No acudieron al recinto de las doncellas al día siguiente para buscar a sus hijos.

Ya fuera por obra de Nicole, por la presencia de Radamanthys en el templo o por las feromonas que Dégel había desperdigado la jornada anterior, no hubo alma que pasara por el recinto de Acuario durante la veinticuatro horas siguientes. Estuvieron completamente solos y sin interrupciones, disfrutando a sus anchas de la privacidad de la penúltima casa para dedicarse la totalidad del segundo día exclusivamente a follar.

Comenzaron en la cama de Dégel, justo después de que este recordara que aún tenía la mordida y que volvía a estar en celo. En la ocasión, fue diferente; eran circunstancias distintas a las de la primera vez. El aguador se había mostrado tímido al comienzo, tal vez cohibido por estar en las doce casas, pero eso no le impidió a Radamanthys quitarle la vergüenza a base de embestidas y mordiscos.

Lo habían hecho de frente por primera vez, sin cambiar las posiciones en las que habían caído a la cama. Dégel sujetaba a Radamanthys con un brazo y con ambas piernas, utilizando la mano libre para aferrarse a la cama. Después de que el espectro consiguiera entrar por completo, nada había quedado del intento del aguador por cubrirse la boca para contener ruidos indecorosos. Las feromonas habían hecho su trabajo en ambos y Dégel volvía a convertirse en lo que Wyvern denominaba como "el mejor ejemplo de un omega en celo". Estaba más que dispuesto a hacerse cargo de él de nuevo.

Tuvo la precaución de no acabar dentro. Cuando sintió que se acercaba el primer orgasmo, abandonó el tibio interior del caballero se derramó sobre su vientre; el propio santo alcanzó su clímax poco después y las manos de ambos se dedicaron a darse placer en conjunto, entre suspiros y mordidas a la piel erizada.

Después de la primera ronda, se quedaron acostados en silencio; por fortuna, esta vez no fue para nada incómodo. Radamanthys supuso que Dégel se había quedado dormido por la forma en que sus hombros subían y bajaban. Le había dado la espalda mientras disfrutaban de las sensaciones del buen sexo y en realidad se lo agradecía, pues le había dado tiempo para reflexionar.

Estaba dejándose acoger por la modorra que venía después del orgasmo con los ojos cerrados. Por eso fue que no vio moverse al francés y se sintió francamente asaltado cuando una mano sujetó su miembro. Abrió de golpe los ojos, aunque solo se atrevió a levantar la cabeza y lo hizo apenas a tiempo para ver como la boca del francés le daba la bienvenida. No pudo evitarlo: un gemido nació en lo más profundo de su garganta y se apoderó de la habitación. En otro momento, se hubiera avergonzado, pero el caballero no le dio tiempo siquiera para eso; en cambio, comenzó a atenderlo de tal forma que Radamanthys no le habría creído si le hubiera dicho que esa era la primera vez que usaba la boca para algo así. Regresó la cabeza de golpe hacia la almohada y se dejó hacer. ¿Cómo podía quejarse por recibir un estímulo tan placentero? Las feromonas que brotaban de Dégel como fuegos artificiales hacían que fuera más sencillo dejar de pensar en lo negativo. En cosa de minutos, también perdieron importancia los pequeños suspiros que se abrían paso entre sus labios cuando el de Acuario tocaba un punto específico o si utilizaba la lengua.

A pesar de su estado febril, el omega seguía atento las reacciones del alfa y le bastaron un par de caricias y movimientos para que la virilidad ajena volviera a endurecerse. ¿A quién quería engañar? ¿A Radamanthys? Por favor. Quería hacerlo de nuevo, tenía la imperiosa necesidad de sentirlo dentro una vez más y no iba a esperar a que el rubio tomara la iniciativa.

Tampoco era como que la Estrella Celeste necesitara mucho incentivo adicional. Solo que tenía que hacer algo antes de volver a empotrarlo contra las sábanas.

Mientras Dégel seguía ocupado haciendo maravillas con la boca, el inglés le tomó las caderas y lo fue guiando hacia sí. Le acarició los muslos, se relamió los labios e inclinó un poco el torso hacia adelante; él también tenía una necesidad muy particular en ese instante.

—¡Auch! ¡Radamanthys!

Dégel gritó y detuvo la faena. Arrodillado como estaba, giró el cuerpo para encarar al espectro, mostrándole un ceño fruncido en una expresión escandalizada.

—Te estabas moviendo frente a mi cara; agradece que fui considerado.

—¡Considerado! ¡Acabas de morderme, salvaje!

El francés se llevó una mano a la zona agredida. La piel blanca de su nalga izquierda registró poco a poco los dientes del alfa. Radamanthys rezongó conforme al ver la huella de su paso por ahí.

—¿Quieres continuar? Lo has dejado en la mejor parte.

Invitó el juez, a lo que Acuario frunció más las cejas. Al menos hasta que una de las manos ajenas terminó haciéndose cargo de su propia erección. Logró acariciarlo un par de veces antes de que el peliverde decidiera olvidar el enojo para satisfacer su necesidad más urgente y terminara sentándose sobre su vientre bajo.

—Déjame hacerlo.

Wyvern surgió de su lugar como un imán, atraído de forma inevitable por la sugerencia y por el sinfín de ideas sucias que le generaba el cuerpo ateniense a su disposición. Lamió su torso, le mordió los hombros con más gentileza que antes y recorrió todo hasta terminar sujetándole ambos glúteos. Dégel había hecho su parte restregándose y acariciándole la espalda, pero cuando sintió que el recorrido ajeno llegaba a su fin, movió las manos también a esa zona y le ayudó para que pudiera acomodar su miembro. El alfa levantó las caderas en el momento en que el omega se dejó caer y eso permitió que entrara fácilmente. Le arrancó un gemido a ambos y les tomó un poco menos que la primera vez acostumbrarse a la unión. Fue Dégel quien empujó a Radamanthys por los hombros hasta verlo acostado otra vez y solo entonces se sentó por completo.

Dejó sin aliento al dragón, aunque apenas el tiempo suficiente para que el preámbulo diera paso a la verdadera acción del siguiente round.

Tener a Acuario arriba, dirigiendo, era más excitante de lo que recordaba. Tenía acceso libre a todo él, tocó cuando quiso, sí, pero también le devolvió el favor al aguador: utilizó tan bien sus manos entre las piernas que lo rodeaban que no tardó cinco minutos en conseguirle un segundo y ruidoso clímax. El suyo llegó poco después y, para su relativa inquietud, terminó corriéndose dentro del aguador.

"No te preocupes" recordó decir a Nicole. "Soy fuente de primera mano. Todo estará bien". Con esos pensamientos repitiéndose en su mente fue que recibió al de ojos violetas encima, exhausto, y el relajo y la modorra terminaron de hacer su magia invitándolos a dormir sin separarse.

°o°o°o°o°o°o°o°o°o°

Cuando despertó, Dégel ya no estaba.

Dormir seguía pareciéndole una pérdida de tiempo, siendo este un hábito perdido hace tanto en favor de una vida eterna de servidumbre al dios del Inframundo. Se sentía atontado, como justo después de recibir un buen golpe en la cabeza. Sin embargo, eso no le impidió que sus manos tantearan la cama en un intento por encontrar al omega. Nada.

Extrañado, frunció el entrecejo y se sentó. El frío que parecía surgir de las mismas paredes del templo le sentó bien, a sabiendas de que afuera seguramente la temperatura sería mucho mayor. Se cuestionó qué hora sería; esa era otra de las cosas que le disgustaba de dormir: perder el control de sí mismo y del entorno. ¿Cómo sabía un cuerpo cuánto tiempo estar apagado si no tenía la costumbre de hacerlo? Esa inquietud lo animó a salir pronto del lecho para confirmar, aún en su aturdimiento mañanero, que seguía existiendo en el mismo siglo.

Al salir de la habitación al pasillo, un agradable aroma le embotó los sentidos y lo guió hacia el estudio, al más puro estilo de un perro hambriento persiguiendo el olor de un jugoso bistec. La diferencia en este caso es que no eran un perro hambriento ni un bistec, sino un espectro embobado por las feromonas de un santo.

Aunque, si lo veía de cierto modo, el hambre y el deseo de devorar al omega eran exactamente los mismos.

Avanzó por el corredor hasta el estudio y literalmente olisqueó el aire en busca del bistec, inconsciente quizás de que ni siquiera había tenido la decencia de colocarse un pantalón prestado. Barrió la zona con la mirada, de derecha a izquierda y, cuando tuvo la barbilla casi montada sobre el hombro, por fin encontró su desayuno: Dégel estaba inclinado sobre el escritorio, revolviendo libros y separando hojas con marcadores hechos con plumas de diversos colores. Hasta ahí, todo bien, una imagen que le era muy familiar, salvo porque el peliverde solo llevaba puesta la camiseta de entrenamiento tradicional del santuario. La prenda en cuestión no alcanzaba a cubrir del todo sus nalgas, pero el resto del trabajo lo hacía su frondoso y largo cabello. Cada vez que se movía, las puntas de color esmeralda le acariciaban los muslos y Radamanthys casi podía jurar que cada uno de sus cabellos se estaba riendo de él, invitándolo a mirar más, a acercarse o quizás a limpiarse la baba.

Acuario se sobresaltó y Wyvern se dio cuenta entonces de que sus propias feromonas habían salido de su cuerpo, disparadas como proyectiles en respuesta al intenso olor a hojas de papel y tierra húmeda que era la esencia típica del francés. Este giró un poco, examinando el estudio como había hecho el dragón, y cuando las amatistas y los cielos hicieron contacto, el alfa sintió que producían una chispa que recorrió todo su sistema hasta estallar en su entrepierna, en una erección instantánea.

Los ojos dilatados de Dégel dijeron todo lo que no surgió en palabras. Gracias al último año de convivencia, ni siquiera alcanzó a dudar de los deseos del omega por convertirse en eso que él quería probar. En su expresión serena, encontró ansiedad, impaciencia y vergüenza por no poder explicar lo excitante que le resultaba de pronto la idea de hacerlo en su estudio.

¿O es que estaba leyendo demasiado profundo para justificarse? Porque, en realidad, esos eran los pensamientos que lo habían atacado a él.

Los labios fríos del guardián del templo se abrieron para darle cabida al oxígeno que no alcanzaba a pasar por su nariz. Esperó a que el aire volviera a salir para abalanzarse y recibió dos brazos pálidos (salvo por las marcas de la noche) que lo atrajeron con necesidad imposible de disimular.

Ah, de nuevo estaba esa sensación: una fracción de sus mentes diciéndoles que sus cuerpos se buscaban por culpa del celo y todo el resto ladrando de vuelta que sí lo sabían, que dejaran de fastidiar y mejor disfrutaran del momento bajo la excusa y a sabiendas de que no podrían controlarse de cualquier modo.

Por fortuna, ese pequeño fragmento de cordura pareció resignarse y unirse al libre albedrío. Como consecuencia, lo siguiente que supo Radamanthys fue que se abría paso en el interior de Dégel y Dégel se descubrió montado sobre el escritorio suspirando, gimiendo, gritando porque, por Zeus, qué buen alfa.

La lucidez volvió tímidamente a reclamar control sobre los dos hombres, permitiéndoles apreciar el desastre en que habían convertido el área de trabajo mientras el miembro de Radamanthys regresaba a su tamaño normal: dos frascos de tinta volteados, uno más en el suelo, acompañando de al menos tres pergaminos, un par de libros y una alfombra de hojas con anotaciones que, hasta donde recordaba, habían sido muy importantes.

—Tendrás que reponer la tinta.—

Murmuró Dégel, recostado como estaba en el mesón, respirando con cierta irregularidad y con las manos sobre el abdomen, en un intento quizás algo torpe por disimular los restos de su orgasmo. Se veía relajado, más conforme que resignado, como si por fin hubiera logrado aceptar que no obtenía nada dejando que los remordimientos lo atacaran y ahora simplemente quisiera aprovechar el "permiso" que las circunstancias le ofrecían.

—Primero quiero beber algo; tengo la garganta seca.—

Por su parte, el Wyvern tenía ambas manos apoyadas en el mesón, una a cada lado del cuerpo francés, y las piernas de este colgando despreocupadamente sobre sus brazos.

—También estoy sediento. Puedo ofrecerte agua y vino.

—Vino estaría bien... ¿Iremos a buscarlos?

—Es tarde; el sol ya se ve completo en el horizonte.

—Ah.

No había nada que hacer; tendrían que esperar al día siguiente para volver a estar con sus hijos.

Unos minutos más tarde, se separaron. Wyvern dio la vuelta al mesón para ordenar el desastre y para hacer el catastro de los documentos perdidos que tendrían que reescribir. Dégel bajó de la mesa resintiendo el primer golpe que se había dado contra esta al comienzo de la tercera ronda. Se acomodó la camiseta, que en medio del escándalo había terminado recogida hasta su pecho, y caminó hasta la cocina sin quitarse una mano de la espalda.

Radamanthys tuvo tiempo de sobra para recoger los papeles y ordenarlos junto con los que estaban aún sobre el mesón. Es más, hasta logró limpiar las manchas de tinta seca y fluidos corporales del piso y el mesón y, ni siquiera cuando dejó de haber rastro de su encuentro, vio regresar a Dégel. Le llamó la atención que tardara tanto ¿acaso había ido a pisar las uvas para el vino? Con el entrecejo fruncido, dejó el observatorio de Acuario y fue a buscarlo a la cocina.

Ni en sus sueños más locos (de los que Dégel ahora si formaba parte) hubiera imaginado que encontraría al francés recargado contra uno de los muebles, sus dos manos moviéndose frenéticamente en su entrepierna.

Bien, fue inesperado. No es que pudiera verlo con claridad, pues desde el marco de la puerta solo podía ver su espalda arqueada y todo su cuerpo sucumbiendo a pequeños espasmos.

—Eres un monstruo.

—¡No es mi culpa que tus feromonas me hagan esto!

El peliverde volteó a encararlo con ese ladrido y una expresión que reflejaba su propia vergüenza al estar necesitado otra vez, tan pronto. El Wyvern miró con disimulo hacia abajo y descubrió con cierto alivio que parecía estar satisfecho de momento, pues el pantalón que había tenido la decencia y el tiempo de ponerse mientras esperaba su vino no destacaba ninguna emoción.

—¿Quieres ayuda?

—Santo cielo, Radamanthys.

—Bien, ¿dónde está el vino? Te dejaré tranquilo.

—Aquí… ah… arriba.

Fácil. Era cosa de abrir el mueble, tomar la botella y retirarse para que el de ojos amatista pudiera hacerse cargo.

¿Cuántos intentos más hacían falta para que entendiera que, cada vez que las cosas fueran sencillas, saldrían del peor modo posible?

Quiso acabar rápido con la intromisión. Avanzó hasta el mueble ubicado justo encima del omega y abrió la puerta; bien, su plan de tres pasos estaba saliendo perfecto. Tomó la botella y, cuando hizo amago de salir, el santo no encontró nada mejor que estirar un brazo para aferrarse a la ropa del inglés. Demasiado cerca. Demasiadas feromonas para Dégel; demasiada fortuna para Radamanthys.

¿Resultado? El rubio soltó la botella, esta se volteó dentro del mueble y el corcho salió volando por los aires. El rojizo líquido se convirtió en una cascada y se vertió por completo sobre la verdosa melena del francés, quien no se había movido un centímetro. Su camiseta quedó empapada, igual que su cabello, y lo único a lo que Radamanthys pudo poner atención fue a los diversos hilos carmesí que empezaron a deslizarse entre las piernas del aguador.

¿Había dicho que estaba satisfecho? ¿Que dejaría al omega hacerse cargo de sí mismo? Es que no lo recordaba bien; estaba teniendo problemas de concentración gracias a la presión que ejercía en los recién recuperados pantalones su renovado entusiasmo.

—Radamanthys…

Ah, bien. Esa voz tentativa y de duda solo podía significar una cosa: Que en cuanto lograse despegar la mirada de las provocativas piernas ajenas, encontraría un par de ojos suplicándole un favor sin palabras.

No que necesitara, insistía, mucha motivación adicional.

Eso sí, tendría que consultar algún libro, porque no le parecía normal excitarse por ver a alguien bañado en vino, aparte de que era un gran desperdicio.

Hizo voltear al caballero y lo acorraló contra la pared, pues el mueble de cocina era muy pequeño como para ser cómodo. A tirones le arrancó la camiseta y esta terminó en el piso junto con los pantalones. Utilizó la lengua para recuperar el vino directo del pálido cuerpo, que se estremecía y retorcía a su tacto. Consideró que era el mejor momento para devolver el favor de la noche anterior, por lo que se excusó con lo del vino para seguir bajando por el torso empapado, por el ombligo y hasta llegar a la pelvis.

Acuario llevaba un rato ya lidiando con el problema, por lo que fue bastante sencillo conseguir que se viniera. No se había detenido a pensar que era la primera vez que utilizaba la boca, lo había dejado en manos del instinto y de las reacciones del mismo francés. Un par de caricias con las manos, otro par con la lengua y ya lo tenía a su merced, derritiéndose, moviéndose contra su boca y tirándole el cabello.

Cuando el ansiado clímax llegó, Dégel lo empujó de los hombros casi con agresividad y se arrodilló en el suelo para terminar con su mano. Prefería manchar el piso de la cocina a la otra alternativa, cosa que Radamanthys pensó era terriblemente considerado de su parte, pues no estaba seguro de que hubiera hecho lo mismo de haber tenido un orgasmo mientras recibía semejantes atenciones.

Sí, estaba orgulloso de que su trabajo hubiera ayudado al otro, pero ¿qué demonios se suponía que hiciera ahora con su propia erección? Estaba pensando imitar al francés, pero este se le adelantó y antes de lo esperado ya lo tenía encima de nuevo.

—Gracias por la ayuda. Deja que me encargue de esto.

Y ¿quién era él para decirle que no?

Sobretodo por la forma en que lo miraba, dominado otra vez por el efecto de las feromonas. Eso y que la mano firmemente puesta sobre su miembro no le dejaba muchas alternativas igual de agradables.

Así pues, el piso de la cocina también quedó bautizado por dos cuerpos hambrientos, por ronroneos, gemidos y suspiros.

°o°o°o°o°o°o°

Después de la acción, Dégel manifestó su deseo urgente de tomar un baño. El sexo y la higiene tenían que complementarse según él y, la verdad, estaba de acuerdo. Sentía el cuerpo pegajoso, en especial luego del incidente con el vino, y estaba seguro de que el omega lo tenía peor.

Permitió que fuera el primero en bañarse, en tanto se dedicaba a limpiar el segundo desastre de la jornada. Sin embargo, su afanosa labor de borrar la escena del crimen fue pausándose poco a poco, a medida que el vapor tibio inundaba el templo, llevando toda clase de aromas. Su favorito por la temporada: la esencia del acuariano.

Ahí estaba de nuevo, guiándose por el olfato hasta dar con el cuarto de baño. Estaba sorprendido, pues era la primera vez que lo sentía bañarse con agua caliente.

Sin pedir permiso, abrió la puerta y lo descubrió sumergido en una larga tina de mármol. Lavanda y otras plantas que no conocía desprendían su olor y se sumaban al festival de aromas propios del guardián del templo. Lo único que sobresalía del agua era la cabeza del francés; tenía los ojos cerrados en una expresión de relajo que raras veces había visto Radamanthys. Sus labios estaban entreabiertos, moviéndose al ritmo de su respiración como si inhalar por la nariz no fuera suficiente y su cabello del color de la hierba se había propagado por toda el agua, lo que le daba el aspecto de ser la planta más exótica de toda Grecia.

¿Para qué esperar a que el caballero dejara la tina? Hasta donde veía, había espacio suficiente para dos.

Se quitó la ropa, la arrojó donde estaba la camiseta arruinada del omega y se unió a él. Dégel abrió los ojos solo entonces, como si no lo hubiera notado llegar o como si realmente no le importara la intromisión. Recogió las piernas y, cuando Wyvern estuvo hundido hasta la cintura, se inclinó hacia el frente y le arrojó los brazos al cuello, para gran sorpresa del espectro.

—Pensé que no vendrías jamás.

Alguna tuerca en la cabeza de la Estrella Celeste se soltó, salió proyectada por los aires e hizo estragos en su ya de por sí aturdido sistema mental. Esto era lo que pasaba cuando el maestro de los hielos, frío por naturaleza, aumentaba su temperatura con agua caliente en época de celo. Información demasiado valiosa como para olvidarla.

—Eres una mala influencia.

Gruñó, no que estuviera realmente molesto, antes de deslizar sus manos por la figura ajena mientras se inclinaba hacia adelante. No había tenido opción.

Lo hizo suyo en la tina una vez más.

°o°o°o°O°o°o°o°

Después de bañarse definitivamente, de limpiar el templo y de comer algo, se dejaron caer exhaustos en la cama también cambiada. Cada uno en el lado que les correspondía desde hace tiempo.

Estuvieron en silencio largo rato, reponiéndose de los músculos agarrotados y de dolores en zonas que nadie deseaba tener adoloridas. Al menos, ahora sí estaban satisfechos y conformes a consciencia.

—Tienes que hacer algo con esta mordida.

El primero en hablar fue Dégel.

—¿Qué se supone que haga? No puedo cargar la responsabilidad en alguno de mis hombres.

—¿Qué hay de Valentine?

La pregunta lo hizo arrugar el entrecejo.

—Valentine está fuera de discusión. Ya le ha pasado mucho por mi culpa, no voy a pedirle que me entregue su cuello.

—¿Siguen en malos términos?

—No. Ha sabido perdonarme, por eso no voy a presionarlo más. Estoy intentando por todos los medios enmendar mis errores con él.

—Pero ¿qué pasaría si él deseara tener la mordida en mi lugar?

—¿De qué estás hablando?

—Tengo la sospecha de que… Valentine haría lo que fuera por ti.

—Lo haría, lo sé. Me lo ha dicho y valoro su entrega.

Dégel suspiró y cerró los ojos. Demasiado cuadrado, pobre Harpía.

—No me refiero a eso. ¿Por qué no le preguntas? Así como con lo del bebé… probablemente prefiera ser él quien tenga la mordida. Podría ocultarlo sin problema y sería menos bochornoso que tenerte viniendo a… ah. Ahem. A hacer algo más que visitar a tus hijos.

—¿Estás seguro de que no lo propones porque es un problema para ti?

—Ciertamente es inapropiado hacer estas cosas en el Santuario, pero no me preocupa eso. Te dije una vez que el voto de castidad no se respeta mucho ni siquiera acá. Y en nuestro caso, es conocimiento público, por lo que es esperable, se quiera o no.

—Entonces, solo es cuestión de encontrar otro sitio la próxima vez.

—La próxima… Radamanthys.

—No le haré esto a Valentine. No se lo merece.

—Al menos piénsalo.

—… No prometo nada.

El tema quedó zanjado ahí. Dégel no insistió, ¿cómo le explicaba que no era por él, sino por el otro espectro? Temía arruinar los aparentes planes de silencio del pelirrosa si hablaba demasiado.

Aún afectados por la íntima atmósfera, se acurrucaron para dormir la siesta, Radamanthys buscando el frío que desprendía el cuerpo ajeno y que tan bien alejaba el insoportable calor griego. Y ya que el mismo Wyvern no emanaba calor corporal alguno (sin considerar sus encuentros), al aguador no le importaba. Dégel había cambiado de pensamiento para concentrarse en el trabajo que debería comenzar más tarde y el rubio se quedó ocupado lidiando con la imagen de su subalterno, de sus ojos dorados y en particular de esa sonrisa llena de alegría que no había sabido borrarse de la memoria.