A pesar de toda la confusión, el arconte de la onceava casa aprovechó la oportunidad para retroceder y ordenar sus pensamientos. Tosió producto de la tierra levantada y una chispa de alarma se encendió en su mente al recordar que había más personas ahí adentro. Se giró para buscar y socorrer a los sobrevivientes… y descubrió que no había nadie. El lugar estaba completamente vacío. Todo había sido una ilusión, salvo por aquel hombre que había muerto frente a sus ojos.

Llamó a la armadura de acuario y pronto estuvo verdaderamente listo para enfrentar al enemigo. No obstante, jamás hubiera imaginado que, de todos los posibles individuos a enfrentar, uno de ellos tuviera que ser precisamente aquel ante el cual toda su tolerancia se convertía en cólera. Sintió que su corazón se disparaba todavía más al ir distinguiendo su silueta entre la tierra y los escombros. No tardó en recordar todo lo ocurrido en Bluegrad y su respiración se volvió irregular al reprimir un gruñido de irritación.

— ¡Radamanthys!

Le gritó al finalmente no tener dudas de su identidad, sus dos brazos firmes y alzados para ejecutar su técnica más poderosa. Sin embargo, algo fuera de lo normal captó su atención enseguida: Wyvern no tenía dirigida su mirada hacia él. Parecía no haberse percatado de su presencia sino hasta escuchar que lo llamaba y, aun así, sus ojos se mostraron reacios a perder de vista al que, al parecer, era su verdadero objetivo.

— ¿¡Por qué demonios estás aquí, tú de todos los malditos caballeros!? — Le gritó, todavía sin mirarlo, pero dejando en claro con su voz que estaba ya muy cabreado.

— Eso es algo que debo preguntar yo, espectro. ¡En la Guerra Santa quedó establecido que Hades y ustedes no podían regresar! — Le respondió el francés no menos fastidiado por aquel encuentro, aunque lo difuso de las circunstancias le había permitido tranquilizarse y analizar mejor la situación. Con cautela, siguió la dirección hacia la que miraban los ojos del dragón del infierno y descubrió que a quien acechaba era a Amir, este de pie con aire despreocupado tocando notas al azar de su arpa, una sonrisa felina curvando sus labios.

— Guarda silencio, maldita sea. No tengo tiempo para lidiar contigo. Si estoy aquí es precisamente porque estoy intentando llevar a Pharaoh de regreso al Inframundo.

— ¿Pharaoh… Pharaoh de Esfinge?

— ¡Te equivocas! ¡Me confundes con alguien más, Wyvern!

Habló el tercero y su sonrisa se amplió al tener toda la atención sobre él. Con movimientos sigilosos, comenzó a caminar hacia la salida del refugio, sosteniendo la mirada del juez sin una pizca de temor.

— Recobra el juicio, Pharaoh. No me obligues a tener que matarte para que regreses.— Advirtió el de melena rubia, tan serio que resultaba aún más atemorizante que cuando gritaba al estar molesto. De pronto, la presencia del caballero pareció ejercer todavía más presión en él, pues chasqueó la lengua y le lanzó una mirada furtiva.— Escoria dorada, lo diré solo una vez, así que presta atención: el Inframundo está lidiando con sus propios problemas ahora. Poco después de la Guerra Santa, comenzamos a recibir ataques. Muchos espectros murieron y no regresaron, incluso pese a haber muerto en el mismo Inframundo. Creíamos que eran ustedes, despreciables caballeros de Atenea, así que enviamos tropas a la superficie a averiguar, pero no era así. Alguien quiere acabar con nosotros y en el proceso se apoderaron de Pharaoh. El señor Hades sabía que si llegaban a descubrirnos, podría desatarse otro conflicto y no lo desea. Por eso estoy aquí, para regresar a este espectro a donde pertenece.— Hizo una pequeña pausa y sus ojos volvieron donde el moreno, quien se había detenido para escuchar la historia, como si todo aquello le resultara de lo más entretenido.— Así que hazme un favor y desaparece, antes de que me sobre el tiempo para matarte de una vez por todas.—

—Ah, ah, ¡qué inoportuno eres, Wyvern! — Habló de nuevo el arpista y se llevó una mano a la cadera, la otra descansando sobre su instrumento musical.— ¡Con lo que tuve que esperar para que el Santuario me enviara uno de sus caballeros! Realmente estás acabando con mi paciencia, amigo.— A juzgar por el tono en el que hablaba, Dégel sospechó que aquella falsa sonrisa no tardaría en desaparecer.

— Tu conflicto es con el Inframundo, ¿por qué estás buscando ayuda del Santuario? Si lo que buscas es una alianza, te advierto que…

—¡Ahahaha! ¡Qué correcto, qué formal! ¡Tan digno de un caballero! Deberías aprender de él.—Exclamó, esta vez maravillado. El rubio solo emitió un gruñido de impaciencia.— Te equivocas, mi estimado Dégel de Acuario. No busco una alianza, busco información acerca de alguien, pero nadie en el Inframundo lo ha visto de nuevo desde que acabó esa guerra santa de la que tanto hablan. Así que, si allá abajo no tienen idea, supongo que Atenea sí conocerá su paradero. Después de todo, él estaba justo en el limbo entre los dos bandos.— Habló con verdadera admiración.

—No sé de qué estás hablando.

—Tan frágil… no tiene a dónde ir. Es el único que merece la salvación, así que no te preocupes por una alianza, caballero: mi señor también pretende aniquilarlos a ustedes de todos modos.

—¿Tu señor…?

—Ra.

Fue como un murmullo. El espectro de esfinge exhaló el nombre de su deidad y, luego, en un movimiento demasiado ágil, hizo estremecer las cuerdas de su arpa.

Por supuesto, Radamanthys no había dejado de acecharlo y reaccionó al unísono, ejecutando su poderosa técnica. Como resultado del choque de cosmos y ataques sonoros, el resto del albergue saltó por los aires, completamente destruido. Dégel alcanzó a cubrirse utilizando el Ice Coffin como escudo, aunque este quedó hecho trizas en cuestión de segundos.

— ¡Pharaoh, regresa!

— ¡Larga vida al señor Ra!

Escuchó la voz exasperada de Radamanthys y la risueña y enérgica voz de Amir, o Pharaoh, quien fuera, y no tardó en correr tras ellos. Wyvern no se contendría en su intento de hacer que el otro espectro recobrara la razón y eso implicaba un riesgo importante para las personas de la ciudad.

Al llegar al exterior, sus prioridades cambiaron drásticamente. Ya había gente en el suelo y algunas casas estaban convertidas en escombros producto de la explosión. Las personas corrían despavoridas hacia el otro lado de la ciudad y ambos espectros estaban suspendidos en el aire, frente a frente. Dégel ayudó a los heridos a alejarse y trató al mismo tiempo de no perder de vista a la extraña oposición.

—Dime dónde se encuentra Ra.— Exigió el Wyvern, claramente al borde de perder los estribos.

—No seas estúpido.—Se burló el otro espectro.— Aunque lo diga, te faltan vidas para enfrentarte a él. Te hará desaparecer como a la llama de una vela. Ahora, si me lo permites, yo estaba conversando con un caballero.

Ni siquiera le dio tiempo a replicar. Pharaoh descendió y aterrizó frente a Acuario, quien había apartado a todos los heridos y se mantenía alerta a la batalla. Al encontrarse cara a cara, el moreno volvió a sonreír.

—Necesito que le preguntes a Atenea por la ubicación de Bhal.

—¿Bhal?

—Ah, cierto… ustedes lo conocen como Bennu.

—¡No quieras tomarme el pelo!

Radamanthys profirió el último grito y este se convirtió en la fuente de un nuevo ataque. Dégel volvió a cubrirse utilizando el Ice Coffin, pero no contó con que el espectro de Esfinge se escondería detrás de él para protegerse.

—¡No intervengas en esto, con un demonio, escoria! —Ladró el dragón.

—¡Tú eres el único que está interfiriendo con una civilizada conversación, bastardo! — Estalló por fin el espectro dominado por la voluntad de Ra.

—Regresa al Inframundo, Radamanthys, los asuntos de la superficie los atenderemos quienes estamos encargados de velar por la superficie.

—Solo estás dificultando mi trabajo, basura ateniense. Ese infeliz de Ra está atacando al Inframundo, tomó control de un espectro y está buscando a otro para hacer lo mismo. Si vino a la superficie es porque pretende generar un conflicto entre Hades y Atenea ¡Y lo está logrando porque tú no me dejas llevar a cabo mi deber!

Hubo un breve silencio. Dégel, por mucho que Wyvern fuera insoportable, no podía quitarle razón. Así como tampoco podía ignorar que Pharaoh hubiera declarado abiertamente su hostilidad hacia el Santuario ni que estuviera generando caos en un pueblo inocente. Lo viera por donde lo viera…

—…En ese caso, este problema nos concierne a ambos.—

Solo quedaba una opción. La opción más sensata, aunque no la más agradable.

El rostro del rubio se contrajo en una mueca de ira, pues no había necesitado mucho para llegar a la misma conclusión. Sin embargo, una tercera persona estaba en desacuerdo y antes de que los seguidores de los dioses griegos pudieran darse cuenta, se había desplazado hacia la retaguardia del dragón.

— En lo que a mí respecta, puedes irte directo al infierno.

Le dijo en un susurro. Justo después, le asestó un golpe brutal con el arpa, mandándolo cielo abajo hasta aterrizar violentamente contra el suelo.

El arconte de la onceava casa, por su parte, aprovechó la apertura para atacar al ahora seguidor del dios egipcio.

—Aurora Execution!

Exclamó. De súbito, el ambiente se tornó gélido. Una imponente tormenta se ciñó sobre el espectro moreno y lo congeló lo bastante como para mandarlo también a tierra. El peso muerto crujió con fuerza al impactar y el hielo se quebró. Poco después, Pharaoh se reincorporó, ensangrentado y sucio, y sus ojos se abrieron profusamente al comprobar con horror que su arpa se había roto durante el ataque.

Con una expresión vacía, desprovista de toda emoción, el de Esfinge levantó la mirada para fulminar a Dégel.

— Esta me la vas a pagar, maldito gusano.

Sentenció. Luego, retrocedió un paso y un portal se abrió a su espalda, brindándole una ruta de escape antes de que el paladín ateniense pudiera hacer algo más.

Así, tan de pronto como había comenzado todo, se había quedado solo, en medio de un pueblo colmado de temor y caos.

Por desgracia, la tensa calma no duró demasiado. Apenas había recuperado un ritmo normal de respiración cuando un fuerte estremecimiento lo hizo temblar de pies a cabeza. Los inhibidores.

Los benditos inhibidores.

Las imágenes bailaron fugazmente en su memoria y recordó que había dejado su equipaje atado a los camellos antes de entrar al refugio. Volteó rápido en dirección a los establos y eso solo sirvió para confirmar la pésima realidad: ahí donde habían estado los camellos, ahora solo reposaban varias paredes caídas. Un vacío se instaló en su estómago, tenía que regresar cuanto antes al Santuario o correría peligro verdadero y lo sabía muy bien. Técnicamente, había cumplido con su misión y aunque lamentara no poder conocer más acerca de aquel país, tenía dos grandes motivos para marcharse.

Una vez trazado el plan de acción a seguir, dio la media vuelta y apresuró el paso lo que más pudo, o bien, lo más lejos que pudo llegar, pues no contaba con que cierto espectro de cornamenta y mal carácter había recobrado la consciencia y se encontraba, en efecto, el triple de cabreado.

El aguador lo supo de la peor forma: el suelo bajo sus pies cedió y se convirtió en fragmentos de roca un segundo antes de salir él mismo proyectado por los aires.

—¡Maldito seas, Acuario! ¡Te maldigo! ¡¿Cómo es que cada vez que me encuentro contigo, todo acaba en desastre!?—

Radamanthys bramó, expeliendo una cantidad alarmante de cosmos. Dégel se recuperó apenas pudo, se puso de pie y, por mucho que su orgullo y sus deseos de enfrentarse al dragón le hicieran arder la sangre, le dio la espalda y pugnó por alejarse lo más rápido posible. Había sido capaz de percibir muy claramente no era solo cosmos lo que emanaba del Wyvern. Si se quedaba un segundo más, estaría metido en problemas. Problemas serios.

Evidentemente, el rubio no tenía idea de la situación en la que se encontraba el aguador y poco le importaba. Estaba más ocupado lidiando con el irrefrenable deseo de terminar de una vez por todas con esa absurda rivalidad; solo los términos impuestos a los espectros al finalizar la Guerra Santa lo ayudaban a contenerse. Si se le ocurría matar a Dégel, Atenea estaría en todo su derecho de sellarlos definitivamente. Y también estaba lo de Ra, ese maldito dios egipcio que estaba mermando poco a poco las fuerzas del Inframundo en su propio terreno. Demasiados pensamientos. Demasiados riesgos para alguien de temperamento tan relativo.

Al final, no tuvo más remedio que dejarlo salir todo en un rugido que destruyó ventanas y terminó de derribar las paredes que no había sucumbido al enfrentamiento anterior. En cosa de segundos, estaba volando en línea recta hacia el aguador, cegado de ira, listo para asumir las consecuencias de su deshonroso colapso.

Lo que Radamanthys no sospechaba era que su proceder sería mucho más cuestionable que una simple y burda paliza a un santo con el que no podía simpatizar.

Tuvo pleno control de sus acciones al momento en que derribó al ateniense con una sola arremetida de todo su peso.

Todavía tenía control de sus acciones cuando dieron vueltas por el suelo terroso mientras daban y recibían puñetazos por igual.

No se percató de que había comenzado a perder el control cuando vio a Dégel levantarse tras un último golpe para luego alejarse con demasiada urgencia, provocándole el impulso (sensato y comprensible según él) de seguirlo. Porque por supuesto que no dejaría escapar al condenado infeliz que había permitido que Pharaoh volviera a reunirse con Ra.

Comenzó a sospechar que algo no estaba bien cuando el paladín de Acuario no encontró nada mejor que refugiarse tras una puerta. Una absurda y mundana puerta. Y se sintió todavía más ofendido, pues ese comportamiento difería demasiado del que mostraba durante las habituales rencillas que tenían cada vez que respiraban el mismo aire.

—Si me estás subestimando y crees que una simple puerta de madera basta para evitarme, me aseguraré de que entiendas muy bien qué tan enorme es la diferencia entre nuestras habilidades.

Amenazó el Wyvern, ya no tan iracundo, pero sí terriblemente obsesionado con la idea de hacer trizas la puerta con todo y muro para enfrentar a su oponente. Es más, ni siquiera se había dado cuenta del momento preciso en que habían ingresado a una de las propiedades que había resistido a medias el enfrentamiento contra Esfinge.

—No me considero tan descuidado como para subestimarte y, aunque quisiera… quisiera golpearte con todas mis fuerzas… estoy tratando de evitar un combate sin motivos. Estoy haciendo lo que me pediste, intento… alejarme, así que… en otra ocasión, te demostraré claramente quién es más fuerte. Ahora… por ahora, vete. O deja que me marche.—

Aquel discurso sirvió para frenar al rubio. No tanto por las palabras, sino por el modo en el que las había dicho, como si se estuviese cubriendo la boca o estuviera invirtiendo una gran cantidad de esfuerzo para fingir que estaba sereno como siempre. Inevitablemente, frunció el entrecejo.

— ¿Estás huyendo de nuestra batalla?

— Tómalo como quieras y déjame en paz de una buena vez.

Nuevamente, reinó el silencio. Así fue que Radamanthys pudo escuchar la respiración del otro lado. Y sus sospechas aumentaron: Acuario estaba tramando algo.
Retrocedió un paso, como sopesando la invitación a ganar aquel encuentro gracias a la cobardía del paladín, pero su orgullo le gritó a última hora que eso tenía que ser un engaño, por lo que avanzó cinco pasos más, llevándose por delante la puerta hasta con los goznes.

—¡Si acaso piensas que puedes engañarme…!

—¡NO ABRAS!

Después del grito, sintió una bofetada, una tan fuerte que lo dejó paralizado en su lugar. No había sido literal, pues Dégel se las había arreglado para llegar hasta el rincón opuesto de la habitación en lo que a él le tomó dejar caer la puerta para tratar de respirar. La bofetada a la que Radamanthys se refería era una mucho más peligrosa y difícil de evitar: un golpe de olor. En esos pocos segundos de diálogo, la habitación se había impregnado del aroma de Dégel. El aroma de su sudor, de su pelo, de su piel, de su cosmos. Radamanthys supo que no tendría dificultades para diferenciar cada uno, aunque todos pertenecieran a la misma persona: su detestable enemigo, el que en ese mismo instante lo observaba con una desconfianza muy diferente de la habitual plasmada en su rostro.

Fue entonces que todas sus sospechas y todas las incongruencias se dirigieron como petardos hacia una misma dirección. El Wyvern palideció, todavía clavado al piso y tratando de sobrellevar el aturdimiento que le había provocado el golpe de feromonas, aunque una vocecita en su interior le había confirmado que era demasiado tarde. Demasiado tarde se daba cuenta de que ya había perdido el control de sus impulsos.

—Tiene que ser una broma.

—No te acerques. Si te quedas ahí… puedo utilizar la ventana…

—Si te mueves, te arrancaré los dos brazos y que el señor Hades me borre de la faz de la Tierra.

El silencio más tenso hasta el momento se hizo presente, ninguno de los dos quería moverse, o mejor dicho, estaban haciendo un esfuerzo titánico por aferrarse a ese último hilo de consciencia que se negaba a sucumbir al instinto. Los dos sabían a la perfección que estaban a punto de saltar al vacío acompañados por la persona que más despreciaban en todo el mundo y, a su vez, eso les provocaba aún más ansia por hacerlo. Y más urgencia por alejarse cuanto antes. Si seguían así, tarde o temprano uno de los dos, o los dos, terminarían perdiendo el juicio.

Era una batalla silenciosa, parecía como si dos personas estuvieran mirándose desde extremos opuestos en una habitación, pero Dégel tenía claro que nunca había puesto tanto empeño en controlarse. Así que decidió actuar primero. Inhaló, sin apartar sus ojos de los del dragón heráldico, cada uno pudiendo notar como las pupilas del otro comenzaban a dilatarse, y al exhalar, concentró todo su cosmos en sus piernas para salir por la bendita ventana.

Desafortunadamente, o afortunadamente, no resultó. Ya no podía decidir con propiedad si era bueno o malo, pues Radamanthys reaccionó a la par y lo aplastó sin delicadeza alguna contra la pared. Y de pronto había dejado de importar.

No podrían decirle que no lo había intentado.

De verdad que lo había intentado.

Pero eso ya daba igual, estaba demasiado ocupado dejándose tocar como para pensar en las consecuencias morales que ese encuentro pudiera traer.

A partir del primer contacto entre sus cuerpos, la situación aumentó rápidamente de nivel. En algún momento, su armadura y la surplice de Wyvern dejaron de cubrirlos. La mente de Dégel estaba hecha un desastre, pero ya no prestaba atención al 90% de su ser que le gritaba advertencias; no, ahora solo importaba ese sagrado 10% que lo estaba haciendo disfrutar como nunca creyó que podría ni mucho menos con el espectro que se estaba tomando su tiempo para inspeccionar cada centímetro de fría piel.

Para Radamanthys, todo el amplio repertorio de comandos y procedimientos que tenía metido en la cabeza se redujo en segundos a instrucciones básicas: Pared, armadura, surplice. Gracias a ese primer puñado de palabras, había conseguido tener a Dégel empotrado contra la muralla y sin armadura antes de que fuera consciente de ello. Cuando el aguador le echó los brazos encima, Radamanthys recibió una nueva tanda de palabras: cuerpo, ropa, cama. Y como el Wyvern era obediente, siguió las órdenes sin siquiera detenerse a cuestionarlas.

Con sus dos manos, recorrió cuanto tuvo a su alcance de la figura ateniense. A pesar de este aún llevaba puesta las prendas de debajo de la armadura, no le costó ningún trabajo encontrar sus dos pezones y de pronto tuvo la imperante necesidad de dejarle marcas. Sabía que Dégel tenía una piel blanca, insoportablemente blanca, y moría por mancillarla utilizando todo a cuanto pudiera echar mano, incluyendo los dientes. Bajó con ambas palmas por el torso ajeno hasta llegar a su cintura y le tironeó la prenda superior para tratar de quitársela por las buenas, pero estaba bien sujeta dentro del pantalón, por lo que tuvo que bajar todavía más. Aquí, Radamanthys se sorprendió: Dégel tenía una cintura estrecha y unas caderas enormes que lo invitaban a enterrar las uñas.

Hasta el momento, había mantenido la vista perdida en el mar de cabellos esmeralda, mientras el aguador gruñía, jadeaba y restregaba su cara contra la de él, poniendo en evidencia que necesitaba mucho más que un poco de roce; sin embargo, la información que le entregaron sus manos lo obligó a desplazar la vista. De inmediato, se arrepintió: tal y como lo sospechaba, la erección del acuariano estaba presionando contra su pelvis. El rubio trató de pasar por alto el detalle y confirmó la ubicación de sus dos manos. El razonamiento consecuente solo pudo finalizar en una idea: si tenía caderas anchas…

Por todo el panteón. No podría volver a verlo jamás del mismo modo, aunque en ese momento fue la gloria comprobar que su trasero era igual de generoso. Apretó con sus dos manos, más que dispuesto a dejar huella de su paso por allí, y así fue que consiguió que Dégel gimiera por primera vez. El arrepentimiento y la satisfacción aparecieron al mismo tiempo, pues ese suave y lascivo sonido había bastado para que su propia erección se uniera a la fiesta y eso dolía como los mil demonios. Gruñó, impaciente, y con un solo tirón desencajó la camiseta de debajo del pantalón. Todavía podía hacer sufrir al peliverde un poco más.

Dégel no se resistió a que lo despojaran de la ropa. Si era honesto, él habría evitado el preludio y ya lo habría estado montado felizmente con todo y armadura puesta, porque vaya que lo necesitaba y ese maldito infeliz de Radamanthys solo estaba procurando placer para él mismo. Qué fastidio, le daban ganas de…

Oh, santo dios. ¿Ese sonido había salido de él? No podía estar seguro. El condenado espectro acababa de quitarle la camiseta y… y esa era una lengua dentro de su boca. Y esos eran sus dientes. Eran sus dientes ¿verdad? Lastimando sus labios, ni siquiera le había dejado hablar. Mejor dicho, le había quitado el habla. Es que ¿quién querría hablar cuando estaba recibiendo un beso de semejante calidad? Por Zeus bendito y celestial en las alturas, volvió a gemir, esta vez porque una mano, que estaba seguro no era suya, dejó su trasero solo para instalarse en su entrepierna sin ninguna clase de recato y ejerció presión y fricción sin importarle nada, ocasionándole tantas descargas eléctricas que llegaron a temblarle las piernas.

En algún momento, volvió a cerrar los ojos y su última gota de decencia se resquebrajó en favor del placer, sus caderas reaccionaron al movimiento y no tardó en frotarse a propósito contra esa ágil y confiada mano. Hubo un ruido sedoso en el piso. Esos… habían sido sus pantalones y el resto de su dignidad. Y él, él estaba correspondiendo a todo, a cada beso, mordida y caricia ¿cierto? Necesitaba saber que estaba al mismo nivel. No podía ser menos, así que tomó impulso de la pared y cargó con todo hacia el frente: se aseguraría de enseñarle al Wyvern cómo eran los verdaderos besos franceses.

El británico no tenía nada de qué quejarse y con eso quería decir que realmente se había quedado sin palabras. Estaba sorprendido en el buen sentido y en el mal sentido. En el bueno porque Acuario estaba superando todas sus expectativas y en el malo precisamente por lo mismo. Es decir, por favor, estaba disfrutando de las mordidas que el aguador le dejaba en los labios, de los profundos arañazos en su espalda y de los magníficos, oh, fabulosos, sublimes, gemidos que presionaba contra su boca cada vez que le tocaba algún área sensible. Ni en sus más locas fantasías (en las que por supuesto Dégel jamás había participado) había llegado a imaginar que le saltaría de esa forma. Tuvo que retroceder un paso y sujetarlo con fuerza de los muslos, apenas a tiempo para respirar antes de que un potente beso con lengua incluida le arrancara el aliento. Entonces supo que tenía que obedecer a la última instrucción: Una cama. ¿Dónde se suponía que encontrara una maldita cama en ese…?

Oh, aguarda. Justo a su derecha había una y… ¿cómo había llegado hasta ahí? ¿Cómo habían llegado los dos hasta ahí?

De cualquier modo, ahí estaba la cama. Así que retrocedió como pudo y se dejó caer. Aprovechó la postura para terminar de conocer el cuerpo siempre odiado y solo ahora apreciado de su eterno enemigo, y sus manos terminaron juntas otra vez, tanteando la última zona que le quedaba por reclamar. Radamanthys no permaneció mucho más en esa postura, rápidamente giró y se ganó encima de Dégel, todavía tratando de adivinar cómo eran capaces de respirar mientras hacían todo lo demás.

El arconte de la onceava casa también agradeció la idea de utilizar el lecho para seguir, pues su espalda ya resentía todos los golpes contra la pared. Mientras estuvo encima del rubio, no pudo evitar pensar en lo irónico que era que él fuese un alfa. Por qué, de todos, tenía que ser él un alfa. Le hacía sentir que era sumamente injusto, al menos hasta que rotaron y quedó abajo. Entonces, le complació por completo que fuera un alfa. Y, por todos los dioses, qué buen alfa. Aunque se seguía sintiendo en desventaja, por lo que decidió hacer algo al respecto y dejó de morderlo un instante para quitarle también la ropa. El espectro captó la idea y no se resistió. Pronto, ambos estuvieron en las mismas condiciones y el onceavo santo de oro se dio la libertad de contemplar a su oponente antes de utilizar sus manos.

El dragón inglés se dejó tocar, se estremeció cuando los fríos dedos franceses le acariciaron los pezones y llegó incluso a jadear cuando bajaron por su abdomen hasta el ombligo. Dégel se mostró complacido y tuvo toda la intención de bajar todavía más, pero el juez del inframundo se inclinó de pronto y comenzó a morder y succionar el torso indefenso del peliverde. A partir de ese momento, el santo ya no pudo callarse. Radamanthys utilizó su lengua hasta dejar ambos pezones duros y el aguador se quedó paralizado del placer, con sus dos manos empuñadas contra el abdomen del dragón. El rubio sonrió, ya era suficiente de juegos. No obstante, antes de continuar, volteó a Dégel y rápidamente se acomodó encima de él.

—¿Ra… Aa-aah! —

Victoria. Wyvern se sintió terriblemente complacido al escuchar la voz desecha de Acuario al introducir el primer dedo lo más profundo que pudo de una sola vez. Pudo detectar el cuerpo tenso del aguador los primeros segundos, cómo llegaba casi a retorcerse tratando de acostumbrarse y… y de pronto se detuvo. Se relajó de un segundo a otro y sus manos dejaron de estrujar las sábanas revueltas. La sonrisa en labios del inglés desapareció, pero no se dignó a preguntar.

Y qué bien que no lo hizo, pues Dégel volteó lentamente y todos los pensamientos del Wyvern se convirtieron en agua y se fueron por el retrete cuando vio su expresión de inconformidad a juego con sus mejillas rojas y su voz agitada.

—Si me estás subestimando y crees que un simple dedo basta para satisfacerme, me aseguraré de que entiendas muy bien qué tan enorme es la diferencia entre nuestras capacidades.

Lo amenazó con las exactas mismas palabras que él le había dirigido no una hora atrás. El rubio quedó boquiabierto. Eso, eso, era de lo que estaba hablando. Dégel era la prueba viviente de que un omega en celo podía destruir todos los límites de la imaginación. Y por si fuera poco, parecía que acababa de leerle la mente, pues una sonrisa, una jodida sonrisa burlesca, por el Estigia y todo lo que hay más allá, se adueñó de su boca, esto segundos antes de que algo en su cabeza le sugiriera que era buena idea separar las piernas y alzar las caderas para desvanecer la aparente falta de motivación del dragón.

— Te estoy esperando, alfa.

Con esas últimas palabras, Radamanthys quedó destrozado.

Reconoció que había perdido la batalla y le suplicó perdón a Hades antes de abalanzarse sobre el despreciable caballero de oro, completamente resignado y dispuesto a follar y disfrutar de ello como no lo había hecho en años.

.v.v.v.

°o°O°O°o°

.v.v.v.

—Hm…

—Ah…

—Aquí.

—¡Hnn!

—Hmf…

—¡Ra… Rad-ah! ¡Radam…!

—¿Acá?

—¡Hha… ahh!

El cuerpo del francés volvió a sacudirse con fuerza debajo suyo, aunque no logró llevarlo al orgasmo. ¿Tal vez era muy pronto? ¿Cuántas veces lo había logrado ya? Al echar un vistazo fugaz al cielo, claramente visible a través de la porción de techo que faltaba, calculó que eran cerca de las tres de la mañana. Tardó un poco en asimilarlo, pues estaba más atento a la profundidad que alcanzaba con cada embestida al interior del caballero, además de procurar no perder el ritmo al que una de sus manos ayudaba al peliverde a masturbarse. Después de la primera ronda, había decidido no tener más expectativas, pues hasta el momento su adversario las había superado todas. Se había enfocado en disfrutar y vaya que lo había hecho. Los omegas requerían de mucha atención durante su época de celo y mentiría si dijera que no se sentía afortunado de ser él quien pudiera hacerse cargo por sí solo de este omega en particular. Todo lo que habían hecho era plenamente inconcebible en otras circunstancias. Si tenía alguna misión, o si el aguador la tenía, en realidad no lo recordaba. Solo podía convencerse de que estar dentro suyo era una de las mejores sensaciones que había experimentado y, a juzgar por los gritos ajenos, tenerlo a él dentro tampoco debía estar tan mal.

Sin embargo, todo lo bueno tenía su fin, la magia se acababa, y para ellos dos eso significaba despertar del mejor sueño erótico de la historia solo para aterrizar de golpe en una realidad de pesadilla.

Wyvern había retomado las embestidas llenas de vigor, tomando al ateniense de las caderas para llevarlo hacia atrás cada vez que él arremetía. Se sentía increíble para los dos, el rubio sabía que estaba a punto de tener un nuevo orgasmo y deseaba hacerlo adentro. Dégel no se había quejado ninguna de las veces anteriores, ni siquiera cuando estuvo arriba, cumpliendo su fugaz anhelo de montarlo, por lo que estaba de sobra preguntar. No obstante, su cerebro le envió segundos antes del clímax una última palabra clave: mordida.

Sin disminuir el ritmo de las penetraciones, Radamanthys recorrió la espalda ajena con la mirada y comprobó que, en efecto, estaba repleta de mordidas y marcas de diversa naturaleza. Pero todavía quedaba un lugar impune, escondido detrás de la espesa melena de color esmeralda. ¡Pero por supuesto! ¿Cómo sabrían los demás alfa que ese omega era suyo si no le veían una marca en el cuello? Tenía que hacer un trabajo completo, así que se inclinó. Dejó de tomarle las caderas al caballero de oro para apoyarse en ambos brazos, pero no hubo cambio alguno, pues el galo se había acostumbrado al ritmo y no necesitaba guía para mantenerlo.

Radamanthys despejó la zona escogida y le mordió el cuello con fuerza justo cuando vació su último orgasmo en el interior de Dégel.

Y decía último porque, en el preciso instante en que se llevó a cabo la mordida, los gritos de placer se desvanecieron y fue como si las miles de luces de satisfacción que los mantenían ciegos se apagaran de golpe, permitiéndoles ver de nuevo con claridad. El santo y el espectro reaccionaron al mismo tiempo, recordaron todo lo que habían pasado, el por qué estaban ahí en Egipto en primer lugar y cómo habían terminado en esa cama. Radamanthys pensó en lo que significaba haber mordido a Dégel, ambos asimilaron lo que implicaba haber dejado esa marca, y el mundo se les fue a los pies.

Tuvieron tiempo hasta que el nudo del Wyvern regresó a su tamaño normal y les permitió separarse para procesar el gran desastre que acababan de cometer. La peor metida de pata de todas sus vidas. Atormentados, perfectamente conscientes de todo lo que habían dicho y hecho, de lo mucho que habían disfrutado el uno del otro pese a que la verdad era que no podían ni verse a la cara. Había sido un espantoso y colosal error.

No volvieron a hablar. No volvieron a cruzar miradas. En silencio, recogieron sus pertenencias, Radamanthys desapareció tras un portal de regreso al Inframundo y Dégel se dirigió al puerto en busca del primer barco que pudiera llevarlo a Grecia.

La misión había traído el peor resultado posible para él.