Lo que despertó a Kagaho de su largo sueño fue el sonido de movimientos a su alrededor. Al abrir los ojos, descubrió que se encontraba en una cama, ubicada en algún sitio que de momento no podía distinguir. ¿Cuánto tiempo había dormido?
—No te muevas.
—Te-tengo que avisarle.
—Ya enviamos a alguien para que hiciera circular la noticia.
Los sonidos imprecisos pasaron a ser murmullos y se convirtieron lentamente en palabras, por lo que solo consiguió captar la última parte de una conversación. Probó moverse un poco y con cuidado giró la cabeza; sus ojos no tardaron en abrirse con notoriedad al ver que quienes estaban a su lado no eran ni más ni menos que los santos de oro de Sagitario y de Acuario, el primero tendido sobre otra cama y el segundo de pie a su lado, con ambas manos sobre el pecho del centauro.
—¿Dónde estoy? —Fue lo primero que atinó a preguntar.
Dégel y Sísifo callaron, ambos voltearon a verlo y quien contestó fue el único de pie.
—Estás en la fuente de Atenea, llevas dormido desde la tarde de ayer.
—Bienvenido al Santuario, Kagaho.
Entonces, lo recordó. Se sentó de golpe y observó el entorno con precaución. Libra, Tauro, Wyvern y Suikyo, Anubis y la pelea. Antes de que pudiera formular otra pregunta, Dégel se adelantó.
—Dohko y Aldebaran están descansando en sus respectivos templos, se esforzaron mucho por llegar contigo sano y salvo en la menor cantidad de tiempo. Atenea ya recibió el reporte, sabe que estás aquí y te da la bienvenida. Como un caballero más de la orden, puedes ir a donde quieras en el Santuario, pero te recomendamos que no abandones las doce casas por tu cuenta. Estamos en una situación delicada.
—¿Estamos? — Atinó a preguntar, cosa que sorprendió al aguador, quien no consiguió responder de inmediato y solo mantuvo la boca abierta hasta que Sísifo se quejó y la atención de ambos se volcó hacia él.— ¿Qué le ocurrió?
—Lo mismo que a ustedes: él y Regulus se enfrentaron a otro de los subordinados de Ra.— Empezó a relatar el peliverde en lo que sus manos volvían a emitir una pequeña descarga de frío sobre la herida que tenía el arquero en el pecho.— Osiris los atacó en Egipto, cuando sospechaban que habían encontrado pistas acerca del escondite de Ra. Sísifo hizo que Regulus regresara a entregar la información que consiguieron y ganó algo de tiempo a costa de quedar así de lastimado.
Bennu escuchó el relato con atención y se declaró sorprendido. Anubis había logrado poner en aprietos a dos jueces del Inframundo y Sísifo se había enfrentado completamente solo a Osiris. No solo eso, sino que había logrado su objetivo y había salido con vida, aunque hubiera tenido que retirarse. Ahora, se preguntaba ¿cómo había terminado el combate contra Anubis? ¿Suikyo estaría bien? Más importante aún…
—¿Por qué me cuentas todo esto con tanta libertad? Fuimos enemigos durante la guerra santa.—
—Es verdad, pero también es cierto que no debía ser así. Se suponía que fueras un caballero, un compañero nuestro, y ahora tenemos la oportunidad de seguir el curso original de tu estrella.—
La respuesta del aguador dejó en silencio a Bennu durante unos momentos, hasta que el arquero se unió a la conversación, un poco más lúcido que antes.
—De cualquier modo, es un alivio que hayas despertado por fin. Por lo que nos contaron Dohko y Hasgard, Anubis tuvo apenas unos segundos para usar su técnica y aun así te dejó en ese estado. Debe ser un dios muy poderoso. Por eso, Kagaho, no puedo dimensionar lo complicado que será para ti, pero te pido en nombre de todos que no abandones las doce casas. No sabemos qué pueden llegar a hacer Ra y los suyos si también logran capturarte. Estás a salvo en el Santuario.— Aseguró apenas a tiempo, pues volvió a tener un lapsus de dolor y debió guardar silencio para descansar.
Los habitantes del Santuario continuaban impresionando al antaño espectro. Le habían reafirmado una y otra vez que era bienvenido y que estaría a salvo, estaban dispuestos a protegerlo incluso si había sido un enemigo hace apenas más de un año; a pesar de haber dejado esas horribles cicatrices a Aldebaran, él, Dohko y ahora otros dos santos repetían el mismo mensaje. La presión en su estómago pareció disminuir al mismo tiempo que surgía una sensación más agradable. ¿Así se suponía que debían ser las cosas desde el principio?
—¿Existe… algo en lo que pueda ayudar? En estos momentos, yo no…—
—Te presionas demasiado.—Interrumpió Dégel, comprensivo.— Trata de acostumbrarte. Sé que no es la mejor situación, pero ya estás aquí, solo procura mantenerte a salvo. Si necesitas ayuda, no dudes en venir a verme a la casa de Acuario. Probablemente, yo sea el único que no abandone el Santuario en un largo tiempo.
—¿No abandonarlo? ¿Por qué?
—Eso se debe a que…
—¡Dégel!
La conversación quedó interrumpida súbitamente gracias al grito del santo de Cáncer, quien entró corriendo a la fuente de Atenea pocos segundos después. Tanto Kagaho como Dégel se tensaron al ver que el peliazul tenía heridas y manchas de sangre en el cuerpo y en la armadura, como si no fuera suficiente la expresión de disgusto que predominaba en su rostro.
—Manigoldo ¿estás bien?
—Da lo mismo, vete de inmediato a tu templo.
—¿Qué ocurre?
—Te lo digo arriba, andando, muévete.
—Pero las heridas de Sísifo…
—¡Al diablo con las heridas de Sísifo! ¡El Cid viene en camino, tú mueve el culo y lárgate al templo de Acuario! Ra viene por ti. Lo escuchamos en Yomotsu. Te quiere muerto.
La impactante información congeló a Dégel en su sitio unos segundos, los que Manigoldo aprovechó para encarar al recién llegado.
—Y tú, crío, será mejor que vayas con él. Dohko y Aldebaran arriesgaron sus traseros para traerte: ni se te ocurra dejarte atrapar o yo mismo te mato. ¿Bien?
Antes de que terminara de procesar la amenaza, ya estaba de pie, corriendo a un lado del aguador camino a las doce casas.
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Una pequeña asamblea de caballeros los esperaba en el templo de Acuario.
Cuando confirmaron que Dégel y Kagaho estaban a salvo, procedieron a sanar las heridas de Asmita y Manigoldo en tanto escuchaban la información que habían alcanzado a obtener.
—Asmita fue el primero en darse cuenta de que algo no andaba bien en la colina de Yomotsu.— Empezó el italiano entre quejas causadas por las curaciones a sus heridas.— Los vimos atacando a los soldados de Hades, eran dos sujetos y estoy seguro de que uno se trataba de un espectro.
—Tiene que haber sido Esfinge.— Comentó Albafica desde uno de los rincones de la sala donde estaban reunidos.
—Coincide con lo que escuchamos de Anubis: los están destruyendo.— Añadió Dohko, de pie a un lado de Kagaho; este último asintió.
—Ese no es ni por alcance el mayor de nuestros problemas.— El cuarto en hablar fue Virgo. Estaba sentado en uno de los sillones y a la espera de que Defteros terminara de vendarle un brazo.— Tardaron muy poco en darse cuenta de que estábamos ahí y dejaron a los soldados de Hades para preguntarnos por Bennu. Tal parece que la información se transmite muy rápido entre los dioses.—
—¿A quien vieron fue a Ra? — Cuestionó Hasgard, ubicado justo al otro lado del Bennu.
—No. El cabrón está escondido esperando algo, solo da órdenes. Al que encontramos fue a Thoth.— Volvió Manigoldo.— Un bastardo muy poderoso, si tengo que admitirlo. En cuanto dijimos que no íbamos a darles a Bennu, él y la rata de Esfinge se nos vinieron encima afirmando que aprovecharían de eliminarnos según los deseos de ese Ra.
—Lo que todavía no entiendo es qué pinta Dégel en todo esto. ¿Por qué demonios quiere matarlo un dios egipcio? —Aventuró un impaciente Kardia, sentado a un lado del aguador.
—¡Yo lo sé! — Gritó Regulus, ganándose toda la atención de sus compañeros.— Osiris nos lo dijo antes de atacarnos: su jefe se enteró de que va a tener un hijo y por alguna razón se opone.
—Es lo mismo que nos dijo Thoth. La existencia de ese bebé ha molestado a Ra y por eso quieren acabar con Dégel.— Concordó Asmita.
—No fue uno de nosotros ni un espectro, ¿sino un dios egipcio el que está armando escándalo por el bebé? Tiene que ser una broma.— Gruñó de mala gana el gemelo que cuidaba a Virgo.
—No entiendo del todo lo del hijo de Dégel, pero es seguro que tiene otro buen motivo para atacar el Santuario.— Dijo Albafica y las miradas viajaron hacia el Bennu.
Este empuñó las manos con frustración e inclinó el rostro.
—Kagaho, no tienes que sentirte culpable ni por un segundo, ¿de acuerdo? Así como Dégel, tú eres un caballero, eres nuestro camarada y entre compañeros nos ayudamos.— Le aseguró Hasgard.
Antes de que alguno de los presentes pudiera decir algo más, el cosmos de Atenea inundó la sala y la propia diosa apareció ante ellos segundos después.
—Mis queridos caballeros: los dioses egipcios están aquí.
En cuestión de segundos, la reunión quedó disuelta y solo Dégel, Kagaho y Kardia se quedaron en el templo. Tras asegurarse de que nadie más los escuchaba, el antiguo espectro levantó la voz.
—No logro comprender por qué quieren acabarte solo por estar esperando un hijo.— Aunque sí le sorprendía la noticia. Hasta donde sabía, los caballeros y los espectros tenían un voto de castidad en común.
Kardia chasqueó la lengua y abandonó la habitación por la paz: no quería escuchar la respuesta. Por su parte, Dégel suspiró y se llevó ambas manos al vientre.
—Sospecho que su postura está relacionada con el origen de este niño.
—¿Origen?
—Su otro padre es un espectro.
—¿Qué estás…?
—Más específicamente, Radamanthys.
Sentenció el omega, dejando a un azabache perplejo y silencioso.
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Aspros y Shion se habían quedado a los pies de las doce casas vigilando la distorsión que comenzaba a abrirse ante ellos. Tauro, Libra, Leo y Piscis se les unieron al poco rato y Sasha se ubicó al centro del grupo.
La espera no se prolongó demasiado. Al igual que Dohko y Hasgard lo experimentaron, de pronto pareció que cada cosa que los rodeaba empezara a vibrar con gran fuerza. Lentamente, tres figuras salieron del portal que había aparecido ante el templo de Aries y se colocaron una al lado de la otra.
Anubis estaba a la derecha y llevaba bajo el brazo un yelmo negro con detalles dorados. Este representaba la cabeza de un chacal.
Thoth se situó a la izquierda. Al igual que Anubis, llevaba un yelmo negro y dorado bajo el brazo, pero este tenía la forma de una cabeza de ibis. El estilo de su armadura era similar al de los otros dos dioses, protegiendo todo el cuerpo a excepción del torso, donde cubría solo una tela negra. Tenía la piel morena y el cabello de color rojo oscuro, este era corto en su mayoría, salvo dos largos mechones que ondeaban a los costados de su rostro. El detalle más llamativo eran sus ojos, uno dorado y otro rojo.
El último dios en aparecer fue Osiris, situándose al medio de los otros dos. El yelmo que sostenía hacía alusión a un toro. Tenía el cabello de color verde oscuro hasta los hombros, ligeramente ondulado, y lo mantenía lejos de su rostro, dejando ver sus ojos de color negro. Los tres sin excepción tenían la forma del Udyat en el ojo izquierdo.
Estuvieron un momento en silencio, contemplando a la comitiva ateniense que había salido a recibirlos. Al cabo de la que resultó ser una inspección, Thoth habló a Osiris.
—No es ninguno de ellos. Ni Bhal ni quien ha engendrado están en el grupo.
—Entiendo.— Respondió el que presidía al trío egipcio. Luego, apartó su mirada del dios escriba y la clavó directamente sobre Atenea, quien se dio por advertida apretando con más fuerza el cetro de Nike.— Hija de Zeus, hemos venido a negociar.
—¿Qué es lo que buscan en el Santuario? — Exigió saber la mujer.
—Buscamos traer orden a la Tierra, diosa.— Le contestó el otro con toda calma.
—¿Cómo pueden sus acciones estar encausadas a ese objetivo? Me he enterado de sus actos en el Inframundo y de cómo pretendían causar un nuevo conflicto entre Hades y el Santuario. Explíquense.—
—¡Increíble! Tienes el descaro de preguntar por qué estamos haciendo esto. ¿Por qué estamos conversando siquiera? Es obvio que no comprende la gravedad del asunto.— Exclamó Anubis, extendiendo sus brazos y hablándole a Thoth, quien levantó un poco el mentón antes de responder.
—Diosa Atenea, sus acciones junto con la de los otros dos dioses griegos no han pasado desapercibidas para nuestro señor Ra. Más que eso, han generado su molestia y es por eso que nos ha enviado a nosotros, encargados del juicio de las almas, a buscar a todos aquellos que viven en el limbo entre los vivos y los muertos. Esta situación no puede tolerarse más tiempo; están alterando el orden natural.
La respuesta fue rotunda y provocó que todos los caballeros se miraran entre sí sin entender. Sasha apretó los labios, una diminuta gota de sudor se deslizó por su mejilla.
—El señor Ra lleva mucho tiempo tratando de normalizar las circunstancias.—Continuó Anubis el relato.— Su primer objetivo fue recuperar a sus subordinados, Bhal y Alhul, pero los espectros resultaron ser unos insolentes, por eso les dimos su merecido. Luego descubrimos que no conocían el paradero de Bhal y que probablemente estaba con ustedes, los caballeros, así que decidimos enviar a Alhul a buscar información, pero los espectros comenzaron a aparecer en la superficie buscando venganza o quitarnos nuevamente a Alhul, así que no nos quedó más remedio que defendernos y atacarlos nuevamente. Y los caballeros comenzaron a llegar hacia donde se producían los conflictos ¡vaya que nos llevamos una sorpresa! Al comienzo, solo deseábamos dar con uno de ustedes que pudiera decirnos dónde se encontraba Bhal, pero después nos dimos cuenta de que el Santuario estaba cometiendo las mismas negligencias que el Inframundo, así que nos quedó una sola alternativa: tenerlos como objetivo también.
—Por eso hemos venido hoy, pacíficamente, a pedir que sacrifiques a esas almas negligentes.
—¿A qué te refieres con almas negligentes? — Shion alzó su voz, incapaz de tolerar otro segundo sde incertidumbre.
Antes que una respuesta, se ganó la mirada atenta de Osiris.
—Los muertos pertenecen al Duat, al Inframundo, o como quieran llamarlo, y no pueden volver a poner un pie en la Tierra. Los muertos no deben volver a la vida. Hades, Atenea y Poseidón han violado una regla universal, y les permiten deambular por ahí como si nada. Y no solo eso: han permitido que un vivo y un no-vivo engendren un hijo. ¿Pueden comprender la gravedad de mis palabras? ¿Acaso son tan insolentes como para no querer reconocer que lo que digo es cierto? Los tres dioses griegos han perdido el juicio, el ciclo de la vida misma está en riesgo. Por eso es que nuestro señor Ra ha decidido dar un paso al frente para hacerles una advertencia, esta advertencia.
—O bien, si no quieren hacer caso, podemos pasar a la segunda fase: el exterminio de todas las fuerzas hostiles y tercas. ¿Qué dicen, quieren empezar una guerra?— Preguntó Anubis con tono alegre y jocoso.
—Si estás dispuesta a acceder a nuestras razonables peticiones, Atenea, deberíamos comenzar con ese santo tuyo. No creas que no me he dado cuenta: él es un no-vivo desde hace mucho tiempo.
Sasha no pudo evitar emitir una exclamación de sorpresa y volteó hacia su derecha tan rápido como pudo. Sin embargo, fue demasiado tarde. Antes de que alguno de los atenienses lograra reaccionar, un enorme ibis blanco arremetió contra el gemelo mayor y lo arrastró varios metros por el suelo.
—¡Aspros! —Exclamó la joven diosa.
Los caballeros atacaron. La silenciosa tensión acababa de romperse.
— ! ! — Ejecutó Hasgard en dirección a Thoth, quien había perpetrado el primer ataque. Este recibió la técnica y desapareció tras una fuerte explosión.
—Como imaginaba, es imposible razonar con los mortales. Son demasiado codiciosos.— Osiris suspiró. Después, levantó una mano y apuntó en dirección a Tauro.— Sacred Harvest.
Al pronunciar su ataque, una gigantesca raíz creció a los pies de Aldebaran, le rodeó el cuerpo y lo inmovilizó. Sin importar los intentos de la mole ateniense, la enredadera no cedió y pronto lo tuvo sin aliento, luchando apenas por respirar.
—Ah, qué injusto, yo quería resolver asuntos pendientes con él y el otro sujeto.— Anubis estaba lamentándose tras comprobar que Thoth no hubiera recibido mucho daño.— Bien ¡Déjenme a Libra! ' ! !— La lluvia de peligrosos chacales negros se cernió en Dohko, quien logró defenderse parcialmente gracias al escudo de Libra.
—Rozan Shoryuu Ha! —Le respondió el chino, disipando la letal tormenta negra con un imponente dragón que devoró al dios canino.
—Esta batalla no tiene sentido, hija de Zeus. Detenla antes de que muera más gente de la necesaria.— Interpeló Thoth, ya repuesto del ataque de Tauro.
La aludida, de rodillas ante un malherido Aspros, le sostuvo la mirada al dios de cabellos rojos y por primera vez frunció el entrecejo.
—No voy a arrebatarle a mis caballeros la segunda oportunidad que han conseguido.
—No digas tonterías, sabes muy bien que…
—¡Lo sé! Es muy sencillo saber cuál es el problema. Pero deben entender también cuál es el motivo.— Respondió fervientemente la doncella.— Desde el momento en que nacen, los santos están destinados a una vida difícil. Son vidas llenas de dolor, de dificultades, de decisiones que van más allá de sus manos. Los caballeros de oro… se suponía que murieran durante la Guerra Santa, pero no fue así. Sobrevivieron y gracias a ello hemos podido seguir defendiendo la Tierra de incontables amenazas. En algún momento, quiero que dejen de sobrevivir, quiero que vivan, que puedan disfrutar de una vida tranquila. Quiero darles esa oportunidad.—
El apasionado discurso dejó sin palabras a los miembros de su orden. Sin embargo, la triada egipcia no se dejó impresionar.
—Tonterías, Atenea. Es por ese corazón lleno de sentimientos humano que has comenzado a abusar de tus poderes. Con mayor razón no podemos dejar que se sigan haciendo cargo. Si esa es tu sentencia, entonces esta conversación ha llegado a su fin. Mueran de una buena vez.
Osiris levantó ambas manos, a lo que la diosa se puso de pie para contratacar, pero hubo una intervención inesperada en el momento preciso: la inmensa raíz que mantenía prisionero a Aldebaran se deshizo en pedazos, dejando como evidencia del ataque un solitario hilo brillante.
—Esto es realmente anticlimático, ah, vaya. Qué lástima interrumpir el que prometía ser un buen combate.
—Creo que escuchamos lo suficiente como para haber tomado la mejor decisión, por ahora.
—Si creen que pueden pisotear el orgullo de los espectros y esperar a que aguardemos de brazos cruzados hasta que estén satisfechos, vuelven a insultarnos en su error.
Así se presentaron los tres jueces del Inframundo, Minos, Aiacos y Radamanthys. Descendieron en el aire hasta quedar a la altura de los tres dioses egipcios. El Grifo presidía a su equipo.
—¿Qué se supone que están haciendo aquí? ¿Anubis no les dejó claro a Garuda y Wyvern que no quería verlos de nuevo en la Tierra? — Osiris preguntó a Minos.
—Esto es incómodo, ¿sabes? Hablar con mi igual en el panteón egipcio en estas circunstancias, que por cierto no son del todo de mi agrado.— Se quejó el Grifo sin aires de diversión, más bien como si se lamentara. Luego, se puso serio.— Ambos somos jueces, líderes entre nuestros compañeros, comprendemos lo que significa la justicia y por eso confío en que entiendas por qué no vamos a tolerar sus agresiones sin dar una respuesta.
—¿Estás diciendo que estás de parte del Santuario?
—No te confundas, Osiris. Este es solo un alcance. Ustedes atacaron a nuestros soldados, quienes solo estaban defendiendo a sus compañeros; convirtieron a algunos en parte de su propio ejército, dejaron que otros simplemente murieran sin posibilidades de resucitar siquiera en el Inframundo; se llevaron a Esfinge, pretendieron lo mismo con Bennu y trataron de hacer que los atenienses y nosotros nos extermináramos mutuamente porque no deseaban ensuciarse las manos. Por si fuera poco, nos culpan de que los nuestros vayan a la superficie y quieren castigarnos por ello cuando ustedes son el motivo principal de que así sea, ya que nos encontrábamos inicialmente cumpliendo las condiciones del término de la Guerra.— Enumeró. Con cada palabra, su tono se volvía menos amigable.— Como puedes ver, tenemos muchos motivos para sentirnos insultados y agredidos en cada sentido posible. Los intereses de Atenea no son asunto mío ni me importan, pero hasta donde yo puedo ver, claramente el enemigo aquí es uno solo.— Concluyó el albino.
—Y ya saben lo que se dice: el enemigo de mi enemigo es mi amigo, al menos temporalmente.— Le siguió Aiacos.
—Por esa razón, nuestro señor Hades ha decidido aliarse con Atenea para enfrentar a Ra.— El que finalizó fue Radamanthys, habiendo acumulado una enorme cantidad de impaciencia y cosmos, dispuesto a hacerlo estallar a la mínima provocación.
No obstante, la triada egipcia no contestó. Volvieron a reunirse en silencio, suspendidos en el aire, y Osiris tomó la palabra una última vez.
—Todos ustedes son unos ingenuos, vil escoria. No tienen idea de en lo que se están metiendo. Ra no tendrá piedad. Con esta alianza han firmado sus muertes.
Dicho aquello, desaparecieron.
Aun así, el ambiente de tensión permaneció. Incluso se intensificó cuando los jueces del Inframundo aterrizaron y se acercaron a Atenea solo hasta que Piscis, Leo y Aries se interpusieron.
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Alone… Hades pondrá al Inframundo de parte de nosotros? —Sasha aún tenía dificultades para asimilar todo lo que había escuchado.
—Tal y como lo oyes, Atenea. La amenaza de Ra es lo bastante grande como para que dos viejos enemigos tengan que trabajar juntos. Por ahora, podemos llamarnos "aliados". En estos momentos, hay espectros reuniendo toda la información de la que disponemos, lo mejor será armar un plan cuando antes. No sé qué tan mal haya estado la situación en la superficie, pero abajo no han cesado los ataques y queremos terminar con esto pronto. ¿Están de acuerdo?
El Grifo extendió una mano en espera para cerrar el trato. No obstante, no fue Atenea quien correspondió, sino Shion. Minos sonrió con agrado ante la sorpresa.
—Nosotros haremos lo mismo. En cuanto hayamos recopilado toda la información, nos pondremos en contacto con ustedes. Daremos lo mejor de nosotros para que esta extraña alianza funcione.
—Me parece bien. Hasta entonces. Ah, querido Albafica, nos vemos pronto.—
Añadió el líder de los jueces al final, poco antes de desaparecer y mirando por detrás de Aries. Había utilizado un tono muy peculiar que hizo al de Piscis gruñir de fastidio y logró que el lemuriano frunciera el entrecejo.
Curiosamente, Aiacos y Radamanthys no se marcharon junto a su compañero. Atenea se dirigió a ellos con una mirada atenta y algo confusa, que solo desapareció en pos de la sorpresa cuando los escuchó hablar.
—Tenemos una solicitud que hacerle, Atenea.— Comenzó Aiacos, sin problemas para ser formal y respetuoso. Por supuesto, fue el único que habló, pues Radamanthys venía experimentando dificultades desde hace rato.— ¿Nos permitirían subir hasta el onceavo templo? Tenemos entendido que Kagaho y Acuario se encuentran ahí y nos preguntábamos si podríamos verlos.
La comitiva dorada guardó silencio. Nadie podía negar lo incómodo de la situación, pero la joven diosa quiso demostrar su fe en la alianza y su agradecimiento por la ayuda brindada antes y les concedió el deseo. Los caballeros de oro se unieron a los dos jueces en la subida a las doce casas, cada quien aprovechando el tiempo para rumiar en silencio sus propias dudas y pensamientos.
