Capítulo 4
"¿Me quieres?"
La conversación inició más rápido de lo que ella pudo haber imaginado. Ciel parecía tener todo en orden. Ya había acordado con sus padres varias cosas sobre la ceremonia, en realidad, casi todo estaba listo, sólo faltaba aclarar algunas cosas.
-El día de mañana vendrá a la mansión la diseñadora y te tomará las medidas para que se mande a hacer el vestido a tu gusto- le comunicó con tranquilidad el joven.
La cara de Elizabeth, que permanecía un poco sombría, se iluminó de inmediato. Amaba los vestidos, le parecían preciosos y muy femeninos, también le era placentero elegir calzado, listones, peinetas… Ahí estaba, de nuevo, pensando con tanto entusiasmo que parecía una pequeña. Se regañó mentalmente por tal comportamiento. Su gran sonrisa bajó de manera gradual y curvó sus labios un poco.
-Será bueno volver a verla- dijo mientras se forzaba a reprimir sus sentimientos. No deseaba que él la viese así.
-Es importante que le expreses lo que realmente quieres, sabes que es una mujer un poco atrevida- le advirtió, recordando brevemente a esa persona que vestía ropa poco usual para la época.
Ambos tenían la misma imagen mental: una mujer alta, o al menos más que ellos, cabello recogido, ondulado, lentes, cuerpo menudo. Cada vez que iba a la mansión vestía una blusa, un corsé totalmente a la vista, unos ¿pantalones cortos?, y botas cortas. Un ligero sonrojo arribó en las mejillas de los dos. Mostrar las piernas o los muslos era algo totalmente inapropiado. Se consideraba que esto sólo debía ser visto por la futura pareja de una mujer. No era algo para mostrarse con tanta facilidad a cualquiera que se le pusiera delante. Especialmente porque incitaba a los hombres a pensamientos impuros.
Definitivamente era una dama poco común, pero ninguno la juzgaba. En realidad, era excelente diseñando los trajes de Ciel, ni mencionar los que confeccionaba para Elizabeth, en los que simplemente se lucía.
Lo que ellos no sabían es que Nina Hopkins se encontraba adelantada a su tiempo, no solamente en cuestión de diseños, ya que proponía que la mujer podía arriesgarse a vestir más desinhibida y cómoda, sino también, en los gustos sexuales. Consideraba que ella estaba en su pleno derecho de elegir con quien coquetear y retozar.
-No te preocupes, siempre ha sido muy amable a pesar de las ideas poco comunes que posee- contrarrestó.
El rostro del Conde se desfiguró un momento. ¿Que la mujer era amable? Con los dos era respetuosa y demostraba gran interés. Se emocionaba al punto de que no podían separarla de ellos. Adoraba tomarles medidas, probarles los atuendos, así como admirarlos por horas, sin embargo, juraría que despreciaba a casi todo el mundo. Ahondando en sus recuerdos, se percató de que a las mujeres y hombres jóvenes solía tratarles con mayor esmero.
-Quizás no haya problema alguno- se rindió. Tenía razón.
Ella se visualizó con Nina. Deseaba escuchar sus ideas sobre cómo debería ser el vestido. Seguramente serían tan innovadoras que la dejarían sorprendida. Estaba ansiosa por aquello, poder medirse por primera vez el vestido de novia. Eso sería increíble, más porque ella deseaba todo aquello desde que recordaba. Ser la esposa del Perro Guardián de la Reina era su objetivo, para ello se había esforzado tanto.
Le quería mucho. Era consciente desde la primera vez que su corazón latió con fuerza en su presencia. Esa vez en la que él le tendió una mano cuando más lo necesitaba. Sus ojos azules la habían atrapado en un solo instante.
Aquella mañana había tenido una práctica muy dura de esgrima con su madre. Era increíblemente estricta, especialmente porque era su hija. Para la mujer, que su descendencia fuera débil representaba una desgracia. Tenía sólo diez años. Sus habilidades en ello eran ridículamente inferiores a las que ahora poseía.
Se encontraba llorando de frustración en el jardín. Después de los regaños tan fuertes que acababa de recibir, no podía más que soltarse en llanto. Se abandonó totalmente, dejando caer su cuerpo en el húmedo pasto. Llevaba algunos minutos ahí cuando se percató de algo que la privaba de los radiantes rayos del sol. Subió la mirada, demostrando sus hinchados ojos. Ahí estaba él, ofreciéndole una sonrisa, tendiéndole una mano y pidiéndole que no llorara, pues se veía más hermosa cuando sonreía. Acto seguido ella estaba aventándose en sus brazos, tirándolo al piso, llorando con más fuerza.
En ese momento ella estaba segura de que su futuro marido le quería. Era tan bondadoso, paciente y amigable con ella. Le sonreía constantemente, aceptaba jugar, expresaba sus ideas… Nunca olvidaría la vez que le dijo cuánto le asustaban las mujeres tan fuertes como su madre. Elizabeth había temblado ante tal revelación. Ella se estaba convirtiendo en su madre. ¿Él la seguiría apreciando?
Tiempo después se incendió la mansión Phantomhive, muriendo todos en el lugar, o al menos eso pensó. Sólo traer ese momento, aunque fuese por segundos, la angustiaba. Había sufrido su pérdida cruelmente.
Cuando regresó, no parecía él. Hasta la fecha, seguía comportándose como alguien ajeno. Desaparecieron las sonrisas, los juegos, su luz. Estaba tan distante. ¿Qué pensaría sobre ella?
-Ciel…- murmuró. No estaba segura si comenzar esa plática.
-¿Qué ocurre?- cuestionó el joven con un poco de impaciencia debido a su prolongado silencio.
-¿Alguna vez te imaginaste esto?- preguntó titubeante.
-¿Estar conversando?- le devolvió sin interés.
-No… ¿Alguna vez imaginaste cómo sería compartir nuestras vidas?- expresó con un leve sonrojo. Le era complicado decir aquello en voz alta.
-No- contestó sin pensarlo. Estaba siendo completamente sincero. No era parte de su plan, pero estaba sucediendo. Sinceramente, continuaba con el compromiso porque era lo que se esperaba de él.
Sin darse cuenta, la hirió. El gesto de la chica fue distinto a los anteriores. Parecía… ¿perdida? Ciel se percató de lo último, no obstante, decidió ignorarlo.
-Ciel… ¿Me quieres? - le soltó sin rodeos.
El Conde se incomodó por un momento. Estaba siendo muy directa. Había decisión en sus ojos esmeraldas. Reconocía eso. No se rendiría fácilmente.
-¿A qué viene todo esto?- se preocupó, no por ella, por sí mismo.
La joven de cabellos rubios tuvo miedo. La pregunta se volvía a formular, ¿la quería? Su corazón se hizo pequeño en un segundo. De un momento a otro se paró de la silla que estaba frente al escritorio de su futuro marido, caminó unos pasos, se posicionó frente a él, inclinó un poco su cuerpo, lo observó fijamente a ese profundo ojo azul, recargó su mano izquierda en su hombro, su mano derecha viajó a su rostro y en segundos, estaba capturando sus labios.
El joven se sacudió ligeramente por la sorpresa. Cuando la vio tan cerca consideró posible que ella iba a lanzarse a sus brazos y a llorar como generalmente hacía, sin embargo, ahí estaba, posando sus labios sobre los suyos. Sintió como ésta se removió un poco, aplastándose más contra él, tratando de obtener una respuesta.
Ella nunca había hecho algo así, no tenía idea de cómo hacerlo, pero ahí estaba. Dándole sus labios por primera vez. Sintió su cuerpo tensarse y cómo una de sus manos intentaba alejarla; sin embargo, ella no estaba dispuesta a hacerlo, aún no. Sentía la necesidad de compartir con él algo que le era tan preciado, y a la vez, trataba de encontrar una respuesta.
Ciel no deseaba continuar con aquello. Su cuerpo estaba muy rígido por esa muestra de afecto. Trató de alejarla, ella sólo se acercó más. Conociéndola, si la rechazaba abiertamente, comenzarían una discusión que podría llegar a límites insospechados. Su idea era dejarla hacer, pronto se dio cuenta de que las cosas no siempre salen como se planean.
Elizabeth se percató. Aquella mano que trataba de separarla, se suavizaba, mientras que el beso, al inicio unilateral, se convertía en algo de dos. Sus labios eran un poco rasposos, pero no le importaba. La sensación de que estos fuesen poseídos con paciencia la estaba mareando. Él pareció marcar el ritmo, ¿o había sido ella? Su cabeza divagaba. La concentración se esfumaba.
El Conde estaba perdiéndose en el acto. Su propósito era corresponder por un momento y alejarla diplomáticamente, por el contrario, la dama frente a él le exigía constantemente su atención. Apreció un dulce sabor que provenía de sus labios, así como la textura suave y cálida de estos. Repentinamente nada de eso le era suficiente. Deseaba conocer más de ella. Probar sus mejillas, sus párpados, su cuello…
Una de sus manos se recorrió hasta la cintura de la joven, donde se fijó con fuerza. Casi podía apreciar su piel desnuda a través de la bata. Era como si sus dedos la atravesaran. Su otra mano su aventuró en su nuca y la empujó más hacia él, logrando profundizar su beso. El movimiento la hizo tambalear, obteniendo en respuesta que se reposara sobre él.
El contacto de sus cuerpos los hizo temblar. Las batas ahora les parecían demasiado delgadas, tanto que el chico pudo apreciar los crecientes pechos de su compañera como si no tuviese nada encima. Eran cálidos, firmes y suaves. Se rozaban en su contra a la par que ella iba deslazándose sobre él.
Todo se había convertido en algo tan demandante que sus cabezas se inclinaban de un lado a otro para poder probar cuanto pudiesen. El corazón de ambos latía acelerado. Se sentían agitados, consiguiendo apenas respirar por la nariz.
Ahora, eran sus manos las que la tenían capturada. Estaba fuera de control, lo que había comenzado con un casto y solitario beso, se transformaba una reacción hormonal de dos adolescentes, porque, a pesar de lo que dictaba la sociedad, lo cierto era que los dos estaban muy jóvenes, llevando a flor de piel cada sensación, cada sentimiento, cada deseo.
Elizabeth terminó sentada sobre las piernas de su amado, rodeando su cuello con un brazo, mientras su mano restante se recargaba en su hombro para mayor comodidad. Él, por su parte, se aventuraba desde su cintura hasta el término de su espalda, subía y bajaba, una y otra vez, ejerciendo mucha fuerza como respuesta a la necesidad de descubrir más.
Los labios del chico abandonaron los de ella, logrando un gesto de desaprobación por su parte, uno que cambió al de asombro cuando sintió los labios en su cuello. Se estaba dedicando a dejar un pequeño camino húmedo por toda su extensión, cuando ella decidió no perder tiempo y se dedicó a lo mismo con él. Al percatarse, dejó escapar de su garganta un ronco sonido, así como una advertencia.
-Lizzi…- susurró roncamente en su oído.
-Ciel…- correspondió con un hilo de voz, resoplando en su oreja.
Un escalofrío recorrió sus cuerpos. Se separaron un momento. Compartieron una mirada fija y extraña. Buscaron regular su respiración y cuando estuvieron listos para continuar lo que apenas si estaba comenzando, unos golpes los interrumpieron.
La rubia dio un respingo en las piernas del Conde, obteniendo como respuesta un ruido extraño por parte de él, descubriendo algo duro bajo ella, algo que definitivamente no estaba ahí cuando todo inició. El leve sonrojo que adornaba sus mejillas se convirtió en fuego. Lo miró fijamente, como buscando una respuesta a algo que le era tan nuevo, él sólo se limitó a girar su rostro, uno que también se encontraba caliente.
El ruido volvió a escucharse. Alguien tocaba la puerta. Ciel volvió a mirar a Elizabeth con sorpresa. Sin pensar mucho, la empujó un poco para que se parara, logrando que ésta se tropezara con sus propios pies, cayendo hacia atrás. Éste, al percatarse, la sujetó por la cintura, evitando la inminente caída, teniéndola una vez más entre sus brazos. Sus corazones estaban desbocados. Sus mentes estaban claras. Ellos estuvieron demasiado cerca de…
-Joven amo- Sebastián llamó a través de la puerta.
Era cierto, él seguía afuera. Nunca le pidió que abandonara su puesto. La cólera inundó su cabeza. Se estaba burlando de él. Ese mayordomo lo hacía con toda la intención de fastidiarle.
-¿Qué ocurre?- cuestionó. En su mente sólo pasaba la idea de lo importante que era ponerle un alto. Cada día se volvería un infierno si no lo hacía.
-¿Escolto a Lady Elizabeth a sus aposentos o preparo la recámara principal?- mencionó con tranquilidad el hombre.
Definitivamente lo estaba haciendo con la intención de sacarlo de sus cabales. Miró con rabia esa puerta y después vio hacia abajo. Lizzi seguía en sus brazos. La alejó de sí con calma, le dirigió una mirada más. Lucía despeinada, tenía el cuello rojo, al igual que sus hombros, sus labios… Todo había comenzado en ellos… Si no hubiese sido por él, ¿dónde habría acabado todo aquello?
Elizabeth se revolvió. Se sentía apenada. Ella había empezado algo que no debía, hasta Sebastián lo sabía. Por algo estaba interrumpiendo esa interacción. No creía cuán descarada se estaba comportando. Era necesario que regresara a su habitación, mas, ahí seguía, observándolo intensamente. En su corto recorrido apreció su cuello moteado y el carmín en sus labios. Se puso aún más roja, si es que eso le era posible.
-Escolta a Elizabeth- se rindió el joven.
