—¡Hijo de puta!
El primer golpe que recibió Radamanthys ese día no fue de parte de un dios egipcio ni de otro espectro; tampoco de uno de los santos con los que se habían encontrado abajo. No. El primer golpe llegó de parte de un cabreado, muy cabreado paladín de Escorpio. El puñetazo lo hizo retroceder paso y medio y quedar con el rostro hacia un lado. Detrás de él, Aiacos cerró un ojo con expresión de dolor y luego inclinó la cabeza en un respetuoso saludo al octavo caballero, quien solo se limitó a gruñirle.
Luego de que Atenea les permitiera el ingreso a los templos, habían avanzado escoltados por los santos a medida que cada uno llegaba a su propia casa zodiacal. Para cuando dieron con el penúltimo de ellos, solo alcanzaron a escuchar que Albafica suspiraba y se marchaba con discreción segundos antes de que Kardia se pusiera de pie. El peliazul había estado sentado en las escaleras exteriores, pero la simple presencia del Wyvern lo hizo saltar y arrojársele encima para darle la bienvenida directo en la cara.
Afortunadamente, el dragón de Hades no correspondió a la agresión. Se irguió despacio, limpió la sangre de su boca y enfrentó a su rival solo con la mirada.
—Venimos en son de paz, Escorpio. Atenea nos permitió…—
Empezó a explicarse la Garuda en pos de evitar una embargo, el octavo santo lo interrumpió.
—Lo sé. Lo escuché. Todos escuchamos lo que pasó allá abajo. No tengo motivos para quejarme.— Todavía estaba de mala gana y no podía quitarle
la vista de encima a su eterno y despreciable rival.— Mi problema tiene que ver con este bastardo. ¿Qué demonios crees que estás haciendo aquí? ¡No eres bienvenido!
—Esto no tiene que ver contigo, escoria dorada.— Replicó un impasible rubio, logrando contener el deseo instintivo de moler a golpes al otro alfa.— Estoy aquí para ver a Acuario. He venido a hacerme responsable.
—¡De lo único que te harás responsable será de la paliza que…!
—¿Kardia, qué ocurre?
La voz de Dégel enfrió de golpe los ánimos. El mencionado giró rápido hacia la entrada del templo, casi rogando que no fuera a asomarse, pero ya era demasiado tarde. Acompañado de Kagaho, el aguador apareció en la entrada del templo y observó la escena con cierta confusión hasta que el Wyvern ingresó en su campo visual. Entonces, por reflejo, se llevó una mano al vientre y retrocedió, denotando enseguida que la tensión había tardado medio segundo en recorrerle el cuerpo completo. No era solo porque él estuviera ahí, sino porque no había logrado detectar las dos cosmoenergías de los espectros y eso no era normal. La preocupación fue mayor, ¿el embarazo estaba alterando sus sentidos?
Para Radamanthys, la historia fue completamente distinta. Le bastó con observarlo, solo necesitó ver la mano del peliverde situada en su estómago para dejar de poner en peligro la recién formada alianza. Contuvo la respiración el mismo tiempo que el caballero de oro. Era verdad, era oficial. Después de la incertidumbre prolongándose cerca de un mes, podía confirmar con sus propios ojos lo que los dioses habían mencionado antes: tendría un hijo. Iba a ser padre.
Kardia notó el brusco cambio de actitud debido a que las feromonas que emitía el Wyvern desaparecieron de un segundo al otro. Esto le sirvió para tranquilizarse él mismo, al menos hasta donde el instinto podía intervenir.
—Radamanthys, Escorpio, Acuario, me robaré un momento a Kagaho, si no les molesta.—
La voz de Aiacos ayudó a poner fin a la tensión acumulada. Dégel espabiló y solo entonces se dio cuenta de que el Bennu lo había seguido y que se encontraba escondido a medias al interior del templo, observando a Garuda con inquietud. El peliverde se hizo a un lado y llevó una mano al hombro del menor para animarlo a salir.
—Puedes ir, mientras estés en las doce casas, solo necesitas que los caballeros te permitan pasar en cada templo. Ya no estás en territorio enemigo.
El azabache no necesitaba escuchar nada más. Asintió una vez, todavía algo inseguro, y acortó la distancia con los dos espectros.
—Suikyo, Radamanthys…— No sabía cómo empezar a agradecer por las intenciones de ambos de rescatarlo.
—Es bueno saber que estás a salvo. El Inframundo y el Santuario son aliados ahora; supongo que por el momento da lo mismo en cuál de los dos te encuentres.— Explicó el Wyvern.— Además, en tu condición actual, no estarás seguro allá abajo. Los ataques no cesan y no habrá quien esté disponible para protegerte siempre.
—Ya le cuento yo con detalles. Andando, tengo mucho de qué actualizarte.
Concluyó el juez pelingro y se llevó al otro escaleras abajo, lejos del conflicto que se desarrollaba en el onceavo templo. El rubio inspiró profundo, volvió a mirar al aguador y alzó la voz.
—Tenemos que hablar.
—Lo sé, pero antes, Kardia.— Por fin logró superar la estupefacción inicial y abandonó las penumbras del templo para acercarse al paladín de la octava casa. La seriedad y la preocupación estaban de regreso en su rostro.— Kardia, tienes que ir a Bluegrad de nuevo.
—¡¿Qué?! — El grito del peliazul salió casi sin oxígeno de sus pulmones, así de desprevenido lo había tomado el repentino cambio de tema y lo que este implicaba. Sus ojos quedaron desorbitados y fijos en el peliverde.— ¿Quieres que me vaya? ¿Me estás echando? ¿Ahora? ¡¿Cuándo este maníaco está justo frente a ti?! ¡Terminaste de volverte loco!
—Non, Kard-escucha ¡Cierra la boca! — Gritó de repente, consiguiendo sorprender a los dos escorpiones. No era normal que perdiera los estribos.— Escuchaste lo que dijeron los dioses egipcios ¿verdad? Hablaron de los tres dioses griegos, eso significa que Seraphine también está entre sus objetivos. Por favor, tienes que ir a ayudarlos. No podrán defenderse solos de un ataque de esta magnitud. Te lo suplico. Iría yo si pudiera…— Con cada palabra que decía, el rostro sereno del aguador se iba descomponiendo más. Ni Escorpio ni Wyvern podían dimensionar el nivel de aprecio que tenía el francés por sus hermanos del norte.
Kardia debatió. Odiaba que Dégel utilizara motivos de peso para forzar sus decisiones, pues bien sabía que era verdad. El zoquete de Unity, aún con la escama de Dragón Marino, no conseguiría jamás enfrentar a un dios egipcio; ni siquiera si los guerreros azules lo ayudaban. De todo el Santuario, los únicos que lo conocían eran él y Dégel y no le agradaba la idea de que alguien más fuera a brindarle apoyo. Gruñó, se rascó la cabeza y volvió a fijarse en la efigie del dragón heráldico frente a ambos, escuchando sin decir nada.
—Carajo. ¡Carajo! ¡Pero tenías que ir a Egipto, ¿verdad?! — Increpó finalmente a su amigo y arrojó los brazos al aire, dándose por vencido. Estaba claro que solo tenía una opción. Pero no se iría así como así.— Oye, imbécil.— Esta vez, se dirigió a su rival.— ¿Ves a este sujeto de aquí? — Al preguntar, rodeó con un brazo al francés y lo apuntó con la mano de su brazo libre.— Es mi amigo. Mío ¿te queda claro? Está bien, puede que tenga que ir a Bluegrad, pero eso no significa que deje de estar pendiente de él. No sé cuánto tiempo tenga que estar allá, así que solo quiero que sepas que si llega a faltarle un pelo de la cabeza para cuando yo regrese, mi aguja escarlata va a terminar en lo más profundo de tu-
—Basura ateniense.— Interrumpió el agredido, todavía impasible por efecto de la revelación inicial acerca de su futuro hijo.— No sé a qué tienden ustedes los vivos, así que me temo que debo recordarte que soy un juez y, como tal, no miento. Si dije que venía a hacerme responsable es porque lo haré. Esto no es asunto tuyo, sino nuestro.
—Bien. Quedas advertido.
Antes de marcharse, el paladín le hizo al espectro un gesto de que lo estaría vigilando aunque fuera en espíritu y le sostuvo la mirada hasta que el descenso de las escaleras se lo impidió. Dégel agradeció que Kardia le ayudara a distender un poco el ambiente.
—Vamos adentro.—Dijo luego, regresando sobre sus pasos hacia el interior de la casa zodiacal.
Sin más objeciones, Radamanthys se desprendió de su surplice para moverse con libertad dentro del templo y lo siguió.
Ambos permanecieron en silencio largo rato, uno sentado en el sillón de lectura y el otro en una silla al pie de una mesa repleta de libros e instrumentos astronómicos. Era bastante sencillo tener la intención de conversar, mucho más sencillo que derechamente hacerlo. La relación de los dos nunca había sido buena; mejor dicho, era una de las peores existente entre las dos facciones. Peor de hecho que la que tenían Kardia y Radamanthys. Dégel perdía la compostura con mucha facilidad si se trataba del Wyvern y no era extraño que terminaran enfrentándose al mínimo incentivo en cualquier destino en el que coincidieran. Tenían todas las razones necesarias para despreciarse y solo una para encontrarse allí, sentados como dos hombres civilizados: un hijo. El hijo de los dos.
Cuando el silencio se volvió insoportable para ambos, el anfitrión de la sala alzó la voz.
—No tienes que hacerte cargo de nada: puedo arreglármelas yo solo. Si estás haciendo esto por algún minúsculo sentido de la obligación, te aseguro que puedes regresar ahora mismo al Inframundo y olvidarte de que este hijo existe. No esperaba nada de ti, para comenzar; ya es sorprendente por sí solo que hayas mostrado la osadía de venir. En pocas palabras: te estoy quitando cualquier responsabilidad.
Wyvern se removió en su asiento y gruñó por lo bajo. Esa postura estaba entre las posibilidades, pero Dégel no entendía. No tenía idea.
—No pongas palabras en mi boca, Acuario. Nadie ni nada me obligó a venir, es una decisión a consciencia. El culpable de que estemos aquí eres tú.
—¿Estás insinuando que te seduje en Egipto?
—Tú lo has dicho.
—Te advertí que te alejaras, que no te acercaras y que no abrieras la bendita puerta, pero no, tú y tu terquedad tenían que hacer justamente lo contrario. Te hace falta sentido común.
—¿Sentido común? ¿Qué clase de omega en su sano juicio va de misión durante esa semana y sin inhibidores?
—¡Tenía los inhibidores, pero adivina quién los hizo volar en pedazos junto con media ciudad solo porque no quería escucharme!
—¡Estaba tratando de solucionar un asunto urgente porque tu diosa nos había prohibido venir a la superficie!
—¡Da la casualidad de que su asunto urgente era el mismo que el nuestro!
—¡No iba a ponerme a charlar con un miserable caballero cuando tenía la posibilidad de detener a Pharaoh, pero gracias a tu intervención, no solo no pude llevarlo al Inframundo, sino que terminé involucrado contigo y ahora tendremos un hijo!
—¡Por eso mismo acabo de decir que…!
Como si el mencionado hijo hubiera escuchado la mención a su reciente existencia y quisiera hacerse notar, interrumpió a Dégel y este se calló en medio del reclamo, se levantó con una mano en la boca y corrió a encerrarse en el cuarto de baño. El rubio tardó un poco en salir de su asombro y caminó siguiendo la misma ruta, solo para escuchar cómo el francés devolvía la comida entre penosos quejidos.
Cinco minutos después, la puerta se abrió y el santo le dirigió al británico su expresión más cabreada y agotada.
—Como sea, no te necesito.
—Te das demasiada importancia. Lo hago por ese bebé.
—¿Por qué diantres querrías tú tener un hijo conmigo?
—¿Por qué deduces con tanta certeza que no quiero tener un hijo?
La pregunta fue tan directa que Dégel no supo contestar. No estaba entre sus ideas un espectro anhelando una familia, mucho menos alguien como el Wyvern, aunque eso podía estar influenciado por su abierta hostilidad hacia él; ahora lo comprobaba.
—La única desgracia es que tenía que ser contigo.
Agregó el juez, acercándose al santo para ayudarlo a llegar a su habitación. Dégel no se opuso, todavía contrariado por la revelación, y al poco rato estuvo recostado en su cama. Por su parte, el dragón tomó prestada la silla del escritorio y la llevó hasta la esquina de la habitación, lugar que designó como punto fijo de su estadía en el Santuario.
—Ha pasado un mes y todavía tengo la marca. ¿Por qué no me la has quitado? —Preguntó de pronto el aguador.
—¿Te parece que estoy en la mejor situación para pensar en divertirme?
—Non, pero no puedo ser el único que no está disfrutando de esto. ¿Es que acaso no hay otros omega en el Inframundo a los que puedas morder para acabar con este absurdo vínculo?
—Lo dices como si lo único que hiciéramos en tiempos normales fuera follar.
—Empiezo a entender el origen de tu pésima actitud.
—Guarda silencio, infeliz. ¿No comparten los santos y los espectros un voto de castidad por servir a los dioses?
—En estricto rigor, así es. Que se respete o no es otro tema, en especial para alfas y omegas.
Esta vez, fue Radamanthys quien se declaró sorprendido por la facilidad con que su enemigo dejó en evidencia un potencial desacato a las normas, aunque tampoco podía jactarse de la obediencia de sus propios camaradas a dicho voto. Al menos, en ambas facciones todos tenían la decencia y la precaución de evitar marcar a los omegas…
Decencia que se acababa con ellos dos.
—De cualquier modo, te quedarás con la marca.
—Hazme un favor y desaparece. Necesito un descanso y tu presencia me desagrada muchísimo.— Gruñó el peliverde luego de escuchar la resolución del caso: poco y nada podía hacer si el Wyvern no estaba dispuesto a acabar con ese lazo.
Curiosamente, el espectro sí se levantó de la silla y caminó hacia la puerta.
—Debo decirle a mi señor Hades lo que ocurre; solo por eso, me retiro. Cuando vuelva, no tendrás excusas para evitar que esté aquí.
—Desearía tenerlas.
La respuesta del francés llegó rápido, cual dardo, e hizo que el juez frunciera el entrecejo. Dégel le dirigió una mirada llena de resentimiento y… ¿temor? Podía detectar sus feromonas con demasiada felicidad. Entonces, se percató de un detalle mayúsculo que no había analizado: solo uno de los dos se quedaría con el bebé cuando naciera. No estaba planeado que los criaran juntos, ninguno tenía deseos de prolongar más esa desafortunada unión; eran un espectro y un caballero, lo que estaban haciendo era una aberración, los dioses egipcios lo habían dicho. Como si no fuera suficiente, daba la casualidad de que esta vez, por primera vez, ambos estaban de acuerdo. Ambos querían que ese hijo naciera.
Radamanthys se descubrió empatizando al cien por ciento con Dégel, pese a que le disgustaba la noción: querían quedarse con el bebé, no deseaban que el otro se lo llevara.
Contrariado por esa nueva gama de emociones, Wyvern abandonó el templo en silencio y regresó al Inframundo en cuanto tuvo puesta la surplice.
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Durante la tarde, los caballeros volvieron a reunirse. El templo de Shion fue el escogido y hasta aquí llegaron Sasha, Sage e incluso Sísifo, pese al desacuerdo de El Cid por la gravedad de sus heridas. Acceder a las casas superiores era imposible para el enemigo gracias a la barrera de Atenea y, en caso de que ocurriera, la doncella se daría cuenta de inmediato.
Kagaho también estaba presente. Luego de enterarse de todo lo que había ocurrido en el Inframundo desde su ausencia, se sentía un poco más convencido de participar, pese a que en ese momento no calificara más que como un simple humano.
—Debemos enviar refuerzos a Bluegrad. Se los debemos. Si no fuera por el esfuerzo del joven Unity al traer el oricalcos, jamás habríamos ganado la guerra santa.
Decía Atenea, se veía preocupada por la situación, ya que sabía que Seraphine era otro objetivo declarado de Ra: al ser la vasija de Poseidón, había conseguido prolongar una vida que no estaba destinada a durar. Unity era el actual marina de Sea Dragón y además contaban con un grupo de guerreros azules, pero no sería suficiente para protegerlos si acaso los tres dioses atacaban a la vez, considerando que aquel era el flanco más débil.
—También debemos concretar una reunión con Hades para compartir la información de la que disponemos.—Agregó Shion. Ambas tareas implicaban distribuir sabiamente las fuerzas del Santuario.
—Yo iré a Bluegrad, eso está claro. ¿Quién más se ofrece a venir? — A pesar de seguir algo molesto, Kardia sabía que la prioridad ahora era cuidar a los aliados del norte.
—También iré.—Sorprendió Regulus con su decisión.— Nunca he estado en ese lugar y, además, él se quedará en el Santuario un tiempo ¿verdad? Siento su olor aún y no creo que pueda tolerar estar cerca de él aún. Lo siento.
Los santos guardaron silencio y Dégel se movió incómodo en su asiento. No había forma de que no se sintiera responsable.
—En ese caso, yo…— Comenzó a decir.
—Te quedarás aquí.— Mas Sísifo lo interrumpió con discreción en su sonrisa.— En estos momentos, eres el más vulnerable de todos nosotros. Lo mejor que puedes hacer es darnos la lectura de estrellas y guiarnos de esa forma mientras te mantienes a salvo en tu templo, dentro de la barrera de Atenea.
Como Acuario no refutó la sensatez de esa decisión, el que tomó la palabra a continuación fue el virginiano.
— Luego de ver a Thoth en Yomotsu, tuve una idea de cómo detenerlos. Sin embargo, no estoy hablando de la alternativa más rápida: podemos fabricar un rosario como el que usamos para sellar los espectros.
—¿No que el árbol mokurenji quedó destruido?— Cuestionó Hasgard.
—Tenía entendido que Tenma lo voló en pedazos cuando se encontraron en la cascada.—Añadió Defteros, mirando al paladín de la virgen con curiosidad.
—Es cierto, pero ya está creciendo otro. La duda es cuánto tardará en dar frutos: podrían ser dos años así como podrían ser diez. Todo depende de la energía vital que reciba. El árbol anterior terminó de crecer cuando recibió el cosmos de Pegaso.
Un murmullo de esperanza recorrió a los miembros de la asamblea, pero la realidad llamó rápidamente al orden.
—¿Servirá para sellar a cuatro dioses? —Fue Albafica quien hizo la pregunta.
—Tengo la certeza de que al menos nos permitirá sellar a los soldados de Hades que Ra tomó.— Explicó el caballero ciego.— En cuanto a él, Osiris, Anubis y Thoth… no estoy seguro. Dependerá de la sangre que se utilice para forjar el rosario.
—En ese caso, todos tenemos que darle algo de nuestro cosmos al mokurenji. Eso incluye a los espectros.— Djio Shion.
—Quiere decir que si Atenea, Poseidón y Hades utilizan su sangre para colaborar con el rosario, existe una posibilidad real de que logremos sellar a los dioses.— Aspros mencionó la idea que todos habían considerado, pero que a nadie terminaba de agradarle por afectar a la joven diosa.
—¿Vale la pena arriesgar tanto tiempo y recursos por una apuesta insegura? —Cuestionó Sísifo; sus ojos inquietos sobre Sasha, quien le devolvió una sonrisa.
—De momento, es la alternativa más concreta que tenemos, además de la batalla directa. No debemos descartar ninguna opción. Lo importante ahora es que estemos en contacto con el Inframundo para compartir información y proponerles esta estrategia.— Anunció Sage.
—Yo me ocupo de ser embajador allá abajo.— La voz socarrona de Manigoldo resonó con confianza en el primer templo.
—Quiero ir también. Puedo ser de ayuda en el Inframundo.— Kagaho se cansó de solo escuchar y se ofreció con vehemencia, obteniendo a cambio una mano firme sobre su hombro.
—No podemos dejarte ir. Eres una pieza fundamental en los planes de Ra y no sabemos de lo que sería capaz si también te atrapa. Odio decirlo con estas palabras, pero tu yo actual no puede pelear y nadie garantiza tu seguridad si algo llega a ocurrir en Yomotsu o más abajo.
El Bennu apretó la mandíbula y los puños, sintiéndose avergonzado y frustrado por su inutilidad.
—Bennu, me parece que no entiendes el gran trabajo que estás haciendo al permanecer en las doce casas.— Le habló de pronto Asmita y él no pudo evitar devolverle una mirada llena de sorpresa, pese a que el otro no lo viera.— Ninguno de nosotros puede imaginar cómo se siente estar rodeado de todos aquellos que alguna vez fueron enemigos jurados. No solo salvaste a Dohko durante la guerra, sino que pediste su ayuda, accediste a venir aquí a pesar de lo que implicaba y no has huido aun cuando todo lo que te ata al Santuario son solo palabras. Tal vez no lo entiendes, así que diré lo que pienso: has hecho un buen trabajo no dejándote atrapar. Hasta que recuperes el camino y la confianza que has perdido, eso es más que suficiente.
Esa clase de discurso podía esperarlas de Hasgard y Dohko, incluso de Atenea, pero no de Asmita. Virgo le generaba un malestar muy grande, al verlo recordaba el episodio de Atavaka, se sentía expuesto y vulnerable más que con cualquier otro caballero, y ahí estaba, uniéndose al grupo de atenienses que le daba apoyo. Un escalofrío le recorrió de la espalda hasta la nuca e hizo que sus ojos escocieran. ¿Desde cuándo merecía tanta comprensión? Solo consiguió bajar el rostro y asentir, muy falto de costumbre a tener tanta atención encima.
—De acuerdo. Kardia y Regulus irán a Bluegrad. Asmita quedará a cargo del mokurenji y de alimentarlo con la cosmoenergía del resto. Manigoldo estará encargado de los asuntos concernientes al Inframundo. Los demás santos mantienen sus labores habituales. Habrá que estar muy atentos. No sabemos cuándo atacarán.
Sage dio por concluida la reunión con esas palabras. Todos los paladines respondieron al unísono y se dispersaron, cada uno en dirección a su deber. Kagaho regresó con Dégel al onceavo templo, estaba planificado mantener a ambos juntos para facilitar cualquier operación, ya que ambos eran los objetivos vulnerables de Ra.
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Hace un par de horas había anochecido. Kagaho dormía plácidamente en la segunda habitación de la casa de Acuario, pese a lo mucho que se había resistido a bajar la guardia en un comienzo. Dégel cerró la puerta de esa recámara tras confirmar su estado y avanzó a paso lento y cauteloso por el pasillo hacia la biblioteca. Después de todas las emociones experimentadas durante el día, no podía conciliar el sueño. Deseaba beber té y leer algún artículo de ciencias, aunque también podría aprovechar el insomnio para retomar la lectura de estrellas. Después de todo, era lo único que podía hacer y debía hacerlo mejor que nadie. ¿Por qué no ir a Star Hill? Era la oportunidad perfecta para…
Su corazón dio un vuelco al ver una silueta sosteniendo un libro al final de la mesa de observaciones. ¿En qué momento había llegado esa persona? ¿Era un enemigo? No lograba ver bien gracias a la penumbra.
—¿Quién anda ahí?
—Lo sabía, mis sospechas eran ciertas: no puedes identificar el cosmos de los demás.
La voz familiar causó alivio y alarma simultáneos en Dégel. Se mantuvo quieto de pie, al contrario del hombre que acortó distancias con él. Solo necesitó ver sus ojos para que un vacío le llenara el estómago.
—Te irás.— Susurró. El otro curvó una sonrisa rendida.
—Nunca se puede ser demasiado discreto si se habla contigo.
—¿Por qué estás aquí?
—Dije que vendría a verte ¿no lo recuerdas? Aunque tardé más de lo planeado.
—No lo hagas, Aspros.
El aguador dejó surgir su cosmos inmediatamente, en una impulsiva mezcla de advertencia y petición. Estaba dispuesto a empezar una batalla de mil días con tal de evitar otro error. No obstante, no contaba con que el de géminis se acercaría más en lugar de tratar de huir.
—No levantes tu cosmos, es arriesgado.
—Estás cambiando el tema.
—¿Crees que no me he dado cuenta? Estás perdiendo estabilidad.— Le habló en voz baja, pues era consciente de que el espectro de Bennu dormía en el templo.— Además, si utilizas tus habilidades, tu temperatura bajará demasiado y no será compatible con la vida de tu hijo. Estás igual de vulnerable que ese chiquillo espectro… No. Incluso peor.
El peliverde chasqueó la legua y frunció el entrecejo. Le impresionaba que Aspros hubiese descubierto con tanta facilidad la situación, pero lo que lo atrapó desprevenido por completo fue sentir una caricia en la mejilla. Al fijarse bien en la expresión serena del peliazul, algo hizo clic en su cabeza y logró entender el motivo de su huida.
—Lo haces por nosotros.
—Me agrada tu aroma, si tengo que confesarlo.
—No tiene sentido que te marches.— Inevitablemente, terminó cargando el rostro contra la caricia, sin atreverse a cerrar los ojos.
—Sí, sí tiene sentido. Actualmente, el Santuario tiene tres de los cuatro objetivos de Ra en la superficie. Ustedes dos estarán a salvo aquí, por eso tengo que irme. Con suerte, lograré que las fuerzas de Ra se dividan para buscarme. De lo contrario, moriré en el intento, pero eso da lo mismo: como ellos dijeron, yo ya…
—¡Aspros!
—Hey.—El mayor silenció el grito contrario posando un dedo sobre sus labios.— Cuando todo acabe, regresaré.
—…
—Dégel.
—… ¿Qué ocurre?
—¿Todavía quieres ver cómo se cumplen mis sueños y los de Defteros?
—Por supuesto que quiero. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con…
—Bien.
Aspros calló cualquier otra pregunta con sus labios acariciando suavemente los del aguador.
Antes de que Dégel consiguiera reaccionar, ya se había marchado.
El paladín de la onceava casa se quedó de pie en medio de la biblioteca, observando las tinieblas que lo rodeaban y que bailaban al son de las velas.
Mientras tanto, el de géminis abrió las dimensiones fuera del templo, a sabiendas de que el anfitrión no podría detectarlo ni siquiera a esa distsancia. Desde su posición, contempló el cielo y se preguntó si acaso el peliverde lograría seguir todos sus movimientos con solo leer las estrellas.
—No tenías ningún motivo de peso para esa visita.
—Una despedida es motivo suficiente para cualquiera.
—Irte es una estupidez. Solo conseguirás que te asesinen más rápido.
—Me provoca un enorme desagrado que demuestres preocupación por mí. Mejor preocúpate por Dégel; sin Kardia y sin mí por estos lados, y con los demás ocupados en la guerra, serás quien tenga más tiempo para estar con él.
—¿Son celos los que impulsan tu retirada?
—Sea del modo que sea, no hay nada que pueda hacer mientras tenga esa marca. Prefiero sacarle provecho a esta situación y utilizarla contra los egipcios. Así ganamos todos ¿no cres?
—Tonterías.
—No me sorprende que no coincidamos. Ah, bien. Lo dejo en tus manos y aprovecho de advertirte: si algo llega a sucederle, no solo serán agujas escarlatas las que acabarán en tus entrañas. Hasta entonces, Walden.
Antes de que Radamanthys consiguiera darle un golpe, el mayor de los Géminis desapareció.
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Dégel se removió un poco, apretó los ojos y lentamente despertó. Si al comienzo le afectaba demasiado dormir más de cinco horas, ya no se notaba. Había necesitado un par de semanas para adaptarse a la disminución del ritmo en su rutina diaria, así como a los cambios que experimentaban su cuerpo y su mente.
Trató de enfocar hacia su mesa de noche para alcanzar sus gafas y de pronto recordó lo acontecido la noche anterior. Aspros se había marchado. Se sentó de golpe en la cama, recriminándose por haber olvidado el detalle, y enorme fue el susto que se llevó al descubrir que no era el único en la habitación.
—Ah, cielos, Kardia, me asustaste.
—Escorpio se marchó hace unas horas.
La voz que le respondió hizo que su expresión se deformara. Se estiró para alcanzar las gafas y confirmó con gran desagrado que Radamanthys estaba sentado en la silla que había puesto en la esquina de la habitación durante la jornada de ayer.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? — Exigió saber apenas se repuso de la impresión.
—Llegué al amanecer. Ni siquiera me molesté en despertarte.
—¿Y Kagaho?
—Aiacos vino a buscarlo hace horas. Están trabajando con los demás en el templo de Libra.
—Trabajando… ¿qué hora es?
—Las diez de la mañana.
Para Dégel, esa respuesta fue casi como una cachetada. Jamás, desde que tenía memoria, había despertado tan tarde. Iba a criticarle que le hubiera permitido pasar de largo, pero entonces se dio cuenta de que el dragón no le devolvía la mirada, sino que la mantenía sobre un libro que tenía apoyado en una de sus piernas cruzadas.
—¿De dónde sacaste ese libro?
—De tu biblioteca. No negaré que tienes una vasta colección, pese a ser una simple biblioteca mortal.— Al rubio le era más sencillo conversar si no dirigía la vista hacia el caballero.
Después de voltear la última página, se inclinó y dejó el libro a los pies de la silla, sobre una pila formada por otros dos ejemplares.
Dégel también detectó esto último y levantó un poco las cejas.
—¿Has leído todo eso?
—¿Qué esperabas que hiciera mientras dormías?
—¿Estuviste despierto toda la noche?
—Los espectros no necesitamos dormir. Somos mucho más eficientes que ustedes, miserables caballeros.
Dégel bufó y se puso de pie para ir hacia su clóset a conseguir ropa. Se detuvo frente al mueble y volvió a fijarse en el juez.
—No sabía que te agradara leer.
—Tengo la firme impresión de que ustedes piensan que el ejército de Hades está conformado por bárbaros sin intelecto. Como si los vivos fueran los únicos con derecho a disfrutar de un libro.
El paladín de Acuario frunció el entrecejo, honestamente perplejo por la respuesta tan civilizada del Wyvern. Ni en sus sueños más absurdos hubiera imaginado que podrían tener una conversación que no llegara a los golpes… aunque si lo pensaba de ese modo, tampoco habría soñado jamás que terminaría metido en semejante lío con él.
Negó con levedad y le dio la espalda para sacar la ropa del clóset, pero de nuevo se detuvo. Esta vez, se volteó hacia el intruso con las prendas entre los brazos.
—¿Podrías salir de la habitación?
—¿Para qué?
—Quiero vestirme y no me quitaré la ropa si estás ahí sentado mirándome.
—No te estoy mirando.
—Lo digo en serio.
—Además…
—¿Además?
—¿Cuál es el punto? No tienes nada que no te haya visto ya.
Se produjo silencio. Dégel y Radamanthys se miraron a los ojos y la reacción tardó unos cuantos segundos en llegar. Para sorpresa del espectro, Dégel frunció el entrecejo, tomó una caja con pergaminos que mantenía a un lado del clóset y se la arrojó, exhibiendo un desplante de violencia que el otro jamás hubiera imaginado.
—¡Lárgate ahora mismo! ¡Fuera, no quiero verte!
Ni siquiera pudo responder a las quejas. El Wyvern huyó de la habitación antes de agrandar el escándalo y tuvo que esperar en la biblioteca a que la ira espontánea del aguador bajara mientras se vestía. ¿Tanto afectaba el embarazo a los omega?
El proceso tardó alrededor de quince minutos.
Cuando salió de la habitación, seguía con el ceño fruncido, pero parecía más tranquilo. Radamanthys dejó de lado el libro que había empezado durante la espera y solo le devolvió la mirada, sin decir palabra alguna para evitar gatillar otro ataque de furia en su contra. De sobra estaba decir que él mismo debía contener los deseos habituales de pelear con el francés, pero lo tenía más fácil gracias al flujo constante de feromonas del otro, las que parecían estar hechas para mitigar cualquier hostilidad.
Un sonoro gruñido nació del estómago del caballero y este, muy orgulloso, alzó el mentón antes de hablar.
—Tengo hambre.
—Y ¿qué se supone que haga yo?
—Traer algo de comer, por supuesto.
—No estoy para tus juegos, basura: ve y prepárate algo tú solo.
—Si tuviera una mínima posibilidad de hacerlo por mi cuenta, te aseguro que no estaría hablando contigo. Eres el último ser al que querría pedirle un favor.
—Entonces pídeselo a uno de tus compañeros. Estoy aquí para asegurarme de que nada le pase a mi hijo; no para ser tu niñera.
Dégel suspiró, se llevó una mano al puente de la nariz y se rindió. A paso firme avanzó hasta la salida mientras contestaba, todo bajo la atenta mirada del dragón.
—Albafica no abandonará el último templo y El Cid está tratando las heridas de Sísifo. Eres un…— Dejó la frase inconclusa y agitó un brazo en señal de conclusión antes de salir.
El Wyvern solo lo vio alejarse, esperó veinte minutos y luego salió del templo.
Lo que no se esperaba era verlo apenas unos pasos más allá de la salida, hecho bolita contra uno de los pilares. Ni siquiera había alcanzado a bajar los peldaños que elevaban el templo sobre el piso.
—Ahora qué.— Gruñó el rubio, comenzando a sentir el malhumor.
—No puedo.— A cambio, solo recibió un murmullo penoso.
—¿No puedes?
—Bajar. Las escaleras… se mueven. No puedo bajar.
—Es una pésima excusa, si piensas que…
—¡Por el amor de Atenea! ¡Mis acciones no giran en torno a ti! Condenado egocéntrico.
Volvió a estallar. Aunque, esta vez, Radamanthys no tuvo como refutar la espantosa cara del aguador. Estaba pálido… no. Ni siquiera pálido. Estaba verde, de un verde muy poco amigable.
Fue turno del espectro para sobarse el puente de la nariz. No tenía de otra. Había dicho que se haría responsable y, quisiéralo o no, lo que le pasara a Dégel podía afectar la salud del bebé.
—Qué demonios quieres para comer.— Cedió.
—Carne, aceitunas y setas.— Enumeró el acuariano, tan rápido que levantó sospechas en el silencioso juez.— No me mires así, no tengo control de mis antojos. No tienes idea de cómo se siente estar en mi situación.
—Suficiente. Regresa al templo. Volveré con lo que encuentre.
—Ayúdame.
—…¿Disculpa?
—¿Cuál es la parte de "todo se mueve" que no has comprendido aún?
A juzgar solo por el tono de voz, Dégel estaba realmente irritado y esa irritación iba en aumento. Wyvern miró hacia el cielo, rogó a Hades por paciencia y se acercó a tenderle una mano. Mano que terminó acompañada por su segunda extremidad, pues terminó cargando al peliverde hasta la cama tras comprobar que no podía siquiera mantenerse de pie.
Una vez que el paladín del templo estuvo tendido en su lecho, el juez del Inframundo abandonó la estancia, vistió su sapuris y se marchó a Rodorio, obligado como estaba a volver a recorrer un pueblo como no lo hacía desde que se había convertido en el espectro del Wyvern.
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A base de fortuna o insistencia, logró conseguir los tres ingredientes e incluso algo más. No obstante, al regresar al templo, descubrió que varias presencias se reunían al interior. Se trataba de Garuda, Virgo, Géminis, Capricornio y Bennu. Dégel ya no estaba en su cama, sino de pie ante el telescopio, con un par de libros abiertos y un par de hojas con anotaciones. Al advertir que había llegado, los presentes giraron hacia él con una expresión tensa generalizada.
—Aspros se ha ido.— El primero en hablar fue Defteros.
—Dégel está tratando de encontrar algo en su estrella que nos dé una pista.— Agregó Asmita.
—No creí que fuera capaz de hacer esto después de que se le ha dado una segunda oportunidad.— El Cid era quien menos contento se veía por la noticia.
—Yo le creo.— Reconoció el de Acuario, ganándose la atención de los demás, aunque sus ojos seguían viajando entre el telescopio y los textos.— El mal que Mefistófeles plantó en su corazón ya no existe y estoy seguro de que él más que nadie carga con una profunda culpabilidad. Aspros no nos ha traicionado: está tratando de proteger al Santuario.
—Pero en lugar de tratar solo, debería confiar en nosotros.— Reclamó Defteros, con seguridad más resentido que sus compañeros.
—Es difícil confiar en los demás cuando los demás no confían en ti.
La voz suave pero firme de Bennu atrajo en turno la atención del resto del grupo. Si lo pensaban de ese modo, ambos estaban en una situación parecida. Un espectro que debía ser originalmente un caballero y un caballero que había terminado portando la sapuris por influencias oscuras.
Virgo fue quien acabó con el rígido silencio que se había apoderado de la reunión.
—Si no quiere que lo encontremos, no deberíamos buscarlo. Lo que me recuerda: Kagaho.— El aludido reaccionó sorprendido a la mención de su nombre.— Puedes habitar mi templo si lo deseas. Ya que Aspros no se encuentra, ocuparé su lugar en la casa de Géminis. Estratégicamente hablando, es mejor que así sea. Estarás cerca de Libra y yo de Cáncer. Y Dégel tendrá más privacidad.
Bennu y Acuario intercambiaron una rápida mirada. Luego, asintieron.
—Radamanthys ¿ya les dijiste? — Aiacos se unió a la charla aprovechando la presencia de varios caballeros. Wyvern salió de su reflexión y negó un par de veces.
—Aún no. Tuve que encargarme de algo primero.— Carraspeó. Él y el francés se odiaron con los ojos antes de que el rubio siguiera hablando.— Nuestro señor Hades enviará a parte del ejército hacia el norte, para ayudar con la defensa de Poseidón. Mi segundo al mando, Valentine de Harpía, irá con ellos.
La noticia volvió a causar silencio, pero esta vez de sorpresa. Si la idea de una alianza pendía de un hilo hace apenas un día, la resolución de Hades de ayudar con la tercera facción en peligro suponía un compromiso real.
Por desgracia, y para vergüenza del anfitrión, un gruñido de estómago afloró en medio de la calma.
—¿Todavía no has desayunado? — El Cid estaba desconcertado. Él y Albafica conocían mejor que el resto los hábitos impecables del aguador.
—Aquí está su comida.— Wyvern levantó la bolsa de papel con los ingredientes.
—¿Qué clase de desayuno es ese? —La cara de Defteros era todo un poema entre duda y envidia.
—Él dijo que tenía antojos, yo solo cumplo con traerlos.
—Estás haciendo muy bien tu trabajo.— Aiacos ya se estaba aguantando la risa.
—Si tienes algún problema…— Empezó a gruñir el juez.
—Hay algo más en la bolsa.— Dégel interrumpió la posible discusión antes que comenzara, sentenciando con total seguridad mientras fijaba sus ojos en el encargo.
—Él tiene razón, aunque me sorprende. No sabía que tu olfato fuera tan agudo.— El de géminis estaba cada vez más contrariado.
—Es un trastorno bastante común por lo que he estado leyendo.— Se excusó el aguador, cada vez más incómodo al fijarse en la bolsa.
—Ah, esto.— En el intertanto, Wyvern había rebuscado dentro de la bolsa hasta que sacó algo envuelto en papel.— Te lo ha enviado una mujer de Rodorio, dice que espera que te recuperes pronto. Es sandía.
—¿San…?
El onceavo caballero de oro no alcanzó a terminar la pregunta. Apenas Radamanthys descubrió la roja fruta, le dio una arcada, tuvo que llevarse una mano a la boca y su figura desapareció camino al baño.
De todo lo que había ocurrido en esa reunión, esa escena fue la que consiguió el mayor índice de estupefacción en el resto de los santos. El Cid parecía casi asustado.
—¿Qué sucede? — Bennu no se contuvo la curiosidad.
—A Dégel le gustan mucho las sandías.— Contestó Asmita.
—Es fanático. Además de los libros, las sandías son lo único con lo que lo he visto alegrarse tanto.— Defteros añadió.
—Esto es malo.— Susurró El Cid al final.
Mientras el pobre aguador se quejaba en el baño, los invitados decidieron abandonar el templo para dejarlo descansar. Aiacos se llevó la sandía, asegurando que Kagaho y él le darían un buen final a la fruta antes de marcharse al Inframundo para seguir con su trabajo.
Ya estando solo, el rubio volvió a suspirar. Gruñó, se revolvió el cabello y finalmente se metió a la cocina del templo para hacer el "desayuno" del omega, resignándose sin más a tener que afrontar semejante desafío en medio de una guerra sin precedentes.
