Al escuchar su nombre, la Estrella Celeste del Lamento se sobresaltó y dejó caer su vaso.

Cuando la pieza se quebró en el suelo, todos a su alrededor levantaron las manos y gritaron un entusiasmado "¡Eeeh!".

— Los alfareros de Rodorio tendrán mucho trabajo.— Musitó Dégel al ver los fragmentos esparramados en el suelo.

— ...Acuario.

Las facciones del espectro se habían endurecido de una forma muy particular, con una mezcla de emociones que Dégel estaba seguro que él mismo no podría soportar. Afortunadamente, había tomado dos copas de una de las mesas en el trayecto y le ofreció una al pelirrosa.

— Por fin nos conocemos. ¿Me concedes unos minutos? Quisiera charlar contigo.

"Antes, muerto, Acuario. Muerto de nuevo. Muerto, masticado y escupido." fue lo que el peliverde leyó en un destello amargo que iluminó los ojos dorados del otro, quien, a pesar de todo, aceptó la copa.

— No sé de qué puedas querer hablar conmigo, pero te aseguro… que…

La tajante respuesta que Harpía estaba dispuesto a ladrar en la cara del acuariano se fue apagando lentamente en su garganta al presenciar que Dégel retrocedía un paso, situándose justo frente a él, solo para inclinar el torso. Por cada centímetro que se pronunciaba la reverencia del francés, los ojos del chipriota se abrían un poco más, hasta que, al final, la escena se convirtió en algo memorable para cualquiera que estuviese prestando atención.

— Gracias por cuidar a Raphael. No tengo cómo compensar lo que has hecho todo este tiempo, ni me alcanzan las palabras. Desde lo más profundo de mi corazón, gracias.

La Estrella Celeste estuvo a punto de dejar caer su segunda copa, pero consiguió afianzarla antes de que ocurriera. La seriedad que se había estado planteando para tratar con Dégel se hizo humo y desapareció en el viento colmado de música y festejo.

Abrió la boca, movió las manos y frunció el ceño, pero nada de eso le sirvió para llevar nuevas respuestas a su cabeza. Estaba totalmente en blanco.

Finalmente, respiró profundo y emitió un tembloroso suspiro.

— ...No ha sido la gran cosa. Raphael es un muy buen niño. Ehm, ¿ya puedes levantarte? La situación es bastante incómoda por sí sola.

Cuando el penúltimo caballero estuvo erguido, descubrió que el rechazo había desaparecido de los ojos del otro acuariano, dejando en su lugar solo nerviosismo y curiosidad. Dégel se atrevió a sonreír un poco antes de hacer un gesto hacia el arco del coliseo.

— ¿Me acompañas afuera? No estoy seguro de poder escuchar mis pensamientos.

Gracias a alguna fuerza mística, Valentine sonrió. Juntos, se arrancaron un instante de la fiesta. Había más para conversar de lo que sospechaban.

No muy lejos de allí, otro caballero se reprendió mentalmente por no haber tenido la iniciativa de salir antes que ellos.

— Si es alguna norma de ustedes no dejar la fiesta solos, estaría encantado de acompañarte.

— Estás en el ángulo ideal para que mis rosas perforen tus ojos.

— Tan agresivo, ¿no somos aliados ahora?

— Largo.

— Pero, Albafica-

— Acabé contigo en una ocasión; puedo hacerlo de nuevo.

— ¿Y acabar también de paso con esta simpática unión? Eres tan egoísta, fascinante; me dan ganas de romperte otra vez.

Piscis frunció el entrecejo y la copa en su mano crujió un poco. Sin embargo, solo respiró profundo y se levantó de su lugar en las galerías. Antes de que pudiera alejarse demasiado, un suave tirón en su muñeca lo detuvo.

— Suéltame.

— Oh, pero no te estoy tocando.

— Quítame tus desagradables hilos de encima.

— ¿Ni siquiera hoy que vengo en son de paz tendré una chance de conversar contigo?

— ¿Qué te hace pensar que querría, de todos ustedes, conversar contigo precisamente?

— Porque somos eternos rivales, ¿no has visto lo que ocurre con todos los eternos rivales últimamente? Creí que podríamos limar asperezas.

Albafica rezongó.

— Somos aliados, no quiero ser tu amigo.

— ¡Por fin nos entendemos! Yo tampoco quiero ser tu amigo.

El último caballero de la orden se tensó. Solo entonces, se giró para ver al juez a los ojos y descubrió que le estaba sonriendo con malicia. Un pequeño tic atravesó sus bellas facciones y lo siguiente que hizo fue abrir profusamente los ojos, sus labios apretados en una línea recta, señal clara de que acababa de mandar por el retrete la famosa alianza. Dejó caer su copa e, ignorando los festejos de quienes habían escuchado el vidrio romperse, levantó la mano libre, una rosa roja ya preparada entre sus dedos para atacar a su objetivo.

— Eres-

— ¡Albita! ¡Con que aquí estabas!

— ¡Albafica! Creímos que te habías marchado.

Antes de que la rosa alcanzara la altura de sus hombros, dos pares de manos le devolvieron los pies a la Tierra y el sentido a su juicio entorpecido por la molestia. Uno de esos pares lo sujetó de los hombros y lo hizo retroceder dos pasos justo en el momento en que las otras dos manos aterrizaron en su espalda para recibirlo. Curiosamente, ninguno entró en contacto directo con su piel.

— ¿Qué es esto? ¡Apestas a vino! Santa Atenea nos guarde ¿estás borracho? ¡Shion, llévatelo de aquí! Ya casi es hora, no serás tú quien nos avergüence. Nadie tiene derecho a estar más ebrio que yo.

— Vamos por algo de aire fresco ¿te parece bien? Ven, necesitamos algo de sombra.

La sonrisa de Minos desapareció por completo mientras observaba cómo, en medio de un actuación exagerada, Cáncer y Aries se las arreglaban para apaciguar el mal humor del caballero más hermoso de la orden, evitando un feo desenlace.

Cuando la tensión dejó de ser palpable, Manigoldo volteó a encarar a la Estrella Celeste con una expresión seria.

— Primero hablas de lo maravillosa que es la alianza y después vienes directo a prenderle fuego a la paja. ¿Qué demonios traes en la cabeza? Deberías agradecer que Albita no esté acostumbrado a beber; con algo de suerte, Shion va a convencerlo de que estaba así de molesto por culpa del alcohol. Si es que alguien puede creer que es posible emborracharse con media copa de vino. ¿Qué rayos le dijiste?

La expresión de Grifo no podía ser más aburrida. Quizás hasta un poco decepcionado se veía según Manigoldo, pero no le iba a comprar la actuación; Shion y él ya se habían autodesignado como el escuadrón de defensa de Albafica en multitudes. Probablemente tendrían que pensar en un mejor nombre.

Después de encoger los hombros, el juez también se levantó de su lugar en la galería.

— Solo trataba de hacer las pases. Todos se ven tan lindos y felices compartiendo con sus viejos rivales jurados.— Mencionó lo último con un tono de anhelo que el peliazul no supo interpretar como sarcasmo o como genuino.

— Tus habilidades sociales apestan; por algo eres un juez.

— Recordaré esto el día de tu juicio en el Inframundo, Cáncer.

— No serías cruel con un pobre italiano borracho que no sabe lo que dice ¿verdad? — Le hizo ojitos.

— Me harás vomitar.— El albino emitió un bufido.— En fin ¿de qué estabas hablando? ¿pronto será hora de qué?

— Oh, mierda, cierto.— El cancerniano recuperó la vivacidad enseguida y revolvió los pliegos de su ropa hasta encontrar una pequeña vela.— La doncella… esa, la que está buena, la que cuida a los críos, dijo que teníamos que pasarle una a cada invitado porque ya viene la parte importante de la ceremonia. Nos quiere a todos alrededor de la hoguera en una hora.

Dicho eso, Manigoldo le entregó la vela al juez y se alejó para seguir repartiendo las demás entre los invitados.

Minos observó a las personas que comenzaban a dejar paulatinamente sus puestos alrededor de las mesas para dirigirse a la gran hoguera ubicada justo en el centro del coliseo, fuente de la principal iluminación en la fiesta.

Apartó un instante la mirada y buscó a Albafica; lo encontró unido al grupo de dorados, bebiendo lo que seguramente era solo jugo de uva y sonriendo con un aire discreto y casual que le parecía de lo más impropio: demostraba que solo entre sus compañeros se sentía lo más cercano a cómodo. Estuvo observándolo hasta que los santos también se movieron y emitió un bufido: volvería a intentarlo en otra ocasión.

Antes de que alguien más volviera a llamarlo, avanzó también hacia el fuego.

Radamanthys había dejado a Miracle en brazos de Violette solo después de hacer jurar a Aiacos que, si algo llegaba a ocurrirle, se dejaría arrancar la piel, los brazos y los ojos. Después de eso, había ayudado a repartir velas e invitar a todo el mundo a acercarse a la hoguera, lo que en su caso parecía más una orden y hacía que todo fuera el triple de rápido. Por cada invitado al que entregaba una vela, otros dos pedían la suya y se marchaban enseguida. No obstante, había requerido de la hora completa para terminar de acarrear a la muchedumbre.

Estaba tan concentrado en su labor que casi tropezó con su propio pie al ver que, a un lado del fuego, Dégel y Valentine charlaban animadamente con Nicole, quien hacía gestos y luego apuntaba a los niños que descansaban en los brazos de ambos y a quienes Radamanthys no había notado sino hasta procesar que era Miracle quien observaba con tanta atención a Harpía, entretenida con el curioso color de cabello de su teniente, mientras que Raphael mordisqueaba un higo que Dégel sostenía contra sus labios.

Algo pasó dentro del inglés; volvió a sentir algo a lo que aún no podía poner nombre, pero que no era primera vez que lo hacía estremecerse. Lo mismo que había acontecido el día en que lo vio jugar con Raphael por primera vez; cuando salió corriendo a buscarlo y terminó diciéndole en mitad de una reunión que su hijo había dicho su primera palabra o como cuando, hace apenas una semana, habían presenciado juntos sus primeros pasos solo.

Verlo cargar a Miracle era otro de esos eventos. Como si el mundo decidiera apagarse, como si accediera a perder importancia para que Radamanthys solo tuviera ojos para Valentine.

El último vaso que se rompió esa noche fue el que cayó de su mano, pero ya nadie extendió los brazos para celebrarlo, pues Wyvern era el último en unirse al enorme círculo de gente en torno a la imponente columna de fuego.

Cuando el dragón heráldico llegó a situarse a un lado de Dégel y Harpía le entregó a Miracle, Nicole confirmó que todos los invitados estaban reunidos por fin.

—Primero que todo, les agradecemos una vez más que hayan accedido a venir a esta ceremonia.— Comenzó a decir la líder de las doncellas en voz alta pero solemne, cosa de que se escuchara hasta el último rincón del coliseo.— Ahora, les pedimos que enciendan sus velas con el fuego de esta hoguera y mantengan la llama encendida hasta que el último de nosotros tenga la suya.

Los primeros en hacerlo fueron Dégel y Radamanthys. Uno a uno, todos los invitados hicieron caso a la petición y pronto el coliseo estuvo iluminado con un montón de diminutas luces, como reflejo de la luna y las estrellas en el cielo. Esta vez, Acuario y Wyvern alzaron la voz.

—La fiesta de hoy no solo es por el aniversario de Raphael y Miracle, sino por el segundo año desde que esta alianza se hizo realidad. Por ser la primera ocasión en que en verdad podemos detenernos a admirar y celebrar este suceso.

—Será gracias a la presencia de todos quienes están reunidos hoy que la alianza entre Atlantis, el Inframundo y el Santuario se mantendrá.

Ahora, fue Sage quien tomó la palabra.

—El Santuario agradece y da la bienvenida a la gente del Inframundo y de Atlantis, a quienes saludamos en la distancia por las difíciles circunstancias. Por la alianza y por una nueva página en la historia de nuestros ejércitos.

—¡Por la alianza!

Respondieron cientos de voces a coro y, así, soplaron todas sus velas al mismo tiempo.

Una a una, las líneas de humo se levantaron hacia el cielo y se fueron uniendo, trenzándose, hasta que finalmente desaparecieron en la noche estrellada en forma de una única nube grisácea que, como solía contar la leyenda, llevaría los mensajes y las peticiones de la gente a los dioses.

Mientras más dioses estuvieran de su lado, tanto mejor.

Después del momento principal de la noche, acompañado luego por unos brindis, se permitió indirectamente que la ceremonia perdiera todos los matices de solemnidad y se diera paso al tipo de fiesta por la que los griegos eran tan conocidos.

Sorprendentemente, los gemelos lograron mantenerse despiertos hasta bien avanzada la madrugada, pero fue solo cosa de tiempo para que Raphael bostezara y se acurrucase contra el pecho de Dégel.

—Ya es hora de que los niños vayan a casa.—

Murmuró el aguador a Valentine, quien le respondió con un asentimiento sin quitarle la vista a Miracle, ya dormida hace unos minutos.

—Las doncellas también están listas para regresar a las doce casas. Se han divertido como no lo hacían hace mucho tiempo.

Se les unió Nicole, observando con orgullo como sus compañeras, educadas y risueñas, habían conseguido derrotar a cada santo y espectro que las había retado a los más extraños y alcoholizados desafíos, desde quién bebía más rápido hasta apuntar a la copa con una corcho sin derramar vino. Todo, sin perder la elegancia. Esas mismas doncellas, cooperadoras silenciosas del Santuario, se retiraban en honor y gloria de la fiesta, gozando de una inusitada popularidad, mientras dejaban atrás mujeres que brindaban en su nombre y hombres que les aplaudían fascinados.

Valentine emitió una risita y entregó a la niña a su cuidadora. Dégel dejó a Raphael en brazos de Ianthe, quien acababa de unírseles y llevaba una corona de flores en la cabeza, señal de que había ganado alguna competición.

—¿Ya te irás? — Preguntó el francés al acuariano espectro.

—Sí, ya es tarde y mañana debo asumir como interino del señor Radamanthys.

El caballero sintió una punzada de culpabilidad; era cierto, Wyvern se quedaría una semana, como todos los meses, para tener tiempo de compartir con su hija.

—Sí… sobre eso…

—No importa. Ya no importa.— Le aseguró Harpía de forma que el peliverde pudo confirmar la honestidad de su palabras en su rostro, aunque aún quedaba una imborrable mueca de pesar. La conversación que habían tenido horas antes había sido realmente útil para ambos, en especial para Valentine.— Solo es una semana.

—Haré lo que pueda por mi lado.— Aseguró el de ojos amatista, enseñando su puño en señal de confidencialidad.

—Gracias.— A pesar del bochorno, Harpía mantuvo la compostura y respondió al gesto con su propio puño. Era un alivio increíble saber que contaba con el apoyo del padre de los hijos de Radamanthys.

Enseguida, Valentine, Nicole e Ianthe se despidieron y cada uno tomó su camino, la Estrella Celeste desvaneciéndose en una distorsión de las dimensiones.

Al verse solo, Acuario volteó y contempló la algarabía del coliseo desde lo alto del arco de entrada. Behemoth estaba compitiendo a las vencidas contra Hasgard, con Aiacos gritando a favor de ella y Teneo apoyando fervientemente a su maestro. Más allá, Kardia y Manigoldo se habían aliado contra Sylphide y Alraune en una competencia de comer uvas. Dohko ya estaba semidesnudo cantando con Pharaoh y otros soldados a todo pulmón y, detrás de ellos, Shion y Kagaho suspiraban y negaban con expresiones de paciencia a medio acabar. Al fijarse en una mesa, notó que Minos se las había arreglado para estar a menos de tres metros de Albafica sin causar otra Guerra Santa. El santo de Piscis tenía la vista fija en los quesos que sacaba de una bandeja, pero al menos parecía estar prestando atención a lo que fuera que Grifo le estuviera diciendo. El resto de sus compañeros dorados seguían repartidos aquí y allá, en medio de la masa de atenienses y espectros; todos daban la impresión de disfrutar a su propio modo. Una sensación de alivio reemplazó la tensión que había estado cargando hasta ese momento.

—No dudo que podrían acostumbrarse.

La repentina voz a su lado hizo que apartara la vista, en realidad, sin sentirse demasiado sorprendido.

— Todo fue un éxito. Es motivo para celebrar; nadie creía que fuera posible y nadie sabe si podremos volver a disfrutar algo así. Al menos por una noche, está bien que se acostumbren. ¿No?

Radamanthys gruñó en aprobación.

—¿Raphael y Miracle?

—Con Nicole, camino a las doce casas. No creo que puedan despertarlos a la hora de siempre mañana. Ah, Valentine también se marchó, dijo que debía prepararse para sustituirte. Es un buen compañero.

—¿De qué estuvieron conversando? — No pudo evitar fruncir un poco el entrecejo al preguntar. Sentía que era algo así como injusto ver a Valentine tan relajado y casual cerca de otras personas, cuando con él era siempre intachable y serio.

—Nicole nos daba consejos para cuando estuviéramos con los niños. Creo que ya asumió que Valentine cuida a Raphael más que tú.— Le contestó, esforzándose por reprimir una sonrisa. A pesar de que su entrenamiento como caballero de Acuario le hubiera dejado dificultades para tratar con todo lo relacionado a emociones y sentimientos, podía notar a kilómetros que lo que Radamanthys sentía eran celos.

—Esa mujer lo que quiere es acabar con mi paciencia.— Sentenció el juez con mala cara por la agresión a su papel como padre.

Acuario emitió ahora sí una risita y ambos se quedaron en silencio unos minutos, solo contemplando la fiesta.

—¿Crees que se den cuenta?

—¿De qué?

—Es la oportunidad ideal para largarnos de aquí.

—Largarnos… Radamanthys.— Dégel frunció el cejo, aunque ninguno de los dos apartó la mirada de la fiesta.— No podemos irnos, nosotros ayudamos a organizar la ceremonia. Sería una descortesía.

—Nicole estaba a cargo y ya se fue. Raphael y Miracle eran los celebrados y ya están durmiendo.

—Son unos niños. Acaban de cumplir un año.

—Ese es el punto. ¿Crees que a alguien le importe? Esto ya se está manteniendo por sí solo.

Dégel lo meditó un instante. De hecho, en ese preciso momento, nadie les estaba prestando atención. Estaba a punto de anunciar su acuerdo cuando los labios de la Estrella Celeste aterrizaron justo donde su oreja se conectaba con su mandíbula para dejar una mordida.

—Ya he esperado lo suficiente.— Exigió el rubio.

Dégel se estremeció en silenciosa aprobación.

No sabía si entre todas esas personas habría alguien que pudiera coincidir con ellos o premiarlos por el tremendo esfuerzo que había requerido estar todo el día juntos sin tocarse por precaución a que la revolución de feromonas los hiciera terminar revolcándose en medio de la fiesta.

Después de todo, ya habían transcurrido otros seis meses.

Antes de asentir, el francés miró enfáticamente al ojiazul.

—Tienes que hacer algo con esta mordida.

Le reclamó. A pesar de estar absorto e impaciente, una parte del Wyvern escuchó la queja e hizo una conexión absurda que no se atrevió a mencionar.

De reojo, echaron una última mirada a los que aún disfrutaban del desorden y estuvieron de acuerdo en una cosa: tenían asuntos más importantes que atender.

Wyvern vistió su sapuris y abrió una distorsión para robarse a Dégel, quien podía declararse el secuestrado más feliz de la temporada.

En medio del viaje, rebuscó en los pliegues de su ropa hasta encontrar una pequeña esfera de color oscuro que se comió de inmediato: la nueva tanda de medicina que Nicole le había dado.

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—¿Qué… es este lugar?

Alcanzó a preguntar el francés antes de que Radamanthys se le arrojara encima con un hambre feroz, la que tuvo que reprimir por las malas un poco más. Gruñó por el súbito corte de inspiración; no que le sorprendiera a estas alturas que la curiosidad de Dégel pudiera sobreponerse al estado de urgencia que presionaba contra su toga. Más idiota era él por no haberlo mencionado antes.

—Cumplí con mi palabra.— Le respondió cuando estuvo seguro de que no le sacaría la ropa a mordiscos por la impaciencia. Se irguió y ambos quedaron sentados en la cama, momento que el alfa aprovechó para quitarse la vestimenta civilizadamente mientras el caballero observaba todo a su alrededor.— Dijiste que no te sentías cómodo en tu templo; yo dije que buscaría otro lugar para la próxima vez. Aquí estamos.— Agregó con un gesto despectivo al entorno; lo que menos le importaba en ese instante era el sitio donde estuvieran.

—¿De verdad arreglaste todo esto? — Claramente, Dégel no opinaba como él, cosa que lo hizo gruñir todavía más.— ¿Dónde estamos?

—Castillo Heinstein. Mi antigua recámara.

A Acuario se le cayó el alma al suelo.

—¿¡Estamos en el castillo de Pandora!?

—Ex castillo.— Enfatizó el rubio, como si lo traumatizara la sola idea de que la mujer pudiese aparecer en cualquier momento por la puerta.— Quedó abandonado después de la guerra. Cuando vinimos al comienzo del conflicto con Ra, no había rastro de nadie. Nunca volvimos a ver a la señorita Pandora y el señor Hades sugirió que no la buscáramos; que ya había tenido suficiente para ser una mortal.

Acuario escuchó la historia con atención pese a que la mujer no fuera de su agrado. Pero ambos sabían que no habían ido hasta ese lugar solo para compartir historias de posguerra.

—Así que… estamos solos.— Tanteó el peliverde, acercándose a Radamanthys, quien se había sentado a un borde de la cama para terminar de desvestirse. Con aire sugerente, deslizó las manos por su espalda, dibujando sus cicatrices y los músculos que se tensaban al contacto con su fría piel.

—Sí. Ya nadie viene a este sitio.

Wyvern giró un poco e imitó los movimientos del francés: arrastró una mano por su pierna hasta llegar a su muslo, justo donde comenzaba la toga. Siguió subiendo, esta vez por debajo de la tela, hasta donde se lo impidió la faja de cuero que le mantenía sujeta la prenda. Dégel suspiró, llevó las manos a su propia espalda y desató la faja para ayudar al espectro con la tarea de desvestirlo.

—Haz ruido.

Fue su última petición. Un destello en los ojos color violeta del aguador le dejó claro que no tendría que mencionarlo de nuevo.

Cuando el aguador estuvo libre de la prenda, el rubio sí se le arrojó encima por fin y lanzó una mordida directo a su cuello, lo que bastó para recuperar y multiplicar la fogosidad con que habían llegado al castillo.

Sin embargo, algo extraño ocurrió.

Dégel se retorcía de placer mientras suplicaba, mostraba sus ojos vidriosos y dilatados y respiraba erráticamente contra la boca de Radamanthys, en tanto que al espectro comenzó a asaltarlo una serie de recuerdos muy antiguos, que para él no habían tenido ninguna clase de valor al momento de crearlos.

Recuerdos de otro cuerpo bajo el suyo, que temblaba y aferraba sus manos a las sábanas, pero había un detalle: no podía escucharlo ni ver su rostro, pues estaba de espaldas a él, presumiblemente hundiendo su rostro contra alguna almohada.

El Wyvern sintió un nudo en su estómago a causa del deseo repentino de ver el rostro de esa persona, de escuchar su voz desecha en gemidos y suspiros como los que Dégel le regalaba en ese momento. Quería sentir la piel de sus piernas chocar contra su cintura y saber cómo se sentirían sus uñas en la espalda, aunque fuera posible que no dejara marca alguna, pues había prometido no volver a tenerlas largas después del accidente.

Mientras seguía hundiéndose en el penúltimo caballero, culpó a las feromonas y a la repetida exigencia de Dégel sobre la mordida por las fantasías que estaba teniendo con Valentine.

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El cielo comenzaba a aclarar cuando el peliverde despertó. Habían parado casi al término de la madrugada, después de que varios encuentros y tanta acción los dejaran exhaustos. Dégel se volteó y observó en silencio las facciones del dragón que dormía profundamente, como si el solo hecho de estar en su antiguo hogar lo tranquilizara lo bastante como para bajar la guardia.

Sin poder evitarlo, una sonrisa apareció en sus labios y se llevó una mano hacia el cuello, al lugar donde estaba la mordida que lo convertía en propiedad de Radamanthys.

—Solo un poco más. Si puedes esperar un poco más…

Murmuró en voz baja, aunque fue suficiente para que los párpados del Wyvern temblaran en un amago de despertar.

—¿Esperar…? —Balbuceó el inglés más dormido que despierto.

—Pensaba en cómo despertarte; tenemos que volver al Santuario antes de que salga el sol si no queremos esperar para ir a buscar a nuestros hijos.

Radamanthys abrió los ojos y suspiró, antes de comenzar a desperezarse, lo que le bastó a Dégel para confirmar, con alivio, que se había creído esa conveniente mentira.

Porque ese pensamiento en voz alta no había estado dirigido a sus hijos. Poco a poco, estaba comenzando a dar resultados. Si seguían a ese ritmo, pronto acabarían los problemas; Dégel estaba dispuesto a esforzarse el doble para ayudar a su tocayo zodiacal, sin importar cuánto tiempo tomara.

—¿Te vas a levantar?

La voz del juez lo hizo reaccionar y pararse de inmediato para arreglarse y arreglar el desastre en que había quedado convertida la habitación. Mientras ordenaba, tenía la sospecha y la esperanza de que pronto Radamanthys estaría aquí con otra persona.

Ya que la señal más clara de que el trabajo de los dos estaba funcionando había aparecido justo durante la noche anterior, pues lo único que había surgido de labios del dragón heráldico cada vez que alcanzaba el clímax había sido el nombre de su teniente.

Después de dejar impecable la habitación abandonada, desaparecieron con dirección al templo de Acuario.

El tiempo avanzaba, la vida seguía; les esperaban nuevos desafíos con sus hijos, con sus aliados y con sus enemigos, pero estaban dispuestos a enfrentar cualquier obstáculo mientras descubrían todo lo que significaba ser padres en tiempos de guerra.