La decisión de volver al Inframundo había sido la parte más sencilla del proceso. Todo lo que vino después puso a prueba la paciencia y la serenidad que Radamanthys había adquirido de Dégel durante diez meses.
Por supuesto, Raphael fue el primer causante de una inmensa oleada de comentarios. La larga ausencia había creado rumores que ahora eran confirmados: el juez de Wyvern había tenido un hijo. El rubio no había permitido ni siquiera la mención a la ilegitimidad del niño. A la primera oportunidad, había sujetado a un soldado por el cuello y había dicho con todas sus palabras que el otro padre era un caballero y que callaría con sus propias manos cualquier agresión. Como era de esperarse, la mayoría de los comentarios se había transformado en miradas cargadas de sorna y murmullos en los pasillos.
Al menos, no era el único en una situación poco favorable. Pharaoh no lo estaba llevando mejor. A él derechamente lo habían tachado de traidor y de desvergonzado por atreverse a volver, incluso cuando el mismo Hades lo había librado de toda culpa. Evidentemente, la Estrella Celeste de la bestia ni siquiera trataba de defenderse; solo se había encerrado en las pirámides con la única y fiel compañía de Cerberos como consuelo. No desperdiciaría la segunda oportunidad que le había dado el rey del Inframundo: haría lo que estuviera a su alcance para vengar las muertes de los soldados.
No menos polémico había sido el caso del tercero de ellos: Kagaho. Había desaparecido después de su enfrentamiento con Dohko de Libra durante la Guerra Santa, hace dos años, y ahora volvía portando él mismo una armadura. Su nueva condición de caballero había causado revuelo, aunque la alianza con los de la superficie y la propia ayuda del Fénix para acabar con los soldados egipcios habían atenuado el nivel de escándalo. Además, el propio Kagaho no había cambiado en absoluto. Si alguna vez se veía en público, solo era por acompañar a Hades; no había vuelto a separarse de él.
Aparte de lo ocurrido con ellos tres, las cosas en las profundidades habían vuelto a la normalidad después de la última batalla contra Ra. No obstante, Radamanthys tenía muy presente la opinión de Dégel y estaba de acuerdo: era demasiado extraño que se hubieran escondido solo por un fallo en los planes. Le había compartido sus inquietudes a su dios, quien le encargó que mantuviera abiertas las conexiones con el Santuario para seguir intercambiando información, pues de momento se desconocía el paradero actual de la facción egipcia y no podían hacer mucho al respecto. Lo mejor era mantenerse alerta, pero tranquilos: la muerte de tantos soldados había dejado el espíritu de su ejército por los suelos.
Por tal razón, había comenzado a moverse temprano ese día: Pharaoh le había avisado que el santo de Cáncer llevaba un mensaje del Santuario y debía viajar cuanto antes a la prisión de las pirámides. El problema era que no podía ir con Raphael a todas partes pues lo consideraba peligroso; no sabía cuánto tiempo necesitaría un organismo mestizo para acostumbrarse a la falta de vida del Inframundo. Así que solo le quedaba una opción: encargárselo a alguien. No podía pedirle a Aiacos y Minos que dejaran sus templos, ya que todos tenían responsabilidades que retomar ahora que la batalla había cesado, lo que lo dejaba con una sola persona de confianza. Ahí, comenzaba su segundo problema: sería la primera vez que hablaría con Valentine desde lo ocurrido en la segunda prisión.
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Raphael sonrió encantado al ver a Radamanthys y el espectro alfa le correspondió antes de tomarlo en sus brazos. Tenía ya tres meses y al juez le costaba asimilar lo rápido que había crecido. Inevitablemente, pensaba en Miracle y en que pronto sería hora de visitar a Dégel, pero antes debía atender su trabajo. Se había comprometido a realizar todas sus labores sin descuidar una sola y, vaya, nunca había valorado tanto el no tener necesidades humanas. Podía cuidar a Raphael mientras estaba despierto y trabajar mientras el niño dormía. Estaba atento a su hijo las 24 horas.
—Vamos a esperar lo mejor.— Le dijo mientras este bebía enérgicamente del biberón. No tenía cara para pedirle ese favor a Valentine, mucho menos después de tanto tiempo sin haberlo visto, pero tenía que hacerlo por su trabajo.
Harpía se había quedado en Bluegrad como mensajero voluntario del Inframundo, prolongando su estadía incluso tras la retirada de los egipcios. Sin embargo, como ya no tenía más razones para quedarse allá, siquiera inventadas, había tenido que volver. Llevaba tres días en las profundidades, pero, en ese tiempo, Radamanthys solo había logrado verlo a lo lejos, atareado entre los informes del norte y el trabajo de interino. Wyvern sospechaba, por no decir derechamente que sabía, que su subordinado estaba evitando a toda costa dirigirle la palabra. No obstante, la espera no podía dilatarse más: Valentine le debía un reporte y debía regresarle el mando personalmente.
Después de darle el desayuno a Raphael, lo acomodó entre sus brazos y salió de la habitación para dirigirse a la salida de su área privada personal, que incluía su oficina y una enorme biblioteca. Estaba preparándose mentalmente para buscar a Valentine con el objetivo de pedirle asistencia, sin importar cuánto tiempo le tomara encontrarlo. Ni en sus más locos pensamientos hubiera podido prever que el pelirrosa estaría justo del otro lado de la puerta que él acababa de abrir para dar al resto de Caina.
Su segundo al mando tenía una mano extendida, señal de que había estado a punto de girar el pomo; en su otra mano, cargaba una cantidad considerable de papeles. Ambos se quedaron de piedra al estar frente a frente, sorprendidos por el repentino encuentro. Radamanthys pudo ver claramente una moción en el rostro de Valentine cuando descubrió al bebé que llevaba en brazos. Enseguida, apartó la mirada y la enterró en los documentos que llevaba.
—Lo siento, señor. Si vengo en un mal momento, puedo…
—No, está bien. ¿De qué se trata?
—El señor Minos envía esta información. Dice que es relevante para la reunión con el caballero de Cáncer.
—Entiendo.
—Puedo llevar la inteligencia en su lugar si lo prefiere, veo que está ocupado con…
—Descuida, puedo yo solo.
—Ah… sí; sí, claro. En ese caso, yo ya me…
—Valentine.
—… ¿Señor?
—Es un alivio ver que te encuentras mejor que la última vez que te vi.
Hubo una pequeña pausa. El espectro menor había estado deslizando la mirada por todo el suelo, su nerviosismo palpable a kilómetros, mas las últimas palabras de su superior lo atraparon desprevenido.
Lentamente, levantó la vista y se encontró con los ojos azules de su amo observándolo de vuelta con una expresión que no había visto antes. Tranquilidad, paciencia, eso era lo que desprendía al Estrella Celeste de la ferocidad. De haber sido un poco más descuidado, habría terminado boquiabierto. Al darse cuenta de que los segundos avanzaban y que no había respondido, se irguió y carraspeó un poco.
—Recibo con gratitud su consideración, señor.
Fue todo cuanto logró articular. Al Wyvern eso pareció bastarle. Por ahora.
—Necesito pedirte un favor.
Desgraciadamente, no tenía tiempo para indagar en ese momento. Harpía volvió a sorprenderse: ¿había dicho "pedir un favor" y no "dar una orden"? ¿De verdad ese era su amo? Se esforzó por no demostrar su intriga, a la vez que se concentraba en el motivo que lo había llevado hasta allá: la reunión con Manigoldo de Cáncer.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Quiero que cuides a Raphael por mí. Escucharé todo lo que tengas que decirme más tarde, porque también es pertinente que tengamos una conversación, pero ahora es una emergencia.—Suspiró.— Al parecer sigo siendo un incompetente. ¿Lo harás?
El Wyvern le estaba pidiendo su opinión, pero estaba tan aturdido que, aunque movió la boca, no logró responder de inmediato. "Raphael" era el nombre que Radamanthys había escogido para su hijo. ¿Que si conocía el motivo? ¡Por supuesto que conocía el motivo de ese nombre! Estaba seguro de que Hades, los otros dos jueces y él eran los únicos que sabían acerca de la identidad humana del dragón heráldico.
—Si te molesta…
—¡No! — Dijo a prisa, logrando espabilar al escuchar la voz ajena. Dio un pequeño salto y extendió los brazos, su rostro lleno de seguridad.— No hay problema, señor Radamanthys. Yo… cuidaré a Raphael en su ausencia. Mi trabajo es ayudarlo, después de todo.
De pronto, las inquietudes se habían desvanecido.
—Bien. Ya comió; debería dormir unas cuantas horas. Si llora, probablemente sea por hambre o por el pañal. En mi habitación encontrarás todo lo necesario. La receta de la fórmula está en mi escritorio. Estaré de vuelta lo antes posible; cuando regrese, hablaremos. Prometo escucharte. Gracias.
Y se marchó, llevándose los papeles a cambio del niño que ahora descansaba en los brazos de Harpía. Solo cuando dejó de sentir su cosmos, la Estrella Celeste del lamento se permitió respirar nuevamente. Había girado para seguir con la mirada a su superior, incapaz de responderle debido a la prisa del juez y porque no había logrado reaccionar. Estaba pasmado, se declaraba anonadado por esa nueva versión del Wyvern. ¿Cuándo se había vuelto tan… caballeroso?
Volvió a concentrarse en el hijo de su superior. Raphael dormía plácidamente, ajeno al fuerte latido de su corazón.
—Es un placer conocerte.— Le susurró, de pronto enternecido por el bebé. Ese que él no había podido concebir.
Antes de que la amargura ganara terreno, entró a la estancia privada de Radamanthys y cerró la puerta. Tenía trabajo que hacer, un bebé que cuidar y papeleo que tramitar como el reemplazante del juez que todavía era.
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Llegó a la segunda prisión en cosa de minutos. Por esta ocasión, había preferido volar desde Caina hasta el sitio de reunión: realmente había pasado mucho tiempo lejos de su "hábitat".
En las pirámides, Manigoldo y Pharaoh ya lo esperaban. Aparte de ellos dos, el sitio estaba vacío. Ya no había más heridos que resguardar.
—¡Yo!— Saludó Cáncer con una mano en alto en un gesto perezoso.— A juzgar por los papeles, Hades tampoco está tranquilo.
—No solo en el Santuario piensan que la situación es sospechosa.— Respondió el Wyvern mientras aterrizaba.
—Vamos adentro, ya está todo arreglado.— El último en hablar fue Pharaoh.
Los tres tomaron asiento en la primera estancia, cada uno en los sillones pequeños dispuestos alrededor de una mesa en donde Radamanthys dejó la torre de papeles que se sumó a los documentos que había aportado Manigoldo.
—Ya que Atenea anuló el exilio, enviamos espectros y soldados a todo el mundo para buscar el paradero de los dioses.—Mencionó el juez en lo que los otros leían los informes.
—Hm, el Santuario quiere hacer lo mismo, enviarán caballeros para escoltar a los soldados mientras están de misión. No es de sorprender que estén reacios a dejar la protección del Santuario después de ver morir a tantos de nuestros compañeros.—
—Deberían organizar a todos los grupos para formar equipos más grandes. Ya se ha demostrado que los espectros y los santos pueden hacer un buen trabajo.—
El siguiente fue el otro espectro. Radamanthys y Manigoldo hicieron una pausa e intercambiaron miradas. Seguía siendo extraño, pero eso no le quitaba lo cierto: los viejos enemigos podían trabajar en equipo, habían aprendido a hacerlo.
—Nuestro señor Hades quiere dejar una compañía en Bluegrad de forma permanente hasta que hayamos derrotado a los egipcios. No podemos descuidar el flanco más débil de la alianza.— Agregó el rubio.
—Atenea piensa igual. Quiere dejar al menos un caballero dorado con cada relevo que se quede allá. Aunque hay rumores.
—¿Rumores?
—Al parecer, Poseidon reaccionó y dejará que el líder Unity conserve la escama y no solo eso, sino que liberó las demás, así que están buscando a los otros generales. Será un alivio importante si es que resulta ser verdad.
Era una noticia alentadora. Si el norte conseguía a sus guerreros más poderosos, no tendrían que preocuparse tanto. En un comienzo, se había pensado que era más fácil que el Santuario acogiera a la vasija del dios, pero había una oposición inmensa a dejar desprotegido el tesoro del mundo y el ingreso a Atlantis.
—A todo esto, Defteros me envió con una consulta para ti, Pharaoh.— El inesperado cambio de tema sorprendió a los espectros.— Pregunta si es que recuerdas algo de lo que dijiste cuando despertaste en el Santuario.
La simple duda envió un escalofrío por la columna del de ojos dorados.
—¿Lo que dije?
—Sí. Le pareció que estabas al tanto de algo que nosotros todavía no sabemos y que tenía que ver con Ra, pero que no pudo encontrar nada en tu mente después de que ese cabrón te dejara en paz. Mencionaste un árbol, que supongo que es el mokurenji. ¿No te suena familiar?
El juez y el santo se quedaron callados a la espera de que Esfinge dijera algo. Sin embargo, lo único que este hizo fue llevarse una mano a la cabeza en señal de confusión.
—Lo… siento. No recuerdo nada del tiempo que estuve bajo la influencia de Ra. Tengo un vacío de memoria muy grande. Pero…
—No importa. Sea como sea, es evidente que debemos proteger el árbol y alimentarlo hasta que dé los frutos. De nada sirve que sepamos dónde están los dioses si los únicos que pueden hacerles daño en estos momentos son Kagaho, Cáncer y el Patriarca. Necesitamos el rosario a toda costa.— Interrumpió el Wyvern.
—Impresionante. Dégel piensa exactamente lo mismo.— Manigoldo hizo un gatillo con la mano.— Por eso le pidió a Asmita que continuara como mediador.
—Nosotros también tenemos que contribuir.— Anunció decidido el de Esfinge.
Los tres presentes asintieron. Luego, se enfrascaron en la división de tareas y en la organización de las fuerzas. Quedaba mucho trabajo que hacer.
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A pesar de lo que había planeado, Radamanthys tardó varias horas en volver a Caina. Había perdido la noción del tiempo cuando comenzaron a distribuir espectros y caballeros hacia el norte y luego dejó de pensar al respecto, cuando Manigoldo preguntó por su hijo, para llevarle noticias a Dégel a cambio de las que él tenía sobre Miracle.
Se había detenido en la puerta a la estancia privada para mentalizarse. Después de todo lo que había hecho, no tenía autoridad alguna para retener a Valentine. Si el muchacho quería irse… Suspiró. Demonios, no imaginaba como serían las cosas en adelante.
A regañadientes, ingresó. Dejó en el escritorio los papeles que el propio Manigoldo había llevado e intuyó que su segundo al mando estaría en su habitación. Respiró profundo y decidido a recibir todas las quejas y finalmente abrió la puerta hacia la recámara. Por supuesto, nunca hubiera imaginado lo que vería allí adentro.
Harpía estaba sentado de piernas cruzadas en su cama, tomando con sus manos los pies de Raphael en lo que comprendió que era un juego al escuchar las risas del niño. Al chasquido de la puerta no pasó desapercibido y la Estrella Celeste del lamento volteó instintivamente. Tan espontáneo fue el movimiento que ni siquiera pensó en la amplia y brillante sonrisa con que encaró a Radamanthys. Sonrisa que no tardó medio segundo en desvanecerse al procesar las circunstancias.
Dio un brinco, literal. Dejó al bebé y se paró a un lado de la cama, derecho y tieso como un poste, esforzándose por eliminar cualquier rastro de alegría y vergüenza de sus facciones, aunque no pudo ocultar por completo un tenue rubor causado por el exabrupto y el bochorno.
—¿Todo está en orden?
—Sí, señor.
—Tardé más de lo que tenía planeado, lamento eso.
—No hay ningún motivo para disculparse, solo está cumpliendo con su trabajo.
Los dos volvieron a callarse. Radamanthys se llevó una mano al cuello y respiró de nuevo; se notaba a leguas que el pelirrosa no quería estar allí.
—¿Tienes trabajo que hacer? — Preguntó al fin.
—Si necesita que me marche, lo haré enseguida, yo…
—No, no te estoy despachando. Dije que quería conversar. Si puedes esperar a que termine con el papeleo pendiente…
—Ya está hecho.
—¿Ah?
La sorpresa se apoderó de la expresión del mayor y Valentine se mordió los labios para reprimir una sonrisa. Era incómodo, pero también le producía curiosidad el nuevo Wyvern que tenía al frente. Carraspeó un poco y levantó el mentón.
—Todo lo que quedaba pendiente en su escritorio está terminado. Lo leí, lo firmé y ya lo envié a las otras dependencias. El señor Minos planea venir mañana, dice que está harto de los juicios y que necesita un respiro. Ah, y el señor Aiacos estuvo aquí hoy; le pidió a Violette que trajera cosas para Raphael aprovechando el viaje a la superficie. Por lo demás, no hay nada de lo que deba preocuparse.
El dragón estaba francamente anonadado.
—Buen trabajo.— Fue todo lo que logró decir, pues aún estaba sorprendido por la eficiencia del muchacho e incómodo con la visita de Garuda.
—Me designó como interino durante su ausencia, señor. No podía ser menos que usted.— Aunque estuviera fascinado con el cumplido y con las reacciones del rubio, se mantuvo sereno. La disciplina era primero.
—Si no tienes prisa, siéntate.— Dijo. Avanzó hacia la cama y se sentó en la orilla para tomar en brazos a su hijo.
Como no había otro lugar, Harpía tuvo que sentarse a un lado de su superior, aunque a una distancia prudente y discreta.
—Gracias por cuidar a Raphael. ¿Tuviste muchos problemas?
La pregunta sobresaltó al aludido. Ciertamente, había tenido muchas objeciones al comienzo, había sentido angustia, nerviosismo, inseguridad y tristeza; no obstante, la simple sonrisa que el bebé le dio al despertar había opacado todo lo negativo. Después, había sido cosa de instinto, había sido espontáneo. La fórmula, los juegos, la siesta. Al darse cuenta, ya estaba trabajando en el escritorio de su jefe mientras cargaba al niño con un brazo.
Respiró un poco más profundo que de costumbre; una sensación desconocida había aflorado en su pecho.
—¿Valentine?
—N-No, señor. Es muy tranquilo, prácticamente se ha cuidado solo.
—Es un alivio. No podía pedírselo a nadie más, lo siento.
Una sonrisa surcó los labios del inglés, una que solo un padre orgulloso podía realizar. Valentine estaba embelesado, qué sacaba con negarlo, la presencia de Radamanthys lo encandilaba y esa nueva parte de él comenzaba a gustarle cada vez más.
Antes de que sus pensamientos volaran más lejos, prefirió torturarse con el significado de la disculpa. Era un tema delicado, al menos hasta ahí ambos estaban de acuerdo. Raphael podría haber sido hijo de los dos, pero no era así. Lo habían intentado y había sido inútil. Radamanthys intuía que era desolador y cruel pedirle que lo cuidara, pero ni sospechaba que esa no era apenas la mitad del problema.
El alfa pensaba que era incorrecto porque Valentine se sentiría incompetente o humillado por no haber podido concederle ese deseo. Lo veía desde el punto de vista de un subordinado haciéndole un favor a un superior. Un favor fallido que lo dejaba en vergüenza. Y estaba seguro de que Harpía lo detestaba por haber roto las normas con un caballero, porque un superior denigrado deshonraba a todos sus subalternos. Por si fuera poco, tenía el valor (o el descaro) de aparecer con ese hijo en el Inframundo. Le había pisoteado la dignidad tres veces, sabía que era imperdonable, y estaba tan enfrascado en sus errores que simplemente no lograba entender el verdadero malestar de Valentine.
No lograba imaginar que el pesar genuino del pelirrosa eran sus sentimientos. Los que se había esforzado por mantener ocultos desde el momento en que surgieron. Le dolía no haber podido darle el hijo que anhelaba, pero lo que realmente le había destrozado el corazón fue saber que lo había tenido con alguien más. Con un caballero, entre todas las opciones. Porque eso había servido para confirmar que seguía siendo solo un subordinado para el inglés. Lo habían despertado de sus ilusiones con una bofetada.
—Está de sobra disculparse, señor.—Dijo con voz disciplinada. No era culpa de Raphael, no era culpa de nadie. Tenía que seguir adelante, aún podía quedarse a su lado para ayudarlo, como siempre había hecho.
—Gracias.—Hizo una pausa, desvió la mirada y suspiró antes de volver a enfrentar al otro espectro.— Hay algo que quiero preguntar.
El súbito cambio de ambiente llevó una expresión de sospecha al rostro del más joven.
—Lo escucho.
—¿De qué hablaron con Aiacos?
—¿Disculpe?
—Quiero saber… si estás planeando aceptar su oferta para irte con él.
Un pesado silencio se extendió por toda la habitación. Valentine abrió profusamente los ojos, pasmado por las dudas del otro. Radamanthys interpretó su reacción como un "sí" que no se atrevía a pronunciar y, de pronto, una pesadez enorme creció dentro de él.
Ah, diablos, no quería dejarlo ir.
—Soy consciente de que has experimentado muchos momentos desagradables por mi culpa; probablemente pienses que soy un imbécil y no tengo derecho a contradecirte. Lo soy. Eres mi hombre de confianza y no he hecho más que humillarte con mis imperdonables acciones. Por eso… si no estás conforme, si quieres servir en Ptolomea o Antenora de aquí en adelante, eres libre de hacerlo. No voy a detenerte; no puedo pedir que sigas denigrándote por permanecer a mi lado.
Lo había dicho. Contra todos sus deseos internos, le había dado la opción. Reconocer que no quería que se fuera le había hecho recaer en cuán posesivo podía llegar a ser. Podía ser debido a su instinto como alfa; podía ser que quizás sentía su orgullo mancillado por no estar a la altura. Consideró todas las posibilidades hasta que vio a Valentine ponerse de pie, pues en ese momento supo que era algo mucho más sencillo y, a la vez, significativo.
Lo valoraba. Apreciaba a Harpía como a pocas personas y le molestaba sobremanera no poder responder a su fidelidad y su entrega con la misma calidad. Se sentía un superior miserable e incompetente y su mejor subalterno debía pagar por ello.
Dejó a Raphael de vuelta en la cama y se paró también. Harpía le dio la espalda y avanzó unos pasos hacia la puerta. No quería que se fuera. Se había levantado para detenerlo, pero no tenía derecho. Mejor era desearle éxito de ahora en adelante.
—Val…
Con una velocidad impredecible, la mano de la Estrella Celeste del lamento aterrizó en su rostro, completamente cerrada, y le propinó un puñetazo que llegó a aturdirlo unos segundos.
—Me ofende. ¿Cree que es tan sencillo? ¿Piensa que con decir "no soy digno, busca un mejor lugar" soluciona todo?
Radamanthys le sostuvo la mirada, pero no fue capaz de responder. En todos los años que llevaban juntos, siendo humanos y espectros, ni una sola vez le había levantado la mano.
—Ninguna de sus acciones pasadas se compara con esta humillación. ¿Que me marche? ¡Por Zeus! ¡Hágase responsable! Huir de sus problemas es de cobarde, no es lo que el Radamanthys que conozco habría hecho. Soy su segundo al mando y también merezco respeto.
—No pretendo ofenderte dejándote ir…
—¡Pues lo ha hecho! Santo cielo.— Lo interrumpió, fuera de sí por la rabia. Se arrastró una mano por el cabello y se paseó un momento por la habitación.— No tome la salida fácil, no estoy conforme. Si es consciente de lo mucho que me ha denigrado, espero que lo enmiende, porque no me iré a ningún sitio. No se deshará de mí solo porque no puede con la vergüenza. Qué diablos.— Escupió la última frase y terminó cruzándose de brazos, a la espera, exigente.
—¿Te quedarás?
—Acabo de decírselo. ¿Quiere oírlo de nuevo para grabárselo en la cabeza?
—Sí.
—Yo… ¿eh?
La ira de Harpía se desvaneció. Radamanthys seguía mirándolo con sus rasgos serios de siempre, pero a través de ellos podía ver un alivio inconmensurable. Le brillaban los ojos y las tres arrugas habituales en su frente habían desaparecido. El corazón volvió a darle un vuelco. ¿Estaba sonriendo? ¿Estaba contento porque no iba a dejarlo?
Las dos fuertes manos del Wyvern aterrizando sobre sus hombros lo hicieron contener la respiración.
—Compensaré mis faltas contigo, Valentine. Lo prometo. No volveré a fallarte. Gracias por quedarte, Caina no sería lo mismo sin ti.
Las piernas le temblaron. Qué tortura, Radamanthys no pensaba en los efectos que tenían sus palabras. Aunque no tenía por qué pensarlo, pues el único al tanto de su agónico amor era él mismo. Algo dentro suyo se retorció en pesar y placer. Podía seguir así si se concentraba solo en lo bueno: El segundo juez del Inframundo lo valoraba tanto como subalterno que había sido capaz de tragarse su orgullo para ofrecerle una mejor oportunidad. Quizás, todavía había esperanza.
Hubiera seguido pensando en la dicha que sentía, pero una gota de sangre lo hizo espabilar.
Sangre. Saliendo del labio de Radamanthys.
Al estar ya más tranquilo, pensó en el ataque de ira que acababa de tener.
El golpe había sido demasiado fuerte.
Palideció y el rubio no tuvo problema en notarlo.
—¿Ocurre algo?
—¡Lo siento!
—¿Qué…?
—L-lo limpiaré enseguida, no se mueva. ¡No se mueva!
Se alejó corriendo antes de que el líder de Caina lograra entender. Raphael observaba y reía por todo.
Harpía regresó más tarde con todo lo necesario para tratar la herida; Radamanthys ni siquiera la había notado. Volvieron a sentarse en la cama y el pelirrosa atendió la fea herida que había dejado con los nudillos. Se veía descompuesto por haber perdido el juicio de esa forma, así que el mayor levantó una mano e hizo un gesto de deje.
—No te sientas mal por esto, me lo merecía.
—Nunca pensé que podría enojarme tanto con usted.
—Nunca imaginé que podrías estar tanto tiempo enojado conmigo.
El más joven dejó un pequeño parche en la comisura de los labios del rubio y bajó las manos, mas mantuvo la vista en alto.
—Sé que dije muchas cosas en esa ocasión… estaba muy frustrado.
—Lo sé.
—Creo que eso demuestra mi propia ineptitud.
—No es cierto, estabas en todo tu derecho de odiarme, tú mismo lo dijiste: fuiste víctima por cosas que no tenían que ver contigo ni con Hades. La culpa es mía.
—Pero fue mi error reaccionar de esa forma. Debo estar preparado para lidiar con sus decisiones, no puedo actuar peor que usted.
—De cualquier modo, no te juzgo. ¿Consideras que estamos bien ahora?
—Definitivamente.
Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Valentine comenzó a sentirse nervioso ¿era su imaginación o la atmósfera había cambiado? Tenía que sacar algún tema a colación o su inquietud sería evidente. O peor aún, se armaría de valor y seguramente terminaría hablando de sobra.
Abrió la boca dispuesto a decir algo, pero el llanto de Raphael lo interrumpió e hizo que terminara respirando profundo.
—Es hambre, estoy seguro.— Dijo Radamanthys.
—Yo me encargo.— Harpía aprovechó la oportunidad para salir disparado de la habitación a preparar la fórmula.
Wyvern observó la puerta por donde había salido y volteó a cargar a su hijo. Observó sus pies y tomó uno de ellos como había visto hacer a su subordinado. No había querido pensar en el asunto, pero algo muy extraño le había pasado al verlos a ambos tan felices.
Por su parte, Valentine hizo algo de fuego para calentar la leche. Como los espectros no se alimentaban, habían tenido que adaptar una de las estancias a modo de cocina para tener donde preparar la fórmula y las futuras comidas de Raphael. Aprovechó el tiempo a solas para tranquilizarse, procesar y disfrutar todo lo que había ocurrido.
Había logrado reconciliarse con el Wyvern.
