Capítulo 2
"La plática"
La juventud ya había alcanzado al Conde y su prometida. Él estaba a casi nada de cumplir 16 años. Su físico era naturalmente diferente. A diferencia de cuando tenía 13 años, ahora se veía más alto, incluso un poco más que Elizabeth, algo realmente importante, teniendo en cuenta que cuando regresó a la mansión, lucía visiblemente más bajo en estatura y más delgado de lo normal. Su cuerpo seguía siendo delgado, pero saludable, el parche en su ojo seguía ensombreciendo un poco su rostro, su cabello como siempre era corto, su ojo era tan profundamente azul cual zafiro, pero su voz, desde la perspectiva de la chica, en definitiva, era más varonil. Su semblante era serio y hasta cierto punto, duro.
Ella ya no era una niña, al menos no físicamente. Sus caderas se habían ensanchado (algo que solamente ella, su madre y las criadas podían apreciar), su pecho era mucho más notorio, su rostro lucía más delicado y fresco, su cabello rubio, ondulado, caía a lo largo de su espalda hasta un poco más debajo de su cintura. Ese día llevaba una delicada peineta en su cabello, del lado izquierdo. Se notaba como una mujer, a pesar de sus cortos 15 años.
La chica permanecía sentada, en espera de indicaciones relacionadas con la boda y su futuro, pero se mostraba decaída, un poco inclinada, en aparente confirmación de resignación. Un resoplido escapó de sus labios de fresa.
-¡Elizabeth!, ya te he dicho que debes permanecer derecha- la regañó.
-Sí, madre- contestó inmediatamente, a la vez que enderezaba su cuerpo.
A veces se le complicaba mantener una posición debido a los ajustados vestidos que se ponía. Ese día el corsé la estaba incomodando más de lo normal. Deseaba regresar pronto a casa y cambiarse por algo más cómodo.
-A partir de hoy, te quedarás en la mansión- informó.
-¿Madre?- la joven se quedó petrificada. Le emocionaba quedarse con Ciel, le quería mucho, pero no entendía la razón de su madre.
-Mayordomo, ¿ya tienes lista su habitación? – inquirió.
-Así es Madame. Síganme- les solicitó.
Elizabeth volteó a ver a su madre, buscando una respuesta. Era cierto que ella iba seguido a la casa de su prometido y que a veces se quedaba más de lo pensado, no obstante, eran cosas de niños, y ellos ya no lo eran. Las circunstancias eran completamente distintas.
La mayor la observó con indiferencia, dio unos pasos, giró levemente su rostro y le hizo una seña, que obligó a la menor a pararse cual resorte. En silencio, siguieron a Sebastián.
El cuarto era bastante grande. Tenía una cama matrimonial que se caracterizaba por los doseles que la adornaban. Sus colores eran cálidos, algo que iba de acuerdo a ella. Habían pensado en su personalidad. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro, teniendo la esperanza de que su futuro marido se hubiese involucrado en esa decoración, aunque, sinceramente, lo dudaba. No era su estilo.
Había varios muebles en la habitación. Un tocador grande y un espejo precioso que le adornaba, así como una silla que le acompañaba. El lugar se caracterizaba por colores claros y una gran iluminación debido al ventanal que se encontraba ahí. Era un lugar muy cómodo.
El mayordomo las invitó a pasar. Le dio algunas indicaciones a Lady Elizabeth sobre el lugar y de todo lo que podía disponer, pero hubo algo que definitivamente hizo ruido en ella: "Estos serán sus aposentos por el momento". ¿Por el momento?, ¿era acaso que ella se iba a quedar de forma definitiva?
En cuanto quedaron solas, ella volteó a ver a su madre, buscando respuestas. Le indicó que se sentara y así lo hizo. Un breve silencio inundó el lugar. Deseaba preguntar muchas cosas, pero conocía a la mujer que la acompañaba. Sabía que no le iba a gustar que comenzara la conversación. Decidió esperar.
-Elizabeth- llamó su atención con voz firme. La hija la miró atentamente.
-Tu boda se llevará a cabo el día 14 de diciembre- comenzó tranquilamente.
-¿El día del cumpleaños de Ciel?- una mezcla de emociones logró que su voz sonara entrecortada.
-Debe realizarse cuanto antes. Sabes bien lo que la unión de ambas familias representa. Ya no eres una niña- le señaló.
La chica guardó silencio. Ahí estaba otra vez esa palabra que tanto la atormentaba: "niña". Se esforzaba por dejar atrás eso, parecía estarlo logrando, sin embargo, ahora sí debía ser definitivo. Pasaría de ser una simple chica a una mujer, la mujer del Conde Phantomhive.
-A partir de hoy te quedarás aquí. Ya no volverás a nuestra mansión- añadió, mientras su hija parecía revolverse un poco en su lugar.
-Paula…- logró decir entre el remolino de cosas que estaban en su mente.
-Ella vendrá aquí el día de tu boda para ayudarte con todo lo necesario. Será decisión del Conde si permite que se quede a tu lado o si te asignará una nueva sirvienta- aclaró.
No había pasado por su mente la posibilidad de que Ciel considerara a Paula problemática y simplemente la mandara lejos. La sola idea de quedarse sola en esa nueva mansión la perturbaba. Conocía a todos, pero el ambiente de los sirvientes era abismalmente distinto a la relación que llevaba con su preciada Paula.
En cuanto firmara el documento, todo daría un vuelco en su vida, esa era la idea inicial que tenía, ahora veía que todo estaba comenzando desde antes, era casi como si ya fuese la señora Phantomhive. Algo cruzó el enredo que había en su mente y se preocupó.
-Mamá, ¿qué debo hacer?- Elizabeth se sintió consternada porque en realidad nunca había analizado a profundidad la verdadera labor de una esposa. Siempre apreciaba todo desde fuera. Le constaba que una mujer de sociedad jugaba un papel importante en los grandes bailes, que siempre acompañaba a su marido, le servía con benevolencia, respeto y dignidad; no obstante, su mayor rol, era el de darle hijos fuertes y sanos al marido. Hijos.
El conocimiento de la dama al respecto era prácticamente nulo. Nunca se le permitió acceder a libros que la hicieran ver cosas que no le serían necesarias hasta el futuro. Se le enseñó el arte de la esgrima, los modales, las formas de llevar a cabo las fiestas de té, a comportarse en sociedad, entre otras cosas, pero nada más.
Era natural por la época que a las jóvenes no se le instruyera al respecto hasta pocos días antes de la boda, a veces se hacía justo un día antes y en los peores casos, lo aprendían sobre la marcha. ¿Era acaso que esa plática se iba a llevar a cabo? Su madre no era el tipo de persona que se comunicaba con detalles, ni si quiera con ella.
-Le darás hijos como debe ser- soltó la mujer como si esa fuese la gran revelación.
-Pero… ¿cómo? - cuestionó con cierto recelo.
Su madre suspiró, pensó un momento y se sentó a su lado.
-Elizabeth. Lo diré sin rodeos. Es algo que te va agobiar y doler la primera vez, pero por ninguna razón deberás negarte. Acepta lo que él decida hacer, independientemente de si tienes miedo o no. Deberás relajarte lo más que puedas o solamente será peor. No olvides que la prioridad es darle herederos- fue directa.
Elizabeth estaba asustada. Sus ojos y su leve temblor lo demostraban. ¿Dolía?, ¿por qué? No podía entenderlo. ¿Por qué estar al dado de un ser amado debía doler?
-Madre, no puedo entender…- fue lo único que pudo afirmar.
La mujer resopló. Estaba disgustada. No deseaba tener ese tipo de conversación con su hija, era algo demasiado íntimo, además de que simplemente no se le daba. La frustración la estaba exaltando.
-La noche de bodas deberás asearte, las sirvientas te ayudarán con eso. Permanecerás en los aposentos del Conde. Él llegará, se quitará la ropa, te la quitará a ti, te tocará…- mencionó haciendo una breve pausa.
En ese momento el rostro de su hija ya se encontraba rojo. ¿Tocarla?, ¿quitarse la ropa? La sola idea de ver a la persona que tanto quería desnuda y mostrarse ante él como vino al mundo, la hacía sentirse muy avergonzada.
-Probablemente no se detendrá entre una y otra cosa. Tomará su pene y lo empujará dentro de tu vagina- dijo la mujer con un leve tono rosado en sus mejillas. Era una mujer casada, sí, pero no inmune al tema.
La chica sabía lo más básico de su cuerpo y su función, así como ligeramente conocía la construcción masculina, aunque nunca había visto algo así. Entonces, los hombres no usan su pene solamente para hacer del baño. Fue la gran sorpresa del momento. La idea del dolor volvió a su mente.
-¿Duele?- se animó a cuestionar.
-Sí, pero lo tolerarás. He criado a una hija fuerte, ¿o no?- la miró buscando una respuesta.
-Claro…- contestó con cierta duda en su mente.
La mujer no estuvo dispuesta a ahondar en la información que poseía sobre el tema. Le dio su bendición y le aseguró que se volverían a ver el día de la boda.
Estando sola, Elizabeth dubitativamente le dio vuelta a todo lo que acababa de conocer. De pronto, tuvo miedo. Pronto debería cumplir con sus deberes y por más que la situación la pusiera nerviosa, no podía echarse para atrás. Su mirada se afianzó y se preparó para descansar.
En la habitación contigua se encontraba Ciel, cambiándose para descansar. Sebastián fielmente estaba a su lado ayudándolo en lo necesario.
-Joven amo, ¿le deseará buenas noches a su prometida? - inquirió con malicia.
Ciel sabía lo que debía hacer, pero no estaba seguro de querer llevarlo a cabo. Miró con molestia al hombre que lo acompañaba. Le encantaba sacarlo de quicio.
Guardó silenció un momento, se puso la bata que le acercó y caminó hacia la puerta, siendo seguido de cerca por su fiel sirviente.
-¿Piensas seguirme todo el tiempo?- preguntó molesto.
-¿A caso el joven amo sabe dónde se encuentra el cuarto de Lady Elizabeth?- contestó con tranquilidad.
Ciel se quedó callado y permitió que lo guiara en medio de la oscuridad del lugar. Hacía bastante que los padres de Elizabeth se habían retirado y la noche había llegado. Estaba dispuesto a conversar con ella, después de todo, a partir de ese momento, se podría decir que ya era su compañera de vida.
