Disclaimer: Los personajes del anime de Naruto no son de mi propiedad sino de su respectivo creador, el mangaka Masashi Kishimoto, ya que de ser mío hubiera tenido un final muy diferente. Solo los utilizo para adaptarlos a la historia de Abby Green, Amante en Dublín. La pareja principal es Sasuhina, sus personalidades pueden estar alteradas ya que se trata de una adaptación de la obra de otro escritor, que nada tiene que ver con Naruto. Sino te gusta no lo leas, todo lo hago sin fines de lucro y por amor al Sasuhina así que si no eres fan de esta pareja ¿Qué haces aquí? Solo quiero mostrar los libros que me gustaron a través de esta gran pareja que se robó mi corazón desde que la primera vez que leí sobre ella.
CAPÍTULO 1
Dublín, seis meses después...
—Sólo tenemos que reunirnos con el señor Hatake y todo habrá terminado.
En la parte trasera del coche, mientras salían del cementerio, Hinata tomó la mano de su madre, preocupada por su palidez. Su madre respiró hondo.
—Cariño, no creo que pueda soportarlo... en realidad no...
Hinata le apretó la mano mientras los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y la boca le temblaba. Se volvió a mirar a su hija.
—No estoy triste... ¿es eso terrible? Es una liberación que haya muerto. Cuando pienso en lo que te he hecho pasar estos años, cómo he podido...
—Shh. Mamá. No pienses en ello ahora. Se acabó. Nunca volverá a hacernos daño a ninguna de las dos. Somos libres.
Le dolía el corazón al ver la desolación en los ojos de su madre, las arrugas en el rostro, el pelo sin vida. Una vez había sido una mujer hermosa, vibrante. La razón por la que Hamura Hyuga la había querido para él después de la prematura muerte de su padre. Había estado patológicamente celoso de su sobrino.
En aquellos días, en Irlanda, una viuda joven sin otra cosa que su casa y una hija pequeña era alguien vulnerable y cuando Hamura le había prometido ocuparse de ella si se casaba con él, había pensado que estaba haciendo lo mejor para ella y su hija.
Había sido sólo después de la boda cuando su crueldad se había hecho patente y, en una sociedad conservadora donde el divorcio no estaba permitido, su madre había quedado atrapada. Hasta ese momento.
—Mira, no tienes por qué asistir a la lectura del testamento; es sólo una formalidad rutinaria. El señor Hatake nos conoce lo bastante bien como para no insistir en que estés. Además, Hamura te lo ha dejado todo. Es lo menos que podía hacer —Hinata no era capaz de ocultar su amargura.
—¿De verdad lo crees así, cariño? Sí sólo pudiera descansar un poco...
—Claro, todo va a ir bien —dijo Hinata tratando de poner algo de entusiasmo en su voz cuando se sentía totalmente vacía.
Poco tiempo después el coche salía de la calle principal de una pequeña localidad cercana a Dublín y atravesaba la puerta de una gran casa de campo.
Hinata respiró profundamente. La primera visión de la casa a través de los árboles era una forma que nunca fallaba de reconfortar su espíritu. Era la casa de su familia, la de su padre y su madre. Era lo único en lo que su padrastro no había puesto las manos. Un recuerdo de días más felices, de recuerdos que sabía habían ayudado a su madre a superar los peores momentos. Allí se habían mudado su madre y ella seis meses antes después de... Todavía no era capaz de pensar en aquella noche. El dolor era todavía demasiado agudo. A pesar de sus intentos por ignorarla, la horrible humillación seguía viva.
Por suerte su madre le había hecho caso y habían dejado Londres casi de inmediato. Para cuando Hamura se había dado cuenta de que su plan no había funcionado, había estado demasiado ocupado con sus negocios como para salir tras ellas. Y por fin había muerto.
Acompañó a su madre hasta su habitación y se marchaba ya cuando ésta la llamó.
—¿Qué pasa, mamá? —Hinata deshizo el camino y se sentó.
Su madre tenía de pronto una mirada brillante y seria.
—Prométeme que nunca hablarás de lo que nos ha pasado... de lo que nos hizo Hamura... No podría soportar la vergüenza.
Estaba acostumbrada a los frecuentes ruegos de su madre.
—Claro que no... Sabes que nunca lo he hecho, ¿por qué iba a hacerlo ahora?
Su madre la agarró de la mano con una fuerza sorprendente.
—Prométemelo, Hinata.
—Te lo prometo —le dio un beso en la frente y se marchó.
Era una promesa que no sería difícil cumplir. Hinata bajó las escaleras y oyó el sonido de un coche. El abogado. Se quitó el abrigo, se alisó el pelo y abrió la puerta con una sonrisa cuando sonó el timbre. Siempre le había gustado ese hombre de ojos vivos. A diferencia del resto del personal que pululaba alrededor de Hamura Hyuga, su abogado había sido también el abogado del padre de Hinata.
Sonrió al hombre desde la puerta.
—Espero que excuse a mi madre, no se encuentra muy bien.
—Nada serio, espero —dijo volviéndose hacia Hinata.
—No —dijo rápidamente sabiendo que la preocupación era auténtica—. Sólo está cansada, agotada después de los últimos días, pero si necesita que baje...
—En realidad es mejor que no escuche lo que tengo que decir —de pronto evitó la mirada de Hinata. Se le veía incómodo.
Un escalofrío de temor hizo que Hinata se quedara sin respiración un segundo. Era demasiado bueno para ser cierto que Hamura Hyuga hubiera muerto. Lo sabía.
—¿Qué quiere decir?
—Sentémonos. Me temo que traigo malas noticias.
Fue hasta una silla mientras el abogado se sentaba cerca de una mesa y dejaba encima su maletín. No sacó ningún papel. Hinata intentó mantener la calma a pesar de la sombría cara del abogado.
—¿Qué... qué sucede?
Finalmente él la miró con las palmas de las manos vueltas hacia arriba.
—Me temo que a tu madre y a ti no os ha dejado nada.
El corazón de Hinata empezó a recuperar el ritmo normal. No era tan malo. Su madre y ella nunca habían recibido mucho de Hamura y ella se había mantenido sola desde que había salido de la universidad. Tenía unos ingresos modestos procedentes de sus cuadros.
—Bueno, no es el fin del mundo, Pero... ¿adónde ha ido todo?
Estaban hablando de unos cuanto millones de libras después de todo. El señor Hatake suspiró, odiaba ser quien daba las malas noticias.
—Parece que uno de sus adversarios finalmente consiguió hundirlo por completo. Un magnate de Reino Unido al que tu padrastro intentó controlar hace tiempo ha ido comprando sus reservas, haciéndose con sus empresas, y el día que Hamura tuvo el infarto el último de sus negocios se derrumbó... una curiosa coincidencia.
Eso explicaba su ausencia, por qué no las había seguido a casa, exigido que su madre volviera a Londres, castigado. A pesar de las malas noticias, Hinata no pudo evitar sentir un puntito de satisfacción. Le hubiera gustado haber visto la reacción de Hamura cuando se dio cuenta.
—Bueno, ya no hay nada que podamos hacer. Al menos tenemos la casa.
Las palabras quedaron flotando en el espacio que había entre ambos mientras el señor Hatake apartaba la mirada culpable y se llevaba la mano al cuello como si le faltara el aire.
—Señor Hatake, tenemos la casa, ¿verdad? Es de mi madre.
El abogado negó con la cabeza lentamente como si no pudiera articular palabra, pero ante la mirada desesperada de Hinata, se aclaró la voz y rompió el silencio.
—Querida... hace casi un año en Londres, tu padrastro persuadió a tu madre de que pusiera la casa a su nombre como garantía. A lo mejor ella no sabía lo que estaba haciendo... Me temo que estaba unida al resto de los activos. Ahora pertenece a...
En ese momento, el sonido de un coche interrumpió sus palabras. Hinata no podía moverse, estaba conmocionada. No podía entender que su madre hubiera hecho algo así, aquella casa era sagrada. La rabia y la incredulidad crecían dentro de ella mientras digería la información.
El señor Hatake miraba por la ventana.
—Es él, el jefe de la corporación. Vino a verme personalmente e insistió en venir hoy a veros a tu madre y a ti. Lo siento, pero no pude disuadirlo.
Cuando sonó el timbre y Hinata ni se movió, el señor Hatake fue hacia la puerta. Estaba entumecida, apenas consciente del sonido de la puerta al abrirse, de los pasos que se acercaban, el profundo timbre de voz de alguien preguntando por algo que había dicho el abogado. Hinata levantó la vista y de pronto el tiempo se detuvo. Se puso de pie despacio, como si se moviera a través de melaza y sus miembros fueran blandos y no la obedecieran.
Sasuke Uchiha. Más grande que nunca. Su enorme figura llenaba el hueco de la puerta. Movió la cabeza ligeramente y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.
Sus ojos capturaron a los de Hinata y ella no pudo apartar la vista. Se movieron fríos sobre ella, desnudándola. El hombre que había vuelto su mundo del revés seis meses antes había vuelto... Aparentemente para volver a darle la vuelta a todo.
Hinata intentó con todas sus fuerzas dominar la atracción que sentía en cada célula de su cuerpo como respuesta a su dominante aura. Era incapaz de dejar de mirarlo, víctima de una fascinación morbosa, no se dio cuenta de que el abogado había entrado en la sala precediendo a Sasuke y que hacía gestos en dirección a ella.
—Ésta es Hinata Hyuga. Hinata, éste es Sasuke Uchiha, la persona que ha absorbido todas las empresas de tu padrastro... —Antes de que pudiera terminar la frase dijo:
—Conozco al señor Uchiha, nos conocimos en Londres.
Se sentó en la silla que había detrás de ella porque le temblaban tanto las piernas que pensó que no podría sostenerse en pie y vio cómo Sasuke entraba en la sala y se sentaba en la silla que había al lado del señor Hatake.
A pesar del aspecto refinado de su cuerpo vestido con un traje exquisito, seguía rezumando esa salvaje masculinidad que tan bien recordaba ella. La había desconcertado la primera vez que lo había visto y estaba teniendo el mismo efecto en ese momento, sólo que esa vez la experiencia de la explosiva noche que habían pasado juntos le hacía sentirse tres mil veces peor. Y aunque habían pasado meses, podía sentir una oleada de calor subirle desde el pecho mientras incontables imágenes llenaban su cabeza.
Sasuke ejercitó su acerado autocontrol mientras la miraba de forma desapasionada. Pero a pesar de sus esfuerzos no podía obviar la embriagadora sensación que había sentido al verla de nuevo en carne y hueso. El rostro de ella había palidecido dramáticamente al verlo, los ojos perlas con forma de almendra se habían agrandado en medio del pequeño óvalo de la cara enmarcada por el abundante pelo severamente recogido. La blusa negra y la falda del mismo color no ocultaban las curvas que tan bien recordaba... curvas que se habían retorcido por él... Aunque parecía más delgada. Frágil. Y una especie de instinto de protección lo pilló desprevenido.
El vívido recuerdo de la primera vez que la había visto lo golpeó: su pelo cayendo por la espalda como una masa azulada y vibrante, como en algunas pinturas medievales. Las espesas pestañas que permanecían impasibles mientras su mirada la sometía a una exhaustiva inspección. Notó con satisfacción que las mejillas se teñían de un intenso color. Si no la hubiera conocido mejor seis meses antes, se hubiera imaginado que andaba con el corazón en la mano a la vista de las reacciones que mostraba su traslúcida piel. Podría haber sucumbido a tan peligrosa fantasía. Pero eso no sucedería. No porque había sabido desde el principio lo que ella era exactamente.
Hinata Hyuga era una zorra mercenaria que había tratado, junto con su padrastro, de hacer que se volviera loco. Nunca más. Podía ver el esfuerzo de su garganta mientras trataba de hablar.
—Te... te has quedado con todo —su voz era apenas audible.
Era tan transparente... pensó Sasuke. Le producía tanto placer saber que le había quitado la alfombra de riqueza de debajo de sus confiados pies...
—Sí, señorita Hyuga.
El insulto implícito en la utilización de su apellido era evidente y una de las razones por las que ella se echó atrás.
—De momento soy el propietario de todos los intereses de su padrastro, incluyendo esta casa. Naturalmente he rechazado hacerme cargo de los negocios más dudosos. Hacienda, aquí y en Reino Unido, los está investigando actualmente y puede que reciba alguna abultada reclamación de impuestos. Tienen una sorprendentemente mala opinión de las cuentas del exterior que no se declaran.
Hinata se puso en pie forzada a actuar por la amenaza implícita. Por primera vez desde que se habían vuelto a ver, apartó la mirada de él y la dirigió al señor Hatake.
—¿Es eso verdad? ¿Puede ser posible?
El anciano se limitó a asentir tristemente. Volvió a mirar a Sasuke sintiendo que un pánico salvaje crecía dentro de ella. Estaba completamente tranquilo, como si todo aquello no fuera con él.
—Pero... pero ¿cómo es posible? Quiero decir, ¿cómo podemos no haberlo sabido? —intentó sobreponerse a todo lo que la golpeaba en la cabeza.
Aunque no habían visto a Hamura desde hacía meses... ¿cómo no se habían dado cuenta de los grandes apuros en los que estaba? Y ¿cómo era posible que incluso desde la tumba fuera a conseguir arruinarlas... como si no hubiera hecho bastante daño ya?
«Porque trató de hundir a este hombre delante de ti, con tu ayuda...», se dijo Hinata. Consiguió acallar esa voz con dificultad.
—Señor Hatake... —imploró, incapaz de decir otra cosa. Sus ojos lo decían todo.
El abogado la agarró del brazo y la obligó a sentarse en un sofá. Estaba contenta de tener su protección a la hora de enfrentarse a Sasuke.
—Lo siento, Hinata, pero es verdad. Tu madre es una deudora potencial de Hacienda si descubren que Hamura ocultaba fondos en cuentas en el exterior, como sospechan. Puedo defender el caso para ti si llega a suceder, pero... —se encogió de hombros.
Se estaba poniendo cada vez peor. Hinata se llevó una mano a la frente. Sasuke permanecía en pie. Hinata lo miró por debajo de las oscuras pestañas.
—Hatake, le dejo el resto a usted. Señorita Hyuga, no tengo nada más que decir. Espero que su madre y usted estén fuera de esta casa en dos semanas. Espero que sea tiempo suficiente para acomodarse en otro sitio —sonrió con crueldad—. Podría haber ejercido mi derecho de quedarme hoy mismo con la casa, pero esperaré a que se hayan ido para mudarme.
—Mudarse... —repitió Hinata sin entonación.
—Sí. Voy a hacer algunos negocios en Dublín un par de meses y necesito un refugio lejos de la ciudad. Este sitio me servirá —miró alrededor—. Después de haberlo redecorado, claro.
Hinata volvió a ponerse de pie, cada centímetro de su cuerpo se sacudía de ira por la intrusión en su santuario privado.
—¿Cómo se atreve a presentarse aquí y hablar de ese modo el mismo día del funeral? ¿Es que no tiene decencia?
—¿Decencia? —soltó una carcajada. Los dos habían olvidado la presencia del otro hombre. Hinata levantó la cabeza para mirarlo, podía sentir el pulso en el cuello. Sasuke recorrió con la mirada el rostro de ella y curvó los labios con gesto de disgusto por lo que veía—. Hay que tener valor para hablar de decencia... ¿o quiere que le explique a su amigo el papel que desempeñó en su propio hundimiento?
Así que ésa era su venganza. Había acabado con su padrastro con una precisión despiadada y en ese momento le tocaba a ella. Lo miró horrorizada por su capacidad de vengarse hasta el último grado. Para él sólo era una cómplice de Hamura Hyuga y se merecía todo lo que estaba sufriendo.
Sin volver a mirarla, salió a grandes zancadas de la sala. Oyó cómo se cerraba la puerta, arrancar el coche, la gravilla crujir debajo de las ruedas mientras se marchaba a toda prisa llevándose su vida con él. Después de que se hubo marchado, el señor Hatake se puso en pie también. Hinata lo miró pálida, todavía sorprendida.
—Como puedes ver, tu padrastro intentó morder más de lo que podía a Uchiha. Nunca ha sido conocido por aguantar las locuras alegremente y cuando tu padrastro hizo un segundo intento de derribar el imperio de Uchiha, despertó al tigre.
—El segundo intento...
—Bueno, en realidad era el tercero o el cuarto... Tu padrastro tenía a Uchiha entre ceja y ceja. Ya sé que tu madre y tú no estabais al corriente de la mayor parte de los tratos de Hamura. Después de que intentó hacerse con el control de Uchiha Corporation con métodos legales y falló, cayó un poco más bajo... y recurrió a otras tácticas, pero tampoco pudo.
Hinata se sintió mareada. Recordaba demasiado bien su indeseado papel en una de esas tácticas. Había sido ella la empleada para distraer su atención en un momento crucial. Por suerte parecía que el señor Hatake no sabía nada de aquello, había ocurrido en Londres, no en Dublín.
El abogado continuó.
—Uchiha fue sistemáticamente contra cada uno de los intereses de Hamura y con mucha habilidad para ponerlo de rodillas, lo que no es habitual. Uchiha no es conocido por perseguir a sus enemigos de forma arbitraria y sin piedad... normalmente es feliz con debilitar sus defensas y dejarlos sin fuerza —sacudió la cabeza—. Realmente Hamura debía de haberle pinchado...
Hinata se ruborizó de culpabilidad.
—Bueno, ha acabado con nosotras también, parece.
—Sí —suspiró pesadamente—. Lo he revisado y realmente lo tiene todo bien atado.
Sobre lo de Hacienda... tengo la esperanza de poder demostrar que tu madre no tenía nada que ver con los asuntos de su marido, a pesar de que se la nombre en el testamento.
Hinata lo miró preocupada.
—Pero no tenemos nada, ni dinero... ¿Cómo vamos a poder...?
Le dio unas palmadas en la mano y dijo:
—No te preocupes ahora por eso. Sé lo duro que va a ser para tu madre. No permitiré que ese hombre haga su vida peor de lo que ya ha sido.
—Gracias —dijo ella con los ojos llenos de lágrimas.
Se fue después de unas pocas palabras de ánimo más. Hinata cerró la puerta y apoyada en ella pensó: «¿Cómo demonios voy a decirle todo esto a mi madre?».
Sabía que la noticia la destrozaría. Para Hinata... la peor de sus pesadillas acababa de suceder: encontrarse de nuevo con Sasuke Uchiha. Volvió al salón y, por primera vez en su vida, con una mano temblorosa, se sirvió una copa de brandy y se la bebió de un trago.
Mientras Sasuke hacía un alto en medio del tráfico, golpeó el volante con tanta fuerza que los conductores de otros coches lo miraron. Cuando el semáforo se puso verde arrancó rápidamente. ¿En qué había estado pensando? Siempre había sabido que arruinaría a Hamura Hyuga después de que había repetido sus intentos de absorción. El último de ellos había estado cerca. Demasiado cerca. En el que ella había estado implicada. Pero la absorción no era lo que ocupaba su mente.
Había dicho a Hinata que no quería volverla a ver seis meses antes y ya, sin que hubiesen pasado horas desde que había llegado al país, había ido a verla... como último paso de su venganza. Podía haberlo dejado en manos del abogado.
¿Por qué había ido personalmente? ¿Para confirmar que no tenía ningún efecto sobre él? Pues había fallado completamente.
Para su completo disgusto, su cuerpo le había dicho que seguía teniendo el mismo efecto embriagador en él. Al momento de verla. Y ya que la había hecho pagar, ¿por qué no se sentía satisfecho? ¿Por qué su imagen seguía ardiendo en su retina? ¿Cómo iba a sobrevivir dos meses en Dublín sabiendo que ella estaba cerca?
Recordó aquella noche, cuando ella había hecho todo lo que él había sospechado. Incluso tener una habitación reservada en el hotel. Lo había llevado allí y lo había seducido. Exactamente como él había sabido que ocurriría.
«Pero no se acostó contigo...», le dijo una vocecita con tono de sorna.
Nunca se había alejado de una mujer a la que deseara y todavía seguía alejado de ella desde esa noche. No sabía por qué se había alejado cuando sabía que podría haberla tenido... sin esfuerzo. Que se sentía atraído por él había sido innegable, pero cuando lo había rechazado en el último momento... de alguna manera él no había podido... Apartó aquellos recuerdos tan desagradables. Todo lo que importaba en ese momento era el deseo insatisfecho que había vuelto a tomar posesión de él. Tenía que buscarse una amante. Y pronto. Había estado sin una mujer demasiado tiempo y eso era lo que necesitaba para poner su atención en otra cosa y borrar a Hinata Hyuga de sus pensamientos de una vez por todas.
