El repiqueteo del agua contra el piso fue lo que lo hizo despertar. Enseguida, una fuerte
punzada en la cabeza le arrancó un quejido. Se llevó una mano a la zona y descubrió que tenía
una herida; al examinar de cerca su mano notó que la tenía cubierta de sangre: eso explicaba
el aturdimiento. Se restregó los ojos lentamente, esforzándose por recordar qué había
ocurrido que explicara la situación.

De pronto, una avalancha de memorias lo hizo estremecerse. Radamantys se había ido, luego
había aparecido Kagaho y… lo había dejado inconsciente.

Sus ojos se abrieron de golpe, presa de un súbito pánico, y llevó el cuerpo hacia adelante,
temiendo desde ya lo peor. Sin embargo, su vientre seguía ahí. Se examinó con cuidado cada centímetro y comprobó que estaba sano y salvo sin contar la lesión en su cabeza. No obstante, eso solo hacía que la situación completa resultara todavía más confusa.

¿En dónde estaba, para empezar?

—Ya despertaste, Acuario.

La conocida voz de Kagaho lo tensó nuevamente y lo hizo mirar a la lejanía por primera vez.
Así fue que comprendió las circunstancias: estaba encerrado en un calabozo, en algún lugar
desconocido, y el espectro de Bennu era el responsable.

Lo peor de todo no era eso. Al acostumbrarse a la escasa luz, enfocó la mirada y la sensación
de peligro aumentó al ver que el azabache estaba portando su sapuris una vez más. Las piezas
comenzaban a encajar una tras otra.

—¿Por qué estás haciendo esto? No tiene sentido.

—Estos son mis verdaderos colores.

Dégel entrecerró los ojos en señal de no entender. Kagaho estaba actuando diferente, no era el
mismo de hace apenas veinticuatro horas; tenía encima la misma aura de dolor y soledad de
cuando había llegado.

—Kagaho, ¿qué está pasando?, ¿en dónde estamos?

—Ra te dará todas las respuestas que buscas.

En ese momento, se abrió una puerta que el aguador no había notado aún, pues estaba en la
cima de un largo tramo de escaleras que provenía casi desde la altura del techo. Todo en esa
estancia era de color ocre, como los ladrillos de barro de la antigüedad. Los barrotes dividían
la habitación: Dégel estaba en el lado de los prisioneros, mientras que Kagaho permanecía de
pie al borde de las escaleras ubicadas en el centro de la pared. Pasados unos segundos desde
la apertura, un hombre bajó a paso solemne hasta situarse delante de él.

El individuo en cuestión no tenía cabello. Su piel era morena como la de los otros tres dioses,
debía rondar los dos metros de altura y sus ojos eran tan negros que parecían absorber a
quien los mirara demasiado tiempo. A diferencia de los jueces egipcios, él no tenía el Udyat en
su ojo izquierdo, sino que en ambos contaba con el cuerpo de la cruz Ankh. Su armadura era similar a la de los demás, pero el distintivo recaía en un gran cetro que llevaba en la mano derecha y en el yelmo en su brazo izquierdo. Con ambos, sospechaba Dégel, el sujeto debía asemejarse a los faraones del Antiguo Egipto.

Kagaho inclinó la cabeza a modo de respeto y el moreno le sonrió. Con esa misma sonrisa, se
dirigió hacia su nuevo prisionero.

—Finalmente has abierto los ojos.

El peliverde frunció el entrecejo, cada vez más preocupado.

—¿Qué es este lugar?

—Oh, ¿no te lo ha dicho Bennu? Estás en mi pirámide. Bienvenido a mi hogar.

—Pira… ¿estamos en las Pirámides de Egipto?

La incredulidad del francés pareció complacer al dios.

—Qué observador… ¿en dónde más si no?

—Pero Pharaoh… lo vimos en el Nilo. Te desplazabas constantemente a lo largo de ese río.

—Ah, ustedes son tan divertidos a veces. ¿Cuánto de todo lo que han hecho crees que es producto de su esfuerzo? ¡Yo lo he planeado! Cada logro del que se enorgullecen tanto es obra mía. Si Amir aparecía a lo largo del Nilo fue porque yo se lo ordené; si lograron atraparlo fue porque yo le dije que se dejara. Claro, no imaginé que el otro Géminis lograría ver en su mente, faltó algo de información, pero ahora da lo mismo, porque finalmente estás aquí.

El onceavo caballero dorado bajó los brazos, preso de una enorme sensación de derrota. Habían caído justo en la palma de su mano.

—¿Qué pretendes hacer?

Al hacer esa pregunta, la expresión de Ra se volvió algo más seria.

—Eres tan insolente como cabe imaginar de alguien que sabe que pronto morirá.— Sentenció, despacio.— Thoth lo mandó a decir al comienzo de esta guerra sin sentido: los muertos no deben revivir ni andar por la Tierra. Los subordinados de Hades no tienen derecho a venir a la superficie, pues su tiempo de vida ya acabó. El mayor de los Géminis y la vasija de Poseidón: ellos murieron, su tiempo de existencia acabó hace muchos años. ¿Es que no lo entienden? Aquellos que no respetan las leyes de la vida alteran el orden natural.— Con cada palabra que decía, la seriedad iba aumentando en su tono de voz.— Y tú… tú, ah, el más sabio de todos los hombres de esta época… cuánto me duele que seas tú. ¿Cómo es posible? ¿Cómo pudiste pecar de insolencia al engendrar un hijo con un no-vivo?

—No fue a propósito.

—¡Pero no lo detuviste! — Estalló en cólera el dios, arrugando sus facciones con ira desmedida.— ¡Habiendo tenido en tus manos la decisión de detener este proceso! ¡Has decidido traer al mundo a ese hijo! ¡Tú y ese juez han violado la última de las leyes de la vida y la muerte! Y ¿sabes qué es lo que más me molesta? Que ni Hades y Atenea hicieron el intento de impedir esta abominación.

—Atenea piensa…— Se apresuró a defenderla el caballero, pero la imponente voz del dios devoró sus palabras.

— ¡No me importa lo que piense esa niña estúpida! Ella es tan incompetente como los dioses del Inframundo y del Océano. Nuestro deber es claro, nos encargamos de mantener el equilibrio del universo; en el momento en que permitieron a los muertos involucrarse con los vivos, perdieron su derecho a llamarse dioses. Es por eso que tomaré su lugar. Yo, el dios de la vida, la muerte y la resurrección, destruiré a los dioses griegos y devolveré al mundo el orden que ha perdido.— Hizo una pequeña pausa y luego agregó:— Y tú serás el sacrificio con el que iniciaré mi ascenso.

—¿De qué… estás hablando? — Por mucho que intentara mantenerse en calma, la voz le tembló al preguntar.

—Cuando ese mestizo nazca, les cortaré la cabeza a ti y a él, y daré su sangre impura como ofrenda a mi altar.

—¡Él no tiene nada que ver en esto! — Estalló esta vez el aguador cuidando, eso sí, de no mencionar la existencia de su segundo hijo. Ra parecía no saber nada al respecto.

—¡Tu hijo tiene todo que ver en esto y es responsabilidad tuya y del espectro! ¡Asume la culpa y resígnate a verlo morir en pocas horas!

—¿Có…? —Inevitablemente, la voz terminó de congelársele en la garganta.

—¿Es que no lo sabes? Por eso he esperado todo un mes desde que atraparon a Amir: tu querido bebé nacerá hoy.

Sin decir una sola palabra más, Ra dio la media vuelta y subió las escaleras para abandonar la habitación.
Dégel sintió que volvía a marearse. Se encontraba en una muy mala situación, en una pésima situación. Tenía que pensar en una salida, idear un plan de escape como fuera. El problema era que si utilizaba su cosmos, se arriesgaba a dañar a sus hijos, pero si no lo hacía, terminarían muertos los tres de todos modos. El límite eran "unas pocas horas" y su única alternativa de momento era…

—¡Kagaho!

El aludido levantó el rostro, pero mantuvo la mirada en el suelo y no dijo nada.

—¡¿Por qué estás haciendo todo esto?! ¿Estás conforme con el proceder de Ra? ¡Responde!

—¡Es mi trabajo!

—¿De qué diantres hablas?

—¡Yo…! Yo soy… el Ba de Ra.

—¿Su Ba?

—Así es. Él estuvo esperándome todo este tiempo, envió a Amir a buscarme y… y tengo que quedarme con él.

—Kagaho… Ra ni siquiera tuvo que modificar tus recuerdos como lo hizo con Pharaoh.— Sentenció Dégel, cada vez más descolocado por las palabras que escuchaba del azabache.

—No tenía que alterar mi memoria para mostrarme cuáles son mis verdaderos colores.

Cada vez que respondía, el joven espectro iba encogiéndose más en sí mismo.

—Entonces ¿estás contento con tus verdaderos colores?

La repentina pregunta del ateniense sobresaltó muchísimo a la antigua estrella celeste de la violencia. El omega insistió.

—Si por fin encontraste lo que estabas buscando con tanto anhelo ¿por qué te ves más triste y miserable que nunca?

—¡Guarda silencio! Si tú mueres… si tú y los que han provocado la ira de Ra desaparecen, no habrá necesidad de involucrar a Hades…—Sonaba cada vez más inseguro.

—¡Abre los ojos! Ra te está manipulando, ¡atacará de todos modos! Cómo no ves que esos no son tus verdaderos colores, no es esto lo que Hades quería cuando decidió liberarte.

—¡Qué sabes tú acerca de él!

—Sé lo suficiente como para decirte lo equivocado que estás.

La mirada de Kagaho se deslizó con gran temor hasta aterrizar donde los ojos amatista del caballero lo observaban con una certeza imposible de desmentir.

°o°o°o°o°

FLASHBACK

Acuario, Wyvern y Bennu llevaban cerca de seis horas trabajando en la biblioteca. El dragón había tenido que tragarse las protestas por esa ocasión, pues sabía que la madrugada era la mejor instancia para leer las estrellas, ya que Dégel no podía viajar a Star Hill por precaución. Los dos espectros llevaban pocas semanas de haber comenzado a estudiar bajo la tutela del aguador para ayudar en la investigación y Kagaho simplemente no había logrado resistir. Se había dormido con la cabeza apoyada en un libro y había dado vuelta un frasco de tinta que ya se había secado en su mano. Al verlo en tales condiciones, el peliverde dio un golpecito albrazo del juez. Por su parte, este solo bufó, inconforme.

—Es una vergüenza.

—No seas así con él, se ha esforzado mucho por ser útil dentro de sus limitaciones. ¿Podrías llevarlo a la otra habitación?

—¿Qué hay de Virgo?

—Dohko dijo que se haría cargo para que Kagaho pudiera concentrarse en aprender.

—Ese es el problema con ustedes: se consienten demasiado unos a otros.

Después de gruñir en desacuerdo, abandonó su asiento y llevó al menor a su vieja habitación de todos modos. Al volver, vio que Dégel marcaba las páginas y las anotaciones: se daba por terminada la sesión. Le ayudó a apagar las velas y finalmente se fueron a acostar. No era la primera vez que Radamanthys se apoderaba del otro lado del colchón. A medida que crecía el vientre del santo, aumentaba también la frecuencia de sus estadías en el mismo cuarto.

Una vez listos, el espectro se animó a retomar la conversación.

—Supongo que Bennu encaja bien como un caballero de Atenea.

—¿No encajaba entre los espectros?

Dégel le siguió el tema de inmediato, pues era algo que también le despertaba curiosidad.

—Ni siquiera lo intentaba. Siempre me dio la impresión de que en su cabeza solo existían Alone y Aiacos.

—¿Alone?¿No Hades?

—Sí. Su postura solía causarme conflicto. Él le dio su vida a Alone; yo le di la mía a Hades. Esa diferencia me hacía pensar que Bennu era un enemigo potencial, pero ni siquiera estaba cerca. Lo suyo era una abnegación tan absoluta y tan ciega que se involucró en la Guerra Santa solo porque Libra le hizo un rasguño a Alone. De lo contrario, estoy seguro de que jamás se habría movido de su lado en la jaula. Una vergüenza para un guerrero, en mi opinión.

La frase destacada al final hizo que Dégel emitiera una risita nasal.

—¿Qué pensaba Hades o Alone él?

—Hmh… —El de ojos azules lo meditó un momento.— Supongo que supo ganarse el afecto o la aprobación de ambos, dependiendo de a quién quieras referirte. Cuando nos volvimos a reunir después de la guerra y Hades nos dijo que estaríamos confinados al Inframundo hasta que el sello de Atenea en Rozan se debilitara… en ese momento ya se notaba distinto.

—Alone decidió seguir siendo la vasija de Hades para poder llegar a ese acuerdo ¿no es verdad?

—Sí. Al final, terminaron convirtiéndose en la misma persona. Cuando supo que Kagaho no había regresado, fue evidente que la noticia no le sentó bien. En una ocasión, antes de que comenzaran los ataques de Ra, me atreví a preguntarle el motivo por el que parecía estar melancólico. Dijo que no estaba seguro de si se debía a que le avergonzaba haber tenido encerrada a un ave muy especial, pero que le alegraba haberle regresado la liberta de volar donde quisiera; o si se debía a que el lugar al que había volado finalmente estaba donde no podría verlo más. Antes, no lo entendí. Ahora, supongo que se refiere a que Bennu encontró su lugar en el Santuario, donde pertenecía originalmente, y no volverá al Inframundo, lo que lo decepciona bastante.

El francés reflexionó largo y tendido la historia del dragón.

—No hay nada decidido aún.— Contestó, ganándose una mirada de soslayo de parte del espectro.— Esa ave todavía sigue a la deriva, dejándose arrastrar por los vientos.

FIN DEL FLASHBACK
°o°o°o°o°o°o°

El azabache escuchó la historia y acabó pasmado, sorprendido y todavía más angustiado. Alone no había desaparecido y no solo eso, sino que continuaba pensando en él. Pero la gente en el Santuario había sido tan buena… ¿cómo podía…?

Por fin, Dégel consiguió detectar el origen de la duda en los ojos grises del espectro.

—Kagaho, que Atenea y nosotros te hayamos dado la bienvenida al Santuario no te obliga a ser parte de él.

La esperanza y la desesperación se reflejaron en la expresión del muchacho al oír aquello.

—Tu destino era convertirte en el caballero del Fénix, pero no fue así. Los santos de oro debíamos morir en la guerra santa, pero no fue así. Si te acogimos fue porque era necesario para evitar que Ra te atrapara y porque era justo con tu destino original. No nos debes nada, no tienes que obligarte a ser parte de la orden por gratitud, mucho menos ahora que estamos en una alianza. Lo único que importa es que protejas lo que quieres proteger… da lo mismo el color de tu armadura.

Lentamente, el azabache apretó ambas manos, su cuerpo completo temblando de congoja.

—Si te quedas aquí… tarde o temprano estarás enfrentándote a Hades. Si Ra ha esperado tanto tiempo por ti es porque tienes algo que necesita… y si lo tiene cuando llegue la batalla decisiva… Hades va a morir también.

Esa idea gatilló algo dentro de Kagaho.

La decisión no podía ser más obvia.

°o°o°o°o°

Unas horas más tarde, dio inicio la cuenta regresiva.

—¡Aaagh!

Un grito desgarrador trepó por las paredes del calabozo y el paladín de Acuario empezó a retorcerse.
El espectro tuvo el impulso de alzar la voz, pero se contuvo al hacer contacto visual con el agónico caballero.

Tal y como imaginaban, los pasos al inicio de las escaleras no tardaron demasiado.

Tenían solo una oportunidad.

En cuanto la puerta se abrió, surgió la voz de Ra.

—¿Bennu? ¿Ya…?

El resto fue cosa de segundos.

— T! !

Jamás en su vida había gritado con tanta fuerza. Solo esperaba que la explosión hubiera tomado lo bastante desprevenido a Ra.

Sin detenerse a pensar, atravesó la reja, se acercó a Dégel y ambos desaparecieron en una llamarada.

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

En la distancia resonó el embravecido grito del dios egipcio.

Más de un año sin utilizar sus habilidades le pasó la cuenta, pues apenas consiguió transportarse con el aguador hasta las afueras de las pirámides, donde se había levantado una enorme nube de tierra producto de su anterior ataque.

Dégel se resistía al dolor con todo su esfuerzo, pero estaba claro que necesitaba asistencia cuanto antes. Bennu lo dejó a la sombra de un árbol, mas cuando pretendía conseguir ayuda por medio de la telepatía, Ra les dio alcance. Ya no quedaba rastro alguno de su amigable expresión inicial.

—¡Me has traicionado! ¡Mi propio Bennu! ¡Los humanos te han contaminado de blasfemias! ¡Me dejas sin opción, ahora mismo limpiaré tu mente de toda impureza!

—¡No te pertenezco! — Gritó el reavivado espectro, extendiendo las alas de su sapuris a la máxima envergadura.— ¡Un dios tan arrogante como tú nunca volverá a darme órdenes! Yo decido cuáles son mis colores verdaderos ¡Y esos jamás serán los que tú quieres!

En ese momento, la oscuridad de la madrugada dio paso al primer rayo de sol y este fue a parar justo sobre la sapuris del Bennu.

Uno tras otro, los destellos del astro rey bañaron a Kagaho con su luz y dieron nacimiento a la nueva apariencia de la armadura. El negro característico de las surplice dio paso a un blanco radiante, como representando las dudas que habían abandonado el corazón del espectro en cuestión.

Ra no cabía en sí de aborrecimiento por una insolencia de ese nivel. Se preparó para descargar toda su ira divina en los mortales y Kagaho sabía que no tenía oportunidad él solo, pero no retrocedió, el aguador solo contaba con su presencia.

Sin embargo…

— ! !

Gracias a algún milagro cósmico, la ayuda había llegado.

Los tres jueces del Inframundo y Sísifo aparecieron en escena.

Al ver al santo de Acuario tendido en el suelo y herido, Radamanthys se apresuró a socorrerlo.

—¿Estás bien? ¡Responde! ¡Dégel!

—Ugh… llévame al Santuario… ya van a…

Al Wyvern se le fue el alma al piso.

—¿¡Ahora ya!?

—Santo, agh, cielo… a-apresúrate…

El juez rubio sufrió un pequeño colapso entre el alivio y la alarma, pero cuando volteó a informar que tenía que marcharse, las sonrisas burlescas de Garuda y Grifo ya estaban esperando, así como las miradas atentas de los otros dos caballeros.

—Apuesto lo que quieras a que estás a punto de mojar la malla de tu surplice.

—Llévatelo de una buena vez, mancillas nuestra imagen. Kagaho tiene aspecto de que será un buen reemplazante.

—Por favor, cuida de Dégel.

—Te lo encargamos.

Ni siquiera se detuvo a pensar en palabras de agradecimiento. Cargó al francés con el mayor cuidado que jamás había tenido y juntos desaparecieron con destino al Santuario.

°o°o°o°o°o°o°o°

Ese nivel de presión era más de lo que podía soportar.

No tenía claro si habían pasado tres horas o tres minutos desde que había llegado a la Fuente de Atenea cargando a Dégel en estado crítico. El equipo de trabajo había tenido que echarlo casi a patadas de la sala a la que lo habían ingresado, pues Radamanthys estaba demasiado tenso como para ser de alguna utilidad.

Había tomado una de las sillas que había al borde de una de las tantas camas y la había colocado justo frente a la puerta cerrada donde estaban atendiendo al caballero; sin embargo, lo que menos había hecho era permanecer sentado. No podía, tenía que moverse. Le daba la impresión de que si se quedaba quieto terminaría haciendo combustión espontánea.

¿Cuánto tiempo podía tardar un parto? ¿La herida en la cabeza había presentado dificultades? ¿Y si era más grave de lo que pensaba? ¿Y si…? ¿Y si no…?

—Radamanthys.

Casi pudo escuchar que su corazón gritaba del susto.

—Vas a gastar el suelo si continúas de ese modo.

Solo al escuchar las voces de sus compañeros reparó en un detalle: la urgencia le había impedido avisar en el Santuario que se encontraban allí.

Minos fue el primero en percatarse de la duda del inglés.

—Descuida, ya nos encargamos de todo.

—Literalmente, de todo.—Añadió Aiacos.

El grupo al que había dejado atrás hace horas en Egipto estaba de regreso. Tenían un aspecto lamentable, entre la suciedad y las heridas, eran testimonio viviente de que la batalla había sido tremenda pese a ser cuatro contra uno.

—Nos permitieron venir primero para aprovechar de atendernos las lesiones. Los demás vendrán uno a la vez para evitar dejar vulnerable las doce casas.—Explicó Sísifo.

Desde el final de la enorme estancia, aparecieron más miembros del personal, quienes atendieron incluso a los jueces del Inframundo. El Wyvern observó a los cuatro con cierto aire ausente.

—¿Qué pasó con Ra?

—Huyó con la cola entre las piernas.

Eso sonaba fuera de serie.

—¿Cómo lo consiguieron?

—Al respecto, tenemos una grandiosa noticia.—Se jactó Garuda. Parecía el de mejor humor.

—Tanto suspenso solo puede significar que es en efecto una buena noticia. ¿De qué se trata?

—La razón por la que Ra deseaba tener a Kagaho de su lado es porque el Bennu puede hacer
exactamente lo mismo que él y los otros dioses egipcios.— Dijo Sísifo, sentado en una cama
mientras una enfermera le curaba las heridas.

—¿Lo mismo? No me digas…

—Sí…—El propio azabache parecía tener problemas para asimilar la novedad.

—Logró atacarlo y el sujeto no se regeneró. Kagaho sí puede acabar con el ejército de Ra.

—Entiendo… pero me surge una duda. ¿Ahora es espectro de Bennu o caballero de Fénix?

El aludido abrió la boca para responder, pero alguien más se le adelantó.

Un poderoso llanto inundó la estancia y aturdió todos los pensamientos de Radamanthys.

Ni siquiera pudo moverse cuando la puerta se abrió a su espalda y se ganó la atención de todos los que estaban frente a él.

—Ya acabó.

Al orgulloso juez del Inframundo le faltó valentía para ser el primero en entrar. Aunque había estado a punto de sacar la puerta debido al estrés, ahora le parecía de lo más aterrador verla abierta.

¿Y si había ocurrido algo malo?

Al ver que las circunstancias superaban al padre, los demás se adelantaron. Uno a uno, los cuatro presentes ingresaron a la sala.

Sísifo le otorgó sus más cordiales enhorabuenas.

Kagaho se disculpó por todos los problemas que había causado, le agradeció ser el primero en comprender sus sentimientos, incluso antes que él mismo, y finalmente lo felicitó.

Aiacos y Minos también lo felicitaron y manifestaron abiertamente el deseo de ser las peores influencias que un niño pudiera tener (porque había que contrapesar el espantoso carácter del padre ¿no?).

Ya fuera por petición de Dégel, por acuerdo o por mera coincidencia, ninguno de los cuatro le dio detalles de su condición ni la de los niños.

Radamanthys fue el último de todos.

°o°o°o°o°

Tenía la sospecha de que había olvidado cómo respirar. Si es que acaso los espectros necesitaban hacerlo.

No fue sino hasta que los vio que el aire atrapado en sus pulmones consiguió salir.

Dégel estaba acostado en una enorme y mullida cama, rodeado de almohadas. Tenía vendajes en la cabeza y daba la impresión de estar más dormido que despierto, además de increíblemente pálido. Sin embargo, se las arregló para sonreír al verlo y lo animó a avanzar con un pequeño gesto de la barbilla.

Tampoco era como que necesitase mayor incentivo. Aunque era probable que sí necesitara una silla o como mínimo un bastón, pues las piernas le temblaron todo el camino desde la puerta hasta la cama.

—Tardaste demasiado. Ya se durmieron.

Susurró el exhausto omega y movió un poco las mantas para presentarle al inglés sus dos hijos.

Desde que tenía memoria, Radamanthys había experimentado diversos tipos de derrotas. No obstante, cada una de esas vivencias no pasaba de ser un grano de arena a partir del mismo instante en que sus ojos se posaron sobre las dos criaturas envueltas en blanco que Dégel mantenía contra su pecho con cada brazo. Con esa sola visión ante él, supo que estaba completamente perdido. Para siempre.

—Adivina cómo se llaman.

La voz del peliverde era lo único que podía escuchar con claridad, pero eso no quería decir que estuviera en condiciones de responderle. Solo le dirigió una mirada con la única expresión que podía manifestar en ese momento.

—Raphael y Miracle.

—Suena… perfecto.

—Radamanthys.

—¿Hm?

—Nadie te está mirando.

El aludido no entendió el repentino cambio de tema, al menos hasta que abrió la boca para responder y lo único que consiguió emitir fue un escuálido lamento. Sin pensarlo demasiado, se inclinó hasta que su rostro quedó oculto a un lado de la cabeza del francés, enterrado en las almohadas. Solo allí, de esa forma, pudo liberar toda la tensión, todo el estrés, el miedo, el nerviosismo, la furia, la alegría y la euforia. Con una mano, apretó una de las francesas y con la otra se aferró a una almohada. Por su parte, Dégel ladeó la cabeza hasta tocar la melena rubia y sonrió hasta quedarse dormido.

Los hijos de santo y espectro habían nacido completamente sanos.