A partir del momento en que Radamanthys se instaló en el templo de Acuario para cumplir su deber como padre, la situación comenzó a empeorar rápidamente, arrastrando consigo las semanas y los meses.

Ra había demostrado ser un enemigo formidable. Se adaptaba rápido a las estrategias de los dioses griegos; retrocedía, descansaba y volvía a atacar, llevándose un puñado de soldados del Inframundo y del Santuario en cada arremetida. Procedía sin prisa, con una solidez implacable, y sus emisarios, Anubis, Thoth y Osiris parecían no necesitar más que de sí mismos para desbaratar los planes de contingencia.

Defteros traía mensajes constantes de Bluegrad. Tal y como se esperaba, el norte había sido el primer objetivo de los egipcios, buscaban quitarle la vida a Seraphine y habían tratado de sitiar el pueblo en más de una ocasión, pero la fuerza conjunta de los caballeros, los espectros y los soldados de ambas facciones habían conseguido evitar el mayor de los problemas hasta ahora. Seguramente Ra no tenía en sus planes que Hades, Atenea y Poseidón se pusieran de acuerdo, pero eso parecía solo haber disminuido la frecuencia de ataques en lugar de detenerla, en lo que suponían era la cautela necesaria para hallar un quiebre.

Por otra parte, la triada griega solo había permanecido a la defensiva y el líder de los egipcios parecía haber detectado esto, lo que tal vez era una razón más para verlo proceder con discreción. La verdad era que estaban esperando a que el mokurenji diese sus frutos para comenzar el ataque real con el rosario ya armado, a sabiendas de que, así como los espectros, los soldados de Ra también podían revivir si no se los sellaba.

Todos recordaban cómo, después de ganar la Guerra Santa, Atenea había entregado el rosario a Hades para que liberase a los espectros con la condición de que no volvieran a la superficie hasta dentro de doscientos años, cuando correspondiera volver a disputar el destino de la Tierra. Ninguno imaginaba que volverían a necesitar ese rosario después de tan poco tiempo y para derrotar a otra agrupación de dioses.

Afortunadamente, la hipótesis de Asmita estaba dando resultados y el diminuto tallo del árbol del Inframundo había crecido de forma prometedora al recibir cosmos, al comienzo solo de los caballeros y, más adelante, también de los espectros, cuando se supo que las posibilidades de que sirviera eran reales. Sin embargo, mientras más crecía, mayor era la cantidad de energía que se necesitaba y esa era la razón de que estuvieran estancados, pues nadie podía entregar tanto cosmos como para no poder defenderse en caso de que el ejército de Ra o los tres dioses se decidieran a atacar.

No obstante, para Radamanthys todo el asunto de la guerra contra Ra era solo la mitad del problema. Si bien, en más de una ocasión había tenido que salir del Santuario para proteger el Inframundo e incluso a los soldados de la propia Atenea; a pesar de que se había involucrado lo más posible para mantener a raya a los enemigos, el mayor de sus conflictos residía en un espacio mucho más pequeño: el onceavo templo del Santuario.

El paso del tiempo había hecho estragos en la personalidad del aguador, por decir lo menos. Por fortuna, los vómitos dejaron de acosarlo al término del segundo mes, pero seguía sin poder hablar de frutas, se había vuelto partidario de la carne y las escaleras representaban el principal obstáculo, pues comenzaba a marearse estando a dos metros de una. Había alcanzado un récord de nueve horas de sueño y ya era frecuente escucharlo quejarse de dolor de cabeza y de espaldas.

Tampoco era extraño que le subiera la temperatura, lo que al comienzo había alarmado al Santuario completo, pues todos sabían que el caballero de Acuario tenía parámetros más bajos que la gente normal y era técnicamente imposible, además de peligroso en exceso, que el aguador tuviera fiebre. El médico en turno había estado nervioso debido a la peculiar condición del omega, pero el temor se había disipado al descubrir que era obra del mismísimo bebé que su padre experimentara esas alzas, pues se estaba encargando de acondicionar el entorno a sus necesidades. Como resultado, le habían prohibido al onceavo santo que volviera a utilizar su cosmos hasta que el niño naciera.

A pesar de todo, Dégel se mantenía fiel a su trabajo. No había habido un solo día en que Radamanthys lo descubriera perdiendo el tiempo y eso le provocaba admiración. Sí, debía reconocerlo, ya que él mismo era un acérrimo promotor de la responsabilidad.

El médico encargado solía ir cada dos semanas para comprobar que todo estuviera en óptimas condiciones. Era solo en esos momentos en donde él y el omega podían estar en la misma habitación, compartiendo en silencio la alegría de saber que ese hijo estaba bien. Gracias a esos escasos minutos de paz, el Wyvern se animaba a resistir otros trece días, pues su paciencia rozaba el límite al menos dos veces cada jornada.

Es que la paz entre ambos nunca podía durar demasiado.

Como durante esa noche, por ejemplo.

°o°o°o°o°o°

Dégel se había levantado más temprano de lo habitual para vigilar el movimiento de las estrellas, ya que la información más reciente daba cuenta de Pharaoh en las cercanías del norte del Nilo. Con el transcurso de los meses, había encontrado algo parecido a un patrón de movimiento y estaba seguro de que muy pronto lograría adelantarse al siguiente paradero. Recuperar a Esfinge era importante para los espectros y podía ser perjudicial para Ra, Dégel investigaba afanosamente por esos dos motivos y porque quería agradecerles a su modo la protección que estaban dándole a Bluegrad y a los hermanos García.

Luego de un día bastante tranquilo, había vuelto a dormir; sin embargo, despertó poco antes de que el sol se ocultara para poder aprovechar las horas de oscuridad lo más posible antes de que volviera a darle sueño. Salió de la habitación vestido en una de las túnicas que solía utilizar cuando él y Sage realizaban sus estudios en Star Hill, pues la ropa habitual había dejado de servirle conforme su vientre crecía. Al llegar al pasillo, percibió un agradable aroma que venía de la otra habitación y confirmó con ello que Radamanthys seguía despierto, seguramente leyendo mientras bebía algo de té.

Una sensación peculiar le revoloteó en el estómago. Aunque en general su convivencia seguía siendo un desastre, podía notar que los esfuerzos del Wyvern por colaborar iban en aumento desde que su cuerpo había dado pruebas visuales de la existencia del hijo que los unía. Había comenzado a utilizar la segunda habitación del templo para leer mientras Dégel dormía, había sabido satisfacer sus antojos más extraños sin quejarse e incluso le ayudaba (aunque con mala cara) cuando el mareo o las náuseas volvían. Estuvo un momento distraído observando hacia la luz colándose bajo la puerta y luego caminó hacia el telescopio y las anotaciones.

En el escritorio, había colocado dos grandes mapas, uno del cielo y otro del mundo. Encendió una gran cantidad de velas para iluminar el espacio y se inclinó hacia el visor del telescopio. Sin embargo, antes de que pudiera encontrar la primera estrella que buscaba, una puerta se abrió detrás suyo y lo siguiente que escuchó fue un bufido inconforme.

—¿Qué se supone que estás haciendo?

—Mi trabajo.

—Te levantaste antes del amanecer durante una semana para hacer tu trabajo, no deberías estar despierto a esta hora, es tarde para ti. Vete a dormir.

—No es necesario que te preocupes tanto por mí. Conozco mis límites y mis responsabilidades. Tus compañeros cuentan conmigo para obtener una respuesta pronto.

—Baja de esa nube: no me preocupas tú, me preocupa lo que pueda ocurrirle a mi hijo por tus imprudencias.

—¿Cuántas veces te he dicho que también es mi hijo? No me trates como si fuera alguien negligente.

—Estás siendo negligente justo en este momento. Regresa a la cama ahora mismo.

—Ya basta. Seguiré leyendo un par de horas más, hasta la medianoche. No puedo dejar que el maestro Sage cargue toda la responsabilidad.

—Entonces ¿por qué suena a que eres tú quien quiere cargar toda esa responsabilidad?

—Porque por culpa nuestra estamos en esto.

—¿Por culpa…? ¿Qué diablos estás diciendo?

—Es porque tendremos un hijo que Ra ha decidido atacarnos.

—¡Maldita sea! Sabes muy bien que esto es solo una de las razones para que ese detestable dios egipcio esté a la ofensiva. Si solo fuera esto, no estaría atacando el norte ni el Inframundo.

—¡Tengo que hacer la lectura! ¡Es lo único que puedo hacer para ayudar! Si no fuera por este hijo, podría estar en Bluegrad, ayudando a mis amigos, y tú no tendrías que estar aquí.

—¿Ahora la culpa es del bebé? Escúchate hablar, basura.

—¡La culpa es tuya! ¡Es tuya y de tu pésima actitud! ¡Si me hubieras escuchado, nada de esto estaría ocurriendo! ¿Qué es esa historia de hacerte responsable al venir aquí? ¡Es que el orgullo no te ha dejado otra alternativa! No te bastó con lo que ocurrió en Egipto, sino que tenías que venir. Tenías que conseguir un buen asiento para poder llevarlo contigo al Inframundo a la primera oportunidad. Eres un buitre. Tú eres la basura.

Después del potente descargo, Dégel alcanzó una silla y se sentó con los codos apoyados en el escritorio, escondiendo el rostro entre sus manos para tranquilizarse. Desde que Radamanthys había llegado, ese había sido su principal temor. Sabía que el espectro tenía esas intenciones desde el comienzo, así como sabía que, el día en que decidiera llevárselo, no contaría con las fuerzas para oponerse.

El Wyvern se mantuvo en silencio, contrariado en más de un sentido. La sangre le ardía en las venas como si fuera lava, presa de un violento deseo de despotricar como lo había hecho Dégel justo ahora. Tenía razón, pero a la vez estaba muy equivocado. No obstante, no consiguió articular palabras antes de que el aguador agregara una última cosa.

—¿Sabes? Incluso entre dos personas que no se soportan, existe un límite para hacerse daño.

Dijo el peliverde con la voz quebrada y enfrentándolo con una expresión llena de angustia.

El juez del Inframundo tuvo que salir en ese mismo instante del templo.

¿Es que acaso creía que deseaba llevarse al bebé solo por el placer de hacerle daño? ¡Ese desgraciado! ¡Maldita sea! ¿Qué tan equivocado podía estar un hombre? ¡Había muchas más razones para hacerlo! ¡Demonios! ¡Él era el que había querido ser padre desde el término de la Guerra Santa! ¡¿Quién diablos se creía que era?! Estaba tan molesto como no recordaba haberlo estado en meses. Tenía la seguridad de que si gritaba en ese instante, podría enviar por el aire al menos la mitad de las doce casas.

Aunque… pensándolo de otro modo, no había forma de que Dégel conociera su situación real, pues nunca se la había mencionado y no tenía la más mínima intención para hacerlo. ¿Por qué debía confiarle sus intimidades a un miserable caballero? No obstante, si el tema continuaba estresando al omega por más tiempo… podía hacerle mal al bebé, ¿cierto?

Esperaba tener tiempo a solas para reflexionar y decidir mientras se quedaba fuera del templo, pero sus ideas se vieron truncadas debido a una silueta que aterrizó gentilmente ante él.

—¿Minos? ¿Qué haces…?

—Es Valentine.—

En dos segundos, sintió que su estómago se revolvía y que sus planes cambiaban drásticamente.

—Es grave. No podemos garantizar que sobreviva.

Antes de que pudiera encontrarle sentido al mal augurio, el par de jueces desapareció en una densa nube negra, rumbo al Inframundo.

°o°o°o°o°o°o°

—Valentine.

La voz del dragón heráldico resonó con fuerza en la prisión de las Pirámides, callando todos los murmullos y las quejas. Era toda una novedad que el tercer juez se apareciera después de tanto tiempo; no tan novedoso, por supuesto, era el motivo de su ausencia. Tan sabido era el asunto de su hijo que ya nadie se entretenía siquiera chismeando al respecto. Radamanthys ignoró por completo que había llamado la atención de todos los heridos y cruzó el recinto hasta llegar a la cama donde reposaba su segundo al mando.

Desde que Pharaoh había abandonado su puesto, las Pirámides se habían convertido en la enfermería del Inframundo, luego de que el número de heridos superara la cantidad de habitaciones que una prisión habitada podía ofrecer. Además, contaban con la protección de Cerberos, el que hasta ahora lo había pasado de lo lindo descuartizando soldados egipcios en cada ataque.

El Wyvern observó con seriedad las múltiples heridas del pelirrosa y enseguida se dirigió al Nigromante, quien estaba a cargo del refugio según el Grifo.

—Explícame la situación. ¿Cómo terminó en estas condiciones y por qué no se está recuperando?

—Hasta donde tengo entendido, enfrentó solo a uno de los dioses, el tal Anubis. Evidentemente, no fue rival para él, pero uno de los santos le salvó el pellejo y se retiraron antes de que fuera demasiado tarde. Luego, contactaron a Cáncer y él lo llevó hasta Yomotsu. La alianza está funcionando mejor de lo que esperaba, si me permite.— Añadió un jocoso Byaku mientras limpiaba con perturbadora abnegación las lesiones del joven Harpía.

—Continúa.—Lo instigó el juez, frunciendo un poco el entrecejo.

—Ahora viene lo importante: por las malas, descubrimos que no podemos recuperarnos de los ataques de los tres dioses egipcios, aunque estemos en el Inframundo. No se trataba solo de no revivir si moríamos en sus manos; de alguna forma, han conseguido herirnos de un modo que escapa a las bendiciones de Hades sobre nosotros. Los daños no se regeneran con facilidad. En palabras simples…

—No somos más que humanos si cualquiera de ellos tres nos ataca.— Musitó Radamanthys. Nigromante sonrió.

—Usted lo ha dicho, Wyvern. No tenemos ventaja alguna sobre Ra. Estamos al mismo nivel de los caballeros.

Esa era una pésima noticia. No solo por lo que decía derechamente, sino por lo que implicaba. Todos los espectros tenían la soberbia seguridad de que solo el rosario amenazaba su existencia, lo que los animaba a luchar sin demasiada precaución. Ahora que eran tan vulnerables como cualquier ser vivo, la seguridad y la moral de las tropas seguramente se iría al suelo. No podían revivir, tampoco regenerarse como acostumbraban. Todos los que habían muerto, no volverían.

—Se…Radamanthys, señor…

De pronto, la voz agotada de Harpía surgió e hizo espabilar al rubio, quien acercó al borde de la cama.

—No te esfuerces, descansa. Has peleado bien.

Fueron las palabras que le dedicó el Wyvern a su subordinado, mas no se esperaba generar una reacción como la que obtuvo.

—¿Qué está… haciendo aquí? — El pelirrosa frunció el entrecejo al confirmar que no era un delirio. Radamanthys se vio desconcertado.

—Vine a comprobar tu estado. Me dijeron que podrías morir.

—Por favor… no se burle de mí.

—¿Valentine?

—Me atacaron porque saben que usted es mi superior. Insultaron su nombre y quise defenderlo; me vencieron, barrieron el piso conmigo, y aquí estoy, vivo y humillado; pero eso no tiene por qué importarle.

—Por supuesto que me import…

—Sus prioridades son otras, señor Radamanthys. Anubis esperaba que usted apareciera en algún momento si veía que yo estaba en aprietos, pero eso no ocurrió. Me desechó cuando supo que no le servía; ni siquiera me vio como a un oponente. No era más que un utensilio para atraerlo, para acabar con usted ¡porque tuvo la estúpida idea de tener un hijo con un caballero!

—Tranquilízate, Val…

—¡No me pida que me tranquilice! ¡Por favor, no me humille más! Yo podría dar mi vida por usted, lo sabe, pero estoy harto. Ahora mismo, estoy harto. Por ese hijo, ha permitido que mancillen su imagen hasta lo vergonzoso. Si ese bebé no existiera… por todos los dioses. Fui atacado por una decisión suya que nada tiene que ver conmigo ni con Hades. No diga que le importo si es capaz de ir hacia donde alumbra el sol al mínimo incentivo. Por favor, regrese al Santuario, no le creo a un hombre cuyas prioridades cambian tan rápido, aunque ese hombre sea usted.

Si acaso Valentine tenía intenciones de continuar su descargo, una fuerte convulsión lo impidió. Después del exabrupto, el espectro comenzó a toser sangre y Byaku tuvo que intervenir rápidamente. Se excusó con el juez y arrastró la camilla del pelirrosa hacia el interior de una habitación para poder tratarlo.

El rubio quedó clavado en su lugar. El silencio se había cargado de tensión y ninguna palabra se escuchó incluso varios minutos después de que Wyvern desapareciera del mismo modo en que había llegado.

°o°o°o°o°o°o°o°

Después del episodio con Valentine, había decidido quedarse en Caina a solas para poder reflexionar. ¿Por qué demonios era él el responsable de lo que estaba ocurriendo según la gente a su alrededor? ¿Qué les había dado a todos por echarle la culpa? No había quien no supiera cómo funcionaban las relaciones entre los alfa y los omega, así como lo difícil que era resistirse al efecto de las feromonas. ¡Era conocimiento público! Él era solo una víctima más de ese lío y estaba tratando por todos los medios de sobreponerse al desliz para ayudar en la guerra.

Regresó al templo de Acuario cerca de la medianoche tras haberse calmado. No conseguía nada quedándose en el Inframundo, lo mejor que podía hacer era seguir cuidando el estado de su hijo y esperar a que Aiacos le informara o le pidiera ayuda en otra batalla.

Las velas de la biblioteca seguían encendidas. Encontró a Dégel escribiendo algo en uno de los cuadernos; el aguador dejó la pluma a un lado y se quitó las gafas para poder masajearse los ojos. Luego, comenzó a apagar las velas. Al darse la vuelta para apagar las del escritorio, lo descubrió observándolo y tuvo un pequeño sobresalto. Hicieron contacto visual, mas el aguador apartó la vista primero y terminó de apagar las velas para luego desaparecer en silencio por el corredor hacia su habitación.

Radamanthys lo siguió con la mirada fija en el vientre hasta que lo perdió de vista.

"Si no fuera por este hijo…"

Las palabras de Dégel resonaron en su cabeza. Si no fuera por ese hijo, no habría necesidad de torturarse a diario.

"Si ese bebé no existiera…"

Recordó las palabras llenas de frustración de Valentine. Si el bebé no existiera, él podría haber estado luchando a su lado, lejos del Santuario.

¿Por qué parecía que la mera existencia de su hijo le causaba problemas?

¿Acaso era mejor…?

¿Acaso había sido un error desde el principio?

Si terminaba con todo ahora ¿se acabarían también los problemas?

Dégel estaba terminando de colocarse el largo pijama, por eso no logró reaccionar a tiempo cuando la puerta se abrió de golpe, provocando un gran estruendo.

Antes de que pudiera hacer cualquier cosa, su centro de gravedad cambió. Radamanthys lo había arrojado con fuerza a la cama, se había colocado encima de él y antes de que pudiera defenderse, le había apresado el cuello con una de sus manos.

—¡Rad...!

Trató de gritar, pero la presión en su garganta no se lo permitió. Utilizó las dos manos para intentar aflojar el agarre, pero era inútil si no elevaba su cosmos. Cambió de estrategia tan rápido como pudo y estiró un brazo para llegar hasta el rostro de su oponente. Los ojos azules del Wyvern brillaban con un aire siniestro que jamás le había visto, podía leer en ellos la clara intención de quitarle la vida y, por primera vez, sintió pánico ante esa mirada.

"No diga que le importo si es capaz de ir hacia donde alumbra el sol al mínimo incentivo."

—¡No es como si no lo hubiéramos intentado!

Vociferó el juez fuera de sí al recordar las quejas del malherido Valentine. Que fuera el mismo Harpía el que le dedicara esas palabras le había afectado más que cualquier otra cosa.

Lentamente, dejó de apretarle el cuello al santo de Acuario y, en cambio, aprisionó su cabeza, mientras levantaba su mano faltante con la resolución infalible de colocar el punto final.

—Ninguno de tus compañeros quería que naciera, así como ninguno de los míos lo aprobaba. Terminemos con esto, solo nos está causando problemas.

—¡Yo no te pedí que te involucraras! ¡Maldición, Radamanthys! ¡Déjanos en paz! ¡Es lo que te dije desde el comienzo! ¡Radamanthys! ¡Detente, no decidas por tu cuenta! ¡Radamanthys!

Al verse liberado de la garganta, el de Acuario rompió a gritar con todas sus fuerzas mientras utilizaba los brazos y las piernas para tratar de zafarse, pero simplemente no alcanzaba para disuadir al espectro.

El alfa concentró cosmos en su mano y la colocó sobre el crecido vientre. Solo bastaba con que fuera el bebé, no tenía sentido acabar con Dégel: eso pondría en riesgo la alianza.

Entonces, recibió un golpe.

No fue un golpe deslumbrante surgido de una técnica implacable ni fue un golpe fundado en la desesperación absoluta. No, fue un golpe mucho más débil, mucho más suave y que, aun así, bastó para derrotarlo en cada aspecto posible.

Su hijo, el hijo al que estaba tratando de asesinar, acababa de patear contra la palma de su mano.

Una sensación imposible de explicar removió todo en el interior del Wyvern. Lo primero a lo que atinó fue a retroceder, a alejarse, a huir, pero ahora fue Dégel quien no se lo permitió. Mantuvo la mano ajena en su vientre utilizando las dos suyas y, aunque la desventaja era evidente, Radamanthys no consiguió separarse más. De un momento a otro, sus fuerzas desaparecieron y sintió que todo el cuerpo le temblaba.

Los dos forcejearon un momento. El ganador esta vez fue el caballero.

Una, dos, tres golpecitos contra su temblorosa mano. Radamanthys estaba asustado, no podía negarlo. Francamente, estaba aterrado y no podía entender la razón.

—No es tan sencillo.

Dégel habló primero, el rubio levantó la mirada y descubrió que el paladín, tan agitado como él, tenía el rostro empapado con gruesas lágrimas y le clavaba una profunda y afligida mirada amatista.

—No puedes acabar con una vida indefensa tan fácilmente.— Continuó el santo, ya que el dragón no era capaz de hablar.— Eso que sentiste es nuestro hijo y si no lo quieres… no puedes simplemente decidir quitarle la vida porque no te conviene. Te jactas de que eres un juez, pero… ¿en qué parte de tus acciones ves justicia?

Despacio, el francés soltó la mano ajena y se limpió el rostro mientras intentaba reponerse.

El dragón heráldico tardó un poco más en reaccionar. En esos momentos, se sentía como la peor bazofia del mundo. Estaba avergonzado, arrepentido, sensaciones que nunca habían sido habituales en él.

A pesar de que el omega ya no lo obligaba, mantuvo la mano en su vientre y con el pulgar le dio una torpe caricia. ¿Qué culpa tenía su hijo?

—¿Cuánto tiempo lleva moviéndose?

—Empecé a notarlo hace una semana.

—¿Por qué no me dijiste?

—¿Cuántas veces te has detenido a escuchar lo que tengo que decirte? Tú mismo lo has dicho: te preocupas por nuestro hijo, no por mí. No más de lo que necesitas para asegurar su bienestar. Aún no bajas la guardia: es imposible hablar contigo de esa manera.

El Wyvern escuchó la respuesta con atención. No tenía manera de defenderse, pues era justamente el modo en que había estado actuando. Hasta ahora, el omega no era más que el obstáculo que lo separaba de su hijo; ni por un segundo se había detenido a verlo como el responsable de que siguiera vivo, sino que lo notaba solo en ese momento, luego de que en serio le impidiera asesinarlo.

Bajó los hombros, cerró los ojos y, lentamente, inclinó el cuerpo hacia adelante. Para sorpresa de Dégel, apoyó la frente justo a un lado de donde tenía su mano.

—Lo siento.

El santo de Acuario no respondió. Observó en silencio cómo el alfa recargaba el rostro contra su estómago y así permanecieron los dos hasta que la tensión acabó por desaparecer.

°o°o°o°o°

A las dos de la mañana, ambos seguían despiertos. Era difícil dormir después de lo ocurrido, pero habían llegado a un silencioso acuerdo. Dégel lo había invitado a quedarse cerca y ahora descansaban en la misma cama, el pecho de peliverde contra la espalda de Radamanthys y las manos de los dos rodeando el vientre del caballero.

No era que la relación de los dos hubiera mejorado, pues una enemistad tan grande no se revertía de la noche a la mañana. Solo se trataba de que habían encontrado un punto de acuerdo: un hijo. Y el episodio anterior había reforzado ese único vínculo en el que coincidían. Radamanthys había tenido la oportunidad de acabar con todo y no lo había hecho. Dégel le reconocía eso.

—Mi intención no es simplemente hacerte daño.—

Al cabo de las horas de silencio, la voz del rubio fue la primera en surgir. Había llegado a la conclusión de que sus problemas no se detendrían si no hablaba. El santo movió un poco la cabeza en señal de que le ponía atención. Radamanthys respiró profundo, suspiró y siguió hablando.

—Cuando se terminó la Guerra Santa, supimos que estaríamos en el Inframundo hasta que muriéramos definitivamente. Sin tener que pensar en la batalla, el reino de Hades alcanzó su propia versión de una época de paz; entonces pensé… que no sería mala idea tener un hijo.

—Así que ¿sí lo intentaste? —Susurró Dégel, animándolo a continuar.

—Lo intenté. No fui el único que tuvo la idea. Tener una eternidad para gastar realizando las mismas tareas una y otra vez se volvería agobiante tarde o temprano. La idea de que hubiera niños se volvió atractiva... Valentine también es un omega.

—¿Tú y él…?

—Quiso apoyarme como mi subordinado y yo no creía que hubiera alguien más confiable y capacitado. Pero no funcionó. Lo intentamos muchas veces y nunca ocurrió. Después, comenzaron los ataques de Ra y volvimos a estar en guerra. Muchos de los soldados que murieron tendrían hijos muy pronto y el resto de nosotros no tardó en deshacerse de la idea de tener una familia. Luego, tú y yo nos encontramos en Egipto. Sigo sin entender por qué, pero contigo sí dio resultados. Aunque no quería, pensaba en qué sucedería si decidías no tenerlo o si lo tenías sin que yo supiera. Si lo tenías por deber, pero no lo deseabas, me lo llevaría al Inframundo a la primera oportunidad.

—Pero lo tendré y sí lo deseo.

—Me doy cuenta.

—Entonces… ¿qué vamos a hacer?

—…No lo sé.

Suspiraron al mismo tiempo.

Radamanthys no se atrevía a decirle aún que, en realidad, ya había tomado una decisión. Por su parte, Dégel no dejaba de pensar en lo horrible que todo aquello debía ser para Valentine, pues era obvio que el único que seguía sin darse por enterado era el Wyvern.

El espectro se levantó de la cama, el paladín de Acuario lo siguió con la mirada, sorprendido, y vio que se dirigía hacia la puerta.

—Deberías dormir. Estaré en la otra habitación.

—Sí… buenas noches.

Cada uno agradeció a su modo el quedarse a solas, pues aún les quedaban muchas cosas por reflexionar.

Aunque, en el caso del francés, ni siquiera resistió cinco minutos antes de quedarse completamente dormido, mientras el inglés utilizaba toda la noche para pensar y leer.