrándola bajo el pie—. Tendré que devolvértelo con algo igual de valioso-
—¡Deja de parlotear tanto, infeliz, o voy a cerrarte esa boca despreciable yo misma! —gruñó Gloria, caminando hacia el lago para bordear la barrera.
No pudo dar más de cinco pasos antes de que Bede hiciera chasquear sus dedos, tras lo cual inmediatamente la chica se rodeó por un aura celeste que tiñó sus ojos del mismo color hasta cerrarlos completamente, cayendo al suelo como un peso muerto. Hop corrió a tiempo hacia ella mientras se desvanecía, y se arrojó al suelo para atajarla en sus brazos justo a tiempo para amortiguar el golpe. La chica se encontraba completamente desmayada en sus brazos, su cuerpo simplemente no oponía resistencia alguna a la fuerza de gravedad.
—¡Gloria! ¡¿Qué mierda le hiciste?!
—Tranquilo, está dormida —dijo Magnolia, tomando rápidamente el pulso de la chica, que en efecto dormía profundamente en brazos del peliazul—. Debe tener oculto por ahí a un pokémon psíquico que hace el trabajo sucio por él.
Bede se reía a gritos, sujetándose el estómago con las manos, hasta que un rugido ensordecedor lo acalló en el lugar. Hop y Magnolia alzaron la mirada y se llevaron las manos a la boca cuando vieron a Cookie, el Yamper de Gloria, trepado con sus cortas patas al borde superior de la barrera psíquica, arrastrando su espalda contra el mismísimo techo rocoso y enseñando sus colmillos rabiosos al pelirrubio, listo para saltar sobre él y arrancarle el brazo de un mordisco. Justo cuando tomó impulso con las patas traseras para saltar sobre él, el aura azulada de antes encerró su cuerpo en un sueño absoluto, desvaneciéndolo en el acto y haciéndolo caer pesadamente sobre el suelo. El golpe fue tan duro que la misma Magnolia tuvo que apartar la mirada. Los ojos de Hop estaban abiertos e inyectados en sangre, no entendía cómo alguien podía ser tan bajo y cruel con gente que nunca le había hecho ningún daño. ¿Qué mierda sucedía con ese tipo?
Con Yamper caído y su luz eléctrica extinta, la caverna se había sumido nuevamente en una oscuridad casi absoluta, a excepción de los fragmentos brillantes de piedras preciosas incrustadas en los muros, que permitían adivinar acaso algunas siluetas. El ruido de la lluvia junto a ellos era ensordecedor, pero no retumbaba tanto como la aguda risa de Bede, que se retorcía de placer mientras retrocedía algunos pasos.
—¿Quieres pelear, enano? Si ganas, te pediré un autógrafo —decía mientras se apartaba de la barrera psíquica. Cada palabra que salía de su boca viajaba como una nube de gas venenoso hasta los oídos del peliazul.
Rolycoly hacía rodar la parte inferior de su cuerpo en el lugar a toda potencia, creado un pequeño cráter bajo él.
—Quita esa mierda de en medio y lo negociamos, cobarde —gruñó Hop, apoyando sus dos puños sobre la barrera.
Cheepo observaba a Bede en silencio mientras la lluvia empapaba su verde pelaje, con el cuerpo ligeramente echado hacia adelante, listo para atacar ni bien recibiera la orden.
—Be my guest —respondió Bede en inglés, haciendo una exagerada reverencia con los brazos abiertos.
En ese instante, la barrera psíquica desapareció y Hop cargó directo contra Bede, tirando su puño hacia atrás para enterrárselo en toda la cara, al tiempo que Rolycoly avanzaba trazando un surco en la tierra, dispuesto a embestir al rubio o a cualquier pokémon que intentara interponerse en su camino. Nuevamente, Bede chasqueó los dedos a tiempo para que otra barrera se forme entre los dos, estampándole Hop un duro puñetazo al muro invisible y produciendo un crujido seco en sus nudillos, teniendo que ahogar un grito de dolor mordiéndose la lengua. Algunas lágrimas inundaron los ojos del peliazul, y Bede lo pudo ver en primera plana, dedicándole otra enorme, maléfica y burlona sonrisa con sus afilados ojos de gato, divirtiéndose al observar la mano quebrada del entrenador.
—Es una broma, tranquilo. Vamos a resolverlo como gente civilizada… ¿Qué tal un combate? Eso es más propio del futuro campeón de Galar que una burda pelea a mano limpia. ¿O no crees que tengas el suficiente potencial? —Bede afilaba más su mirada mientras veía a Hop apoyando la frente con impotencia contra la barrera invisible, y un tenue vapor se formaba en el aire aplanado delante de su boca—. Además, no olviden que yo no vine aquí a molestar a nadie, más bien todo lo contrario. Ustedes me están interrumpiendo, y sigo molesto por eso.
—Cheepo, ven aquí.
El pokémon de Hop corrió hacia él, trepando ágilmente por sus piernas y su espalda hasta su hombro. Bede soltó una risita, acompañada de un contradictorio gesto de disgusto.
—¿Qué te parece un tres contra tres?
Hop negó en seco, una sola vez.
—Sólo tengo dos pokémon en mi equipo.
—¡Coly! —gruñó el tipo roca, sacándole filo a su cuerpo negro mientras se ponía junto a Hop y lo observaba con su único ojo, lleno de convicción y deseos de combatir. Él lo estaba diciendo: pelearía por Hop, y por su propio orgullo como pokémon.
—Ya veo —murmuró Magnolia a espaldas del peliazul, mientras Gloria reposaba en un sueño profundo—, Rolycoly estaba intentando advertirnos de lo que ese chico estaba haciéndole a la mina, destrozándola por completo para conseguir las Estrellas Deseo. Te informo, joven, que la actividad minera debe realizarse con el debido respeto y cuidado. Esta cueva es el hogar de cientos de pokémon.
Bede suspiró, encogiéndose de hombros.
—Al demonio con ellos, debo conseguir todas las Estrellas Deseo que sean posibles. Eso fue lo que se me solicitó, y cumpliré con mi tarea —dijo, enseñándoles cómo guardaba en uno de los bolsillos de su tapado una de las piedras azuladas y rojas—. Voy a demostrarle al mundo que el presidente Rose no me eligió en vano para representarlo en la Liga Pokémon.
—¡Coly! —rugió el pokémon carbón, echando humo por el ojo. Hop se agachó para acariciar el lomo áspero del pokémon con una mano, y le dedicó una sonrisa.
—Bien, Rolycoly, en ese caso… Vamos a pelear juntos. Que sea tres contra tres.
Bede observó en silencio a Hop y Rolycoly, así como al Grookey que le gruñía desde el hombro de su entrenador. La luz era tenue, pero los ojos de su oponente y sus pokémon centelleaban en las penumbras. Finalmente, esbozó una sonrisa confiada y prepotente, y chasqueó los dedos nuevamente para esfumar la barrera psíquica entre ellos. Ahora sólo los separaría un terreno de combate imaginario en aquella caverna, y sus fuertes ganas de humillar al otro en batalla. Magnolia acariciaba el cabello de la inconsciente Gloria, cuyo rostro transmitía un sueño despojado de toda paz. Se la veía incómoda y casi deseosa por despertar y sumarse al enfrentamiento. El silencio envolvió a los entrenadores, con el retumbante estruendo de la lluvia estallando sobre el lago junto a ellos. Inflaron las pokébolas en sus manos y las arrojaron al centro del campo, liberando a sus pokémon.
Hop envió a Lulú, que se mostró un poco angustiada por tener que combatir en un terreno tan opresivo, pero, tras voltear hacia su entrenador y ver que el chico le devolvía una sonrisa cariñosa y segura, volvió contra Bede y resopló enérgicamente en el lugar, rasgando la tierra con sus pezuñas. Bede, por su parte, liberó a un pokémon que brillaba en la oscuridad con un intenso color verde, cubierto por una membrana casi líquida que rodeaba su cabeza esférica, que flotaba suspendido en el aire. Sus ojos eran tan solo un par de pupilas ovaladas de un profundo negro, y su boca un rombo rosado, coronando su peculiar aspecto con un bucle enrulado de color amarillo a un lado de su cabeza. Sin perder tiempo ni regalárselo a su oponente, Hop dio la primer orden:
—¡Lulú, ataca con placaje!
—Qué movimiento tan básico —rio con desagrado el rubio—. ¡Atom, protección!
La oveja lanuda comenzó a rodar contra el pokémon psíquico, aprovechando una subida en el terreno para tomar impulso y alcanzarlo por el aire, pero justo antes de conectar el golpe éste se rodeó por una segunda membrana verdosa, aunque esta vez mucho más sólida y resistente que la de su propia fisionomía, deteniendo en seco el avance del pokémon normal, que cayó al suelo repelido por la implacable protección.
—No podrá repetir ese truco muchas veces, Lulú —analizó Hop, que conocía bien ese popular movimiento—. ¡Continúa con placaje!
—Encanto —ordenó Bede con calma.
Nuevamente Lulú cargó contra el pokémon psíquico, pero al tenerlo cara a cara éste le dedicó una adorable y dulce mirada con sus enormes ojos negros brillando y emanando una misteriosa energía, que debilitó el ataque hasta el punto de que apenas alcanzó a empujarlo unos pocos centímetros hacia atrás. De pronto, la oveja sentía todo su cuerpo más lánguido y sus músculos relajados.
—Debo reconocer que es todo un logro que hayas llegado hasta aquí a base de placajes —se burló el rubio, con las manos en la cintura, mientras negaba con la cabeza.
—¡Lulú, no le demos descanso a ese moco flotante! ¡Continúa así! —mandó Hop, ignorando al rubio. Sabía que no estaba en una situación ventajosa ante el pokémon psíquico, ya que Lulú se enfocaba demasiado en ataques y defensas físicas, y éste parecía responder a otra clase de energía.
Sin que su espíritu se doblegue ni por un segundo, la oveja guardó sus patas bajo su lanudo e inflado pelaje blanco, y comenzó a rebotar sobre éste embistiendo hacia el aire a la esfera verdosa, que se movía con mayor destreza de la esperada eludiendo cada acometida mientras daba vueltas en los aires, flotando cómodamente. Ocasionalmente hacía uso de la protección para recibir de lleno un envite ineludible, sin recibir daño alguno. Estaba jugando al desgaste con Lulú, pero la ovejita estaba dando lo mejor de sí para su entrenador. Magnolia observaba con amargura el combate.
—Qué curioso que alguien que se esconde tras barreras e hipnosis esté usando una estrategia tan puramente defensiva —sonrió el peliazul en un momento, crispando una ceja de Bede al otro lado—. En mi pueblo a eso lo llamamos cobardía.
—Yo lo llamo astucia —resopló el rubio, claramente molesto por el afilado comentario de su oponente—. Pero te daré el gusto de conocer el poder de mis pokémon… ¡Atom, vamos con psicorrayo!
—¡Cuidado Lulú, rizo de defensa!
El pokémon célula se echó atrás eludiendo un último placaje de su adversaria, rodeándose rápidamente por un manto de energía psíquica y disparando por su boca romboide un rayo violáceo translúcido e irregular que viajó directamente hasta la oveja. Lulú, por su parte, atinó a ocultar su cabeza en la lana inflando hasta el triple su tamaño y densidad para soportar el golpe, pero la energía mental de Atom la envolvió igualmente, arrastrándola varios metros hacia atrás hasta estrellarla con una pared, y oprimiéndola a nivel mental a tal punto que se desinfló rápidamente, sacudiendo su cabeza notablemente aturdida. Nunca antes había recibido un ataque de esas características.
—Hop, cuidado con Solosis —advirtió Magnolia a sus espaldas—. Los pokémon tipo psíquico normalmente tienen un abrumador poder de ataque especial. La buena defensa física de Wooloo no va a servirte.
—Ya lo sé —refunfuñó el peliazul, curvando una sonrisa de confianza—. Pero necesitábamos recibir ese ataque… ¡Lulú, respondamos con copión!
—¡Wooo!
La oveja blanca tiñó sus grandes ojos con un brillo rosado, para después expulsar de ellos un sorprendente psicorrayo que tomó por sorpresa a Solosis, impactando de lleno con él y arrojándolo hacia el otro lado. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, rodó rápidamente hacia él y terminó de asestarle un placaje directo que, aunque de menor potencia, logró empujarlo hasta estrellarlo contra la pared de piedras. El pokémon psíquico cayó al suelo tras el impacto, y Wooloo lo aplastó bajo ella, inflando nuevamente su lanudo pelaje para atraparlo dentro.
—¡Rizo de defensa, ahora! —mandó Hop, viendo la oportunidad de anular al psíquico.
—¡Protección! —ordenó Bede, notablemente irritado.
Antes de que Solosis pudiera escapar, Wooloo se hinchó y tensó completamente trabando contra el acuoso cuerpo verde su rizado y espeso pelaje, impidiendo que éste pueda cubrirse además por el manto de la protección. Atrapado allí dentro apenas podía respirar, y el pokémon normal era además lo suficientemente pesado como para que no pueda escurrirse bajo él. En la desesperación, iluminó nuevamente su cuerpo con el aura psíquica que almacenaba todo su poder especial, y soltó un potente psicorrayo que atravesó parte de la lana de Lulú, impulsándola por los aires varios metros hacia atrás. Aún suspendida en caída libre por el ataque sufrido, la oveja alcanzó a oír la orden de su entrenador, que mandó otro copión, y rápidamente giró sobre si misma disparándole por los ojos un fortísimo rayo psíquico al Solosis, que alcanzó a esquivarlo por poco pero que fue alcanzado por la explosión contra la piedra del ataque, rodando por el suelo cubierto de polvo. Los dos pokémon se hallaban tendidos en el suelo, notablemente agotados, aunque Lulú parecía haber recibido la peor parte. Sin embargo, Bede resopló molesto y decidió que su pokémon no podía seguir peleando, retirándolo rápidamente del combate con su pokébola.
—¡Hey! ¡Tu pokémon todavía podía seguir un poco más! —le espetó Hop, mientras Lulú se incorporaba con pesadez y afianzaba sus pezuñas sobre la tierra, sacudiendo la cabeza.
—Prefiero agilizar un poco las cosas —sonrió el rubio con simpleza, encogiéndose de hombros—. Tu turno, Newton.
El peliazul esperaba que su contrincante arrojara una nueva pokébola, pero sus manos no se movieron de su cintura. Wooloo giraba en el lugar mirando en todas las direcciones, la luz allí dentro era un bien preciado y poco común, por lo que también agudizó sus oídos por si escuchaba al oponente acercándose, aunque el estruendoso ruido de la lluvia cayendo sobre el estanque dificultaba aquello. Se fijó en las pequeñas rocas brillando incrustadas a lo ancho de las paredes semicirculares que conformaban aquella cámara manantial, y detuvo su mirada en un par de luces que titilaban en un sector de la pared, danzando alegremente a medida que se apagaban y encendían. Hop también lo notó, y apuntó allí con su dedo índice, inflando el pecho para que su orden retumbase en toda la cueva.
—¡Dale con placaje!
—Estoy harto de esa oveja básica. Newton, reflejo.
Sin saber exactamente a qué atacaba, Lulú se envolvió en su lana y rodó a toda velocidad trazando un surco en la tierra hasta estrellarse contra el pokémon oculto entre las sombras, o al menos eso pensó al principio, para luego notar que había impactado contra un muro psíquico aplanado, de unos diez centímetros de espesor, que detuvo en seco su placaje. Asomó tímidamente el rostro espiando a través de la barrera, solo para encontrarse de frente al verdadero oponente: un insecto adherido a la pared con cuatro cortas patas azuladas y una enorme coraza amarilla que cubría casi la totalidad de su cuerpo, exceptuando un par de antenas y de enormes y atemorizantes ojos celestes hundidos en cuencas anaranjadas. Sobre el caparazón que lo envolvía brillaban aquellos puntos circulares unidos por líneas que se encendían y apagaban en un patrón irreproducible, desplegando un hipnótico fulgor celeste.
—Así que esa era la cosa que ponía barreras invisibles —sollozó Hop, fijando sus ojos color miel en el peculiar insecto que comenzaba a caminar por la pared, invocando una alargada pared psíquica delante de él que impedía que Lulú pudiera acertar con sus ya muy débiles placajes.
—Es un Dottler, Hop —aclaró la profesora pokémon—. No es muy fuerte, pero sí son pokémon engañosos y muy resistentes. Cuidado con sus trucos.
—En ese caso, ¡Lulú, usemos copión!
—No lo voy a permitir —sonrió Bede con malicia, entornando la mirada—. ¡Confusión, Newton!
Wooloo tiñó sus ojos nuevamente para copiar el reflejo de Dottler, pero éste fue más rápido, encendiendo con una luz cegadora tanto sus ojos como los puntos celestes en su cuerpo, desplegando una fuerte ráfaga de energía psíquica que envolvió a Wooloo y la hizo volar por los aires, estrellándola contra el techo y produciendo un pequeño derrumbe de escombros sobre ella. Estaba fuera de combate.
—Lo hiciste muy bien, amiga, ahora descansa —la consoló Hop en voz alta, guardándola de vuelta en su pokébola, para luego mirar con desconfianza al inmóvil pokémon bicho que aguardaba desde las paredes—. Esa cosa es lenta, pero puede desplegar rápidamente su poder psíquico… ¡Pf! ¡No deja de ser un estúpido insecto, y tengo al pokémon indicado para hacerle frente!
Hop clavó sus ojos en el Rolycoly que aguardaba pacientemente junto a sus pies, y éste le devolvió la mirada con su único ojo, que encendió rápidamente con un fulgor brillante y rojizo, emanando un poco de humo por su cuerpo carbónico. Rápidamente hizo girar su rueda, y avanzó al centro del campo de batalla fijándose en su oponente, y emitiendo aquél rugido de combate tan peculiar, como si un montón de piedras chocasen entre si dentro de su cuerpo negro. En la oscuridad los dos pokémon parecían tan solo una luz fulgente del color del fuego, y un par de puntos celestes y brillantes que flotaban suspendidos en el aire delante del muro de piedra. Hop debió sacar su SmartRotom un segundo para verificar los ataques de su recientemente unido pokémon, pero Bede no le iba a conceder ese tiempo que requería, y rápidamente apuntó al pokémon de roca.
—¡Newton, confusión!
—¡Pantalla de humo! —mandó Hop, ni bien leyó el primer ataque.
El acorazado hizo brillar sus ojos y puntos celestes, listo para desplegar su confusión sobre Rolycoly, pero éste rápidamente comenzó a soltar por las grietas de su cuerpo un manto denso de humo negro que envolvió todo, ocultando su posición e impidiendo que Dottler pueda hacer contacto visual directo para propinarle el golpe psíquico. Antes de recibir una segunda orden, Rolycoly salió disparado de entre la cortina de humo por un flanco, trazando surcos en la tierra con su rueda y levantándose en la carrera por el muro de piedra semicircular, utilizándolo como una rampa irregular pero cómoda por estar en su territorio, y avanzando a toda velocidad directo hacia el insecto. Sin embargo, Dottler se reforzó por todos los flancos levantando aquellas barreras psíquicas con su reflejo, repeliendo el envite directo.
—¡Giro rápido, Rolycoly, intentemos desde otro flanco!
—¡Reflejo, Newton!
Rolycoly desplegó las rocas que tenía alrededor del cuerpo como cinco pilares hexagonales y contrajo la rueda bajo él, haciéndolas girar circularmente entorno a su cuerpo y rodeando por el aire al insecto, arremetiendo como una sierra sólida contra su coraza, pero viéndose nuevamente interpelado por una barrera invisible que detuvo el ataque. Apartándose un poco de un salto impulsado por su rueda, comenzó a girar lejos de Dottler disparando proyectiles de piedra contra las barreras psíquicas que lo recubrían, causando estruendos que hacían vibrar paredes y techo de la caverna, y haciendo vibrar las patas azules del insecto, que tuvo que aferrarse con toda su concentración para no caer por la agresiva ráfaga de piedras contra él.
—¡Sigue con antiaéreo, vas bien!
—¡Newton, confusión a las piedras!
Cuando el temblor ocasionado por el ataque estaba a punto de derribar al insecto de su cómoda posición, éste se soltó girando en el aire para visualizar su objetivo, y envolvió todas y cada una de las piedras que se cernían sobre él con el aura celeste que las detuvo en seco, arrojándolas de vuelta contra Rolycoly, que simplemente se limitó a recibirlas con su rueda giratoria para reducirlas a polvo fácilmente. Dottler cayó así al suelo, agazapado e iluminando más los puntos en su coraza para intimidar al oponente, pero ya estaba lejos del reflejo que había generado metros atrás.
—¡Rolycoly, regresa a la pantalla de humo y utiliza pulimiento!
—¡Confusión!
El pokémon carbón arrancó directo hacia la cortina de humo que aún flotaba en el aire oscureciendo parte del campo de batalla, refugiándose entre la negrura para aprovechar el camuflaje puliendo la rueda bajo su cuerpo, haciéndola girar con presión sobre la dura tierra sacando chispas a medida que se limaba la roca, adoptando una forma mucho más redondeada. El Dottler encendió sus grandes y ovalados ojos celestes para ver más allá de la pantalla de humo, detectando al pedrusco y envolviéndolo con su poder psíquico para arrojarlo fuera de allí, estrellándolo contra el techo y luego contra el suelo violentamente, justo delante de él. Cuando la polvareda se disipó, grande fue su sorpresa al descubrir que lo que había envuelto en la confusión era un trozo de piedra arrancado de la pared, y no el auténtico Rolycoly.
—¡Mierda, te engañó, insecto estúpido! —gritó Bede en su lugar, dando un fuerte pisotón al suelo y apuntando a su propio pokémon, que se encogió un poco en su lugar, apenado.
—¡Rolycoly, giro rápido! —mandó Hop, tras dedicarle una mirada de desprecio a su oponente. Todavía no descartaba del todo la idea de correr hacia él y restregarle el puño por la cara, pero por el momento, su pokémon lo estaba haciendo muy bien.
El humo se revolvió y esparció cuando el pokémon de roca arrancó nuevamente contra el insecto psíquico, rodando como un trompo negro a una velocidad frenética y trazando surcos irregulares en el suelo, impidiendo que Dottler alcance a verlo del todo para concentrar en él la energía psíquica. Aun así, respondió utilizando su confusión sobre distintas piedras alrededor de la caverna, arrojándoselas rápidamente al oponente, que las eludía con hábiles piruetas y derrapes en todas las direcciones, e incluso lograba perforar algunas con su propio cuerpo giratorio, sin apenas recibir daño.
—¡Es inútil, utiliza reflejo antes de que te toque! —ordenó Bede, mordiéndose el labio. Ya no se lo veía tan altanero y autocomplaciente como antes.
Dottler procesó la orden incluso antes de que sus antenas la terminasen de recibir, levantando un muro de cristal frente a él para protegerse del golpe, pero fue inútil. El impacto a la carrera de Rolycoly fue tan potente que destrozó en mil fragmentos la gruesa barrera psíquica, acertando un golpe de lleno en el caparazón con su afilada rueda giratoria, y hundiéndolo en el suelo con tal vehemencia que un cráter se fisuró bajo sus patas azuladas.
—¡Bien hecho! —gritó el peliazul sin ocultar la emoción por ver que al fin lograba destrozar una de esas odiosas barreras que tanto le gustaba poner a Bede.
—¡Me vuelves a decepcionar y te arrojo a los Tyranitar, Newton! —rugió el rubio con los ojos desbordando de sus cuencas—. ¡Barrera múltiple sobre ese pedazo de mierda!
Notablemente aturdido y desesperado por complacer a su entrenador, Dottler se agazapó en el lugar, cubierto de magulladuras, y generó con los puntos de su cuerpo brillando a flor de piel seis cristales psíquicos entorno a Rolycoly, encerrándolo finalmente en un cubo de contención psíquico aprovechando que todavía se encontraba cerca, y soldando cada vértice del mismo con toda la concentración de la que era capaz, generando bajo sus patas ondas expansivas de energía que agrietaban la tierra. Las estalactitas en el techo vibraban suavemente debido a la alteración energética del ambiente. Magnolia fijaba sus ojos verdes ocultos tras el reflejo de sus gafas en el pokémon de Bede. ¿Cómo podía un pokémon desplegar semejante energía para un entrenador tan despreciable y agresivo?
—¡Rolycoly, tienes que salir de ahí!
—Mejor ríndete, basura —escupió el rubio, intentando recuperar su compostura al ver que nuevamente tomaba las riendas del combate.
Por mucha energía que aun conservara, el giro rápido de Rolycoly y su aumento de velocidad de poco servían teniendo nulo margen de desplazamiento, atrapado en aquella prisión cúbica de poder psíquico. Sin conformarse con eso, el insecto agudizó la mirada y comprimió aún más su reflejo, impidiéndole así moverse del todo, y bajándolo con la confusión hasta su altura, apoyando el pesado cubo en el suelo frente a él. El pokémon de roca le dedicaba una mirada rabiosa a Dottler, con su profundo ojo rojo ardiendo en llamas.
—Lo tenemos —sonrió Bede—. ¡Hipnosis!
—¡Mierda, no lo mires, Rolycoly! —mandó Hop desesperado, pero era tarde para cerrar su ojo.
Una hipnótica mirada penetró el orificio central de Rolycoly, viajando por su córnea hasta el cerebro y de ahí al resto de sus órganos internos, sedándolo completamente y adormeciéndolo con un nivel de opresión que era a la vez reconfortante y desesperante. No podía permitirse una siesta en un momento así, ante un oponente tan desagradable y exasperante. Con su último aliento, Rolycoly apretó fuerte su ojo y liberó toda la energía oculta en algún lugar de su corazón, expulsándola en forma de una agresiva pedrada que salió disparada de cada rincón de su cuerpo, chocando contra las barreras e inundándolas hasta ahogarse en ellas mismas. Dottler tuvo que cambiar de estrategia, puesto que toda esa energía sólida debía ser contenida para no ceder su reflejo, así que cerró sus ojos deteniendo la hipnosis y encendió los puntos en su coraza hasta que la luz comenzó a manar en forma de pilares que apuntaban hacia toda la cueva, reflejando el techo y las paredes con destellos celestes. La energía física lo acabó abrumando, de todas formas, quebrando su mente y luego la fuerte barrera y provocando un estallido que liberó decenas de pedruscos por todos lados. Hop tuvo que ponerse de espaldas y extender los brazos para proteger a la profesora Magnolia y a su amiga inconsciente, mientras que Bede se cubrió el rostro con ambas manos, encorvándose en el lugar.
—¡Arrójalo al lago, Newton! —ordenó mientras algunas piedritas rozaban sus manos, provocándole heridas leves.
—¡Antiaéreo contra él, Rolycoly! —exclamó el peliazul, con un ligero corte en la mejilla.
Las piedras impactaron de lleno sobre Dottler, que de todas formas sabía que no conseguiría eludirlas por muy rápido que corriera. El sueño causado por la hipnosis había entumecido casi completamente a Rolycoly, así que no tenía más forma de refugiarse del aura psíquica que rodeó su cuerpo justo antes de que su oponente cayera sepultado bajo las rocas, arrojándolo con su confusión directo hacia el estanque lluvioso en el centro de la cámara. Sin aguardar orden alguna, Cheepo saltó rápidamente desde el hombro de su entrenador y corrió como alma que llevaba el diablo hacia el lago, pegando un brinco espectacular desde el borde para atrapar en el aire al pokémon de piedra antes de que se sumergiera en el charco profundo, y arrojándolo de vuelta a tierra firme antes de que el agua ponga en peligro su misma vida. El mono de planta cayó de un zambullón en el agua, pero salió rápidamente sin apenas daño, aunque notablemente agitado por la corrida temeraria que tuvo que hacer para salvar a su nuevo compañero. Corrió hacia Rolycoly, al igual que Hop, pero éste se encontraba completamente debilitado e inconsciente. Dottler, por su parte, ya no era más que una mancha amarilla oculta entre una montaña de piedras.
—Rolycoly, estuviste fantástico —le agradeció Hop, cubriéndolo con su campera de jean. Su cuerpo de piedra estaba arañado y salpicado por la lluvia, y su ojo rojo se hallaba apagado, dejando en su lugar una cuenca negra y profunda—. Tu tenacidad me sorprendió, amigo. Espero poder sacar lo mejor de ti en el futuro, Rolyco- —tuvo que hacer una pausa en seco, pensando rápidamente algo mejor que ello—… Gaius. A partir de ahora, serás mi compañero, Gaius. Descansa.
Tras guardarlo en una super ball, Hop observó cómo Bede parecía mascullar algo mientras apartaba las piedras con sus manos y dándole patadas al montículo sobre su debilitado pokémon. Sentía lástima por ese Dottler, porque realmente había dado un combate admirable y se había encargado tanto de Lulú como de Gaius. Era un pokémon admirable, pero de su entrenador no podía decirse lo mismo. Vio cómo lo guardaba en una pokébola común, para luego inflar una super ball roja y azul en su mano izquierda, y volver a su posición con la otra mano hundida en el bolsillo de su largo tapado. Flexionó el brazo y dejó entrever bajo la manga un grueso y pesado reloj de oro en su muñeca, fijándose la hora con amargura.
—Me están haciendo perder más tiempo del que tengo a mi disposición —gruñó el rubio, haciendo rebotar la pokébola celeste y roja en la palma de su mano mientras sus ojos se perdían en las agujas del reloj dorado—. Por eso, les voy a dar la posibilidad de retirarse ahora mismo de mi vista, y no entrometerse más en mis asuntos.
—Declino la oferta —se encogió de hombros el peliazul, mientras su pokémon inicial se colocaba frente a él y desataba de su cabeza la baqueta de madera, blandiéndola como un sable entre sus manos—. La declinamos.
—Genial —sonrió Bede, resuelto, para luego relajar sus hombros completamente y adoptar una actitud distante y fría—. No digas luego que no te tuve piedad por un segundo, novato... Minerva, a ganar.
La super ball de Bede estalló en el aire liberando tras un destello rojo a una pokémon diminuta, en comparación a las expectativas que Hop se había hecho en su cabeza tras notar el tipo de pokébola que estaba usando su oponente. Lejos de mostrar una apariencia fuerte o intimidante, lo que se alzaba frente a él y su pokémon era una criatura de menos de medio metro de altura, con cuerpo redondo y rosado y largo cabello celeste con un flequillo enrulado que cubría su rostro casi en su totalidad, dejando solo al descubierto una boca pequeña y sonriente. Una larga cola rosa con pintas blancas se alzaba por detrás del cabello, adoptando forma de sombrero o bonete, con una gota invertida en la punta. Más allá de su aspecto intrigante, no había nada en ese pokémon aparte de su super ball que indique ninguna clase de poder en especial. Aun así, no pensaba entregarle el combate a la confianza. No ante un oponente al que anhelaba tanto derrotar, y de forma abrumadora, además. Quería humillarlo ahí, frente a la máxima autoridad científica de la región. Que sea empírico el hecho de que él era el entrenador superior, y que Bede era solo un patán abusivo y desagradable. Lamentaba que Gloria no pudiera ver cómo estaba a punto de patear su trasero con ayuda de Cheepo. Aun así, su curiosidad fue grande, y pensó que estaría bien revisar la Pokédex en su SmartRotom un segundo, así que lo sacó y apuntó a la regordeta pokémon rosa.
—"Hatenna, el Pokémon Calma. Percibe los sentimientos de los seres vivos con la protuberancia en su cabeza. Siente predilección por los lugares despoblados, y si percibe una emoción intensa intentará huir de ahí a toda prisa. Solo abre su corazón a quienes muestran un carácter sosegado"
No terminó de escuchar la frase pronunciada por la voz robótica de la Pokédex que Bede ya había dado una orden a su pokémon, que corrió hacia Grookey para acortar la distancia mientras encendía una llama púrpura en la punta de su cola/sombrero, arrojándola contra él. Grookey no tuvo problemas en eludir el fuego con una pirueta al costado, pero el fuego torció su trayectoria en el aire y se redirigió hacia él por la espalda, obligándolo a dar un brinco con mortal hacia atrás en el lugar para que pasara de largo. Aun así, el fuego seguía desviando su camino para perseguir al chimpancé, por lo que no tuvo más remedio que utilizar su baqueta como escudo, haciéndola girar a una velocidad vertiginosa delante de su rostro para disipar las llamas, pero el fuego era abrasador, y alcanzó a quemar un poco sus brazos.
—¡¿Qué fue eso?! —se preguntó Hop en voz alta. No esperaba que esa cosa supiera usar ataques de fuego, y ya no habría tiempo de revisar sus ataques en la Pokédex, así que la guardó en su mochila y se enfocó en el combate.
—Ya veo… —murmuró Magnolia a sus espaldas, analizando el curso de la batalla. Hop la escuchó, pero no estaba dispuesto a recibir más ayuda. Era su propio duelo.
—¡Cheepo, hojas navaja!
—¡Grooo!
Al mono arrojó al aire la baqueta para distraer un segundo a Hatenna, arrancando con sus manos las hojas en lo alto de su cabeza, e inmediatamente después le crecieron dos más. Apuntó un instante y arrojó al ras del suelo dos rápidos proyectiles giratorios y afilados que cortaban el viento tras su paso, pero la psíquica se limitó a expulsar otra llamarada por la punta de su sombrero, incinerándolas en el acto y reduciéndolas a cenizas. Sin embargo, aquello no había sido más que una distracción para que el chimpancé pueda acercarse rápidamente, colgándose por las estalactitas y cayendo sobre ella por detrás, sujetándole la punta del sombrero con la cola y levantándola por los aires para luego estrellarla contra el suelo al otro lado. Inmediatamente después del golpe, se apartó pegando brincos ágiles hacia atrás para ponerse a resguardo de cualquier contraataque, pero su oponente simplemente se sacudió un poco en el lugar, inexpresiva, y se incorporó tranquilamente.
—Muy bien, Cheepo —le sonrió Hop, mientras una gota de sudor recorría su sien—. Si logramos distraerla es blanco fácil. Debemos enfocarnos en ese tonto bonete que tiene.
—¡Hate! —gritó la pokémon psíquica, alzando su cabello por un lado como quién para la oreja, sacándole la lengua al entrenador mientras acariciaba con el otro mechón de pelo celeste su preciado sombrerito. Hop arqueó una ceja.
—Está bien, lo siento…
—Minerva es muy tranquila —dijo Bede, inexpresivo—, pero si te metes con su sombrerito, será tu fin.
—Lo siento por ella, Bede —respondió Hop con desprecio en el tono de voz—, pero tú mismo decidiste el fin de tu pokémon tras desafiarme a una batalla después de lo que le hiciste a Gloria. ¡Cheepo, hojas navaja de nuevo!
—No hay peor mago que el que repite trucos viejos —suspiró el rubio, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros.
El inicial de planta comenzó a correr alrededor de Hatenna, arrojando rápidamente sus afiladas hojas navaja contra ella, pero ésta vez la tipo psíquico decidió congelarlas en pleno vuelo con su poder mental, enviándolas de vuelta a Grookey pero apuntándole al techo sobre su cabeza, cortando con ellas las estalactitas que pendían flojamente y dejándolas caer en picado como proyectiles sobre su oponente. El monito tuvo que recurrir a las más versátiles piruetas elusivas para no terminar empalado por una de aquellas dagas de piedra afilada, cortándolas con su baqueta en modo de rama punzante o rodando hacia un lado para evadirlas por poco, mientras se apartaba en espiral del epicentro del combate, donde la pequeña bola rosada hacía danzar las hojas navaja con su tremendo poder psicoquinético.
—Es mucho más fuerte que el Dottler —murmuró Hop, mordiéndose el labio y tapándose los oídos—. ¡Probemos con chirrido!
Grookey infló su pecho retrayendo su cabeza hacia atrás, y luego se aferró con las patas delanteras y traseras al suelo, exhalando un ensordecedor chillido enseñando los colmillos, que viajó en ondas expansivas por el aire directo hacia Hatenna, aturdiéndola con sus tonos agudos y obligándola a cubrirse el rostro con sus largos mechones de pelo celeste, anulando su concentración y dejando que las hojas cayeran a su alrededor con liviandad.
—¡Lo tenemos! —alzó el puño el peliazul—. ¡Hora de acercarnos y darle con rama punzante, amigo!
—¡Key! —asintió el mono.
Alargando con la energía de su elemento la baqueta de madera en su cola, Grookey corrió a toda velocidad hacia su oponente, lanzando una estocada de costado cuando la tuvo en su rango de ataque. Sin embargo, Hatenna respondió con su propio cabello, enroscando un mechón de ésta en la rama punzante de Grookey y girando sobre su propio pie para levantarlo por el aire y arrojarlo lejos de allí. También tenía un gran poder de ataque físico. Mientras el chimpancé salía volando, la bola rosa disparó nuevamente una llamarada en su contra para mantenerlo a raya, alcanzando a quemar una pata del monito, que cayó al suelo apoyándose en su cola mientras sacudía la extremidad quemada con lágrimas en los ojos. Al parecer, había recibido mucho daño, y eso por algún motivo disgustó fuertemente a Hatenna.
—Trata de no usar un pokémon tan escandaloso contra Minerva —sugirió Bede—. Detesta a los llorones.
—¡Cheepo, al agua y sigue con hojas navaja desde ahí!
Para aliviar el dolor de su pata, Grookey se zambulló al lago refrescando su pelaje chamuscado, mientras sacudía rápidamente la cabeza aventándole las hojas cortantes a Hatenna. Desde luego que éstas ya no serían distracción para ella, y se limitó a anularlas con su psíquico, dejándolas caer en el lugar. Ni siquiera apartó la vista de Grookey, si es que realmente veía algo con ese abultado flequillo cubriéndole los ojos. ¿O acaso vería con aquella extraña gota invertida en la punta del sombrero?
—Gota vital, Minerva.
La gota en la punta de su sombrero titiló un par de veces, extrayéndose de ella una auténtica gota líquida que se elevó un momento en el aire y salpicó luego el cuerpo de Hatenna, limpiando sus heridas y raspones. Grookey ya había salido del agua, pegando un brinco hacia adelante y agitando su pata chamuscada, flexionando la rodilla para recuperar movilidad. Necesitaba al cien por ciento su agilidad para eludir el fuego que esa cosita era capaz de disparar. Hop estudiaba la situación, escudriñando los relajados movimientos de la pokémon psíquica, y su aparente recuperación de las lastimaduras que había conseguido hacerle Cheepo. La tenía muy difícil, pero debía confiar plenamente en su pokémon.
—Cheepo, vamos a ir con calma —dijo en un tono alto pero contenido—. Eres más rápido y ágil que Hatenna, así que la iremos desgastando.
—¡Groo! —chilló el mono de planta, saltando en el lugar con un par de piruetas hacia adelante y hacia atrás, mientras blandía en una mano su rama punzante y en otra una serie de hojitas, listo para sacarles filo.
—Minerva, muéstrales un poco más de tu llama embrujada.
—Tenna —asintió la psíquica, esbozando una sutil sonrisita, mientras la gota azul se volvía roja.
Cheepo flexionó las patas traseras en el lugar, esperando el momento justo en que la llamarada mágica que salió disparada hacia él, consumiendo todo en su camino y trazando líneas zigzagueantes y espirales por el suelo y el aire, se encontrase lo suficientemente cerca. Era una jugada peligrosa, pero debía mantener la calma como su entrenador le había indicado. Tenía que confiar en su propia destreza. Cuando el fuego estuvo lo suficientemente cerca, Cheepo agachó la cabeza casi hasta tocar el suelo y comenzó a correr hacia adelante con todas las fuerzas que tenía en las patas, ayudándose incluso en el impulso inicial con su fuerte cola, mientras tiraba sus brazos hacia atrás cruzando en su espalda una alargada y filosa estaca de madera y una serie de hojas curvas con aspas en el filo. La llama embrujada de Hatenna torció su trayectoria, tal y como esperaban, pero se encontró de frente con la portentosa lluvia que todavía caía sobre el estanque a espaldas de Grookey, por lo que su intensidad se vio considerablemente mermada, perdiendo en alcance y ferocidad. Mientras la bestia ígnea perseguía al chimpancé de planta, éste corría como una bala hacia su oponente, sin arrojar todavía su ataque filoso a distancia. No serviría de nada si lograba utilizar su poder psíquico, aunque tendría que optar entre eso o continuar con el ataque de fuego.
—¡Eleva esa llama, Minerva! —ordenó Bede apuntando al techo, mientras su pokémon sacudía el sombrero en su cabeza y alzaba el fuego hacia las estalactitas, quemándolas y provocando un derrumbe a espaldas de Grookey, mientras éstas se precipitaban sobre él.
—¡Ahora, Cheepo, sujeta una con la cola!
—¡¿Qué?!
Sin detener su carrera, Grookey se impulsó por los aires enroscando hábilmente entre su cola una de las estalactitas que caía sobre él, girando sobre sí mismo y arrojándola con quirúrgica precisión contra Hatenna. A la psíquica no le quedó más remedio que saltar hacia un lado con sus patas rosas, dejando que el proyectil puntiagudo se entierre justo en el lugar donde estaba instantes atrás. Pero esa era solo la primer advertencia: Cheepo giró sobre sí mismo en el aire y sacudió su brazo a tal velocidad que desapareció por unos segundos, arrojando las afiladas hojas navaja contra ella, que tuvo que anular de lleno la llama infernal para desplegar su energía psíquica y detenerlas a pocos centímetros de su cuerpo. Pero ese último recurso de energía fue distracción suficiente para que el inicial cayera justo encima suyo, aferrándose a su sombrero con las patas tras y tumbándola de espaldas al suelo, mientras recogía con su mano libre las hojas congeladas en el aire y se las estampaba con una ráfaga de viento por toda la cara, provocándole serios cortes. Para rematar, enroscó su cola en el sombrero de la psíquica y trabó la rama punzante contra su cuerpo, inmovilizándola por completo en el suelo, en una toma digna de un especialista en lucha libre y artes marciales mixtas.
—¡Minerva, no dejes que te atrapen tan fácilmente, maldita sea! —rugió Bede, con el rostro desencajado y las manos abiertas con los dedos retorcidos a ambos lados de su cuerpo.
—¡Cheepo, aprieta más fuerte, no la dejes concentrarse!
La psíquica intentaba soltar su enorme poder sobre el mono, pero estando tan cerca de ella era difícil enfocar el objetivo exacto de sus ondas mentales, sumado al esfuerzo que le suponía siquiera respirar con la toma opresiva del de planta. Sentía el filo de la baqueta clavándose contra su piel, y las heridas provocadas por sus hojas navaja estremecían cada rincón de su cuerpo. Además, su cola retorcía y doblegaba con fuerza su frágil sombrerito, cuna máxima de su poder. La gota en el extremo titilaba, emitiendo un tintineo que buscaba apaciguar el espíritu de Grookey, pero éste no se dejaría tranquilizar por otra cosa que no sea la mismísima victoria. Disparó un par de llamaradas cortas y débiles de la punta, y luego intentó escupir aquella gota con propiedades curativas para ganar energía aún apresada por el oponente, pero Hop mandó a Cheepo utilizar mofa, y éste comenzó a chillarle ruidosamente al oído, haciéndola enojar tanto que no podía concentrarse en el movimiento de recuperación.
—¡Chirrido, Cheepo! —ordenó el peliazul. Ya casi la tenía.
—¡Beso drenaje! —mandó el rubio, chasqueando los dedos con impaciencia mientras su reloj dorado bailaba y se sacudía en su delgada muñeca.
Mientras el inicial de planta soltaba de sus cuerdas vocales aquél desgarrador estruendo que aturdía a todos en el lugar, Hatenna comenzó a dar inocentes besitos desesperados en su brazo, drenando con ellos la energía vital del chimpancé. Éste le dio un duro y seco golpe de canto con su rama punzante, directo a su boca, trabándola con la misma para que no pueda acercarse a él. Sin embargo, la psíquica había conseguido restaurar energía con ese último ataque, por lo que su gota en el sombrero comenzó a brillar con mayor intensidad, deteniendo el tintineo, y expulsó una corriente de energía psíquica a su alrededor que apartó finalmente a Grookey del aprisionamiento al que la sometía. El mono volvió a la carga rápidamente, lanzando furtivas estocadas a su alrededor, mientras ella desviaba la baqueta con su control psíquico, mientras pegaba brincos en todas las direcciones y se agachaba con esmero para esquivarlo. Todavía no podía recuperarse de la asfixia, pero estaba determinada a acallar sus horrendos chillidos, y los exasperantes gritos de los dos entrenadores.
—¡Un último esfuerzo, amigo! —pidió Hop, desesperado por la tenacidad obstinada de Hatenna—. ¡Rama punzante!
—¡Quiero que lo reduzcas a la nada misma, Minerva! —rugió Bede, con las pupilas tan encogidas en sus ojos que parecían puntos oscuros en medio de la nada—. ¡Psíquico!
Cheepo se echó a la carrera contra la bola rosa, apuntándola de lleno con su rama punzante que sostenía en la mano derecha como una espada. El cuerpo de Hatenna se iluminó con un brillo fucsia, muy intenso, que descargó en forma de presión psíquica apuntándole directo al arma con el que buscaría finalizar el combate. Grande fue su sorpresa al ver que la energía de su ataque psíquico consumió al instante la rama punzante de Grookey, desapareciendo de su mano como si la hubiese reducido a tan solo un concepto más allá de la existencia… Pero se equivocaba. La baqueta afilada del chimpancé no había desaparecido de ahí fruto de su devastador ataque psíquico, sino que éste la había arrojado a una velocidad temeraria contra su otra mano, empuñándola tan rápido que el ataque solamente entumeció y lastimó el brazo libre de Grookey. Ya era demasiado tarde para pensar en otro movimiento: la estocada llegó por la izquierda, y no por la derecha, arañando en un fugaz surco diagonal de arriba abajo todo el cuerpo de la pokémon de Bede, que observó incrédulo cómo el mono pasaba a través de ella deteniéndose en seco a sus espaldas, hasta que Hatenna no pudo más y se desplomó sobre la tierra, inconsciente. Aun después de su entrenamiento especial, de haber fortalecido el carácter y la energía mental de Minerva, de haberle dado las mejores máquinas y discos técnicos que le había ayudado a obtener el mismísimo presidente Rose… Había perdido. Su pokémon era superior en todo sentido al repugnante mono pulgoso de ese imbécil con campera sucia y desgastada que rogaba atención en el estadio de Motostoke. Y, aun así, ahí lo tenía: mordiendo el polvo ante su oponente..
—Cheepo, muchas gracias —sollozó Hop, apoyando las manos en sus rodillas, respirando agitado y mojando el suelo a sus pies con sendas gotas de sudor que caían por su frente. Grookey se acercó a él alegremente, rengueando y con un brazo colgando inerte junto a su cuerpo por el ataque psíquico que había recibido. Esquivó algunas estalactitas enterradas en el suelo, y abrazó con su cola y baqueta la pierna de su entrenador, mientras él le acariciaba la cabeza y rascaba su pelaje verde, empapado.
Bede regresó a Hatenna a la super ball sin emitir palabra. Se agachó con cierta dificultad a recoger un par de estrellas deseo del suelo, y las dejó caer en los profundos bolsillos de su abrigo. Luego de eso, fijó su vista en el pokémon que abrazaba a su entrenador, con una mueca de asco, o tal vez de… ¿Tristeza? Se incorporó y avanzó hacia ellos, mirando más allá de ellos. Hop quería decir algo, deseaba escupirle en la cara, darle aquel puñetazo que se tenía reservado desde Motostoke, burlarse por la derrota. Pero la verdad es que lo único que necesitaba era no ver por un buen tiempo a ese imbécil. Que se vaya en silencio, que aprenda de sus errores, que entrene y cuide de sus pokémon, y que algún día, eventualmente, le exija la revancha como correspondía entre dos entrenadores. Hop no dijo nada, pero una voz a sus espaldas habló justo cuando Bede pasó a su lado, y no era la de la profesora Magnolia.
—Pídele disculpas.
Gloria se había interpuesto en el camino del rubio, que miraba al frente, pero no parecía mirarla en especial. Era, para él, una barrera invisible, tanto como las que había dispuesto por aquella recámara de la caverna para que nadie se inmiscuyera en sus asuntos. La chica tenía su vestido lleno de cortes, tierra y salpicaduras de agua, y un leve rubor de sangre aparecía en la comisura de sus labios rosas. Su pelo castaño era un perfecto desastre, desordenado a ambos lados de su rostro con expresión determinada. Definitivamente la bella durmiente se había despertado, ¿o sería la bestia quién le hablaba a Bede en ese momento? El rubio soltó una especie de risa amarga, muy al fondo de su garganta, como si fuera una tos indeseable pero oportuna, y con las manos hundidas en los bolsillos la esquivó tranquilamente, caminando hasta desaparecer en la oscuridad. Decenas de diminutas burbujas danzaban en las pupilas de la entrenadora, que veía ahora la espalda de Hop mientras cargaba a Cheepo en sus brazos.
—¡Eres un cobarde, desgraciado, una rata miserable! —chilló la chica, torciendo el cuello hacia la oscuridad. Había parado de llover, pero los pasos de Bede no sonaban en la calma después de la tormenta, y una voz suave viajó desde las sombras hasta sus oídos.
—Me disculparé en la Copa de Campeones, si ahí los veo.
Tras largos segundos en silencio, Magnolia se acercó finalmente, cargando a un todavía dormido Yamper como a un bebé. Gloria buscó en su mochila un despertar y se lo aplicó a su pokémon, despojándolo de los brazos de Morfeo para pasar a los suyos propios. Cookie saltó sobre ella y le llenó la cara de lamidas, limpiando su sangre, tierra y lágrimas también, mientras movía su cola de un lado al otro alegremente. Hop guardó a Grookey en su pokébola, y le dio una palmadita en la espalda a la chica.
—Me alegra que hayas despertado, aunque te perdiste lo mejor —le dijo, con una ancha y altanera sonrisa.
—Algo me dice que la próxima podré disfrutarlo de principio a fin —respondió a ella, mientras Cookie frotaba sus mejillas contra la suya—. No se te ocurra perder contra ese idiota, Hop.
—No está en nuestros planes —suspiró el peliazul, observando orgulloso las tres pokébolas en su cinturón. Aun así, había estado aterrado la mayor parte del combate; los pokémon de Bede eran realmente escalofriantes, con un potencial nato sobresaliente.
—Fue un combate impresionante —comentó Magnolia, golpeando el suelo con su bastón mientras esbozaba una tranquila sonrisa—. Hop, estás creciendo a pasos agigantados desde tu combate contra Victor. Veo que fue una sana motivación para ti.
El peliazul asintió, con un leve rubor en las mejillas, mientras se frotaba el pelo detrás de la cabeza.
—No es lo único que me motivó a mejorar, profesora —aclaró, mirando de reojo a Gloria. La chica desvió la mirada, mientras Yamper bajaba de sus brazos y encendía sus mejillas con electricidad, iluminando el oscuro camino tras ellos.
Tras revisar las heridas de Gloria a raíz de su caída por la hipnosis de Dottler y ponerle un vendaje improvisado en la rodilla y una pequeña gaza en el labio inferior, la profesora pokémon fotografió la recámara del manantial, especialmente los huecos donde Bede había obtenido las estrellas deseo, y tras guardar algunas muestras en su maleta emprendieron camino de regreso. La vuelta les resultó mucho más rápida que la ida, pues ya conocían bien el lugar más allá de la oscuridad e irregularidad de sus pasillos, y no tardaron en encontrarse en la bifurcación con Victor y Sonia, que conversaban animadamente sentados en una roca. Para su sorpresa, no se habían cruzado en ningún momento con Bede, aunque ese parecía ser el único camino de regreso aparente. Hop y Sonia cruzaron miradas hostiles, pero Victor les dio un codazo a los dos, y finalmente suspiraron al unísono, pidiéndose perdón por su cruce anterior. Las investigadoras pokémon se despidieron allí de ellos, puesto que debían volver a la entrada para regresar al vehículo. Les desearon éxito en su primer gimnasio, y prometieron ponerse en contacto pronto para tenerlos al tanto de la investigación de Magnolia sobre las estrellas deseo y el fenómeno Dinamax.
Así, los tres entrenadores regresaron al camino principal de la mina, cruzando las vías sobre la tierra hacia la luz tenue obsequiada por la Luna en el exterior. Pueblo Turffield los esperaba al otro lado de la Ruta 4, y junto a él la primer medalla de gimnasio, que relucía en sus cabezas más que todas las estrellas del cielo combinadas.
Continuará…
TRAINER's PROFILE
Hop Owen
Edad: 14 años
Medallas: 0
Pokémon:
- Grookey (Lv.17) "Cheepo"
- Wooloo (Lv.15) "Lulú"
- Rolycoly (Lv.16) "Gaius"
Bede
Edad: 15 años
Medallas: ¿?
Pokémon:
- Hatenna (Lv.18) "Minerva"
- Dottler (Lv.17) "Newton"
- Solosis (Lv.15) "Atom"
