—¿Estás completamente seguro?

—Tan seguro como es posible.

El tópico de la asamblea había cambiado radicalmente luego de la despedida del grupo infernal. Atenea y sus caballeros se trasladaron a la cámara del patriarca para seguir tratando un tema que era del interés general.

Desde que se tenía registros, Hasgard era el primer caballero dorado en anunciar su retirada sin estar en calidad de traidor. Además, lo normal era que un guardián de las doce casas no viviera lo suficiente como para siquiera pensar en dejar la orden. Las excepciones conocidas eran tres: Sage y Hakurei, quienes se habían convertido en los cabecillas del Santuario al acabar su propia guerra, y Krest, quien había seguido ayudando a los atenienses hasta simplemente desaparecer, para luego ser descubierto como un desertor. Que el actual santo de Tauro solicitara el retiro implicaba una nueva página en los anaqueles del Santuario.

—¿Por qué de pronto deseas ceder tu posición?

Preguntó el patriarca, aunque no dudaba que habría motivos válidos para que uno de los santos más nobles entre los dorados tomara semejante decisión.

—Pelear contra el ejército de Ra me ha hecho darme cuenta de que ya no puedo rendir al máximo. No era algo que estuviera dispuesto a discutir con Kagaho presente, como dije, pero es innegable que la Guerra Santa me ha pasado la cuenta.

Atenea le dirigió una expresión de congoja. El enfrentamiento contra Kagaho había dejado grandes cicatrices en Hasgard y le había costado la visión de un ojo. Si era eso solo a simple vista, no podía imaginar cómo se encontraría más allá de lo evidente.

Al ver el estado de la joven diosa, Aldebarán se permitió una de aquellas sonrisas tan reconfortantes y características de él.

—No debe estar triste, Atenea. Ya lo he hablado con el siguiente caballero de Tauro y está listo para tomar mi lugar. No la decepcionará; es más, yo mismo me aseguraré de enseñarle todo lo que sé.

—¿Qué harás a partir de ahora?

Preguntó de nuevo la doncella, resignada y aún deprimida. No tenía sentido que le negara al albino una petición tan razonable, sobre todo cuando las capacidades de Teneo estaban a la vista y prometía ser un excelente sucesor.

—Me quedaré aquí, en Rodorio. Seguiré ayudando al Santuario y protegiendo a la gente, y podré dedicarme a los niños por completo. Es lo mejor que puedo hacer.

Atenea elevó la mirada un poco preocupada hacia Sage, quien había escuchado el diálogo sin transmitir nada en su expresión.

—Al parecer, esta generación será la más revolucionaria en la historia del Santuario.

Suspiró. Entonces, la joven de cabello violeta sonrió y volvió a encarar al de Tauro.

—Aceptamos tu petición, Hasgard. Llevaremos a cabo una ceremonia para conmemorar el evento.

—Se los agradezco infinitamente, Atenea, Patriarca.

El actual Aldebarán inclinó su cabeza con devoción hacia las dos autoridades del Santuario y luego se puso de pie, pero cuando volteó a ver a sus compañeros, no se esperó que estos lo recibieran con una sobrecogedora ronda de aplausos. Había que ser valiente, honrado y humilde en partes iguales para atreverse a pedir el retiro de las filas de la diosa de esa forma.

La ceremonia se llevaría a cabo al día siguiente; según lo acordado, ambos regentes de Tauro se enfrentarían en un combate solemne para pasar la antorcha a la siguiente generación. De momento, solo debían afinar los pocos preparativos que tendría el evento, por lo que los doce caballeros quedaron libres de regresar a sus respectivas casas.

Solo Kardia y Dégel se quedaron en la cámara del patriarca.

—Estará a salvo aquí, tenlo por seguro.

El primero en hablar fue Sage, ya que había notado fácilmente la insatisfacción del peliverde. Por supuesto, este se sobresaltó un poco y apartó la mirada. No quería ofender, pero le era imposible no sentirse inseguro.

—Lo sé, maestro Sage, lo lamento. No significa que esté en contra…— Se apresuró a explicar.

—Las doncellas del Santuario están capacitadas para cuidar a la niña, así como cuidaron a Atenea tiempo atrás. Es lo mejor que podemos hacer, lo sabes; tú también debes retomar tu lugar como caballero.

—Sí, maestro.

Pocas veces había sentido con tal notoriedad la diferencia entre el deber y los sentimientos. Kardia le dio una palmada reconfortante en la espalda y alcanzó a sonreírle segundos antes de que las densas cortinas que colgaban tras el trono dieran paso a tres de las doncellas. La mayor de ellas, ubicada en el centro, presidió al grupo y todas reverenciaron con gran devoción a Atenea y los demás.

—Señor Dégel, mi nombre es Nicole.— Anunció. Tenía el cabello rojo, tan liso que se le pegaba a la pulcra túnica, y los ojos castaños. Su rostro era pálido y lo adornaban decenas de pecas. Se acercó al francés y extendió sus manos, dejando ver una piel igual de blanca y estrellada.— Todas las siervas del Santuario estamos preparadas para cuidar con nuestras propias vidas a su hija; de ello da fe nuestra amada Atenea. Gozará de todas las atenciones disponibles y la educaremos para ser una dama digna. Por favor, confíe en nosotras.

El breve discurso, elegante, pausado y convencido, logró transmitirle al aguador la calma necesaria para mitigar la inquietud. Volvió a contemplar a su bebé; tenía que dejarla ir. Miracle le sonrió y él correspondió a su sonrisa dándole un beso en la frente. No era el fin del mundo. Podría ir a verla cuando quisiera. Debía convencerse de que era la mejor decisión.

Sin deseo de prolongar más la espera, dejó a la niña en brazos de Nicole y asintió. Para evitar ser víctima de un impulso paternal, retrocedió un paso e inclinó la cabeza hasta notar que las tres mujeres ya no estaban al alcance de su mano.

—Confío en ustedes y les encargo y agradezco el bienestar de mi hija de ahora en adelante.—

Era todo cuanto podía decir. Nicole asintió, estrechando a la pequeña en sus brazos de forma protectora y gentil.

—Ianthe y Nicia lo acompañarán hasta su templo para buscar las pertenencias de la niña. Ahora, si me disculpan, debo retirarme. Daremos la bienvenida a Miracle.

Dégel recogió las manos, asintió solemnemente y esperó a que las dos jóvenes, una rubia de cabello ondulado y otra con una coleta negra, le dieran alcance. Sin embargo, no logró animarse a dejar la cámara del Patriarca sino hasta que Nicole desapareció tras las cortinas.

—Nos veremos mañana en la ceremonia. Están libres el resto del día.

Anunció Sage, Atenea se despidió de ambos con un gesto de la mano y Kardia sonrió por los dos. Nadie podía culpar a Acuario de no encontrarse con el suficiente ánimo. En cuestión de horas, había pasado de estar acompañado las veinticuatro horas del día a encontrarse nuevamente solo, después de casi un año.

El traslado de las cosas de Miracle ocupó las horas quedaban hasta el atardecer. Al final, Kardia y las dos doncellas se llevaron las últimas cajas y el templo de Acuario volvió a ser como antes; justo igual que su guardián.

Dégel se detuvo en la biblioteca, observando a su alrededor. Ya no había nada que le recordara los últimos diez meses, casi parecía que había sido un sueño. Concentró todos sus sentidos: silencio. Se sorprendía a sí mismo al no haberlo extrañado durante ese tiempo. Al observar por la ventana, se encontró con la mitad de una brillante luna. No tenía sueño, así que solo le quedaba una cosa que hacer: volver al trabajo.

Sin prisa, limpió sus gafas, buscó los libros, los cuadernos y las plumas y se acomodó frente al gran telescopio que apuntaba hacia la oscura noche del Santuario.

°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°

El día siguiente los recibió con los preparativos para la ceremonia de sucesión. Teneo y Hasgard estaban ya en el centro del coliseo. En la galería, Atenea y Sage lideraban el enfrentamiento y, en los asientos más bajos, se había acomodado el resto de los caballeros. A pesar de haberse decidido apenas el día anterior, una gran multitud se había abarrotado en el coliseo, compuesta tanto de ciudadanos como de los propios guardias o soldados del Santuario.

—Daré mi mejor esfuerzo hoy, señor Aldebarán.— Anunció el futuro caballero, acomodándose ya para dar inicio a la contienda.

Ante su decisión, Hasgard soltó una risotada y cruzó los brazos.

—¡Ese es el espíritu de un buen sucesor! Así es como se habla. No espero nada menos de ti, Teneo. Hazme sentir orgulloso.

Atenea dio un paso al frente, esgrimiendo el cetro de Nike, y su voz silenció a la gente durante unos segundos.

—Que esta ceremonia de inicio, caballeros. Que la voluntad de esta generación y las pasadas continúe brillando por siempre en manos de los jóvenes.

Los dos tauro se miraron fijamente, sin mover un solo músculo. En el instante en que Atenea bajó el cetro, el de cabellos castaños también cruzó los brazos y ambos hicieron estallar sus cosmos.

— n!

— n!

Sus voces alcanzaron todos los rincones del coliseo; sus ataques chocaron de frente y la explosión gatilló las ovaciones del público.

El primero en moverse fue Teneo. Sabía que no podía compararse a Hasgard en términos de fuerza, por lo que quedarse quieto era condenarse. Sin embargo, estaba seguro de que su agilidad le permitía superar al albino en velocidad, así que se arrojó al ataque buscando el punto ciego de su maestro y contrincante.

—Tu ingenio se convertirá en un arma muy poderosa.— Hasgard volvió a reír.

—¡Aaaaahh! — Teneo acortó distancias rápidamente y le lanzó un puñetazo.

—Sin embargo…

—¡¿Qué…?!

—No me vas a ganar utilizando los conocimientos que yo te di.

En el último segundo, una de las poderosas manos del mayor detuvo el golpe de su alumno como si no lo hubiera lanzado a una velocidad que los espectadores no podían seguir. El castaño reaccionó demasiado tarde; antes de que pudiera hacer cualquier cosa, el actual Tauro lo levantó por sobre su propio cuerpo, dibujó un amplio arco sujetándolo solo de la mano y lo hizo aterrizar bruscamente del otro lado, donde golpeó la espalda del más joven contra el suelo.

—Vamos, muchacho; le dije a la señorita Atenea que…

—¡No crea que es suficiente!

El alumno calló al maestro siendo él quien le sujetó la mano esta vez. Aprovechándose de que su fuerza no bastaba para mover a Hasgard, lo utilizó como base, recogió las piernas y le proporcionó una contundente patada doble. No conforme con eso, se valió del impulso para rodar sobre su espalda y volvió a estar de pie. Víctima de la sorpresa, Tauro lo había soltado, por lo que su sucesor aprovechó el espacio para retroceder unos cuantos pasos.

—Ah, qué es esto. Ya no me respetas; ni siquiera has permitido que terminara de darte un sermón.

Se lamentó fingidamente el albino, sobándose la mejilla donde había quedado marcado uno de los golpes.

—Todo lo contrario, señor.— Refutó el aludido, permitiéndose solo ahora enseñar una sonrisa.— Es porque lo respeto más que a nadie que no le daré tregua. ¡Quiero que me reconozca como a un digno sucesor!

Los vítores y el escándalo en las galerías se redobló con esa sincera declaración, misma que invitó al taurino mayor a sonreír nuevamente.

—No te has dado cuenta ¿verdad? Te reconocí como mi digno sucesor el día que hablamos de esto.

Aquello dejó perplejo al de cabellos castaños y no le permitió reaccionar ante la admirable velocidad de la siguiente arremetida. Con un solo golpe, Aldebarán logró que el futuro guardián de la casa de Tauro cruzara todo el coliseo hasta impactarse contra el muro.

—¡Adelante entonces, déjame disfrutar de esta última batalla!

El más joven salió en cosa de segundos del agujero en la pared, se limpió la sangre y la tierra y se llenó de aire los pulmones.

—¡Será un honor!

Al parecer, la tensión inicial se había desvanecido. Teneo regresó al centro de la arena y dio su mayor esfuerzo para luchar con Hasgard la batalla ceremonial que se merecía.

Tal vez no pudiera superarlo aún, tal vez no pudiera superarlo jamás, pero quería dejar en claro que pondría la vida en ser al menos tan buen caballero como lo había sido su antecesor.

Evidentemente, la batalla tenía que llegar a su fin tarde o temprano.

El público seguía ferviente, el sol brillaba en su viaje descendente y los contrincantes se separaron tras otro de los tantos intercambios de golpes. Al parecer, habían tenido la misma idea, pues ambos elevaron sus brazos y una cantidad inconmensurable de cosmos emanó de sus cuerpos.

—Vamos a acabar con esto.—

—¡Es lo mismo que iba a decir! —

Declaró Hasgard y su apasionado alumno respondió con ímpetu. Sin quitarse las miradas de encima, casi acechándose, el cosmos acumulado comenzó a hacer que el mismísimo coliseo vibrara.

— ' s . . . !

— ' s . . . !

Sus voces sonaron a la par. No obstante, ocurrió algo inesperado.

Aldebarán vaciló. Acabó con una rodilla en el suelo y con una mano cubriéndole la cicatriz en el rostro.

—Ugh…

—¡Señor Aldebarán!

Teneo exclamó fuera de sí. La aterradora cantidad de cosmos que había reunido se desvaneció en el aire en lo que acortaba los metros que lo separaban de su maestro con grandes zancadas para brindarle socorro. Un silencio intenso reemplazó la euforia en el coliseo.

—Señor Aldebarán ¿se encuentra bien? ¡Señor Aldebarán!

Toda la intensidad que había demostrado dio paso a una angustia palpable. Teneo se había arrodillado frente al albino en busca de cualquier señal que le confirmara malas noticias.

Por eso mismo, no se esperaba que el adolorido Tauro le respondiera con una risa.

—Hasgard.

—¿Disculpe…?

—Hasgard es mi nombre, Teneo.

—¿De qué está hablando? Hay que llevarlo a la Fuente de inmediato, señor Aldebarán…

—"Señor Hasgard".

Hubo una pequeña pausa, necesaria para que el futuro santo procesara lo que estaba escuchando.

—Tú eres Aldebarán a partir de ahora.—Retomó el mayor de ambos.— Felicidades, Teneo, ganaste este encuentro. Eres verdaderamente digno de ser el nuevo caballero de Tauro. Estoy orgulloso de ti.

La mano libre del albino aterrizó de forma gentil y paternal sobre la cabeza del castaño, quien no tardó en sucumbir a la emoción y terminó derramando lágrimas en el suelo terroso del coliseo.

—Sí, señor.— Fue todo lo que pudo responder.

Una nueva oleada de ovaciones se dejó escuchar en las galerías. El encuentro había terminado.

Más tarde, Atenea hizo entrega oficial de la armadura de Tauro al nuevo guardián de la segunda casa. Teneo se había arrodillado ante ella y luego se había erguido para vestir el traje por primera vez. En la ocasión, Hasgard se unió a las decenas de personas que le aplaudieron, aunque pronto tuvo que dejarlo, pues su sucesor regresó a sus vestimentas normales rápidamente y se excusó con la diosa para obligar a su terco maestro a ir a la Fuente de Atenea para que le revisaran las heridas.

Así, la ceremonia llegó a su fin.

La gente comenzó a abandonar el coliseo, muchas personas aún aplaudían o celebraban emocionadas, incluso entre los mismos servidores de la diosa comentaban con entusiasmo el enfrentamiento y no solo eso, sino también la posibilidad que Hasgard había abierto: la posibilidad de tener una vida normal, algún día, si alcanzaban a vivir lo suficiente.

Sin embargo, había alguien que no terminaba de sentirse cómodo.

Era demasiada paz, demasiada tranquilidad. Parecía que todo el mundo había olvidado ya el estado de guerra de hace apenas unos meses.

Entre tanta alegría, Dégel de Acuario frunció el entrecejo. Era demasiado sospechoso; no podía ser el único que pensara eso. Tenía que actuar.

En el inicio de las doce casas, el aguador dio alcance a la virgen.

—Disculpa, Asmita ¿podemos conversar en tu templo?

—Estaba esperando que vinieras.— Sonrió el rubio.

—Yo también quiero ir.

Albafica se sumó de pronto. Los tres hombres intercambiaron miradas que representaban un asunto muy complejo. Subieron en silencio las escaleras, cada uno pensando en el diálogo que estaba por venir.

Es que no tenía lógica que cuatro dioses egipcios se retiraran solo por haber perdido a Esfinge y Bennu. Ni siquiera porque el santo del Fénix se hubiera rebelado contra ellos y fuera capaz de hacerles daño, pues los cuatro podían fácilmente superarlo. Había algo que no estaban viendo.

Además… si estaban tan en paz como el ambiente daba a entender…

¿Por qué Aspros aún no había regresado?

°o°o°o°o°o°o°

Ya en el templo de Virgo, Asmita invitó a Dégel y Albafica a sentarse, pero no en la alfombra que cubría la sala principal. Avanzaron más lejos, hasta la habitación del guardián de la casa. Incluso entre los doce dorados había distintos grados de cercanía; en el caso de ellos tres, silenciosos y reflexivos por naturaleza, que fueran amigos no sorprendía a nadie. En el templo de la virgen, Dégel cerraba los ojos y se movía sin depender de ellos al igual que su compañero. Asmita había sido quien le había enseñado a moverse cuando Krest lo dejó ciego, le enseñó a no depender de las gafas. A cambio, Dégel comenzó a leerle libros. También compartieron la historia de Defteros y Aspros. En el caso de Albafica y Dégel, siendo guardianes de los dos últimos templos, el desarrollo de su relación había sido cuestión de tiempo. El peliceleste no había tardado en sentirse cómodo y fuera de amenaza estando con él, pues su vecino era uno de los que más respetaba su espacio personal sin juzgarlo. Dégel era con frecuencia su emisario y su interés genuino por las rosas, que a veces crecían demasiado cerca del onceavo templo, le había producido cierto regocijo.

Así, poco a poco, los tres se habían convertido en confidentes.

—¿Supongo que todos deseamos hablar de lo mismo?

Inició el anfitrión de turno, acomodándose en la mullida cama. Dégel se sentó a su lado y Albafica encontró su lugar en una silla, un poco más alejado.

—Oui.— Coreó el francés.— Me niego a creer que Ra se ha rendido. Sus objetivos eran demasiado fuertes como para dejarlos solo porque tres personas sean capaces de hacerles daño. ¿Manigoldo no ha visto nada?

—No hay señales.— Respondió el último santo.— Manigoldo hizo desaparecer las almas de unos shabhs, pero no todos. Hubo algunos que huyeron, probablemente siguiendo a los dioses. El Inframundo está desierto otra vez.

—Defteros aseguró que Ra había desaparecido también de la mente de Pharaoh por precaución, para evitar que lográramos rastrearlo. Sin embargo, sabemos que a Anubis solo le hizo falta contacto visual para establecerse en Kagaho. Sospecho que han pasado a una estrategia a largo plazo y creo que es importante que todos permitan que Defteros inspeccione sus mentes para asegurarnos de que no vuelva a ocurrir lo de la última vez.

En un breve silencio, Asmita y Albafica voltearon hacia Dégel.

—Tampoco se ha sabido nada de Aspros ¿verdad? — Retomó el de Piscis.

—Exacto. Ya ha pasado más de un mes desde el último avistamiento de los shabhs y él sigue desaparecido.— El aguador confirmó.

—¿No existe la posibilidad de que haya muerto? — Asmita formuló la pregunta difícil.

—Non, su estrella sigue brillando, pero no logro determinar su paradero. Me temo que haya hecho algo para que no pueda rastrearlo. No hay nada que pueda hacer por el momento, solo confiar que se encuentre bien… y que regrese pronto.— Ante sus camaradas, no ponía tanto esfuerzo en ocultar su pesar.

—De cualquier modo, Asmita, creo que ya sabes lo que diré: no podemos descuidar el árbol.

—Hay que obtener sus frutos a toda costa.

Esta vez, los dos invitados esperaron la respuesta de la virgen.

—Se lo haré saber a Atenea. Debemos aprovechar la supuesta paz para alimentar el mokurenji tanto como sea posible. Y, Albafica.

—Que Manigoldo no baje la guardia. Es nuestro emisario en el Inframundo ahora; no sabemos qué puede pasar. Es pertinente que le informe a Hades sobre lo que estamos conversando.

Los tres caballeros volvieron a compartir un silencio confidencial y asintieron. Debían mantenerse alerta hasta saber qué había ocurrido realmente con Ra y sus jueces.

Después de conversar un poco más, los dos visitantes regresaron a la parte superior del Santuario.

Cuando Dégel se detuvo en la penúltima casa, Albafica lo imitó.

—¿Quieres algo de compañía?

Propuso el peliceleste y se ganó una mirada de sorpresa de parte del peliverde. Piscis se animó a curvar una pequeña sonrisa.

—Imagino que debe ser complicado volver a estar solo después de tanto tiempo. Una vez vi un libro interesante en tu biblioteca, ¿podría tomarlo prestado un rato?

Ahora, el que sonrió fue un agradecido Dégel.

—Oui, con la condición de que aceptes una copa de vino.

El último paladín asintió en acuerdo y continuaron la reunión en la casa de la sagrada urna. Al ver su habitación vacía, Dégel no pudo evitar recordar a sus dos hijos y pidió que Radamanthys hiciera caso a su advertencia tanto como lo habían hecho sus compañeros.