Gracias a la enorme cantidad de trabajo que vino luego de la disputa contra Ra, ninguno de los tres frentes gozó de demasiado tiempo libre. El mundo seguía girando, la batalla había sido otro acontecimiento desapercibido para el resto de la humanidad y, por ende, seguían llegando peticiones de ayuda de todo el globo para solucionar conflictos.
Todos los meses, Hades y Atenea enviaban una comisión a Bluegrad para mantener seguro el flanco más débil. Los rumores se habían confirmado y poco a poco estaban reuniéndose el resto de los generales marinas. También, el trabajo en conjunto de los seguidores de los dos dioses griegos había comenzado a dar resultado: tal vez sus motivaciones eran distintas, pero todos coincidían en lo más importante: las deidades a las que servían estaban bajo amenaza directa de un dios egipcio. Eso bastaba para limar asperezas.
Los días habían arrastrado a las semanas y estas a los meses sin que nadie se diera cuenta realmente. Dégel era parte de ese grupo de gente enfrascada en el trabajo. Con algo de práctica, había conseguido otra vez acomodar todos sus horarios para descansar, entrenar, trabajar y pasar tiempo con su hija.
Al perder la noción del tiempo, precisamente, fue que apenas se percató de que había transcurrido medio año el día en que Manigoldo se presentó en su templo durante una madrugada, poco después de que Sage y él regresaran de leer estrellas en Star Hill.
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—Ciao, gelato.— Saludó el italiano con su habitual buen humor. Dégel se sorprendió al verlo hojeando papeles en su área de trabajo. ¿Lo había estado esperando?
—¿Qué estás haciendo aquí? Sabías que hoy me tocaba subir a Star Hill.— Comentó mientras se acercaba para dejar en el escritorio los pergaminos que traía desde el observatorio sagrado. Manigoldo echó una risita al aire.
—Descuida, no andaba con prisa, prefería esperar. Es agradable estar aquí de todos modos, el calor despierta hasta a los muertos y no me dejan dormir en paz.
Los dos alumnos de Sage sonrieron a la vez. El de cabellos azules dejó el espacio al lado del telescopio para que el anfitrión del templo pudiera organizar los nuevos archivos. Al momento, Cáncer levantó una ceja y señaló un papel cargado de anotaciones.
—¿Todavía no se sabe nada?
Inmediatamente, el francés suspiró y meneó la cabeza.
—Non. Por más que he intentado, no logro dar con su paradero. Estoy seguro de que sigue con vida, pero el tiempo… ni siquiera recuerdo cuánto ha pasado desde que Ra huyó y…
—Seis meses.
—… ¿Qué?
—Seis meses, medio año. Ese es el tiempo que ha pasado desde que Ra se marchó y, en caso de que no lo recuerdes, es el mismo tiempo que ha vivido Mira.
Dégel dejó caer la pluma en el escritorio. Nunca lo había visto de ese modo, aunque estaba perfectamente al tanto de la edad de su pequeña hija. Eso significaba que Aspros llevaba más de un año sin dar señales de vida aparte del brillo de su estrella.
No solo eso. Un nudo apareció en su estómago al percatarse de que Radamanthys no había ido al Santuario ni una sola vez. Llevaba tres meses sin ver a Raphael.
—Lo que me recuerda… Wyvern viene mañana.
—¡¿Qué?!
La pregunta surgió como un grito y provocó que Manigoldo diera un salto. Se había sumergido en las cuentas y en la angustia de saber cuánto tiempo había transcurrido de forma silenciosa; sintió como si el italiano le hubiera leído los pensamientos. No había logrado frenar su reacción.
—Viejo, casi me matas.— El pobre cancerniano se llevó una mano al pecho.— Tampoco es tan malo que venga ¿o sí? Hasta donde sabía, no estaban peleados. ¿Debí decirle que agendara con más anticipación? El sujeto se veía contento de poder subir al fin.
—Non, no, no es eso.— El francés agitó una palma enérgicamente mientras se llevaba la otra mano al puente de la nariz para reordenar sus pensamientos. Mucha información de un solo golpe.— Estaba pensando… en exceso. Es todo.— Tenía que dejar de lado la angustia por Aspros.
—Ah, creí que estabas acostumbrado. Siempre es lo mismo contigo.— La sonrisa burlona estuvo de regreso enseguida.
Acuario aguardó unos momentos en silencio. Su compañero había estado trabajando como "paloma mensajera" todo ese tiempo, trayendo noticias de Raphael a cambio de noticias acerca de Miracle cada vez que había reuniones estratégicas con el Inframundo. Le debía un enorme favor.
—Tienes razón. Te invitaré a comer algo en Rodorio cuando Radamanthys se marche; estoy en deuda contigo. Gracias, Manigoldo.
—¡Fantástico! ¡Juro por Dionisos que te dejaré en banca rota!
Celebró el cuarto caballero en medio de sonoras carcajadas. Lo suyo no era corresponder con cándido compañerismo o humilde gratitud. Así lo había conocido Dégel y le agradaba que se mantuviera siempre fiel a sí mismo. Se animó a acompañarlo con una escueta risa.
—Así que vendrá mañana.— Reiteró, solo para confirmar.
—Síp. Ah, también dejó un montón de excusas de trabajo y deberes, en resumidas cuentas quería disculparse por tardar tanto. Me di la libertad de responderle en tu nombre y le dije que ni siquiera recordabas que existía.
—No lo hiciste.
—No, no lo hice. De todas formas, no me habría creído. Se hace el duro, pero se le nota en toda la cara lo idiota cuando le hablas de la niña. Justo igual que tú.
—Es algo que solo ocurre cuando eres padre.
—Eew, oh, iugh, por favor, no.
—¿Qué?
—Ni se te ocurra darme la charla, por todos los dioses. Voy a vomitar sobre tus pergaminos si te atreves.
—No iba a hacerlo.
—Perfecto. No hay lugar en mi ocupada vida para tener críos. Me conformo con ser el tío que enseña a arrojar comida con la cuchara y a decir malas palabras. Ese es mi trabajo.
—Eres un zopenco.
—No puedes detenerme.
Ambos volvieron a reír. Manigoldo era un beta muy carismático, sin duda era el "payaso popular" del Santuario. Podía llevarse bien con todos, incluso con El Cid, quien tenía la personalidad más opuesta a la suya en las doce casas, y con Albafica, otro beta silencioso y a quien llevaba a los extremos de mostrar discreta agresividad.
—¿Dijo en qué momento vendría?
—En la mañana, antes de desayunar. Hasta donde calculo... tienes como tres horas para arreglar este desastre y dormir. Así que ya me voy yendo. Te cobraré la palabra lo antes posible. Buenas noches, gelato.
—Gracias, Manigoldo. Buenas noches.
El peliazul se marchó. Dégel observó el mesón donde trabajaba: tres metros de caos. Un suspiro resonó en toda la biblioteca. Lo mejor era ordenar para darle una bienvenida adecuada a los visitantes. Más tarde iría a los cuartos de las doncellas para comentarles al respecto.
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Las pocas horas se acabaron en un abrir y cerrar de ojos.
El aguador se detuvo a un lado del telescopio para contemplar su trabajo: el templo resplandecía, todos los libros y papeles que habían estado esparramados en el mesón se encontraban organizados en distintas pilas con marcadores, había quitado las manchas de tinta seca y los pergaminos estaban acomodados en cajas según orden de importancia para la investigación. Suspiró satisfecho y fue a buscar a Miracle al área de las doncellas.
Recorrió el sendero pensando en las palabras que utilizaría para darle la bienvenida a Radamanthys. Habían sido tres meses sin tener ni una sola noticia suya, pues lo único que intercambiaban a través de Manigoldo era información acerca de los bebés. No podía evitar sentir cierta inquietud. ¿Debía recibirlo con la diplomacia de un aliado? ¿La cercanía de un amigo? ¿La confidencialidad de dos padres reuniéndose por sus hijos? No quería ser demasiado entusiasta ni demasiado frío. La mejor opción era la discreción ¿verdad?
Estaba a punto de responderse, pero todos los breves discursos se hicieron humo en su cabeza al regresar a la casa de Acuario: Radamanthys estaba justo ahí, de pie frente al templo. Había llegado en lo que a él le tomaba ir a buscar a la niña.
El dragón del inframundo volteó en su dirección apenas puso un pie en la explanada donde terminaban las escaleras. Hicieron contacto visual y contuvieron la respiración al mismo tiempo, sin ser del todo conscientes de aquello. Estaban ansiosos, de eso se trataba. Dégel lo entendió al ver que el Wyvern tenía la misma expresión tensa que él: ardían en ansias por ver al otro de sus hijos después de tanto tiempo.
—Bienvenido.
Fue todo lo que pudo susurrar antes de salir de su entumecimiento. Dio un paso, luego otro, más firme que el anterior, y así logró acercarse para acompañar a Radamanthys en la entrada a Acuario.
—Estaba pensando en cómo anunciarme cuando sentí tu cosmos; ya no recuerdo la mitad de lo que quería decir.
—Me pasó igual. Hablemos con más calma dentro del templo.
—Bien.
El espectro y el caballero ingresaron a la penúltima casa zodiacal y fueron directo a la habitación. Preferían estar en un sitio seguro para intercambiar a los bebés por temor a que los brazos les fallaran.
Los temblores, la tensión y el mutismo desaparecieron por fin cuando Raphael estuvo en brazos de Dégel y Miracle en los de Radamanthys. Ambos suspiraron.
—Cuánto has crecido, mírate, no puedo creerlo.— Murmuraba Acuario, perdido en las nubes mientras acariciaba el rostro suave y rechoncho de su hijo.
Wyvern no estaba mejor, el francés lo comprobó al echar un vistazo de soslayo: el juez se había inclinado para tocar el rostro de Miracle con la punta de su nariz y le daba suaves caricias que la niña correspondió llevando las dos manos al rostro de su padre.
—Sabe perfectamente quién eres.— Dijo el peliverde, conmovido hasta un punto nuevo. Nunca hubiera imaginado que el inglés podría sorprenderlo con tantas facetas distintas.
—Han hecho un buen trabajo. No iba a estar conforme hasta verla yo mismo.— No podía quitarle los ojos de encima; estaba embelesado con su pequeña hija.
—¿Quieres darle de comer? —Preguntó en voz baja, él mismo absorto en las diminutas manos de su hombrecito.
—Supuse que querrías hacer lo mismo; por eso vine antes de darle la fórmula.
—Está todo listo en la cocina, calentándose.
Radamanthys se puso de pie después de dejar a Miracle en la cama, al cuidado del francés. Antes de ir a buscar la leche, reparó en lo cuidadoso que estaba siendo el propio aguador al tratar a sus hijos: llevaba puestos un abrigo y un par de guantes con tal de no transmitirles frío, aunque seguramente le incomodaba llevar esa clase de ropa.
Entendía que el alimento siguiera en la cocina, pues a pesar de ser verano, la temperatura del templo era lo bastante fresca como para enfriarla en poco tiempo. Afortunadamente, era la mejor época del año para tener a los bebes cómodos con la temperatura ambiente de la casa zodiacal.
Regresó con los biberones envueltos en tela para conservar el calor y por fin ambos padres consiguieron satisfacer ese deseo reprimido de fortalecer lazos con el infante al que no podían cuidar. Al cabo de unos minutos, el ambiente en la habitación del anfitrión se volvió templado y apacible, relajado. Aunque fuera por solo unos momentos y a consciencia, se habían internado en la ya familiar burbuja.
—¿Cuánto tiempo planeas quedarte? — Consultó después de que los biberones descansaran vacíos en la mesa de noche.
Para ese momento, se encontraban jugando holgadamente con sus hijos. De cuando en cuando, las risas de uno o de otro resonaban por toda la habitación y ambos adultos sonreían sin ya tratar de reprimirlo. Era un acuerdo silencioso, nadie podía entender sus reaccionas más que ellos, pues nadie más entendía como era disfrutar de los hijos.
—Adelanté trabajo para estar tranquilo una semana. La pregunta es si me permitirán quedarme aquí ese tiempo.
—Seguimos siendo aliados; tu estadía no debe representar un problema. Todo el mundo sabe por qué vienes.
—Es verdad. Sobre ellos… supongo que no pasarán la noche aquí.
—Non, es peligroso. Durante el día no hay reparos; sin embargo, deben dormir lejos del templo, en los aposentos de las doncellas. ¿Está bien?
—Sí, supongo. Será extraño no cuidarlo yo mismo, pero puedo ver que el Santuario tiene en buenas condiciones a Miracle.
Ambos guardaron silencio unos momentos en los que se dedicaron solo a jugar con los dos niños. Que el Wyvern hiciera tal reconocimiento hablaba de una tremenda evolución en su postura hacia el Santuario. Dejar a su prole al cuidado de gente que desconocía era aún más impresionante viniendo de seres tan territoriales como él.
—Vamos a la Fuente de Atenea; le harán exámenes de rutina a Miracle y es una buena oportunidad para Raphael.
El aguador no lo preguntó directamente por temor a ser ofensivo, pero tenía la gran duda ¿el Inframundo contaba con médicos o gente de ese tipo? El juez se percató de la indirecta fácilmente y emitió un pequeño suspiro de conformidad antes de responder. No es que no comprendiera la curiosidad.
—En un ejército inmortal, no se necesita a alguien que sepa mucho más que poner un hueso de nuevo en su lugar; eso cambió durante la batalla contra Ra. Lune, Byaku y Queen están a cargo de esas cosas ahora. De todos modos, estoy de acuerdo con que lo vean aquí. Va más allá de que me agrade o no la idea.
—Estoy impresionado.
—¿Hm?
—¿Te había dicho que eres un excelente padre?
El aludido tragó, sin saber exactamente cómo responder a esa repentina honestidad. Dégel solo esbozó una sonrisa y se puso de pie para dirigirse al clóset.
—Vamos ahora, antes de que el calor sea insoportable.
—¿Qué buscas? — El inglés lo imitó al pararse, mas realizó una mueca al ver los dos largos trozos de tela que el aguador sacó del armario.
—Estoy seguro de que no has cargado a Raphael lo suficiente como para saber de esto.— Sonrió el de cabellos verdes.— Toma a Miracle en tus brazos. No existe un mejor método que el que verás ahora.
Quince minutos más tarde, Wyvern pudo confirmar las palabras del santo de acuario. Su hija estaba sujeta firmemente contra su torso; sin embargo, no estaba apretada y él tenía las manos libres. Sin duda era mucho más cómodo de lo que había imaginado. A su izquierda, Dégel había hecho lo mismo con Raphael y se aseguraba de que el nudo del costado no fuera a soltarse.
—Vamos ya. El camino será largo sin tu surplice.
Ah. No lo había pensado. Sin portales, no quedaba más opción que bajar las doce casas a pie. No obstante, estaba bien para él. Quería tiempo, todo el tiempo posible para conocer a la otra mitad de su descendencia.
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Por lo general, eran las doncellas quienes llevaban a Miracle a la Fuente de Atenea o era el personal de la propia fuente el que emprendía el viaje hasta la cámara donde habitaba la niña. Por esa razón, que Dégel apareciera ahí fue todo un evento, este redoblado al estar Radamanthys y Raphael. Hubo una pequeña revolución no solo porque se tratara de los hijos de un caballero, sino porque también eran hijos de un espectro. Dos mestizos con antecedentes tan admirables como podían serlos un santo de oro y un juez del Inframundo eran una fuente de investigación que hacía babear a cualquier profesional de la salud. Qué tan rápido se desarrollaban, qué diferencia había entre crecer en el Inframundo o en la superficie, qué tanto comían; todo lo que surgiera de ellos era valiosa información nueva.
Radamanthys no estaba del todo cómodo, eso se notaba en su mueca torcida, pero se controlaba y respondía hasta con orgullo a cada pregunta sobre el cuidado de su retoño. Él y Dégel alimentaban a sus hijos en los mismos horarios y en las mismas cantidades. A simple vista, no había nada distinto, mejor o peor, entre los gemelos.
El problema (de nuevo, a vista del rubio) vino después. El rumor de su estadía en la Fuente tardó un par de horas en alcanzar hasta la casa más abandonada de Rodorio. A pesar de que no eran los únicos bebés nacidos a la fecha, seguían siendo pequeñas celebridades. "Hijos de caballero" el dragón podía oír los murmullos de la gente alrededor de ellos en cuanto salieron del recinto médico del Santuario. La mueca se había pronunciado en su rostro, le ofendía que omitieran la otra mitad de la sangre de los niños, pero una mano amigable en su hombro le hacía recordar que no era del todo importante la opinión del resto. Acuario sonreía con discreción a su lado, disculpándose en nombre de las personas del pueblo por la falta de consideración.
Se pasaron la tarde entera en Rodorio recibiendo consejos, obsequios, comida y juguetes que los dos bebés aceptaron encantados.
Poco antes de la hora de subir, el peliverde carraspeó para llamar la atención del inglés.
—Quiero visitar a alguien.
Había dicho. Wyvern enarcó una ceja. Hasta donde sabía, los caballeros no tenían relaciones estrechas con el pueblo, como amigos o familia, aunque no debía sorprenderle si era de otro modo.
Por supuesto que no se esperaba que ese "amigo" fuera, de hecho, otro caballero. "Ex caballero", se corrigió mentalmente al verlo aparecer detrás de la puerta del orfanato. Ahí estaba la respuesta a por qué un Tauro distinto les había concedido el paso al bajar.
Hasgard sonrió encantado al verlos, pues ya los había reconocido por sus cosmos, y les concedió unas palmadas amistosas a ambos padres antes de dejarlos pasar a la que ahora era su morada.
—Te ves bien, Hasgard. Ha pasado un tiempo.
Habló el francés mientras se desembarazaba del cómodo arnés para entregarle a su hijo al mastodonte albino. Como era de esperarse para todos menos para el espectro, Raphael comenzó a reír animadamente al estar en brazos del viejo tauro, confirmando una vez más su don innato para tratar con niños.
Eso también podía verlo a su alrededor: al menos diez criaturas repartidas en lo que alcanzaba a ver del orfanato, jugando, durmiendo o correteando alrededor del hombre a cargo. Dégel podía notar sin esfuerzo alguno lo cómodo y satisfecho que sentía su antiguo compañero de armas al estar allí.
—Llegué en el momento adecuado.— Decía el albino mientras avanzaban por el hogar. Además de las cicatrices y la pérdida de su ojo, llevaba encima una sutil cojera que había dejado de ocultar después de su retiro. Sin embargo, poco le importaba.— Muchos niños perdieron a sus padres después de las guerras con Hades y Ra. Sin ofender.— Añadió con aire bonachón y despreocupado, mirando a Radamanthys.— Distintas personas se estaban haciendo cargo de ellos, admirables personas, pero con sus propias familias y sus propios problemas. Estaban tan agradecidos conmigo que todos los días llegan a entregar ayuda.— Una sonrisa nostálgica y llena de emoción curvaba sus labios.— Tenía la firme intención de trabajar para ganar dinero, pero me lo han prohibido, haha. Me ayudan a cambio de que esté aquí para estos niños. No tienen idea de cuánto lo necesitan, Dégel. No podría estar en un mejor lugar.— Hubo un pequeño suspiro.— Mi devoción hacia la pequeña Atenea sigue siendo la misma, ser caballero será algo de lo que me enorgullezca hasta que muera… pero esto…
—Es distinto.
—Lo es.
—Entiendo cómo te sientes.
Hubo una especie de moción de alivio en Hasgard. Acuario supuso que tal vez se sentía algo culpable por haber dejado la orden y temía por el efecto que su decisión hubiera causado entre sus pares. Quiso desvanecer su inseguridad apoyando una mano en su imponente antebrazo y luego le sonrió al asentir. Claro que lo entendía. Era lo mismo que sentía al ver a sus dos hijos. Era una entrega distinta, un afecto que no tenía descripción.
—Sé que Radamanthys no necesita comer, pero ¿quieren quedarse a cenar? Intuyo que la gente del pueblo está a un respiro de armar un banquete.
—Será un placer.
Acuario respondió por ambos, pues el rubio aún estaba lidiando con el desconcierto de que alguien lo llamara con tanta cercanía. Al girarse, descubrió que las personas ya comenzaban a ingresar al orfanato cargando la habitual comida para los niños y, un poco más atrás, venían toda clase de pasteles y bebidas.
Radamanthys de Wyvern estaba acostumbrado a ser el centro de atención, pero no de esa forma. Le era habitual que su nombre infundiera temor, que sus enemigos huyeran ante su presencia; que sus súbditos gritaran su nombre en el campo de batalla. Esa era la fama que le era usual; no como ahora, con gente dándole apretones de mano o golpecitos en la espalda, ofreciéndole copas de vino o trozos de carne asada. Gente, personas vivas que no le temían, sino que hasta parecían agradecidos. Seres humanos que estaban orgullosos de sus hijos aunque fueran precisamente suyos, mitad espectro; no rechazaban a ninguno de los tres.
Desde el otro lado de la enorme mesa que se había formado para celebrar un banquete que aún no comprendía, Dégel le regalaba sonrisas furtivas cada vez que sus miradas se encontraban por casualidad. Era en esos momentos que, pese a la mescolanza de olores típicos de una fiesta, Wyvern podía distinguir perfectamente los distintos aromas que desprendía el penúltimo caballero. El aroma de su pelo, de su sudor, de su piel e incluso de su cosmos.
El sol se despedía y daba paso a la noche cuando la celebración en honor a los gemelos terminó. Acuario había insistido en quedarse a ayudar con la limpieza, mas Hasgard le restó importancia recordándole que debían entregar a Raphael y Miracle a las doncellas y que el camino era largo. Un grupo de adultos apoyó al albino. Ellos se encargarían de acostar a los "hijos adoptivos" de Hasgard y de ordenar todo.
Al final, lo convencieron y santo y espectro dejaron atrás el orfanato luego de despedirse.
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—Por un momento temí que no fueran a llegar.
La voz de Nicole resonó en la cámara del Patriarca. No estaba molesta, pero utilizaba el tono de una institutriz acostumbrada a estar a cargo. Sus rasgos finos no transmitían ninguna emoción en particular, salvo quizás curiosidad al ver al otro padre y al otro gemelo por primera vez.
—Me disculpo si hemos venido demasiado tarde. Nos han sorprendido en Rodorio.—Se explayó el aguador.— Radamanthys estará aquí una semana. ¿Nos sugieres algún horario pertinente?
—En la mañana, antes de la primera comida, si lo que desean es darles de comer ustedes mismos. En la tarde, después de la última comida y antes de que se duerman. Dispondremos del tiempo necesario para hacer lo que podamos con Raphael cada vez que venga.
Mientras la jefa de las doncellas hablaba, mantenía una discreta batalla de miradas con el juez del Inframundo. Dégel no podía entenderlo del todo, ¿no se habían agradado mutuamente? Quizás el rubio aún estaba evaluando la confiabilidad de la mujer para dejarle a su hijo y eso ofendía en cierto grado el orgullo bien ganado de la pelirroja.
Al cabo de unos segundos, ella fue la que retomó la conversación para finalizarla.
—El señor Dégel puede llevar por sí mismo a sus hijos a la habitación donde duermen; así el señor Radamanthys tendrá información de primera mano acerca de las condiciones en que se quedan los niños.
Santo y espectro intercambiaron miradas. Luego, asintieron. Acuario atravesó la cortina tras el trono para llevar a acostar a los gemelos.
Wyvern se acercó a Nicole en cuanto estuvieron solos.
—También lo sentiste. No me engañas.
—Lo más curioso es que al parecer él mismo no lo ha notado.
—Necesito ayuda.
—Un espectro solicita ayuda al Santuario; ah, estos son los tiempos modernos.
—No estoy de humor. Apresúrate.
Nicole esbozó una sonrisita muy particular, a la que el dragón solo respondió con un gruñido, y también desapareció tras la cortina. No obstante, regresó mucho más rápido que el aguador. Volvió a acercarse al juez y volteó su mano sobre la palma abierta del ojiazul.
—Con esto es suficiente.
—Más te vale que así sea. No necesitamos más problemas hasta solucionar lo de Ra.
—También soy una fuente de primera mano. Cree en mí: todo estará bien.
Si Wyvern no respondió fue porque la presencia de Dégel lo interrumpió pocos segundos antes de que este regresara a la estancia con los brazos vacíos.
—Están en buenas manos, Radamanthys. Confía en el Santuario.
El aludido aprovechó la instancia para emitir otro gruñido y se dio la media vuelta para salir.
—Eso es lo que estoy haciendo. Espero no equivocarme.
—Disfruten de una buena noche.
—Gracias por todo.
Nicole hizo una suave reverencia y desapareció tras las cortinas. Dégel se despidió en nombre de ambos y dio alcance a Radamanthys en el comienzo de las escaleras hacia Piscis.
No alcanzó a notar que el juez se llevaba algo a la boca antes de empezar el descenso.
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—Me sorprende un poco que después de todo este tiempo aún dudes de nosotros.
—Hm.
—Nicole no tiene razones para hacerle daño a nuestros hijos. Ya se ha demostrado que no representan una amenaza.
—Hm.
—De hecho, es como Atenea mencionó al comienzo: se han convertido en un vínculo…
Radamanthys dejó de escuchar lo que venía después. Estaba apoyado en el marco de la puerta exhibiendo desinterés según Dégel, cuando la verdad era que no podía dejar de mirarlo. El peliverde estaba de pie ante el armario, quitándose la ropa para cambiarse al pantalón de dormir. Incluso a esa hora el calor era notorio, más aún para alguien proclive al frío como lo era el aguador.
El francés se inclinó un poco para deshacerse de la holgada camiseta marrón habitual entre todos los miembros del Santuario. Wyvern permanecía con una expresión implacable, aunque seguía con detenimiento el doblez de cada músculo, cada caricia que los cabellos verdes dejaban sobre la piel tan blanca del penúltimo caballero. La camiseta terminó en el borde de la cama y el dragón casi se la tragó con los ojos. En algún rincón de su mente, alcanzó a oír que el anfitrión le dirigía la palabra.
— ¿Vas a dormir?
—Supongo, no hay nada mejor que hacer.
—¿Vas a dormir aquí?
—Sería un fastidio acomodar la otra habitación. Ni siquiera tengo que abrir la puerta para saber que la has vuelto a llenar de papeles ¿Acaso te ha regresado el pudor?
Ante sus palabras, Dégel frunció el entrecejo y arrugó la nariz.
—A ti sin duda te ha regresado lo insoportable.— Alegó, llevándose las manos al borde del pantalón con la clara intención de quitárselo. La casi sonrisa de Radamanthys desapareció.— Preguntaba para tomar una decisión. En esta época, suelo dormir sin ropa debido al calor, pero ya que estarás aquí, no tengo otra opción que utilizar…
—¿Sabías que la mujer esa, Nicole, es una alfa?
La repentina pregunta susurrada hizo que Dégel tardara en procesar la información.
Antes de que lograse profundizar, sintió el roce de dos manos sobre las suyas, imitándolo al sujetar el borde del pantalón, y la humedad de unos labios aterrizando sobre su hombro izquierdo. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.
—Ella se dio cuenta tan rápido como yo.
Continuaron murmurando los labios contra su piel, consiguiendo erizar el área en un abrir y cerrar de ojos. De pronto, Acuario estaba demasiado atontado como para responder.
—No puedo creer que, siendo el responsable, tú mismo no lo notaras.
La boca suspiró contra su hombro y dejó una insignificante mordidilla. Entonces, Dégel contuvo la respiración y la respuesta a sus recién surgidas dudas se le vino encima como una avalancha.
Radamanthys seguía siendo un alfa.
Él seguía siendo un omega.
Habían transcurrido seis meses.
Santo cielo, lo había olvidado por completo.
—Rad-
Un cambio brusco en su centro de gravedad terminó con él aterrizando de espaldas en su cama. Wyvern apareció encima suyo al segundo siguiente y se acomodó entre sus piernas con una familiaridad que, pese a la tremenda cantidad de tiempo pasada, recordaba fácilmente.
Hubo contacto visual por fin. Ahí estaba lo más importante que no había logrado recordar.
— Todavía tengo la…
Y su exclamación terminó en un suave ronroneo que desapareció dentro de la boca del Wyvern.
Otra vez estaba en celo.
La escalada de emociones y sensaciones avanzó demasiado rápido como para que pudiera sobreponerse o al menos entender qué pasaba. La memoria de su cuerpo respondía más allá de sus órdenes, entregándose dócilmente a la voluntad del alfa al que pertenecía gracias a la mordida en su cuello. Esa que había tenido el descuido de olvidar. Radamanthys le hizo el favor de quitarle los pantalones y deslizó una mano desde su cadera, pasando por su cintura, hasta llegar lentamente a uno de sus suaves pezones.
El contacto con esa área sensible fue la que lo hizo reaccionar por fin, permitiéndole removerse con fuerza para empujar al rubio desde los hombros.
—Aguarda, ¡aguarda! No, esto está mal.
Le habló en voz alta, víctima de un miedo bien justificado; recordaba a la perfección la mirada perdida del Wyvern la primera vez, tenía que hacerlo entrar en razón a cualquier costo. Inclusive levantó una mano para atinarle una bofetada, pero…
—Casi me dejas sordo ¿qué diablos te pasa?
Quedó en blanco, con la mano en el aire. El juez lo observaba a los ojos, claramente más cuerdo que él, aunque el calor que desprendía su cuerpo lo pusiera en tela de juicio.
Un beso en los labios lo hizo espabilar de nuevo. Fue inevitable; abrió la boca y su lengua salió al encuentro, al menos unos segundos antes de alejarse nuevamente.
—¿Te das cuenta de lo que está pasando? — Recriminó otra vez, sus labios al roce de los ajenos con cada palabra.
—Sí. Estamos a punto de tener sexo.— Confirmó el espectro con toda naturalidad y algo de impaciencia, y le arrancó un suspiro al besarle el cuello.
Dégel lo disfrutó, no iba a negarlo, pero se mordió la lengua y agarró al rubio del cabello para mantenerlo quieto y mirándolo a los ojos, sin importarle la expresión de dolor y reprobación del inglés.
—Ese no es el punto… sí, ese es precisamente el punto. Santo-aah…—Un movimiento indiscreto en el sur lo hizo estremecer poco antes de fruncir el entrecejo.— Escúchame, maldita sea. No podemos.
—¿No?
—No.
—¿Por qué no? Te gusta.
Dégel enrojeció.
—Eres un… sabes muy bien por qué no podemos.
—Todo está bajo control.
Una suave mordida en el lóbulo de la oreja. Acuario sintió que se derretía.
—No… no lo está. Los inhibidores... no funcionan ahora que me has mordido.
—Lo sé, te lo dije: esa mujer lo ha notado también. Llevo todo el día oliendo tus feromonas.
—Significa que quieres solo por eso.
—Está claro.
Una caricia sugerente en la cara interna de un muslo. Las manos del omega se tensaron en los hombros contrarios.
—Es por la fecha.
—Estamos de acuerdo.
—¿Sabes qué podría ocurrir si lo hacemos?
—No va a pasar.
Los labios de la estrella celeste se adueñaron del pezón izquierdo del francés, arrancándole un quejido de satisfacción. Luego, comenzaron a bajar, arrebatándole sentido común con cada roce.
—La primera vez fue… tolerable por ser un descuido. Ahh… Si vuelve a ocurrir sabiendo los dos…
—Por eso te digo que no va a pasar.
—¿Cómo estás… tan seguro?
—Ya me hice cargo.
—¿No estás mintiendo? ¡Nhh!
—Soy un juez, no miento.
—Rada… manthys-hmm.
—Todo va a estar bien. Lo prometo.
No tenía más argumentos. Eso y que su temperatura y la de la habitación habían subido demasiado mientras debatían, impidiéndole a Dégel encontrar reclamos para resistirse a algo que ya se había vuelto placentero.
Radamanthys quitó con un nuevo beso cualquier rastro de reclamos que pudiera haber quedado en su mente. Se abrió paso sin pedir permiso y enredó su lengua con la francesa, encontrando por fin la ansiada y ansiosa respuesta sin dudas del peliverde.
Los finos dedos del anfitrión se enredaron en las hebras doradas para jalarlas cuando una mano demandante se escurrió sin freno hacia su entrepierna. Radamanthys gruñó, le mordió los labios y recibió un tibio gemido por respuesta a tanto estímulo junto.
Empezaba a sentir gratitud hacia las doncellas por mantener a sus hijos alejados de la noche que estaba por venir.
