No habían vuelto a tener grandes discusiones luego de la tensa crisis ocurrida a los cinco meses. Al menos dentro del templo de Acuario, el ambiente se mantenía estable. Y realmente solo dentro del templo, pues la guerra no hacía más que prolongar la tensión en los ánimos de todos. Ra había descubierto el plan del árbol del Inframundo y había concentrado al grueso de su ejército en la cascada, donde se producían interminables batallas contra los soldados de Hades y los caballeros de Atenea. El calibre del enfrentamiento había requerido de la participación de santos de bronce y plata, además de los dorados, todos distribuidos entre Bluegrad y el Santuario. El trabajo de los dorados y las estrellas de Hades de alimentar al mokurenji avanzaba cada vez con mayor lentitud, pero la respuesta hostil del dios egipcio había servido al menos para confirmar que sí podrían sellarlo con el rosario.

Por otra parte, los tres jueces de Ra habían adoptado la estrategia de atacar los tres frentes al azar. No obstante, Osiris era quien menos presencia tenía, por lo que había sospechas de que su trabajo principal era encontrar a Aspros. Al fin y al cabo, el plan del mayor de los géminis había servido y les evitaba un problema importante. Aunque no era el escenario más alentador, la alianza griega resistía. Pese a las bajas, se mantenían firmes y sabían que podrían luchar hasta que el árbol diera los frutos o hasta encontrar a Ra. Mientras tanto, cada soldado, espectro, guerrero azul y caballero daba lo mejor de sí.

Entre ellos, estaba Dégel. Su teoría del patrón de Pharaoh había acertado y ahora solo necesitaba predecir cuál sería el siguiente lugar donde aparecería. El caso era que Esfinge salía a la superficie a confirmar que no hubiera enemigos a la vista y, después, desaparecía en torno a los bosques del Nilo, siempre en lugares distintos. Sin embargo, se trataba de movimientos muy bien calculados, tal parecía que Ra no se separaba del río, sino que se desplazaba a lo largo de este y entre las dos orillas. Por eso era tan difícil seguirle el paso, tanto que seguía sin aparecer ante la vista de nadie.

Por supuesto, como el santo de Acuario tenía cada vez más dificultades para moverse, Kagaho y Radamanthys habían decidido ayudarlo durante la lectura para poder recuperar a Pharaoh. Sage le había pedido que se enfocara exclusivamente en esa tarea, mientras que él procuraba mantener la lectura de todo lo demás, porque existía la gran posibilidad de que Esfinge fuera los ojos de Ra en la superficie y en el Inframundo, siendo un ex espectro que había luchado contra sus enemigos.

Para conseguir que Wyvern y Bennu le fueran de suficiente utilidad, había tenido que emplear un mes entero para enseñarles los rudimentos básicos de la lectura de estrellas. Había condensado la información lo mejor que había podido y, aunque al comienzo había sido una constante de fallos, en el presente ya podían entender cuando les mencionaba coordenadas. En cuestión de semanas, lo único que Dégel necesitaba hacer era observar a través del telescopio y luego dar instrucciones.

Esa mañana, Dégel salió de su habitación y descubrió que Radamanthys ya lo esperaba en la biblioteca para comenzar a trabajar. La noción de que solo necesitaban esforzarse un poco más para adelantarse al próximo movimiento de Pharaoh tenía bastante motivados a sus nuevos asistentes.

Radamanthys le dio una caricia al gran vientre del omega y recibió una patadita a cambio. Últimamente, se movía con mucha frecuencia y eso tenía satisfecho al médico y a sus padres. Nadie olvidaba que un mestizo de santo y espectro era un evento sin precedentes en la historia, por lo que debían estar atentos a cada detalle o señal.

Después de desayunar, comenzaron el trabajo. Como Dégel no podía ver las estrellas durante el día, se dedicaban a descifrar las anotaciones hechas la noche anterior, aunque de un tiempo a esta parte, el aguador solo ofrecía apoyo cuando el dragón lo solicitaba. Había descubierto que Radamanthys era mucho más inteligente de lo que había llegado a imaginar y rara vez necesitaba explicarle más de tres veces un mismo procedimiento para que pudiera llevarlo a cabo por sí mismo.

Llevaban un par de horas trabajando, el Wyvern de pie ante el escritorio, buscando entre libros y mapas y escribiendo en las hojas, y Acuario sentado a su lado, corrigiéndolo en el proceso. De un momento a otro, el paladín de la penúltima casa alzó la voz.

—¿Has pensado en algún nombre?

Preguntó, sin siquiera levantar la vista de las correcciones.

—¿Disculpa?

Radamanthys tampoco dejó su labor, ni siquiera parecía haber entendido la pregunta.

—Un nombre para nuestro hijo. ¿No se te ha ocurrido ninguno?

Otros dos segundos pasaron antes de que procesara el tema en cuestión y la pluma en su mano pasó de largo en la hoja, rajándola por la mitad. El rubio encaró al peliverde con expresión de haber sido tomado totalmente desprevenido. El francés levantó ambas cejas, tan sorprendido como el propio ojiazul.

—Ni siquiera se te había pasado por la cabeza.

—Eso… no, es solo que…— No necesitó tiempo adicional para sentirse como un tonto. ¡Era algo tan obvio! Por supuesto que su hijo necesitaría un nombre. Arrugó un poco el ceño y sacudió la cabeza para despejarse.— ¿Tú sí? ¿Ya… has pensado en algún nombre?

—Oui. Si es niño, quisiera llamarlo Krest. Pero eso es algo que debemos acordar los dos.

Estaba impresionado. No solo porque de un tiempo a esta parte habían comenzado a llamarlo "nuestro" hijo, sino que, además, Dégel tenía contemplados aspectos que él ni siquiera consideraba y, por si fuera poco, estaba tomando en cuenta su opinión. En el sentido más básico de la palabra, se sentía conmovido.

—Pensaré en algo.— Dijo al final, para salir al paso.

—¿Radamanthys?

—¿Ah?

—Ese no es tu verdadero nombre ¿cierto?

Las rápidas conclusiones del erudito llegaban a abrumarlo a veces, como ahora. No tenía sentido que lo ocultara, pensó, así que dejó de lado las anotaciones y sentó frente al peliverde, al otro lado del escritorio.

—No, no lo es. Es un título ¿Cómo lo descubriste?

—El caballero de Tauro hace lo mismo. Aldebarán de Tauro es un título, el nombre verdadero del santo de esta época es Hasgard.

La sorpresa se apoderó con tanta fuerza del rostro del Wyvern que no tuvo tiempo para disimularlo, logrando que una sonrisa surgiera en las facciones del omega.

—¿A qué viene la pregunta?

—Me pareció extraño que no hubieras pensado en un nombre para el bebé, pero tiene sentido si ustedes pierden la costumbre de usar sus nombres a cambio de un título. ¿Es igual con todos los espectros?

—Solo con algunas estrellas celestes.

—Entiendo… en ese caso, ¿cuál es tu verdadero nombre?

—Es… Raphael.

Se sintió extraño pronunciarlo después de tantos años; su nombre le era tan poco familiar que había dudado un momento en decirlo, casi inseguro de que de hecho fuera ese. Dégel no estaba menos sorprendido; enterarse de que sus enemigos jurados tenían otra identidad era intrigante cuanto menos.

—Con que Raphael… ¿por qué no le das tu nombre?

—¿Qué cosa?

—A nuestro hijo ¿por qué no lo llamamos Raphael?

—¿Estás…? ¿Qué hay de…?

—Me agrada ese nombre.

La conversación iba demasiado rápido para el Wyvern, tratándose de un tema que no manejaba tan bien como querría. ¿Acababa de decirle que no le molestaba utilizar su nombre original para su hijo?

—…De acuerdo.

—Si es niña, escogeré el nombre yo.

El rubio sintió un revoltijo en el estómago. ¿Dégel siempre había sido así de comprensivo? ¿Cómo es que venía a darse cuenta recién ahora?

Agradeció con cada fibra de su ser el haber detectado la presencia de Kagaho cerca del templo. Se puso de pie, dando por terminada la extraña conversación, y salió a recibir al espectro de Bennu.

Una vez que estuvo el equipo de trabajo completo, retomaron la investigación.

°o°o°o°o°o°

Otras tantas horas transcurrieron mientras progresaban.

De pronto, el azabache dejó caer su pluma, se puso de pie y buscó rápidamente la mirada del aguador.

—Creo que lo tengo.

Los dos mayores dejaron de prestar atención a los mapas y atendieron a la explicación ajena.

—Es un poco aventurado, pero tengo la sospecha de que Pharaoh se mueve por el Nilo según la posición del Sol. Miren esto.

La expresión de Dégel cambió radicalmente al ver plasmados en el mapa los trazos circulares que marcaban el desplazamiento del espectro secuestrado.

—Va de norte a sur según la posición del sol y en contra del reloj y luego regresa de sur a norte y a favor del reloj, siempre en un rango de un par de kilómetros; por eso es tan difícil encontrarlo. A simple vista, parecen movimientos al azar, pero tiene una estrategia.

—Tenemos que informar esto de inmediato e ir a atraparlo.—Sentenció Radamanthys.

—Es cuestión de saber qué día y a qué hora irán.—Acompañó Kagaho.

—Lo tenemos.— Asintió Dégel.— Y es posible que con él, también encontremos a Ra. Bien hecho, Kagaho.

El joven espectro de Bennu puso una expresión acomplejada al recibir la felicitación: falta de costumbre.

—Iré a decirle a Aiacos. Seguramente querrán que Minos ayude a atrapar a Pharaoh.

—Tomaré su lugar en el Inframundo si llega a ir, envía mi mensaje.

Bennu asintió; luego, se marchó corriendo.

Sin embargo, los dos hombres que quedaron en el templo no alcanzaron a relajarse. Unos pasos resonaron poco después y se ganaron la atención de santo y espectro.

—He visto al muchacho Kagaho irse con prisa, ¿he llegado en mal momento?

—Non, de hecho, llega justo a tiempo.

—Ah, eso es bueno. En ese caso, movámonos a la habitación para constatar que todo esté en orden.

Radamanthys asintió y ayudó a Dégel a levantarse para ir al examen de rutina con el médico.

°o°o°o°o°o°

—Ahh, tanta actividad me agota de solo escucharla.

Un suspiro lleno de satisfacción brotó del experto al cabo de cinco minutos de examinar minuciosamente el gran estómago del omega. El hombre en cuestión trabajaba en Rodorio y en la Fuente de Atenea y se había convertido en el médico de cabecera del santo de Acuario por voluntad propia, bastante interesado al escuchar la historia de un caballero omega en esas circunstancias.

Para Dégel fue imposible reprimir una sonrisa al oírlo tan conforme, así como Radamanthys se mostró mucho más relajado después de una creciente tensión. No debían relajarse ni dar nada por sentado hasta que el bebé hubiera llegado sano y salvo al mundo.

—¿Te has sentido bien, Dégel?

—Solo tengo molestias lumbares, el resto está en orden.

—¿Qué hay de la temperatura?

—Oui, me he acostumbrado a la sensación de calor, ya no es un impedimento.

—¿Has utilizado tu cosmos?

—Non. No he tenido necesidad de hacerlo gracias a Radamanthys.

El aludido resopló vigorosamente cuando las dos miradas se detuvieron sobre él.

—Es bueno saberlo. Hablando de Radamanthys ¿tú te has sentido bien? ¿los antojos ya acabaron?

—Creí haber dejado eso claro la última vez.

Ahora, carraspeó, más avergonzado que incómodo, pero manteniendo la dignidad y los brazos cruzados a la altura del pecho. Dégel se llevó una mano a la boca para contener una risa: nunca olvidaría que el juez había manifestado síntomas de embarazo psicológico.

A pesar de que, según sus propias palabras, los espectros no tenían necesidades básicas, lo había descubierto varias veces desparramado sobre el escritorio, durmiendo plácidamente, o en la cocina, comiendo a escondidas parte de los platos que le preparaba, eso durante unos cuatro meses. Por fortuna para el orgulloso dragón, había logrado subyugar esos comportamientos irracionales al cabo del tiempo.

—Es bueno e interesante escucharlo.— Retomó el médico, sin resistirse a sonreír.— Ahora, Dégel, dijiste que habías tenido molestias lumbares. ¿No ha habido más síntomas?

—Ah, non. Nada más, pero… ¿no da la impresión de que ha crecido demasiado para tener apenas seis meses? He leído al respecto y quería consultarlo con usted. ¿Es posible que el diagnóstico se haya retrasado?

—Excelente, como se esperaría del más sabio de la orden, tus percepciones son muy acertadas. Aunque no se trata de eso precisamente, quería hablarles al respecto.

La expresión del Wyvern no tardó en cambiar.

—¿Qué ocurre? ¿Sucede algo malo con el bebé?

—¿Es una mala señal? —Secundó el aguador.

—No, no. Tranquilos, no se asusten.— El médico enseñó ambas manos en señal de calma y comenzó a jugar con su incipiente barba.— Es solo que no quise aventurar nada hasta tenerlo confirmado y es precisamente lo que acabo de hacer.

—¿De qué habla?

El francés había comenzado a apretar su vientre.

—Dígalo de una vez.

Y la relativa paciencia del rubio había desaparecido.

—Mis estimados padres, no sé cómo vayan a recibir esta noticia, pero al menos yo tengo el agrado decirles que su hijo en realidad… son dos.

Después de aclarar el panorama, el médico tuvo un minuto exacto de silencio para contemplar cómo el alfa y el omega compartían la misma expresión vacía de no entender; cómo esta pasaba lentamente a una de sorpresa inconmensurable, cómo se miraban con las bocas abiertas y cómo, más tarde, esas dos miradas pasmadas volvían a él con el doble de intensidad.

—¿Qué dijo?

—¿Qué dijo?

Preguntaron a la vez. En los seis meses que llevaba a cargo del caso, era primera vez que veía a esos estoicos hombres tan sincronizados y fuera de sí.

—Lo que escucharon; tendrán dos hijos. Felicitaciones.

El aire parecía negarse a entrar a los pulmones de ambos, pues parecían peces fuera del agua, abriendo y cerrando la boca, superados por la confusión. Radamanthys no sabía qué estaría pasando por la mente del Dégel, pero en lo que respectaba a él, la noticia solucionaba de raíz el principal conflicto. En cuanto nacieran, podrían criarlos por separado, ninguno de los dos perdería la oportunidad. Era perfecto, aunque… la idea le producía una sensación agridulce. Era el egoísmo puro de ser padre, imaginaba. Tenía que hablarlo de inmediato con el aguador.

El médico se marchó poco después de terminar con el resto de las evaluaciones, dejando a un santo y un espectro sumidos una vez más en sus pensamientos.

El inglés se subió a la cama y se quedó tendido al lado del francés, los dos con la vista hacia el techo y con una mano sobre el vientre de la dichosa noticia.

—Radamanthys… —Susurró el peliverde al cabo de un rato.— ¿Qué vamos a hacer?

—Yo me llevaré a uno de los niños y tú te quedarás con el otro.— Contestó el espectro con toda tranquilidad, como si fuera lo obvio.

Sin embargo, comprendía el trasfondo de la pregunta, pues él mismo ya no se sentía conforme, como lo había estado minutos atrás, al verse cuidando a uno de ellos sabiendo que habría otro lejos. Dégel había cedido varias veces a lo largo del proceso; asumía que era hora de que él hiciera lo mismo.

—Escucha…—Había empezado el de ojos amatista. Sabía que era la decisión obvia y le daba la impresión de que estaba volviéndose demasiado exigente. Para su sorpresa, el rubio lo interrumpió.

—No dejarás de verlo.

—… ¿Qué?

—Según lo permitan las condiciones, vendré con él.

—¿Lo dices en serio?

—Es lo justo. Tampoco quiero dejar de ver al que se quedará contigo; supuse que pensarías igual. El Santuario y el Inframundo son aliados ahora, así que no debería ser un problema.

Si el dragón de Hades no giró la cabeza para ver al otro, fue exclusivamente porque podía sentir el par de ojos violeta observándolo, demostrando la incredulidad y el alivio de su dueño.

—Gracias.

Un escalofrío le recorrió la columna al sentir una mano del acuariano sobre la suya, presionando agradecido contra su vientre. Recordaba de sus batallas lo frío que Dégel era al tacto, por lo que sentir su calor parecía casi irreal. En la ocasión, fue él quien no respondió, no tenía sentido. Después de todo, Dégel no podía viajar al Inframundo, mientras que él tenía todas las facilidades para desplazarse entre este y el Santuario.

Se quedaron ahí hasta que la presencia de Bennu advirtió su regreso al templo y debieron abandonar la habitación para conocer los siguientes pasos a seguir.

Apenas los dos espectros hicieron contacto visual, Radamanthys supo que debería marcharse.

—Minos, Sylphide y Violette irán en seis horas. Te necesitan dirigiendo al ejército en el Inframundo.

—Iré ahora mismo. Dégel.

—Lo tendré todo bajo control.

Hubo un intercambio de miradas, un asentimiento y finalmente el mayor de los espectros vistió su sapuris y se fue.

Ni siquiera tuvo tiempo para notar que había llamado al omega por su nombre por primera vez.

°o°o°o°o°o°

El relevo fue inmediato.

Minos dejó su puesto en la vanguardia apenas Radamanthys llegó y se marchó con las otras dos estrellas celestes para determinar cuál era la mejor hora para una emboscada. Su posición actual era en torno al mokurenji, el árbol sagrado que Queen de Alraune custodiaba para, a su vez, proteger a Asmita de Virgo de los ataques sorpresa, pues el santo de oro cumplía con su labor de transmitir el cosmos proveniente de los caballeros en el Santuario y aquello requería de una enorme concentración.

Además de Virgo, Cáncer aparecía esporádicamente a ayudar, pues su trabajo consistía en viajar entre el Santuario, Bluegrad y el Inframundo para transportar heridos y mensajes.

No era como que las circunstancias alrededor del árbol estuvieran en estado crítico; el detalle recaía en que el ejército de Ra y el de Hades tenían la misma particularidad: podían revivir gracias a las bendiciones de sus respectivos dioses. Por lo tanto, se trataba de una batalla infinita que dependía exclusivamente de los números. De ahí que fuera necesaria la presencia de personas con mayor poder en los tres frentes, fueran estrellas celestes o terrestres o santos de Atenea, pues cada vez que Anubis, Thoth u Osiris aparecían en el campo de batalla, arrasaban con los soldados de los dioses griegos, volteando las cifras a su favor. Los soldados del Inframundo no podían revivir si morían en manos de cualquiera de la triada egipcia.

No obstante, había algo que mantenía intrigados a todos: la cautela con que estaban procediendo. Era una guerra de desgaste. Estaban esperando a que uno de los frentes hiciera un movimiento en falso para arrojarse con todo, así como también era probable que Bennu fuera la pieza esencial que los retenía y les faltaba para que el propio Ra decidiese intervenir en su jurado plan de exterminio y dominación.

En ese aspecto, Radamanthys había asumido el mando con prudente tranquilidad, pues esperaba que su presencia evitara la llegada de alguno de los enemigos africanos más poderosos.

Ni siquiera sospechaba que, estando allí, lograría justamente lo contrario.

En las horas que llevaba patrullando, había utilizado sus violentos rugidos un par de veces para hacer retroceder a la facción contraria, obteniendo el agradecimiento de los acorralados soldados de Hades. Se mantenía alerta, observaba con frecuencia hacia el árbol, donde Queen parecía divertirse despedazando una y otra vez a los mismos contrincantes. Pero, a pesar de su atención al entorno, el ataque enemigo fue más veloz de lo esperado.

Apenas tardó una fracción de segundo. Estaba terminando de darle la espalda al árbol y a quienes lo custodiaban cuando una conocida lluvia negra cayó sobre él.

— ' g!

Aunque no tuvo tiempo para evadir el ataque, sí logró protegerse con sus alas y libró intacto. Su temperamento se fue al basurero al distinguir claramente cuál de los jueces había llegado en turno a la cascada. Tal parecía que el destino jugaba con su paciencia enviándolo una vez más contra Anubis, el dios que, para variar, casi había asesinado a su subalterno.

El poseedor de una intensa cabellera negra se mantuvo suspendido en el aire, sonriendo como le era usual y atento solo al juez de Wyvern, pese a que se había ganado la atención de todos los demás.

—¡Ha pasado mucho tiempo! —Saludó, desde ya con sorna impregnada en la voz.

—No tanto como quisiera.

El dragón no estaba de humor. Se saltó las habituales deliberaciones y arremetió a una velocidad admirable contra el azabache, dispuesto a darle más de un golpe en nombre de su maltratada paciencia y de Valentine.

Por supuesto, Anubis lo veía venir. Esquivó con burlesca agilidad todos los golpes que su enemigo le arrojó en base a rabia y no desaprovechó el tiempo. Ante la primera apertura en la guardia ajena, giró sobre sí mismo y le obsequió una poderosa patada. Cuando Radamanthys aterrizó en el suelo y la nube de tierra se disipó, el egipcio siguió hablando.

—Ah, vamos, ni siquiera tú puedes ser tan maleducado.— Agitó una mano en señal de desdén para acompañar su voz.— Y yo que estaba ansioso por verte de nuevo, tan ansioso, que incluso he dejado un mensaje con tu subordinado… eh, Harpía ¿verdad? Dime ¿tuvo una muerte dolorosa?

—¡Bastardo!

El ingés atacó de nuevo; en esta ocasión, con el doble de ira. No estaba lo bastante concentrado como para poder utilizar sus técnicas, solo pensaba en cuánto quería molerle la cara a golpes. Anubis lo tuvo más complicado esta vez, pues Radamanthys no dejaba de ser un peleador competente aunque estuviera cegado por el instinto. Aun así, dio más golpes en el blanco de los que recibió.

—¿Yo soy el bastardo? ¡Tú eres quien deja de lado a sus subalternos para jugar a la familia feliz con un caballero! ¡Avergüenzas a quienes te admiran y desprecias a quienes luchan por ti! ¡Deberías desaparecer de una vez! ¡Tú y ese mestizo hijo tuyo!

— g. . . ¡

— ! !

El Inframundo, lugar destacable por su constante estado de penumbras, concibió de pronto un rayo de luz tan intenso, tan blanco que tragó todo a su alrededor y encegueció a soldados de Hades y shabhs por igual.

Desde su posición a los pies del mokurenji, Asmita sonrió.

—Permiso para usar a tus muertos.— Saludó Manigoldo segundos después.

Anubis se desplomó contra el suelo a unos cuantos metros de distancia.

Radamanthys recuperó el autocontrol y se limpió la sangre que bajaba por su mejilla.

—¿Por qué no has hecho eso antes? Si consumes las almas de los shabhs, no podrán revivir.

El santo de Cáncer le regaló una expresión de infinito desprecio.

—Viejo ¿tienes alguna idea de cuántos cientos de ellos son y cuánto trabajo cuesta hacer esta técnica? Además, no descarto la posibilidad de quemar uno o dos de tus hombres en cada intento. Por si fuera poco, llevo meses yendo y viniendo entre…

—Sí, bien, tienes razón. Pero no te pedí ayuda.

—... ¿Me acabas de dar la razón? —Al italiano casi se le cayó la mandíbula, mas se recuperó en favor de lo serio sacudiendo la cabeza.— No, cierto, no me pediste ayuda y tampoco vine a expresamente a echarte una mano, sino a darte un mensaje.

—¿Mensaje?

—Sí. La otra misión fue un éxito: atraparon a Esfinge. Ahora mismo lo llevan al Santuario.

—¿Por qué diablos lo llevan donde Atenea?

—Yo qué sé, cosas de alianzas. Oí que tenía algo que ver con el entorno, deberías preguntarles tú mismo. Grifo vendrá en cuanto se desocupe, mientras tanto, deberíamos aprovechar y terminar con…

Al girar hacia el dios egipcio, descubrieron con desagrado que había desaparecido. Wyvern apretó ambos puños hasta hacerlos crujir.

—…O no. Mierda.— Terminó el caballero.— Bueno, al menos no creo que regrese en un buen tiempo a estos lados. Así que...— El peliazul se encogió de hombros, suspiró y luego levantó el mentón a modo de despedida. Envuelto en ondas infernales, se desvaneció.

El juez de ojos azules regresó a patrullar la cascada minutos después, cuando logró recuperar el control de sus estribos perdidos. Solo era cosa de esperar.