ADIVINEN QUIÉN ES LA AUTORA NEGLIGENTE QUE RETOMA SU HISTORIA CON UNA NUEVA PUBLICACIÓN A LAS 2:50 DE LA MAÑANA

YES, THAT'S ME.

PROMETÍ QUE NO DEJARÍA ESTA HISTORIA BOTADA, MI VIDA DIO UNAS VUELTAS IMPRESIONANTES, PERO AQUÍ ESTOY DESPUÉS DE TRES AÑOS.

Amor y disculpas infinitas a quienes quedaron esperando todo este tiempo.

A los nuevos lectores, espero que disfruten de este universo.

Sin más que decir, la segunda parte de este fanfic comienza a continuación:

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Dégel no tenía algo así como un horario definido para dormir. Gracias a su trabajo como lector de estrellas, era habitual para él estar despierto hasta bien entrada la madrugada e, incluso, en algunas ocasiones simplemente no dormía. Podía estar hasta dos noches de corrido sin descansar antes de que la fatiga hiciera estragos en él. No obstante, cuando llegaba a ese límite, era estrictamente necesario que durmiera al menos ocho horas sin interrupción. Se trataba de una norma que todos en la orden conocían y que a nadie le molestaba cumplir en particular.

Por eso, le pareció extraño que alguien lo llamara en medio del sueño.

—Dégel, despierta. Está pasando de nuevo ¡Dégel!

A duras penas, reaccionó. Se revolvió entre las sábanas, talló sus ojos y se esforzó por responder a la telepatía.

— ¿Albafica…?

—Está aquí, otra vez. Ven antes de que algo malo ocurra.

—Oh, mon… Resiste, subiré en un momento.

—Apresúrate.

A juzgar por el tono, el pobre Piscis estaba ya estresado a primera hora de la mañana.

Dégel salió de la cama en medio de un largo suspiro, fue al baño para alistarse rápidamente y se ató el cabello, como llevaba haciendo un tiempo, antes de abandonar su templo para acudir al rescate de su compañero de cabellos celestes.

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— ¿Albafica?

—En la sala.

— ¡Albafica!

—Tú, no te acerques. Es peligroso.

—Pero…

—Ya hemos hablado de esto.

Dégel llegó a la sala y se quedó de pie observando cómo el caballero más hermoso se escudaba detrás de un sillón a la vez que le dirigía una mirada de reproche que sabía que no le correspondía del todo.

—Es la tercera vez esta semana. — Alegó el de Piscis.

—Lo siento, supuse que ya lo habría entendido.

—No importa, llévatela. Es por su propio bien.

—Pero yo no quiero irme.

—Eso es porque no sabes dónde estás metida.

—Él tiene razón, vámonos ya. Nicole te estará buscando. Le estás causando problemas a Albafica.

—Pero…

—Nada de peros. Ya te había explicado que a Albafica no le agradan las sorpresas de este tipo. Bajemos a mi templo, Miracle.

A regañadientes, la niña desistió. Aceptó la mano que su padre le ofrecía y desde lejos volteó a mirar al peliceleste, quien volvía a sentarse en el sillón para retomar el desayuno.

—Papá, ¿puedo casarme con Albafica?

—Non, eres muy pequeña para estar pensando en esas cosas.

—Y yo no aceptaría.

—Y Albafica no aceptaría.

—Pero no es verdad, tengo cinco años.

Dégel no pudo evitar sonreír. Esa misma sonrisa se la dirigió a su vecino a modo de disculpa y despedida y salió del último templo llevándose a su hija de la mano.

Al escucharla decir eso, reparó en lo rápido que pasaba el tiempo.

Miracle y Raphael ya tenían cinco años.

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—Lo lamento. La perdí de vista un momento y ya no estaba. ¿El señor Albafica se molestó mucho?

—Non, no te preocupes. Estoy seguro de que le preocupa más que Miracle resulte lastimada por su culpa a que llegue a su templo.

—Papá ¿este es el libro que estabas buscando?

—Non, es uno con tapa verde, ¿estás segura de que quieres buscarlo tú sola? Puedo ayudarte.

— ¡No! Déjamelo a mí, tú y Nicole sigan en lo suyo.

Dicho esto, la pequeña de cabellos color esmeralda desapareció en el fondo de la biblioteca del templo de Acuario. A un lado de Dégel, Nicole suspiró con anhelo.

—Es increíble que sea tan joven y ya tenga tanta personalidad.

—Lamento si les causa problemas.

—Oh, no, las doncellas y yo la adoramos; a ella y a su hermano. Es solo la nostalgia. Pensar que ayer aún debíamos cargarla a todas partes y hoy ya puede arrancarse por sí sola hasta el templo de Piscis.

—Dice que siempre tiene la intención de llegar sola hasta aquí, pero que le es inevitable "probar suerte" y ver si Albafica acepta que sea su esposa.

—No es la única que ha querido probar suerte, por cierto.

— ¿No?

—Desde que se cortó el cabello, Albafica ha redoblado su popularidad.

El aguador no pudo evitar sentirse algo apenado por su vecino. Sin importar cuánto se esforzara por alejar a la gente y pasar desapercibido, seguía logrando exactamente lo contrario. Su último intento había sido deshacerse de su espléndida melena color cielo. Aunque al principio había conseguido que la mitad de las mujeres de Rodorio se desmayara de espanto, al poco tiempo habían descubierto que el cambio solo había servido para resaltar su atractivo masculino. De ahí en adelante, ni siquiera de los hombres se había salvado.

—Señor Dégel. — Nicole lo devolvió al presente.

— ¿Si?

— ¿Se encuentra bien?

Aunque la pregunta fue directa e impredecible, el francés se permitió una sonrisa a los pocos segundos.

—Oui. Todo está en orden. ¿Tú estás bien?

—Estoy preocupada.

—Es inevitable. Después de todo…

— ¡Lo encontré! ¡Papá! Este sí es el libro ¿verdad?

Los dos adultos se quedaron en silencio y voltearon hacia donde Miracle regresaba con un gran ejemplar entre las manos y un par de telarañas enredadas en el cabello. Dégel se sorprendió por lo último.

— ¿Dónde estaba?— Preguntó después de recibir el pesado tomo para quitarle el polvo.

—En la última biblioteca, detrás de unos pergaminos. Creo que nadie ha estado allí en mucho tiempo.

Miracle estornudó y Nicole se acercó a quitarle la suciedad.

—Mon dieu, lo siento, no puedo creer que el libro haya estado allí y que yo no haya limpiado ese sector en todos estos años.

—Con esto ya tienes todo el equipaje listo ¿verdad? ¡Limpiemos cuando regreses!

Ante la mención, el aguador se arrodilló frente a su hija y le acarició el rostro.

—Está bien. Cuento contigo para cuando vuelva. Gracias, Miracle.

La menor sonrió con orgullo y fijó su mirada en la líder de las doncellas, como esperando su aprobación, quien imitó su gesto y le acarició el cabello.

—Es hora de despedirse, tenemos que regresar con las demás doncellas.

Miracle saltó en los brazos de Dégel y este dejó un beso en su frente después de abrazarla con fuerza.

—Volveré pronto. Cuídate mucho y haz caso de lo que Nicole te diga. Y no salgas por tu cuenta de las doce casas ¿lo prometes?

—Lo prometo. Tú también cuídate y saluda a Kardia. Oh, y dile que las manzanas estaban muy ricas. ¡Oh! Y que iré sin falta la próxima vez. ¿Lo prometes?

—…

— ¿Papá?

—Ah… sí. Claro que sí. Sin falta la próxima vez. Nos vemos.

Después de la despedida, Miracle se adelantó y salió del templo para ir camino arriba por sí sola, como disfrutaba hacerlo para demostrar que ya era grande.

Cuando estuvieron solos, la preocupación regresó de golpe al rostro de Nicole.

—Señor Dégel…

—Confío en ti y en que la cuidarás sin importar lo que ocurra. Me lo has demostrado todo este tiempo.

—Ella estará a salvo aunque me cueste la vida, pero… usted, señor Dégel, asegúrese de cumplir su promesa a toda costa. Esta decisión…

—Si tengo la opción de escoger es porque estás aquí. Dejo la vida de mi hija en tus manos porque sé que estará bien contigo. Ahora, lo que más deseo es estar allá. Es la primera vez que tengo la oportunidad de defender ese lugar.

A sabiendas de que no había argumentos suficientes para disuadir a Dégel, a la líder de las doncellas no le quedó más que resignarse. Bajó un momento el rostro, se acercó al aguador y tomó su mano con una timidez que el peliverde desconocía hasta entonces.

—Por favor, regrese al Santuario. Es lo único que le pido.

Dégel guardó silencio durante unos cuantos segundos, sus ojos situados sobre los castaños en lo que buscaba una respuesta que fuese tan convincente como real. Nicole aceptó la vista hacia las preciosas gemas violeta del aguador y así, sin hablar, prolongaron la conversación. Incapaz de resistir, la mujer llevó su mano libre a la mejilla pálida del onceavo santo y le acarició los labios con el pulgar. Abrió la boca para decir algo, pero enseguida apretó fuerte los labios e impuso distancia.

—Envíe mis saludos al señor Kardia.

Dicho aquello, abandonó el templo y dejó a Dégel con una sensación de culpa que no era tan reciente.

Algo había cambiado en Nicole hace un par de años y, aunque el penúltimo caballero nunca le había dado esperanzas, tampoco había tenido el tino de rechazar los pequeños gestos que se volvían cada vez más frecuentes. Quizás, porque él mismo tenía dudas.

Se llevó una mano al cuello, allí donde su melena aún ocultaba la marca, y se preguntó si, de no haberla tenido, Nicole hubiese intentado algo más.

— ¿Dégel? ¿Aún sigues aquí?

Por fortuna, la voz de Albafica lo sacó de sus pensamientos y lo hizo ponerse en marcha.

—Ah, me distraje un momento. Ya casi tengo todo listo. ¿También bajas?

—Sí, hay algo que debo hacer en Rodorio.

Acuario no hizo más preguntas y Albafica lo agradeció en silencio. Después de empacar el libro que su hija le había dado, se unió al de Piscis en el largo camino de las doce casas.

En cinco años, muchas cosas habían cambiado y otras habían seguido exactamente iguales. Albafica era un ejemplo de ambos casos. A pesar del drástico cambio de aspecto que su cabello corto implicaba, seguía siendo el mismo caballero reacio a la gente, pero nunca podría negar que le había alegrado sobremanera saber que Pefko, el pequeño estudiante de Luco, había decidido dejar la isla para vivir en Rodorio y que, tras descubrir que Albafica seguía vivo, había insistido con una vehemencia difícil de ignorar, hasta que el propio Piscis se había resignado a bajar al pueblo de vez en cuando para ayudarlos a él y a Agasha en esta nueva etapa.

Seguía tratándose de un tema que le provocaba inquietud, pero a su vecino de Acuario no le pasaba por alto el aire de tranquilidad en sus facciones cada vez que iba a visitar a sus dos ya-no-tan-pequeños protegidos.

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—Que tú seas el último en llegar me desconcierta.

—Déjalo, es porque su templo está lejos.

— ¿Ya estamos todos? ¿Nadie olvida su equipaje?

Defteros puso orden a los murmullos. Los caballeros se reunieron, cada uno del lado que le correspondía, e intercambiaron palabras de éxito y suerte. Aunque se esforzaban por sonreír, era evidente que la seriedad iba ganando terreno poco a poco.

Por el rabillo del ojo, Dégel vio cómo Manigoldo y Shion se habían alejado unos pasos y murmuraban entre ellos, una expresión gentil en el italiano y una tensa en el carnero.

El primer caballero se sobresaltó cuando Cáncer le apretó una mejilla y no dudó un segundo en reprocharle, más avergonzado que molesto. Esto hizo reír al peliazul y sirvió para distender la tensión en las facciones de Shion.

—No se te ocurra morir.

—Cómo crees, soy experto en no morir.

Dicho aquello, intercambiaron una mirada significativa y se unieron por fin al resto de la comitiva.

Defteros volvió a carraspear para llamar la atención.

— ¿Ya acabaron de despedirse? No hay tiempo que perder.

No hubo más comentarios, todos sabían a qué se debía el malhumor de Defteros. Después de todo, Asmita estaba a punto de cumplir tres días de meditación y lo que menos deseaba el gemelo en ese momento era dejar de hacerle compañía.

Manigoldo se acercó a Dégel y levantó el pulgar en señal de aprobación.

—Ya estamos listos aquí. Ustedes asegúrense de que esto siga en una pieza cuando volvamos.

Hizo un gesto desdeñoso hacia las doce casas, como si no fuera la gran cosa, todo con tal de bajarle el perfil al asunto que empezaba a cambiar la atmósfera del Santuario de forma inevitable.

—Lo mismo para ustedes. — Le respondió Albafica. — Cuiden ese sitio; si uno cae, caerán los tres.

Todos asintieron ante las fuertes pero reales palabras. Finalmente, Defteros avanzó un paso y concentró su energía en abrir un portal entre las dimensiones.

—Próxima parada, Siberia. Manigoldo, Dégel, contamos con ustedes.

Los dos alumnos de Sage se despidieron una vez más del grupo e ingresaron en el portal ya sin mirar atrás.

Después de cinco años, estaban más cerca que nunca de ponerle punto final a la guerra.

Después de todo, Asmita había revelado una gran verdad hace tiempo: los dioses egipcios volverían atacar en cuanto el árbol sagrado diera frutos. A eso se debía la terrible y agónica espera; de esa forma cobraban sentido las pocas palabras que habían conseguido arrebatarle a Pharaoh casi al comienzo de la batalla.

Una vez que el árbol estuviera rebosante, Ra intentaría apoderarse de sus frutos para sellar a los dioses griegos, que era exactamente la misma estrategia que planeaban utilizar contra ellos.

Y el motivo por el que Asmita llevaba tanto tiempo sin dejar de custodiar el árbol era precisamente porque había presentido que los frutos estarían listos en cuestión de días. No más de una semana.

Así, después de todos esos años, los engranajes de la guerra suspendida empezaban a moverse nuevamente. Los ejércitos llevaban días preparándose, cada uno más mentalizado que el otro en que, por fin, enfrentarían una batalla como tal.

Por eso Dégel y Manigoldo estaban de camino al norte. Manigoldo porque era uno de los tres que podía acabar con el ejército inmortal. Dégel, porque su deseo más grande era proteger Bluegrad. Ahora, de verdad.

Más allá de la distorsión, Kardia los estaba esperando.

Y justo a su lado, las dos personas más cercanas al aguador; aquellas a quienes no había visto durante más de lo que podía pensar sin sentir angustia.

Una sonrisa amplia y desbordante de emociones se apoderó de su rostro cuando por fin pudo envolver con sus brazos al par de hermanos y los tres estuvieron reunidos nuevamente. Vivos, sanos.

—Bienvenido a casa, Dégel.

—Bienvenido a casa.

—Aquí estoy, Unity, Seraphine. Esta vez, no los abandonaré.

Se apartaron unos momentos después y compartieron una última sonrisa antes de volver a prestar atención a su entorno. Mientras tanto, Kardia se acercó a Manigoldo y le ofreció uno de los gruesos abrigos típicos de la zona, motivo por el cual el italiano casi sollozó de alegría.

— ¿Acaso eres dios? No estoy hecho para soportar estos climas de mierda, sin ofender. — Relató en lo que se enterraba en su nueva prenda y, posiblemente, segunda piel hasta que se acabara el conflicto.

Dégel se le acercó y extendió una mano hacia él y otra hacia sus amigos peliplateados.

—Unity, Seraphine, él es Manigoldo de Cáncer, alumno de Sage igual que yo y una de las tres personas que pueden hacer desaparecer a los shabs de Ra. Manigoldo, ellos son…

—Ya lo sé, Unity de Dragón Marino, líder de Bluegrad desde la Guerra Santa y Seraphine, su hermana mayor, vasija de Poseidón. He escuchado suficiente de ustedes dos, pero debo reconocer una cosa.

Interrumpió el carismático cangrejo en lo que se acercaba a tomar la mano de la única mujer presente para besarle los nudillos, haciendo derroche de su incontrolable galantería.

—Nunca pensé que sería más hermosa de lo que imaginaba.

El peliazul le guiñó un ojo, Seraphine enrojeció, a Unity le apareció un tic en el ojo y Dégel se llevó una mano al puente de la nariz.

—Lo siento, olvidé mencionar que…

—Ya vas a ver cómo te deja Shion cuando se entere.

Salió Kardia al rescate, aguantándose la carcajada, sí, pero no la sonrisa burlesca de que tenía un motivo dorado para chantajearlo. Al italiano se le desfiguró el rostro y enseguida tomó distancia, elevando las manos abiertas en señal de derrota y de que no haría nada más.

—Como le inventes cosas, se me quitarán las ganas de besarte por lo del abrigo. — Le siseó mientras se aferraba a su nueva prenda.

Ahora, fue turno de Kardia para ponerse tan azul como su cabello, debido a una mirada en su nuca y un muy enfático carraspeo.

—Ya llevamos mucho tiempo aquí a la intemperie; ninguno de nosotros desea enfermar en un momento crítico como este. Por favor, vayamos al castillo. Los esperábamos con una cena reconfortante. Dégel, hay mucho de lo que debemos conversar.

La voz firme y educada de Unity atrajo la atención general y enseguida todos accedieron a volver bajo techo. Los únicos que notaron lo ocurrido fueron el propio escorpión y Dégel. Este último le dio un par de palmaditas de ánimo en la espalda a su amigo peliazul, sin reprimir la sonrisa antes de unirse a los dos hermanos para comenzar a ponerse al día en las vidas de cada uno.

—Los rumores no tardaron en llegar al Santuario.— Mencionó el francés mientras caminaba en medio de los dos hermanos, ambos brindándole toda su atención.— ¿Es verdad que han aparecido todos los guerreros marina?

Ante la pregunta, Unity sonrió con orgullo y se llevó una mano al pecho.

—Los rumores son ciertos y no solo eso, Dégel. Te sorprenderá gratamente ver quiénes son nuestros compañeros de armas.

El acuariano hizo una mueca de desconcierto al escucharlo. ¿Quería decir que los marinas eran conocidos suyos? Ante su expresión, Seraphine y Unity solo compartieron una sonrisa cómplice.

—Nos están esperando en el castillo; estaban emocionados por conocer también a los santos que lucharán con ellos.

—Un momento ¿también a nosotros?

Preguntó Manigoldo, quien venía caminando un poco más atrás, discutiendo entre murmullos con Kardia.

Su pregunta la atajó el mismo líder de Bluegrad.

—Oh ¿no estaban al tanto? Los espectros ya llevan unos días aquí; ustedes son los últimos en llegar.

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Después de un largo trayecto, el castillo los recibió con las puertas abiertas y un gran contingente de Guerreros azules. Afortunadamente para aquellos poco acostumbrados al frío, habían colocado grandes hogueras a lo largo de todo el castillo, por lo que un agradable y acogedor calor pareció aligerar parte de la tensión que también crecía en ese lado del mundo.

—Por fin siento las manos, genial. — Anunció el de Cáncer luego de un suspiro de agrado, en lo que el grupo se dirigía al centro de la construcción. — Así que estos marinas ¿son fuertes?

—Están en buenas condiciones. Yo mismo los he estado ayudando a entrenar. — Le respondió Kardia con aires de suficiencia.

—Calla, cabrón, todavía no te perdono que no nos dijeras que los espectros ya estaban acá.

—Para qué querías saberlo ¿ibas a escoger tu mejor vestido?

—Pedazo de…

—Niños, por favor. — Los calló Dégel mientras dirigía miradas de disculpa a una entretenida Seraphine y un serio Unity. — Ya estamos aquí.

Ante ellos se encontraban dos enormes puertas blancas. Los Guerreros azules que los escoltaban las abrieron y el paladín de Acuario no pudo contener un pequeño suspiro de impresión al ver que, adentro, los esperaban sentados en sillones seis personas vestidas con los trajes sagrados de Poseidón. Unity se adelantó para hacer las presentaciones y extendió una mano en cada dirección.

—Me complace presentarles a Dégel de Acuario y Manigoldo de Cáncer del Santuario. Ellos son los orgullosos guerreros marinas. Dégel, estoy seguro de que no tendrán problemas para recordarse.

Hubo un largo intercambio de miradas en lo que el peliverde iba reconociendo una a una las caras y los recuerdos de su infancia: todo eran niños con los que había compartido en su niñez en Bluegrad.

Después de que los respectivos saludos terminaron, Unity volvió a tomar la palabra.

—Es momento de continuar con los preparativos. Los caballeros tienen habitaciones a su disposición al final de este pasillo. Después de acomodarse, los estaremos esperando en el comedor. Luego del almuerzo, terminaremos de organizar lo que nos falta para la guerra.

En ese instante, una expresión mucho más seria se apoderó de la expresión del peliplata y extendió la urgencia de sus palabras a cada individuo del salón. Los marinas se encaminaron con él y Seraphine hacia el comedor y Kardia se quedó con sus compañeros.

—Yo los llevo, síganme.

Dicho aquello, los tres santos se encaminaron hacia las habitaciones.

— ¿No está el príncipe demasiado tenso? —Preguntó Manigoldo mientras caminaban.

—Es normal; todo lo que lo rodea está en riesgo. — Quien le respondió fue Dégel. — Bluegrad, Seraphine, los Guerreros Azules, los marinas…—

—Mh, nosotros no arriesgamos menos. El Santuario y Atenea también estarán en juego. — Insistió el de Cáncer.

—La diferencia, cangrejo, es que nosotros estamos acostumbrados a luchar. Ellos no. Esta es su primera guerra; sin desmerecer a los muchachos; apenas tienen unos años de experiencia y su número es muy reducido en comparación con el Santuario y el Inframundo. Nosotros y los espectros somos unos veteranos.

La inesperada intervención de Kardia hizo que los dos alumnos de Sage guardaran silencio y se lo quedaran mirando con sorpresa. Al notarlo, Escorpio emitió un gruñido y se detuvo ante una de las puertas.

—Esta es su habitación. Aunque suene imposible en este castillo, están todas las habitaciones llenas. No esperábamos que llegaran tantos soldados de Hades y del Santuario.

Dégel no pudo evitar fruncir el ceño al escucharlo; había algo diferente en la forma de hablar de su amigo. Sin embargo, antes de que pudiera encontrar las palabras adecuadas, el italiano le dio un golpecito en la espalda y entró a la habitación.

—No habrá problema. Tener una cama donde dormir ya es un logro ¿no, Dégel? Saldremos enseguida, tampoco es que hayamos traído tanto equipaje.

Por fin, hubo una sonrisa en los tres rostros.

—Bien. A la vuelta, sigan este mismo pasillo hasta el final y a la izquierda. Los estaremos esperando.

Sin decir más, Kardia regresó sobre sus pasos.

Cuando Manigoldo y Dégel estuvieron solos, el peliazul se rascó la cabeza y comenzó a acomodar sus cosas en una de las camas.

—Ni en mis sueños más locos habría imaginado que el bicho se adaptaría tan bien a esta clase de lugares. Sin ofender.

La expresión de silencioso desconcierto de Acuario hizo que el mismo Cáncer enarcara una ceja.

—Qué, ¿me vas a decir que no lo notaste en su forma de hablar? Kardia está empezando a alejarse del Santuario. Piensa cada vez más en Bluegrad como un nosotros en vez de un ellos. Me sorprende que te sorprenda, gelato.

Mencionó todo aquello como si fuera lo más cotidiano, como si no dimensionara lo grave que era semejante acusación. Una punzada de inquietud creció dentro del peliverde mientras acomodaba sus propias cosas y se desprendía de la armadura de su constelación. ¿Acaso Kardia…?

—Deja de darle vueltas y vamos a comer. Una mierda importan las intenciones de todos nosotros si morimos en la guerra ¿hm? Andando, tengo hambre.

El francés se quedó boquiabierto ante la inesperada sabiduría de su compañero. Decidió seguirlo y hacerle caso, ya que nada sacaba pensando en un tema que amenazaba con confundirlo todavía más en lugar de solucionarse.

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El almuerzo transcurrió sin problemas luego de aclarar que los espectros no necesitaban alimento alguno. La comitiva de Hades había llegado liderada por Violette y Lune hace tres días e incluso ahora seguían repasando el plan a seguir con las hordas de soldados del Inframundo con el objetivo de integrarse luego a los planes del Santuario y del propio Bluegrad.

Sin embargo, no se mencionó mucho más de la batalla durante la comida. Fue el momento de distensión que aprovecharon para conversar, conocerse y ponerse al día en las vidas de todos, sobre todo aquellos que no se habían visto durante más de una década.

Cuando el almuerzo se dio por terminado, solo permanecieron los marinas y los caballeros. Todos los demás recibieron la orden de descansar hasta que el consejo tomara una decisión final.

Tras un breve reposo, se desplazaron hasta una sala privada en cuyo centro había una amplia mesa con un mapa Bluegrad y otro del castillo. Lune y Violette los esperaban en la entrada.

—No esperamos nada más que su mejor desempeño, atenienses.

—Será interesante luchar con ustedes en vez de contra ustedes.

Fueron los respectivos saludos de los espectros.

Juntos, se acercaron en torno a la mesa, todos con la atención puesta en Dragón Marino.

—Afortunada o desafortunadamente, Bluegrad es un pueblo pequeño. — Comenzó el hijo de García. — Los ciudadanos fueron totalmente evacuados hace unos días gracias a la ayuda de los espectros, por lo que nuestras fuerzas solo deben dividirse en tres puntos: quienes pelearán contra el dios egipcio y sus soldados, los que protegerán el Archivo y los… que protegerán a Seraphine. —

No pudo evitar perder un poco la compostura al mencionar lo último y todas las miradas viajaron hacia la vasija de Poseidón. Todos sabían muy bien que, para forjar el nuevo rosario, se necesitaría la sangre de los tres dioses griegos. Entre ellos, Seraphine era sin duda quien corría más riesgo. Su vida dependía del alma de Poseidón; existía la posibilidad de que su cuerpo no soportara la pérdida de sangre, que el rosario cayera en manos de los egipcios y Poseidón fuera sellado o simplemente que el dios enemigo consiguiera llegar donde Seraphine estaba para acabar con ella; después de todo, formaba parte de aquellos que habían muerto ya una vez. Aquellos a quienes los dioses querían aniquilar.

—No sientan lástima por mí. Hay cosas más importantes que debemos proteger. Conseguiré forjar el rosario y evitaré que Poseidón caiga en las manos equivocadas.

En silencio, admiraron el coraje de aquella inmensa voluntad encerrada en un cuerpo tan frágil.

Tras recuperar la seriedad, Unity devolvió la atención general al mapa.

—Por obvias razones, Manigoldo estará en la línea de ataque. Contamos contigo; serás esencial para esta batalla.

— ¿Oyeron lo que dijo? Soy esencial. — Fanfarroneó el aludido y se llevó un puño al pecho. — Tranquilo, me haré cargo de hacer desaparecer a esos cabrones; déjenlos quietos para mí y será pan comido. Podría hacer explotar muertos todo el día. Sin ofender.

—Yo me quedaré en el Archivo. — Anunció de pronto Lune y Unity asintió luego de agradecerle con un gesto. — Es preferible que la historia y los conocimientos del universo permanezcan a salvo en manos griegas, como lo han estado tanto tiempo. No permitiré que se repita Alejandría. — Lo último lo mencionó como si fuera una ofensa personal y Dégel se descubrió estando totalmente de acuerdo con Balrog.

—En ese caso, yo iré al frente con los soldados del Inframundo. — La siguiente en hablar fue Behemoth, con su sonrisa entusiasta y desbordante de confianza. — Destruiremos todo lo que se nos pase por delante; por nuestros camaradas caídos, por Hades y por el señor Aiacos.

Dragón Marino tomó una pluma y escribió los nombres de las Estrellas Celestes y Manigoldo en las partes correspondientes del mapa, bajo la atenta mirada de quienes aún no tenían un lugar designado. Uno a uno, los presentes quedaron distribuidos en cada punto a voluntad, hasta que solo quedaron Kardia y Dégel.

Aparentemente por obligación, el peliplata se dirigió al griego con su mirada más seria.

—Kardia ¿dónde…?

—Al frente, por supuesto. — Respondió, interrumpiendo la pregunta a medio formular de Unity. Para sorpresa de este último, le sostuvo la mirada con una seriedad que era poco habitual en él. — Tengo un trabajo muy específico en la línea de ataque y nadie me hará cambiar de opinión.

Por un momento, se pronunció el ceño fruncido del líder de Bluegrad, pero enseguida se distendió y los ojos azules fueron a parar sobre los de color lavanda que seguían mirando indecisos el mapa.

— ¿Dégel?

Aunque la pregunta llegó, no pudo responderle de inmediato. ¿Dónde se suponía que estuviera esta vez? Había decidido viajar a Bluegrad para luchar por el pueblo que lo había visto crecer, para protegerlo como no había podido en la primera ocasión; cuando él y Seraphine se habían encerrado en el fondo de Atlantis. Ahora estaba de regreso, pero no podía decidir su lugar. ¿Debía retroceder con Lune al Archivo y proteger los conocimientos de la historia de la humanidad como el erudito que era, debía pelear al frente, luchar descarnadamente contra el dios y su ejército para demostrar lo mucho que quería ese lugar o…?

Notó que tenía la mano empuñada y temblorosa solo cuando otra mano la cubrió y le dio un reconfortante apretón.

—Hay más de una forma de proteger lo que es importante. —

Fueron las palabras de Seraphine.

Dégel la miró directo a los ojos y sintió que un peso invisible desaparecía de sus hombros.

No tenía que demostrar nada.

Con una sonrisa le dio las gracias y volteó a ver a su hermano.

—Me quedaré con Seraphine. Juntos la defenderemos con nuestras vidas. — Mencionó, mirando con confianza a cada uno de los que habían decidido estar con ella.

No estaba luchando solo; tenía a sus compañeros dorados, plateados y soldados del Santuario, a gente de Bluegrad e, incluso, al ejército del Inframundo. Debía dejar de asumir todas las responsabilidades.

El propio Unity pareció aliviado cuando escribió el nombre francés en el centro del castillo, en la cámara más protegida donde se llevaría a cabo la forja del rosario.

—Muy bien.— Anunció al cabo de un rato.— Les confío la vida de mi hermana y la integridad del Archivo a cada uno de ustedes y sus soldados.— Mientras hablaba, paseó la vista por todo el grupo.— Como líder de Bluegrad, pelearé al frente con mis Guerreros azules y los marinas. La guerra está a la vuelta de la esquina; egoístamente, les pido que nos brinden su experiencia y sabiduría, nosotros nos esforzaremos por no ser un estorbo y por estar a la altura del Santuario y del Inframundo. Desde ya, se los agradezco.

Con una profunda reverencia de Dragón Marino, el consejo de guerra llegó a su fin.

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Después de repasar por tercera vez los planes, se llevó a cabo la reunión oficial de todo el ejército. Espectros, caballeros, soldados, marinas, guerreros, todos unidos como una sola fuerza. Desde su posición unos peldaños más abajo, Dégel pudo admirar la entereza y el valor con el que Unity repetía las instrucciones a viva voz para todos los guerreros que, aunque no quisiera, debía dirigir. Al verlo, Acuario pudo comprobar una vez más que él no era el único haciendo sacrificios; no era el único confiando en otras personas para cuidar a sus seres queridos. Él había encargado el bienestar de Miracle a Nicole y el cuidado de Atenea al resto de sus camaradas, al igual que Manigoldo, Kardia y los otros caballeros y soldados. No tenía la menor duda de que lo que más deseaba Unity era estar al lado de Seraphine en todo momento, pero le había confiado su vida a él y los demás, mientras luchaba al frente como el líder que debía ser. Los espectros que estaban con ellos también habían confiado la seguridad de Hades y el Inframundo a otros individuos. La guerra estaba hecha de sacrificios.

Cuando el discurso acabó y las palabras de motivación elevaron vítores, el sol ya rozaba las montañas en el horizonte. Poco a poco, el ejército se fue desintegrando en sus respectivas áreas de campaña. Los espectros, para entrenar, tomar guardias o estudiar los planes hasta el último momento; en el caso de los atenienses y los bluegradianos, para comer la cena y descansar lo máximo posible. Dadas las circunstancias, el ejército de Hades tenía todos los turnos de vigilancia las veinticuatro horas y se habían ganado una fuerte popularidad entre sus pares vivos, lo que había servido en gran medida para generar confianza y un ambiente ameno en general.

—No es que mire en menos estar vivo; créeme, aprecio mucho que mi corazón siga latiendo, pero si hay algo que envidio de los muertos es que no tengan que comer ni dormir. ¿Hades no tendrá un poco de su magia de dios para nosotros ahora que somos aliados?

Iba comentando Manigoldo mientras caminaban hacia su habitación para dormir luego de la cena. Dégel le dio un suave codazo de reprimenda por hablar ese tipo de cosas y rodó los ojos. Sin embargo, no iba a negar que lo hacía pensar en sus hijos. ¿Tenían Raphael y Miracle esa "magia de dios" que el italiano mencionaba y por eso tenían poco apetito y la energía les sobraba para niños de su edad? Al comienzo, se oponía a que los gemelos se quedaran despiertos hasta la madrugada con él cuando leía estrellas, pero le costaba mucho trabajo hacerlos dormir y, a lo sumo, lo lograba durante tres horas. Lo curioso era que crecían sin problemas y apenas se habían resfriado un par de veces antes de los cinco años. Al final, se habían convertido en sus pequeños ayudantes e, incluso en más de una ocasión, había caído rendido antes él que sus hijos.

— ¿Dégel, vas a entrar? El calor se escapa.

La voz de su compañero lo hizo reaccionar y fijarse en la expresión de urgencia que tenía. En el interior de la habitación, habían encendido la chimenea para temperarla y Cáncer estaba a punto de cerrarle la puerta en la cara para irse a enterrar en la cama. Dégel no pudo evitar sentir lástima por él. Con Kardia había sido igual la primera vez; los muchachos no eran tolerantes con el frío.

Kardia…

—Non, descansa tranquilo. Me encuentro algo inquieto, creo que iré a leer las estrellas antes de dormir.

—Bien, pero no hagas ruido cuando vuelvas ¿de acuerdo? Buenas noches.

Ni siquiera se detuvo a cuestionarlo; cerró la puerta y luego se escuchó su cuerpo rebotando contra la colcha y sus suspiros de alivio por la agradable temperatura.

El peliverde sonrió y se puso en marcha hacia uno de los balcones. Necesitaba poner orden a todos sus pensamientos; con algo de suerte, el cielo estaría despejado y le daría una oportunidad para leer las estrellas. Quería aportar de cualquier forma posible a la guerra.

Se dirigió al balcón que tenía vista al valle, su lugar favorito de infancia, donde García y Krest le habían enseñado lo básico de la lectura. Sin embargo, no esperaba encontrar a alguien más. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que no era el único con problemas para conciliar el sueño.

Apoyado contra los barandales de mármol del balcón estaba Kardia.

Tuvo una punzada de inquietud que se convirtió rápidamente en determinación. Tenía que hablar con el caballero de Escorpio para despejar sus dudas. Redobló el paso hasta el balcón y alzó la voz.

—Kardia, quiero hablar…

—Lo quieras o no, ahí estaré.

El aguador detuvo sus pasos de golpe, redujo su cosmos lo más posible y se ocultó parcialmente tras una columna.

—No tenías por qué decir eso en el consejo. Fue innecesario.

Quisiera o no, no le sorprendió tanto que la voz que le respondió fuera la de Unity.

Al fijarse bien, notó que ambos tenían expresiones tensas y algo agotadas, como si llevaran ahí un buen rato conversando. O discutiendo.

—Lo mejor es que te quedes con Dégel cuidando a Seraphine. A él le alegrará luchar mano a mano contigo de nuevo.

Eso pareció molestar al escorpión, pues su cosmos se disparó de pronto.

—No soy imbécil, por favor. Lo único que quieres es alejarme de la verdadera pelea. ¿En serio te inspiro tan poca confianza?

Unity dudó un poco antes de responder.

—Espera, no… No es lo que quiero decir.

—No me importa lo que quieras decir; tú estarás en el frente y yo estaré ahí también, para cubrirte la espalda.

Esta vez, el molesto fue Unity.

—Me estás insultando ahora. Tal vez no llevo la mitad de tiempo que ustedes entrenando, pero también tengo orgullo de guerrero. Si vas a estar en primera línea porque quieres ser mi niñera, puedes irte al…

—Hey, hey, hahaha, no. Me estás malinterpretando.

Kardia no pudo evitar soltar una risa pese a la situación, lo que provocó que el peliplata enrojeciera. El ateniense avanzó un paso y provocó nerviosismo en el líder de Bluegrad.

—No quiero cuidarte, quiero pelear a tu lado. Son dos cosas distintas, lo entiendes ¿verdad?

—Pero ¿no querías pelear con Dégel? Dijiste que lo que pasó aquí la última vez…

—Por supuesto que sueño con el día en que podamos volver a pelear mano a mano, me duele no haber conseguido nada en la Guerra Santa, pero no será esta vez. Todos estamos haciendo sacrificios ¿cierto? Mi orgullo puede esperar un poco; si ganamos contra los egipcios, Dégel y yo tendremos cientos de oportunidades para compensar ese fracaso.

El paladín de la onceava casa contuvo un momento la respiración, víctima de la sorpresa. Escuchar a Kardia hablando con tanta certeza sobre lo que sentían y lo que había ocurrido lo dejó anonadado. No imaginaba que su amigo todavía tenía tan presente esa ocasión.

Antes de que pudiera prolongar el pensamiento, Unity respondió.

—Tú también estás malinterpretando mis intenciones. — Murmuró sosteniéndole la mirada. — No quiero que vayas a la línea frontal, no porque crea que eres débil o poco confiable. No quiero porque eres un idiota.

—Auch, ese fue un golpe bajo.

—Estoy en lo correcto ¿no es así? Eres un idiota impulsivo, tu orgullo te ganará, cometerás alguna imprudencia y al final morirás de forma gloriosa y estúpida, como arrojándote directamente al enemigo para "hacer arder tu corazón al máximo".

—Eso… eso suena a algo que haría. ¿Por qué parece que…?

— ¿Qué te conozco tan bien? Porque eres una persona demasiado simple.

—Oye…

—No te das cuenta de nada. Solo estás pendiente de tu muerte… ni siquiera piensas en lo que sentirán los demás; en… el daño que le haces a quienes te rodean con ese comportamiento tan egoísta.

Hubo un silencio prolongado. Kardia apartó la mirada, pero Unity dio un paso al frente ahora y le agarró un brazo con fuerza.

—Todo el tiempo, después de salir de Atlantis y viajar al Santuario, me sentí como una basura por haber provocado la muerte de mi mejor amigo y la tuya. Cuando regresé y supe que estabas vivo… estaba tan contento que creí que podría morir. Después, Dégel y Seraphine lograron llegar a la superficie y sentí que los dioses estaban perdonando uno a uno todos mis pecados. A ustedes, caballeros de Atenea, les fue dada una segunda oportunidad. Dégel ya comprendió la manera de aprovechar la suya; solo quiero… lo único que deseo es que tú no desperdicies la tuya. Piensa un poco antes de pelear esta vez, por favor, hazlo.

El santo de la onceava casa estuvo a punto de intervenir, pero Kardia no tardó en responderle.

—Mi lugar está en primera fila. No puedes cambiar eso.

A Dragón Marino se le llenaron los ojos de lágrimas de la sola frustración. No obstante, el griego siguió hablando antes de que pudiera decir algo más.

—Quizás tienes razón. Tal vez siga siendo imprudente para algunas cosas, pero no tengo intenciones de morir en esta guerra. Mis prioridades han cambiado, ya no quiero un enemigo que haga arder mi corazón y me haga pensar que valió la pena morir por enfrentarlo. Wyvern fue ese enemigo, fue una grandiosa batalla y perdí, no hay nada que pueda hacer con eso.

Hizo una pequeña pausa para disfrutar de la gélida brisa siberiana y volvió a apoyarse en el balcón para mirar las estrellas. Una sonrisa nostálgica se prendió de sus labios.

—Antes de la Guerra Santa, mi objetivo era uno solo y claro. Cuando la muerte llegó a buscarme, no me arrepentía de nada, pero me abandonó. Desperté de nuevo, en este lugar. Dégel regresó también, pero había una gran diferencia entre nosotros: él todavía tenía un sueño que deseaba cumplir y yo no tenía ninguno. Mi vida no tenía ningún propósito. Una persona que no tiene un objetivo está muerta, sin importar cuánto lata su corazón. Eso es lo que pensaba, pero ahora es diferente.

A continuación, volvió a enfrentar al líder e Bluegrad y los dos pares de ojos azules se encontraron en medio de la noche.

—Hay algo que quiero hacer. Si no muero en esta guerra…

—No digas eso.

—Escúchame.

—Deja de hablar de la muerte como algo tan fácil.

—Si sigo con vida después de la batalla…

—Te detesto.

—Quiero quedarme en Bluegrad.

Dégel y Unity exclamaron su sorpresa al mismo tiempo. Para fortuna del primero, eso permitió que no lo descubrieran.

— ¿Crees que soy el único que no ha reflexionado en todos estos años? Desde que se acabó la guerra contra Hades, cada uno de los días que he vivido son un regalo que no sabía usar. Si vivo lo suficiente después de la batalla contra Ra, quiero aprovechar lo que me quede de vida aquí… contigo. ¿Lo ves? Sí tengo planes. No quiero morir.

—Eres tan… simple. Dioses. — Fue todo lo que pudo responderle Dragón Marino antes de bajar el rostro en un intento fallido de contener las lágrimas. Estaba agotado mentalmente por todo lo que acontecía a su alrededor. Con la guerra y lo que estaba en juego ya tenía los nervios destrozados; la confesión de Kardia solo había venido a saturar el resto de sus emociones. El escorpión le brindó refugio entre sus brazos y el pequeño cuerpo de Unity tembló entre lágrimas de terror, euforia y vergüenza, aferrándose al abrigo del peliazul.

Dégel abandonó el balcón en ese momento, sin saber qué hacer con el revoltijo de emociones que habían entrado en conflicto en su pecho.

Hasgard había sido el primero en marcharse.

¿El siguiente sería Kardia?