—En estos momentos, Pharaoh estará seguro solo si lo mantienen aquí en el Santuario. Este es con seguridad el lugar más protegido y menos accesible para los egipcios. Si lo encerramos en el Inframundo, hay una gran probabilidad de que Ra descubra cómo recuperarlo. Así que lo dejamos en sus manos.
Con esas palabras, Minos había entregado al espectro de la Esfinge a las huestes de Atenea después de liberarlo de sus poderosos hilos. Luego, él y los demás se habían marchado y los caballeros pasaron a ocuparse. Pharaoh había sido designado al templo de Géminis bajo la custodia de Defteros, ya que él era el único que podía indagar en su mente. Asmita había regresado a su propia casa y Kagaho había pasado a ser guardián de su cuerpo.
Al transcurrir los meses, aquel que de momento no era espectro ni santo había conseguido adaptarse a la dinámica de las doce casas y a su encierro preventivo. Además, disponía de todo el tiempo del mundo ahora que no debía trabajar en el penúltimo templo.
Atenea había inmovilizado a Pharaoh con uno de sus sellos y había mandado a tener extrema precaución con él hasta que Defteros terminara su investigación.
Para gran sorpresa de todos, sacarle la verdad al espectro había sido cuestión de minutos.
°o°o°o°o°
Ocurrió tres días después de que llegara. Había permanecido inconsciente ese tiempo debido a la gran paliza que había recibido de parte de sus compañeros, a quienes no les había quedado otra opción producto de la férrea reticencia de Esfinge a ser atrapado. El santo de Géminis había estado indagando en su mente en búsqueda de información, pero Ra había cubierto todo con una densa oscuridad. Pharaoh estaba atado a la cama vacía del templo de los gemelos, con el sello de la diosa colocado sobre la manta que lo cubría.
De pronto, el espectro rescatado dio indicios de despertar y, al hacer contacto visual con el guardián de la casa, Defteros logró ver con mayor facilidad, pero ni siquiera fue necesario forzarlo. El subordinado de Hades abrió profusamente los ojos, tomó aire y comenzó a despotricar por sí solo, víctima del miedo y de la culpa al saberse artífice de tantos actos contra su propio ejército.
—¡No me suelten! ¡Por lo que más quieran, no me suelten! ¡Es peligroso! ¡¿Por qué demonios estoy en el Santuario?! ¡Kagaho está aquí y Ra lo está buscando! ¡Sin él, Ra...! Santo dios, yo… ¿Bennu está a salvo?
—Tranquilízate. Él está bien, sigue aquí, no tiene un rasguño desde que comenzó todo esto.— El demonio de Kanon levantó una mano para calmarlo y consiguió en parte su cometido, pero Esfinge seguía demasiado nervioso.— Atenea, Hades y Poseidón han formado una alianza, estamos trabajando juntos para vencer a Ra y sus jueces, ya tenemos una estrategia…
—¡Guarda silencio! —Lo interrumpió el inmovilizado espectro, aún más tenso que antes.— No me digas una sola palabra más, él sigue aquí. Ese bastardo sigue dentro de mi cabeza, lo sé. Escucha, no dejen que Bennu se acerque a mí bajo ninguna circunstancia ¿queda claro? Y dile a mi señor Hades… que lo siento tanto… —Las facciones de la estrella celeste se contrajeron de angustia e impotencia; Defteros podía comprender mejor que nadie su situación.
—Le haré llegar tu mensaje.—Aseguró.— Pero necesito que cooperes con nosotros ahora, dime todo lo que sabes, no puedo ver tan bien como quisiera dentro de su mente.
—Bien. Sí…—Asintió el de ojos dorados e hizo un esfuerzo adicional para tranquilizarse y para hablar tan rápido como fuera posible, presa del nerviosismo y la noción de saberse aún víctima del dios.— Ra me ha estado utilizando para buscar a Bennu y sus jueces lo mantienen al tanto de la situación con los tres dioses griegos. Él tiene la surplice de Kagaho… dice que tiene los verdaderos colores que Hades mencionó y está esperando… está… esperando…
—¿Pharaoh?
—Está en la misma... posición que nosotros… solo… espera a Kagaho… el árbol… quiere usar… ugh… dem-monios...
—¿Qué ocurre? ¿Pharaoh? ¡Esfinge!
—A-ayúdame…
La alarma de Defteros se disparó cuando un hilo de sangre brotó de la nariz del espectro. Sospechó lo peor: Ra lo había descubierto. Sin ninguna otra opción y antes de llegar a lo crucial, el gemelo intervino en la mente de la Estrella Celeste y lo durmió, procurando aislar su consciencia de cualquier extraño.
Atenea, Sage y los demás se reunieron en el mismo templo más tarde para escuchar todo lo que Géminis había recabado. Sin duda, era mucho menos de lo que esperaban conseguir a lo que parecía ser un precio tan alto: nadie podía asegurar que Esfinge despertara de nuevo.
A Kagaho se le prohibió tajantemente acercarse a los primeros templos y Radamanthys tomó la responsabilidad por él también en caso de que necesitara algo.
En los días posteriores, Defteros trató en vano de revisar la mente de Pharaoh: todo se había ido a negro.
°o°o°o°o°o°o°
El transcurso de la guerra permaneció casi sin alteraciones, para desazón de la gran mayoría: Anubis no había vuelto a aparecer, Thoth y Osiris continuaban alternándose para atacar los distintos frentes y la única pista que se tenía de Aspros era lo que Dégel podía rescatar vigilando su estrella: seguía vivo.
Sus compañeros continuaban a la defensiva en torno al árbol y en las afueras de Bluegrad y de Rodorio; estos eran los sitios donde se conglomeraban los shabhs de Ra, inmortales hasta el día en que el rosario estuviera listo o si a Sage y Manigoldo les alcanzaba el tiempo y la energía para quemar sus almas. El Inframundo llevaba más tiempo que los demás en estado de conflicto, por lo que habían encontrado una estrategia que les permitía al menos sobrellevar el interminable dilema.
En el caso de Bluegrad y el Santuario, ya eran ocho meses; ocho meses que implicaban un suceso mucho más importante en un caso en particular. A partir de ese punto, comenzaba el período crítico: era cuestión de tiempo para que los hijos de Dégel y Radamanthys llegaran al mundo.
Podía ocurrir al día siguiente o bien podía ocurrir dentro de un mes más. A esas alturas, la noticia había escalado todos los peldaños del Santuario y la ansiedad se respiraba en cada esquina. Nadie sabía qué podría ocurrir y muchos no estaban seguros de querer averiguarlo.
Habían sido testigos de la ira de Ra transmitida en palabras de Thoth; esos niños podían traer consigo un desastre irresoluble. Las voces estaban divididas a favor y en contra del nacimiento de los mestizos, pero las opiniones ajenas estaban lejos de importarle a los dos principales involucrados.
Radamanthys apareció en el penúltimo templo, se despojó de su sapuris e ingresó a toda velocidad. Últimamente se resistía todo lo posible a abandonar la casa zodiacal y, si tenía que hacerlo, procuraba tardar no más de cinco minutos. Después de meses de ir y venir de Rodorio, se había aprendido de memoria los sitios principales. A veces, solía bajar cuando Dégel dormía para ayudar a mantener a raya a los soldados egipcios, pero ahora solo de movía entre el templo del aguador y el de la virgen, para constatar que Kagaho estuviera también en buenas condiciones. La presión era cada vez mayor.
—¿Todo está en orden?
—Oui, todo está en orden. Ya te dije que avisaría en caso de que sintiera algo diferente.
—De todas formas.
Dégel negó con la cabeza y no pudo evitar sonreír. Ver al juez de Hades tan tenso y ya sin intenciones ni cabeza para querer disimularlo era un regalo de cada día, aunque comenzaba a sentir pena por él. No decía que no estuviera nervioso él mismo, después de todo, no eran las condiciones ideales. Que su primer embarazo fuera producto de un encuentro desafortunado con un espectro, de todos el que más detestaba, y en medio de una guerra sin luces de terminar pronto y de la cual, como si fuera poco, ellos dos y sus hijos eran parte de los objetivos a destruir era… un poco estresante.
Aun así, se mantenía positivo. Nada en su cuerpo le advertía malas noticias a él ni a Radamanthys. Ambos habían estado devorando cuanto libro al respecto se les había cruzado. Si no estaban ocupados trabajando en la lectura de estrellas, estaban quemándose los ojos con documentos e ilustraciones, y cuando Dégel dormía, el Wyvern continuaba en la misma línea. A esas alturas, no había casi nada que el médico les dijera que ambos no supieran de antemano.
El francés estaba leyendo en la biblioteca y la estrella celeste lo ayudó a regresar a la cama. Para desagrado del rubio, el aguador se mantenía en constante movimiento, pues era importante mantener la condición física. Esa era otra de las razones por las que odiaba tanto dejarlo solo. Aún no superaba el espanto de haberlo visto tirado en uno de los corredores de las librerías unos meses atrás, todo porque había querido subir las escaleras para alcanzar una enciclopedia y el vértigo le había ganado.
—¿Qué llevas ahí? —Le preguntó el peliverde al descubrir que llevaba una bolsa de género en la otra mano.
—Más ropa. Y comida.
Al abrir la puerta de la habitación, Dégel suspiró conmovido y Radamanthys rodó los ojos, cansado. Si el anfitrión del templo había tenido la habitación colapsada con libros hasta el techo, ya no quedaba rastro alguno: todos habían regresado a sus olvidadas estanterías con tal de hacer espacio para los regalos que les enviaban desde Rodorio. La principal encargada de los alimentos que llegaban al Santuario, una mujer imponente y desbordante de confianza, había logrado sacarle la verdad al ojiazul a base de carisma en apenas tres visitas y había necesitado la mitad de ese tiempo para convertir el chisme en un secreto a voces. De ahí que hubiera pueblerinos a favor y en contra, y los que estaban a favor lo hacían ver con obsequios como el que llevaba en la mano.
Se trataba no solo de ropa, sino de juguetes, crayones e incluso más libros. Todo lo que llevaba años perdido en las casas de Rodorio había encontrado nueva utilidad con la llegada de dos bebés. A Radamanthys le parecía una exageración, pues se consideraba lo bastante capaz de conseguir por su propia cuenta cualquier cosa que le faltara a sus hijos, pero había terminado accediendo luego de que Dégel lo persuadiera explicándole que, mientras no derrotaran a Ra, los cuatro seguirían estando en peligro y no deberían arriesgarse a nada.
Así que no les quedaba de otra que aceptar la bondad ajena, tan poco conocida para el dragón.
El de ojos amatista se acostó en la cama y el inglés se sentó a su lado. Juntos, comenzaron a revisar los nuevos obsequios mientras comían los pastelillos que habían llegado junto con el envío.
Esta vez, el juez de Hades habló primero.
—¿Ya pensaste en un nombre?
—¿Oh?
—Dijiste que tú le darías nombre si era una niña.
—¿Crees que uno será niña?
—Son dos, claramente es posible que uno de ellos sea niña.
—También es posible que sean dos muchachos.
—¿Qué harás si pasa eso?
—Fácil: uno será Krest y el otro será Raphael.
—Es justo.
—¿Qué hay de ti? ¿Has pensado en un nombre femenino? Existe la misma probabilidad de que sean dos niñas.
—Yo pregunté primero, escoria.
—A veces eres demasiado denso, infeliz.
Radamanthys chasqueó la lengua. El insulto ya no estaba siquiera cerca de implicar lo mismo que al comienzo de todo. Era su forma, bruta y poco sutil, de expresar cercanía. Lo mismo pasaba con Dégel. Aun con todo lo que había pasado, lo que estaba pasando y lo que debía pasar, les resultaba difícil asimilar el violento cambio que había tenido su relación. Mantenerse cercanos a los tratos bruscos había sido el mejor modo de hacer menos incómoda la convivencia, porque ya nada quedaba del profundo odio mutuo que los había caracterizado durante años.
—¿Bien?
—Miracle.— Murmuró en francés.
—¿Hm?
—La llamaré Miracle.
—Es un buen nombre.
—¿Lo crees?
—Por supuesto. Así podré llamarla Miracle.—Dijo el juez, pronunciando adrede el nombre con marcado acento inglés.
—Por favor, no lo hagas.
Dijo Dégel en serio. Intercambiaron una mirada silenciosa y terminaron sonriendo los dos. No, no podían siquiera fingir que seguían detestándose como antaño.
—Elizabeth.
—¿Qué cosa?
—Si llegan a ser dos niñas, escojo el nombre Elizabeth.
—También es una buena elección.
Después de revisar los obsequios, Radamanthys los repartió en sus respectivas pilas de ropa y luego caminó hacia la puerta.
—Iré a ver si Kagaho necesita algo. No tardaré.
—Ve con calma, me quedaré leyendo aquí.
La Estrella Celeste de la Ferocidad abandonó el templo de Acuario casi en contra de su voluntad, ajeno a que, mientras él pensaba en su paternidad, algo malo había terminado de gestarse en la zona baja del Santuario.
°o°o°o°o°o°o°o°o°o°
Unas horas antes
Defteros suspiró y se dejó caer de espaldas en su cama, dándose por vencido. Por más que lo intentara, no conseguía liberar la mente de Pharaoh. El espectro estaba técnicamente en coma desde hace un mes y solo podía esperar que su última táctica hubiera surtido efecto. Si había tenido éxito, el azabache despertaría cuando lo liberaran del control de Ra. Si no, habría estado viviendo con un muerto sin saberlo.
—¿Te has agotado por hoy?
—Es inútil. ¿Qué hay de ti?
—Alraune es un excelente guardián. Muchos espectros han venido a alimentar al mokurenji con su cosmos y hace un momento Kardia estaba en lo mismo.
—Genial. ¿Todo bien allá en Bluegrad? Es un fastidio no poder moverme por estar a cargo de un cadáver.
—Kardia se queja del frío, como siempre, pero le enorgullece decir que han mantenido a salvo a la vasija de Poseidón y que Bluegrad sigue a salvo. Por cierto…
—¿Si?
—No es un cadáver lo que cuidas: Pharaoh fue los ojos de Ra durante mucho tiempo. El trabajo que haces tratando de ver en su mente es muy importante.
—Sería importante si lograra ver algo. — Bufó el moreno.— Como sea, es mi turno de enviar cosmos.
—¿Estás seguro de que es una buena idea? Nunca has sido un prodigio de la meditación, podrías aislarte demasiado.
—Tranquilo, el Patriarca está de acuerdo conmigo: Pharaoh no despertará. Solo serán quince minutos.
—Solo diez.
Defteros sonrió. Lo había visto venir. Le echó una rápida ojeada al espectro comatoso y luego adoptó la postura del loto para comenzar la meditación. Con ayuda de Asmita, bastaron treinta segundos para que su concentración se fortaleciera lo bastante como para transmitir su cosmos hacia el árbol sagrado.
Al término del primer minuto, el gemelo perdió noción de su entorno, tal y como lo había dicho el de Virgo.
Por desgracia, no eran los únicos conocedores de ese detalle.
°o°o°o°o°o°
Kagaho estaba leyendo algunos pergaminos y libros de historias que Dohko le había estado llevando para que se entretuviera durante las horas que empleaba custodiando el cuerpo de Virgo. Pasaba entusiasmado cada hoja y rollo de papel, obviando que las ironías cósmicas lo tuvieran cuidando a uno de los enemigos que más despreciaba del pasado. Asmita le provocaba muchos sentimientos contradictorios y cada vez que lo miraba no podía evitar pensar en lo acontecido con Atavaka. El recuerdo de su hermano mirándolo con resentimiento era más de lo que podía soportar. Anhelaba gritarle a la cara que aún le dolía, pero su posición como eventual caballero lo hacía dudar. Por otra parte, quería hablar con él, preguntarle si sabía cómo se encontraba Sui. Al mismo tiempo se sentía intimidado por su presencia y terminaba sin saber reaccionar ante él.
Por eso, prefería no pensar en el asunto, pues tenía otras prioridades que arreglar en su cabeza, como por ejemplo, sus colores. A pesar del tiempo, seguía sin tomar una decisión. La voz de Alone invitándolo a regresar a sus colores significaba que Hades estaba renunciando a él y lo devolvía donde Atenea ¿cierto? ¿Eso quería decir que el dios del Inframundo no lo deseaba más a su lado o que le daba la libertad de escoger? Porque "colores" era otra forma de referirse al bando al que deseaba pertenecer ¿verdad? Al menos, hasta donde intuía. No obstante, la falta de su sapuris…
—Yo tengo tu sapuris.
La repentina voz lo hizo botar el libro y ponerse de pie, alarmado.
—Yo tengo tus colores verdaderos.
—¿Quién eres?
—Soy tu dios. Eres mi Ba, Kagaho; te necesito.
Una gota de sudor recorrió su sien y pudo sentir cómo su corazón comenzaba a latir desaforadamente.
—¿Eres… Ra?
—Qué alegría escucharte, mi preciosa ave de fuego.
En el templo de Géminis, Pharaoh abrió los ojos.
—Kiss in the darkness.
Susurró el espectro inmovilizado, exhibiendo unos brillantes y malévolos iris verdes.
En el templo de Virgo, Kagaho cayó al suelo.
El ínfimo contacto visual con Anubis ocurrido en Rozan hace tanto tiempo por fin estaba cumpliendo su objetivo.
°o°o°o°o°o°o°o°o°
Cuando Radamanthys llegó al templo de Virgo, lo primero que hizo fue reparar con desagrado en el vasto desorden. Libros y pergaminos regados en el suelo en torno a una gran cantidad de velas. En el rincón de la habitación, el cuerpo de Asmita permanecía tendido en silencio, rodeado por otra serie de velas. Y a su lado, estaba Kagaho, sentado de piernas cruzadas, observándolo.
—Deberías mantener en orden este lugar.— Le dijo con evidente tono reprobatorio.
—Ah, sí, lo siento. Estaba muy concentrado en las historias cuando Asmita comenzó a moverse y creí que le había pasado algo. Olvidé por completo que había dejado todo tirado.
—¿Ocurrió algo con Virgo? — El rubio frunció un poco el entrecejo, mostrando su preocupación. Si el caballero se movía, podía significar que algo estaba pasando cerca del árbol.
—Creo que sí, no se ha vuelto a mover, pero no querido quitarle la vista de encima para estar seguro. ¿Podrías avisarle a Defteros? Yo lo haría si no tuviera prohibido bajar…— Parecía algo frustrado por las limitaciones.
—Iré a notificarle, ¿necesitas algo? A eso venía en originalmente.
—No, descuida, estoy bien con lo que me has traído antes.
—Bien.
El dragón de Hades abandonó a prisa el templo de la virgen para ir donde géminis. Por culpa de la prisa y de las penumbras, ni siquiera se dio cuenta de que Kagaho lo había estado observando desde las penumbras con unos pérfidos ojos verdes.
°o°o°o°o°o°o°
—¿Wyvern? ¿Qué haces aquí?
La confusión del moreno no podía ser más evidente al tener una visita tan inesperada.
—¿Sucedió algo en el Inframundo?
La prisa del dragón le impidió ser más formal.
—¿En el Inframundo? ¿Algo como qué?
—Cerca del mokurenji, ¿todo está en orden?
—¿De qué estás hablando?
—Kagaho vio a Virgo moviéndose, eso solo puede significar que algo malo le ocurrió a…
—Wow, un momento. ¿Que Asmita se ha movido? Tiene que ser un error.
El peliazul enseñó ambas manos en señal de calma y abandonó la cómoda posición en su cama. Tanta alarma comenzaba a sonarle extraño.
—¿Cómo que un error?
—Queen lo ha mantenido a salvo, he estado conversando con él todo el día; hasta estuve transfiriendo parte de mi cosmos con su ayuda hace algunas horas.
—Kagaho me pidió que viniera a avisarte, parecía preocupado.
—Por eso te digo que Asmita está bien. No le ha pasado nada, lo que dijo Kagaho es men…
Conforme Defteros terminaba la acusación, las expresiones de ambos cambiaron radicalmente.
No.
—Mierda.
Tenía que ser una broma.
Sus acciones fueron más rápidas que sus pensamientos. En un abrir y cerrar de ojos, se encontraba corriendo hacia el templo de Acuario.
Por favor, no.
—¡Dégel!
No podía estar pasando.
El camino se le hizo eterno.
Los pasillos de la biblioteca estaban intactos, al igual que la cocina y el escritorio donde realizaban la lectura de estrellas.
Con el corazón estrujándosele en el pecho, abrió la puerta de la habitación y vio realizado el peor de sus temores.
—¡ ¡ ! !
La penúltima casa zodiacal estaba vacía.
Defteros terminó de confirmar la funesta noticia: Bennu había desaparecido.
Y se había llevado a Dégel con él.
