Al final, la alternativa menos popular era la que había resultado verdadera: Raphael y Miracle eran dos niños tan normales como cabía de esperar pese a las cuestionables circunstancias. Raphael tenía ojos de color violeta y por cabello tenía unas pocas pelusas rubias; Miracle tenía ojos azules, casi transparentes, y un par de mechones brillantes del color de la hierba fresca. Ella fue la única que lloró; él era el hambriento y el silencioso, despertaba solo para comer y, luego, volvía a dormir, mientras que Miracle comía poco y hacía mucho ruido.

En los días sucesivos, se cumplió lo prometido y los nuevos padres recibieron visitas de todo el Santuario y el pueblo. Cada persona llevaba consigo noticias y regalos, los que al poco tiempo tuvieron que redirigir al templo por falta de espacio en la pequeña habitación de la Fuente, donde tuvieron que quedarse una semana: los dos bebés debían pasar por rigurosos exámenes para cerciorarse de que todo estaría bien y Dégel necesitaba tiempo para reponerse tanto del parto como del fuerte golpe que había recibido en la cabeza. Como era de esperarse, Radamanthys no se había vuelto a apartar de su lado.

Por fin, lo que habían aprendido en los libros podían llevarlo a la práctica. El primer gran desafío fue el biberón. Como Dégel no podía producir leche, el personal de la Fuente de Atenea les había conseguido lo necesario y les habían enseñado a preparar la fórmula. Además, no fueron pocas las mujeres de Rodorio que también se ofrecieron a dar su propia leche, pues hacía tiempo habían dejado de amamantar o sus propios hijos se llenaban con poco. En lo que respectaba a ayuda, no podían sentirse más apoyados: un hijo de caballero era el gran acontecimiento del pueblo.

Cuando se cumplió la semana y ninguno de los tres pacientes mostró complicaciones, pudieron finalmente regresar al penúltimo templo del Santuario.

°o°o°o°o°

Por primera vez, Dégel estaba agradecido de estar leyendo en la cama de su habitación. Miracle descansaba a su lado, bien segura entre almohadas, y Raphael bebía afanosamente su fórmula en brazos de Radamanthys, este sentado al otro lado de la cama. Al pensar en cómo debían verse los cuatro en ese momento, no pudo evitar volver a sentirse extraño. Parecían una familia, pero no lo eran y sabía que ambos pensaban igual. Aunque ya no se odiaran, aunque incluso pudiera ser que hubiesen desarrollado algo de afecto mutuo después de haber estado tanto tiempo bajo el mismo techo y por ahora tener dos hijos; estaban lejos de tener algo siquiera cercano a una relación romántica.

Ahora que los gemelos habían nacido y estaban a salvo, era momento de tener una última charla. Radamanthys debía regresar al Inframundo y se llevaría a uno de los niños, así como él tenía que comenzar a participar activamente en la guerra. Por eso, había decidido no prolongar más la ruptura de la burbuja en la que habían estado aislados casi nueve meses.

—¿Radamanthys? — Lo llamó, dejando de lado el libro para cargar a Miracle contra su pecho.

—¿Quieres hablar? — La pregunta que obtuvo como respuesta de parte del juez lo dejó sorprendido, aunque no dudaba que a esas alturas hubieran comenzado a pensar de manera similar.— Yo también he estado pensando, pero no quería ser el primero. Imaginé que tomarías la iniciativa cuando te sintieras en condiciones.

—Agradezco la consideración.— El francés asintió.— Creo que ya es buen momento. Así que… ¿a cuál de los dos escogerás?

—Quiero llevarme a Raphael.— No hubo duda en su decisión.— No me malentiendas, no es porque sea el varón: el Inframundo es silencioso por naturaleza, Raphael se adaptará mejor al entorno.

—Descuida, estaba pensando lo mismo.—Dégel levantó una mano en señal de calma y el sorprendido de turno fue el espectro.— El Inframundo me parece un lugar demasiado hostil para una niña, sin ofender.

—No tengo forma de desmentirlo.— El rubio se encogió de hombros.

—Entonces… ¿cuándo te irás?

Antes de responder, el espectro volteó para poder encarar adecuadamente a su contraparte.

—Me iré cuando puedas defenderte por tu cuenta.

Ante tamaña disposición, el peliverde no pudo mantener la serenidad en su expresión.

—¿De qué hablas?

—Hablo de quedarme en el Santuario hasta que estés como antes de todo esto. Tu cosmos, tu estado físico; aún necesitas tiempo. Hasta entonces, yo me haré cargo de ti y de nuestros hijos.

Dégel abrió la boca, pero no encontró palabras que fueran lo bastante adecuadas para responder a aquello. Hasta ese momento, no había comprendido lo mucho que Radamanthys había cambiado. Contempló a Raphael, luego a Miracle, y terminó aceptando que era la opción más sensata. Todavía no podía mantenerse de pie; tenía que haber alguien que protegiera a su hija en caso de ataque.

—Además, todavía no quiero despedirme.

Añadió el ojiazul al final, extendiendo un brazo para acariciar a su pequeña niña. El de Acuario sonrió, pero algo seguía inquietándolo.

—¿Estarán de acuerdo en el Inframundo? Ya llevas tanto tiempo aquí…

—Valentine está a cargo, confío en él. Tampoco es que haya olvidado por completo mi trabajo. He peleado en Rodorio y en el Inframundo dentro de lo posible.

—¿Has sabido algo de él?

—Sigue en Bluegrad, es todo lo que sé. Fue muy claro cuando dijo que no quería hablar y no estoy en condiciones de reprocharle nada, mucho menos ahora que regresaré con Raphael.

—Hablando de eso, no creo que Valentine esté actuando así por…

—¡ Dégel ! ¡ ¡ Dégel ! ! ¡ ¡ ¡ Déjame verlo ! ! !

—¡Dégel! ¡Tienes que escuchar esto! ¡No lo creerás!

De pronto, dos voces eufóricas se escucharon a lo lejos y comenzaron a subir de volumen rápidamente. El caballero no logró compartir sus inquietudes con el espectro, quería decirle que hablara con el pelirrosa, porque estaba seguro de que le faltaba entender algo muy sencillo. Tendría que conversarlo en otra ocasión, pues las dos personas que gritaban ingresaron corriendo al templo y pronto estuvieron ante la puerta de la habitación.

El aguador quedó clavado en su cama al ver a Kardia y Regulus luchando por recuperar el aire mientras agitaban los brazos.

Por supuesto, la situación no tardó en volverse incómoda cuando los recién llegados se dieron cuenta de que Radamanthys también estaba allí.

Hubo un intercambio de miradas entre los cuatro y, para sorpresa del peliverde, fue el escorpión quien habló primero.

—Felicitaciones, supongo.

—Gracias.—Contestó el francés por ambos, tras lo cual notó que el dragón se paraba de la cama.— ¿Radamantys?

—Estaré afuera…

—No, no. No es necesario.—

Quien interrumpió al rubio fue Regulus, esta vez, para sorpresa de los padres. Kardia suspiró a su lado y se rascó la cabeza.

—Joder, ya: pasaron muchas cosas en este tiempo. Si no apareciste en el norte cuando casi matan a Harpía, fue porque estabas aquí manteniendo tu palabra. Creo que puedo aceptar que respiremos el mismo aire.

—Vinimos hasta aquí sabiendo que podrías estar.— Acompañó Regulus. A sus 17 años, ya se notaban los primeros rasgos de adultez en su rostro, en su cuerpo y en su forma de pensar. Había superado el metro setenta de altura y no cabía duda de que seguiría creciendo.— Queremos estar en buenos términos, al menos ahora que se está acabando todo.

—¿Qué cosa? —Intervino Dégel de nuevo.

—Veníamos a hablarles precisamente de eso.— Una sonrisita de satisfacción surcó los labios del peliazul.

—Los dioses egipcios se han marchado.— Y quien reveló la noticia fue el joven león.

El francés y el inglés se miraron, perplejos, y volvieron a ver a los recién llegados con todavía mayor confusión e interés.

—Pero antes de entrar en detalles, quiero conocer a mis sobrinos.— Reclamó el escorpión, entrando definitivamente al cuarto seguido de Regulus.

°o°o°o°o°o°o°

Después de que Kagaho recuperara su armadura, ahora blanca, y demostrara que podía hacerle daño a Ra, este había desaparecido en las profundidades del río Nilo, escondiéndose del masivo ataque de espectros y santos mientras cubría sus ojos dañados por la inesperada y violenta arremetida del renacido caballero. Por supuesto, no había olvidado extender la más abominable de sus amenazas, asegurando que recuperaría a Bennu y a Esfinge y que no olvidaría la ofensa de los dioses griegos y sus vasallos.

Tras confirmarse otro de los pocos capaces de mermar el ejército enemigo, Kagaho se había rehusado por todos los medios a permanecer escondido. Su actitud había cambiado drásticamente, la inseguridad que lo había oprimido hasta entonces se había desvanecido junto con las sombras de su sapuris. Una reunión con los jueces del Inframundo y los caballeros había determinado que el Bennu, o Fénix, estaba en condiciones de valerse por sí mismo y, desde entonces, el azabache no había abandonado el campo de batalla.

Tenía mucho que compensar y agradecer, mucha negatividad que descargar y mucho tiempo que recuperar, siendo el Santuario el primer sitio en recibir su ayuda. Con toda la energía guardada durante meses, solo había necesitado cuatro días para convertir en cenizas al ejército egipcio de shabhs. Tal y como el mismo Ra había dicho, Kagaho estaba en el limbo y el Bennu, el fénix de Ra, podía atacar a vivos y muertos sin distinción ni salvación.

Habiendo asegurado que Rodorio no tendría más visitas de los soldados inmortales, se había marchado a Bluegrad.

—Pero eso no es lo más importante.— Aseguró el león.

Pese a que el tema en discusión era de gran interés, estaba demasiado embobado mirando al pequeño bebé entre sus brazos. A Dégel le había tomado cerca de una hora convencer a Kardia de que tomara a Miracle, que ella no se rompería y que él no era tan negligente como imaginaba. Pero Regulus se había adelantado derrochando confianza y había terminado sentado en el borde de la cama al lado del francés, cargando a la niña.

Otra situación de lo más peculiar había venido justo después. Inevitablemente, el octavo caballero había echado una ojeada a su otro sobrino, el que estaba en brazos de Radamanthys, y a este no le había pasado desapercibido. Así que el dragón había hecho demostración de que los dos santos no eran los únicos que habían madurado: con toda calma, se había parado otra vez de la cama y se había acercado a su rival para extenderle a su hijo. Eso atentaba contra las normas que los cuatro conocían y solo ellos podían saber, por ende, el enorme esfuerzo y evolución que aquel simple gesto requería.

Para no ser menos, evidentemente, Kardia sacó pecho y recibió a Raphael junto con un minucioso puñado de instrucciones acerca de fuerza y delicadeza.

Con el paso de los minutos, toda tensión se había controlado y habían procedido a ahondar en el relato.

—Es como dice Regulus.— Enfatizó Kardia, todavía tieso como árbol seco al tener a su sobrino entre los brazos.— Cuando Kagaho llegó a Bluegrad y empezó a cargarse a los soldados egipcios, no apareció ninguno de los jueces. Dijo que tampoco aparecieron aquí en Rodorio y Manigoldo dice que no ha visto ninguno en el Inframundo. Tal parece que no quieren encontrarse con él y han desaparecido al igual que Ra. Solo queda el ejército, así que tardarán un par de días más en eliminarlos a todos.

—Por eso decidimos volver.— Acotó el quinto paladín.— Ya no nos necesitaban a nosotros. Los espectros y los guerreros azules terminarán el trabajo.

—Increíble…—Murmuró Dégel frunciendo el entrecejo. Tenía que preguntarle al patriarca o averiguar él mismo la ubicación de los dioses. Tal vez ya estaba en condiciones…

—Ni lo pienses.— La prohibición tajante del ojiazul interrumpió de golpe sus pensamientos y lo tomó por sorpresa.— Su patriarca seguramente ya está trabajando en ello, tú deber es descansar y recuperar energía.

—Pero Sage debe necesitar ayuda también, sobretodo ahora…

—Escuchaste al cejudo, Dégel. Ahí te quedas.— Rebatió su amigo. Era demasiado extraño verlos estar de acuerdo en algo.

—Bicho.— Llamó el juez. Aún faltaba algo de tiempo para pensar siquiera en llamarlo por su nombre.— Sobre Valentine…

—Él se encuentra bien. Volvió al frente un par de semanas después de que ese perro de Anubis lo atacara y llegamos a un acuerdo.

—¿Acuerdo?

—Sí, le dije que yo me encargaría de él mientras tú estuvieras aquí. Nos funcionó bastante bien. Es un sujeto agradable para ser subordinado tuyo.

La expresión de Radamanthys se volvió seria. Algo dentro suyo se había estremecido de disgusto al imaginar a Kardia y Valentine luchando juntos. ¿Por qué iba Valentine a necesitar ayuda? Era perfectamente capaz de cuidarse por sí solo, lo sabía. Daba fe de ello. Aun así … el escorpión no tenía razones para mentir. ¿Eso significaba que la lesión había sido peor de lo que pensaba? Tenía que comprobarlo por sí mismo…

No podía. Valentine seguía sin querer hablarle y cuando volviera al Inframundo lo haría llevando a uno de sus hijos. ¿Cómo podía dirigirse a Harpía si él, siendo su jefe, había cometido una indecencia sin comparación? Empezaba a sospechar que el pelirrosa ya no deseaba servirle y… y si era así, no tenía derecho alguno a negarle la partida.

Por supuesto que Kardia y Dégel notaron enseguida el ensimismamiento del espectro y empezaron a intercambiar miradas confidenciales. Todo apuntaba a que el peliazul se había sumado al reducido grupo que entendía algo que el Wyvern no era capaz de ver.

Afortunada o desafortunadamente, Regulus no era parte de ese grupo. No había dejado de mirar a los padres desde que había llegado y la incertidumbre no le permitió contener más la pregunta.

—Así que… ustedes dos… ¿se van a casar?

Los que reaccionaron fueron tres.

Kardia, Dégel y Radamanthys estuvieron a punto de escupir el té que el inglés había repartido mientras se prolongaba la conversación.

El caballero de Escorpio vio con ojos saltones a su amigo peliverde en lo que se limpiaba la boca con una manga. ¿Era una broma?

—No.

—No.

Respondieron ambos al unísono, mirándose de reojo y con verdadera consternación en sus rostros. Regulus levantó una ceja y frunció la otra.

—Pero tienen hijos y viven juntos. ¿La gente que hace eso no se casa?

—Regulus, cierra el…— Empezó a decir un Kardia cada vez más alterado.

—Un evento no implica forzosamente el otro.— Contestó el Wyvern, tan civilizado como podía.

—Además, es solo temporal.— Siguió Acuario.

—Regresaré al Inframundo dentro de poco tiempo.

—Oui, oui, seguiremos cuidando a nuestros hijos por separado.

—No lo entiendo… —Por gloria divina, el peliazul logró contenerse las ganas de ahorcar al menor.— Si tienen hijos, pero no están juntos… entonces ¿qué son ustedes?

—Nosotros somos… somos…

—Amigos. Solo amigos.

Esa simple y única palabra dejó atónitos a los otros tres hombres. El rubio giró a mirar al francés con el ceño fruncido y casi dudando haber escuchado correctamente. Sin embargo, el peliverde le sostuvo la mirada con seriedad y calma, seguro de su respuesta. En eso se había transformado su relación. Desde lo ocurrido en Egipto hasta ese mismo instante, habían pasado tantas cosas, habían estado tanto tiempo juntos que no podían seguir fingiendo que eran enemigos, aunque tampoco fueran amantes. Después del breve intercambio de miradas, un peso invisible desapareció de los hombros del juez y terminó asintiendo.

—Es como él dice.— No obstante, necesitaría algo de tiempo para decirlo como correspondía.

Un extraño ambiente se apoderó de la habitación, al menos hasta que los bebés comenzaron a llorar. El primero en entrar en pánico fue Kardia.

—¡Di-dijiste que no iba a pasar nada! ¡Lo rompí! ¡¿Cómo lo arreglo?! — Se limitó a lloriquear, pues aún no se atrevía a mover un músculo, mucho menos ahora que Raphael lloraba.

—¡Tarado, lo asustas! — Saltó el Wyvern, quien se había mantenido cerca del otro escorpio, por si acaso, y enseguida le arrebató al bebé exhibiendo una delicadeza que el griego contempló con la boca abierta.

Por su parte, Regulus devolvió a la niña con el francés y estuvo más que dispuesto a tratar de darle el biberón. Era curioso que los dos opuestos en el reloj zodiacal pudieran ser tan afines.

Wyvern y Escorpio los observaron, luego se miraron entre ellos y tomaron una distancia prudente el uno del otro: eso no iba a suceder.

Más tarde, Dégel seguía fascinado con la evolución que había tenido ese pequeño grupo. Si algo habían tenido en común era la enemistad hacia Radamanthys y, sin embargo, ahí habían estado, los cuatro juntos, limando poco a poco las asperezas de un pasado no tan lejano.

De ahí en adelante, el juez del Inframundo cumplió su promesa a cabalidad y veló por Dégel y los dos niños durante el tiempo que tardó el galo en "volver a lo que era antes de todo" como había dicho el espectro alfa.

El día de la despedida llegó pronto.

.o.o.o.o.o.o.o.o.o.

Radamanthys entró a la habitación de Dégel y descubrió que este ya estaba despierto yendo de un lado al otro. El juez se mantuvo de pie en el marco de la puerta y lo siguió con la mirada.

—Aún es temprano.

—Hay mucho que hacer y de todos modos no podía dormir.

—Creí que habíamos dejado todo listo anoche.

—Siempre es bueno revisar tres veces.

—Dégel.

—¿Qué ocurre si le falta ropa? ¿Y si se queda sin comida?

—Me estás insultando.

—Non, non, no es un insulto, estoy siendo previsor.

Please…

—¿Por qué esperar a que haya inconvenientes para resolverlos si podemos evitarlos de antemano? Hay que comenzar a empacar, estaba pensando en preguntarle a Manigoldo…

—Hey.

—¿Qué?

Después de rodar los ojos, el rubio se acercó al francés y detuvo su lento caminar sujetándolo de los hombros.

—Estoy literalmente a un abrir y cerrar de ojos de aquí. Si algo falta, puedo recorrer la distancia entre el templo de Acuario y Caina en menos de un minuto. Hazte un favor y tranquilízate.

Habló, dejando al omega en silencio absoluto unos cuantos segundos. Al comienzo, se mostró perplejo, mas no tardó en fruncir el ceño.

—…Estoy tranquilo.

Y lo aparentaba, por supuesto. A simple vista, Dégel solo había estado caminando entre las pilas de obsequios, con una mano en el mentón y expresión reflexiva mientras pensaba pausadamente en voz alta. Sin embargo, no podía engañar al Wyvern a esas alturas. Detrás de aquella mirada tan serena como sus palabras, libraba una contienda contra su propia ansiedad y ¿cómo no? si ese día no solo se marchaban Radamanthys y Raphael, sino que debía entregar a Miracle al Santuario.

Al menos, no podía decir que no lo entendía.

Con el nacimiento de los gemelos, Dégel había quedado libre de restricciones. No obstante, había preferido estar más tiempo así, pues sabía que el templo de Acuario no tardaría en recuperar su habitual temperatura en cuanto comenzara a utilizar su cosmos y eso solo significaría dos cosas: que el frío del templo sería peligroso para Miracle y que él debería retomar sus actividades como caballero, lo que implicaba, por ende, ceder el cuidado de su hija a las doncellas.

Por eso, solo se había enfocado en recuperar el estado físico en primer lugar. Luego de que la herida en su cabeza dejara de representar peligro, había vuelto a entrenar. Poco a poco, comenzó a recuperar la vieja rutina, menos horas de sueño, una dieta normal, más trabajo, aunque por supuesto, sin dejar de aprovechar al máximo el tiempo que le quedaba dentro de esa burbuja que él mismo había decidido romper.

Afortunadamente, Radamanthys había estado ahí en todo momento para cuidar a los bebés, por lo que podía dedicar unas cuantas horas del día a entrenar sin temor alguno.

Para sorpresa general, no pasó mucho tiempo entre el comienzo de la recuperación del aguador y el regreso de Kagaho. El caballero del Fénix había decidido quedarse en Bluegrad para ayudar a eliminar a los últimos miembros del ejército de Ra y había vuelto portando una resolución que nadie le había visto después de la Guerra Santa. Dégel no tardó en encontrarlo y le pidió que fuera su compañero de entrenamiento, propuesta que el azabache recibió con toda la intención de agradecerle al peliverde por haberlo ayudado a superar sus temores.

Así, la última parte del proceso de acondicionamiento había dado inicio. Fue durante esos enfrentamientos que el paladín de la onceava casa confirmó sus teorías: Kagaho había tomado una decisión y se marcharía junto con Radamanthys cuando él ya se hubiera recuperado por completo.

Finalmente, tras otras cuantas largas semanas, el portador de la penúltima armadura de oro había recuperado el estado físico y se había concretado la reunión formal que los llevaba al presente.

°o°o°o°o°o°

Después de empacar todo lo necesario para Raphael, los dos padres se sentaron en el borde de la cama y cargaron cada uno al bebé del que deberían despedirse en unos cuantos minutos.

—Vendremos con tanta frecuencia como sea posible.

Aseguró Radamanthys mientras acariciaba el pequeño rostro de su hija, quien le sonreía con entusiasmo y lo animaba a él mismo a sonreír de un modo que Dégel estaba seguro que nadie había visto jamás.

—Sabes que puedes venir a verla cuando sea ¿verdad?

—Quisiera poder realizar la misma invitación.

—De todos modos, los límites serán mucho menos estrictos ahora ¿no has escuchado las noticias?

—¿Noticias?

—Atenea anulará el exilio de los espectros al Inframundo.

—Qué…

—Solo se mantendrá la prohibición de causar estragos en la superficie. Es una especie de compensación por la ayuda y la alianza.

—Tendremos mucho trabajo.

—Pero podrás ir y venir sin preocuparte.

—Uno de mis hijos estará en el Santuario; tenía planeado venir con o sin prohibición desde el comienzo.

—Radamanthys…

—¿Hm?

—No bajen la guardia.

—Pharaoh vendrá con nosotros también ¿no es verdad?

—Oui. Defteros confirmó que Ra lo ha liberado para evitar que lo rastreen, pero nunca se sabe qué puede pasar.

—Tú tampoco estás tranquilo.

—No. No lo estoy. Es ilógico que un dios a la altura de los doce olímpicos se diera por vencido tan rápido. Tengan cuidado.

—Por supuesto. Vamos ya, es hora.

—Sí.

Luego de la última charla, ambos abandonaron la habitación.

La despedida se llevó a cabo en el páramo más alto de las doce casas, justo ante la gran estatua de Atenea. En este lugar, se reunieron todos los caballeros dorados, el patriarca y la joven diosa, acompañados por los tres espectros.

La máxima autoridad del Inframundo se abrió paso ante ellos en cuestión de segundos, precedido a su vez por dos de sus jueces. Era la primera vez que Hades abandonaba su reino desde la Guerra Santa y era imposible no reaccionar con un nivel mínimo de ansiedad ante su presencia.

Sasha, quien no había visto a Alone en tanto tiempo, avanzó un paso y le concedió una de sus sonrisas llenas de amor.

—Finalmente, es hora de que tus seguidores regresen contigo.

Sabía que en su posición de diosa estaba mal involucrar sentimientos personales, por lo que se limitó a sonreír en nombre de todos ellos y aguardó a que quienes tanto tiempo habían estado fuera avanzaran hasta donde se mantenía erguido el rey de las profundidades.

El primero de ellos fue Pharaoh. El moreno se arrodilló ante el dios, incapaz de mantener el rostro en alto debido a la vergüenza.

—Tú no has hecho nada malo. Resistirse a la influencia de un dios desconocido es complicado. En adelante, tendrás la oportunidad de sanar tu orgullo y compensar lo que creas necesario regresando al lugar que ocupas en mi reino.

—Señor.

Con ese breve intercambio de palabras, el espectro de Esfinge se unió a los jueces apostados a su espalda.

El siguiente en avanzar fue el Wyvern.

Hades lo inspeccionó detenidamente, el dragón se arrodilló ante él con la frente en alto y con su hijo entre los brazos. Aún recordaba su expresión ilegible el día en que le había confesado su magno descuido. Al cabo de unos instantes, habló.

—¿Te has hecho responsable de tus actos?

—Sí, señor.

—¿Continuarás haciéndote responsable en lo sucesivo?

—Sí, señor.

—¿Podrás realizar todas tus funciones sin descuidar a ninguno de tus hijos?

—Podré, señor.

—Bien.

El dragón infernal se puso de pie tras ver que su dios asentía y avanzó hasta donde lo esperaban sus dos iguales, estos con los brazos abiertos a la espera de ver cuánto había crecido el futuro niño a malcriar. Desde su nueva ubicación, buscó a Dégel con la mirada y el aguador le hizo un gesto de confianza con la cabeza. Ese no era el final, todo estaría bien.

—Atenea, lamento los inconvenientes que mis espectros han causado en tus tropas, así como agradezco el trato que les has dado. Si ya no queda nada que decir…

—Hades, aguarda.

Lo llamó con prisa la joven diosa, a lo que el muchacho detuvo el discurso de despedida y aguardó paciente. Ninguno de los dos había olvidado el lazo que los unía como humanos, así como tampoco olvidaban que ya no podían retomarlo. Eran Hades y Atenea; así había quedado estipulado al terminar la guerra.

—Aún falta alguien.

Añadió Sasha. Lentamente, los caballeros se fueron apartando y fue entonces que la expresión serena de Alone cambió de manera radical. Kagaho se había situado a un lado de la diosa, portando una radiante armadura blanca, la vieja sapuris de Bennu, y mantenía sus ojos grises directo sobre él.

No obstante, antes de que pudiera realizar cualquier pregunta, el caballero giró sobre sí mismo y llevó a cabo una profunda reverencia.

—Lo siento, Atenea.

Entonces, la doncella recordó la conversación que habían tenido al llegar Kagaho de Bluegrad.

°o°o°o°

FLASHBACK

Era la primera vez que estaba tanto tiempo fuera del Santuario desde que había sido acogido para asegurar su protección. Luego de recuperar su armadura, se había incluido en la lucha mostrando un ímpetu desconocido hasta entonces, incluso el propio Hasgard lo había dicho: sus golpes ya no carecían de alma, por fin eran ataques completos, con un objetivo y una motivación. Esa motivación que lo había abandonado en favor del miedo y que las palabras de Dégel le habían ayudado a reencontrar. Había llegado a perder la noción del tiempo que pasaba causando estragos entre los egipcios de Rodorio y luego de Bluegrad.

Cuando ya no quedó ninguno, pues muchos comenzaron la retirada al saber que ya no eran inmunes, regresó exhausto a las doce casas, pero con una decisión firme ya tomada.

Solicitó una entrevista con la diosa de inmediato y solo se dio el tiempo de arreglarse, sin siquiera descansar.

Para cuando llegó a la cámara del Patriarca, él y Sasha lo esperaban a la expectativa.

Kagaho se mantuvo de pie, demostrando a partir de esa simple decisión el motivo de su presencia allí.

Aunque, para sorpresa de él, Atenea ya estaba preparada.

—¿Quieres desertar?

Fue la pregunta que hizo, certera e inesperada.

El azabache abrió los ojos con algo de inquietud y enseñó ambas manos.

—No, no es… no quiero que suene de ese modo… Atenea, patriarca…

—Dégel nos mencionó algo al respecto en su informe.— Asistió Sage, tratando de aligerar la carga del muchacho para expresarse.

—No tengo cómo agradecer lo que el Santuario ha hecho por mí.— Fue lo primero que logró decir sin titubear.— La bienvenida, la acogida de todos los caballeros, la ayuda del santo de Acuario… él me dijo algo importante. Por sus palabras, logré recuperar mi armadura y aunque sé que todos tienen grandes expectativas, que esperan que retome mi lugar en el Santuario como el caballero del Fénix…

—No puedes.

—No, no puedo.

—Kagaho…

—Sé que es una respuesta despreciable después de todo lo que han hecho por mí, por eso, dejaré la armadura aquí si es necesario. Cumpliré con cualquier castigo que me impongan, es lo que merezco, prefiero eso a…

—Kagaho.

La mujer de cabellos violetas sostuvo el rostro del otro muchacho con sus dos manos y lo obligó a mirarla mientras aún estaba sorprendido.

—No tienes que dejar la armadura: es tuya. Es tuya hasta que tu sucesor aparezca. Escucha, tampoco debes sentirte en deuda con nosotros. Estabas destinado a ser un caballero y el Santuario te recibió con los brazos abiertos, teniendo la esperanza de que quisieras ser parte de nosotros; pero si no deseas estar aquí… quieres volver al Inframundo, ¿verdad?

—…Sí.

—Ya veo. El Inframundo, Bluegrad y el Santuario están en una alianza ahora. ¿Entiendes lo que significa?

—Atenea…

—Solo dime una cosa. ¿Por qué deseas regresar?

—Por Alone.

—¿Solo por él?

—Sí. Sería lo mismo que estuviera en el Inframundo, aquí en el Santuario o al otro lado de la Tierra. Solo quiero seguir a su lado.

—¿Por qué estás tan decidido?

La forma en que el Bennu miró a la doncella al contestar dejó en claro que no había más vueltas que darle al asunto.

—Porque él es mi hogar.

FIN DEL FLASHBACK

°o°o°o°o°o°o°

—Ve.

Era lo único que le quedaba por decir. Sasha le dedicó una sonrisa llena de afecto y asintió una vez. Kagaho imitó su gesto y luego dedicó unos momentos de su atención a los caballeros de oro que tan cordialmente lo habían aceptado. Seguiría ayudando; mientras durara la alianza, no serían enemigos. Aunque no fuera parte del Santuario, seguiría siendo un caballero; en eso pensaba mientras cubría la poca distancia que separaba a la diosa de la Tierra del rey del Inframundo.

Se arrodilló a sus pies, manteniendo la cabeza inclinada en un gesto de lealtad innegable. Por eso mismo fue que no logró predecir el momento en que Alone se deshizo de su temple estoico para arrodillarse ante él, aferrándosele en un abrazo.

—Por fin puedo ver tus colores verdaderos. Son hermosos, Kagaho.

Susurró el dios. Al sentirlo tan cerca, dedicándole esas palabras, el atónito caballero perdió la lucha contra sus más profundos sentimientos y correspondió al abrazo, refugiando sus lágrimas de anhelo en la túnica de Alone. Qué importaba el resto. A esas alturas, ya no era secreto que incluso los dioses podían tener a alguien especial.

La comitiva del Inframundo partió poco después.

La alianza se mantendría en pie por tiempo ilimitado y ahora cada facción debía regresar a su realidad, la que, en el caso del Santuario, no tardó en demostrar que seguía siendo impredecible incluso sin espectros en ella.

—Señorita Atenea.

Una voz se alzó fuerte entre los caballeros y se ganó la atención general en pocos segundos.

—¿Ocurre algo?

—Quería aprovechar que estamos todos juntos para hacer un anuncio. No lo dije antes porque temía que Kagaho reaccionara mal, pero… diosa, compañeros: ya es hora de que ceda el puesto a la siguiente generación. Dejaré de ser un caballero.

Un silencio pesado se apoderó del grupo. Ninguno se libró del shock de la noticia que acababa de compartir Hasgard.