AQUÍ ESTÁ LA PRIMERA MITAD DEL ÚLTIMO EPISODIO DE LA PRIMERA PARTE DE ESTE FANFIC(?)
Llegamos al final de la primera parte de la historia; originalmente iba a publicar todo en un episodio, pero como me salió grandote, dividiré el final para que haya una publicación más antes de un hiatus indefinido. :( La segunda parte, desgraciadamente, tardará un tiempo en llegar, ya que las horas no me alcanzan para escribir.
Estaremos trabajando para ustedes. (?)
Muchas muchas gracias a todos los bellos lectores que dejaron comentarios y a quienes se dieron el tiempo de leer esta historia que es mero capricho mío.
Los amo. *inserte corazón*


Quisiéranlo o no, la desaparición de los dioses se había prolongado tanto tiempo que la tensión comenzaba a desaparecer. Inevitablemente, era más el esfuerzo que hacían por seguir preocupados que la preocupación verdadera. La alarma que casi se obligaban a sentir junto con la novedosa experiencia de ser padres daban como resultado que el tiempo avanzara al ritmo que se le daba la gana.

Raphael y Miracle seguían creciendo y les demostraban sobre la marcha que nunca estarían lo bastante preparados para lidiar con las circunstancias. Antes de que cumplieran el año, los padres comenzaron a notar que los gemelos no eran tan normales como parecían.

Ese día, por ejemplo, los tres jueces estaban pagando su ignorancia.

°o°o°o°o°

—¡Apágalo! ¡Por Hades, apágalo!

—¡Lo rompiste, estúpido!

—¡No están ayudando!

¿Cuántos jueces del inframundo se necesitaban para cuidar a un bebé?

Al parecer, más de tres.

El escándalo había comenzado de la nada, como una tormenta en pleno verano. Aiacos y Minos estaban de visita en Caina.

— ¡Solo es por los dientes! No armen tanto escándalo.

Gruñó Radamanthys, aunque él mismo estaba a punto de colapsar.

A pesar de que Raphael había sido un bebé silencioso al punto preocupante, cambió radicalmente en cuanto sus dientes empezaron a crecer. La calma casi agobiante de Caina se veía interrumpida varias veces al día, ya no solo cuando el hijo del juez tenía hambre, sino que cada vez que sentía molestias, las que, según Balrog, se prolongarían más de lo que cualquiera de ellos se consideraba capaz de sobrevivir.

El problema no era solo que Raphael llorara, sino que lo hacía de una forma muy particular: tan fuerte que hacía estremecer las paredes del templo del Wyvern. Sus sollozos hacían caer libros de las bibliotecas, hacían doler los huesos y la cabeza a los pobres desgraciados que estuvieran cerca sin conocer un modo de contenerlo. En este caso: los jueces.

Ni siquiera la presencia de Radamanthys bastaba para sosegar al niño, como solía funcionar al principio. Sin embargo, el alfa estaba muy lejos de asumir que había perdido el control de su hijo y que la integridad de Caina descansaba en manos de un espectro en particular.

Espectro que, por fortuna y para el alivio de los altos mandos del ejército de Hades, acababa de anunciar con su cosmos que estaba de regreso después de una tortuosa hora de sangrado de orejas.

— ¡Baaaaaah!

— ¡Val!

— ¡Harpía!

— Valentine.

Llamaron los cuatro hombres al unísono al escuchar la puerta abriéndose. Unos segundos más tarde, la Estrella Celeste del Lamento ingresó a la habitación de su amo, ya sin portar la sapuris, y unas miradas llenas de esperanza le dieron la bienvenida.

— ¿Qué le han hecho a Raphael para que grite de este modo? —

Cuestionó el de cabello rosado, casi gritando él mismo, mientras se acercaba a Radamanthys, quien le entregó al bebé esforzándose para que no se notara que casi empezaba a verlo como un peligro radiactivo.

— ¡¿Nosotros?! ¡Es lo que él nos ha hecho! — Se quejó Aiacos desde la comodidad de su cabeza enterrada en una almohada.

— Cállalo, cállalo de una vez. Me está matando.— Minos había alcanzado un nivel de estrés tan grande que solo podía murmurar desde el rincón más lejano de la habitación, ambas manos en la cabeza y la frente contra la pared. Él era quien menos acostumbrado estaba al ruido.

— Valentine, por favor.— Por su parte, el inglés le dirigió una mirada de confianza y urgencia con un tinte de desesperación.

Harpía estuvo tentado a burlarse, pero se contuvo por respeto a la jerarquía y se enfocó en el desconsolado bebé que ya estaba rojo de tanto llorar. Dejó de pensar en quienes lo rodeaban y salió de la habitación, en donde tres largos suspiros dieron cuenta de que los máximos exponentes de las profundidades habían sido derrotados por un infante.

Harpía empezó a caminar por la estancia privada de Radamanthys con Raphael aferrándose a su ropa, aún ahogado por el llanto. Lo acomodó con un brazo contra su pecho y con el otro le acarició la espalda, pasando una mano por su cabello y dándole golpecitos cuando lo sentía hipar.

Se metió a la biblioteca y, sin soltar al bebé, se agachó a recoger uno de los varios libros que el atronador berrinche había botado de las estanterías. Inevitablemente, reparó en sus manos; ahí donde antes había tenido afiladas garras, ahora había cinco uñas prolijamente cortadas, al igual que en su otra mano. Después de dejar el libro en su lugar, suspiró. Esas garras le habían costado la primera cicatriz a Raphael, una línea blanca en su costado que al propio Valentine le había dolido como si le partieran el alma en pedazos. Por ese descuido, había permanecido dos semanas enteras sin acercarse al hijo de su amo, recriminándose hasta el cansancio e ignorando la gran falta que le había hecho al niño. Desde entonces, la norma interna exigía que todo aquel que tuviera contacto con Raphael debía decirle adiós a sus garras.

— Ba.—

Una mano en su boca lo hizo reaccionar. Al bajar la mirada, encontró dos ojos color lavanda mirándolo, aún enrojecidos, pero ya sin lágrimas. En algún momento, había conseguido aplacar su mal humor. Harpía sonrió y acomodó de nueva cuenta al menor contra sí para seguir acomodando los libros.

— Todo está bien, descuida; te traje algo que quizás ayude con ese molesto dolor de dientes.— Le comentó al pequeño rubio.

"Ba" era el apodo que Raphael le había dado; Radamanthys era "Ma" (para risa y satisfacción de Grifo y Garuda). Los demás seguían siendo entes sin importancia para el mestizo. Harpía continuó avanzando por los estantes hasta que todos los libros estuvieron en su lugar, ignorando que, a lo lejos, tres pares de ojos seguían sus movimientos.

— Lo adoptó.

— Definitivamente, lo adoptó.

— ¿De qué están hablando ustedes dos? Valentine solo cumple con su trabajo.

— ¿Val? No estamos hablando de Val.

— Correcto. Nos referimos a tu hijo. Wyvern junior adoptó a Harpía y ya no hay nada que puedas hacer al respecto.

A pesar de que Radamanthys frunció el entrecejo por los comentarios de sus pares, no consiguió apartar la mirada de su segundo al mando. Raphael se veía muy cómodo bajo su cuidado y solo podía esperar que Valentine no considerara que su aparente nuevo rol fuera demasiado agotador, pues no estaba seguro de que quisiera "hacer algo al respecto" con la estampa que tenía al frente.

°o°o°o°o°o°o°o°o°

— ¡Vamos, ven aquí!

— ¡Ven conmigo!

— ¡Por acá!

— Ella me prefiere y lo sabes.

— Cállate, zopenco. No sabes lo que dices.

— ¡Ven, eso! ¡Por aquí!

— ¿Me dijiste zopenco, idiota?

— Ya iba siendo hora de que lo asumieras. ¿A quién le dices idiota?

— ¡Solo un poco más! ¡Eso!

— ¡Oye!

— ¡Tramposo!

Dégel suspiró y negó un par de veces. A juzgar solo por los gritos, parecía que Manigoldo, Kardia y Regulus estaban apostando en las carreras de caballos en lugar de estar averiguando "a quién quería más" su hija. El ganador de esa ronda había sido Regulus, quien saltaba de un lado a otro con la niña firmemente sujeta, bajo la atenta y celosa mirada de los otros dos.

Antes de que Manigoldo y Kardia terminaran levantándose a golpes por impedirse mutuamente ganar la batalla más importante del último siglo, Nicole ingresó al templo de Acuario y Dégel dejó el escritorio donde había estado trabajando para recibirla. La mujer realizó una cortés reverencia para los caballeros y siguió al anfitrión rumbo al modesto salón que tenía entre los estantes de la biblioteca. El resto de los caballeros los siguió para escuchar.

— ¿Sigue igual? — Preguntó Dégel de inmediato, la preocupación evidente en su rostro sereno.

— Sí. No hay cambios.— Asintió ella, su mirada viajó un instante a la bebé en brazos de Regulus y volvió donde el francés.— Tal y como lo mencionó Wyvern durante su última visita, los gemelos están comiendo cada vez menos.

— ¿Es una mala señal?

— No hay forma de saberlo; sin embargo, el médico de los niños y yo llegamos a la misma conclusión: no están enfermos ni tienen problemas con la comida. Es solo que su apetito se está reduciendo.

Acuario frunció el entrecejo y presionó el costado de su dedo índice contra su labio inferior. Miracle, en brazos de Regulus, se rió de buena gana.

— Puede que sea una primera manifestación.— Continuó Nicole.— Quizás los rasgos mestizos necesitan tiempo para desarrollarse, como ocurre con las pocas horas de sueño que tienen en común y los llantos destructivos de Raphael.

— ¿Quiere decir que tendremos que estar más atentos que antes?

— Por desgracia, sí. Hasta hace dos semanas, eran como cualquier otro bebé de casi un año. Todo lo que ocurra con ellos será nuevo, así que… en el mejor de los casos, estamos completamente a la deriva.

— Esos llantos del demonio.— Agregó Manigoldo, recordando la última visita del niño.— Apuesto la armadura de Cáncer a que es herencia del cejas.

— No quiero imaginar cómo será cuando Miracle empiece a mostrar qué fue lo que sacó de Dégel.— Dijo Kardia.

— ¿Será posible que empiece a nevar si hace berrinche? — Culminó Regulus, hablando un poco extraño por la mano que Miracle tenía en su nariz.

Todos intercambiaron miradas, pero ninguno se animó a decir qué le parecía la idea.

— Señor Dégel.— Una vez más, Nicole avivó la conversación.— Quería consultar un tema aparte.

— ¿Hay algo más de lo que deba enterarme? — Aunque sabía que nunca estaría preparado para los imprevistos, siendo ella su primera hija y mestiza como era, Dégel sentía que estaba a poco de alcanzar un límite de noticias inesperadas al día.

Sin embargo, el gesto casi maternal de Nicole le hizo saber de antemano que ya no había más incertidumbre por reportar.

— Oh, no, nada fuera de lo común… si hablamos de niños normales. Bastante extraño si nos referimos específicamente a los hijos de un caballero.— Antes de seguir, correspondió al gesto de saludo que Miracle le hacía, ahora, desde los brazos de Kardia.— Los hermanos pronto cumplirán un año y las doncellas me preguntaron si se llevaría a cabo alguna celebración. Son los primeros niños que nos ha correspondido cuidar desde que la joven Atenea llegó al Santuario… —

No terminó la oración, sino que la dejó flotando, pero no era necesario que elucidara más. Dégel giró a ver a su niña, incrédulo aún de que estuviera a unos días de alcanzar el año de edad. Tantas cosas habían pasado… Luego se fijó en los tres hombres que se peleaban por hacer reír a Miracle y una sonrisa involuntaria curvó sus labios.

— Oui. Se lo propondré a Radamanthys. Imagino que en el Inframundo no existe la costumbre de celebrar los aniversarios.

— ¿Estoy escuchando bien? — Preguntó Manigoldo, la mitad de su atención en la charla y la otra mitad en tirarle los vellos de los brazos a Kardia para que le entregara a la niña.

— ¡Tendremos una fiesta! — Celebró Regulus con gran emoción.

— Empezaré desde ya a armar los preparativos; tengo la impresión de que asistirá mucha gente.— Nicole se veía bastante animada por recibir la aprobación y por la idea en sí.

Dégel llegó a sentirse un poco celoso, extrañaba cuidar a su hija y temía convertirse en alguien secundario para ella, aunque a la vez agradecía en sobremanera que las doncellas del Santuario la estuvieran criando. Mientras más lo pensaba, más entendía a qué iba dirigido el voto de castidad de la orden: no era una experiencia agradable que te arrebataran un hijo para que pudieras seguir cumpliendo tu deber, por mucho que fuera con las mejores intenciones. Tener descendencia reducía todo a solo dos caminos: ser caballero o ser padre. Tal encrucijada podía provocar muchos conflictos, ponía en una delgada línea la fidelidad de los santos hacia Atenea. Por ella era que los 88 estaban dispuestos a dar la vida, pero la existencia de un hijo lo cambiaba todo; por un hijo, no había algo semejante a los límites. No había prioridad más importante. Estaban primero ellos; luego Atenea.

No había modo de que funcionara un sistema así.

Por eso, había escogido el camino del caballero. Era su propio sacrificio.

— Ya debemos volver.— Mencionó cautelosamente la líder de las doncellas, casi como si hubiera leído los pensamientos del francés.

Dégel volvió a mirarla y se sintió mal por haber sentido celos segundos antes. Nicole siempre había sido muy considerada, muy delicada para tratar el asunto de Miracle. La mayoría de las veces, el aguador sentía que incluso podía detectar algo de culpa en sus ojos oscuros cada vez que la apartaba de su lado.

—Está bien. Hablaré con Radamanthys ahora. No hay problema con que venga gente del Inframundo ¿verdad?

— Claro que no, la alianza sigue firme; los espectros son bienvenidos. Buscaremos un lugar lo bastante grande para que quepan todos. Si me disculpan…

— Sí, adelante, no hay problema. Caballeros, Nicole y Miracle deben retirarse ya.

Tres desganados "Eeeeeh" respondieron al unísono y Manigoldo devolvió a la menor a los brazos de su cuidadora sin quererlo realmente.

— Pronto te enseñaré a maldecir en italiano, lo prometo.

— Manigoldo, no.

— Tiene que aprender en griego primero.

— Ustedes…

Nicole curvó una sonrisa que los santos no notaron al estar más pendientes de la mirada fría del padre. Este último suspiró y le dirigió una mirada de disculpas a la pelirroja.

— Muchas gracias por todo lo que has hecho. Cuando tenga noticias de Radamanthys, te avisaré.

La doncella asintió y salió del templo llevándose a Miracle, quien se aferró a su cuello y se despidió del grupo de hombres. Dégel levantó su mano e hizo el esfuerzo por reprimir la punzada de malestar que sentía cada vez que llegaba la hora de decir adiós. Era un sacrificio que tenía que hacer.

— Tres bien. Manigoldo, tienes dos opciones.

Se dio la vuelta y dio un suave pero conciso golpe con el taco en el suelo de baldosas, lo bastante enfático como para que Cáncer se parara derecho y tenso.

— ¿G-Gelato?

— Me ayudas a contactar a Radamanthys o tu sentido del humor se quedará en este templo. Congelado.

— Sale un comunicado exprés rumbo al Inframundo.

Dicho aquello, el italiano se envolvió en ondas infernales y desapareció. Nadie quería estar cerca de Dégel cuando le tocaban la fibra paternal.

— Kardia.

— Señor.

— Avísale a los demás caballeros sobre esta celebración. Todos están invitados.

— A la orden.

— ¿Qué quieres que haga yo?

Acuario esperó a que Kardia saliera corriendo a repartir la noticia y solo entonces se permitió relajar el gesto para sonreírle a su contraparte del reloj zodiacal.

— ¿Me ayudarías a buscar un buen lugar? Tengo la sospecha de habrá mucha gente.

Regulus sonrió de buena gana ante la petición y ambos salieron del templo de la urna para buscar el sitio correcto fuera de las doce casas.

°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°

La repentina visita de Manigoldo atrapó desprevenido al Wyvern y lo hizo salir con prisa de Caina por temor a que hubiera malas noticias. Habían estado hablando a los pies del Mokurenji, allí donde Asmita pasaba unas cuantas horas al día para ayudar a alimentar al árbol con el cosmos de sus compañeros, siempre custodiado por varios espectros.

Tal y como Acuario lo había previsto, Radamanthys no había pensado en la celebración del primer año de vida de sus hijos. La ceremonia misma no era lo bastante habitual en Grecia, más acostumbrados como estaban a celebrar únicamente a los dioses, pero estaban hablando de los gemelos. Después de todo lo que habían tenido que pasar para que llegaran a salvo al mundo… sí, era sensato organizar una fiesta. Sería la oportunidad ideal para fortalecer la alianza, para relajarse un poco después de los meses de tensión y para agradecer a quienes los habían apoyado en el asunto. Para dejar de pensar un instante en la incertidumbre del paradero del enemigo y cuándo volverían a atacar.

Porque una cosa era segura: regresarían tarde o temprano.

La reunión acabó, Wyvern aseguró que él y cuanto espectro quisiera ir estarían en el Santuario para el aniversario de sus hijos.

Manigoldo se despidió y animó a Asmita a regresar con él a las doce casas.

Antes de volver a Caina, el juez recorrió cada una de las dependencias del Inframundo para repartir la invitación abierta a quienes quisieran ir a la superficie dentro de una semana para unirse a la ceremonia. Según la vieja creencia, las personas solían ser más vulnerables a las fuerzas malignas durante el aniversario de su nacimiento, por eso era importante que estuvieran rodeados de gente, de ruido y algarabía, pues así espantaban a los malos espíritus. Y sabiendo qué clase de "malos espíritus" estaban tras ellos, era buena idea seguir la tradición.

Transcurrieron varias horas antes de que pudiera regresar a su templo.

Al entrar a su estancia privada, se desprendió de la sapuris y echó una rápida ojeada a la nueva tanda de papeles que había en su escritorio: no solo debía seguir realizando su trabajo como juez, sino que él y sus dos iguales debían confirmar que todo estuviera en orden con los soldados que enviaban a ayudar a Bluegrad y a recorrer el resto del mundo en busca de pistas de Ra y sus seguidores.

— ¡Señor Radamanthys!

La urgencia en la voz de Valentine hizo que el estómago se le diera vuelta y que mil pensamientos, cada uno más fatalista que el anterior, cruzaran su mente en lo que le tomaba girar hacia donde provenía la voz.

Frunció el ceño. Ahí estaba Harpía con su hijo en brazos, este mirándolo con atención en lo que trataba de comerse su mano. El pelirrosa se veía agitado, como si acabara de presenciar algo increíble, pero no se notaba alarmado, como si lo que había visto no fuera un peligro, por lo que el silencio solo consiguió confundirlo más aún.

— ¿Valentine?

Pero la Estrella Celeste del Lamento no dijo nada. Despacio, se arrodilló y dejó a Raphael en el suelo. Wyvern frunció el ceño más, si es que era posible, al menos hasta que una idea fugaz atravesó su mente y lo hizo aguardar; quieto, callado.

Así, confirmó el extraño presentimiento y la noticia que Harpía le había tratado de transmitir sin palabras.

Raphael se estaba manteniendo de pie por su cuenta y parecía muy concentrado en ello. Se tambaleaba, pero nadie lo estaba sujetando. Radamanthys avanzó unos pasos y extendió ambas manos.

— Ven aquí.

El bebé siguió la mano de su padre hasta verlo a los ojos y rió de buena gana; al parecer, tenerlo ahí era motivación más que suficiente para que quisiera avanzar. Y así lo hizo.

Abriendo y cerrando las manos, Raphael comenzó a dar sus primeros pasos solo.

A la mitad del camino, se cayó. Valentine hizo amago de querer levantarlo, pero Radamanthys lo detuvo.

— Déjalo. Debe aprender a levantarse por sí solo.

Harpía estaba demasiado ensimismado como para protestar. Se quedó de pie a un paso de distancia, dispuesto a dar por terminado el esfuerzo si acaso el pequeño comenzaba a llorar, pero no lo hizo. A tientas, se arrodilló, apoyó las manos en el suelo y nuevamente estaba de pie, avanzando la primera gran distancia que debía recorrer.

Al final, ni siquiera Wyvern pudo ser tan estricto la primera vez.

Cuando al bebé le faltaba un metro para llegar, el dragón se adelantó y lo levantó, lo contempló seriamente un instante y luego por fin lo acogió contra su pecho, donde el menor se aferró cual koala, riendo.

— Hiciste un buen trabajo.

— ¡Ma!

En su vocabulario, no había más palabras que sirvieran para expresar el estallido de orgullo que había causado esa demostración. El inglés acarició la cabeza de su hijo y se atrevió a sonreírle de esa forma que, ahora, solo dos personas conocían.

Harpía se acercó poco después y Radamanthys pudo notar que estaba tan orgulloso como él. Sus ojos brillaban de una manera especial que bastó para ganarse toda la atención del juez durante unos segundos; al menos hasta que descubrió que, de hecho, ese brillo lo estaban provocando las lágrimas contenidas.

Una de ellas logró escapar solo para que el rubio la detuviera con el dorso de su dedo índice, gesto que los sorprendió a ambos por igual.

Valentine retrocedió un paso. Radamanthys volvió a sostener a Raphael con ambas manos.

— ¿Qué ocurre?

— No… estoy seguro. No me di cuenta de que… Lo siento, señor. Qué espectáculo más bochornoso.

Se excusó Harpía, apresurándose a limpiar con esmero sus ojos. Pero la verdad era que sí sabía. Sabía exactamente por qué sus emociones habían vuelto a traicionarlo.

— Hmm, está bien.— Su superior lo disculpó al instante.— Valentine, el Santuario quiere organizar una ceremonia por el aniversario de Raphael y Miracle. Han dejado una invitación abierta al Inframundo. ¿Querrías ir?

La propuesta fue tan repentina que bastó para cortar de raíz la tristeza que estaba sintiendo y la sustituyó por otro puñado de sentimientos contradictorios. Sería su primera vez en el Santuario, por la celebración del primer año de vida de los hijos de su amo, y eso solo podía significar una cosa: Dégel estaría ahí también.

Su primera intención fue negarse, pero… Radamanthys se lo estaba preguntando directamente, casi como si le pidiera un favor. Y el gesto de hace un momento le había robado un par de latidos; había sido tan natural... Aguardó en silencio a que sus sentidos se tranquilizaran, Raphael extendió sus manitas y no pudo evitar sonreírle con afecto.

— Será un honor acompañarlo, señor.

En su habitual seriedad, Wyvern pareció sentirse aliviado. Harpía tomó en brazos al pequeño mestizo y no permitió que más ideas negativas se le vinieran a la cabeza. Había estado presente en los momentos más importantes de ese primer año de vida, junto con Radamanthys. Había sido el primero en recibir confianza para cuidarlo, el primero en escucharlo hablar y el primero en verlo caminar aferrándose a su mano. No podía no estar en la ceremonia de aniversario.

— Bien. Viajaremos dentro de una semana. Iré a tomar un baño, tengo trabajo que hacer.

— Llevaré a Raphael a su habitación. Ya es hora de comer.

— Valentine.

— ¿Señor?

— Gracias.

Antes de que tuviera que pensar en una respuesta, el rubio se marchó, dejándolo con un temblor en las piernas y en la respiración. Nunca se acostumbraría a recibir la gratitud de su amo.

°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°o°

La semana transcurrió a gran velocidad entre los preparativos, los rumores y el trabajo que nunca dejaba de llegar. Una ceremonia de aniversario no libraba a la orden de salir a cumplir misiones, entrenar y, en el caso de Dégel, de estar cada noche leyendo las estrellas en busca de lo que fuera.

La búsqueda realizada con Regulus había dado por conclusión que el mejor sitio para reunir la posible multitud era el coliseo, por lo que habían dedicado cada momento libre a limpiar y ordenar el sitio. Los escombros que solían quedar de los entrenamientos y permanecían intactos como símbolo de las honorables prácticas terminaron finalmente desechados como otro gran símbolo de cambio. En una semana, el coliseo estaba radiante e impecable.

Todos los involucrados sabían que no se trataba solo del aniversario de los gemelos, sino que sería una reunión, la primera reunión de paz, entre espectros y santos en territorio de la diosa. Era imposible no sentir algo de ansiedad. A pesar de la proclamada y exitosa alianza, ambas partes siempre habían estado distribuidas en sus respectivos dominios y solo llegaban a interactuar más en Bluegrad, donde no solía haber muchos de ellos debido a las propias fuerzas del ejército de Poseidón.

Pensándolo estratégicamente, esa ceremonia era la gran prueba de fuego.

Con la salida del sol, se puso en marcha el plan de acción.

Dégel perdió la cuenta de cuántas veces agradeció a sus compañeros y otros miembros del Santuario por su ayuda. Nunca olvidaría que, quisiéralo o no, había gente que no estaba de acuerdo con la existencia de sus dos hijos. Para fortuna de él, sus más cercanos, los otros once dorados, tenían una postura neutral o a favor y habían aceptado de buena manera estar presentes durante la ceremonia.

Atenea y Sage habían dado su consentimiento, pero la diosa no asistiría al coliseo. Prefería quedarse en sus aposentos y controlar todo desde la altura. Sage había aceptado bajar para encargarse de la diplomacia con los invitados del Inframundo y, por qué no, llevaba siglos sin presenciar una celebración.

Cuando el astro rey comenzó su viaje de descenso, todo estaba listo.

Un sinfín de mesas se habían acomodado en la arena y rebosaban con bebida y alimentos. Agua, vino, frutas, pan, queso carne, toda una réplica de los banquetes que la gente común llevaba a cabo para honrar a los dioses. Pronto comenzaría la primavera, por lo que el ambiente estaba fresco, pero ni siquiera eso era suficiente para mitigar los ánimos. Santos de bronce, plata y oro, incluso soldados sin armadura; la facción ateniense por sí sola ya se hacía cargo de disfrutar y del alboroto después de que la presencia de los dorados dejase de ser la gran novedad. Rara vez se los veía reunidos en un mismo lugar, mucho menores eran las oportunidades que tenían los de menor rango de conversar con ellos; por eso, al descubrir que eran personas tan normales y diversas como el resto, la confianza no había hecho más que crecer. Pronto, la música y el jolgorio habitual se habían apoderado del entorno.

Por si fuera poco, el gran invitado de Rodorio apareció cuando comenzaba a anochecer y su estridente risa dio el toque que faltaba a la atmósfera.

— ¡Señor Hasgard!

El primero en notarlo fue su sucesor. Teneo había estado conversando con sus pares y negando respetuosamente el vino que Manigoldo le ofrecía, pero toda su atención se la llevó la inconfundible presencia del gran toro. Este le sonrió con entusiasmo y se aproximó al grupo con la confianza de siempre.

Como era de esperarse, sus ex compañeros le dieron una efusiva bienvenida, entre palabras de aprecio y buenos deseos, el antiguo Aldebarán se vio pronto con una copa en la mano y un trozo de carne en la otra, charlando amenamente con su sucesor y con el resto.

Dégel observaba todo a cierta distancia, más preocupado de que todo saliera bien que de disfrutar. En cierto sentido, no se sentía con derecho a hacerlo.

Kardia no tardó en llegar a su lado y le ofreció vino. Brindaron y comieron en silencio unos minutos.

— ¿En qué estás pensando? ¿Estás martirizándote o algo?

— Más o menos. El sentimiento de culpa no se va.

— Nunca has sido bueno con esto de los sentimientos, por si te sirve de consuelo.

— Brindo por eso.

Volvieron a chocar copas. Kardia suspiró.

— No seas aguafiestas. Si todos tienen la oportunidad de estar aquí ahora es en parte gracias a tus hijos. Míralos ¿crees que alguien te está culpando de algo en estos momentos? Vamos, todos deben sentirse agradecidos en algún grado por poder relajarse. La tensión de no saber qué hacer con el enemigo es mucho más agotadora que estar en una guerra declarada.

— ¿Ahora eres mi consejero motivacional?

— Tengo mis momentos cuando tú no tienes los tuyos. Para eso están los amigos.

— Gracias.

— No las des, mejor hay que aprovechar esto y beber. Por tus hijos y por que esta enferma alianza dure hasta matar a esos malditos egipcios.

— Elá.

Volvieron a brindar. Ahora, quien suspiró fue Dégel.

— Quisiera que Unity estuviera aquí.

— Hm. Sí, yo igual.

— … ¿Qué-

— ¡Aaah! Qué sed tengo, ya se me acabó el vino. ¿Vamos por más? ¡Oi, Hasgard! ¡Brindo por tu cojera, viejo!

Desde el otro lado de la mesa, un sinfín de risas recibieron a Kardia, quien le hizo un último gesto al peliverde para que se uniera.

Después de superar el asombro, el francés se aproximó a sus compañeros.

Las siguientes en llegar fueron las doncellas.

Fue inevitable que llamaran la atención, no por falta de mujeres (pues había bastantes caballeros y soldados femeninos en la orden), sino por sus túnicas blancas y sus rostros de belleza natural adornados con miradas llenas de curiosidad, tan poco acostumbradas a dejar los límites de las doce casas.

Pero, de entre ellas, Dégel solo tenía ojos para una.

Miracle tenía puesto un sencillo vestido blanco que la cubría por completo y las doncellas habían colocado pequeñas flores en su cabeza, las que contrastaban a la perfección con su cabello color esmeralda e iban a juego con sus ojos celestes. Observaba todo a su alrededor con gran atención, pues era la primera vez que estaba rodeada de tanta gente, pero solo bastó que posara la vista en Dégel para que una enorme sonrisa apareciera en sus diminutos labios. El aguador se quedó embobado mirándola, al menos hasta que sintió un golpecito en el pecho.

— Sujeta bien la copa, estás babeando.

Dijo Manigoldo, enseñando su habitual sonrisa burlesca, pero al penúltimo santo no podía importarle menos. Por si acaso, se limpió con disimulo la boca y dejó la copa a un lado para poder recibir a Miracle en sus brazos. Nicole rió por lo bajo y cubrió los hombros de la niña con un velo adicional. Poco a poco, la atención general dejó de estar sobre ellos y la fiesta retomó el vigor previo, esta vez, con las recatadas doncellas sumándose a los invitados.

— Se ve hermosa, no tengo palabras.— Confesó el francés mientras evitaba ya con naturalidad que la pequeña le fuera a quitar las gafas.

— Siempre se ve más hermosa cuando descubre que su padre está cerca.— Añadió la pelirroja.— Señor Dégel, no dude por un momento que usted sigue siendo la persona más importante de su mundo.

El repentino consejo atrapó desprevenido al de ojos violeta, quien no supo cómo contestar al momento.

Por fortuna, no tuvo que hacerlo, pues una distorsión en el arco del coliseo volvió a adueñarse de toda la atención de los presentes.

Habían llegado los espectros.

°o°o°o°o°o°o°o°o°

Decir que las cosas habían funcionado perfectamente era… cómo decirlo: quedarse corto de palabras.

Al comienzo, la tensión y la incomodidad se habían apoderado de la atmósfera. Lo único que había evitado el silencio absoluto eran los músicos, quienes no habían dejado de tocar en ningún momento. Sage dejó de regañar a su sucesor por querer embriagar al joven Tauro y fue el primero en acercarse a los nuevos invitados, una copa rebosando de vino en cada mano.

Desde la facción de Hades, Minos se presentó como el emisario.

— Patriarca Sage.

— Juez Minos.

Hubo un intercambio de miradas silenciosas, Luego, el antiguo Cáncer extendió una de las copas.

— Bienvenidos al Santuario y a esta ceremonia.

— Agradecemos cordialmente la invitación que nos han hecho en nombre de esta… ah, inusual alianza. Seré honesto: ni siquiera yo imaginaba que duraría tanto, pero tal parece que hasta los enemigos jurados pueden colaborar en pos de una meta común. Por la paz de nuestros bandos, al menos en esta era.

— Elá.

El suave tintineo de las copas pareció convertirse en el encanto capaz de desvanecer la tensión. La Guerra Santa se había acabado hace casi tres años, esa había sido su época de conflicto, su época de antagonismo en la disputa de los dioses griegos. Ahora, formaban parte de algo más grande, enfrentaban a un enemigo más poderoso que había aparecido para cambiar el orden que ellos seguían desde la era mitológica.

Una pequeña alianza no sería lo único anormal acerca de esa era que terminara escrito en la historia.

— Bien, espectros, ya lo saben: si algo ocurre que manche nuestra imagen, romperé cada uno de sus huesos todos los días durante los próximos diez años. ¿Queda claro? Ahora ¿dónde está mi sobrina?

Con esa advertencia en mente, el grupo del Inframundo de dispersó con lentitud entre el resto de los invitados después de desprenderse de sus sapuris. Poco a poco, el bullicio volvió a adueñarse y el ambiente de fiesta regresó.

Radamanthys también tuvo problemas para mantener una expresión seria cuando vio a su hija. Dégel hizo lo propio pasmándose un poco ante lo apuesto que se veía Raphael con su toga oscura y sus sandalias de cuero. En general, los espectros, entre ellos Estrellas Celestes, Terrestres y soldados, habían tenido el cuidado de arreglarse para la ceremonia y se fundían a la perfección con los invitados vivos. Quien no los conociera, tendría dificultades para saber a qué bando pertenecía cada uno.

Tan bien se habían dispersado que Dégel se sorprendió gratamente al descubrir que incluso Kagaho había asistido y ahora conversaba con el grupo de dorados sin mostrar ninguna clase de arrepentimiento o inquietud.

— A mí también me sorprendió que quisiera venir.

Acotó Radamanthys a su lado, apenas apartando los ojos de Miracle en sus brazos, quien comía afanosamente un trozo de granado.

— ¿Tenía algún motivo en particular?

Consultó de vuelta el francés, quien, por su parte, tenía la consideración de alternar su mirada entre la animada fiesta y su soñoliento hijo. De vez en cuando, se escuchaba el sonido una copa o un plato de cerámica romperse, lo que recibía a cambio un multitudinario y enérgico grito de celebración.

— Dijo que se lo debía a los gemelos. Que si no fuera por ellos y por lo que ha pasado, jamás habría vuelto a su hogar.

El acuariano levantó ambas cejas y giró a ver al rubio, quien le devolvió una mirada confidencial antes de volver a hablar.

— No sé qué habrás pensado durante esta semana, pero cumplo con decirte que no ha sido ni la mitad de terrible de lo que imaginas. Fue una buena época para cometer ese error.

— Error.— Remarcó el caballero con cierto rechazo a la palabra, por mucho que no pudiera negarlo.

— Sí, fue un error. Oportuno y beneficioso para todos nosotros.

El peliverde lo meditó unos segundos; luego, asintió. Había sido la existencia de los gemelos lo que había impulsado al enemigo a revelar su verdadera identidad, justo cuando los términos entre el Inframundo y el Santuario habían llegado a un punto álgido, justo cuando se llevaba a cabo el conflicto por la identidad de Kagaho. La indignación de Ra y la arrogancia de amenazarlos directamente por esa "abominación" había destruido la incertidumbre y la desconfianza entre los griegos y los había puesto en el mismo lado. Sin su presencia conocida, nadie aseguraba que santos y espectros no hubieran terminado matándose entre sí, ahora definitivamente.

— Tal vez tengas razón. Pero no vuelvas a decir que fue un error, a ninguno de los dos le gustaría entender eso.

— Tal vez tengas razón.

En medio de un cómodo silencio, volvieron a conectar miradas y una sonrisa cómplice apareció en sus rostros.

Al menos hasta que Dégel detectó de reojo un movimiento fugaz.

— Iré a caminar un poco, seguramente Hasgard querrá jugar con Raphael un momento.

— Hm, sí. Iré con Aiacos; mencionó que Behemoth estaba interesada en conocer a Miracle.

Cada uno se fue por una dirección; Dégel dejó a Raphael a cargo de Hasgard y el menor recuperó mágicamente la energía. Un par de metros más allá, Acuario escuchó su risa apenas un poco menos estridente que la del propio Tauro.

Al verse ligero de movimiento, se desplazó a mayor velocidad dentro del coliseo, saludando gente, agradeciendo por su presencia y animándolos a no vomitar ni caer ebrios aún, pues todavía faltaba la parte principal de la ceremonia.

No fue sino hasta que llegó al arco justo al otro lado del coliseo que lo vio. Acomodado de manera tan casual detrás de la muchedumbre y frente a una mesa con bocadillos, de espaldas a él, que si no lo hubiera visto antes, no habría estado completamente seguro de que estaba esforzándose por todos los medios por evitarlo. Incluso con esos metros que los separaban, podía prácticamente leer sus pensamientos: "Por favor, no vengas. No estoy aquí, aquí solo hay gente bailando y rompiendo cosas. No vengas".

— Valentine.