Capítulo 3

"Acercamiento"

Elizabeth se encontraba sentada frente al espejo de su habitación. Se dedicaba a peinar con tranquilidad su cabello largo y ondulado. Sus ojos parecían perdidos en el profundo reflejo de su alma. Era ese sentimiento el que la embargaba desde esa plática con su madre. El sentimiento que ni ella misma podía describir pero que la mantenía atrapada, alejada de la realidad.

Un sonido hizo eco en el extenso lugar, una y otra vez recorrió su construcción hasta que una voz le hizo compañía.

-Lady Elizabeth- escuchó en la lejanía la joven.

-Lady Elizabeth- fue llamada de nuevo.

Sus ojos verdes parecieron tomar vida propia, se exaltaron momentáneamente, giró la mitad superior de su cuerpo, dirigiendo su vista a la puerta. El corazón le latía presuroso. No cabía en su comprensión razón alguna. Pronto se obligó a contestar.

-¿Sí?- dijo exaltada.

-Lo lamento Lady, el joven amo desea hablar con usted- comunicó el hombre alto.

Giró la totalidad de su cuerpo sobre su asiento, se paró y con rapidez se acercó a la puerta. No importaba lo que pudiese tenerla tan desconcentrada, su querido Ciel la estaba buscando y ella deseaba verlo. Pocas veces tenía la oportunidad de darle las "buenas noches", esta vez no debería ser la excepción.

Ella abrió la puerta, algo que no era usual en una dama de sociedad. Las damas de compañía o sirvientas se encargaban hasta del más mínimo detalle, como era: bañarlas, vestirlas, peinarlas, llevarles la comida, guiarlas, abrirles la puerta…

En esta ocasión ella no contaba con su fiel compañera: Paula; aunque le habían mandado a la mucama de los Phantomhive, le había pedido que se retirara a dormir temprano, debido a su increíble forma de ser. Le parecía raro encontrar a una chica con tan mala vista y poca coordinación al momento de actuar. Antes de pedirle que se retirara, le derramó el té sobre su vestido nuevo, la lastimó al anudarle más las correas del corsé (a pesar de que debía desanudarlas) y le arrancó algunos mechones cuando quiso cepillar su precioso cabello para que pudiese ir a la cama.

Elizabeth se caracterizaba por ser una chica muy dulce y paciente, pocas veces la sacaban de sus cabales, en realidad, era más probable que ella hiciera explotar de desesperación a alguien; pero ella la estaba probando.

La joven pudo observar del otro lado de la puerta a su prometido y a su derecha, el mayordomo, quien sostenía unas velas que alumbraban el pasillo. Se sintió alegre de verlo y sin pensarlo, se lanzó a sus brazos.

-¡Ciel!- gritó cantarinamente al tiempo que restregaba su rostro con el de él, provocando que éste diera un ligero paso hacia atrás y se inclinara un poco.

-Pensé que no vendrías a darme las buenas noches. Me sentía muy triste por ello. Casi no tengo oportunidad de verte- lloriqueó la chica en una especie de pataleta que llevaba a cabo en sus brazos.

Cuando eran niños, ella solía hacer lo mismo, logrando que cayera al suelo y él se exaltara de frustración. Le era muy tierno verlo así. Ahora era un poco diferente. Él parecía más fuerte. La sostenía con facilidad.

Al notar que él no la alejaba de sí, afianzó su abrazo y pudo apreciar mejor su complexión. En definitiva, era un poco más ancho que la última vez, también más alto. Sus pensamientos divagaban un poco, hasta que sintió las manos de él sobre sus hombros, así como un ligero empuje. Ella sabía que era momento de tomar distancia.

-Elizabeth… podrías… ¿por favor? - expresó con un raro tono de voz.

Ella se separó de él debido a su intervención, pronto pudo subir la vista levemente y se percató de que el Conde no la miraba, su rostro se enfocaba en otro lado. Una leve decepción la invadió. ¿Tanto le disgustaba estar cerca de ella? Por primera vez, en mucho tiempo, se cuestionó si era del agrado de él.

-Lady Elizabeth, permítame ayudarle…- dijo el mayor mientras la miraba al rostro fijamente.

-¿Ayudarme?- cuestionó la chica con verdadera confusión.

El mayordomo sólo le ofreció una curvatura en sus labios y la señaló con un gesto educado. Automáticamente ella bajó la mirada hacia sí misma y comprendió todo. Los colores subieron a su rostro y sintió que éste ardía como el fuego. Su mano se movió con rapidez hacia su pecho y otra ligeramente más abajo. Estaba totalmente abochornada.

La costumbre de recibir ayuda todo el tiempo de otra persona en cada momento del día y para todo, la había llevado a ese momento tan incómodo: olvidó ponerse una bata. ¡Estaba frente a su querido Ciel casi desnuda! Sólo llevaba su ropa interior, que en la parte inferior se caracterizaba por ser blanco, con listones que le adornaban, rodeando cada una de sus piernas, mientras que, en la parte superior, portaba una prenda delgada del mismo color, simple y sin mangas.

Ahora comprendía por qué él estaba evitando su mirada, le avergonzaba de sobremanera pensar que éste pudiese tomarla como una mujer "ligera". Creería que era una maleducada.

Por su parte, Ciel había permanecido silencioso. El joven no se atrevía a emitir palabra. Era la primera vez que se encontraba en una situación similar. Solamente buscaba conversar un poco con ella y se había topado con algo así.

Tenerla tan cerca, de esa forma, lo hacía ponerse nervioso. Sentía sus mejillas tibias. No comprendía del todo la reacción de su cuerpo, a pesar de que él sí era muy consciente de lo que ocurría cuando una mujer se acercaba tanto a un hombre (debido a circunstancias que prefería no revivir), sin embargo, aunque algunas jóvenes de sociedad habían intentado tener contacto con su persona, nunca había reaccionado así, ¿acaso era diferente porque estaba con Lizzy?, ¿el hecho de que pronto sería su esposa modificaba su reacción?

De alguna forma logró bloquear sus pensamientos y habló.

-Elizabeth, le pediré a Mey Rin que te ayude. Te espero en el despacho. Quisiera hablar contigo- expresó con un tono de voz un poco duro.

Ella dio un respingo y se dispuso a contestar.

-No te preocupes, Ciel, puedo hacerlo sola- comentó apenada.

-Estaré lista en unos momentos- afirmó.

Él asintió y se retiró junto con el mayordomo.

El despacho no estaba muy lejos, así que ella podía ir sola, o al menos eso pensaba. Cerró la puerta de la habitación, se recargó brevemente en la puerta y sintió que comenzaría a llorar. Se sentía agitada. Apretó los dedos contra la madera, cerró los ojos fuertemente y deseó desaparecer. No podía creer lo despistada que había sido, y ni hablar de lo inapropiado que fue todo aquello. Se seguía comportando como una niña. ¡Era tan frustrante!

Una lágrima resbaló por su mejilla y de inmediato la desapareció con un rozón de su muñeca. Ella venía de una familia muy fuerte, física y mentalmente. No podía decepcionar a nadie. Respiró profundo, abrió sus ojos y se dispuso a buscar la bata que curiosamente estaba a su vista. Se reprendió totalmente por no ver lo obvio.

La bata se caracterizaba por colores cálidos y tiernos. Una vez más estaba descubriendo que tomaban en cuenta sus gustos. Debía agradecerles a todos en aquella lúgubre mansión, especialmente a Ciel, por permitir que se realizara aquello.

Elizabeth se aseguró de cubrirse debidamente antes de acercarse a la puerta y tomar una lámpara de aceite que estaba en un mueble. Era una bendición tener aquello, era mucho más fácil que lidiar con las velas que frecuentemente se derretían y lastimaban a quienes las portaban.

Apenas salió de su cuarto, notó que, aunque la lámpara alumbraba mejor que otras, sólo podía ver medio metro por delante de ella. Todo estaba demasiado oscuro. Su corazón se encogió, pero estaba segura de que podría atravesar ese largo camino. Pronto sintió que algo tocaba su hombro y en acto reflejo, se giró, dando un salto considerable hacia atrás, tomando posición de lucha. Su mirada era desafiante. Los años de esgrima hicieron mella en ella.

Frente a la dama, con esa sonrisa extraña, estaba Sebastián. Por primera vez, en todo el tiempo que llevaba de conocerlo, juraría que vio un destello profundamente rojo en sus ojos, uno que le dio un mal presentimiento. Nunca había reparado en ese hombre, al menos no como lo estaba haciendo en ese momento. Sabía que cuando Ciel por fin había aparecido, ese hombre lo acompañaba y le era muy fiel, pero no tenía la menor idea de cómo lo había conocido o por qué le había dado prioridad sobre el señor Tanaka, quien era el mayordomo oficial de la familia Phantomhive desde muchos años atrás.

-Le ofrezco una disculpa, My Lady. No quería perturbarla- se inclinó como disculpa profunda, llevando una mano a su pecho.

-Por favor, no lo vuelva a hacer- determinó mientras relajaba su postura.

-No pasará de nuevo. El joven amo me ha pedido que la escolte al despacho. No deseaba que usted estuviese sola en medio de la oscuridad- agregó.

Ella guardó silencio, lo siguió con tranquilidad y pensó en lo lindo que era que se preocupara por ella. Le quería demasiado. Un leve sonrojo llegó a su rostro, siendo sustituido por un profundo carmín cuando recordó todo lo pasado momentos atrás.

Ciel la esperaba impaciente en el lugar. Deseaba que pronto llegara porque había mucho qué hablar. Al siguiente día, a primera hora, debía solicitar diversas cosas y preparar las invitaciones para la celebración.

Cada vez que pensaba en la boda, especialmente desde esa mañana, deseaba llevar sus manos a su cabeza y revolverse con fuerza su cabello. Realmente no podía creer que estuviese llegando a ese punto. ¡No debía ser así! Interiormente culpaba a Sebastián por su ineptitud. Si hiciese correctamente su trabajo, ya tendría lo que quería y para ese momento ya habría sido devorada su alma. Era ridículo que prefiriera morir a manos de ese maldito demonio antes que enfrentarse a su prima, no obstante, no lo podía evitar.

Una parte de él se preguntaba si realmente huía de esa joven o trataba de escapar de algo más… De inmediato sacudió su cabeza y alejó cuanto pudo el pensamiento que amenazaba con destruirle. Era suficiente.