Capítulo 1

"El compromiso"

El compromiso es algo realmente poco comprendido hoy en día, debido a todo lo que representa y lo exigente que puede llegar a ser, sin embargo, hace algunos siglos, representaba el todo para las familias más adineradas de la época.

Comprometer al heredero a temprana edad era algo normal y necesario. Desde el nacimiento ya se consideraba a la futura pareja y a la edad aproximada de 12 años, se formalizaba tal hecho. Los involucrados en tal acción se limitaban a llevar a cabo lo acordado sin preguntarse el por qué de todo, vaya, no rechistaban en lo mínimo.

Lo único que pasaba por la mente de la aludida, generalmente era: "que sea amable y aceptable", detalles que en definitiva nunca abandonaban su cabeza. Una dama de sociedad no se caracterizaba por decir a la ligera lo que pensaba, después de todo, podía arruinar su futuro, en cambio, los hombres no mostraban preocupación mínima. Ellos podían continuar con su vida casi como si nada hubiese cambiado. Era natural que gozaran de placeres carnales en sus diversos viajes sin problema alguno.

El Conde Ciel Phantomhive conocía su compromiso, desde que tenía memoria. Recordaba a su prima, Lady Elizabeth Midford, una joven muy animada y hasta cierto punto, "molesta".

Nunca se había preguntado cómo sería vivir con ella, ni estaba seguro de querer saberlo, pero nunca le dio tanta importancia como aquel día en su despacho, cuando su mayordomo le recordó algo muy importante.

-Joven amo- llamó su atención el mayordomo que estaba a su lado sirviéndole una taza de té.

- ¿Qué ocurre Sebastián? - inquirió el joven Conde con cierta molestia, mientras trataba de leer unos documentos que tenía sobre su escritorio.

-Es mi deber recordarle algo sumamente importante- mencionó el mayordomo con cierta diversión escondida entre sus palabras.

-Sabes cuánto me molesta que no seas directo, Sebastián- respondió con bastante molestia. A Ciel le desagradaba cuando su mayordomo le daba vueltas a lo que debía informarle.

-Lo siento, joven amo. Es sólo que dentro de unos días cumplirá 16 años y como marca la tradición Phantomhive, es momento de que formalice con Lady Elizabeth- comentó con tranquilidad y una ligera sonrisa en su rostro.

Ciel, que en ese momento se encontraba dando un sorbo a su taza de té, comenzó a toser, como si hubiese tomado demasiado, sin medir que estaba salpicando todo a su alrededor.

Sebastián, al notar a su amo anonadado, decidió sacar un pañuelo que tenía en su bolsillo interior del saco y comenzó a secar el rostro de su amo.

-¡Sabes que no me gusta que hagas eso!- casi gritó ante su acción. El ojo azul de Ciel demostraban furia y cierta inquietud.

-Lo lamento- añadió, mientras con el mismo pañuelo decidió secar las gotas que habían caído por todo el escritorio, actividad que realizó en cuestión de segundos.

Un silencio invadió la habitación. Sebastián sabía que su amo estaba evitando el tema. Él era consciente de que el matrimonio debía celebrarse a la brevedad y conocía al derecho y al revés cómo funcionaba la jerarquía inglesa. Si una unión entre dos familias tan acomodadas como lo eran Phantomhive y Midford, no se llevaba a cabo pronto, surgirían chismes incontrolables y de manera inevitable se afectarían sus negocios. Que un joven Conde como él no contrajera nupcias, anunciaba que algo andaba mal.

-Sebastián… Haz los preparativos necesarios- dijo con cierta resignación el muchacho del parche.

-Yes, my lord- afirmó el mayordomo inclinándose ligeramente hacia adelante, con un brazo sobre su pecho y los ojos cerrados. A los pocos segundos, tomó las cosas que complementaban el té, las puso sobre una especie de carrito y se retiró.

El Conde se había quedado solo. Era el momento perfecto para pensar en todo lo que vendría después. Intentó concentrase nuevamente en los papales que estaban delante de él, pero las palabras que había escuchado no salían de su cabeza. Si bien estaba consciente de la situación, sentía que todo estaba pasando demasiado rápido. Él creía que primero encontraría al culpable de todas sus desgracias y posteriormente moriría a manos de su mayordomo, antes de siquiera tener que considerar los detalles de una boda, y peor aún, una futura convivencia con su prima.

Elizabeth era una persona preciada para él, en definitiva, no la odiaba ni nada parecido, no obstante, lo desconcertaba con sus actitudes y su obstinación. Siempre quería saber todo de él, trataba de meterse en sus asuntos, algo que lo sofocaba y en ocasiones no llevaba a límites insospechados. ¿Cómo lograría mantenerla al margen del tipo de vida que llevaba? Oficialmente, ella sabría cosas de él que ni siquiera podría asimilar. Compartiría día a día con ella, de lo contrario, no lo dejaría en paz hasta obtener una respuesta. Desayunarían, comerían, cenarían… pasarían la noche juntos…

La simple idea efímera de compartir los aposentos con ella le generaba emociones encontradas. Cualquiera podría pensar que su preocupación estaría relacionada con su futuro desempeño nocturno, debido a que, a pesar de estar en la plenitud de su vida, no se caracterizaba por andar detrás de chicas o por frecuentar lugares de placer. Lo que realmente no dejaba de atormentar su mente era: ¿cómo podría ocultarle a Elizabeth la marca de su espalda? Sería cuestión de tiempo para que la notara o como mínimo, la sintiera. Peor aún, ¿cómo haría con el símbolo del contrato?, ¿dormiría todo el tiempo con el parche? Definitivamente, se estaba volviendo un dolor de cabeza y aún no era su esposa.

Los pensamientos de Ciel se vieron interrumpidos por un sonido que le parecía muy conocido. Antes de poder comprender completamente lo que pasaba, su mayordomo ingresó a la habitación y trató de presentar a la persona que acababa de llegar. Velozmente fue superado por la joven que ya estaba adentro gritando a todo pulmón el nombre del Conde.

No hace falta decir que el joven estaba casi paralizado. Ella estaba ahí. Era demasiado pronto. Estaba seguro de que le iba a ser muy, muy difícil deshacerse de ella. Era un presentimiento que estaba casi seguro de que se iba a cumplir. Lo relacionado con esa chica siempre se cumplía.

-¡Ciel!- gritaba emocionada, mientras abrazaba su cabeza de una forma totalmente efusiva.

-Estoy tan emocionada, ya casi cumples 16 años, lo que significa que…- contaba con tanta emoción que simplemente no consideraba ni un poco sus acciones. Restregaba parte de su cuerpo contra un costado del rostro de su prometido, mientras él se mostraba molesto y un poco sonrojado. Para su mayordomo era realmente difícil saber si ese leve color en sus mejillas era por su enojo o por la visible cercanía de la dama.

-¡Elizabeth! ¡Ese no es el comportamiento de una dama!- la regañó la señora Midford con cierta agresividad, mientras señalaba sus acciones de tal forma que pareció darse cuenta de su error.

-Ya no eres una niña para jugar de esta forma con tu prometido- mencionó con reproche.

El rostro de Elizabeth se tiñó de un leve color rojizo. La avergonzaba saber que se estaba comportando como una niña y no como una mujer. Pronto sería la señora Phantomhive y aún no lograba madurar lo mínimo para tan gran puesto. ¿Cómo podría ser la esposa de tan imponente Conde con su actitud?

-Lo siento Ciel, no era mi intención- se disculpó con la cabeza un poco inclinada. La pena la invadía.

Ciel se paró, carraspeó un momento y saludó de forma apropiada a sus invitados. Sin notarlo su futuro suegro también ya había ingresado al lugar. Él sospechaba las razones de sus visitas. No estaba en sus planes que se adelantaran a las acciones de su mayordomo.

-Buenas tardes, señora Midford, señor Midford, Lady Midford- saludó inclinándose un poco hacia adelante. En algún punto de su aprendizaje, había comprendido que a pesar de conocerlos de toda la vida, había una regla implícita que debía cumplirse: la de la sociedad.

-Buenos días Conde- contestaron todos al unísono.

-Mayordomo- habló la señora Midford.

-Dígame- contestó con una reverencia.

-¿Cuántas veces te he dicho que te peines?- preguntó con molestia, al tiempo que ella llevaba las manos a su cabello y lo peinaba hacia atrás.

-Lo siento- se disculpó, manteniendo la reverencia y permitiendo que la mujer hiciese lo que quisiera con su cabello. Se le veía resignado, mientras que Ciel disfrutaba el espectáculo.

A él le gustaba secretamente que la mujer le diera órdenes a su mayordomo, porque sabía que esto le disgustaba bastante. Estaba consciente de que las verdaderas órdenes sólo las podía dar él, por lo tanto, en alguna ocasión le había dejado en claro que debía obedecer ese tipo de cosas que la mujer le pedía cada vez que le veía. Era desconcertante cómo podía disfrutar algo tan sencillo.

-Elizabeth, retírate con el mayordomo. Nosotros hablaremos con el Conde- le indicó la mujer. La cara de Lady Elizabeth se había desfigurado. Ella esperaba permanecer en el lugar mientras se dejaban en claro los pormenores del futuro matrimonio, pero no era capaz de darle la contraria a su madre.

-Sí, madre- dijo siguiendo resignadamente a Sebastián. Él la guió al salón, donde esperó pacientemente.

En cuanto estuvieron solos, Madam Midford atacó a Ciel.

-Hemos estado esperando algún comunicado por tu parte. En vista de que eso no parece suceder, nos hemos visto en la necesidad de venir a ti- comentó disgustada.

-Justamente acabo de tener una conversación con Sebastián al respecto. Le pedí que arreglara todo lo necesario para abordar el tema, pero sabiendo que están presentes, podemos comenzar- contestó totalmente confiado invitándolos con una mano a sentarse en las sillas que estaban delante de él.

Esa tarde hablaron durante mucho tiempo. Lo que podía parecer sencillo era realmente complicado cuando se relacionaba con Elizabeth. El desglose de la ceremonia estaba en claro. Se llevaría a cabo el 14 de diciembre, por la tarde, en una iglesia cercana (algo que le pareció totalmente irónico a Ciel y le sacó un gesto levemente burlón). Se haría la presentación en sociedad de la nueva pareja casada en un baile que se llevaría en la mansión Phantomhive.

Definitivamente, era un dolor de cabeza.