El paladín de la penúltima casa no estaba presente en la reunión del templo de Sagitario: se encontraba en su propio templo, más específicamente en el baño, ocupado devolviendo el desayuno. El Cid estaba con él, para sorpresa de Kardia, y dejó de apoyarse en la pared al verlo ingresar.
—¿Por qué estás tú aquí? —Fue la primera pregunta que logró sacar del lío mental que se había formado en el recorrido de Sagitario a Acuario. El azabache pareció no darle importancia a las obvias prioridades del escorpión, pero, antes de responder, atendió al peliverde, quien acababa de abrir la puerta y se asomaba con una expresión que Kardia nunca le había visto: tenía ojeras, estaba más pálido si es que era posible y se veía tan agotado que el impacto de la revelación dio paso a la preocupación de Kardia por su amigo.
—Albafica lo halló inconsciente hace cuatro días, cuando llegó al templo a solicitar permiso para seguir bajando.— Empezó a relatar el de capricornio en lo que ayudaba a su vecino a llegar a la cama.— Evidentemente, no quiso ponerle un dedo encima, por lo que fue a buscarme. Desde entonces, Dégel no ha dejado de vomitar y Atenea me pidió que estuviera a cargo de él. Albafica no está dispuesto a poner en riesgo al bebé ahora que está confirmado.
Kardia estuvo en silencio un buen rato, mientras rodeaba la cama y se sentaba a un lado del desvalido paladín de Acuario, al que contempló con aire reflexivo antes de volver a mirar al décimo caballero.
—¿No que tú no querías que naciera?
—Atenea llegó a una resolución; me declaro conforme.
Una vez más, el de larga cabellera azul se quedó en silencio, observando al beta con cara de no entender y a la espera de una explicación.
FLASHBACK
Una vez que El Cid logró llevar a Dégel hasta su cama, Albafica se apresuró a correr escaleras arriba rumbo a la cámara del Patriarca. Solicitó la presencia de Sage y Atenea y regresó acompañado de ellos dos hasta el templo de Acuario. En él, Dégel permanecía acostado, ya consciente y con Capricornio de pie a un lado de la cama, este último llevando una expresión bastante más seria de lo normal.
Al confirmar que su vecino no estaría solo, esta vez fue El Cid quien se marchó en busca de un médico que confirmara lo que a todas luces era evidente.
Para cuando la evaluación estuvo terminada y el diagnóstico dio positivo, una nueva atmósfera tensa se había apoderado del lugar.
Como era de esperarse, el que habló primero fue el azabache.
—Llegó la hora de tomar una decisión. ¿Qué hará, Atenea?
Sasha le sostuvo la mirada solo un momento, pues enseguida se fijó en el acuariano, quien la observaba desde la cama con una expresión que no le permitía conocer sus verdaderos deseos.
Luego de reflexionar un poco, sus labios se curvaron en una sonrisa.
—No estoy en contra de que ese bebé llegue a este mundo.
Con su declaración, todos los presentes se mostraron sorprendidos.
—Pero por supuesto, eso depende de lo que quieras tú, Dégel.— Continuó la diosa.— Es verdad lo que ha dicho El Cid; no sabemos qué riesgos pueda traer todo el proceso, no sabemos si tu propia vida estará en juego, ni si Hades vendrá por el niño cuando haya nacido… o si querrá evitar que nazca en primer lugar. No lo sabemos, pero, por eso mismo, así como representa peligros, tal vez pueda convertirse en el vínculo que nos lleve a una alianza con el Inframundo, al menos temporal. Al menos mientras luchamos contra un enemigo poderoso como lo es Ra.—
La lógica de la doncella los sometió a una rápida evaluación. Era una apuesta arriesgada, pero también dejaba claro que todo lo que habían previsto hasta ese momento implicaba en su mayoría resultados negativos. Así que ¿por qué no darle una oportunidad al azar? Como todos sabían, que un santo tuviera un hijo de un espectro era un evento sin precedentes: podía ocurrir cualquier cosa, así como podía perfectamente no ocurrir nada.
Además, también había verdad en sus últimas palabras: Ra era una amenaza en común para los dioses griegos, según lo habían estado averiguando los demás caballeros en sus respectivas misiones. Aunque fuera difícil de imaginar, la situación los llevaba poco a poco a una sola salida.
—Entonces, ¿cuál es tu decisión, Dégel?
Preguntó Sasha. Las miradas se posaron en el dueño de la esplendorosa melena color esmeralda, quien les correspondió luego de sacar sus propias conclusiones.
—Lo tendré.
FIN DEL FLASHBACK
Kardia escuchó con atención y las palabras de Sasha le brindaron un poco de la calma que había perdido al enterarse de que su compañero de armas y amigo tendría un hijo de aquel al que había designado como su prometido gran rival. No iba a negar que, en muchos aspectos, se sentía como un perdedor. Sin embargo, lo importante ahora era Dégel y su deplorable estado.
—Nos turnaremos para hacerle compañía si es lo que deseas.— Acotó el español de pronto. Estaba claro que no dejaría de buenas a primeras una misión encargada por la mismísima diosa, menos aún si podía vigilar personalmente la evolución de aquel embarazo.
El griego hizo una mueca, no le quedaba de otra.
—Ya, como quieras. Tampoco es que desee descuidar mi templo.— Cedió, encogiéndose de hombros.
—Kardia, Bluegrad… ¿cómo está todo allá? — El francés se unió a la conversación con voz pausada y exhausta. El Cid inclinó la cabeza a modo de despedida y se retiró en silencio, dándoles así privacidad.
—Joder, tienes cara de que no has dormido en días. ¿Cómo te sientes? —Lo saludó el griego y le apartó el cabello del rostro.
—Es todo lo contrario. He dormido demasiado, está teniendo efectos perjudiciales en mí.— Al escucharlo con más atención, el escorpión detectó cierto aire de fastidio en la voz del otro y no pudo contenerse una sonrisa.— ¿Qué es tan gracioso?
—Nunca te había visto tan demacrado, quién diría que lo que necesitaba era hacerte dormir más y no menos. Tomaré nota.
—Muy cómico.—Le riñó el omega, a lo que solo atinó a reír.— Ahora, en serio ¿qué hay de Unity y Seraphine?
—Ugh, qué aguafiestas. Culo de foca y su hermana ya están advertidos. Bluegrad entró en estado de alerta y estarán en contacto con nosotros. De todos modos, los géminis vienen y van desde todos los puntos críticos.— Le resumió el reporte a prisa y luego se apuntó con un dedo.— ¿A qué hora preguntas por mí? "¿Cómo estás, Kardia? ¿Fue muy duro el viaje? ¿Tuviste problemas? Gracias por viajar tan lejos para irle con el chisme al mojigato de mi amigo" — Parodió utilizando una voz chillona y juntando ambas manos.
—Estaba por darte las gracias; por lo demás, te ves bastante bien y si acaso tuviste problemas, no dudo que hayas estado en buenas manos y apuesto que esas manos estuvieron encantadas de darte un excelente cuidado.—
La afronta de Dégel dejó a Kardia en silencio. Los dos se observaron largo rato sin hablar, hasta que el peliverde entrecerró los ojos y curvó una sonrisa de tipo "¿en serio?" que pareció proyectar de la silla a un azorado e indignado Kardia.
—¡P-puras blasfemias! ¡El embarazo te hace decir estupideces! — Gritó y le apuntó con un índice acusador mientras se aseguraba con la otra mano de que su rostro no estuviera en llamas. La sonrisa del otro se hizo más grande y estaba a punto de agregar algo, pero el rugido de su estómago habló primero y convirtió las protestas del octavo paladín en sonoras carcajadas.
—Ya estamos a mano. Ahora, ¿podrías traerme algo de comer?
—Sospecho que dejaremos de estar a mano muy pronto.— Le contestó el peliazul, limpiándose una lágrima.— ¿Quieres algo en especial?
—Oui, patatas hervidas con queso y un par de huevos.
Y el silencio volvió a surgir, esta vez por parte de un alfa muy descolocado.
—¿Estás de broma? Nunca en tu vida has probado las tres cosas juntas.
—Es lo que me pide el estómago.
—Tu estómago no está en condiciones de opinar.
—Tampoco lo está mi cabeza, necesito comida para pensar con claridad.
—No puedo combatir tu lógica.
—Gracias.
El escorpión se alejó negando varias veces y Dégel sonrió hasta perderlo de vista. Después, bajó la mirada hacia su estómago e instintivamente llevó ambas manos hasta ese lugar. Aún tenía sentimientos contrapuestos muy fuertes. Entre ellos, no podía evitar pensar qué haría el Wyvern si llegaba a enterarse de que estaba esperando, contra todo pronóstico, un hijo suyo.
Mientras aguardaba a que Kardia llegase con la comida, prefirió dejar de pensar y tomó un libro de su mesa de noche para concentrarse en la lectura.
°O°O°O°O°O°O°O°O°O°O°
°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°
Radamanthys suspiró, sus ojos fijos en el único papel que ocupaba gran parte de la mesa sobre la que habían estado trabajando él y los otros dos jueces. Las cosas se habían complicado en las últimas semanas, casi al mismo tiempo que habían estado consiguiendo información. A esas alturas, todos el ejército de Hades estaba al tanto de que Ra había tomado a parte de los suyos para usarlos y que los había tratado de llevar al conflicto con Atenea. También sabían que le había declarado la guerra al Santuario y en más de una zona había surgido el rumor de que habría una alianza entre los dioses griegos para enfrentar al egipcio; rumor que, por desgracia, estaba cada vez más cerca de dejar de serlo.
Sin embargo, no era eso lo que llenaba la cabeza del Wyvern, por mucho que quisiera. Por más que intentara y prefiriese estar colmándose la paciencia con asuntos de guerra, apenas podía mantenerse cinco minutos concentrado y luego su cabeza volvía hacia el Santuario; específicamente, a la casa de Acuario. Como llevaba la cuenta perfecta del tiempo que tenía sin dejar de pensar en lo ocurrido con el aguador, sabía que pronto iba a cumplirse un mes. Eso significaba que ya debía ser obvio si ese encuentro había terminado en algo más. No le había contado una palabra del incidente a Hades y, mientras más lo pensaba, más cabreado se sentía, porque no podía dar la mala casualidad de que justamente con él, con aquel pedazo de basura ateniense, hubiera conseguido engendrar un hijo; no cuando, sin importar los intentos, no había podido conseguirlo con nadie más.
Gruñó, dio un golpe a la mesa y solo entonces se dio cuenta de que Minos y Aiacos ya no estaban. Seguramente se habían marchado a sus respectivas prisiones para llevar a cabo lo acordado en la reunión.
—Señor Radamanthys.
De pronto, escuchó una voz. A juzgar por el tono, debía ser la tercera o cuarta vez que trataba de llamar su atención, pero el temple de Valentine seguía tranquilo y paciente cuando volteó a atenderlo.
—¿Qué sucede?
—La asamblea terminó hace cinco minutos, señor.— Informó el espectro de Arpía, acercándose hasta el juez con un vaso de whisky. Mientras su superior vaciaba el contenido de un trago, el pelirrosa continuó hablando.— Por desgracia, no puedo animarlo a relajarse; uno de nuestros soldados acaba de confirmar que Libra y Tauro se encuentran con Bennu y van de camino al Santuario.—
El rubio frunció el ceño, no podía decir que era alentador saber que los caballeros estaban con Kagaho, pero era sin dudas mejor que descubrirlo en manos de los egipcios. Además, aún en contra de su orgullo, ellos les habían ganado la guerra y no podía desmerecerlos en cuanto a fuerza. Inevitablemente, hizo el enlace con el Santuario y recayó en Dégel, como era de esperarse. Apretó la mandíbula, la incertidumbre estaba mermando su paciencia y la seriedad habitual en él había dado paso a un carácter agresivo y malhumorado. Eso bien lo sabía Valentine y no pudo evitar fijarse en él, parado justo delante suyo y sosteniendo el vaso vacío, observándolo con una expresión que reflejaba respeto y comprensión a un nivel que no estaba seguro de comprender. Lo que sabía sin duda alguna era que Arpía era el único espectro que había logrado sobrellevar su pésimo carácter de las últimas semanas sin decir una sola palabra.
—Señor.
Escuchó su voz, luego vio el movimiento de sus labios y una súbita furia le recorrió el cuerpo. Agarró a su subordinado por la muñeca y avanzó hasta estamparle la espalda contra uno de los pilares del salón. Enseguida, le sujetó la cara con su mano faltante, obligándolo a levantar el rostro para poder mirarlo a los ojos. Valentine, quien usualmente evitaba el contacto visual por devoción y sumisión, le sostuvo la mirada con los ojos bien abiertos y el cejo un tanto fruncido, sin inmutarse, para sorpresa del propio Wyvern.
—Señor Radamanthys...
—Uff, vaya, cuánta intensidad. Lamento interrumpir, pero hay un ave en fuga que debemos atrapar y Minos tiene que quedarse en el tribunal.
La intervención de Garuda disipó su rabia gracias a la urgencia que tenían sus palabras. El otro juez respiró profundo y liberó de inmediato a su subordinado, quien solo se acomodó el cabello con su mano libre: no había dejado de sostener el vaso en ningún momento.
—Valentine, si este bruto te está maltratando, estaría encantado de darte la bienvenida en mi grupo; además, ahora que Pharaoh se fue, necesitamos que alguien cuide las pirámides.— Habló de nuevo el azabache, ganándose una mirada aguda de parte de su análogo.
—Con todo respeto, señor Aiacos, rechazo la oferta. No tengo quejas y me declaro satisfecho con mi trabajo actual.— Respondió el pelirrosa, luego le habló a su superior, pero ya sin dirigirle la mirada.— ¿Cuáles son sus órdenes, señor Radamanthys?
Después de hacer un acopio de paciencia, el rubio logró contestarle.
—Quedas a cargo. Eviten que más soldados caigan en los trucos sucios de Ra y permanezcan en contacto con Minos y con todas las prisiones.— A pesar del tiempo que llevaba sirviéndole, Valentine todavía era capaz de sorprenderlo con los alcances de su fidelidad.
—Como usted ordene.— El más bajo de los dos efectuó una reverencia, tras la cual Wyvern abandonó el salón acompañado de Garuda.
Únicamente cuando se confirmó solo, volvió a apoyarse en el pilar, se llevó la mano libre al rostro y el vaso en su otra mano crujió hasta hacerse añicos en tanto buscaba tranquilizarse.
—En serio, viejo, deberías darle el trato que se merece.— Por otra parte, ya en la salida del templo de Caína, Aiacos no tardó en salir a la defensa del pobre subordinado ajeno.
—No es de tu incumbencia el trato que yo le dé a Valentine.— Le respondió el rubio, sin siquiera dignarse a mirarlo en lo que desplegaba las alas para preparar el vuelo.
—¿Sigue fastidiado porque tú y ese santo- ¡Auch! ¡Demonios! — Un golpe nada amistoso en el brazo interrumpió la pregunta formulada, pero no lo suficiente como para no saber hacia dónde se dirigía.
—Yo también estaría decepcionado de mi superior si hubiera incurrido en semejante indecencia, no puedo culparlo; al contrario, le agradezco que siga a mi lado.
—¿Se lo has dicho alguna vez a la cara? Cada día que pasa me convenzo más de que no valoras lo suficiente a tu subalterno.— Se repuso enseguida del golpe, solo para seguir apelando a favor de Valentine; después de todo, él sí le daba un buen trato a Violette y sabía lo importante que era. No solo eso, sino que había descubierto hace un buen tiempo algo que Radamanthys ni siquiera era capaz de sospechar, lo que aumentaba su lástima por Arpía.
—Recuerdo claramente haber dicho que no te incumbe.— Después de esas palabras, dio un salto y emprendió el vuelo. Aiacos lo siguió a los segundos.— Lo que quiero saber ahora es por qué vamos dos jueces del inframundo a buscar a Bennu.
—Vamos dos porque es la alternativa más segura.— Garuda se puso al corriente enseguida con la conversación, dando por terminada la otra, y una sonrisa apareció en su rostro.— Ya sabemos que el ejército de Ra atacará a todos los espectros que encuentre y, por si fuera poco, vamos a recuperar a un compañero de manos de dos caballeros de oro, quienes nos patearon el trasero en la guerra, por si no lo recuerdas.—
—Tu forma de hablar me hace pensar que lo estás disfrutando. ¿Por qué tú y no Minos?
—¿Tan mala compañía soy? —Se quejó, a lo que Radamanthys solo emitió un gruñido.— Voy contigo porque, si no es Hades, soy yo quien más quiere echarle una mano a Kagaho. Se lo debo.— Por primera vez, una pisca de seria honestidad se coló en sus palabras.— Por otra parte, me jacto de saber por qué tú y no Minos.
—¿Disculpa? —El rubio no pudo evitar una nota de confusión al preguntar.
—Tal vez y con algo de suerte, consigamos saber si vas a tener un hijo con tu caballero favorito.— Le dedicó un guiño de ojo y una sonrisa más amplia poco antes de desaparecer tras una nube oscura, rumbo ya hacia la superficie.
El Wyvern estuvo a punto de hacer crujir los dientes y de dedicarle un insulto por respuesta como pocas veces, pero se contuvo. Al ver el bajo perfil que le daba Aiacos al asunto, se sintió algo más tranquilo y confirmó que no había sido tan mala idea contarles a él, a Minos y a Valentine lo que había pasado. Después de calmarse, expandió su cosmos y abrió el portal para seguir a Garuda.
°O°O°O°O°O°O°O°O°O°O°
Dohko observó a su izquierda por enésima vez y comprobó, también por enésima vez, que Kagaho seguía caminando al lado suyo. Sonrió al verlo conversar con Hasgard de forma mucho más holgada en comparación al primer día.
Le había alegrado de sobremanera descubrir que el Bennu no se había marchado a la primera oportunidad y seguía habitando la casa. Recordaba con claridad la expresión de alivio en el rostro ajeno al verlo en la puerta y cómo esta había cambiado a una rápida agonía al ver a Hasgard. A partir de ese punto, todo se había reducido a Tauro tratando de convencerlo de que no estaba molesto y a Kagaho rehusándose a hablar al comienzo. Luego, no había hecho otra cosa más que disculparse. Era fácil deducirlo con una sola mirada: El Kagaho actual estaba demasiado confundido, demasiado angustiado como para atreverse a nada. Así que los días sucesivos a la llegada, el trabajo de ambos dorados había sido subirle el ánimo y convencerlo, entre otras cosas, de ir con ellos hasta el Santuario. Por supuesto, el Bennu no sabía nada acerca de la nueva amenaza y saberse objetivo de Ra no ayudaba en mucho, así que Dohko agradecía a todos los dioses el haber llegado a tiempo para persuadirlo y rescatarlo.
Eso los llevaba al presente, tres semanas más tarde. Por su parte, Hasgard también agradecía; agradecía el haber viajado hasta Rozan, pues había tenido el tiempo suficiente como para limar asperezas con la antigua Estrella Celeste. Kagaho estaba desanimado, realmente deprimido, consciente de que su posición no correspondía a un espectro, pero tampoco a un caballero. Nunca había sido su destino ser parte del ejército de Hades, no obstante, eso no significaba que pudiera aceptar de buenas a primeras que lo que le correspondía era ser un santo. Pensaba en Alone y más tarde en los dos santos de oro que habían viajado desde Grecia preocupados por su bienestar. Recordaba la voz de Alone invitándolo a recuperar sus verdaderos colores, pero no conseguía saber cuáles eran; mucho menos podía aceptar a qué bando pertenecía.
—Kagaho, no te presiones.—
La gentil y fuerte voz de Tauro sacó al azabache de sus pensamientos y lo hizo darse cuenta de que se había quedado callado de pronto. Apartó la mirada y bajó un poco el rostro.
—Lo siento. ¿Qué estabas diciendo?
—Concuerdo con Hasgard, Kagaho.— Se unió el de libra, sonriéndole con agrado y enseñándole un pulgar.— No tienes que pensar tanto, Atenea ya te reconoció como caballero, eres bienvenido en el Santuario.
Dohko le dedicó el mejor entusiasmo a sus palabras, pero Kagaho solo sintió cómo se revolvía su estómago ante estas combinadas con la sonrisa del castaño.
—Cualquier problema que haya en el Santuario, cuentas con nosotros. No te dejaremos solo hasta que logres acostumbrarte. En un par de días, llegaremos a Grecia y verás que…
—Greeding Roar!
—¡Hasgard, Kagaho!
Para el Bennu, todo pasó en un instante. Primero se encontraba caminando con los dos dorados; luego, una fuerte onda expansiva lo sacó de centro y lo hizo tambalearse. Finalmente, se descubrió en el suelo, protegido por la enorme masa corporal de Tauro parado frente a él. ¿Eso que había escuchado…?
—¡Wyvern! ¿¡Qué se supone que hacen en la superficie!? ¡Llegamos a un acuerdo después de la guerra! —
Ese grito lo profirió Dohko, quien se había colocado delante de ambos y se protegía utilizando el escudo en su brazo. Sin embargo, lo que realmente impactó al azabache, causándole un escalofrío de pies a cabeza, fue la voz que respondió después, que no le pertenecía al dragón heráldico.
—Lo sabemos perfectamente, Libra, así como sabemos que no estaba en el trato que se aprovecharan de las circunstancias para llevarse a uno de nuestros compañeros. Lo siento, pero Pharaoh ya está en manos de Ra: no dejaremos que el Santuario se quede con Bennu.
Tardó un poco en reaccionar. Despacio, se reincorporó. Avanzó hasta situarse a un lado del albino y sus ojos terminaron abriéndose profusamente al confirmar lo que le decían sus oídos. Suspendida en el aire, a un lado de Radamanthys, estaba esa persona.
—¡Suikyo!
Le gritó, con rabia, angustia y exigencia en la voz. ¡¿Qué demonios estaba haciendo él ahí?! Garuda lo buscó de inmediato y le devolvió en primer lugar una sonrisa cargada de sentimientos. Kagaho apretó la mandíbula.
—Lo sé, te debo una explicación, no me mires de esa forma. ¿Qué haces con los caballeros? Anda, volvamos al Inframundo para evitarnos más problemas.— Aiacos extendió la mano, pero Bennu no reaccionó. No podía regresar con ellos.
—Kagaho no volverá al Inframundo, ¡ahora es parte del Santuario, será un caballero de bronce como siempre debió serlo! —
El aludido volvió a sorprenderse, esta vez por la decidida respuesta que otorgó Dohko. Sus ojos viajaron de inmediato donde el chino se erguía, manteniendo una expresión seria como contadas veces la había visto.
Por supuesto, la contestación dejó a ambos jueces en un perplejo silencio. Compartieron una mirada y luego quien habló fue el Wyvern.
—Tus palabras no tienen sentido, Libra.
—Es tan sencillo como lo escuchan: Kagaho estaba destinado a ser el caballero del Fénix, no el espectro de Bennu.— Intervino Hasgard, colocando una mano firme sobre el hombro del muchacho en disputa.
—¿Kagaho? —Aiacos levantó la voz luego de otro silencio prolongado. La situación se había vuelto confusa de un momento para otro. El aludido apenas logró sostenerle la mirada unos segundos; luego, se quedó mirando al suelo.
—Como podrán entender, Kagaho ya no es un espectro, así que ya no depende de ustedes protegerlo. Nosotros evitaremos que caiga en manos de Ra hasta que se recupere.— Añadió Tauro.
—¿Hasta que se recupere? —Atajó Radamanthys.
Dohko vaciló un momento, intercambió una mirada con el azabache y luego se animó a responder.
—El cosmos de Kagaho no está: desapareció junto con la surplice de Bennu.
—Eso es porque la surplice de Bennu se encuentra bajo la potestad del señor Ra.
Los jueces no alcanzaron a reponerse de la primera revelación y los caballeros no alcanzaron a distinguir la voz desconocida que se había unido a la conversación. Después de que los atenienses hablaran y antes de que la facción de Hades respondiera, un bombardeo de destellos negros llovió sobre los cinco presentes, forzándolos a dejar la disputa en pos de defenderse del fuego a discreción.
Una vez que el ataque cesó, Radamanthys alzó la voz en nombre de todos.
—¿Quién demonios eres? ¡Muéstrate, cobarde!
—¡Ahahahahah! Oh, por Ra, qué individuo más insolente. Por favor, guarda silencio.—
De pronto, todo en torno a los espectros y los santos comenzó a temblar, parecía como si el mismo aire vibrara víctima de una fuerza enorme y sofocante. Entonces, un portal se abrió delante de ellos, a la altura de los jueces, y de este surgió el interlocutor hasta entonces anónimo.
Debía tener una altura similar a la de Aldebaran, pero se diferenciaba en su contextura más delgada y muscular. Su piel era de color caoba y tenía un larguísimo cabello negro recto acomodado tras las orejas, lo que permitía ver con relativa facilidad unos grandes ojos verdes. Llevaba puesta una suerte de armadura que solo le cubría los hombros, los brazos y las piernas; lo único que cubría su torso era una delgada tela negra que casi parecía ser parte de su propia piel.
Tanto espectros como caballeros lo observaron en silencio, alertas y a la defensiva, pero el único en el que posó sus ojos el recién llegado fue en Kagaho. Al hacerlo, la sonrisa apareció casi paternal en su rostro.
—Bhal.
Con solo escuchar ese nombre, el cuerpo del azabache se remeció con violencia. Tuvo que llevarse una mano a la cabeza, pues el entorno comenzó a darle vueltas; antes de lo esperado, estaba de rodillas en el suelo incapaz de apartar la mirada del imponente individuo.
—¡Kagaho, reacciona, Kagaho! — Dohko lo llamó a enseguida, sacudiéndolo de los hombros, y a Garuda aquello no le pasó desapercibido.
—¡Maldito, qué le estás haciendo a Kagaho! — Sin pensarlo dos veces, sacudió las alas de su surplice, arrojando hacia el enemigo un poderoso Garuda Flap. Sin embargo, al moreno ni siquiera se movió. Solo sacudió una mano y la técnica del juez se convirtió en una mera ráfaga. Aunque sí consiguió que apartara su atención del otro muchacho, liberándolo así del contacto visual.
—¿Qué le hago? He venido a buscarlo, es imperante que regrese a su hogar bajo la guía del señor Ra. Solo estoy bloqueando sus recuerdos innecesarios.— Se explicó con pausa y elocuencia, atendiendo a los dos jueces que se mantenían a su altura.
—Si tú no eres Ra, entonces ¿quién diablos eres? — Interpuso Radamanthys, ya hastiado de toda esa confusión; comenzaba a hartarse de que los egipcios interrumpieran sus asuntos con los atenienses y viceversa.
El aludido arrastró la mirada hacia el rubio y su entrecejo se frunció ligeramente al mismo tiempo que su sonrisa desaparecía.
—Soy Anubis, mi trabajo es guiar a los muertos hacia el Duat. Aunque en esta ocasión solo debía llevarme a Bahl, en vista y considerando que Hades no puede realizar sus labores, me daré la libertad de llevarlos yo mismo hacia las profundidades.
El comentario dañó el orgullo de los dos jueces, no podían permitir que alguien osara criticar a su dios, por lo que se colocaron en guardia para enfrentarlo de una vez por todas. Sin embargo, antes de que pudieran hacer cualquier movimiento, Anubis ya había levantado una mano y los apuntaba con ella.
—Jackal's howling.
Del cielo, volvió a proyectarse la misma lluvia de lanzas negras, solo que no eran tal sino que cada una de esas tenía el perfil de un chacal moviéndose a una velocidad absurda. Garuda y Wyvern se refugiaron en sus alas de la violenta descarga, pero no salieron ilesos. Se reincorporaron cuando el ataque finalizó, tomaron distancia y se limpiaron los cortes que habían quedado desperdigados por sus cuerpos.
—Mierda. Esto no se ve bien.— Susurró Aiacos con una sonrisa y desplegando su cosmos, tenía que empezar a actuar en serio, aquel hombre no era un chiste.
—¿Tú eres quien ha estado atacando a los espectros y soldados de Hades todo este tiempo? —Exigió saber el Wyvern directamente, a lo que Anubis sonrió.
—¿Acaso da la impresión de que estoy solo? Pobre escoria griega, no tienen idea de lo que enfrentan.— Se burló.— Permite que dilucide tu ignorancia. En efecto, he sido yo el responsable de algunas bajas en el ejército de Hades, pero apenas de unas pocas. ¡Ya somos cientos de shabhs! —Extendió sus brazos— Mi única intervención es convertir a sus soldados en aliados nuestros, ya lo dije: yo guío a los muertos al Duat.
—Por eso esperan a que subamos para atacarnos: para cambiarnos de bando.— Concluyó rápidamente el rubio, sus dos manos ya empuñadas en ira y tensión.
—Es encantador ¿no crees? Pero descuida, eso fue al principio, mientras buscábamos información acerca de Alhul y Bhal. Ahora, solo los estamos atrapando para destruirlos, según la voluntad de nuestro señor Ra.
—¡Infeliz, no te burles de nosotros! —Radamanthys abrió las alas, oficialmente cansado de escuchar tantos insultos, e hizo explotar su cosmos con toda la molestia que había acumulado.— Greatest caution!
A pesar de estar en suspendidos en el aire, una violenta onda expansiva, mucho más fuerte que el Greeding Roar, sacudió el páramo y levantó una densa capa de tierra y hojas. Sin detenerse, el dragón se arrojó a la afronta contra Anubis. Por su parte, Aiacos aprovechó el caos para llegar donde los santos, meros espectadores por el momento. Hasgard y Dohko reaccionaron y formaron un escudo ante el desorientado Kagaho, este aún víctima de la habilidad del dios egipcio.
—Dijiste que Kagaho ya no es nuestro problema. ¿Por qué quieren hacerse cargo ustedes de él? —Exigió con voz apremiada, deseando ir pronto a ayudar a su compañero.— ¿Porque Atenea lo pide? ¿Porque quieren sacarle información? ¿Porque nos quieren en desventaja?
—Porque Kahago es nuestro amigo.
El mencionado no se esperaba esa respuesta tan segura y rápida de parte de los dos santos; levantó la mirada rápidamente y solo descubrió que la seriedad seguía prendida de sus rostros, pero lo que lo sorprendió más todavía, y no solo a él, sino que también a los que lo acababan de defender, fue la respuesta que tuvo Aiacos ante esa convicción.
—Entonces, más les vale que se larguen de aquí. Llévense a Kagaho al Santuario y protéjanlo como dijeron que lo harían. De lo contrario, yo mismo les patearé sus traseros dorados, ¿bien?
—Suikyo.— Susurró el Bennu.
—Perdóname, la conversación tendrá que esperar o van a matar a mi compañero antes de que podamos hacer algo.
—¿Están seguros de que pueden con esto? — Hasgard parecía más que dispuesto a cooperar con ellos.
—Hey, es cierto que perdimos, pero no deberías olvidar que somos jueces del Inframundo y ese título no se gana con bolitas de dulce, Tauro. Lo que nos dijo ese cabrón es personal y lo va a pagar.
—Arreglaremos esto en otra ocasión. Déjanos a Kagaho a nosotros.—Concluyó Dohko.
—Bien.
Sin más que decir, Aiacos desapareció en la nube de tierra y se unió al combate mientras los atenienses hacían lo propio alejándose a toda velocidad con Tauro cargando a Bennu.
Lo último que pudo escuchar el antaño espectro fue un lejano "Surendrajit"antes de que la pesadez en todo su cuerpo lo obligara a dormir.
